Después de la ausencia

Barcelona, 2019

Domingo 2 de junio

 

          Daniel durmió un poco más de lo que tenía pensado. El aire que entraba por el ventanal de su habitación era agradable, con el sol en la cara se desperezó pensando que colgar cortinas sería algo urgente para pasar bien el verano.

          Su padre llamó al mediodía, Daniel lo invitó a comer pero aseguró que su nevera seguía vacía. «Yo me encargo, llevo unos buenos bocatas y patatas bravas, qué joder, que estaremos solos y tu madre no nos puede echar bronca», dijo Manuel, y echó a reír antes de cortar la llamada. Mi madre, pensó Daniel… ¿podrá vernos desde dónde está ahora?

 

          Se sentaron en el sofá frente a una mesa cuadrada que Daniel había elegido hacía unos años para ese piso, finalmente la podía disfrutar él. El abrazo de Manuel al llegar había durado más que de costumbre, y Daniel sintió aquel hueco en el estómago que le recordaba la culpa. Su padre había sufrido lo suficiente con la partida de Susana en el 2010, y el nacimiento de Laia, su primera nieta, le había iluminado esos nueve años restantes. Manuel se mantenía bien, un poco más sordo pero sabio y despierto como siempre. Había amado a Alicia con el mismo respeto y cariño que a su mujer, que a Ester y que a Silvia. Cuando Daniel frenaba su ritmo de vida para observar a su padre, más lo admiraba y deseaba tomar algo de su fortaleza, porque en realidad sentía que todavía no le llegaba ni a los talones.

          —Venga, hijo, panzada de patatas bravas… —dijo Manuel, mirando al techo y guiñando un ojo. Daniel rió y golpeó suavemente el brazo de su padre con el puño cerrado.

          —Ten en cuenta que mamá nos está mirando siempre. Así que come con precaución, que tú ya tienes tus años.

          —Joder, si estoy mejor que tú —dijo. Daniel sonrió y le dio un mordisco a su bocata. Puede que su padre estuviera mejor que él, sin dudas—. Cuéntame, quiero saber cómo estás. Se ve muy bien este piso para ti.

          —Raro, me siento raro, una sola noche y al despertarme hoy… no escuchar a los niños… no sentir los ruiditos de Ali en la cocina, tú sabes…

          —Pues no, yo no sé nada. Solo lo imagino, porque yo dejé de sentir los ruiditos de tu madre de un día para el otro, pero sabes… es diferente. Ahí la vida te pega un cachetazo y no hay vuelta atrás, bueno… tú también lo sabes. —Manuel comprendió lo que dijo al atragantarse con una patata. Tosió—. Perdona, hijo, perdona…

          —Papá, tranquilo, no has dicho nada que no sepamos los dos. Pues tienes razón, pero aquí tampoco hay vuelta atrás, creo…

          —¿Crees?

          —Con Alicia nos hemos llevado muy bien siempre. Ni un sí ni un no. Pero algo en mí, adentro… no sé. Y no hay otra mujer, ni en broma, y no hay otro hombre. Te puedo asegurar que nuestra… familia —por un momento estuvo a punto de decir sagrada — ha sido puro amor hacia los niños y respeto entre nosotros.

          —No tengo dudas, hijo, Alicia es una mujer maravillosa… Recuerdo a tu madre cuando te veía ir y venir con otras, intentar de mil maneras… bueno, y llegó Alicia y te vimos mejor, te vimos… más entero, ¿sabes?

          Daniel sonrió al recuerdo. Alicia venía de una gran decepción amorosa, tenía hasta el vestido de novia preparado, pero conoció a Daniel y se le iluminó la ilusión, y a él, un poco la vida.

          —Justamente, papá. En ese respeto también hubo un poco de conveniencia, ¿me entiendes? Me lo estoy planteando por primera vez, y ¿sabes por qué? Las dos personas que me han acompañado en estos años y que son ejemplo para mí… ya sabes, Juan José y Eloísa. Y cada vez que los veo, los observo… ellos son carne y uña, ellos tiene ese no sé qué, eso que yo tenía…

          —¿Con Silvi? —Manuel miró a su hijo y dejó su bocata en el plato. Sin pensarlo ni quererlo, sintió un subidón de melancolía que no sentía ni cuando hablaba de su mujer, quizá por la costumbre. Un ojo se le llenó de lágrimas—. Habla, hijo, soy yo, me puedes decir lo que quieras.

          —…Que no pude tener con Alicia, a eso me refiero. Y cuando lo hablamos, ella me dijo algo parecido, que me adoraba pero que le faltaba algo adentro, algo que ella recordaba haber tenido con su ex, ese que la dejó plantada un mes antes de su boda. Entonces nos entendimos bien. ¿Sabes qué pienso hoy, papá? —Mientras, Manuel se limpió el ojo con su dedo índice, escondiéndose de su hijo como pudo—. Que muchas veces andamos aferrados a la esperanza de que algo cambie y en ese apuro tapamos cosas, tapamos dolor, tapamos amores… yo qué sé. No soy poeta ni psicólogo, solo que mis niños me devolvieron un poco a la realidad de mi vida. Alicia y yo no podemos dibujar una familia frente a ellos. Se merecen lo mejor de nosotros, no migajas. Tal vez… en un futuro, yo qué sé. Alicia es una mujer entera, hermosa. Jamás diré lo contrario.

          Daniel masticaba mientras hablaba. No le hablaba a su padre, dirigía su mirada al plato y se limpiaba el kétchup que chorreaba por sus dedos. Se hablaba a sí mismo en un intento de comprender lo que había hecho, por qué había cajas todavía en su salón, por qué su padre estaba allí en su nuevo sofá, los dos solos, sin Alicia, sin Susana, sin…

          —Hijo, más claro no lo puedes poner sobre la mesa. Creo que hay algo que nunca te dije…

          —Joder, no me vengas con sorpresas, Manuel. ¿Soy adoptado? —Daniel había aprendido con los años las técnicas de Juan José para alivianar la vida.

          —Sí, claro, si eres igual a tu madre, pescao.

          —Ester… no digas que la pobre Ester es hija de un lechero de los años ´80.

          —Ya… pues si es hija de un lechero bien podría haberse hecho cargo, qué niña… —Manuel suspiró—. La extraño, la extraño mucho.

         Daniel dejó su bocata y lo miró de frente.

         —Yo también la extraño, más en estos momentos. No le digas nada, ¿vale? Yo la llamaré a Minneapolis por Whatsapp y le contaré mi historia. Dejémosla ser feliz, que ella ha hecho bien las cosas, ella sí que pintaba para sobresalir, ¿verdad?

         —Primero para darnos por culo, sí, luego para ser tan… única.

         —Lo ha sido siempre, papá. Logró lo que se propuso, mira dónde ha terminado, la recuerdo buscando todos los datos de ese hospital, la recuerdo obteniendo su título, saliendo con Tomás, el enfermero del hospital Vall´d Hebrón, ¿tú te acuerdas de eso? Qué cabrona, en serio. —Daniel sonrió pensando en su hermana. Había salido de todos los esquemas posibles para lograr lo que quería y ser putamente feliz.

         —¡Madre mía! Claro que sí. Me soltó el otro día en un audio que quiere venir pronto con Paul, o como se llame este tío, pues yo encantado. Quiero verla, hace ya un año… un año que no viene.

          —Paul, se llama Paul, sí. Hacen buena pareja, me gustan las fotos que manda. Es muy cabrona, papá, no puede estar mejor. Va a venir… espera que le cuente mi realidad hoy y sé que va a querer venir a ver a sus sobrinos, como mínimo. —Daniel suspiró y dio un trago largo a su cerveza—. Papá… ¿qué me ibas a decir? ¿Era eso de Ester?

          —No, hijo. —Manuel se levantó dando por terminado su bocata, estiró su torso y miró por el ventanal hacia la calle. El sol entraba con fuerza pero el aire era delicioso. Respiró y giró su cuerpo hacia su hijo—. Te iba a decir que te admiro profundamente, tanto como a Ester, e incluso un poco más. Que lo sepas… eres admirable. Siempre fue tu madre la que te miraba con ojos especiales, yo tenía que andar detrás de Ester, cubriéndole el culo por las dudas… Desde que tu madre no está, he pensado en ti cada día de mi larga vida. Y ahora… ahora que me cuentas la visión que tienes de tu matrimonio, pues… —Manuel se llevó la palma de su mano derecha a sus ojos y agachó la cabeza. Detrás, las torres de la Sagrada Familia abrazaban su espalda.

          —Papá… —Daniel se levantó y caminó hacia su padre. Lo tomó como a un niño, como a su hijo Oriol, y lo abrazó llevando su cuerpo añoso hacia su pecho. Su padre se volvió pequeño ante su hijo y lloró como hacía tiempo quería llorar, tal vez por Silvia, por Susana, por la partida de Ester, por la separación de su hijo, por su soledad, por la vejez. Lloró. Y Daniel, abrazando a su padre y sintiendo su corazón latir junto al suyo, como hacía años no lo sentía, se dio el gusto de llorar por los mismos motivos. Una a una, las lágrimas de Manuel y de Daniel fueron exhalando las mismas razones, permitiendo que la vida les limpiara el futuro que les quedaba por delante.

 


 

          Daniel despidió a su padre luego de un café reparador. Manuel lo admiraba… nada que no hubiera sabido, pero veía en él su soledad y con tantas sabias arrugas que se imaginó a sí mismo. ¿Sería igual a él? Ya su padre no estaría vivo para ver en qué se convertiría luego de una separación. Sin embargo, ya había visto en qué se había convertido luego de… Suspiró y revolvió su café, tenía gusto amargo aunque le había volcado tres cucharadas de azúcar. Enfrente y en la lejanía del pasillo divisó la caja negra Adidas que dormía junto al placar de su habitación. ¿Qué haría él de ahora en más?

          El sonido del portero lo arrancó de su leve ensueño. Juan José le había mandado un Whatsapp: «Ahora que estás solo, sí puedo casarme contigo. Voy pa´ tu piso, ábreme la puerta, cabrón». Llegó más rápido de lo que Daniel esperaba.

          Juan José subió por las escaleras, era un segundo piso y su voz agitada se mezclaba con una bastante más dulce que la suya: Eloísa a su lado.

          —Bueno, con este aspecto paso de casarme contigo —dijo Daniel entrando en risas—. ¿Qué hay de ti, guapa? Este sí que ha tenido suerte, no sé qué le has visto, Eloísa. ¿Alguna vez te lo has preguntado?

          Eloísa solía reír audiblemente, pero desde hacía años se tragaba la risa… como si al apretar los dientes y mostrar su sonrisa, el sonido vibraba solo por dentro. Eso para ella se había convertido en el verbo reír. Daniel lo sabía.

          —Me ve lo que tú no puedes verme, ¿algún problema? —dijo Juan José.

          —Anda ya… —dijo Eloísa, y le pegó suavemente con su bolso de tela corderoy marrón, en el centro una imagen de La Sagrada Familia brillaba bordada en colores. Se lo había regalado Silvia como resultado de una apuesta que habían hecho en el año 2000: Eloísa juraba que las dos se recibirían al mismo tiempo. Silvia había insistido en que no, que Eloísa sería la primera en terminar y la mejor. La noche de la despedida de ellos cuatro, unos días antes de que el avión partiera a Minnesota, Silvia le regaló ese bolso a Eloísa. «Ya ves… te lo dije, amiga hermosa. Tú serás la primera». Eloísa no solía usar mucho ese bolso, lo cuidaba como a un tesoro, no lo sacaba a la calle a no ser que fuera para una ocasión especial. Cuando Daniel vio que le pegaba a su marido con el bolso sintió un leve mareo, y de reojo miró la caja Adidas a lo lejos. Sonrió a los dos con melancolía y los invitó a recorrer la mansión. En tres minutos estaban de vuelta en el sofá.

          —Pues esto está de puta madre para ti —concluyó Juan desplomándose en el sofá.

          —Ya, sí. Todavía me siento raro, es raro de cojones.

          —No es para menos, Dani, llevas dos días y encima con todo el rollo emocional, pues me imagino que no debe ser fácil para ti, ¿verdad? ¿Qué hay de los niños? —dijo Eloísa.

          —No es fácil, pero tampoco se me ha hecho tan difícil. Quiero decir… es algo mutuo, es algo que no cerraba y yo no me daba cuenta. Oriol no entiende mucho, se lo hemos explicado hasta con dibujos, y Laia… ella nos dijo que no quiere dos casas, que no le gusta no verme, bla bla…

          —Bonica… —Eloísa miró de reojo a Juan. Este escuchaba atento, sin un mínimo gesto. Estaría otra vez poniéndose en el lugar de Daniel y sintiéndose un imbécil, pensó Eloísa—. Cumplió 9, ¿verdad?

          —Oye, ¿tú no te acuerdas del 9 gigante que puso Alicia en la puerta aquel día? Cari… estás medio ciega, joder.

          —Que síiiii, que sí me acuerdo pero ahora que lo dices, uffff.

          Daniel rió otra vez, estaba  de pie en la cocina. Seguía pensando en ellos y observando cómo se amaban, seguía preguntándose siempre, cada día, la maldita pregunta que no debía hacerse jamás: qué hubiera pasado sí…

          —Sí, Elo, 9. Y deja ya de hacerle caso a este gigantón que te has buscao por marido, ¿vale? ¿Qué van a tomar? —dijo Daniel sin darse vuelta.

          —Yo le entraría a una Mahou. ¿Tú, cari?

          —Lo mismo, mi solcete.

          —Y todavía le dices solcete… es que en serio vosotros no tenéis tiempo, ¿eh? —Daniel abrió la nevera. Los tres reían como habían reído siendo adolescentes—. ¿Adónde han abandonado a los niños? Más les vale que los vea prontísimo. Podríamos juntarlos con los míos para la Noche de San Juan, ¿os vale? Le aviso a Ali con tiempo y ya está.

          —¡Hecho! —Eloísa levantó su mano en el aire—. Están con mi madre, pobre santa, Lola tiene tareas de catalán para mañana y el Martí se quedó dormido apenas terminamos de comer, por eso nos escapamos, ¿tú qué crees? 

          —Ese Martí, tío, si no puede ser más parecido al orangután —dijo Daniel señalando a Juan con la cerveza.

          —Enhorabuena, ese niño será un crack —Juan levantó la suya al aire y brindaron los tres. La sensación de que faltaba alguien en ese comedor, el bolso regalo de Silvia acurrucado en la falda de Eloísa, la Noche de San Juan mencionada sin dobles intenciones, las cervezas chocando en el aire. Dieron un trago y se hizo un silencio cómplice, único, sagrado y por lo visto imprescindible. Se miraron. Eloísa apretó los labios. Juan José suspiró suavemente. Daniel tragó saliva. Y habló.

          —Quiero que sepáis que voy a estar bien, os lo prometo. Con Ali está todo bien, que los niños serán prioridad entre nosotros y ya sabéis… ella jamás os negará ver a nuestros hijos, vosotros habéis sido familia y siempre lo seréis. Y también, os juro que esta separación tiene que ver con este silencio. Créanme que hice todo lo posible por olvidar, por seguir adelante y ya ven que pude. Sí pude, pero adentro mío… muy adentro…

           Eloísa se limpió una lágrima con la mano derecha. Con la izquierda acariciaba el relieve de La Sagrada Familia.

          —Daniel —dijo—, tú créeme que lo entendemos. Justamente, Juan y yo somos quienes más creemos en ti y en cada paso que das, y sabemos, ¿vale? Estarás bien, claro que sí, amigo. —Eloísa no pudo aguantar su llanto y sus lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras sonreía a Daniel. Juan, que solo había llorado cuando su hija Lola tuvo que quedarse unos días en neonatología al nacer, dejó escapar unas tres lágrimas en cada ojo, y abrazó a Eloísa con suavidad hasta tocarle la nuca.

          —Así es, tío, tú sabes que en esta y en las anteriores siempre hemos estado y estaremos juntos. ¿Acaso tú no has estado firme para nosotros? Acuérdate de la Lola en neo, de nuestra boda, de las veces que rendíamos mal… acuérdate de todo y no olvides que aquí se da y se recibe. Ni nos des explicaciones, ¿tú qué te crees, eh? ¿Tú que mierda te crees? —dijo levantando la voz y su cuerpo para apretujar por detrás a Daniel, que era mucho más liviano y no se lo esperó. Juan comenzó a darle puñetazos en el estómago, lo tenía abrazado por detrás. Todavía tenía los ojos rojos y unas lágrimas colgaban de su barba negra, pero reía—. ¡Ni una mierda que te vas a librar de nosotros, cabronazo! —Daniel estaba emocionado pero reía, se defendía de las trompadas intentado quitarle las manos de encima pero era imposible. La fuerza de Juan era dos veces la suya.

          —Ya, yaaaaa, pesao, me rindo.

          —No —dijo Juan alejándose de su cuerpo y parándose firme—. No, amigo. Eso nunca, ¿estamos?

 

Poli Impelli

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Hermosa entrada! Historias familiares cruzadas; desencuentros sin rencor, amistades de acero, generaciones que se repiensan un futuro, libertad y dolor al mismo tiempo. Y como “frutilla al postre”; mi hermosa Barcelona en todo su esplendor, luego de Buenos Aires, mi ciudad amada en donde llego siempre, para recorrer la Rambla y volver a tomar agua de los grifos de las canaletas, para seguir volviendo…y hacerla base de mis viajes en solitario… Un cálido saludo.

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