El lugar más Sagrado

No, no fue en la iglesia del barrio, ni tampoco en la Catedral de mi ciudad.

Recuerdo siempre ese raro aroma a naftalina, a encierro o a funeral, nunca lo supe definir. Era una atracción en mis días marcianos, esos en los que no encajaba con mi entorno cuando el día entonaba grises, esos días de nubes y gotas que a mí siempre me encantaron como ahora en otoño— porque acarician, no sé si el alma o la espalda, pero me siguen pareciendo románticos. Y yo, que de romántica no tuve nunca ni este pedazo de alma…

Atravesé la lluvia con mis botas rojas, saltando charcos llegué a destino. Don Juan estaba en la butaca de siempre, saludando a jóvenes y a eruditos profesores, aunque en ese entonces, pasear o dejarse caer en una biblioteca no era de eruditos ni de nerds: no teníamos otra opción para el saber y la curiosidad. Sin internet, el mundo de los libros era un único universo. Vaya universo… me alegro no haberlo perdido.

No sé si fue una tarea de Historia, algo que la profe había pedido con urgencia y no lo habíamos encontrado en el colegio. Había una fecha, «el día D» bendito para entregar el trabajo, pero a mí la lluvia me arrastraba un poco antes, cualquier día, con tal de refugiarme a tocar libros. En esa época, todavía no los abría con la emoción de hoy; tal vez me daban miedo, tal vez les tenía respeto. Pasaba mis dedos acariciando lomos, como se acaricia a un perro, leía títulos, sonreía; probable que ya percibiera quién podía llegar a ser y qué amaría. Supongo que mi alma ya sabía. Pero yo, adolescente sin causa ni consecuencia, más que amar a los libros, te amé a vos.

Me senté con dos tomos de la enciclopedia que figuraba en la bibliografía escrita con bolígrafo rojo en una hoja a rayas, «la hoja de las tareas», título amable que le daba yo a todo lo que no fuera bien recibido, y en rojo para más efecto visual. Con los años comprendí que roja es también la sangre que bombea en el corazón, el centro de nuestro magnetismo, el que ama.

Pasé páginas buscando biografías de gobernantes, políticos de países que siendo tan lejanos me resultaban inexistentes, salvo en un mapa. Sentí un chasquido a mi izquierda, lejos pero cerca, y levanté la mirada para encontrarte. Creí que tenías mi edad, que estabas con tu hoja de tareas, que tendrías un bolígrafo rojo en tu cartuchera, que le tendrías temor a algunos libros por no entenderlos, entonces me pareciste igual, otro más del montón. Pero sonreíste. Tu boli era azul, y lo soltaste sobre el tomo en mano para mirarme; ese fue el sonido que había escuchado y se volvía a repetir.

No recuerdo con exactitud, pero doy por hecho que mi piel dibujó tomates y que crují los dedos de mis manos por debajo de la mesa. Volví a mirar el libro: Adolf Hitler. Austria-Hungría, 20 de Abril 1889 – Berlín, Alemania, 30 de Abril 1945. Político, militar, pintor y escritor alemán… Otro chasquido y levanté mis ojos; estabas riendo sobre tu libro, haciendo el tonto para llamar mi atención, y en vez de mirarte con la cara que hoy tendría (esa que nadie quiere ver), sentí un impulso desde mi estómago y comencé a reír tapándome la boca, creyendo que así podría disimular.

El santo de Juan, español arraigado en mi patria, ya acostumbrado a las tertulias adolescentes de murmullos, risas y ruiditos de papel de golosina en «su» biblioteca, daba vueltas cada tanto para ordenar el gallinero. Pasó por detrás y bajé la cabeza, me tocó la espalda con un dedo y asomó su cabeza sobre mi hombro:

—¿Qué puede tener de graciosa la biografía de un hombre como Hitler?

Esto sí es algo que sigo cargando encima: si ya me estoy riendo, sumar aire a la hoguera solo me enciende aún más. Nunca fui de temer a la autoridad, así que miré a Juan con mi cara tomate y largué una risa contenida.

—Nada, aburrida.

—Aburrida no se te nota —dijo Juan, cuasi sonriendo—. Sigue que falta media hora y nos vamos todos.

Juan me guiñó un ojo y retomó su andar para doblar por la galería contigua. Cuando volví mi mirada hacia la izquierda, te estabas levantando de tu asiento, también riendo, y te observé dejar el libro en un estante de la letra G. Caminaste hasta el escritorio de Juan y esperaste por él, pero seguías mirándome por debajo, intentando esconder lo que ningún hombre puede. Me concentré en Hitler y tomé unas pocas notas en mi hoja a rayas. Te vi salir, tranquilo, y pensé que ya había valido mi tarde de lluvia. Hitler me hizo sonreír un rato más… anecdótico cuando lo pienso hoy, impensable; asquerosamente inaceptable.

Juan recorrió la biblioteca arreando ovejas y fuimos saliendo después de pasar por su escritorio a dejar las fichas, esas rectangulares llenas de datos que hoy son obsoletas. Acomodé mi mochila al hombro y agradecí haber convencido a mamá para que no fuera a buscarme. Siempre me gustó caminar, y si era (es) con lluvia, más para mí.

Abrí el paraguas y di dos pasos a la derecha para cruzar por la avenida principal de la ciudad. Choqué con la ausencia de tu paraguas, con tus ojos verdes y tu sonrisa empapada de espera. Ahí estabas, esperando para tomarme de la mano por unos años, por el tiempo que duraran los libros, las biografías, las palabras y nuestras ganas.

Luego agradecí en silencio a aquella profesora, a Don Juan por su paciencia y su guiño, a la falta de tiempo para no enterarme bien aquella tarde quién era realmente ese hombre alemán y a la lluvia; a esa biblioteca en particular y a los libros, que me llevaron a vos por un largo tiempo.

Pasaron siglos y a vos te pude olvidar, pero cada vez que hoy entro en una biblioteca, sonrío.

 

Poli Impelli.


Desde 1997, cada 24 de octubre se conmemora el Día de la Biblioteca.

La propuesta surge de la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, apoyada por el Ministerio de Cultura, en recuerdo de la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, incendiada el 1992 durante el conflicto balcánico.

La propuesta de escribir (lo que sea) conmemorando el Día de la Biblioteca surgió de dos amigos colegas que no viven mucho aquí, sino en otro mundo. Puedes pasar a darles una caricia, o mejor aún, robarles un poco de su mundo y darte el placer de leer Las crónicas del otro mundo. Y si lo haces, siéntate cómodo, prepárate para viajar y llegar al fondo del subconsciente y masticar mucho, porque te llevará un poco más de tiempo que comer un bocata de jamón serrano. No digas luego que no te avisé. 

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hermosa forma de vincular el amor por los libros! Excelente relato.

    Le gusta a 1 persona

    1. Poli Impelli dice:

      Muchas gracias por pasar y dejar tu comentario. ¡Gracias! Fuerte abrazo

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  2. ¡Así resulta mucho más sencillo apreciar la biblioteca! Encontrando el amor entre estanterías repletas de ejemplares, ni la presencia de Hitler, ojo, Hitler, puede detener el romance.
    ¡Muchísimas gracias por apoyar la iniciativa, y muchísimos abrazos por lo que sea!

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    1. Poli Impelli dice:

      Gracias a vosotros, que me han hecho sudar un rato creyendo que llegaba tarde, jaja (para el despiste, yo). Ya me hubiera gustado vivir algo así de bonito en una biblioteca 😉
      Abrazossss de vuelta hasta el otro mundo 🙂

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      1. Casi llegas tarde adelantándote dos semanas, así que… ¿qué considerarás tú “llegar pronto”? Si planeas una cita en un restaurante un sábado por la noche, ¿aguardas en la puerta del mismo desde el martes anterior? Quién sabe, nosotros ya nos lo esperamos todo.
        Nos lo esperamos todo desde ese martes, claro.
        ¡Abrazos de retorno!

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        1. Poli Impelli dice:

          Soy capaz… soy capaz de presentarme dos semanas antes y luego creer que me han fallado, jajaja.
          Ha sido genial vuestra propuesta, y me encantaron las bibliotecas de los hermanos de vuestro pueblo 😉
          Abrazosss, gracias por estar siempre por mis pagos.

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