Alcatraz

Desde el muelle 33, cerca de Fisherman´s Wharf, siento tu presencia intacta pero ausente. Presente cuando puedes asomarte y las aves te anuncian alrededor de tu celda, con tan poca luz que huele hermética y sombría. Ausente cuando te encierras y no me permites atravesar la Bahía. Y afuera… afuera la vida regala colores y aromas de agua salada en su mezcla eterna con lo dulce. Alrededor de tu celda, las gaviotas occidentales y las garzas desfilan y bailan; el sol abrillanta los verdes, y la distancia que separa a la ciudad alivia el murmullo del ajetreo constante. Siento que me doy por vencida.

Con el tiempo las aves te anuncian. Y estás ahí, una vez más mirando hacia afuera con miedo a escapar. Miro esperando, intuyendo. Y me rindo: vuelvo al muelle.  Una y otra vez, pensando en cruzar y abrazarte, en trepar por La Roca sin armaduras, y en que tendré la fuerza suficiente para romper los barrotes sombríos, para gritar a viva voz que eres inocente y que solo estás preso en tu propia prisión. Porque yo sí veo que en vez de gritarle al viento tu ingenua inocencia has decidido cruzar a una isla bella por fuera, pero dura y siniestra en tu corazón.

Tu miedo ha sido más fuerte que tu derecho de justicia y salvación. Y yo sigo aquí, en el muelle mirando de lejos, intentando llegar a otra orilla con este egoísmo humano de querer salvarme yo primero en tu abrazo para recobrar la fuerza, e intentar salvarte a ti de tu certeza inconstante y reprimida.

Con mucho frío y una seguridad tempestiva empapada de amor salto del muelle y llego a tu orilla. Iluminada aunque temerosa, cruzo mis manos a través de las barras de tu celda. Te abrazo aunque nos separen los hierros y vuelvo a sentirme viva. Y aunque muestre esperanza de que intentarás salir, vuelvo a ver tu secreto, ese que no termina de morir. Tus ojos, tu mirada repitiéndome que de allí escapar no puedes. Y yo cansada y con el peso del amor vuelvo a la otra orilla repleta de todo y de nada, esperando minutos, días y años para poder volver a cruzar y salvarnos, un rato, otra vez…

Me siento en el muelle y lloro. Y mi corazón evoca esa repetición de imágenes que ya conozco en la memoria. Miro la Bahía imponente y el agua majestuosa que la baña. Y ahí te quedas… seguro en la inseguridad, pero sabiendo que afuera podrías reconocerte y sorprenderte ante la inocencia de tu corazón auténtico, que en vez de maldad sólo dolor conoce.

Y es así como Alcatraz te separó de mí y de mi súplica gastada y envejecida de abrazos y presencia. Acostumbraba a esperar. Esperaba en el muelle a que las aves te anunciaran. Luego volvía a llenarme de valentía y cruzaba a tu encuentro. Me sentía lista y feliz otra vez, hasta alcanzar tu mirada en la sombra de la celda para darme cuenta que en tus venas corría el miedo. Los barrotes, los muros y las defensas te separaban cada vez más de mi ser y de mi vida.

Quise pero no pude. No pude quedarme en la Bahía. Mientras, afuera en el baile de la vida, a mí me llamaba a gritos el sol, el agua, los cisnes, el sonido de la gran ciudad y el arco iris; los niños viviendo el presente, la realidad y los amigos… esos amigos que cada tanto me acercaban hasta el muelle.

Sí. Me contaron que Alcatraz duele.

– Poli Impelli –

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Un comentario en “Alcatraz

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