Abrazo Infinito


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Detrás de lo que ves

Vas al cine, te encanta. Voy al cine, me encanta. Otros se sientan durante horas con su culo frente a Netflix; ven sus pelis preferidas y siguen sus series favoritas con pasión, esperando el momento indicado para no hacer nada más que disfrutar de lo que les encanta.

Y ves/vemos de todo: personajes que quisieras matar simplemente por pelotudos, por cobardes, porque deberían decir justo eso que estás esperando y ellos no dicen, o porque te dan náuseas. Ves mujeres de todo tipo y color, y ahí está «¡la muy puta!» que «le roba» el marido a la amiga. Ves a la valiente y decidida que dio su vida por una nación. Ves a la madre que pierde a un hijo y se te fruncen hasta las venas por donde corre la misma sangre de ella, tuya y mía.

Ves crímenes, guerras con escenografías tan precisas, tan reales… (¿De dónde habrán salido?); ves batallas y luchas desde la era de Pedro Picapiedra hasta nuestros días. Ves fantasmas, espíritus, vida en otros planetas, amenazas, muertos que hablan y caminan a tu lado, mientras tus niños ven dibujos o personajes animados de toda especie para reír y emocionarse. Ves la historia que te han contado sobre algún Mesías, Maestro, Iluminado y te emocionas, me emociono. Ves al machista de turno dándole masa sin escrúpulos a cuanta mina se le cruza (con o sin juguetes y cuartos oscuros). Ves a las chicas de colegios secundarios peleándose por el rubio universitario. Ves accidentes terrestres, aéreos, marítimos —y alguna historia de amor o de traición justo cuando el botecito se hunde, y a vos se te frunce el hipotálamo (regulador central de las funciones viscerales autónomas y endocrinas; perdón a los galenos que me lean). Ves a Romeo y Julieta en todas sus formas, con matices que incrustan la actualidad para que te sientas adentro con ellos y sufras, llores, te culpes, la culpes, lo culpes, te enamores y detestes, pero en definitiva, seguís mirando a Romeo y a Julieta, sin tantos venenos (¿o sí?).

Ves biografías de artistas, personajes ilustres y famosos, guerreros, pacifistas, científicos, sabios, asesinos disfrazados de presidentes y políticos. Ves el holocausto, pero ves también que la vida es bella.

Ves todo lo que quieras, lo que elijas, lo que te gusta y lo que no, porque en algún momento, tal vez también te aburres. Y necesitas evadirte, divertirte, sentarte con el traste en un sillón o en la sala mágica de un cine.

A mí hoy se me ocurre recordarte, por las dudas, y porque para mí es un día especial y porque tengo los ovarios inflamados al tamaño de un plato de esos que sirven en el Hilton de Dubái (jamás he estado, pero imagino) que detrás de TODO lo que ves en Netflix (todo es todo), de cada pantalla que te muestra Hollywood, de cada alfombra roja, de cada premio bien merecido y de todas las luces, sonidos, magia y fruncidas en tu… corazón, detrás de todo eso que ves, estuvo, hubo, hay y habrá un ESCRITOR. Detrás de lo que ves existe un guión, que fue escrito para poder interpretarlo. Detrás de lo que ves estuvieron, están y estarán los guionistas, cuentistas, novelistas, poetas, locos que no imaginaron ver a sus personajes moviéndose en otros rostros, mientras vos apoyás tu trasero en el sofá de tu casa. Otros sí, y por eso escriben, para ver luego en una pantalla lo que han escrito (un guionista es lo mínimo que espera).

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Si algún día vas al Hilton de Dubái (cosa que hacemos a diario, vamos), recuerda el tamaño de este plato.

Te gusta o no te gusta; te sumás o descartás; te parece maravilloso o el peor bodrio que podrías haber elegido. Y cambiás de serie, de película; elegís. Te levantás de tu butaca en el cine porque no aguantás más, o te quedás hasta el final, arrepentido por haber pagado una entrada (si es que todavía te das el gusto y el lujo de ir al cine… Ojalá nunca jamás de los jamases se pierda la costumbre —opinión personal).  Tal vez salís recordando esa frase que te hizo temblar la médula espinal y luego la compartís en las redes, o la dejas para masticar en casa, porque hay «alguien» que algo te ha querido decir… (Ricardo Darín merece todo mi respeto y mis aplausos; sin él yo no recordaría, pero quienes me están hablando son Eduardo Sacheri y Juan José; los que me dejan pensando son ellos, aunque yo para siempre recuerde la cara de Ricardo. Y vos pensás en Harry y recordás, sufrís y amás a Daniel Jacob Radcliffe —con todo el mérito personal que bien lleva encima—, pero quien te ha hecho emocionar, sufrir, amar y pegar gritos fue J. K. Rowling, al tiempo que con su culo pegado a una silla pasa horas, horas y horas imaginando cómo hacerte sentir lo que ella misma siente al escribir. Vos no tenés la más pálida idea —ni lo sabrás, ni lo sabremos— si Harry es el hijo que perdió, si es un vecinito de su infancia, si es un ex novio, si es una mezcla de todos ellos más algo que leyó en otro libro cuando tenía quince años, o si es el director de su escuela primaria. Te juro, te lo prometo, te lo afirmo con toda la ignorancia que tengo encima, que diga lo que ella diga a la prensa y a sus seguidores, vos y yo jamás lo sabremos).

Que te guste o no te guste, que ames o detestes, que te resulte meloso, aburrido, patético o por el contrario te desangre en lágrimas, te enamore, te deje soñando con los personajes por largo tiempo está encadenadamente unido a tus emociones personales, al momento que estás viviendo al elegir, a tu educación, a tu cultura, a tus valores y creencias, a tu curiosidad, a tus gustos y preferencias. Y lo sano y positivo es que todos seamos diferentes y que tengamos múltiples opciones para elegir. Hay ciudades, pueblos, países en los que no pueden elegir (nada). Hay gente que no puede leer (nada). Hay gente que no tiene un televisor, mucho menos una pantalla electrónica en donde leer las estupideces que yo escribo, en principio porque no pudieron aprender a leer, luego porque aunque sepan, no les ha sido concedida la dignidad y el derecho de poder tener lo que deseen (nada).

Pero a vos que sí podes leerme (te doy mi más sentido pésame), que en este momento tenés tus ojos pegados a una pantalla —y seguramente tenés Netflix— y que también podes pagarte una entrada al cine o a un teatro, cada vez que tengas tu pantalla adelante recodá que atrás de lo que ves hubo alguien ESCRIBIENDO, sudando, arreglando, tachando, cambiando, modificando, volviendo a reescribir, eligiendo y puteando. Sí, también. Porque un «sí» o un «no» te cambian una trama, un argumento, un monólogo o un diálogo (como en la vida; un «sí» o un «no» definen tu destino), porque hay que ver si al machista le pongo ojotas rosas rococó rosadas… ¿es una ironía on purpose, o van a cerrar el libro, van a cambiar de canal o van a levantarse de la butaca? Hay que ver cuál es la justificación de una guerra (porque siempre la hay, aunque siempre sea la más absurda —siempre; ahí no tenemos alternativas, pero hay que hacértelo creer, ¿sabías?), y hay que mostrarte que el malo no es malo porque le encanta ser malo, no. Hitler no nació siendo el Hitler que conocemos, y de bebé era igualito a tu hijo y a mi sobrino, así de inocente, sano, tierno, sabio. Hay una historia, hay oscuridad, hay pasado, hay crímenes emocionales para que un inocente llegue a ser un Hitler y esté convencidísimo de que lo que hizo, hace o hará es un «bien para la humanidad». No es cuestión de escribir y dale que va: «que tus ojos al leer —o los actores— luego se encarguen».  Para que estés esperando Juego de Tronos y te comas las uñas y tengas que ponerte una alarma para que no se te pase ni un minuto del capítulo que te emociona, y detrás de toda la parafernalia y las maravillosas actuaciones, escenografías, paisajes elegidos, efectos especiales y tanto de abracadabra, hubo un George R. R. Martin que se sentó con el culo en la silla a imaginar, a sentir, a emocionarse, a putear, a sacar lo peor de sí mismo (¿cómo, si no, llegar al peor villano o asesino?), lo mejor de sí mismo (¿cómo, si no, hacer que sientas empatía y llores con el personaje?), a mirar a todas las mujeres que pasaron y pasan por su vida para darle forma en esa heroína que a vos te eriza la piel, a mirar a su gente cercana para unir en cada pedacito de un solo personaje eso que a vos te hace pegar un grito. Leyó. Leyó muchísimo, se nutrió de «novelitas pedorras» y de los grandes clásicos de la literatura para plasmar algo de todo lo que leyó, ahí en tu pantalla. Sí, de lo que algunos llaman «novelita pedorra» también. Y no te subestimo, sé que ya lo sabías, pero tengo necesidad de recordártelo, recordámelo, recordárselos. Porque es hora de que aceptemos que todos tenemos un poco de Hitler, un poco de villanos, un poco de santos, un poco de amargos, un poco de románticos, un poco de guerreros, de sabios, de pelotudos, de cobardes, de valientes, de pedorros, de putas, de machos heridos, de machistas anestesiados, de sumisas sin remedio. Y todos, absolutamente todos (aunque no te conozca), estamos librando alguna batalla. Son las mismas que ves ahí, en Netflix. Lo mismo que ves en un teatro, con artistas de lujo que te hacen sudar lo que llevás dentro. Detrás de lo que ves, estamos nosotros: los escritores.

Mi humilde y sincero respeto a todos los medios que hacen posible mostrar un cuarto de lo que otros hacen por detrás de las luces, en silencio y con muy poco reconocimiento; solo a algunos se los mira.

Mi respeto a todos los que sudan con el culo en su silla; a mí, que tengo el tamaño de una hormiga en un mundo inmenso, que seamos «buenos o no» me es indistinto en tanto y en cuanto nos demos el lujo del tiempo necesario para aprender, y luego de elegir. Me importa que lo estés haciendo, y que tu laburo/curro/trabajo sea respetado. Primero por los que dicen amarte, luego por el que se emociona o te putea al leerte.

FELIZ DÍA MUNDIAL DE LIBRO.

Feliz Sant Jordi en la Cataluña que amo.

Felicidad para todos los que hoy entregan un libro por una rosa y viceversa.

 Feliz escritura, feliz lectura, feliz magia en tu pantalla.

Sigamos eligiendo, que para eso estamos, los que aún podemos…

– Poli Impelli –

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No te adaptes…

Gracias.

Gracias por las visitas. Gracias por los comentarios. Gracias por la presencia. Gracias por las sonrisas. Gracias por no estar de acuerdo. Gracias por darme palmadas de aliento. Gracias por los abrazos. Gracias por mostrarme almas a través de una pantalla. Gracias por la presencia; no me importa si son 10 o 400; no cuento números, cuento almas. Me importa la calidad de lo que recibo. Me importa que me dejes devolver y darte un poco de lo que tengo para dar. Eso me engrandece —así, con tan poca altura que me dio la naturaleza—, me siento más grande sólo por todo lo que recibo. Recibo más de lo que imaginan, y de quienes menos lo he esperado. Amo sorprenderme con la Vida.

Pienso, siento igual que el año pasado, y seguro estaré pensando lo mismo el próximo. No voy a repetirme. Les dejo nuevamente mi Abrazo Infinito, y que sientan GRATITUD. Es la  manera más amorosa de valorar y amar lo que somos.

¡Gracias!

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¿Qué sucede cuando lo dices?

¿Te da miedo decir que eres escritor? ¿Qué sucede cuando lo dices?

Familia, amigos, conocidos, desconocidos: todos tienen alguna reacción en particular que nos recuerda algo que ya expuso Danielle Campoamor.

Por supuesto, no eres Borges, no eres García Márquez ni Benedetti. No eres Cortázar, no eres Shakespeare, no eres Lord Byron ni Thoreau. No eres García Lorca ni Antonio Machado. De Alfonsina Storni puede que tengas las uñas de los pies (¿las conociste? yo no). ¿Tienes el cabello parecido a Octavio Paz? Bien, puede que te confundan. Puede que tengas un Frankestein en tu mente cual Mery Shelley, que bosteces como Alejandra Pizarnik o que ronques como Jane Austin (¡vaya que tienes suerte!).

Pero pretenden que lo seas. Imaginan que lo serás. Se preguntan qué intentas, por qué, para qué, y como nadie se conforma con unas pocas preguntas, también debes explicar por qué morirás de hambre. ¿Acaso no hay algo serio, digno y más importante que hacer?

La voz particular de Gabriella Campbell nos cuenta que no estamos solos en este mundo, que ser incomprendido y observado como un bicho raro o un E.T. (sin Eliot y su bicicleta) es casi normal, y que muchos pasamos por situaciones desagradables, absurdas, sorprendentes, a veces graciosas y hasta incluso ridículas.

Sin más que agregar, los dejo con Gabriella. (Si no te ríes con los artículos de Gabriella, ve a por alguien que te haga cosquillas. Tienes un problema. Serio).

Abrazo infinito para todos los escritores que tienen miedo de decir que lo son, que aún no se reconocen como tales, pero que dejan su sacrificio y amor en tiempo, energía, lágrimas y noches en vela. Y para aquellos que lo gritan a mil voces. (Si no has publicado, también lo eres/sos; para ti/vos también va mi abrazo).

-Poli Impelli-

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Todavía sueño

Me llamo Nayan y tengo 28 años. Soy lo que quedó, vivo donde me dejan. Mi infancia, en aquel país donde nací y donde mi niñez olía a pólvora, invade a diario el presente, que me busca desde el pasado. Todavía me acuesto en las noches acurrucado en mi mujer. Aún sueño; sueño con cielos rojos de fuego, con ruidos ensordecedores y voces pidiendo auxilio. Aún veo los ojos quemados, los cuerpos mutilados y los rostros de todos aquellos pequeños amigos que alguna vez tuve en mi pueblo. Me dijeron que quedaron pocos; más bien me enteré con los años, porque en las guerras que los poderosos libran, hay detrás un velo negro que se encarga de tapar las heridas que no vemos.

Fueron tres disparos que sonaron a portazos. No es que con seis años no supiera lo que eran, mas me dormía cada noche creyendo con fervor que eran puertas que se abrían y cerraban. Mamá tenía la costumbre de gritar: «¡una puerta, una puerta!», para no mencionar la palabra real que avisaba una tragedia. Así vivíamos, así se fueron… ellos.

Con un ojo seguí mirando, pues el otro quedó enterrado. Solo miro de frente y a ratos para un lado; y aunque me niego, me han dicho que es bueno recordar lo que sí tuve: una madre que se aferró a mi hermano menor hasta en el último suspiro, y un padre que corrió por ellos, pero al llegar no pudo dejarles solos y con ellos se marchó por siempre.

Trajes verdes, azules, blancos y rojos; ese es mi recuerdo. Bomberos, voluntarios, enfermeros, médicos, amigos. A ellos les pedíamos algo en súplicas, entre escombros y sonidos, entre gritos y gemidos, sobre la línea delgada que separa la vida y la muerte. Hoy miro y escucho todo desde lejos, pero sé que sigo estando ahí; yo sigo gritando adentro, gimiendo y pidiendo en algún lugar escondido de mi corazón que me liberen. Todavía sueño… sueño que los que vengan tras de mí, a ocupar las tierras baldías que dejamos, no tengan que ser rescatados o enterrados o dejados a su suerte… Es destino o suerte estar en el primer grupo; o quizás una lacra, quién sabe…

Sanar, yo sé bien que sanar es otra cosa; es algo que voy aprendiendo con los años, a lo  lejos desde cerca. Cerca porque no olvido de donde vengo, y lejos porque mi pueblo arrasado en escombros tiene otro nombre, abriga a otras gentes, pero la misma lucha late constante en su tierra, por no saber a quién pertenece.

Sueño. Sueño que viven en mí los que se fueron, sueño que aquellos que desde afuera encienden y apagan vidas con soberbia, alguna vez nos miran; sueño que esto en algún momento se termina. Sueño con cielos libres de humo y de explosiones, con campos verdes y niños con cuerpos debajo de sus pieles. Sueño con mi familia libre de sufrimiento, que no tienen que soñar todo lo que yo llevo tantos años soñando. Sueño, como alguna vez soñó John Lennon, a toda la gente viviendo en paz, sin implorar ningún otro sueño.

Un solo ojo me es suficiente para seguir viendo lo que otros no pueden ver con dos; será porque no saben lo que se siente cuando uno se acuesta mirando por una rendija el cielo, esperando con los ojos cerrados que el próximo estruendo no te arrebate lo que más amas y lo que está a tu lado. Cada noche miro a mi mujer y me parece un sueño, me siento bendecido al ver su rostro con este ojo tan fino, su paz y la certeza de que al lado suyo no habrá más humo ni puertas que se cierran.

Yo no sé si los sueños sirven de algo, pero sí sé que no quiero más portazos. Quiero puertas que se abran, quiero luces en las casas, quiero cielos bien celestes, quiero soles que iluminen las miradas.

¿Será mucho lo que pido cada noche que me acuesto? ¿O es que sueño con que nadie tenga que sentir lo que yo he sentido allí, tan lejos siendo un niño?

Por todos mis rincones llevo sus nombres grabados y a cuestas llevo su esperanza, sus temores, los deseos no cumplidos, lágrimas, llantos y sonrisas. Y cuando me vaya a buscarles, habré dejado tatuado el legado en la piel de quien conmigo viva y quiera seguir soñando, manteniendo con vida al pueblo que se ha marchado.

– Poli Impelli y Marguimargui –

TEXTO SOLIDARIO. Proyecto de Scripto.es para Médicos sin Fronteras.

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Escritores: ayudemos a ayudar (MSF)

Desde el blog de Lola (hermosa ella por haberme elegido) me llega una invitación para participar en Textos Solidarios. Este es un interesante proyecto, del cual dejo información a continuación.

Textos solidarios es un proyecto que pretende reunir escritos de naturaleza solidaria para formar con ellos un libro, publicarlo y donar todos los ingresos a Médicos sin Fronteras.

Este mensaje no es un premio: es algo mejor. Si te han mencionado en una invitación se debe a que alguien cree en tu valía como escritor y como persona, y piensa que podrías querer colaborar en un proyecto de este tipo, escribiendo un cuento, relato o poesía para nuestro libro o contribuyendo a su difusión. No, esto no es una cadena de nominaciones.  Tienes toda la información aquí.

Si te gusta la idea de nuestro proyecto, la primera y mejor forma de colaborar es copiar esta invitación en tu blog, respetando la imagen destacada y este bloque de texto, y contestar a las preguntas del cuestionario, que incluyen citar a quien te ha invitado e invitar a tu vez a otros diez escritores, incluyendo los enlaces a sus blogs, para lograr que este mensaje tenga la mayor repercusión en nuestro pequeño mundo de creadores.

Para colaborar con nosotros puedes visitar nuestra página scripto.es o enviarnos un correo a info@scripto.es. Te agradeceríamos, además, que enviaras a ese correo un enlace a tu entrada con la invitación: nos importa mucho conocer vuestras opiniones.

Cuestionario:

  1. ¿Cómo crees que los escritores podemos contribuir a mejorar el mundo?
  2. ¿Cuáles crees que son los problemas más graves de la humanidad en nuestros tiempos?
  3. ¿Qué piensas del trabajo de las organizaciones no gubernamentales atendiendo a las víctimas de los conflictos y las grandes catástrofes humanitarias?
  4. ¿Estarías dispuest@ a colaborar de alguna forma en este o en un proyecto similar?
  5. ¿Quién te ha citado en su invitación? ¿Por qué crees que lo ha hecho?
  6. ¿Te importaría invitar a tu vez a otras diez personas?

Respuestas:

1- Los escritores tenemos la fortuna de poder expresarnos y recrear o dirigir la atención de un lector sin otra distracción, siendo el silencio uno de los requisitos para que las palabras lleguen a la mente y al corazón. Lo que decimos o expresamos puede influir positiva o negativamente en quien lee, permitiendo explorar sentimientos y emociones en el lector, donde podemos vernos reflejados, o donde sentimos la necesidad de contradecir, de sentir ALGO que nos provoque una emoción y/o reacción. Cuando el arte de la escritura se divulga en forma positiva, el alcance y el valor es inmenso. Para estudiar cualquier disciplina necesitamos de los libros; la información y la educación nos llegan, inicialmente, a través de los libros. Creo que más que poder contribuir, deberíamos apuntar a cambiar, enriquecer y nutrir la vida de quien lee.

2- Sería una lista inmensa, pero me quedo con el que considero origen y fruto del mayor problema actual: falta/ausencia de consciencia y de compromiso individual.

3- y 4- Desde hace años colaboro con algunas organizaciones no gubernamentales, de la forma en que me sea posible, porque sé que hay muchas maneras de hacerlo. Desde mi profesión puedo estar colaborando en cualquier parte del mundo. Considero que hoy, con el alcance de Internet, no hay excusas; muchas de estas organizaciones son quienes sostienen, empujan, alzan la voz y ponen el cuerpo y el alma para acudir en situaciones donde uno no puede llegar. Hace tiempo lo hago y seguiré en ello. He tenido la oportunidad de poner el cuerpo también, y sé cómo se trabaja. Y si es con proyectos en donde pueda colaborar con lo que amo hacer, más honrada me siento. Considero que es un ida y vuelta: me están ayudando a mí también; el corazón se ensancha cuando uno puede dar y recibir al mismo tiempo.

5- Me ha citado Lola, y supongo que lo ha hecho por su observación a mis relatos o reflexiones en mi espacio; porque consideró que encantada diré que sí, una y mil veces sin dudarlo.

6- Las invito, por supuesto, sin ningún compromiso y con total libertad de decidir si desean participar en este proyecto solidario:

Marina

Juan Antonio

Carmen

Julia

Luis

Fabián

Julie

María

María Jesús

Mel

Y cualquiera que desee colaborar con sus letras será bienvenido en este intento.

Infinitas gracias.

-Poli Impelli-


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Te molesto

Te molesto. Te molesto porque río cuando lloras y porque lloro cuando ríes. Te molesto porque puedo galopar tu mundo y el mío sin maquillaje, entrar descalza en una fiesta donde danzan los tacos y los brillos; te molesto porque yo sin brillo estoy brillando demasiado.

Te molesto. Te molestan mis silencios y que yo hable cuando los demás callan. Te molesta que yo diga y grite lo que el resto no se anima u omite. Te molestan mis aviones, mi equipaje, mis caminos y mis metros. Te molesta que sea fiel; a vos, a mis ideas y a mis sentimientos. Te molesta que no te dé lo que no tengo para darte y que no recibas lo que sí tengo y no te doy. Te molesta que no te necesite para comer, para dar vida y para vivir y morir en mil intentos. Te molesta que yo sea yo y no sienta culpa por ello; y te molesta recordar quién he sido, quién soy hoy y quién seré.

Te molesto. Te molesta mi locura, mi soledad y mi compañía, porque no hay molestia más grande que no encontrar lugar para tener cabida. Te molesta mi valentía, mi osadía y mi calma repentina. Te molesta que me asuma diferente y que sea libre, que lo sienta y que lo intente.

Te molesto. Te molesta que me distraiga demasiado de la pena sin alivio, y que no me distraiga tanto de lo que vale la pena y lo que amo. Te molesto porque yo amo con honestidad y con locura, y te molesta que yo no necesite lo que otras piden, porque te quedas vacío de entregas y no encuentras cómo retenerme. Te molesta que te quiera y quererme tanto, y te molesta que ningún tonto me pesque desprevenida para ofrecerme amarras a su cama y a su encanto.

Te molesto. Te molesta que no responda a lo que quieres escuchar porque tu costumbre es esa. Te molesta que sin cirugías, sin altura ni sumisión le pegue un soplo de goce a la vida. Te molesta que el calendario me guiñe un ojo y yo me le cague de risa. Te molesta que sea feliz, pero te molesta también que sufra lo que vos ya has sufrido.

Te molesto. Te molesta mi impertinencia de ver lo que tus ojos ciegan, y te molesta tu ceguera y los bastones rotos de quienes te rodean. Te molesta mi intrepidez de no querer y mi cobardía cuando me caigo, te molesta ofrecer tus alas cuando ambos sabemos que andas rengueando. Te molesta que me moleste tu presencia y te molesta que cada ausencia nos desgarre por dentro. Te molesta que reconozca una historia y le ponga palabras; te molesta tu negación y que yo la encuentre escondida en miedos detrás de tu espalda.

Te molesto. Te molesta mi otoño, mi verano, mi primavera y mi cálido invierno, porque a mí me abrigan las noches y me desnudan de día, mientras a vos te joden los mosquitos y también las tibias compañías.

Te molesto. Te molesto porque me conoces demasiado y lo que conoces te molesta. Te molesto porque te conozco como nadie y no me hago cargo ni lo expongo ni lo digo.

Te molesto. Te molesto tanto que ya me acostumbré a tu dulce molestia, y no me molesta que hoy me moleste tanto que resucites de a ratos… mientras yo brindo por ser quien soy, alzar mi voz, quedar sin vos y sin tu molestia en esta vida.

-Poli Impelli-

 


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La mente secreta (Ray Bradbury)

          […] La deliberación es enemiga de todo arte, sea la actuación, la escritura, la pintura o la propia vida, que es el arte más grande.

He aquí, pues, mi teoría. Los escritores andamos en lo siguiente:

Construimos tensiones que apuntan a la risa, luego damos permiso y la risa surge.

Construimos tensiones que apuntan a la pena y al fin decidimos llorar con la esperanza de que el público rompa en lágrimas.

Construimos las extrañas tensiones del amor, donde tantas de las otras tensiones se combinan para ser modificadas y trascendidas, y permitimos que fructifiquen en la mente del público.

Construimos tensiones, en especial hoy en día, que apuntan a la repulsión y luego, si somos buenos, talentosos, observadores, permitimos que el público sienta náuseas.

Cada tensión busca su fin, descarga y relajación propios y adecuados. Se concluye que, estética y prácticamente, toda tensión ha de ser liberada alguna vez. Sin esto cualquier arte queda incompleto, a medio camino de su objetivo. Y en la vida real, como sabemos, el fracaso de aflojar una tensión particular puede llevar a la locura.

Hay excepciones evidentes, novelas u obras que terminan en el apogeo de la tensión; pero la descarga está implícita. Se pide al público que salga al mundo y haga estallar una idea. El acto final pasa del creador al lector–espectador, cuya tarea es agotar las risas, las lágrimas, la violencia, la sexualidad o la repulsión. Desconocer esto es desconocer la esencia de la creatividad, que es, en el fondo, la esencia del hombre.

[…]

No me cuentes chistes sin objeto. Me reiré de tu rechazo a permitirme reír.

No me acumules tensión que apunta a las lágrimas y me niegues después que me queje.

Iré a buscar mejores muros de lamentos.

No me cierres los puños y me escondas después el blanco. Podría pegarte yo a ti.

Sobre todo, no me provoques náuseas a menos que me muestres el camino a la cubierta del barco. Porque, haz el favor de entender, que si me envenenas tengo que sentir náuseas.

Mucha gente, me parece a mí, que escribe la película del asco, la novela del asco, la obra del asco, ha olvidado que el veneno destruye la mente tanto como destruye la carne. La mayoría de los frascos de veneno llevan recetas de eméticos impresas en sus etiquetas. Por indolencia, ignorancia o incapacidad, los nuevos Borgias intelectuales nos meten bolas de pelo en la garganta y nos niegan la convulsión que podría hacernos bien. Han olvidado, si alguna vez lo tuvieron, el antiguo saber de que sólo pasando por un verdadero malestar es posible recuperar la salud. Hasta las bestias saben cuándo es el momento del vómito. Enseñadme pues a sentir náuseas, en el momento y lugar justos, para que pueda volver a los campos, y con los perros sabios y sonrientes, estar instruido y poder masticar dulce hierba».

Ray D. Bradbury (Illinois, 1920 – Los Ángeles, 2012). Ensayo: La mente secreta (1965). Extraído de sus ensayos en Zen en el arte de escribir.

«Mucha gente escucha voces cuando no hay nadie allí. A algunos de ellos se les llama “locos”, y son encerrados en habitaciones en donde miran fijo las paredes durante todo el día. A otros se los llama “escritores”, y suelen hacer más o menos lo mismo».

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El amor es fácil, y a mí me encanta escribir. Uno no puede resistirse al amor. Uno tiene una idea, alguien dice algo, y uno se enamora. 

 

– Poli Impelli –