El puente de San Blas

En el oeste se encontraba la ciudad de los muertos. Nadie se atrevía a cruzar el puente sobre el río que dividía los campos verdes y húmedos de la vieja ciudad. El casco antiguo y la actual ciudad nueva habían quedado anclados en el lado este, en la ciudad de los vivos.

Durante muchos años, el puente de San Blas había sido canal de unión entre la zona antigua de la ciudad y las áreas agrícolas donde cultivábamos las tierras fértiles de la provincia. El puente había unido ambos paisajes sobre el río y hoy es famoso no solo por su historia, sino por su belleza y por ser el único cruce de camino posible para los ciudadanos.

Cuando el río subía, el agua llegaba hasta la base de madera oscura que cubría la parte baja del puente, pero jamás se había inundado. En este puente algunas almas se habían enamorado, habían pasado tardes de festejos, bienvenidas y despedidas. Luego, mucho tiempo después y hasta hace solo un año, había un solo motivo para cruzar el puente de San Blas: la muerte.

La ciudad de los muertos debe su sobrenombre a un altivo y gran cementerio que fue cubriendo, poco a poco, toda la zona de campos del otro lado del puente. La ciudad de los muertos supo ser la parte menos atractiva de la zona, el lado oeste, un lugar al que solo se atrevieron a cruzar parientes y amores de quienes habían pasado a mejor vida, o a una peor; nunca lo sabremos nosotros, los habitantes de Pilar.

Con las crisis de los últimos tiempos, la ciudad de los muertos había sido olvidada y dejada a manos de dos empleados que a duras penas podían mantener el cementerio en buenas condiciones. El gobierno anterior lo había renovado con pintura el exterior y habían peinado los jardines que bordean el río, pero ni los curiosos se embarcaban en la tarea de pasar hacia el otro lado del puente solo para ver que el ayuntamiento había movido algunas fichas para quedar políticamente bien con los muertos.

Desde el lado este del río, con bajas corrientes en verano y caudalosas por las lluvias en otoño e invierno, podíamos observar en qué estado permanecía, avanzaba o involucionaba esa otra parte de la ciudad que ya no era más nuestra; era la ciudad de los muertos.

La ciudad de los muertos

En el lado oeste no había nada más que apreciar: campos, árboles descuidados salvo que la lluvia les diera respiro, y este cementerio de arquitectura victoriana descuidada, añeja, sin muchos logros.

En sus comienzos, 60 años atrás, el cementerio había sido motivo de orgullo y avance para todos los ciudadanos, porque hasta ese entonces, solo habían tenido unos nichos municipales que daban pena. La bienvenida a este nuevo espacio para los muertos había sido motivo de júbilo. En esa época, el cementerio estaba rodeado de parques frondosos, caminos bien cuidados para pasear por las calles aledañas, negocios, casitas bajas donde todavía vivía gente sin miedo. La idea de que la parte frontal del cementerio diera su entrada al río no había sido motivo de disputa en aquellos años, la vista no era la mejor para los vivos pero sí para los muertos.

Con el paso de los años, el cementerio se convirtió sin pudor en un insulto al paisaje y a la ciudad de los vivos —una moderna mezcla con el casco antiguo, con el turista que visitaba la ciudad y la vera del río verde, con flores que no se cansaban de asomar cada primavera y jardines que colgaban hacia el agua, transparente y liviana. Y el puente, el San Blas que tenía tanta historia como los comienzos de la ciudad entera.

Este puente marcó el este y el oeste como un muro, como el de Berlín y tantos más que existen en el mundo. Sesenta años atrás, los campesinos e industriales cruzaban caminando el río, porque su caudal era mínimo y los recovecos con anchas piedras facilitaban el paso sobre el agua. El puente de San Blas se construyó cuando los comercios y gente del oeste comenzaron a abandonar la zona; de a poco fueron cerrando casas y prosperidad, dejando el cementerio como único objeto olvidado en aquel lado de la ciudad. Incluso en ese entonces, el puente había sido motivo de avance, pues venía a significar, lógicamente, la posibilidad de cruzar el río a diario y sin inconvenientes, de mantener el comercio y la vida activa con fluidez entre ambas ciudades. No obstante, habían ganado los muertos.

En enero del año pasado, los nuevos dirigentes en el Ayuntamiento decidieron emprender la demolición de la ciudad de los muertos, en cierto sentido figurado, ya que a los muertos reales no se los puede trasladar de espacio. Así fue que los gobernantes, cansados de la mala reputación que el cementerio le daba a la ciudad, al turismo que solo captaban fotos desde el lado este pero que no se atrevía a cruzar el bello puente por las leyendas urbanas que oían de los ciudadanos locales, llevaron adelante la licitación para demoler el viejo cementerio.

Las obras se llevaron a cabo en tres meses, tiempo record teniendo en cuenta lo que suponía derribar semejantes paredones y embellecer la zona, pero debemos reconocer, en mi caso particular como ciudadano y periodista, que lo lograron con éxito.

Hoy cumple un año la nueva ciudad de los muertos, donde descansan en jardines verdes y floridos los que alguna vez tuvimos en vida y seguimos amando. Hoy podemos recorrer caminos de piedra y adoquines modernos, con espacios amplios de aire fresco y también senderos de tierra húmeda, y desde allí podemos sentir el murmullo del caudal de nuestro río. Hoy disfutamos de nuestros días libres y fines de semana cruzando el puente de San Blas con tranquilidad, registrar recuerdos con fotos, indicar a los turistas cómo llegar al otro lado y aprovechar la visitas guiadas que les explicarán y mostrarán la historia real y añeja de la ciudad de los muertos.

Hoy, el oeste, la ciudad de los muertos, es el mejor atractivo de la ciudad, con pequeñas cantinas que ofrecen bebidas y comidas al turismo, y también  con viejos caserones que se han reformado este año para abrir un restaurante pequeño, una cafetería, la estafeta postal que había sido abandonada y tres florerías que visten colores, las mejores de toda la ciudad de Pilar. Si existen flores de todo tamaño y color, las encontrará del otro lado del puente, en nuestra pintoresca y nueva ciudad de los muertos.

A un año de la caída de nuestro muro imaginario, de las viejas costumbres, volvemos a felicitar a nuestros gobernantes por el logro, el esfuerzo y la celeridad para lograr que hoy Pilar esté nuevamente unida por San Blas y sea tan encantadora para los vivos pero también para nuestros muertos.

En honor a la demolición y reconstrución de la ciudad de los muertos en Pilar.

Eduardo Solar De Juñez

Poli Impelli

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Maravillosa entrada!! Convertido en un Jardín de Paz….lugar de paz y armonía ; entre exuberante vegetación para quienes pasean por el lugar. Pero lo mas importante es que contradijeron a un tal Becquer, cuando este declamaba “que solos se quedan los muertos”. Un cálido saludo,

    Le gusta a 1 persona

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