Diagnóstico tardío

Hace unos años que guardaba este escrito en mis cajas de cuadernos y papeles, y escuchando a una gran amiga me acordé de él (como si fuera de otro, y no mío). Pienso, no sé por qué razón, que es hora de publicarlo. Quizá porque escuchando a mi amiga, me di cuenta que tal vez no sufro esta enfermedad con la intensidad de otros tiempos, o porque cuando vuelve de a ratos y sin previo aviso en vez de sufrirla la disfruto.  Algo debo haber aprendido…

Y vaya uno a saber por qué mezclamos historias personales con héroes que nos marcan para siempre.

He de confesar un diagnóstico tardío…


He de confesar que sufro un mal que también es de muchos, aunque no sé si todos se hacen cargo de haberlo padecido. En estado de consciencia pura —producto de la paz bien adquirida y no de sustancias prohibidas o botellas vacías— sé, positivamente, que padezco una especie de pelotudez crónica, que no es heredada. Lejos están mis padres de haberla sufrido o sufrirla actualmente, y mis hermanos jamás han mostrado hasta ahora un mínimo síntoma de tal afección. En todo caso, ellos habrán sabido sortearla con madurez sin que yo me diera cuenta. (Lo mío es algo así como ser el único diabético en la familia, y disculpas por la comparación. Me refiero a la soledad de padecerla, no al diagnóstico en concreto, obviamente). Y como cualquier “problemita” crónico, o si aún no lo es, hay que estar atento, ya que puede provocar daños colaterales irreversibles si no se toma consciencia a tiempo.

En este lapsus de epifanía compulsiva, he caído en la cuenta de todo lo que permití que me robaran, a causa de esta inmensa pelotudez. Me quitaron tiempo y lágrimas, esperanza y algunos sueños, deseos y palabras. Me enmudecieron por demanda (vaya dolor para alguien que vive y sangra de y con las palabras), y me ignoraron cuando decidí que, por fin, tenía que hacerme cargo de mi enfermedad y cambiar caminos varias veces para intentar explicarme. No es que otro ser haya sido culpable, sino que mi enfermedad sumó al hecho de dejarme robar. Dicen que la responsabilidad no es siempre del cerdo… ¿quién le da de comer?

Después de un cuarto de siglo de extrema confianza, de cuidados intensivos y de una despiadada mal interpretación de los hechos, caigo en la cuenta que mi pelotudez ha sido también consecuencia de mi ignorancia y no sólo por la enfermedad; pero el saldo de la huella que ha dejado ha sido a mi favor. Yo creía y confiaba, porque para este mal no hay medicamentos que surtan efectos deseados. Es sólo cuestión de consciencia, que lógicamente yo no tenía.

Y cuando recuerdo aquel tiempo en que se llevaron todo, también en el recordar resuena lo más gratificante de ese saldo: quedé yo, entera, repleta de cicatrices que ya no sangran, marcada de pies a cabeza, pero aún así, al día de la fecha no pienso en cirugías.

Cuando amás (que no es lo mismo que “estar enamorado”), sea por simple curiosidad o por ese amor que te arrastra a lo desconocido, empezás a seguir lo que él/ella sigue, a escuchar lo que escucha, a ver lo que ve, a sentir lo que siente. Y eso, en algunos casos, tiene efectos secundarios. Podés leer el prospecto (composición, características y modos de empleo) pero no siempre los laboratorios se encargan de ser tan específicos. Creo que no les conviene. Entonces, hay que probar, de lo contrario ni te enterás si hará tan bien o tan mal. A mí me gusta más leer los beneficios del producto, por eso me animo a probar.

Si tenés la “mala suerte” de pertenecer a este grupo de idiotas que sufren este mal cuasi crónico, como yo, comprenderás que puede ser peligroso. En mi caso, vale aclarar que el padecimiento era mutuo; no era yo la única pelotuda en cuestión, por lo tanto al no haber diferencias, ahí no había ni un sólo cuerdo tomando consciencia. Un ciego mirando a otro ciego. Ni los abrazos eran suficientes… Había que VER. Y contra viento y marea (así como suelo navegar tan seguido) tuve que hacerme cargo de mi ceguera.

Ocurrió un día de esos, en los que estás mirando algún OVNI en el cielo, de estos que pasan todos los días y nadie ve porque Don Nadie anda muy ocupado. Algo tocó mi hombro. No sé bien qué fue pero sentí un gran golpe; mi cuerpo entero quedó temblando. Adentro sentí que me desarmaba en mil pedazos; me dolía hasta la sangre que no veo fluir pero sé que me mantiene con vida. Esa sangre, de pies a cabeza, también dolía. Desperté y  vi. Me vi. Y desde ese mismo día la pelotudez comenzó a ser un poquito menos frecuente. Había momentos de espasmos, de desesperación… porque comencé a darme cuenta cuándo y en qué circunstancias volvía a aparecer. Sin embargo, aquel golpe me marcó tanto que ese único recuerdo me ayudaba a tomar consciencia otra vez. Yo sabía que no había ingerido ni fumado nada extraño. Era totalmente yo, libre y liviana.

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Mi familia a veces pregunta si me encuentro mejor, y algunos amigos, de esos pocos que se animan y que están atentos a los OVNIS como yo, también desean saber si aún me duele la sangre. No digo que esté totalmente curada, claro que no. Pero al menos, puedo observar con claridad que me dejaron seca. De muchas cosas, menos de mí misma.

Carlos Ruiz Zafón

También hay que ser sincero y honesto: me reí mucho en aquellos años, y sé con certeza que las risas no se roban. Que cuando dos personas se ríen juntas establecen un vínculo repleto de linda serotonina, que es sana para el alma y para el entorno que los envuelve. Entonces, yo enferma y vos aún más, te llevaste todo, menos aquellas risas.

Y si hay que agradecer (nobleza obliga), como tu palabra para mí era sagrada, he de hacerlo recordando que trajiste a mi realidad a alguien que conocía sólo de nombre, como si fuera uno más en alguna guía telefónica, y a quien jamás le había prestado atención, hasta el día que salió de tus labios. Porque eso hacemos cuando amamos…

Te llevaste todo menos mis risas, y me dejaste a Eduardo Galeano.

El diagnóstico y la terapéutica

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera los reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irreversible necesidad de decir estupideces. 

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

 – Eduardo Galeano. El libro de los abrazos –

Y así fue que mis lágrimas lloraron, el día que Galeano cerró sus ojos por última vez. Estoy casi segura que los abrió nuevamente en un soplo, y que en algún lugar sigue escribiendo lo que ya nació sabiendo. Recordé que de tu boca lo conocí, y me hice más fuerte sabiendo que los artistas nunca mueren. Tal vez, aproveché su partida para llorarte también. Tal vez…

Y comprendí que nos pueden robar cualquier cosa en esta vida, menos las risas, el amor y las palabras.

-Poli Impelli-

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12 comentarios en “Diagnóstico tardío

  1. ¡Hija mía! ¡Pero qué bien!
    Yo, después de una larga enfermedad de la que aún no me he curado —ni espero hacerlo— tengo la impresión de que es siempre fuego. Al principio, de fuegos artificiales. Si se gasta la pólvora rápidamente, tú te rompes y aquello se apaga. Con el tiempo, si has logrado mantener la llama, se queda en fuego lento de encina y almendro. No satura, dura y huele bien. Y se está de bien a su calorcito…

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    • Para serte sincera, también espero NO curarme jamás, y más bien disfrutarla, como ya he aprendido y como bien dice Zafón (opinión personal, por supuesto).
      Hermosísima tu metáfora, y estoy totalmente de acuerdo. Qué hermoso es ese calorcito con aroma a almendro 🙂
      Gracias por pasar y comentar, siempre bienvenido. Abrazos Infinitos.

      Le gusta a 1 persona

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