El diario de Esteban

Encerrado, así me siento. Atrapado pero cómodo. Hoy, cuando vi una foto del pasado, sentí que antes podía. Fui feliz, con Daniela, quiero decir. Y ahora me revienta las tripas esta puntada en el estómago; supongo que se me deben iluminar los ojos cuando veo los suyos. Una foto, claro. Me enteré que está muy bien; cumplió sus sueños, su objetivo. Es médica clínica en uno de los mejores centros de medicina de California. A veces cuelga fotos públicas en Facebook. Y como un tarado ahí me encuentro, sentado en la silla que ya conoce mi culo más que yo mismo, en una oficina escondiendo mi cara detrás de un monitor más grande que la ventana que me oculta del otro mundo. En ese otro mundo caminan mi mujer y mis hijos. Tan lindos… tan grandes… ya pasaron los años de pañales, colegios, actos y berrinches. No puedo creer que mi hijo ya esté estudiando ingeniería. Le gusta; mejor que yo ha salido, siempre digo que es como su madre. ¿Y Antonella? Un solo año y chau, se me va… se va mi nena. Ella también es igual a su madre, o eso dicen, por dentro y por fuera. Buena, paciente, tranquila, estudiosa. Y ahora de novia con un pibe que me cayó bien desde el primer día; ¿será que los vi enamorados? Lleva un año y ella sigue igual, planeando con Joaquín su existencia.  Y él la mira y se derrite. Bueno, confieso en este papel donde solo yo me leo que al principio sentí un poco de celos. Muchos. Asquerosos, descomunales. Creo que tuve que controlarme para no pegarle una patada voladora cuando Anto me lo presentó y al soltarme su mano giró su cuerpo y encajó un beso a la boca de mi hija. Un beso que me recordó a mis labios besando a Daniela. En ese lapsus de consciencia descarté la patada y entendí que él era inofensivo, y que la patada fue para mí.

Dicen que uno en los hijos vuelca sus propios sueños, sobre todo los que no pudimos o logramos cumplir, que deseamos —tal vez inconscientemente— que vivan lo que nosotros no hemos podido, que se animen a enfrentar esos miedos que nosotros les traspasamos sin querer queriendo. Me veo en él, en mi futuro yerno. Veo sus ojos cuando observa a mi hija reír, cómo la toma de la mano y en voz alta y sin reparo cuenta sus planes de vida todavía adolescente. Parece que la tiene clara, al menos más que yo cuando tenía su edad, cuando no pude —o no supe— cuidar a Dani. Quizás estudió medicina para poder cuidarse a sí misma. Un tarado. Yo, claro. Pero me acomodé como pude a su ausencia conformándome con Caro. Y el embarazo nos agarró entre exámenes finales, algunos sábados de boliches y sin muchos planes. Al menos, yo no tenía planes.

Hoy lo escucho a Joaquín y siento, muy adentro mío, una especie de envidia. Dicen que nunca es sana. No solo tiene planes, sino que en sus planes está enamorado, la ama en serio. ¡A mi hija! Será un chico afortunado. Y no es que yo no lo haya sido, porque miro a mis costados y tengo todo; una casa que construí yo mismo y que Caro acomodó y decoró con gracia y buen gusto; otra casa más chica en el lago, con vista al lado sur de las montañas, donde solo siento paz, como ahora. Amo nuestras vacaciones y fines de semana en esta casa, aunque últimamente disfruto más de mi soledad. Desde que Pablo se fue a estudiar y Antonella pasa más tiempo con Joaquín y sus amigos que en casa, tuve que hacerme más amigo de la soledad. Me peleo con ella seguido; los hombres no vinimos para estar, ni para sentirnos solos. Recién ahora, creo que Carolina fue su disfraz, y siempre me pregunté qué sería de mí, de ella, de nosotros cuando los chicos crecieran y dejaran de ser niños. Un año más y Antonella estará lejos. Me quedo tranquilo por ella, pero comienzo a preguntarme por mí… Creo que jamás me lo había planteado como ahora, sobre todo cuando termino de correr y me relajo con una cerveza mirando la montaña más alta, cada fin de semana.

La miro a los ojos, intento encontrarla… Fue y es la mejor madre que podía darle a mis hijos, y todavía la siento bella, igual que cuando nos encontramos por primera vez en nuestro pub preferido. ¿Será la edad? No lo sé. Lo que sí sé es que no quiero imaginar nuestra casa sin Antonella. Las vacaciones que eran en familia ya no lo son, ya no hay risas ni ruidos. Ahora somos dos. Y miro hacia atrás y pienso… ¿alguna vez fuimos dos? Costumbres, hábitos, mi resignada forma de adaptarme a la realidad que conocí. Vi a mis padres hacer lo mismo, entre ellos y con nosotros, y Caro tuvo lo opuesto: padres separados desde que ella era una nena. Quería lo contrario; supongo que lo logró. Y me quiere… aunque a veces me pregunto si se esconde detrás de un monitor y siente esa extraña sensación y hormigueo en las venas que siento yo cuando veo a Daniela sonreír en fotos, en su vida. Y en esos momentos, quisiera destruir mis recuerdos… porque me siento un cobarde. Joaquín se llevará a mi hija y con su ausencia vendrá la mía. Mi comodidad me sentó muy bien todos estos años, mi adaptación tuvo siempre el nombre de Carolina. Y ahora, ya con mi insatisfacción acomodada, una puta red social me trae de vuelta esa mirada, esos ojos por los que creí, lloré y juré. Igual, no cambiaría jamás todos estos años, mucho menos la existencia de mis hijos. Solo creo que me cambiaría a mí mismo; me extirparía esta casa, esta vista que me envuelve, nuestra casa en la ciudad, las dos camionetas, cada viaje y todo lo que guardamos en un banco si tan solo pudiera sentir la fortuna de volver a… amar. Lo dije, sí. Amar.

¿Desde cuándo escribo tantas estupideces que nadie va a leer? Sí, estoy viejo. O pelotudo. O me siento solo. O me extraño… Me extraño con Daniela. Desde el lunes no miré más su muro, su sonrisa, sus ojos… Y juro que ella nunca verá el secreto de los míos.

Ahí llega Caro; siento el sonido de sus pasos cuando vuelve del almacén. Es lo primero que hace cuando llegamos al lago, y yo me quedo inmóvil por un rato, con mi vista en la montaña. Acá también existe la rutina. Y los secretos.

Esteban

 

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Balloons to your heaven

I look up to remember

over the whiteness of the snow

or with the birds whispering their songs,

in a thousand ways te extraño,

before recognizing myself within

those paths that let us flow together.

 

Your laughter echoes my ears

like the chords that bring me memories

with the shared smoke,

and every tear we kept

before going to bed laughing.

 

I love you, tanto… I seem to hear you

among the clouds.

Yo más…  I answer as I did the last time

I hugged you and you allowed yourself

you to cry for my departure.

 

Now it’s me who cries for yours,

devoting strength to my heart not to forget

every fold of your face,

every ripple of your wind and

every word that came a través de tus miradas.

 

Do not cry for me… You whisper in the air,

and my smile nods in the shadows,

the whims of fate, my selfish pain.

Longing for you to be here,

Waiting for you to come back.

But then I sigh… Being thankful

de que aun estés con vida.

 

I’ll find you somewhere

and maybe we’ll hug each other again

to drown in laughter, unable to speak

until you tell me again:

“Enough; we have to talk seriously.”

And time will start slowing down,

because time waits for souls

to meet each other otra vez.

 

I miss you, though I always missed you from afar.

I had to learn it and you too had

Te extraño, in a different way,

With words of comfort,

another skin covering my pain.

 

I do not want to be irreverent, pero qué mala

costumbre that of life to hit us where it hurts the most.

I repeat your words and laugh,

imagining your whisper: “Do not listen to me,

I did not mean to talk seriously. “

 

When someone lives spreading light,

it leaves the threads of hope at every step.

Today your light sigue brillando.

It’s not a dream that burns me inside; it is your hands,

surfing again over my face, like that last one hug

we had and many others.

 

I´ll learn with time to free 

balloons of thousand colours

through the air,

to the sky,

towards your heaven.

 

Gracias, since it was a pleasure coincidir en esta vida.

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El diario de Emma

Papá parecía estar en blanco, pálido, cuando se acercó a nosotros. «Apaguen las luces y suban al otro piso de inmediato. La policía estará aquí pronto».

Mamá lo miró con esos ojos comprensivos que conocí el día de mi nacimiento, sabiendo lo que sucedería como si mi padre le hubiera contado un gran secreto antes de hablarnos. Él asintió con el mentón levemente, lo vi. Miré a mamá esperando su orden, y ella me tomó de la mano sin mirarme. «Vamos, cariño. Todo estará bien». Con la otra mano levantó una pequeña bolsa que Mr. Toyle había llenado con latas de conservas, y de un tirón empujó mi cuerpo, pequeño y últimamente más débil, y me llevó hasta las escaleras que conducían al altillo. Allí habíamos jugado con Thomas entre libros y cajas viejas. Había un viejo colchón con algunas telarañas, pero jamás nos intimidaron. Había sido nuestro mejor escondite en tiempos mejores.

Subimos con decisión y miré a papá por sobre mi hombro. Me sonrió y se acomodó su sombrero marrón guiñándome un ojo. Con su mano derecha, se llevó el índice a sus labios, haciendo ese mismo gesto que las enfermeras usan en los pasillos de los hospitales frente a niños y niñas como yo. Allí supe que estábamos en peligro. Silencio. Y a mí me gustaba cantar y hablar como hacíamos con Thomas cuando subíamos al altillo. Pero le hice caso a mi padre y asentí. Quise sonreír, pero mis músculos no respondieron a mi orden.

«Vamos, Emma», dijo mamá para que apurara mis pasos, y noté que su voz no era la misma de siempre. «Papá subirá detrás de nosotras».

Cuando abrimos la pequeña puerta del rincón, al lado de un gran armario vacío, esta chilló y mamá la empujó para acallar los fantasmas. Debajo sentí unos pasos cortos pero decididos; mi padre nos seguía. Mamá tuvo que agachar un poco su cuerpo para entrar y yo le seguí, agradecida por poder volver a mi rincón favorito. Allí me sentiría contenida, mucho más con papá y mamá a mi lado.

Cuando mi padre llegó al agujero principal, miró hacia abajo sobre los escalones de madera y suspiró. «Vamos, Oliver, entra y cierra ya la puerta», suplicó mamá. Detrás de esas débiles paredes, detrás de la presencia de mi padre y de mi ingenuidad, pude escuchar una celebración de disparos, gritos y estampidos. Sin embargo, no quise preguntar.

Cuando papá atravesó la vieja puerta y cerró los dos pestillos con fuerza, supe que allí estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? Levanté la mirada y mamá, que conocía mis preguntas antes de que las hubiera pronunciado, repitió el mismo gesto que había visto en mi padre unos minutos antes. Silencio. ¡Cuánto me costaba callar! ¿Por qué? ¿Qué habíamos hecho? Me senté como una niña buena en la esquina del colchón. Mamá comenzó a observar lo poco que había en el altillo y miró a su marido; una sombra de espanto recorrió su médula y destelló en sus ojos, pero papá no tenía muy preparada su respuesta. «Bajaré en cuanto pueda; les traeré abrigo y pediré a Toyle que busque en lo de nuestra vecina más comida para Emma». No aguanté más ese juego del silencio, que por lo visto recién empezaba. «No tengo hambre, papá. Estoy bien».

Ellos se miraron y sonrieron. Los ojos de mamá brillaron y creí que se echaría a llorar; pero en vez de eso sonrió y le pestañeó a mi padre con complicidad. Mi padre dejó caer el sombrero al suelo y una pequeña nube de polvo se levantó alrededor de su figura. Cuando miré hacia la única pequeña ventana a mi izquierda, pude ver el mismo polvo en el aire, como si Dios, o vaya a saber quién, hubiera dejado caer su gran sombrero en las calles.

Los tres, en silencio, escuchamos la última gran explosión de la noche, y los gritos ahogados que llegaron con dolor atravesando las paredes. Mi madre se apresuró a abrazarme, y supe entonces que en sus brazos no moriría. Tal vez, afuera había niños llorando sin los brazos de sus madres. Y me sentí pequeña pero inmensa. De a poquito, ahí adentro, comenzó a gustarme el silencio. Afuera, ya estábamos en guerra.

Emma

AI

 

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De cervezas y mochilas

          En el jardín de la casa de Ana Laura nos dieron las diez de la noche. Era una intensa noche de verano cuando cansadas de mates aunque no de risas pedimos unas pizzas y cervezas, y nos sentamos alrededor de una amplia mesa bajo las estrellas.

             Uno nunca sabe si es el destino que guiña un ojo invisible o es el efecto del alcohol sin comida previa en el estómago, ya que las pizzas tardaron más de lo habitual.

            —Tendríamos que viajar —dijo Ana Laura, acomodándose de costado en una silla playera sobre el césped.

            —¿Adónde? —preguntó María.

            —Adonde sea —respondió Claudia levantando su vaso de cerveza.

           Brindamos por un viaje inexistente, riéndonos por reír, pero Ana Laura se levantó, apoyó su vaso en la mesa y desapareció hacia el interior de la casa de su madre. Éramos muy jóvenes, lo suficiente como para estar todavía rindiendo exámenes de universidad en carreras diferentes y disfrutando de la soltería, sin hijos. Bendita juventud que nos permite soñar y hacer realidad los sueños en fracciones de minutos, sin “peros” reales ni inventados, sin  miedos ni vergüenzas.

           Ana Laura apareció de nuevo desde el pasillo sonriendo y casi a carcajadas consigo misma. En sus manos traía un pliego de papel plastificado enorme y de colores.

        —A ver… —dijo, y movió botellas de cerveza abriendo el pliego que tenía estampado el mapamundi.

          —¿Ya estás en pedo? —dijo Verónica pegando un salto hacia la mesa.

          —Puede ser, pero no me digas que no es buena idea.

          María, Claudia y yo nos miramos, conteniendo asombro y sonrisas.

       —Bueno, yo propongo el Caribe —dijo Vero, ya bastante mareada, apoyando su dedito más cerca de Canadá que de Aruba. Indudablemente, la tercera botella de una Quilmes con la panza vacía estaba haciendo su efecto.

            Ana Laura largó una carcajada y nos miró:

—¿Ustedes no piensan venir?

          Pegamos un salto y nos abalanzamos sobre el mapa. Aunque no estábamos jugando al TEG, íbamos poniendo dedos arriba del mapa como si el mundo fuera nuestro; jamás pensamos que en realidad podía serlo.

          —Yo siempre quise conocer Europa —dijo Claudia y me miró, tal vez esperando que yo la bajara a tierra o por el contrario, le apoyara su moción. Pero se me adelantó María:

           —¿Tan lejos? ¿Ustedes hablan en serio?

           Nos miramos todas buscando sensatez en alguna, pero no la encontramos.

          El tipo del delivery tocó el timbre y fui yo a recibir las pizzas. Cuando llegué cargada al patio, ellas habían hecho lugar en la mesa, pero el mapa seguía allí abierto a un costado del mantel.

       —Poli, ¿a vos te pinta ir a Europa? —me preguntó Ana Laura. Yo me casaba en menos de un año; todo mi trabajo, mis ingresos, ya tenían un destino.

     —¿Cómo no me va a pintar? —dije—. Más vale que sí, pero ¿cómo vamos a pagar semejante viaje?

       María se encogió de hombros. Ninguna de ellas estaba en plan casamiento ni siquiera en sueños; estaba claro que no podía cagarles yo el delirio de una noche de verano, aunque fuera solo eso.

            —A ver, pongamos orden. Primero, comamos —dijo Claudia.

            Se nos fue una hora riendo y comiendo. Creí que olvidaríamos el tema, que había salido a flote con una idea al viento de Ana Laura, como quien dice: «yo debería ser presidente de esta nación». Aunque no lo parezca, no cualquiera puede. De la misma forma, nosotras no podíamos. Sin embargo, entre mordiscos y tragos, comenzamos a pensar en fechas, ya que todas estábamos con exámenes diferentes; lo que menos nos sobraba era tiempo. Ni dinero.

            En aquel entonces, San Google no era parte de la mesa; no existían los teléfonos móviles e Internet solo comenzaba a utilizarse para el correo electrónico frente a un armatoste hogareño. Nuestro conocimiento era consecuencia de los libros en papel, el mapa sobre la mesa era la ruta de los sueños. Era como una búsqueda del tesoro, en donde teníamos que hacer flechas inventando rutas, ganando espacios e imaginando los mejores caminos posibles.

            En esos tiempos, todo era cuestión de creatividad y sentido común; no teníamos datos concretos en una pantalla, y para saber algún precio había que asentar el traste con paciencia en una agencia de viajes. No había pantallas cotilleando viajes y experiencias ajenas, consejos ni tips para mochileros. Dada la circunstancia de estudiantes casi recibidas con trabajos iniciales y sin un peso de sobra, la idea era descabellada, pero Ana Laura era la mayor y sí se había recibido. Y llevaba casi cuatro botellas de cerveza encima. Se lo tomó en serio.

            Menos mal que siempre tenemos un amigo que nos descoloca de la rutina y que nos sopapea para soñar de a ratos… Lo más significativo es que han pasado 19 años  desde aquel viaje inolvidable (porque jamás hay dos iguales, ni volviendo a los mismos lugares) y las cinco seguimos soñando como aquella noche, mirando mapas y aventurándonos a vivir y a un ¿por qué no?

            Creo que inconscientemente ese viaje nos despertó el marulo y el corazón, más allá de los destinos elegidos. No fue solo aprender a viajar con simpleza y con lo justo, sino a compartir la incertidumbre que supone ser mujer con una mochila al hombro y no saber dónde pisarás mañana. Éramos cinco sin San Google, sin GPS, sin el euro ni una Europa unificada, sin cuentas bancarias abultadas y sin la sabiduría que solo te concede la experiencia de los años. Pero claro, no éramos las únicas. Así se vivía, así se sobrevivía y así se viajaba.

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            Llegamos a Londres seis meses después, con una pequeña mochila de mano cada una. Por suerte, una tenía un dentífrico y Ana Laura, su walkman. Ninguno de nuestros equipajes llegó con nosotras, ya que las cinco mochilas grandes habían quedado en Bruselas, donde jamás hicimos escala. Pasamos una noche y parte del día siguiente con lo puesto, hasta que en la tarde, un joven personal del aeropuerto nos trajo el equipaje al hotel donde nos estábamos hospedando. De todos los pasajeros que habían volado con nosotras ninguno había tenido problemas con su equipaje. Fuimos las únicas en esperar horas y hacer reclamos a varios números telefónicos en el aeropuerto de Heathrow. Así comenzó nuestra aventura durante un mes en Inglaterra, Francia, Suiza, Italia y España.

            Lo que primero fue trastorno se convirtió en costumbre: cambiar divisas de un país a otro era perder dinero, porque no teníamos forma de calcular cuánto gastaríamos en el próximo país. No podíamos averiguar precios ni saber con qué nos encontraríamos de antemano. De esta forma, íbamos permitiéndonos la incertidumbre (que hoy en día es casi un cuco y asusta), día a día, y de las libras pasamos a los francos, luego a los suizos, nos llenamos de liras para terminar con pesetas en los bolsillos. ¿Había acaso otra opción? Nada nos importó demasiado, salvo cuidarnos entre nosotras cuando quedábamos varadas en alguna estación de trenes perdida en las noches, donde solo el ruido de los motores lejanos cubrían las estrellas. Siempre hubo algún perro solitario o algún otro extranjero perdido como nosotras; era el juego de no saber en dónde estábamos ni hacia dónde iríamos al día siguiente. Vale aclarar que esto pasó en Italia más de una vez, en donde la gente tiene esa hermosa costumbre de dar indicaciones incorrectas, y de hablar a los gritos, claro. Recibimos muchos gritos y cada día fue un tanteo de caminos a seguir con intuición y buen atino. En el resto de los países que pisamos dejamos un poco más de carcajadas, encuentros y anécdotas imborrables. El terror de París en las noches y la luz de esa ciudad que jamás pierde su singularidad y su encanto. Hacer picnics en operativo «modo argento» en los jardines de una Universidad en Oxford, colarte sin vergüenza en Teatro de William como si estuvieras en la Bombonera y, una vez dentro, sentir que todo es un gran cuento y que Much ado about nothing y sus actores sí pueden ser reales. Recuerdo esas lágrimas de emoción resbalar por nuestras mejillas, y mirar al resto de la audiencia: jóvenes de colegios ingleses y adultos embelesados en las gradas superiores. Recuerdo al grupo de argentinos e italianos con quienes recorrimos el Ponte Vecchio en Florencia, y el calor asfixiante en las calles de Roma, que nos obligó a buscar paraderos con aire acondicionado con la excusa de no morir tan jóvenes. Recuerdo el día entero en el castillo de Versailles, y cómo nos recibieron con una dramatización de Luis XIV y su gran corte. Recuerdo Lucerna y su lago, cuando el cansancio nos superó en un barco y las cinco quedamos dormidas en la proa; los turistas tuvieron que surfear por encima de nosotras para tomar fotografías y filmar paisajes de ensueño. «Esto es igual a nuestra Patagonia», dijo Ana Laura, y apoyó la cabeza en el hombro de Claudia. Fuimos cayendo de a una, de hombro en hombro, intentando mantener los ojos abiertos, pero llevábamos dos días sin dormir. Pasé por Lucerna 17 años después, conduciendo una caravana con mi amiga-hermana, y al pasar por ese lago a mi derecha aminoré la marcha y no pude más que sonreír con complicidad ante el recuerdo.

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            Imposible olvidar la final del mundial en Francia, donde llegamos justo para festejar con ellos el triunfo. Y bueno, para qué negarlo: felices porque Brasil no había podido, y también nos tocó ver sus caras de amargura en el aeropuerto de San Pablo. «Total, igual nos vamos al infierno», dijo María, jurando que aprendería algo de francés nada más que para solidarizarse con ese mundial de fútbol.

             En un mes de vida pasan muchas cosas, creo que aun más cuando se es joven y se viaja a lugares desconocidos con amigos. A mí me quedó como recuerdo lo que luego me marcó camino, y elegir Barcelona como destino final fue nuestra frutilla al postre. Todavía nos quedaba tiempo, pero en la segunda tarde de playa, recuerdo que dije en voz alta: «Ahora, ¿hacia dónde seguimos?». Ellas preparaban el mate, yo miraba el mar sin mirarlas. «No sé ustedes, pero yo de acá no me muevo», agregué ante el silencio. Apenas lo dije me arrepentí; era obvio que no me iba a quedar sola, los destinos los elegíamos a consenso, pero como un eco mío fueron coincidiendo. «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». Y así pasamos casi nueve días entre ramblas, museos, arena, piedras, mercadillos, huellas de Gaudí y algún que otro susto y sorpresa. Llegó el momento de volver a casa, de cruzar el gran charco y seguir rindiendo exámenes, de recibir diplomas, de trabajar, de casarnos, de tener hijos algunas, de envolver este otro lado de la vida en un imborrable recuerdo.

 

              Con los años fui pasando por muchos de estos lugares en donde recordar ese viaje con ellas me confirmó que cualquier delirio o sueño, si es con amigos, se engrandece con el antes y el después. Porque yo siendo adulta pude sola, pero en ese entonces, sin ellas, sin esas cervezas, ese mapa y la ilusión de las demás, me hubiera perdido el después, aquello que modificó mi vida para siempre. Y somos tantos los que hemos vivido experiencias similares, que me parece un lujo estar entre ese montón de gente que puede mirar atrás y decir: «Gracias a ese viaje…», «gracias a esa experiencia…», «gracias a que viví lo que viví, hoy puedo…».

            El hoy puedo o me merezco es lo que diferencian un par de buenos recuerdos a que esos recuerdos nos hayan modificado el camino de nuestra existencia. Viajar podemos viajar muchos; no hace falta cruzar océanos para salir de la zona de confort. Hay mucho allí no más, a la vuelta de esa esquina que jamás te animas a mirar. Pero cuando aparte de fotos, videos, risas y anécdotas traes algo escondido que late adentro esperando salir, tu salida y el fin de ese viaje pueden ser el comienzo de algo desconocido, esperando que tan solo le des forma.

            Miro hacia atrás y me veo. LAS veo. Creo que las cinco, cada una a su manera y con nuestras obvias y sanas diferencias, esa noche en el patio de Ana Laura modificamos  elecciones, rumbos, decisiones, apertura y el presente que hoy tenemos.

            Es un placer haber coincidido en esta vida. Se hace camino al andar, y acá seguimos las cinco: andando.

 

24 de mayo de 2017. Mendoza, Argentina.

Hoy es viernes 1 de diciembre de 2017. Londres, Inglaterra. (NO es casualidad).

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1998. Gracias por leerme/nos.

 

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La marca de Santiago

Santiago Calletti se fue sin aviso en Rayén, una fría tarde de Julio.

Hernán la llamó esa misma noche que Santiago cerró sus ojos. Una semana después, cuando él ya estaba de regreso en Córdoba, Naiara pidió un reemplazo en el instituto, compró un billete en autobús y partió a Córdoba, ciudad que conocía por haber pasado unas vacaciones con su familia diez años antes.

No bastaron más que cinco días para generar preguntas al universo porque ellos no tenían las respuestas.  A Naiara, a pesar de la lógica sensibilidad que supone semejante dolor, Hernán le pareció un muro. Ella no dejaba de pensar en Rosa y Francisco, con quienes no había podido hablar, ni por teléfono; simplemente no encontraría palabras.  ¿Por qué tan de golpe? ¿Qué había sucedido?  En el camino que supone la distancia, Naiara sintió que se había perdido muchos capítulos de una historia que ahora resultaba desconocida. ¿Esto suponía esa distancia? ¿De qué se estaba disfrazando? Naiara la imaginaba como una bruja desgraciada, que la había alejado de lo que tanto necesitaba y amaba.  Sin embargo, a ella en Santa Clara no le faltaba nada: una carrera, un buen trabajo, una bella ciudad, una familia sana, amigos que habían abierto el corazón y sus casas para permitirle entrar y pertenecer, un inolvidable viaje al viejo mundo, y Gabriel con su entorno cargado de aceptación.  ¿Qué había hecho esa bruja, entonces? Naiara percibía que su hechizo de injusticia aparecía en los correos, en los encuentros cibernéticos o en la voz de Laura o de Ariel en un teléfono. Naiara le hacía frente a la bruja sin temor, y como adolescente tardía seguía desafiándola en susurros. «No me vas a quitar lo que fue, es y será siempre parte de mi vida».  Cuando Hernán estaba a su lado, ese susurro se volvía un grito desgarrador, y un poco más claro cuando el dolor visitaba sus vidas.

Lo dejó hablar. Le permitió llorar en cada abrazo, y pasearon por la ciudad como si nunca la hubieran visto antes, variando los colores del paisaje según brotaran palabras, lágrimas o risas.  Encontraban, más de una y mil veces, los mil y un motivos para llorar, de risa, ahogando lágrimas sin poder respirar.

Hacía un tiempo que Hernán había comenzado una relación con Juliana; se lo había contado a Naiara en uno de sus últimos e-mails, sin darle demasiada trascendencia.  Ahora que Naiara había venido de visita, Juliana estaba en el pueblo de sus abuelos, a 40 km de la capital. Pero como Naiara ya predecía, Hernán le mostró una foto de su chica.

—¿Y vos acumulás fotos para hacer un book o algo por el estilo? —preguntó Naiara intentando no reír.

—No, sabes que me encanta sacar fotos, y tomarlas desprevenidas… ¿Te gusta Juliana?

—Claro, pero si de cada una que pasa por tu vida vas retratando sus pasos y sus curvas, podrías después publicar tu vida con fotos alusivas.  Cuando seas un viejo verde, por ejemplo.  —Escondió su risa atragantada. Hernán mordía su labio sonriendo.

—No me respondiste —dijo Hernán, intentando encontrar sus ojos miel.

—¡Pero… obvio! Es preciosa, hacen una hermosa pareja, Hernán.

Ella hablaba en serio. A Naiara no le parecía particularmente bella, no más que el recuerdo que tenía de Mariela o Analía. Sin embargo, el cabello moreno y lacio de Juliana le daba un aire de distinción, y tenía un cuerpo como los que le gustaban a él, ni tan soberbios ni tan austeros.  Era hermosa para Hernán. Bella pareja, pensó Naiara, y sonrió por dentro y por fuera.  En lo más hondo de sus deseos, traspasando la imagen que veía en Juliana, esperaba que ella pudiera acompañarlo como se merecía en ese momento, que entrara en el dolor de Hernán hasta el fondo, hasta donde una mujer de cabello moreno y lacio son capaces de llegar.

—Cuando me case, te aviso con tiempo; así como haces vos, por ejemplo… —dijo él, soltando a la vez una carcajada.

—¡Sos un pelotudo! Avisame para bajar unos kilos, nada más.

Hernán bajo la mirada y frenó sus pasos. Suspiró y se tocó el lunar antes de hablar.

—No sé cómo agradecerte este viaje, Nai. Sé que vamos… que voy a estar bien. Pero es duro… —Sus ojos volvieron a brillar, húmedos.

—Es que Córdoba me encanta. Si vivieras en San Martín, ¡ni mongo hubiera hecho semejante viaje!

Naiara lograba que Hernán soltara una carcajada, aunque fuera entre lágrimas.

—Te quiero, zapallo…  Y todavía no puedo creer que te vayas a casar.

—¿Muy marciano?

—¡No! Vos sos la marciana, Gabriel no lo es. —Hernán se limpió las mejillas.

—Linda esperanza, entonces… ¡Pobre Gabriel!

Y reían. Reían a pesar de las patadas que la tristeza lanzaba por dentro. La costumbre de siempre los volvió a despedir: abrazos, silencios y algún que otro deseo de esperanza.

—No puedo volver a Rayén, voy atrasado y tengo que rendir. Quisiera estar con ellos, quisiera poder dividirme, pero no puedo, Nai.  Tengo que terminar y llevar esto como mejor me salga. —Titubeó, como si sus palabras fueran pecado—. Acá me distraigo, llevo ya tiempo y me gusta… Para mí estar allá es peor; no sólo me da tristeza… creo que me sentiría a medias, sin terminar lo que decidí empezar.

—Hernán, igual seguirás yendo.  Y volverás a sentir.  No es solo la ausencia de Santiago, sino que ya nada será igual a lo que fue. —Imágenes confusas volaron por el cerebro de Naiara, imaginando su vida sin Fede o Marcos.  La angustia le apretó el hígado y sentió el peso del esfuerzo que hacía por decir algo coherente, por intentar terminar las ideas sin romper en llanto—. Y vos, por más que te quedes acá para terminar lo que empezaste, tampoco volverás a ser el mismo.  Vas a hacer fuerza, Hernán, pero no vas a poder. —Hizo una pausa y tragó saliva—. Si desde un tren en marcha te empujan desde un vagón, ¿cómo caes en tierra firme sin lastimarte? Te vas a dañar, aunque te levantes y hayas tenido la suerte de no morir, tenés que sanar esa herida en tu cuerpo.  El tren venía muy rápido y te empujaron de golpe; aún estás en el suelo, dolido.  Aunque estudies, salgas de joda, te diviertas con quien quieras, no serás ese mismo que venía cómodamente sentado en el vagón del tren, disfrutando del paisaje con música en sus oídos.

—No quiero, Nai, ¡no quiero! —y la abrazó con fuerza—. Pero gracias. —Suspiró—. Te quiero tanto…

Para Hernán, esos días fueron alivio. Para Naiara, un remezón que le cuestionó aún más su existencia y las posibilidades que la vida le podía mostrar de un día para otro y, a veces, sin aviso.

 

 

Naiara llegó a Santa Clara temprano, Gabriel la esperaba junto al andén número 8. El de siempre. Aunque tenía pensado ir a trabajar, ya tenía el permiso para ausentarse.  Cuando entraron con Gabriel a su casa, Marcos estaba sentado en el sofá del comedor escuchando el nuevo CD de Soda Stereo, y Federico y María Luz, preparando unos mates en la cocina.  Fede salió a la entrada para saludar a Naiara, y ella sintió que sus pies se paralizaban. Les sonrió a los dos pero no estaba allí. Los tenía ante sus ojos, sanos, vivos y bien cerca.  Conteniendo la catarata sabor a miel que amenazaba con abrir de golpe el grifo, le apretó la mano a Gabriel con tanta fuerza que él comprendió al instante lo que sentía y devolvió el apretón con empatía. Fueron solo segundos que a Naiara le frenaron los latidos del corazón, hasta que Marcos la trajo de vuelta al levantarse de un salto y darle un beso.

—¿Cómo está Hernán, hermanita? No quiero ni pensar…

Fede se arrimó a darle un abrazo, y María Luz se acercó por detrás con un mate que elevaba humo a bienvenida.

—Nai, debes estar cansada. ¿Unos matecitos? —dijo María Luz, con esa sonrisa que parecía pintada en su semblante habitual, tan permanente y presente como la columna vertebral.

«María Luz debe haber nacido con una sonrisa», pensaba siempre Naiara, ni siquiera sospechando que la vida sería tan irónica con ella también, arrebatándole lo mismo que a Hernán unos años más tarde.

María Luz abrazó a Naiara sin preguntar más. El humo del mate caliente las envolvió en confianza y Naiara le susurró al oído: «Cuidalo a Fede, Luz. Cuidalo siempre». Sintió que los brazos de su cuñada le apretaban las costillas, y María Luz, sin dejar de sonreír, suspiró profundo, quizás adelantando unas lágrimas, esas que dejaría caer diez años después.

 

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Ángeles y Sofías

Le decían Sofi. Eran las dos cuarenta de la tarde cuando cerró sus párpados por última vez. Eso confirmó el informe policial.

—¡Mamá! Hoy me voy a lo de Sandra a la salida del cole.

—¿Vienen a casa?

—No, su mamá nos espera en su casa; tenemos que hacer un práctico de Biología.

—Bien, hablaré con Irma, a ver si las busca entonces…

Sofi titubeó, dando sorbos a su taza.

—¿Podemos volver caminando? Irma ya deja a Sandra volver sola. Dale, yo también quiero.

Sofía entornó sus ojos en súplica a su madre.

—Sabés muy bien que si es tarde, la respuesta es no. ¿A qué hora salen hoy? ¿No tienen gimnasia?

—No, Má. Gimnasia es mañana. Hoy salimos a las dos.

—Bueno, yo hablaré con Irma. Vamos, que se hace tarde.

Sofi sonrió dejando su taza de café con leche sobre la mesada de la cocina.

—Te quiero, Má.

—Y yo, hija. Vamos, vamos… Lucas, apagá las luces del pasillo, chiquitín.

Salieron apurando las mochilas hacia la camioneta estacionada en la entrada. Comenzaban a caer algunas gotas que el otoño traía escondidas, aunque el calor todavía no aflojaba su ritmo ni temprano en las mañanas.

 

Sandra era más menuda que Sofía, y logró escapar del forcejeo —varias manos que intentaron arrancarle el guardapolvo— gritando como si se le fuera la vida en ello. Tropezó con una madera gruesa y cayó al pastizal, pero sin esfuerzo y en un salto liviano siguió corriendo, volando, y con una rodilla ensangrentada continuó por el campo de trigo con su cara empapada en lágrimas y el corazón hecho un nudo; sintió que salía algo de sangre por su boca y la mantuvo abierta; llanto y grito ahogados. Hubo instantes, segundos en que no pudo coordinar sus cuerdas vocales con el ritmo de sus zancadas. No sabía adónde pisaba, pero no pudo mirar atrás… tenía que escapar, debía llegar para salvar a su amiga y compañera. Nunca supo muy bien de qué, hasta el día siguiente. Quiso mentirse a sí misma y simular que sabía.

 

 

—Son solo tres manzanas, Mónica. El tema es el descampado. Sandra ya sabe que hay horarios en que no tiene permiso —dijo Irma, caminando alrededor de la pequeña mesa en el living.

—Salen a las dos, ¿verdad?

—Sí, a esa hora no hay peligro. Igual dejámela hasta mañana. Yo las llevo y Carlos la deja en tu casa a la hora que me digas. Si tienen más tareas, no hay problema porque estaré acá; pueden quedarse.

—Gracias, Irma. Las veo juntas y me recuerda a mí…

—Y sí… están en la edad justa. Pero no te preocupes, en serio. Si las dejo es porque conozco el barrio, a esa hora no pasa nada.

—Bueno, dale. Sandra ya le habrá dicho a Sofi, entonces. Debe estar saltando en una patita, ja.

—Supongo. Yo ya estoy preparando la tarta para el almuerzo. Hoy Carlos viene a casa; las esperamos para comer los tres juntos.

 

 

Irma estaba levantando sus manos de la mesa, después de colocar la tarta humeante sobre una bandeja de madera. Su marido, Carlos, se estaba lavando las manos en la cocina, detrás de su mujer, contándole su mañana de oficina y algunos de sus disgustos rutinarios.

El grito los paralizó. Irma corrió a la puerta.

—¿Sandra? ¿Hija?

—Mamá… —Un hilo de voz y las rodillas al suelo en el umbral de la entrada.

—¡Sandra! Hija, ¿qué pasa? ¿Por qué llorás? ¿Tu mochila? ¿Dónde está Sofi? Sandra, contestame…

Irma levantó a su hija y la arrastró contra su cuerpo. A esa altura, Carlos había dado trancos hacia el jardín del frente. Al pasar rozó el pelo de su hija con una mano y sus pupilas se encontraron con las de su mujer, pero siguió su camino hacia la calle. Miró a sus costados; derecha, izquierda.

—¡Sofiiiiiiiiii! ¡Sofíaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Su gruesa y sonora voz retumbó en las calles, en los patios de las casas vecinas, en el cielo y en los oídos de Sandra, que escondió su cara en el pecho de su madre.

—Hija, mi amor, calmate y hablame. Decime algo, mi amor… —Irma tomó la cara de la niña, y con los ojos empapados continuó suplicando—: mirame, Sandra. ¿Dónde está Sofi? ¿Qué pasa?

Carlos comenzó a correr, desesperado, hacia un lado, luego en dirección opuesta. Unos minutos más tarde estaba en el umbral. Su mujer lo miró con esa intuición de madre, mezcla de sabiduría y miedo anestesiado. Su hija balbuceaba algo del todo, mientras ella asentía.

—Carlos, la policía. Llamá a la policía.

El hombre tomó acción de inmediato. El alboroto de sus gritos llamando a Sofía, a esa hora de reencuentros y almuerzos, provocó murmullos en las calles. Algunos vecinos ya salían de sus casas, con sus miradas en dirección al número 29 de la calle Collins.

 

 

Mónica sentó a Lucas junto a la mesa e intentó sacarle información de su mañana en el jardín de infantes.

—Hice tres dibujitos; uno es para Sofi.

Su madre sonrió con orgullo y le guiñó un ojo.

—Le va a encantar; otro más para colgar en su habitación.

—¿Y la reina? ¿No almuerza hoy en casa? —Juan Manuel se acercó a su mujer y le acarició la mejilla—. Ya me imagino… con su inseparable Sandra.

Mónica levantó los hombros y las cejas sonriendo:

—Se nos va escapando de a poco… la adolescencia. En fin, a veces nos olvidamos que somos extranjeros. Irma y su familia son un mismo idioma, y Sofi está tan feliz de haber encontrado a Sandra.

—Estás repitiendo mis palabras…

—Es la costumbre de amarte. —Era su respuesta favorita y jamás perdía la gracia. Sabía que Juan Manuel le estaba tirando un beso en el aire sin mirarla.

—A ver, campeón, que hoy usted será nuestra compañía absoluta —dijo Juan Manuel acercando la cabeza de su hijo hacia su pecho.

El teléfono móvil de Mónica sonó y vibró con más fuerza que de costumbre, o eso le pareció a ella, que se sobresaltó mirando en su dirección. El aparato iba dando saltitos al vibrar en un estante de la cocina, junto a dos juegos de llaves e impuestos a pagar. Ella llegó al teléfono justo para salvarlo de un rebote hacia el suelo. Sin embargo, cayó al cerámico y se convirtió en pedazos solo unos minutos después, al tiempo que la toalla de cocina que sostenía Mónica en su mano derecha se volvió un nudo, y el aire de su voz se cortó de un latigazo en la garganta.

—Sofía… —alcanzó a decir, antes que sus piernas se aflojaran y Juan Manuel pegara un salto de su silla para sostener a su mujer.

 

 

Dos años después, Sandra lleva una pequeña cicatriz en su rodilla. Los médicos la revisaron totalmente en varias ocasiones, porque la niña tardó casi un año en contar la historia completa de lo que alcanzó a sentir en su cuerpo esa tarde. Y lloró cada vez que los policías y detectives aparecían en el umbral de su casa. Sabía que no habían terminado, pero ella solo quería volver a ver a Sofía. Tenían una tarea de Biología por hacer… tenían que ir juntas por primera vez al recital de su banda favorita… tenían que lograr que David W. dejara de molestar a las otras niñas en los pasillos… tenían un plan imaginario que las haría volver a su país, y llegarían llenas de sueños y aventuras nuevas por contar. Tenían que… tantas cosas, que Sandra no soportaba las preguntas de rigor. ¿Hasta cuándo seguirían recordándole esa tarde?

Carlos y Juan Manuel exorcizaron sus demonios mirándose como nunca se habían mirado; Juan Manuel como si hubiera perdido él mismo una hija, Carlos como si hubiera encontrado a un hermano que desconocía, ambos lejos de su tierra.

Irma necesitó sanar su culpa e intentó alejarse de Mónica para no entorpecer su dolor; ya el suyo era demasiado indescriptible como para tener algún consuelo coherente hacia su amiga. Y cada vez que abrazaba a su hija sentía que las piernas le temblaban, que en algún lugar Sofía las miraba.

Mónica, con un pedazo de vida menos, se hizo cargo de la fuerza que solo un hijo inyecta en las venas y en el alma y rescató a Irma del infierno de la culpa. Se levantó de su letargo como el león que descansa un rato cuando ve que en la selva cada uno cumple bien su rol, y rugió con una fuerza desconocida hasta para ella misma. Corrió, gritó, lloró y colaboró con los policías, con cada vecino que aportaba su cuota de desatino o de empatía, con su marido y con Carlos, con la ingenuidad de su hijo, que seguía dibujando garabatos para su hermana cada día en el jardín. Al año siguiente, Lucas aprendió con precisión el abecedario. Sofía fue el primer nombre que trazó en un papel amarillo; aún no había aprendido la “s”, según su maestra de turno.

Mónica buscó a Irma en cada paso, y la sigue buscando como compañera de una batalla que parece no tener un final predecible.

Dos años… y seguimos buscando a Sofía.

 

Nota: «Eran exactamente las 9:52 del 10 de junio de 2013 cuando Ángeles Rawson ingresaba al edificio de Ravignani 2360, en la Ciudad de Buenos Aires, para volver a su casa tras la clase de gimnasia. Sin embargo, al departamento nunca llegó.»

Creo que este relato surgió unas pocas horas después de la noticia. En Argentina supimos que Ángeles apareció. Sin vida.

Por todas las Ángeles y las Sofías que seguimos buscando. #Niunamenos.

Poli Impelli

 

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De cambios… y en colores

Después de una gran mudanza, que me llevó a unos «poquitos» kilómetros y sumó algún que otro cambio (idioma, clima, diferencia horaria, costumbres, gente, desaprender lo aprendido, volver a aprender lo olvidado, en fin… eso que vivimos todos los días), decidí cambiar mi sitio virtual, también. No es que cambie mis abrazos infinitos; esos ya son sello mío y serán dados y recibidos con gusto y en toneladas. Solo cambia la casa, tal cual lo hago en mi vida, pero lo que llevo dentro es lo que me mueve, lo que me hace salir de mi zona de confort. Y como no podía con mi genio (y porque me gusta ser fiel a los cambios) es que incluyo mi escritura como partecita vital de mis transformaciones.

cambio

Ya quisiera tener esta habilidad para saltar de un lugar a otro…

Todo queda igual y en familia, pero ahora me encontrarás en www.poliimpelli.com

Adentro seguirás sintiendo abrazos, de los infinitos, y será un placer que los puedas compartir conmigo.

No he tenido mucho tiempo (esto de cruzar océanos tiene su encanto…). Sin embargo, algo pude hacer para darte la bienvenida, si es que quieres seguir a mi lado. Este lugar (www.abrazoinfinito.wordpress.com) dejará de existir de a poquito, cuando me vayan acompañando en mi nueva casa.

Aquí los invito desde hoy: Poli Impelli

Como siempre y una vez más, GRACIAS por leerme y por todo el cariño que llega desde tantas partes del mundo. Es caricia al alma, responsabilidad para mis letras, felicidad a mis manos y, de paso, un regalo que me permite devolver lo que tengo para dar.

Que reciban lo mejor de la vida (y un poquito más), y espero estén sonriendo como yo. Abrazos infinitos.

Poli Impelli

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