La Gran Muralla

Pedro se levantó del banco cuando el tren se acercaba a las vías. Miró su billete y luego el anuncio electrónico sobre su cabeza. «Es este». Levantó la mochila enorme del suelo y se arrastró bajo el calor hasta la fila junto a la puerta. Una señora se abrió del tumulto mirándolo de reojo. Se estaba acostumbrando; sus casi rastas en su delgadez le daban un aspecto desalineado que poco tenía que ver con su interior y su anterior vida rutinaria en la ciudad. Había salido con sueños pero sin rumbo fijo; había sido momento de hacer algo diferente y sin brújula. Mapas, Internet y las imágenes que de joven guardaba en su memoria. Esos sueños se habían convertido en un casamiento, intentos frustrados de ser padre y luego un divorcio, sumando el seguro y confortable «de9a5lunesaviernes» al cual solía encenderle una vela como si fuera el Santo Grial.

Le sonrió a la mujer y esperó su turno. Ya arriba, acomodó la mochila en un espacio libre y se sentó junto a la ventana. Respiró agradecido observando el andén.

 

Gerardo se acomodó la camisa ajustando su cinto, demasiado calor para un traje a esa hora de la mañana. Se miró en el reflejo de la ventanilla de ventas y, a pesar de la temperatura, se puso el saco con resignación. El tren llegó puntual, él aferró el maletín a su hombro derecho y se acercó a las vías. Una señora le sonrió con admiración y le dio paso, Gerardo agradeció cediéndole el lugar con respeto. El tren abrió sus puertas, él subió detrás de la señora y miró a ambos lados, aún había un asiento a la derecha en el pasillo. Se quitó el saco y se sentó con aplomo, agobiado, aunque ya conocía de sobra que el aire acondicionado le haría temblar la piel apenas se cerraran las puertas.  

Pedro movió su mochilón para darle espacio al maletín del hombre, había dormitado 20 minutos iniciales del trayecto y la frenada en esa estación lo había despertado.

—Gracias —dijo el hombre.

—De nada. No tengo dónde ubicarla, no entra allí arriba —dijo señalando el porta equipajes sobre sus cabezas.

—Pesada, ¿no? —comentó Gerardo, señalando la mochila de Pedro.

—Más o menos, ya me voy acostumbrando.

Gerardo miró su maletín; llevaba su laptop, una libreta, un par de bolígrafos, un ebook, un peine fino, un cepillo de dientes y papeles sueltos como borradores para la próxima reunión del día. Volvió a mirar de reojo la mochila de su compañero.

Pedro pisó la base de su mochila y la empujó contra el asiento delantero. Adentro cargaba su vida para unos meses, ya tenía una pequeña bolsa con ropa sucia en el bolsillo inferior. Miró de reojo el maletín del hombre y luego su pantalón: poliéster fino negro. Sintió ahogo al recordar el traje en su cuerpo en un día de calor. Sonrió y volvió a mirar el paisaje por la gran ventana a su izquierda.

—¿De vacaciones?

La voz del hombre sorprendió a Pedro con gusto.

—Algo así… por un tiempo.

—Ah, bien. Tenés una mochila muy parecida a la que usé yo a los 25. Me fui con una novia al sur de Argentina y Chile, linda experiencia.

—¿Eres de allí?

—De Uruguay, pero llevo años viviendo en Lyon. ¿Vos?

—De Jaen, pero crecí en Madrid, de allí vengo.

—¿Falta mucho?

—¿Para qué? —Pedro notó nostalgia en la voz del hombre. A esta altura había aprendido a escuchar historias, a desalinear la mente para darle espacio a cosas nuevas, a intuir, algo que nadie jamás le había enseñado antes. ¿Esa ex sería su mujer actual? ¿Tendría hijos? ¿Todos los días hacía ese viaje rutinario?

—Para volver a casa. A Madrid, quiero decir.

—No lo sé. —Pedro sonrió mirando al frente—. Es la primera vez que no saber me da igual. Puede ser un mes, puede ser mañana, pueden ser meses… —dijo, y giró su mirada hacia el hombre—. Pedro. —Se presentó y le tendió su mano.

—Gerardo, y me das envidia —dijo, y Pedro rio. Gerardo le siguió—. Entro a una reunión en una hora, todavía hablar en francés me recuerda que soy extranjero, y me estoy cagando de calor.

—Ya… lo imagino. Pues yo hablo solo inglés y aquí veré cómo hago. Perdona, ¿qué edad tienes?

—Ufff —Gerardo suspiró sonriendo—. 52 pirulos.

—Ah, la edad de mi hermana mayor, no me llevas tanto —dijo Pedro. Gerardo abrió los ojos de par en par y lo miró como a un extraterrestre. Pedro rio otra vez. —46, tío. Mi aspecto engaña, ¿verdad?

—Cuarenta -y- seis… —Gerardo tiró su cabeza contra el respaldo, pensativo y todavía sin creerlo—. Intento recordar en qué andaba yo hace solo seis años.

—Déjame adivinar, con todo respeto. En la misma empresa, aquí en Francia, ilusionado con muchas cosas a futuro pero estaba bien para empezar, todo parecía prometedor, joder. Me pregunto si tus reuniones han sido en el sur como hoy o en el norte… —Pedro tomó aire y volvió a mirar por la ventanilla. Se acordó de sí mismo hasta hacía poco tiempo. Un poco de nostalgia recorrió su espina dorsal, pero volvió a tierra con el silencio de Gerardo, que le decía todo sin palabras. No importa dónde, pensó, si eres local o extranjero, la insatisfacción no tiene tierras propias; te sigue si la dejas estar. 

—En el sur, la casa central está en Montpellier pero hoy me bajo antes. Siempre este mismo tren, diferentes horarios.

—Ah, ya. ¿Y te falta mucho? —Pedro mantuvo la mirada en el paisaje. Escuchó a Gerardo expirar una sonrisa.

—¿Para jubilarme acá en Francia, para volver a Uruguay o para mandar todo a la mierda?

—Tú dirás —dijo Pedro sin mirarlo. Gerardo suspiró y agarró su maletín. Sacó su laptop y la encendió. Un paisaje bien conocido ocupó la pantalla de inmediato. Pedro bajó la mirada hacia ella—. La Gran Muralla —susurró.

—Mi sueño. Loco… y no sé por qué.

—¿Te cabe en ese maletín? —dijo Pedro, y Gerardo sonrió y cerró los ojos—. Eso es solo una foto. Necesitarás una mochila como la mía. En Madrid la conseguí a buen precio, pero con esa pantalla la pides y la tienes en tu casa a los días, tío. Fácil.

—Todo parece fácil…

—Lo es si así lo quieres. Tú eres el que tiene una gran muralla adentro, si la derribas, llegarás a ella afuera, allí donde está esperándote.

El tren avisó su próxima parada con un silbido en sus ruedas y un francés que resonaba por parlantes. Montpellier, entendió Pedro. Gerardo guardó su laptop, se acomodó el saco colgando de un brazo y le extendió una mano a Pedro.

—Gracias, «tío». Un gusto, creo que has compartido conmigo uno de mis últimos viajes en este tren.

Pedro extendió su mano sonriendo.

—Salud por ello, y recuerda esa imagen tuya cuando estés allí. —Pedro estiró su teléfono móvil hacia los ojos de Gerardo. En la pantalla había una imagen de la Costa Azul—. ¿Lo entiendes?

—Entendido —dijo Gerardo, y le levantó el pulgar sonriendo.

Pedro lo vio bajar, suspirar al calor y darse vuelta para encontrarse con su mirada. Sonrieron los dos hasta que el tren avanzó. Pedro se acomodó en el respaldo del asiento, recordando con claridad la cantidad de veces que su mente y su intuición se habían peleado por tener claro cuál era la mejor decisión, hasta que un día se puso firme y mandón con sus pensamientos: «se callan ahora, porque mi voto de confianza no es para vosotros. Esta vez, no». Con esa incertidumbre pero escuchando su alma había renunciado, había colgado su traje, había contado su idea solo a quien realmente lo fuera a apoyar en sus próximas decisiones y había dejado todo atrás. Cuarenta y cinco años mimando certezas y seguridades que había creído como única posibilidad de éxito, hasta que su mundo comenzó a dolerle lo suficiente.

Sonrió mirando el techo del tren. Sí, había dolido lo suficiente… «Entendido», se dijo a sí mismo, y se adormeció tocando la imagen de fondo de pantalla de su móvil. La Costa Azul.

 

Poli Impelli

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Fotografía imágen destacada: créditos @fanjianhua


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