Recuerdo del olvido

Ya eran las 7, el sol comenzaba a caer sobre el mar, y él apuraba nervioso su último tramo. Estacionó en el camino aledaño de arena, a unos metros de la casa que tanto había disfrutado un largo tiempo atrás. El sendero por el que solían llegar habitualmente había cambiado de sentido, aunque no le fue difícil reconocer aquel pinar que cubría la zona. Hacía más de un año que no visitaba ese sitio acogedor en el mar; se sintió conmovido. Apenas apagó el motor, le dio un beso a su mujer y bajó de la camioneta. Los niños, sentados detrás, tomaron sus mochilas, abrieron las puertas traseras y salieron corriendo hacia el camino angosto que llevaba a la entrada de la casa de piedras blancas y tejas azules.

Él sonrió ante el entusiasmo de sus hijos, y a paso lento se dirigió a la puerta. Alcanzó a observar el pequeño jardín al costado del sendero, que ahora se veía descuidado; donde antes había flores, ahora las macetas estaban vacías. Tantos años cuidando de esta casa en la playa… parecía haber perdido vida, al menos en su exterior.

La puerta se abrió al rato y detrás apareció ella, los niños se abalanzaron sobre sus brazos. Delgada, con su cabello rubio en una coleta suelta y sus ojos castaños, llevaba un vestido primaveral ajustado al cuerpo. Abrazó a sus pequeños con sonrisas, y ellos desaparecieron corriendo hacia el interior de la casa. Levantó su mirada hacia él, que observaba apoyado en una de las columnas que sostenían el arco de la entrada.

—¿Querés pasar? —Lucía ya no sonreía.

—No, gracias. Me esperan.

—¿No tiene patitas? No me molesta que pase… —Desde allí veía la sombra adentro de la camioneta.

—Te molesto yo, en realidad —dijo él, frunciendo sus labios.

—Nunca me molestaste.

Él levantó la vista, Lucía se apoyó en el marco de la puerta y cruzó sus brazos, mirándolo a los ojos.

—Nunca me lo dijiste —dijo él.

Detrás de Lucía aparecieron los niños corriendo y riendo. El niño, de seis años y cabello oscuro como su padre, perseguía a su hermana, que le doblaba la edad, y tironeaba de su vestido levantando su falda.

—¡Eh! Calma, calma… —dijo Lucía.

Cuando la niña pasó por detrás de su madre, vio que su padre seguía allí; miró de reojo y, para sacar a su hermano del medio, pasó corriendo entre sus padres hacia el sendero y se dirigió a la camioneta estacionada. El pequeño la siguió apurando su trote, gritando y riendo, intentando abalanzarse sobre su vestido otra vez. Adentro de la camioneta, la mujer menuda y morena descansaba con su cabeza en el respaldo del asiento, aguantando el tiempo, preguntándose si siempre sería igual, esperando como un paquete escondido, sin sorpresas visibles. Sintió a los niños acercarse y levantó su cabeza hacia la ventanilla.

—Me elegiste como padre, ¿te acordás? —dijo él, volviendo la mirada hacia Lucía.

—Ahá… no sé cómo pude… —Suspiró con cansancio, volvió a cruzarse de brazos, inquieta.

Él apenas sonrió. “Yo sí sé lo que hice. Eras hermosa, por dentro y por fuera. Seguís siendo hermosa.” Su mirada seguía a sus hijos, que corrían alrededor de la camioneta, saltando para alcanzar a las gaviotas que iban y venían desde el mar hasta los pinos.

—¿Qué te causa gracia? —dijo ella, observando la expresión risueña de su ex marido.

—Nada. —Volvió a mirarla—. Catorce años y aún no sabés por qué soy el padre de tus hijos…

Ella abrió la boca para decir algo, y sus ojos se cerraron en parpadeos con sorpresa. Descruzó sus brazos e irguió sus hombros para avanzar un paso, pero él ya había dado la vuelta y bajaba el sendero despacio. A unos metros de distancia, él se detuvo de golpe y volteó la cabeza hacia ella.

—Ya hicieron sus tareas. Si no te molesta, revisá sus cuadernos. Nunca fui bueno para eso.

¿Para eso, nomás?

—Sí, ya sé… y para muchas cosas más; no te fui suficiente. Antes que levantes la voz, te recuerdo que te quise… —Al decir esto, volvió la mirada hacia la playa.

El rostro de Lucía se suavizó y el ceño fruncido desapareció de su piel. Dio un paso lento hacia el comienzo del sendero, sus hombros se relajaron. Detrás del padre de sus hijos, lejos pero cerca, la mujer que había esperado en el auto corría y reía a carcajadas con sus niños. La soledad de Lucía estrujó sus venas, y aunque sintió su bronca contenida, intentó moderar su voz al llegar más cerca de él.

—Yo también te quise mucho. —El aire del mar suavizó aún más su voz, y su pelo bailó al ritmo del viento en la cola de caballo. Él tragó saliva, tomó aire y respondió:

—Desde que Lucas nació, jamás volví a escuchar que me quisieras… Los cuadernos están en la mochila de Malena. Buen fin de semana. —Giró mirando hacia la playa y bajó el sendero, alcanzando a los niños en un abrazo para despedirse. La mujer morena se acercó a su cara, apoyando una mano en su pecho.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

—Te amo… —dijo ella, y sonrió, con su boca y con sus ojos. Él la miró con alivio y le tocó la mejilla con suavidad.

Lucía, parada en el sendero mirando la escena y esperando a sus hijos, pudo leer los labios de aquella mujer, y se encontró a sí misma, catorce años atrás, en la orilla de otra playa, desierta y sin pinos junto a ese mismo hombre. Se sorprendió con su recuerdo, olvidado en el tiempo y en sus muchas escasas miserias. Su olvido le provocó una leve sonrisa, una pequeña lágrima de nostalgia…, y el recuerdo le trajo alivio.

Observando a los cuatro en la distancia que los separaba, su corazón se serenó respirando el aire del mar. Los niños se acercaron a la casa riendo a voces, y en un gesto impensado, Lucía levantó su mano derecha hacia la camioneta, saludando a su ex marido y a la mujer que hoy acompañaba sus días.

—Mamá, hace mucho que no estás así… —dijo Malena tomándola de la mano. El corazón de Lucía dio un brinco. Le apretó la mano a su hija con cariño y acercó sus labios para besarle la punta de la nariz—.  Te amo, y me alegra que estén de vuelta. ¿Preparamos la comida?

Llegaron casi corriendo a la entrada y de la mano. Lucas ya había alcanzado la vieja radio y, al escuchar la música, madre e hija entraron a la cocina bailando y dando vueltas sobre sus vestidos. Fueron desplegaron ollas y vaciando lo que había en la heladera para cocinar juntos; Lucas anudó a su cintura un delantal de su madre, simulando ser un chef experto. Pasaron diez minutos y los tres seguían tarareando, riendo y preparando la mesa para cenar.

El golpe seco en la puerta lateral de la cocina los sobresaltó. Atardecía y Lucía se asustó. En un movimiento instintivo, alejó a sus hijos de la puerta y se acercó inquieta hacia el visor vidriado.

—¿Quién es? —dijo con voz firme y segura.

—Germán. ¿Me abrís?

Lucía miró a sus hijos con asombro.

—¡Papá! —gritó Lucas, levantando sus manos hacia el techo en señal de alegría.

Lucía abrió la puerta con decisión pero en cámara lenta. Al lado de Germán, la mujer morena, pequeña y de facciones delicadas, sonreía con timidez. Por el rabillo del ojo, Lucía vio cómo él le rozaba la mano. Ella los miró a ambos, respiró profundo, puso sus brazos en jarra sobre su cintura y dijo:

—Sólo hay quesos, algo de vino… —apuró sus palabras—  y puedo preparar una tarta de fiambres.

Germán mostró una sonrisa de sosiego; la tarta de fiambres era su comida preferida en las tardes de verano. Tomó la mano de su mujer y pasaron adentro cuando Lucía les hizo lugar, abriendo de par en par la puerta.

—Muchas gracias —dijo con suavidad la joven morena mirado a Lucía, quien le devolvió una media sonrisa. Germán levantó a Lucas en brazos y lo alzó en el aire, al tiempo que la niña reía en un abrazo de la mujer morena. Él dejó a su hijo sobre una silla y se acercó despacio a la espalda de Lucía. Cerró los ojos y, con un poco de temor, le susurró al oído:

—Hoy te quiero un poco más, Lucía. Gracias…

De inmediato ella sintió humedad en sus ojos y levantó la mirada hacia la playa, a través de la ventana de la cocina. Apoyada en la mesada blanca, de espaldas a sus hijos y a la mujer de Germán, respondió sin mirarlo: —Ya recordé por qué sos el padre del mis hijos. Ella me trajo del olvido.  —Suspiró—. La tarta… ¿jamón crudo o cantimpalo?

-Poli Impelli-

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23 comentarios en “Recuerdo del olvido

  1. Impresionante, como siempre. Conmovedor. La aparente indiferencia de los chiquillos —que deja de ser aparente por el comentario de Malena—, el egoísmo en cualquiera de sus formas como la mejor manera de matar el amor, y la convivencia como la única de salvar la distancia que antes hemos dejado crecer.
    PS.- Ya sé que te debo lo de «Desgarrón cardiaco»… soy un dejado.
    PPS.- Cantimpalo, por supuesto. Y jamón también.

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      • De inmediato ella sintió humedad en sus ojos y levantó la mirada hacia la playa, a través de la ventana de la cocina. Apoyada en la mesada blanca, de espaldas a sus hijos y a la mujer de Germán, respondió sin mirarlo: —Ya recordé por qué sos el padre del mis hijos. Ella me trajo del olvido.  —Suspiró—. La tarta… ¿jamón crudo o cantimpalo?

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        • Vio a su ex marido con su nueva mujer, a la orilla de la playa, diciéndole te amo y su mirada… Es lo que ella sintió por él años atrás, y porque en su momento lo amó decidió que era él el padre de sus hijos. Si no lo hubiera visto con ella, de esa forma, tal vez hubiera seguido ensimismada en su furia (dejo en tu imaginación el motivo) pensando cómo pudo elegirlo como padre de Malena y Lucas.
          Decir esto requiere de un gran valor, y a veces nos cuesta reconocerlo y, encima, ponerlo en palabras. En este caso, Lucía está haciendo un esfuerzo… normal que no lo mire, que suspire, y que cambie de tema abruptamente.

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