Las chicas del tren

Se acomodó en el primer asiento junto a la puerta de embarque en el tren. Apoyó la pequeña maleta junto a la ventana y levantó sus piernas por encima, en la comodidad que le permitía el espacio diseñado para cuatro pasajeros. Con su soledad de regreso a casa, luego de un fin de semana de playa con amigos, conocía ese camino de memoria, pero no por ello olvidaba disfrutar el paisaje que el recorrido ofrecía: el mar inquieto a la derecha, con acantilados que se perdían en bosques pequeños de asfalto dando paso a playas de arenas blancas y aguas tranquilas. Era una película que repetía con gusto, igual que su visión a la izquierda: montañas provistas de casas abiertas, espacios escarpados y pueblos diminutos, unos pegados a otros. Las paradas del tren hasta llegar a su destino jugaban al dominó en su memoria, llegaría a casa a empezar la jornada rutinaria de otro lunes. Observó a su alrededor; intuía que en media hora más, los tres asientos restantes estarían ocupados.

Ajustó los auriculares a sus oídos y sonrió tarareando sus temas favoritos, uno tras otro, imaginando que cada escena exterior podía tener un sonido particular, único. Apoyó su cabeza en el respaldo y Alanis Morissette le recordó a Jimena, o a él perdiéndose de algo que no había sabido expresar a tiempo. Caviló las opciones; hacía ya un mes que lo habían dejado y ella no había dado noticias, aunque él sabía que estaba herida. No era por orgullo o desamor, más bien él seguía esperando despertar de su letargo; había quedado anestesiado. No había podido comprender su propia actitud, y la bofetada le llegó cuando Jimena se cansó, no de él ni del amor que le tenía, sino de su desinterés en los detalles, de su falta de… ¿valentía?

Jimena le había dicho: «a veces, pareciera que el amor te da vergüenza». Y lo había dejado mudo, inexpresivo, descolocado. Él la amaba y aún sentía que tenía que hacer algo pero no sabía qué. ¿Qué le había querido decir ella?

Tercera parada. Una señora mayor dudó en sentarse al lado de él, la base era demasiado alta para su cuerpo. La mujer sonrió y luego optó por el asiento de la otra ala, misma fila. Tal vez tendría suerte y llegaría a destino solo, desparramado con su música y ensimismado en sus próximas decisiones con respecto a Jimena.

Abrió su móvil y pinchó en su nombre. ¿Qué mensaje podía tener sentido? «Hola, Jime… ¿Cómo estás? Yo volviendo a casa…». Levantó la mirada, borró el saludo. Suspiró pensando qué decir, de qué forma. «Jime, ¡tanto tiempo! Volviendo a casa te recordé…». No, tampoco. Media hora más de viaje; seis mensajes incompletos y, cursor titilando, borrados en la primera oración.

Cuarta parada, paraíso turístico de jóvenes y no tan jóvenes. Acomodó su mochila bien pegada a sus pies. Su soledad seguro lo despedía en esta estación. Guardó su teléfono en el bolsillo de su camisa, lo palpó como quien guarda un tesoro para luego. Ya veré, se dijo aún con palabras colgando en su cerebro.

Una muchedumbre se acercó a las puertas de los vagones.  Aumentó el volumen de la música y se apoyó en la ventana; él miraba hacia la montaña, la gente subía de espaldas al mar. Enderezó su espalda, inquieto, y vio a dos chicas jóvenes, aunque no adolescentes, que se acomodaban frente a él quitando sus pesadas mochilas de encima para presionarlas luego junto a sus pies. Lo miraron y una de ellas le sonrió. Él le devolvió el gesto y se quitó sus lentes de sol. Una de ellas llevaba su pelo rubio bien corto, más corto que el de él, y la otra tenía una coleta al costado, el castaño le caía sobre los hombros. Por el tono de su piel y vestimenta, dedujo que eran extranjeras que habían tomado su primer sol del verano. El resto de los asientos quedaron cubiertos, algunos jóvenes de pie en los pasillos, pero nadie ocupó el asiento a su lado. Cuando el tren arrancó, acomodó su mochila y le hizo lugar a las chicas para que ubicaran las de ellas. La misma que antes le había sonreído le dio un tímido gracias con acento extranjero.

Observó a la otra, que mantenía su mirada en sus manos, se tocaba los dedos, los estrujaba, movía las muñecas. Tristeza, ansiedad, imaginó él, más por aburrimiento que por interés en sus compañeras de viaje. Miró el móvil; una hora más para llegar a casa. Abrió el Facebook y se distrajo un rato; lo mismo de siempre. El perfil de Jimena ya no estaba a la vista para él pero miró su foto, más por interés que por aburrimiento. Era la misma. Cálida, sonriente, simple. Cambió la lista de reproducción y volvió a ponerse los lentes y a observar el paisaje. Habían pasado 20 minutos, hasta que un gesto enfrente le atrajo de nuevo su atención hacia a las chicas: las encontró mirándose de frente, sin emitir palabra. En realidad, no las había escuchado hablar, y con la música en sus oídos tampoco se había dado cuenta. Se quitó las gafas con un gesto suave y el murmullo detrás se volvió parte del decorado, las risas más lejanas, el traqueteo del tren solo un zumbido.

Las manos que antes jugaban con nerviosismo se habían relajado, una abrazando una mochila, la otra acariciando suavemente el brazo de la compañera que se había sentado junto al pasillo. Esta la miraba suplicando perdón, y una de sus manos jugaba con el dije que llevaba en su cuello. Él fijó la mirada en esa cadenita plateada; el índice y el pulgar de la chica tocaban un Teamo de plata. Volvió su mirada a los rostros: las dos sonreían. La de pelo corto frente a él ahora suspiraba en tragos lentos, aguantando algo que brotaba desde adentro, sonreía y volvía a relajar su mirada, que no se apartaba ni un segundo de los ojos celestes que tenía enfrente. Parecían un cuadro, estático por fuera pero que adentro contenía una historia, la pincelada subjetiva del artista, el mensaje oculto para ser descifrado por el observador.

Con esta imagen tan cerca, se dio cuenta de que el único observador de ese amor era él. En esos cuatro ojos no había secretos, no había rencores, no había juicios. Hizo fuerza unos minutos para recordar algún momento en que él hubiera mirado así a Jimena, manteniendo esa mirada pura y fija, llena de perdón, amor y silencio, ese silencio en donde decimos todo sin hablar, salvo con la mirada que no miente. Se sintió avergonzado, patético, pequeño en un inmenso tren atestado de gente haciendo ruido, mientras ellas, sin emitir sonido, se amaban en silencio.

Así transcurrieron 20 minutos más, el tren volvía a detenerse. Su mirada estaba limpia y seguía enfocada en el cuadro. La chica del pasillo pestañeó haciéndole una seña a la otra y se levantó a buscar su mochila. Volteó su cuerpo y le extendió su mano a la otra. Él la miró y se encontró con sus ojos, que antes habían estado perdidos y ahora lo miraron con brillo. Ella sonrió y abrió sus labios: «buen viaje», le dijo sin marcar la J que quedó colgando en el aire, igual que la pasión que dejaron en esos dos asientos. «Muchas gracias», dijo él, y luego observó cómo entrelazaban sus manos y salían hacia el pasillo y se perdían entre una multitud que se agrupaba en las puertas para bajar en la estación. Movió su cuello para seguirlas con la mirada y las encontró en el andén, al lado de un cantero pequeño, fundidas en un abrazo mientras el gentío corría y se atropellaba a los empujones. Sintió un nudo en la garganta, en el estómago, en la mirada que comenzaba a nublársele como en esas pocas veces que se permitía llorar.

El tren se puso en marcha y él siguió observando el cuadro hasta que su vagón se perdió en la velocidad del tiempo.

Dejó que una lágrima le resbalara por la mejilla y guardó sus gafas y auriculares en la mochila. Respiró profundo con un suspiro, sus ojos clavados en los asientos vacíos. Sintió tantas ganas de llorar, que tragó saliva varias veces, despertando en una emoción desconocida, intensa.

Se limpió la cara y miró la hora en su teléfono. Siete minutos más. Buscó el contacto de Jimena. Todo era tan simple, pensó…

«Hola, Jime. Hoy te puedo escribir. No sé el camino de regreso, pero sí sé lo que siento. Me sobraron palabras y me faltaron silencios. TE AMO». Le dio enviar y levantó la vista: caía el sol y las luces de su ciudad le daban la bienvenida. Se levantó para estirar las piernas, la espalda, y tomó la mochila en su hombro derecho. Caminó hasta el pasillo y observó por primera vez cómo la sombra del tren dibujaba figuras sobre el verde que rodeaba las vías, y cuán hermosa era la velocidad entrando a una gran estación. La velocidad de su decisión se sentía igual de placentera, porque no sabía la respuesta. «No sé cómo… no sé cómo vamos a hacer»; su vulnerabilidad al desnudo y un te amo que nunca había logrado expresar con firmeza.

El tren frenó lentamente en la vía número 4 mientras él sonreía a su recuerdo; no podría olvidar jamás los rostros y el abrazo de esas chicas.

—Querido, ¿bajas aquí? —Sintió la voz a su lado.

La señora que se había sentado en la fila paralela lo despertó de su ensueño. Él afirmó y la dejó pasar, ayudándola en el último escalón.

—Gracias, cariño —dijo la mujer—. Eres un sol.

Se quedó paralizado mirando a la mujer alejarse por el andén, el corazón le había dado un brinco. Palpó su teléfono en el bolsillo de sus jeans y se hizo a un costado para esquivar el tumulto de gente que iba y venía con prisas. Dos mensajes nuevos, uno de Jimena.

«Hola, Marcos. Yo los cómo y los cuándo tampoco los supe nunca ni los sé; estamos a mano. Justo a tiempo… había decidido olvidarme y olvidarte, pero sé que volveré a sentir esas ganas de decirte lo que ya no te decía con frecuencia: eres MI sol. También te amo».

Levantó la mirada sonriendo, con el corazón bombeando en su cuerpo entero. Un tren en la vía opuesta frenaba en sentido contrario. Tras una ventana, dos hombres se miraban y se sonreían en silencio. Decidido, giró hacia las escaleras de salida. Era hora de volver a casa, porque el amor es amor cuando hay amor, y ahora él lo entendía. Sin culpas ni vergüenzas.

Poli Impelli

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6 respuestas a “Las chicas del tren

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