La lámpara

Es tan extraño el sabor amargo que precede a la muerte… Es la ciega incertidumbre de entrar en el profundo terreno de lo desconocido. Y él sabía que la vida se le escapaba en sorbos y que su aliento se desvanecía en el tiempo de los relojes, ese tiempo que desgastamos los que aún creemos y vivimos.
Apenas abrí la puerta divisé la oscuridad en la pequeña habitación donde dormía. Entré sin aire y con sigilo, quizá por el miedo que invadía mi ser, mi ignorante forma de enfrentar lo inevitable. Creí que él me vería en la penumbra, pero sólo mis tibios pasos alertaron mi presencia. Suspiró con acierto y extendió su débil mano hacia la tímida claridad de ese tesoro antiguo, que con fidelidad había acompañado sus largas noches de trabajo y poesías. Oí su hilo de voz, y con ella todo el amor que papá me tenía:
-Ya es hora, hija… Apágame la luz.

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