Desnudos

Desnudo, así te siento. Encasillado en un pasado que te cubrió desde tus labios hacia el aire que otros respiran, que te pidió esperas y milagros para sostener la coraza que te mantuvo erguido. Desnudo. Quedaste a la intemperie de un momento a otro, sin esperar tanta espera, porque tu corazón habló por fin, rogándole a la razón que se hiciera a un lado y fuera ella quien aprendiera de paciencia. Desnudo. Sin disfraces ante el mundo que te rodea —que no es de todos—, caballo que galopó sin freno y te llevó puesto durante unos siglos… no pudiste verlo a tiempo. Te despertó la caída, el golpe, el dolor. Desnudo. Vestimentas ajadas cuelgan de tu alma, dejándola expuesta… demasiado grande y noble para esta vida; y te sientes extraño.

Desnudo. Como aquel día que llegaste al aire y al canto de tu propio llanto y tu madre te acunó encendida; ese mismo día en que desnudo te diste a conocer sin apariencias. Pureza divina… desnudo. Así vuelves a la vida como aquel amanecer, tus ropas solo son andrajos que otros eligieron para hacerte honor y recuerdo; así, desnudo. Desnudo como yo, como ella, como tu madre, como el caballo, como será en lo que dice ser tierra y en lo que será cielo.

Así llegaste, así me voy. Desnudos.

 

«Adoran la desnudez del cuerpo.

Se asustan con la desnudez del alma»

Otávio L. Azevedo

Poli Impelli

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7 respuestas a “Desnudos

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