Abrazo Infinito

Un chai… ellos, yo.

2 comentarios

Me desperté a las seis; poco dormí, sacando cuentas. Anoche, la cena a la luz de las velas que iluminan toda la costa no tuvo desperdicio. ¡Qué curva del destino habernos encontrado con Pía! Hablar español entre nosotras es un descanso para ambas, y reírnos de las estupideces que hablamos tiene también su encanto. Sobre todo aquí, estando tan lejos de casa, tan solos, todos…

Anoche, Yael (de Israel) decía justamente que aunque andemos en patota, entre encuentros y desencuentros, la soledad viene adherida a cada uno, y somos como «muchas soledades» que se encuentran en el momento exacto. ¿Quién sabe cuál es el momento? No nosotros, precisamente.

Éramos cinco y nos reímos hasta las tres de la madrugada. A unos pocos metros sentíamos las olas, más tranquilas que en el día.

Creo que no olvidaré más el día que nos conocimos con Pía. En Jaipur el clima aplastaba, y yo acababa de conocer a un norteamericano y a dos chicas de Israel, que estaban siendo invadidas (casi acosadas) por unos locales en la estación de trenes. No sé de dónde saco a veces tanta valentía —y tanta cobardía otras tantas— como para hacer lo que hice, y en el medio de una muchedumbre intensa; pero Yael se unió a mí casi con desesperación y agradecimiento. A la media hora, éramos cinco esperando un tren que no sabíamos a qué hora llegaría, y nadie sabía decirnos tampoco.

Pía entró en la sala como un turista más, preguntando en inglés lo mismo: «¿a qué hora sale el próximo tren a Bombay?». Como no tuvo contestación valedera en el único mostrador visible, le ofrecimos sentarse con nosotros. Entre charlas y risas, Jon —también de Israel— le preguntó de dónde era.

—Vivo en Barcelona, pero soy de Chile.

Mi grito se debe haber escuchado hasta en Pakistán (no estábamos tan lejos, pero podría confirmar que se sintió por allí cerca). Pegué un salto de alegría. Ella rió también sorprendida, y me dijo en castellano:  —¿Eres también de Chile?

Por instinto de supervivencia, sin esperar respuesta se levantó y nos abrazamos en el medio de la sala. El resto miraba comprendiendo; no entendían nuestro idioma, pero no hacía falta. Hacía un rato se habían encontrado ellos, por azar del destino, hablando hebreo con alegría. Más de una vez todos nos entendemos sin palabras.

—No. Vivo también en Barcelona, pero soy de Argentina; en este caso es lo mismo —le dije al oído.

Sentí sus manos apretar mi espalda, como si hubiéramos esperado ese momento. Ella llevaba dos meses y aún le quedaban otros cuatro más en el sur, en el punto más austral de la India. Yo llevaba mes y medio, y vaya a saber cuánto me queda todavía.

—Y vamos las dos a Bombay… ¡y hablamos español! —dijo ella; acababa de decir algo tan obvio y con tanta emoción que rompimos a carcajadas. Era un descanso.

Las horas pasaron en un interminable tren a Bombay, otra noche de emociones inciertas en la gran ciudad, y luego otro reencuentro en donde el océano nos incita renovar aires y elecciones. Entre risas, lágrimas, miedos y secretos, descubrimos que nos conocíamos de otra vida, o de algún lugar remoto (¿otro planeta?), y que por alguna razón, aquel día ella perdió un tren y yo llegué demasiado temprano a uno que nunca había llegado.

Aquí viene Ayram. Ya me conoce desde hace unos días, y siempre trae mi desayuno sonriendo.

—Namasté, Madam.

Sabe que le tengo prohibido los picantes. Se ríe.

—Madam, aquí todo es picante —me repite con su inglés estrafalario. Y yo río; río a carcajadas de mi ridículo pedido.

Otro día más con un sol que raja la tierra, y hoy me toca caminar hacia el sur. «Me toca», claro, porque es lo que planeo, luego la vida se me ríe y planea lo suyo; y yo aprendo a aceptar. Pía debe estar haciendo yoga ya desde el primer rayo de sol, y yo nunca llego a tiempo: primero escribo. Se puede caer el mundo a pedazos, pero esta es mi primera «clase» en las mañanas. Ya llevo más de tres años, soy maestra y alumna al mismo tiempo, día tras día. Son las 6:30 y no puedo quejarme; aquí se escuchan cánticos de todas las religiones habidas y por haber durante toda la noche. He logrado aprender a dormir entre sonidos inentendibles para mí; me llevó su tiempo, pero somos animales de costumbre. Sabría que ocurriría si aceptaba que el silencio también se encuentra en los rezos y en los cánticos con fe. Aquí soy yo la extranjera, no puedo apagar los sonidos; más bien aceptarlos y acallarlos dentro, disfrutarlos. Bien, llevó su tiempo pero he aprendido.

Las arañas en mi habitación se han portado de lujo. Anoche les pedí que se quedaran quietitas en el techo y en las paredes, porque quería dormir tranquila. Apenas desperté con unos mantras lejanos, ellas seguían allí, estáticas y supongo que esperando que la loca del cuarto amarillo baje por su desayuno.

Aquí todas las cosas tienen colores. No sé bien cuántas habitaciones diferentes he pisado ni cuántas más me quedan, pero siento que los colores abrazan: techos azules, paredes amarillas, empapelados gastados con arabescos del siglo pasado (o del anterior), suelos arenosos naranjas, negros, violetas. Todo tiene color, como el rostro de Ayram y los de sus dos niños, que corren descalzos riendo por los alrededores de su casa —hostel-taberna. Los veo hermosos. Me pregunto si vivirán así toda la vida… Supongo que no olvidaré jamás sus caritas, sus pies que nunca llevan calzado y esas pieles desgastadas por el sol, por el clima y por la escasez de todo lo que necesitan y no tienen.

—Madam —me interrumpe Ayram—. ¿Podemos limpiar su habitación?

—Claro. ¡Muchas gracias! —contesto, dando otro sorbo de intenso sabor en mi paladar a un exquisito chai.

Ya imagino… ellas seguirán allí. Esta gente no ve a mis compañeras de habitación, o ellas se escabullen inteligentemente cuando ellos entran. O son todos grandes amigos. Quien sabe… tal vez las arañas me miran como a un extraterrestre disfrutando mi compañía.

Ayer aprendí tanto que hoy no sé qué me espera. Esto es lo bueno, que aquí lo peor y lo mejor de uno mismo salta a la luz en cuestión de segundos. Inesperados. Si hay miedos, si hay fobias, si hay amor escondido, si hay vicios, si estamos reprimiendo algún otro, si estamos amando y no nos habíamos dado cuenta del detalle. Todo, absolutamente todo es posible que ocurra. Desnudez. La India es eso; es un gran espejo que te enfrenta a lo que sos, a lo que querés ser y a lo que no; a lo que crees que sos y no sos, y a lo que te falta ver. El occidente es perfecto para dejarnos ciegos, para reprimirnos, y así estamos… allí miramos sin mirar, mirando sin mirarNOS.

Ojalá hoy tenga miedo, miedo a algo que desconozco, porque ayer fue un día glorioso. Y me resulta enriquecedor (como pocas otras cosas) estar con gente que vive lo mismo, que siente lo mismo, que teme a lo mismo, que aprende lo mismo; y es un lujo poder compartirlo con los pies en la arena hasta las tres de la madrugada.

¿De qué nos reiremos hoy? ¿Cómo habrán amanecido ellos? ¿Cuántas vacas descansarán a nuestro lado mientras meditamos mirando el atardecer? ¿Cuántos niños sin zapatos se acercarán a pedirnos una foto, como si fuéramos de otro planeta? ¿Y si acaso lo somos?

Suena mi teléfono móvil; es Pía. Le doy un último trago al chai, que ya está helado pero me encanta. Engullo un bocado de un queso tierno y esponjoso. A mi paladar le sabe picante, pero sonrío y cuento hasta tres antes de quejarme con Ayram. Me relamo los labios con placer, sabiendo que nada puede ser mejor que este desayuno. Y así es.

Son las 7:00. Dice Pía que ya conoció a tres extranjeros más, que me esperan para una rueda de yoga y anécdotas en la playa de «siempre».

Intento pagar mi desayuno.

—Later, Madam —dice Ayram, moviendo su cabecita verticalmente de lado a lado. Sonríe y recuerdo a Ketut (claro que yo de Julia Roberts no tengo ni las pestañas). Se le ven sólo dos dientes. Son los dientes radiantes y vistosos de una vida especial, teñida de historias que desconozco, pero que se espejan en su mirada y en sus arrugas. Me los llevo, me llevo esos dos dientes que en mi memoria valdrán oro. Estoy segura que Ayram será parte de una historia, de algún cuento, de alguna novela que aún no nace.

Me duele el brazo; ya llevo demasiado. Pía me espera… ¿quién más, que no conozco todavía? Ayram me mira desde su lugar habitual, pero no soy la única que escribe. Me sonríe, levanta su mano y eleva su voz: —Namasté, Madam. Que tenga un buen día.

¡Ala! A ver qué me depara hoy este enorme espejo.

Ya cierro mi cuaderno. GRACIAS. Mañana será otro día y tendré más vida.

Arambol (Goa, India). – Noviembre, 2013.

-Poli Impelli-

Anuncios

Autor: Poli Impelli

Palabras, voces, abrazos infinitos y yo...

2 pensamientos en “Un chai… ellos, yo.

  1. Me encantas estos relatos de viaje. Viajes por fuera y por dentro. Viaje universal, porque, como el universo, al moverte te hace más grande. Viaje avaricioso, porque enriquece.
    PS.- «Quien sabe… tal vez las arañas me miran como a un extraterrestre disfrutando mi compañía.» La próxima vez que te quejes, te impongo un castigo, por la autoridad que me confieren todos los arácnidos extraterrestres.

    Le gusta a 1 persona

    • Ajajajaja. ¿Puedo escribir sobre arañas y extraterrestres? Ole, qué buena idea me has dado! jajaja ;-). Tú me entiendes…
      Viajes universales, de esos que no tienen segundos con desperdicios; ni de tiempo, ni de energía, ni de lágrimas, ni de na! Todo vale la pena. Gracias por pasar y comentar. Si me castigas, procura que no sea con lombrices… je. Abrazos de los míos!

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s