Abrazo Infinito


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Ya es hora…

Es hora de soltar anclas

de abrir alas

de aceptar el reto.

Es hora de olvidar lo que queda en el olvido,

de darle espacio a lo incierto,

de agradecer lo vivido.

Es hora de sondear el destino,

de aceptar la prueba y el error,

de dar la bienvenida

al incierto camino.

Es el momento ya repetido de sabernos fuertes en un basta por ahora, porque mis naves son de acero y tu corazón guía el navío.

Porque si nos permitimos lo incierto entonces vamos por buen camino. Porque si nos detenemos en la espera morimos en vida y se torna condena.

Ya es hora de soltar un GRACIAS con el corazón partido. Que nadie muere cuando hay vida, y que la vida es esto, ni más ni menos que encontrarle algún sentido. Que depende de uno amar hasta el cansancio y el amor también es huella en lo vivido, cuando el presente aprieta timoneando naves en un mar desconocido.

Que no aparezcan carteles anunciando cobardía, porque voy a elegir otro camino. Que si se pone oscura la noche siempre encuentre una vela en mis maletas, y que encuentre compañía en quien me quiera y que lo sienta.

Es hora ya de hacerle caso a esa intuición bien clara y tonta, que se pierde por momentos de su rumbo en el camino. Ella sabe y yo la escucho… que yo sorda aún no estoy, aunque a veces me demore en escuchar lo que recibo.

Venga, que tú y yo ya hemos tenido suficiente, está bien por el momento. Vuelvo a escucharte claramente, te sonrío y guiño un ojo; más me vale que sea ahora y no más tarde, cuando ya no queden fuerzas suficientes. Preparo equipaje y armo el circo; nunca sé con qué me encuentro. Despacito suelto anclas, miro el puerto. Hay de todo en esa orilla, incluso esas siluetas que no me han mirado ni elegido. Miro atrás y veo huellas en el sendero, invisibles para algunos, para otros grandes surcos de recuerdos.

Que no me pierda en el camino, y que si me pierdo vuelva a reír de mi despiste y de mi olvido. Que sepa ver a tiempo cuando no hay lugar para mi ser y mi navío. Que tengo a mano otra maleta de verdad y valentía, porque siempre es necesaria para abrir espacio en otras vidas.

Que no descanse más de lo necesario, porque si igual voy a morir prefiero estar despierta en la tormenta y disfrutarla, que andar dormida en la rutina, el aburrimiento o el hastío. Que al respirar mi corazón inunde de furia, esa necesaria que me empuja a saltar al vacío. Que la adrenalina no abandone jamás mi sangre, porque los saltos son grandes y estoy en soledad, muy cerca del precipicio. Nadie me empuja pero tampoco toma mi mano, nadie me detiene ni me espera al otro lado. ¿Qué más da, si el viento empuja las velas y mi corazón está ya preparado?

No hace falta tanta materia ni peso; yo sólo quiero una gran bolsa verde de esperanza, kilos rojos de amor y tres cajas amarillas de locura. Que repuestos no me falten, y si las reservas se agotan que siempre encuentre a alguien que le sobre y me los preste por un tiempo. Juro que no robo, y que devuelvo hasta el último céntimo.

Que así me vea algún pirata, tropezando con la bolsa y con mis cajas. Que se ría a carcajadas cuando sus naves se pierdan, pero que confíe en lo que ha logrado al levantar sus propias anclas. “Te cambio tu bolsa por una de mis cajas”, que hoy por ti y mañana por mí no serán un gran dilema.

Porque llegó el momento que tanto susurrabas; no podía oír, “tengo mucho por vivir, no me apures que voy lenta”. Tu respuesta llegó a tiempo: “pero entonces, no les mientas”. Y cómo no escuchar a la intuición y al corazón, si son ellos los que aguantan, empujan y abrazan en la espera.

Que sea hoy y no mañana.

Que mañana puede ya ser tarde, y luego te lamentas.

Eleven anclas, ya estoy lista. ¿A quién le hablo, si no hay nadie a la vista? Arremango abrigo, calzo botas, con un par es suficiente. Miro al cielo, celeste como mi bandera y limpio. Respiro sal, libertad y algo de atino. Giro mi vista bañada en nubes, y allí veo a mi Madre: siempre firme, siempre en puerta. Dando a luz de nuevo, como aquel primer día de febrero, diciéndome en sus ojos “ya no frenes, no tengas miedo. Que la muerte te encuentre bailando, cantando, haciendo, alzando tu voz, sintiendo amor del bueno y no durmiendo”.

Papá tiembla a su lado, disfrazado de hombre valiente, mientras el calcio de sus huesos se convierte en todo miedo. Con sonrisas saca fuerzas de la misma vida que me dio y me abraza diciendo: “cuando el viento intente tirar tus velas, nunca olvides tu calma. Respira profundo, que sea tu propio aire el que detenga la tormenta. Si me muero en tu ausencia no te detengas, mirá siempre hacia adelante que yo estaré esperando en la otra orilla. Y no olvides que cuando la noche oscura llegue será la hora más cercana al amanecer, no renuncies a ella…”

Suelto a mi viejo; el aire empuja una próspera salida. Dos hermanos sonríen a mi osadía, esconden lágrimas tal vez y como siempre, esquivando otra puta y esperada despedida. Elecciones, consecuencias de la vida.

No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

Que se vengan más tormentas, yo ya estoy navegando.

Que los golpes me den en lo justo, y que si no remonto con rapidez la vida me pille puteando.

Que no te arrepientas jamás de haberme amado y de no haber subido a mi navío, que la culpa es dañina y el daño es malo. Que no levantes desesperado tus manos gritando palabras al viento… ya zarpé hace rato, el aire ensordece y no te oigo; en el mar hay mucha brisa. No grites más… es tarde y siento frío.

Que las lágrimas valgan la pena, que sin ellas tampoco hay risas ni cantos.

Que sea hoy y no mañana. Se me hace tarde; la incertidumbre se viste de engaño y no sabe de esperas.

Que caiga cien veces más y me levante otras mil,

porque a esta altura

el cuerpo aún vibra

y mi sangre quema,

de amor explotan

los sueños que esperan;

el corazón renace,

las manos tiemblan.

Navego contra el viento

y mi alma…

vuela.

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No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

-Poli Impelli-

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Adelántate

Mantente presente.
El día, la hora, el momento en que menos lo esperes, todo (o al menos eso que tanto te preocupa) se acomodará. Y en ese momento te darás cuenta qué es lo que realmente vale para ti y qué no. Te importará mucho más lo que tú pienses de ti mismo que lo que tu entorno piensa de ti. Recordarás con una leve sonrisa el tiempo en que todo parecía perdido, cuando «todo era una gran desastre» y creías que no había salida ni remedio posible. Porque todo lo malo termina. Lo bueno, también. Por lo tanto, no te aferres a nada y vive más liviano, más suelto. Te vas a morir, de todos modos, y eso que te ha pasado tenía que suceder para que llegaras a ser la persona que eres hoy, y que puede comprobar con sus propias vivencias el hecho real y tangible de que todo pasa. Todo, si tú lo deseas.
Vas a sonreír. Sonreirás con gratitud. Adelántate a los hechos; aunque sea en soledad frente a un espejo: sonríe. 

-Poli Impelli-

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Cuidar amando

Es más fácil construir niños fuertes

que reparar adultos rotos.  

– Frederick Douglas –

 

Ser padres y no mirar bien a los hijos… no lo comprendo en absoluto. No me cierra desde mi visión de no-madre, pero en mi mirada de Mujer está mi niña. Y yo a esa niña sí la miro, sí la quiero, sí la acepto y sí la amo. Elija lo que ella elija y como ella quiera ser.

¿Por qué no sanamos nuestros tiempos pasados y dejamos de proyectar en los hijos lo que no pudimos ser, lograr o desear para nosotros mismos? ¿Qué esperamos de ellos? Un padre lo ha sido para DAR sin límites. Es el único amor incondicional que existe.

Qué pena… que desperdicio que se nos pase la vida, que ellos crezcan tan rápido y estemos tan ocupados, estresados, alterados al punto de no darnos el tiempo de mirar lo que ellos necesitan y piden a gritos, gritos que se traducen en un 4 cuando ansiosos esperamos un 10, en berrinches que tapan sonrisas y obediencia amorosa, en ansiedad de comidas chatarra en lugar de agradecimiento por lo que sí hay, en pantallas en vez de cuentos y canciones para irse a dormir. Los niños sueñan (igual que los adultos), pero pocas veces manifiestan cómo fluyen en esos sueños.

¿Qué sucedería con la sociedad entera si cuando decides ser Madre/Padre te comprometes ANTES con lo que estás buscando/programando/construyendo en comunidad? No somos seres aislados; somos un todo. El compromiso valdría la vida desde el amor genuino y el reconocimiento sincero de tus capacidades y habilidades emocionales como para mirar lo que le vas a dejar en este mundo, en tu barrio, en tu entorno, en la sociedad, a todos los que hoy no te ven. Porque vas a morir, y cuando no estés serán tus hijos los que quedarán como reflejo de lo que fuiste, diste y tomaste. Y si crees que es tarde, no te engañes. Siempre estás a tiempo para volver a mirarLOS y a mirarTE en ellos y con ellos.

Observa tu vida y pregúntate para qué llegaron… para qué les diste Vida. Si no fue egoísmo, ¿hay algo más?

Acompáñalos, no vaya a ser que te vayas antes de tiempo y tengan que solos remendar los huecos, tambalear por sus caminos intentando encontrarle algún sentido a su existencia. Claro que eso es parte de existir, de la esencia humana, pero con tu ayuda primaria les será mucho más fácil pisar firme en la vida cuando ya no estés a su lado. Aprovecha tu propia vida, porque no todos hemos venido a lo mismo, ni estamos acá por las mismas razones. Tal vez tu aprendizaje sea ese: el de mirarte con un poco más de perdón, de amor y de soltura a través de lo que ellos te muestran.

 ¿No te gusta lo que recibes, lo que ves en ellos? Te están mostrando lo peor y lo mejor de ti mismo/a. Te guste o no te guste, estés conforme o no, ellos son tu mejor laburo, tu mejor regalo a la Vida. Son el regalo que me dejas a mí, a tu entorno, a los futuros jefes, a los profesores, alumnos, pacientes, compañeros, amigos, parejas. Todo lo que les traiga la vida será el reflejo de quien eres tú, Papá, Mamá.

Que no se te pase el tiempo. El tic-tac del reloj es muy tirano; a veces suena y chilla, otras, no llegamos a escucharlo. Y pasa. Pasa el tiempo de reconciliarnos, de comprometernos. No te comprometes con ellos sino con contigo mismo/a primero, porque te has postulado al trabajo más amoroso y demandante que existe. Y nadie te entrevistó para elegirte; esa es tu tarea primaria. Tus hijos te han elegido antes de que pudieras darte cuenta. Nada se compara a esta tarea, ¿verdad? Entonces… ¿qué estás haciendo? Quiérete mucho para poder tomar una elección consciente desde el compromiso sincero, y no «para tener quién te acompañe en la vejez», o para «no quedarte solo/a en esta vida». Los hijos no estamos para sustituir, rellenar o sanar tus carencias, ni somos enfermeros que deban postergar sus propias vidas y sueños. Esa es tu misión. ¿Acaso no lo(s) elegiste? Míralos. Hazte cargo. Ámalos en su totalidad, aunque muchas veces no estés tan a gusto con lo que trajiste a este mundo. Todo tiene solución, todo puede tener un cierto remedio y se puede volver atrás para comenzar nuevamente; sin embargo, con un hijo no hay retorno. No se deshace. No te queda más remedio que elevarte, que madurar, que tropezar mil veces y si no te das cuenta lo importante que eres por el solo hecho de ser Padre/Madre, tranquilo/a: allí estarán tus hijos para recordártelo.

El mundo está repleto de padres que abandonan, que con guita arreglan desaciertos, que con ausencias han dejado corazones rotos y velados de sabiduría. Hay víctimas matando, violando, corrompiendo, mintiendo, discriminando solamente porque no tuvieron padres. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que lo que nos pasa a todos comienza en casa, en el útero, en la mirada de Mamá, en la presencia de Papá?

Hoy ya todo avanza a pasos agigantados y con dinero podemos «comprar» bebés, alquilando vientres, engendrando en tubitos, y parece ser que las mujeres ya no necesitamos a los hombres para parir. Sea como sea que lo elijas o hayas elegido, tómate el laburo de mirarTE en un espejo, respirar profundo y serte honesto/a. Porque lo que hiciste o estás por hacer nos atañe a todos.

Que no se te pase el tiempo. No para engendrar, Mujer, sino para ser consciente. Ojalá tengas la fortuna de que tus hijos te sobrevivan (que mueras primero, como es ley de vida en el orden natural del amor) y que tus hijos —ya solos—  se hayan sentido mirados, aceptados en su totalidad, y que puedan ser hombres y mujeres honestos, gente de bien, empáticos con ellos mismos y con el mundo que les toca o les tocará. Luego ocupan cargos en empresas, clubes, escuelas, gobiernos, ámbitos de arte y cultura y aquí es donde se ve reflejado quiénes somos. Por favor, sé honesto/a. Y si da el tiempo, hazte cargo. Hay mucho por dar y recibir. Eres capaz de dar lo mejor que tengas para dar, y si no, apréndelo. Ya estás comprometido; no lo olvides.


Son estas «boludeces» que se me cruzan en imágenes y palabras cuando encuentro una fotografía mía de pequeña, cuando no tenía tantas palabras y no sabía qué querían de mí, ni cómo lo querían. Obedecía. Es lo que todos los padres desean…

Poli Impelli

Me miro y más me quiero por haber desobedecido, y porque lo que tengo para dar ya lo estaba y estoy dando a quienes saben recibir.

Son las palabras que me llegan cuando miro a la pendejita que fui y que amo con todo mi corazón de Mujer adulta y de Madre (aunque no lo sea con mi cuerpo en esta vida). Ser Madre/Padre de uno mismo también es un acto de amor bellísimo. Dicen que no se jura; peco y te lo juro.

Cuídate. Cuídalos. La sociedad te lo agradecerá siempre.

-Poli Impelli-

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como a la edad de seis años, abadoné una magnífica carrera de pintor. Estaba desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador tener que darles siempre y siempre explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry (en su Principito)

 

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Venezuela

Hipócrita confusión. Aristas abiertas. Labios sellados. Palabras dañinas. Promesas desleales. Creencias obstruidas.

El deseo de ser y no obtener permisos. La ilusión de querer hacer algo bien y no tener espacio. La necesidad de apoyo en vez de crítica. Las burbujas de calma que murmuran en el cauce del estrés. La sombra del árbol en verano. La cálida lana en invierno. La impotencia de la no ley. La terquedad de lo justo y la impunidad de lo injusto. El grito de la denuncia. La descarga en el whatsapp. El silencio que precede a la furia. El desconcierto de la soledad. La mirada de reojo ante lo inminente. La intuición que no miente. El temor de volver a empezar. El dolor por lo que revelan las raíces. El desapego por las ramas…

Lo que no ha sido dicho y volverá a nacer. Lo que fue silenciado y volverá a resurgir. Lo que ha sido robado y será devuelto. Lo que no se ha visto se habrá de ver. No es tu culpa, tal vez solo tu responsabilidad. No son tus pasos. No es tu camino. No es tu pérdida. No es tu cuerpo, no es tu ser. No eres tú. Son ellos. 

-Poli Impelli-

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Estudio de campo sobre la inexistencia del amor

Aunque ya tenía noticias de que Joel lo había encontrado, este domingo de invierno me levanté con la firme convicción de que el amor no existe, de que sólo es una idea que creamos en nuestra mente para sentirnos un poco más reconfortados, más a salvo de las cosas feas que suceden a menudo.

Cada vez más a menudo.

Yo no necesito pruebas de casi nada para creer en algo porque la situación es corta: o creo o no creo. Pero esta mañana, se me dio por querer encontrar una prueba irrefutable para mostrarle al mundo la veracidad de la teoría con la cual había amanecido en mente.

Me largué a la calle como en ala delta y puse real atención en cada uno de los rincones de mi nuevo barrio, por el cual comencé a pedalear como si flotara, y me dije que si por esas casualidades veía al amor por ahí, entonces mi teoría no tendría ningún fundamento.

Llegué hasta mi McDonald’s de San Martín y Maipú y vi gente desayunando. Me fijé en todas la caras, que parecían abducidas por los diarios del día; casi me alegré de ver que nadie se daba bola, nadie estaba tomado de las manos de otro, nadie se hablaba al oído, nadie se miraba.

Me dirigí por la Avenida San Martín hasta el centro y pasé por una iglesia; miré hacia adentro y solo me encontré con la presencia de un Flaco al que habían dejado colgado en una cruz hace miles de años, pero ni registro de alguna persona que le estuviera hablando o agradeciendo el sacrificio.

Mi hipótesis cada vez tomaba más fuerza y solidez.

Un poco más adelante, pude ver cómo dos tipos se puteaban en una esquina porque uno no había dejado pasar al otro con el auto. Unas cuadras más y presté atención a dos chicos de unos veinte años, sentados en el banco de una plaza muy cerca uno del otro pero que ni siquiera se dirigían una mirada, mucho menos la palabra.

Cada vez juntaba más pruebas al respecto y, encima, los árboles no hacían más que despedir hojas desde sus ramas, que caían al suelo amarillas y secas por un amor que solo había durado dos estaciones.

A todo esto, vos y yo, no solo no volvimos a vernos más, sino que tampoco volvimos a hablar por teléfono (cosa que yo odio y a vos te fascina) y calculo que andarás desandando tu vida sin ningún tipo de problemas mientras yo sigo abocado a escribir estupideces, ver películas a las cuales no presto la más mínima atención (y después digo que son malísimas), estrenando un orgullo imbécil que me hizo convertir en un tarado sin ningún tipo de interés comunicacional con la raza humana.

Para mí ya estaba todo dicho y claro. El amor no existe.

Me senté, casi exultante, en el reparo de la parada del 41, cansado por el exhaustivo estudio de campo que me había llevado gran parte del día y en cuál no había encontrado una sola señal de que el amor existiera.

Por ende, no existe. Ya estaba listo para comunicarle al mundo mi gran descubrimiento.

En ese instante mío de certeza mental, llegó a la parada una pareja de padres jóvenes. Ella con una panza que aparentaba unos seis meses de embarazo; en un brazo le colgaban las bolsas del supermercado y en el otro, una nena de aproximadamente dos años. Él llevaba la mayor cantidad de bolsas con las compras y vigilaba con su mirada a un niño de unos cuatro años.

Esperaron la llegada del colectivo a unos cinco metros de distancia uno del otro, sin mirarse, sin hablarse mientras ella le daba la espalda a él, quien se sentó a mi lado.

Mirándolos detenidamente y sin disimular el triunfo de mi conjetura, me quedé pensando en cómo habíamos vivido tantos años engañados por los libros, las canciones, los besos, las películas, por Dios o por un gobierno, pensando y creyendo en un sentimiento tan absurdo y abstracto como el amor.

En eso estaba yo cuando ella giró, miró al hombre a los ojos y le dijo:

—Gordo, estoy muerta de cansancio, pero apenas lleguemos a casa me pongo a cocinarte las milanesas, así tenés comida para llevarte mañana al trabajo.

Él se levanto de mi lado, le sacó las bolsas de la mano, le dio un beso precioso en la panza y luego la abrazó, con todo el amor del mundo, sin decir una sola palabra.

Me prendí un cigarrillo (el enésimo del día), me sonreí un rato incalculable y eché en el tacho de basura más cercano toda mi gansa teoría de que el amor no existe. Son esas estupideces que se me ocurren los domingos de tanto extrañarte, de tanto esperarte y de seguir haciéndolo… cada día.

Cristián Lagiglia

 

 

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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

-Poli Impelli-

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On a flying rug

If we could touch what we lost once

If we could just spend the time

It swelled through our fingers…

We´d take a step aside

To see ourselves looking up

And breathing our secret heaven

Beneath their unexplored sky.

 

We´d only need one trip

Just one soul and path

To recognize ourselves again

Longing for the things we said

But shouldn’t have done.

 

Is it me or am I living as I never did before?

Maybe it was the past

With all that kindness

That struggled behind old darkness.

 

I can touch it, feel it and sing it

On my invisible rug smoothing the air

I fly away with them and your eyes

Cleared from the shadows I leave behind.

 

Do not wait for the perfect time to jump

It is us changing for good despite the time

Bring my new life home

I’ll be whispering happiness for us both.

 

-Poli Impelli-

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