El diario de Gabriella

Ja, creen que no me doy cuenta. Estoy acostumbrada a observar desde adentro la pasarela en la vidriera. Claro que de vidriera no tiene nada; solo es un espejo. Van entrando totalmente dormidos, saludan al pasar a media lengua y con la almohada pegada en la oreja. Ya para el mediodía vamos despertando, pasan haciendo bromas y se instalan cual sesión de terapia. Por la tarde, ya se dirigen a mis tetas más que a mis ojos. Natural, pero a mí me divierten las mañanas. Tengo que llegar demasiado temprano a la recepción para que todo esté impecable, y si recuerdo la cama por la cual llegué a este trabajo, más me vale que me esmere.

Antes de tropezarse con la vieja alfombra que cubre el único escalón de la entrada —no sé por qué no cambian esa horrorosa alfombrita; guita es lo que sobra—, se detienen unos segundos en el espejo y se miran. El gran ventanal a ambos lados de la inmensa puerta giratoria es un espejo por fuera. Intento estar lista antes de que llegue el gerente, el único que entra erguido y derecho, y también el único que al llegar la tarde me sigue mirando a los ojos. El resto… se olvidan que estoy adentro, observando el espectáculo.

Bajan un poco la mirada y se tocan el pelo, se acomodan la corbata o el cuello de la camisa. Los más informales, con camisetas y pantalones de algodón o jeans, meten panza adentro. Aguanto la risa, porque si hay algo que conozco, son estómagos hinchados de cerveza. No sé si luego exhalan cuando alcanzan los pasillos, pero en los «buenos días» intentan un modelaje, digno para la tapa de Gente. Me cuesta creer que no se den cuenta que estoy mirando todo. TODO. Si se acomodan algo más, también. Y después dicen a boca suelta que solo nosotras nos miramos y arreglamos frente a un espejo. Cada día creo que alguno me va a sorprender y va a pasar de largo como hace el gerente. Pues no. Para mi deleite, tengo material de sobra para divertirme desde tempranito. Pero… para qué negarlo, si yo lo que más espero es esa hora exacta en que Hernán se mira de reojo y frena, con las dos manos se revuelve el pelo y frunce el ceño, tomándose la tarea muy en serio. A veces, se toca su lunar antes de encarar hacia la puerta. Sonrío al imaginar que viene haciendo lo mismo hace años, y que este edificio está más empapado de testosterona que de estrógeno. ¿Ante quién piensa mostrarse tan… hermoso? Podía pensar que es por mí, pero hubiera sido una estupidez. Hasta ayer, al menos.

Siempre me saludó con respeto, aunque tiene la costumbre de aparecer por recepción al mediodía con la excusa de preguntar el menú para el almuerzo (la mayoría llama desde su escritorio), y le permito que su mirada se desvíe de mis ojos hacia el lugar que elija, aunque aún sea mediodía. Desde que entré lo tengo en la mira, pero pocas veces me toca llevarle correspondencia. Está en un sector que todavía no entiendo qué significa. Le pregunté disimuladamente a Ana, la secretaria del gerente, y aunque me lo explicó dos veces, no lo entendí. Poco me importa. Me importa él, de la misma forma que me importa el resto. Sé para qué estoy y para qué soy buena. Cuando me olvido, no tengo más que recordar a Fabián con Romina (mi supuesta ex «mejor amiga») montada en sus piernas en el baño de aquel bar. Se suponía que me esperaba a mí, como había hecho siempre hasta aquella noche. A Romina la entiendo; Fabián es un bombón. Lo que no creo factible es que la insulsa noviecita de Hernán pueda llegar a entenderme a mí. ¿Qué más da? Mi jugada surtió efecto; mi pantalón de lino gris, también.

Sabía que caería en algún momento, solo era cuestión de tiempo. Como todos, más fáciles que la tabla del 2 (mi sobrino tiene 4 y ya la sabe de adelante hacia atrás). Cuando este va, yo fui y volví diez veces. La pálida cara de nada vive en un foco; averiguar fue fácil. La que no me cierra es esa tal Naiara… ¿quién carajo es? Pero no se la puedo mencionar, tengo que contenerme porque mi bocaza me puede destruir. Hernán es un caramelo, un bombón para desenvolver con lentitud y aprovecharlo entero. Y debe ser tan zorro como inocente. Su cara… hoy, cuando ya se iba y los teléfonos me torturaban… se dio cuenta solo. Se podía venir abajo la empresa pero hasta que no girara sus pies para pegar la vuelta hacia mí, yo no iba a atender ninguna llamada. Fue tan fácil como lo imaginé, no tuve más que enderezarme para que mi escote sobresaliera y fijar mi mirada en él, suplicando que se acercara otra vez. Lo hizo con la misma seguridad con que se mira en el panel espejado cada mañana, pero también con una pizca de timidez. Esconde algo, no sé qué es, y no es su… ¿novia? Es algo detrás de su mirada, como si pidiera consuelo. Su acercamiento no me pareció a mendigo, ni a galán de turno queriendo levantar a la recepcionista. Ya no soy tan «nueva» en esta empresa, él podría haberlo intentando antes. Hay algo más…

Sé cómo jugar, y me importa poco perder, porque en definitiva, siempre algo gano. Mi notita con mi dirección junto a un disimulado sobre vacío fue clara. A las 8. Shhhhh.

Son las 7:50 de la tarde. Hernán es puntual para todo, incluso para pedir su almuerzo. Es de lo más estructurado que he visto en esa empresa, aunque siempre lo haya observado de lejos. Haré mi mejor intento; quiero saber más, averiguar más. Este pibe esconde algo, y no saberlo me provoca la misma decepción que me generó Fabián. Llevo años ocupando el lugar de Romina; si ella pudo con mi Fabián, yo puedo con cualquiera.

7:55, suena el portero. Ja, ¡bingo! Y cree que no me doy cuenta.

Gabriella.

 

-Poli Impelli-

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13 comentarios en “El diario de Gabriella

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