El diario de Julián

Me conozco, sé que cuando algo me propongo no me doy treguas hasta conseguirlo. Sin embargo, esta vez no fue así, lo juro. No sé a quién, pero lo juro.

Salí de mi despacho con los cinco de siempre, solo iban a ser unas copas y volveríamos cada uno a su rutina de casa como de costumbre. Le avisé a Pati que estaría allí a las 9:00; siempre cenamos juntos y es un ritual que adoro, que adoramos, porque es un gusto que nos damos casi a diario. Si es ella quien sale y no está casa, la espero. Si salgo yo, me espera.

No sé en qué momento perdí la cuenta de la cantidad de cervezas que me llevé al estómago, y a la cabeza, ni tampoco cuándo apareció. No fui yo quien hizo propuestas (si tuviera hijos, juraría por ellos). Recuerdo a Fabián acercarse a mi oído para hacerme notar su presencia, sus ojos clavados en mí hasta ese margen en que me sentí incómodo. Tal vez, en algún momento quise levantarme y salir corriendo, pero mi hombría —y mis compañeros— no me lo permitieron. Hoy es la mejor excusa que encuentro.

Saqué el teléfono del bolsillo de mi camisa y le mandé un mensaje: «Estoy en San Diego, creo que en media hora llego. Te quiero.». Nunca hubo media hora, ni tampoco puedo —o no quiero— recordar si hubo un momento de lucidez cuando Gabriella, así se presentó anoche, me abrazó por detrás y me pidió que la acompañara a la terraza del bar. Me reí y en confusión empiné la última cerveza que tenía enfrente. También creí que era la última de la noche.

Recuerdo una de sus manos, delgadas y suaves, desabrochar un botón de mi camisa y acariciarme con complicidad, como si yo le hubiera dado permiso, allí delante de mis amigos. Creo que sentí vergüenza, asombro y algo de molestia, pero mi orgullo y el nivel de alcohol en sangre me ayudaron a apocar mis sentimientos. Me levanté bruscamente, a tal punto que la chica en cuestión dio un paso hacia atrás y me miró sonriendo, mezcla de confusión y esperanza. Es hermosa, pensé, pero quería estar con Patricia; unos minutos antes había mirado el reloj con ansiedad por llegar a casa.

Tampoco es su culpa; soy yo quien no supo quedarse sentado en esa maldita silla y dar por culo a cualquier burla de mis compañeros o a mi insensatez etílica. Podría haberle quitado sus manos de encima sin ser descortés, podría haberle preguntado qué quería o si se estaba equivocando de persona. Podría haber tomado mi chaqueta y haber salido de ese bar. Podría haber ido a la terraza, como lo hice, pero solo para cruzar unas palabras con ella y luego volver a la mesa a seguir planeando nuestra cena de fin de año con los chicos.

No. Me valía el alcohol como evasión, y este orgullo de mierda que nos hace sentir leones cuando la presa parece fácil y nos deja en el olvido lo que realmente vale la pena. A mi edad, ya no hay excusas…

Me acorraló sin palabras y a pesar de la culpa interna, no me importó. No me importó una mierda el lapso maravilloso de unos cuantos años con mi mejor amor, con la mejor versión de algo que no soy pero que me refleja. Años y años anduve rengueando, creyendo que alguna «podía ser», y en Patricia encontré todo: a mi mejor amiga, a mi mejor compañera, a la mujer más bella que la vida podía ponerme delante en una noche bien fría esperando los dos el mismo taxi, aburridos de haber tropezado los dos con tantas otras piedras.

Me releo y me sueno a tipo cursi, y lo siento otra vez… mi orgullo inmundo y mis lágrimas que mojan el papel. Creo que no hay peor cosa que no recordar los errores, o lo que mi mente no quiere recordar, porque intuyo que la culpa me seguirá condenando.

Ayer no volví a casa, y hoy recordé lo que había olvidado con los años: Patricia había tropezado lo suficiente antes de conocerme, estaba segura de su amor y de sus decisiones. Patricia no me había buscado, me encontró como destino; a pesar de sus heridas se abrió a mí como solo una mujer valiente sabe hacerlo.

Hoy sí estoy de vuelta… huele a vacío y no me responde el teléfono. Me conoce tanto que sabe, sabe que no pasó nada grave, que si no volví anoche sin avisarle después de confirmar nuestra cena, es porque tomé una decisión que no la incluía, como yo solía hacer y ser antes de que ella apareciera en mi vida.

Escribo y leo de reojo el cartel que me dejó sobre la mesa junto a mi plato, también dejó mi cena servida. Te amé desde el primer día, taxi y noche fría. Te amo. Te amo como si ya te hubiera amado en otras vidas. Sé que me amás… lamento que seas tan cobarde. Cuidate. Creo que una trompada o un portazo con un grito me hubieran dolido menos. Podría negar todo, podría torturar su teléfono con llamadas perdidas y mensajes, pero un lo siento o un te amo míos ya no tienen validez. No para Patricia, que conoce cada rincón de mis miedos, mis culpas, mis debilidades y mis aciertos, mi historia. Aunque niegue lo innegable, ella sabe.

Yo y esta estúpida costumbre masculina de no saber separar la mierda de la pomada. No estaba en mis planes, no lo quise, no tuve la menor intención o plan de hacer lo que hice y hoy no puedo esperar nada. Cuando recibí otro mensaje a las 10:00, no tuve los huevos para responder; ya era tarde…

Sé que perdí a Patricia, que ella no mira hacia atrás aunque esté llorando, aunque tenga que comenzar de nuevo. Soy yo el que empieza de cero, a volver a tropezar, a la rutina de Gabriellas que conocen mejor que nosotros nuestro propio ego y orgullo como para lograr con tanta facilidad lo que desean. Y yo creí que no tenía nada que no tengan otros, y en esa mesa éramos varios. Sí tengo algo que otros no tienen: cobardía y culpa, que se deben notar a kilómetros de distancia. Las dos supieron verme; Patricia con su amor transparente, Gabriella con su deseo y sexto sentido despiertos.

Esta mañana, antes de cerrar la puerta de su apartamento —y sintiéndome un miserable— escuché su voz aún dormida. «Chau, Hernán». Frené en seco con el picaporte en la mano, sin mirar atrás. «Julián. Me llamo Julián», y salí dejando atrás a una mujer desconocida, caminando con el peso del pasado, preguntándome qué habría sido de la noche de mi mujer más conocida.

No sé quién es Hernán, pero espero que no tenga a su lado a ninguna Patricia.

Julián.

 

Poli Impelli

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10 respuestas a “El diario de Julián

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