Abrazo Infinito

De viajes y “extraños”…

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Hace un tiempo escribí sobre las sensaciones que sentimos al viajar y cómo la gente que pasa por nuestro camino modifica, de alguna manera, nuestra existencia.

Ahora que estoy en mi ciudad “adoptada”, en el medio de la Cordillera de los Andes y compartiendo tiempo con gente amiga que regala calidez y hospitalidad, mirando la profundidad de las montañas y el límpido cielo de Mendoza (Argentina), se me vienen a la memoria todos los cielos que me acompañaron en cada viaje, y esa gente que con sus palabras dejó huellas imborrables.


Londres, Inglaterra. 2010

―¿Qué comes? ― preguntó en un inglés duro pero claro.

―¡Hola! Una ensalada fresca.

―Hace calor, no muy típico aquí ―respondió ella sin mirarme.

―Ahá, así es. Me han tocado unos días preciosos, cielo claro y sol cada día.

Después de pasar una bella mañana en Notting Hill, también charlando con un escocés y una irlandesa, llegué a la ciudad y decidí comprar una ensalada para cruzar a mirar los pájaros, cisnes, flores, árboles y el verde impecable del Hyde Park; un momento para descansar y seguir con otro tour por la tarde. Aunque ya era mi tercera vez en Londres, siempre hay algo nuevo para descubrir, más aún cuando uno está enamorado del lugar que visita.

El calor era soportable, pero no parecía Londres. ¡Tuve suerte!

Se sentó a mi lado con un bolso marrón entre sus manos. Su hiyab era de color negro oscuro y dejaba al desnudo unos ojos preciosos color miel. Su sonrisa también descubierta me contó que estaba disfrutando su día.

―¿De dónde eres? ―Giró su cara para mirarme a los ojos.

―Vengo de España. Vivo en Barcelona, pero soy argentina.

―¡Oh! ¿Cerca de Brasil?

―Jaja, claro, más al sur, donde termina América.

―¿Messi?

―Claro, claro. ¿Lo preguntas por Barcelona o por Argentina? ―Reí con ganas. La coincidencia no pasaba por alto para mí.

―Por Argentina… ¿Madarona? ―preguntó con duda.

―Ahhh, ¡Maradona! Sí, sí, también.

Bue… por el fútbol nos conocen”, pensé entre agradecida y decepcionada a la vez.

―¿Y tú? ¿De dónde vienes?

―De Turquía, pero vivo aquí…

―Wow, ¿con tu familia?

―No, me escapé como pude…

Bajó su vista y cruzó los dedos sobre su regazo, por encima de su diminuto bolso.

―¿Pero andas sola, acaso?

―¿Acaso, tú no?

Su respuesta me llenó de sorpresa y le sonreí afirmando.

―Tienes razón. Pero yo no me escapé, ni de Barcelona ni de mi país…

Se me acercó y miró a sus costados, como si tuviera que contarme un secreto o confesarme un pecado.  Me clavé en sus ojos miel, atenta, todavía preguntándome cómo soportaba el calor bajo esa túnica negra, mientras yo andaba liviana con mi cuerpo al aire bajo el frescor de los árboles frondosos.

―Estoy saliendo con un chico aquí… ¡y es inglés!

Me pareció que su sonrisa debajo de esa túnica revelaba pura felicidad. Remarcó la nacionalidad del muchacho en cuestión como si hubiera ganado un trofeo. Dejé mi ensalada a un costado y sonreí con ella. Le tomé ambas manos y le dije en un susurro: ―Entonces… ya no estás sola.

Reímos con complicidad. Sin decir nada más se levantó, hizo un gesto de reverencia y agradecimiento para despedirse y siguió su camino bajo el brillo del sol de agosto.

Quedé sola ―o eso creía– hasta que divisé frente a mí, jugando como niños, a dos ardillas que saltaban y corrían; frenaban y se miraban desafiantes. Me miraban fijo un rato y volvían a su juego interminable.  Se me nubló la vista de emoción pensando en ella, a quien ni siquiera le pregunté su nombre; en la desgracia de su desarraigo y su actual alegría.  Volví a mi ensalada observando mi entorno.  Creí ver a las ardillas sonreírme también.

¿Quién, en definitiva, está totalmente solo?

Arambol Beach, Goa. India. 2013

―Te doy estas dos pulseras a 500 rupias.

―¿Por qué estás vendiendo aquí? ¿Qué edad tienes?

―Voy a la escuela, pero como mis padres no saben escribir ni leer, a mí me da vergüenza, así que voy a la escuela, y no falto nunca. Quiero ser doctora. Luego salgo a vender. Y tengo catorce.

―¡Wow! ¡Muy bien! ¿Cómo te llamas?

―Shaila, ¿y tú?

―Paola, pero me dicen Poli.

―Po-li… ―repitió marcando las sílabas con su típico acento indio.

―¿Y vendes, entonces, para ayudar a tu familia?

―Sí, todos salimos a vender, pero después de la escuela. Yo a la escuela voy siempre. ―Hizo una breve pausa―. Mis padres ya tienen esposo para mí, pero a mí no me gusta tanto…

Yo tomaba sol mientras él caía lento sobre el Mar Arábigo. Ella se había sentado junto a mí para ofrecerme su mercancía. Pasaba de un tema a otro con ganas de charlar. Era hermosa. De cabello oscuro, largo y lacio, ojos marrones, sonrisa transparente y rasgos finos.  Me pareció una muñequita perfecta. Su sari lleno de vívidos colores la hacían aún más bella. Sabía de su cultura. No me sorprendió su comentario, pero sí su necesidad de mencionarlo, de repente, a una extraña como yo…

―¿Le puedes decir a tus padres que el chico no te gusta? ―pregunté.

―No, eligen ellos, no yo. A mí me gusta otro hombre, pero nadie sabe, sólo tú…

El corazón se me estrujó como una esponja. Ahí estaba yo, con mi mentalidad tan acuariana, abanderada de la libre elección, haciendo uso y abuso de mi posibilidad de elegir día a día lo que deseo, intentando mantener el coraje para no titubear… Shaila me bajó a la tierra de un hondazo. Literalmente.

―Bueno… ¿Sabes qué, Shaila? Yo tampoco estoy eligiendo bien, creo…

―¿Tus padres no te lo permiten?

Sonreí y tragué saliva.

―Claro que sí.

―Así como puedes estar tomando sol, delante de otros hombres… ¿verdad?

―Claro.

―Tienes suerte…

―Oye, Shaila. Te puedo contar otras cosas para las cuales en mi país, o en Barcelona, la suerte no existe. Nosotros podemos elegir mucho que tú no puedes, ¿verdad?  Pero cuando seas doctora, tal vez puedas viajar y conocer otras culturas, muy diferentes a la tuya. ¿No te parece?

Sonrió esperanzada.

―Sí… quiero viajar, así como tú. ¿Por qué no estás eligiendo bien, entonces? ¿No estás con el hombre que te gusta mucho?

―No, no puedo estar con él, pero mis padres sí me lo permiten. ―Miré hacia el mar, pensando en todo lo que me han permitido mis padres en la vida, y me sentí inmensamente agradecida con ellos―. Lo que decíamos de la suerte, tal vez, no sé si…

―Tengo una foto del chico que mis padres han elegido para mí. ¿Lo quieres ver? ―me interrumpió con ansiedad.

―¡Por supuesto!

De un pequeño bolso en donde llevaba sus artesanías para vender, desenvolvió un papelito blanco y me acercó una pequeña foto tipo carné.

―¡Pero este chico es guapísimo, Shaila!

―¿Tú crees? ―Sonreía mirando la foto, intentando convencerse.

―Claro que sí. ―Y realmente lo creí. Con los rasgos propios de la India, ese hombre me parecía interesante, y en la foto sonreía con luz―. Hacen linda pareja, Shaila. ¿Quién sabe si luego te va bien con él, y terminas queriéndolo mucho?

―Gracias… puede ser. ¿Me compras las pulseras?

―Ok, una se la guardaré a mi mejor amiga.

―¿En Argentina?

―No, en España.

Se levantó sonriendo, bella. Guardó las 500 rupias, y antes de irse se tapó con su mano la cara para cubrir el resplandor del atardecer sobre el mar, y me miró desde arriba. Yo seguía sentada en el mismo lugar, con la cámara fotográfica en mano, dispuesta a retratar los últimos rayos de sol.

―Poli… quizás a ti también te va bien. Tu sí puedes elegir. Gracias. ―Levantó su mano para despedirse y siguió su camino por la costa.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y así me quedé.  Con la ternura y palabras de una mujer tangible, joven y llena de esperanza, futura doctora y esposa de un hombre que no sabe si amará.

Aún recuerdo a Shaila más de una vez… ¿Se habrá casado? ¿Será feliz? ¿Seguirá hoy con el mismo deseo de estudiar medicina? ¿Tendremos suerte?

Bolonia, Italia. 2007

De un tren a otro llegué a Bolonia, para hacer tiempo hasta mi destino final. Los imperdibles pueblos, ciudades y paisajes italianos me asombraron por su gente efusiva, por sus colores y aromas. Desde lejos veía la Basílica de San Petronio. Me senté en una plaza adornada por una fuente que burbujeaba agua color blanco y rojo, bandera del Comune di Bologna. Aunque en esa zona el frío suele ser intenso en febrero, creo que no se siente tanto cuando se disfruta observando.

Con mi cámara a cuestas disparé hacia todos los rincones posibles. Entre ellos, divisé a una niña de tez oscura, que miraba seriamente un ramillete de flores cerca de la fuente.  Me acerqué despacio, y como guiada por un impulso le pregunté su nombre en inglés. Me respondió en francés. Como no hablo francés, seguí preguntando.

―Spanish? ¿Hablas español?

―Oh, no. You French?

―No, I´m sorry.

Pero cuando me lo propongo soy bien terca, haciendo honor a mis raíces italianas.  No sé por qué deseaba hablar con ella.  Me senté a su lado, y entre señas y un poquito de su inglés, pudimos entendernos.

―Soy de Tunisia, llegamos hace un mes ―dijo.

―¿Con tu familia?

―Sí, mamá vende flores.

Me señaló  a su madre, apostada en una esquina de la plaza. La veía de lejos, me pareció menudita y sonriente.

―¿Tú, de España?

―Sí, pero estoy aquí de paseo. Vengo a hacer un trámite, para poder trabajar. ―Dudé si  comprendió―. ¿Cuántos años tienes?

―Diez, pero pronto once.

Le pregunté cuándo era su cumpleaños, pero quizá no entendió para dar una respuesta.

―¿Hablas siempre con extraños? ―preguntó sonriendo.

―Casi siempre, pero luego dejan de serlo, como tú.

―Tú mi amiga, yo Amani ―y  señaló su corazón.

En ese instante entendí por qué “algo” me llevó hasta ella. Yo andaba con un mapa, perdida subiendo y bajando trenes, aferrada a mi instinto, intentando sentirme segura ante lo desconocido. En ese entonces, todavía conocía bastante la palabra miedo. Me arrodillé frente a ella y la observé con ternura, casi para despedirme y seguir mi camino.

Volvió a sonreír. Cortó una rosa roja, la acercó a su corazón, y en francés, muy lentamente como para que yo pudiera comprender, me dijo:

―Vivimos un año en Francia y ahora debo aprender italiano. Tú tienes que viajar y conocer mi país, hablar francés y así hablar conmigo. Mi inglés es muy malo, poquito…

Estiró su mano pequeña y tomó mi mano derecha, colocó la rosa y cerró mis dedos.

―Llévame contigo. Yo te llevaré aquí… ―dijo, ahora en inglés y señalando su corazón.

―Gracias Amani. Aquí te llevaré. Ve con tu madre, yo tengo que subir a otro tren…

Me levanté sonriendo, con los ojos inundados de lágrimas y agradecí ese momento que hoy me llevo a la tumba, masticando el afecto de gente que uno nunca más vuelve a ver, pero que modifica minutos, paisajes y el corazón cada vez que uno evoca con el recuerdo.


Dicen que recordar es volver a pasar por el corazón. Disfruto entonces de los gratos recuerdos que cada persona deja en la memoria y en el alma.  No tengo idea cómo entendí francés, de esa voz cálida y pequeña. Y hoy vuelvo a preguntarme qué será de la vida de Amani, donde estará con sus 20 años, y cuántas rosas más habrá regalado para moldear con ternura la existencia de las personas que se cruzan en su camino.

Así es como uno aprende y vuelve a dar lo que recibe, de todos los “extraños” que dejan de serlo, y que se mueven despacito para hacer hueco y ubicarse en el corazón, algunas veces con más fuerza y atino que quienes nos tienen cerca, todo el tiempo.

Encontrarse con gente que se anima a lo desconocido, a salir de su zona de confort para hablar, regalar su tiempo, ofrecer su pequeñez y permitirle a uno hacer lo mismo en sólo minutos crea lazos perennes, que no necesitan de internet ni de ninguna otra conexión para dejar huellas y ser parte de un presente infinito.

En el Hyde Park, aquella joven me recordó que aún en el peor desarraigo no estamos solos. En las playas de Goa, Shaila me hizo ver en un espejo, para recordarme que yo sí puedo elegir, y que en mi caso, no vale nada estar con quien no me ame ni me permita amar. Ella no puede elegir; yo sí.  En el norte de Italia, Amani y su sonrisa africana me regalaron amistad para tomar coraje y terminar mi recorrido, logrando en pocos días lo que sería el comienzo del resto de mi vida. Viajando.

Son incontables las historias y los encuentros, pero en este paisaje tan mío, de montañas y cielo celeste como mi bandera, elegí estos tres recuerdos para compartir. Puede que en cualquier momento mi corazón se decida por otros misterios. Y aquí estaré compartiendo, porque lo que es de uno es de todos, más cuando de aprendizaje y amor se trata.

Gracias por leerme.

¡Buen viaje en tu Vida!

– Poli Impelli –

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Autor: Poli Impelli

Palabras, voces, abrazos infinitos y yo...

5 pensamientos en “De viajes y “extraños”…

  1. Its always good and exciting to travel and meet new and interesting people, polo. They do indeed leave a mark upon your life and in later years this gives you something, (hopefully good), to look back on.

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  2. Reblogueó esto en Abrazo Infinitoy comentado:

    De viajes y “extraños”…

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