El diario de Matías

De los 15 días que levité por esa vereda adoquinada, 14 de ellos la vi.

A veces, una falda bañada en flores azules cubría sus piernas hasta los talones, su pelo azabache caía en una coleta al costado de su pecho.

En otras ocasiones, dos trenzas largas se deslizaban sobre una blusa blanca, cubriendo mi imaginación.  Yo apenas levantaba la mirada, pero su presencia era suficiente para que mi corazón se acelerara y mis pies se tropezaran con alguna piedra inexistente en el camino.

Mi médico me había aconsejado abandonar el volante por un tiempo, ponerle marchas a mis piernas y desacelerar mis viejos hábitos. Según él, un conjunto de porquerías existenciales eran la causa de mi alta presión arterial, y como a un niño que no comprende todavía algunas reglas de la vida, anoté en forma de lista las probables causas. En otra columna, las posibles soluciones.

Caminar hacia el estudio fue el último consejo que seguí. Bueno, era el último de la lista. Sin embargo, ni el doctor ni yo esperábamos una arritmia desconocida. Hasta ese entonces, mi corazón había latido a ritmo normal, lo que decimos «normal» fuera del ejercicio físico o alguna ruptura amorosa que acelere el bombeo natural.

Me preocupó el día 15, cuando no la vi y desaceleré mis pasos simulando interés en una vidriera repleta de medias y lencería femenina. Una chica rubia me observó desde la caja registradora. Me clavó los ojos indagando mi inclinación sexual, supongo. Le sonreí y con el filo de mi ojo izquierdo comprobé que el lugar de quien yo buscaba seguía vacío. Di media vuelta y continué mi trayecto.

El día número 16 tampoco encontré esa falda, ni un par de jeans desgastados, ni un manto negro en cuclillas acomodando jazmines y rosas. Solo una mujer mayor, sentada en una silla plegable, sonreía a la gente que caminaba por la vereda, alargando su mano de vez en cuando con algún ramo para ofrecer sus aromas.

El día número 17, noté que ya mi corazón ralentizaba su palpitar otra vez, como siempre, como en la rutina de no sentirlo aunque esté allí presente.

Mi presión arterial mejoró notablemente. Comidas con muy poca sal, respiraciones profundas al amanecer, buena música al llegar a casa, un par de salidas con amigos para elevar la serotonina y el ejercicio de las largas caminatas de ida y vuelta al estudio. Un combo bastante mejor que el de la M amarilla.

El médico me había sugerido no volver a ver ni a hablar con Malena. Creí que se le iba la mano con su consejo, ella era buena y no me había hecho nada malo. Habíamos terminado por despolarización, según mi psiquis. Cero pasión y mucho cariño, podíamos tener una buena relación.

Debajo de mi lista, el médico había escrito en letras grandes: NO OLVIDAR (aquí una flechita negra): LA INSATISFACCIÓN CON LA VIDA MATA MÁS QUE EL TABACO.

Por orgullo, no quise hacer preguntas. Recién el día 15 empecé a comprender la sentencia del Doc. Y entendí por qué había llegado a esa brecha con Malena, mis excusas y justificación para continuar insatisfecho. La esperanza me duraba poco por falta de fe.

Me preparaba para caminar hacia el trabajo como si fuera a una cita, pasar por la florería solo unos minutos encendía otra vez mi esperanza, pero en el día 16 perdí la fe. Muy rápido, otra vez.

Llamé a mi médico y le conté que había sentido el corazón fuera de lugar unos días, pero que ya mi presión arterial se portaba de maravillas. Con prudencia e incluso algo de pesar en su voz, volvió a insistir en que cortara por completo mi vínculo con Malena. Asentí y prometí que esa misma semana no pasaría a saludar a sus padres y que le pediría a ella la copia de la llave de mi apartamento. Con su calidez habitual, el Doc me dio una palmada en el hombro con palabras: me dijo que pronto, con el tiempo, comprendería su consejo.

Me costó otra semana más tomar envión para cumplir con mi promesa. Fue el día 17, cuando mi esperanza se venía a pique sin razones aparentes, que Malena me entregó la llave con una sonrisa inventada, desgastada por el tiempo, insatisfecha como había estado siempre. Yo, por puro egoísmo escondido, jamás le había prestado tanta atención. No había querido mirarla. Ni soltarla. Aun así, creo que detrás de su mano abierta con el juego de llaves en la palma, ella también tenía un puñado de esperanzas…

Caminó a paso firme después de darme un beso en la mejilla. «Perdoname», fue mi última palabra. «¿Yo a vos, o vos a mí?», respondió sonriendo. Aunque un ojo escondía alguna lágrima, me guiñó el otro antes de desaparecer por la esquina. Esa noche, mi presión arterial y mi corazón se pusieron de acuerdo, ni sé cómo sucedió. Ningún medicamento podría haber resuelto lo que un sueño corto me recordó: dos trenzas negras y una falda larga con flores azules que yo ya conocía.

Llegó el día 18 y caminé a mi trabajo con la idea de volver a encontrarla, sin el más mínimo coraje para acercarme. La sonrisa de Malena era realidad. La presencia que yo buscaba había sido un sueño.

Cuando llegué a la intersección adoquinada, la señora mayor estaba en su sitio, sonriente y regando sus plantas y ramos de colores. Nadie más junto a ella. ¿Cómo era posible que esa figura hubiera desaparecido de mi vista?

Me acerqué y esta vez frené junto a un ramo de claveles blancos. La mujer mostró sus dientes amarillentos, sus ojos pequeños achinados me recordaron la dulzura de mi abuela en otros tiempos.

—¿Desea un ramito para su novia, querido?

—Gracias —dije— pero voy al trabajo. Quizá de regreso.

Me asfixié solo con mi aliento entrecortado cuando vi una regadera roja asomarse a través del ventanal, por encima de unos cajones llenos de macetas pequeñas. La vi. El pelo cubría su hombro izquierdo, y yo me quedé ahí, paralizado. La señora siguió mi mirada y volvió a mi rostro. No llegué a ver su movimiento silencioso hacia mi hombro, con sus talones al aire intentando acercarse a mi oído. El susurro me despertó del ensueño instantáneo.

—Aquellas, aquellas —dijo la mujer. Su grueso dedo índice pasó a la altura de mi nariz y seguí su dirección hacia mi izquierda. Un gran cajón de madera con geranios rojos y blancos cubría gran parte de la estantería.

—¿Geranios? —dije, incrédulo.

—Le encantan.

Sonreí con timidez agradecido. La mujer me guiñó un ojo y dio media vuelta para sentarse en su silla. Elevando la voz se acomodó la falda escocesa.

—Daniela, cuando termines allí, déjame a mí regar tus geranios.

La chica levantó por fin su rostro. Era más bella de lo que había podido observar durante 14 días y desde la vereda de enfrente.

—Gracias, Yaya. Hoy seguro venderemos más que ayer.

—¿Por qué lo dices, hija?

—Falta menos para el 14 de febrero.

Tragué saliva. Miré a la mujer y sentí que me temblaba el pulso.

—Hasta luego —dije. Sentí su mirada por primera vez. Giré cual bailarín para desaparecer de la escena. Con temor a mi propia sombra, crucé la vereda. Me enteré tiempo después que sus ojos escudriñaron mi espalda. Fue un día raro, mi corazón se aceleró demasiado y utilicé mis nuevas respiraciones durante todo el día. Al llegar a casa, mi presión arterial estaba en modo rutina.

Día 19. Como un niño tímido, solo miré de reojo desde la vereda de enfrente. Valentía semejante a la de William Wallace lo mío, pero recordé a mi sabia madre: «cuando alguien realmente te importa…». Y así consolé a mi estupidez. Me encontré con la sonrisa de la mujer y su mano al aire saludando mi presencia. Mirá bien, tonto. A dos metros, una falda corta regaba los geranios de espaldas a mi vista. Suspiré demasiado profundo y tal vez llegó el sonido. Giró su melena oscura y su respuesta fue un grito: —¡Oiga! Sus geranios están listos.

Otra vez el corazón rozó mi paladar superior. Mis pies no respondieron a la orden de sigue tu camino y cruzaron la calle adoquinada como si hechizados no hubieran tenido otra opción.

Daniela se enderezó y volvió su rostro hacia mí. Creo que mi sobrino de trece años, en ese entonces, hubiera sabido qué decir, cómo y hasta qué punto era correcto hablar.

—Hola —dijo—. ¿Quieres los geranios?

—Eh… sí. Una docena, por favor.

—Claro. ¿Blancos o rojos?

—Media y media —dijo la mujer con voz firme desde su silla.

Daniela y yo la miramos sorprendidos. Ella nos devolvió el gesto achinando los ojos oscuros y sonriendo con seguridad, como sabiendo lo que nosotros aún no entendíamos.

Daniela levantó sus cejas y sonrió. Allí encontré más belleza e intenté disimular mi descubrimiento, pero el temblor en mi voz me delató.

—Media y media… creo que sí. Supongo.

—¿Supones? ¿Cómo le gustan a ella? —dijo Daniela acercándose nuevamente a las macetas con geranios. Sentí cómo la mujer detrás de nosotros se limpiaba su garganta. Tomé aire.

—Media de geranios blancos y media de rojos.

—Qué buena elección, entonces. —Tomó mi pedido con suavidad. Su sonrisa me acercó a la idea de que mi médico me estaba hechizando.

—¿Cuánto te debo?

—1500. ¿Se las envuelvo con moño? ¿De qué color?

Intenté esconder mi cara de póker y miré hacia la calle. De reojo, a la abuela para que me diera una pista.

—Azul, le encantará la cinta azul, querida —dijo, y volvió a cruzar las manos sobre su falda.

—Azul entonces. Mi color preferido. —Daniela habló mientras sus piernas subían los dos escalones que separaban la vereda del pequeño local. Miré a la mujer y ella volvió a su gesto cómplice, guiño achinado.

Seguí a Daniela hacia el interior, el aroma era intenso pero agradable. Ella envolvió los geranios en un papel transparente, con sus finos dedos ubicó cada tallo alternando los colores para que relucieran en su sitio perfecto.

Yo observé cada movimiento con un deleite que no había sentido desde la última vez que había ido al campo de fútbol. Mi mirada atenta, el corazón pidiéndome auxilio en cada acecho al arco con posibilidad de gol, una hinchada gritando y pidiendo más en mi interior y el ahogo de saber que la intensidad del momento iba a terminar en corto tiempo para luego volver a casa solo con la euforia detrás.

—1500 —dijo, y me despertó del sueño lúcido. Le entregué el dinero. Ella lo colocó en la caja y volvió a tomar el ramo de geranios—. ¿Le gusta? Ha quedado bonito, ¿verdad? Que sea un buen regalo —dijo con su mirada en mis ojos. Fueron instantes de valentía. De su parte, claro.

Una última inyección de adrenalina elevó mi fe y recordé la frase escrita por mi médico en el papel de instrucciones nuevas. Cuando ella estiró su brazo para darme el ramo, rocé con mi mano la de ella y empujé suavemente devolviéndole los geranios.

—Es para ti.

Mi susurro fue solo para ella, aunque tal vez alguna rosa me escuchó desde las macetas en el suelo.

—¿Cómo? No comprendo…

—A ti te gustan los geranios con un moño azul, blancos y rojos entremezclados en un ramo. Son para ti.

Solté mi mano, sonreí de costado y como un galán de telenovela ochentosa di tres pasos y salí hacia la calle. Los dos escalones se me hicieron eternos.

—¡Disculpa! —gritó Daniela—. ¿Cómo te llamas? Muchas gracias, pero…

—¡Oiga! ¡Mi niña le está hablando!

La voz de la abuela llegó a mi nunca y no pude evitar reírme.

Ojalá mi abuela hubiera estado también para hacer lo que ella hizo por su nieta. No sé si la fue la mejor opción, pero, según mi mujer, su abuela merece un geranio nuevo cada día en su tumba inmortal.

Y allí vamos con Juan Cruz, nuestro pequeño, cada fin de semana a agradecerle a Elvira la media y media y el moño azul que nos cambiaron el destino y la existencia.

¡Ah! Nunca más tuve problemas con la presión arterial. El corazón… ese sí que acelera y ralentiza cuando Dani me besa, cuando la veo llegar a casa, cuando le cuenta un relato inventado a Juan Cruz y cada vez que me recuerda que soy lo más importante en su vida. Su corazón es más estable, más tranquilo, así que yo cuando visito a Elvira le dejo mi geranio y le guiño un ojo, devolviéndole el gesto de haberme entregado la mejor medicina para un tratamiento de por vida.

Media y media. Sin efectos colaterales.

Matías.

Poli Impelli

Nota: como el 90% de lo que escribo, basado en una historia real.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    ¡Maravilloso y adorable cuento corto! Muy buena narrativa y sentidos argumentos en esta historia de amor. Un cálido saludo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Poli Impelli dice:

      ¡Muchas gracias! Un cálido saludo de vuelta 🙂

      Me gusta

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