Ellos

La jirafa nos mira a todos por encima del aire. Creo que sonríe.

Es temprano en la mañana y todos sabemos lo que el destino nos pide. No hay esfuerzos, no hay leyes. La naturaleza es noble. Ya comprendo que este era y es mi mundo ideal. Ahora soy un pájaro con plumas de vívidos colores, vuelo libre, no pago ningún karma y vivo sin esfuerzos, ya sé que voy a morir sin miedo a morir.

Aquí donde me encuentro, el instinto y el amor son amalgamas del sistema. El león se despereza lento y pasea observando con ojos ávidos por detrás de su melena castaña. Desde la madrugada los insectos forman hileras y trabajan sin descanso armando hogares, llevando comida en sus hombros.
Desde una rama observo que ninguno corre, que no se empujan; nadie roba el alimento de otro. No hay gritos, ni quejas ni reclamos. Las arañas corretean en los troncos, buscan insectos y estos huyen en cada hueco que encuentran. En este mundo mío, las arañas y serpientes no hacen daño. Parece que aquí no hay venenos; lo voy descubriendo. Ellos no me envidian y yo me siento feliz de convivir con una especie que en apariencia da miedo, pero que se sienten tan en su mundo como yo en el mío.

Aleteo y aterrizo en el lomo de la jirafa. Wow… ahora sí que mi vista aumenta sin volar. Miro a mis costados y me deleito en pasar tiempo observando a los caballos, libres con sus crines al viento, a los perros jugando y corriendo alegres en un sinfín de razas. Algunos pasan sus días tumbados, mirando el entorno con paz. Otros juegan con los gatos, y a mí me da ternura ver cómo enfrentan sus miradas con los felinos. Creí que los sentimientos habían quedado en aquel otro mundo, aunque juraría que los siento al observar.

Cuando nací y llegué a este mundo, me asustó imaginar que al mirarnos pudieran arder batallas. Yo venía de una vida anterior con seres humanos; yo fui uno de ellos y me quedó el recuerdo de ese temor. Allá los enemigos no se miran. Allá se insultan desde lejos (siempre desde lejos), fabrican material explosivo, balas, aviones de guerra, mucho que ya no recuerdo en definiciones. Sí recuerdo que también alcancé a conocer algunas risas espontáneas, que había gente buena haciendo cosas buenas, pero no eran parte del constante ajetreo de noticias. En ese mundo, las vidas eran miradas desde la noticia: los medios, las redes, los anuncios, la palabra. Era raro. Todo lo que otros querían que comiésemos, que vistiésemos, que hiciésemos, que pensáramos, que dijésemos, que consumiéramos, que fuéramos, que no fuéramos… estaba manipulado. Pero recién ahora lo comprendo.

Cuando nací esta vez, abrí los ojos y estaba listo para ver qué tenía que hacer, cómo tenía que comer, qué aprender, cómo volar, qué sentir. Fue así que mamá acercó su pico a mi cuerpo y no dijo nada. Sentí su calor y comprendí. La vi levantar vuelo y entendí. Allá en ese otro mundo dicen que nosotros no sentimos nada, que solo estamos para ser un plato de comida y que de vez en cuando los deleitamos con sonidos; que somos una bonita imagen en un paisaje o para la inspiración de un poeta. Allá no somos iguales. A mis compañeros perros en algunos países se los comían, y a las vacas, en casi todo el planeta. Igual, siempre quise ver un poco de esperanza: conocí un país en donde las trataban igual que lo hacemos nosotros aquí, en este mundo. Ahí están… desde esta altura las veo pastar. Levantan la cabeza, nos miran un rato y siguen con su rutina. Viviendo, respirando, pariendo.

La verdad es que no sé cuánto tiempo voy a vivir, pero tampoco me preocupa. Acá no estamos ocupándonos por el tiempo y por la muerte, mucho menos por las enfermedades y las pestes. Acá el instinto nos salva, nos guía, nos enseña qué es bueno y qué nos hace daño. Recuerdo que allá le llamaban algo así como «sentido común». Nunca llegué a saber muy bien qué era, porque yo vi gente enferma o sintiéndose mal pero haciéndose más daño. Qué raro… ahora todo lo anterior me parece raro. Yo cuando no me siento bien, no me alimento, ayuno y se me pasa. Aquí, cuando alguno de nosotros muere nos acercamos en silencio y llegamos observando el momento. Aquí nadie nos ayuda a «superar» lo que vemos y sentimos; la ingeniería de la supervivencia es nuestro arte. Es todo tan distinto… no necesitamos abogados que nos defiendan ni nos salven de nada, porque claro, no hay humanos. ¿Será por eso que no escucho disparos? No hay luchas, no hay odio, no hay alguien mejor que otro, no hay guerras. Y eso sí que se siente, la ausencia del mal también se siente. Cuando miro a mi alrededor con este aire delicioso que acaricia mi cuerpo pequeño, quisiera saber qué fue de la vida de todos los que conocí y me rodearon. ¿Seré el único que algo recuerda?

Vuelo, doy círculos girando sin rumbo; bajo en picada y vuelvo a subir. Me divierte. Los cocodrilos luchan en el pantano; hay una hembra en celo. Me acerco al pastizal a una distancia prudente sobre la arena movediza que los rodea. Uno de ellos ganó la partida, ella se acerca. El resto de machos se aleja, desaparecen. Sonrío por dentro a mis recuerdos: aquí no se escuchan lamentos, venganzas, llantos ni egos heridos. Se dispersan, no molestan y dejan que su compañero disfrute el resultado de su lucha.

Vuelo, me arrimo a la cima de otra colina. Allí abajo, dos caballos galopan en círculos y varios perros los persiguen moviendo sus rabos. Ladran en diferentes lenguas que no llego a entender, pero creo que juegan. A mi derecha, observo dos serpientes enroscadas en un gran tronco seco. Creo que la tierra está muy seca. Allí escuché que la estaban destruyendo y que con los años todo iría cambiando. Ahora, que puedo mirar y mirarme con detenimiento, lo recuerdo.
Una de ellas se arrastra y desaparece por la colina con una velocidad que me espanta, pero es la misma que tengo yo para volar si así lo deseo. Cuando era más pequeño, mi mamá no me dio indicaciones de cómo hacerlo, solo me mostró con el ejemplo. Mis hermanos y yo simplemente nos dimos un impulso y la seguimos. Caí una vez al ras del suelo pero al instante mis hermanos me socorrieron. Un tiempo después ya estábamos todos en el aire, siguiendo a mamá que nos llevaba a conocer la vida desde el cielo. Miré asombrado; todavía esperaba encontrar seres humanos, e incluso tuve miedo. Miedo de alguna piedra voladora, de alguna bala perdida, del daño inminente y siempre al acecho que recordaba de aquellos otros momentos.

Llevo un año ya y aquí solo estamos nosotros. Desconozco el nombre del lugar donde vivo pero sólo sé que siento alivio, algo que allí llamaban felicidad y que antes jamás logré sentir. Aquí no solo la siento; la vivo. 

Nosotros cantamos y las jirafas nos miran de reojo masticando, yo sí creo que también sonríen. Nosotros volamos riendo, porque solo estamos jugando. Mientras, me descubro en el asombro de comprender lo que no pude en esa vida anterior a ser quien soy. 

Yo ahora canto. Y no canto porque soy feliz. Soy feliz porque canto.

 

– Poli Impelli –

Desde 1929, el 4 de octubre es el día dedicado a reivindicar los derechos de los animales y pedir el mismo respeto que para los humanos.

4 de Octubre. Día Mundial de los Animales.

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