La mente secreta (Ray Bradbury)

          […] La deliberación es enemiga de todo arte, sea la actuación, la escritura, la pintura o la propia vida, que es el arte más grande.

He aquí, pues, mi teoría. Los escritores andamos en lo siguiente:

Construimos tensiones que apuntan a la risa, luego damos permiso y la risa surge.

Construimos tensiones que apuntan a la pena y al fin decidimos llorar con la esperanza de que el público rompa en lágrimas.

Construimos las extrañas tensiones del amor, donde tantas de las otras tensiones se combinan para ser modificadas y trascendidas, y permitimos que fructifiquen en la mente del público.

Construimos tensiones, en especial hoy en día, que apuntan a la repulsión y luego, si somos buenos, talentosos, observadores, permitimos que el público sienta náuseas.

Cada tensión busca su fin, descarga y relajación propios y adecuados. Se concluye que, estética y prácticamente, toda tensión ha de ser liberada alguna vez. Sin esto cualquier arte queda incompleto, a medio camino de su objetivo. Y en la vida real, como sabemos, el fracaso de aflojar una tensión particular puede llevar a la locura.

Hay excepciones evidentes, novelas u obras que terminan en el apogeo de la tensión; pero la descarga está implícita. Se pide al público que salga al mundo y haga estallar una idea. El acto final pasa del creador al lector–espectador, cuya tarea es agotar las risas, las lágrimas, la violencia, la sexualidad o la repulsión. Desconocer esto es desconocer la esencia de la creatividad, que es, en el fondo, la esencia del hombre.

[…]

No me cuentes chistes sin objeto. Me reiré de tu rechazo a permitirme reír.

No me acumules tensión que apunta a las lágrimas y me niegues después que me queje.

Iré a buscar mejores muros de lamentos.

No me cierres los puños y me escondas después el blanco. Podría pegarte yo a ti.

Sobre todo, no me provoques náuseas a menos que me muestres el camino a la cubierta del barco. Porque, haz el favor de entender, que si me envenenas tengo que sentir náuseas.

Mucha gente, me parece a mí, que escribe la película del asco, la novela del asco, la obra del asco, ha olvidado que el veneno destruye la mente tanto como destruye la carne. La mayoría de los frascos de veneno llevan recetas de eméticos impresas en sus etiquetas. Por indolencia, ignorancia o incapacidad, los nuevos Borgias intelectuales nos meten bolas de pelo en la garganta y nos niegan la convulsión que podría hacernos bien. Han olvidado, si alguna vez lo tuvieron, el antiguo saber de que sólo pasando por un verdadero malestar es posible recuperar la salud. Hasta las bestias saben cuándo es el momento del vómito. Enseñadme pues a sentir náuseas, en el momento y lugar justos, para que pueda volver a los campos, y con los perros sabios y sonrientes, estar instruido y poder masticar dulce hierba».

Ray D. Bradbury (Illinois, 1920 – Los Ángeles, 2012). Ensayo: La mente secreta (1965). Extraído de sus ensayos en Zen en el arte de escribir.

«Mucha gente escucha voces cuando no hay nadie allí. A algunos de ellos se les llama “locos”, y son encerrados en habitaciones en donde miran fijo las paredes durante todo el día. A otros se los llama “escritores”, y suelen hacer más o menos lo mismo».

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El amor es fácil, y a mí me encanta escribir. Uno no puede resistirse al amor. Uno tiene una idea, alguien dice algo, y uno se enamora. 

 

– Poli Impelli –

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13 comentarios en “La mente secreta (Ray Bradbury)

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