La marca de Santiago

Santiago Calletti se fue sin aviso en Rayén, una fría tarde de Julio.

Hernán la llamó esa misma noche que Santiago cerró sus ojos. Una semana después, cuando él ya estaba de regreso en Córdoba, Naiara pidió un reemplazo en el instituto, compró un billete en autobús y partió a Córdoba, ciudad que conocía por haber pasado unas vacaciones con su familia diez años antes.

No bastaron más que cinco días para generar preguntas al universo porque ellos no tenían las respuestas.  A Naiara, a pesar de la lógica sensibilidad que supone semejante dolor, Hernán le pareció un muro. Ella no dejaba de pensar en Rosa y Francisco, con quienes no había podido hablar, ni por teléfono; simplemente no encontraría palabras.  ¿Por qué tan de golpe? ¿Qué había sucedido?  En el camino que supone la distancia, Naiara sintió que se había perdido muchos capítulos de una historia que ahora resultaba desconocida. ¿Esto suponía esa distancia? ¿De qué se estaba disfrazando? Naiara la imaginaba como una bruja desgraciada, que la había alejado de lo que tanto necesitaba y amaba.  Sin embargo, a ella en Santa Clara no le faltaba nada: una carrera, un buen trabajo, una bella ciudad, una familia sana, amigos que habían abierto el corazón y sus casas para permitirle entrar y pertenecer, un inolvidable viaje al viejo mundo, y Gabriel con su entorno cargado de aceptación.  ¿Qué había hecho esa bruja, entonces? Naiara percibía que su hechizo de injusticia aparecía en los correos, en los encuentros cibernéticos o en la voz de Laura o de Ariel en un teléfono. Naiara le hacía frente a la bruja sin temor, y como adolescente tardía seguía desafiándola en susurros. «No me vas a quitar lo que fue, es y será siempre parte de mi vida».  Cuando Hernán estaba a su lado, ese susurro se volvía un grito desgarrador, y un poco más claro cuando el dolor visitaba sus vidas.

Lo dejó hablar. Le permitió llorar en cada abrazo, y pasearon por la ciudad como si nunca la hubieran visto antes, variando los colores del paisaje según brotaran palabras, lágrimas o risas.  Encontraban, más de una y mil veces, los mil y un motivos para llorar, de risa, ahogando lágrimas sin poder respirar.

Hacía un tiempo que Hernán había comenzado una relación con Juliana; se lo había contado a Naiara en uno de sus últimos e-mails, sin darle demasiada trascendencia.  Ahora que Naiara había venido de visita, Juliana estaba en el pueblo de sus abuelos, a 40 km de la capital. Pero como Naiara ya predecía, Hernán le mostró una foto de su chica.

—¿Y vos acumulás fotos para hacer un book o algo por el estilo? —preguntó Naiara intentando no reír.

—No, sabes que me encanta sacar fotos, y tomarlas desprevenidas… ¿Te gusta Juliana?

—Claro, pero si de cada una que pasa por tu vida vas retratando sus pasos y sus curvas, podrías después publicar tu vida con fotos alusivas.  Cuando seas un viejo verde, por ejemplo.  —Escondió su risa atragantada. Hernán mordía su labio sonriendo.

—No me respondiste —dijo Hernán, intentando encontrar sus ojos miel.

—¡Pero… obvio! Es preciosa, hacen una hermosa pareja, Hernán.

Ella hablaba en serio. A Naiara no le parecía particularmente bella, no más que el recuerdo que tenía de Mariela o Analía. Sin embargo, el cabello moreno y lacio de Juliana le daba un aire de distinción, y tenía un cuerpo como los que le gustaban a él, ni tan soberbios ni tan austeros.  Era hermosa para Hernán. Bella pareja, pensó Naiara, y sonrió por dentro y por fuera.  En lo más hondo de sus deseos, traspasando la imagen que veía en Juliana, esperaba que ella pudiera acompañarlo como se merecía en ese momento, que entrara en el dolor de Hernán hasta el fondo, hasta donde una mujer de cabello moreno y lacio son capaces de llegar.

—Cuando me case, te aviso con tiempo; así como haces vos, por ejemplo… —dijo él, soltando a la vez una carcajada.

—¡Sos un pelotudo! Avisame para bajar unos kilos, nada más.

Hernán bajo la mirada y frenó sus pasos. Suspiró y se tocó el lunar antes de hablar.

—No sé cómo agradecerte este viaje, Nai. Sé que vamos… que voy a estar bien. Pero es duro… —Sus ojos volvieron a brillar, húmedos.

—Es que Córdoba me encanta. Si vivieras en San Martín, ¡ni mongo hubiera hecho semejante viaje!

Naiara lograba que Hernán soltara una carcajada, aunque fuera entre lágrimas.

—Te quiero, zapallo…  Y todavía no puedo creer que te vayas a casar.

—¿Muy marciano?

—¡No! Vos sos la marciana, Gabriel no lo es. —Hernán se limpió las mejillas.

—Linda esperanza, entonces… ¡Pobre Gabriel!

Y reían. Reían a pesar de las patadas que la tristeza lanzaba por dentro. La costumbre de siempre los volvió a despedir: abrazos, silencios y algún que otro deseo de esperanza.

—No puedo volver a Rayén, voy atrasado y tengo que rendir. Quisiera estar con ellos, quisiera poder dividirme, pero no puedo, Nai.  Tengo que terminar y llevar esto como mejor me salga. —Titubeó, como si sus palabras fueran pecado—. Acá me distraigo, llevo ya tiempo y me gusta… Para mí estar allá es peor; no sólo me da tristeza… creo que me sentiría a medias, sin terminar lo que decidí empezar.

—Hernán, igual seguirás yendo.  Y volverás a sentir.  No es solo la ausencia de Santiago, sino que ya nada será igual a lo que fue. —Imágenes confusas volaron por el cerebro de Naiara, imaginando su vida sin Fede o Marcos.  La angustia le apretó el hígado y sentió el peso del esfuerzo que hacía por decir algo coherente, por intentar terminar las ideas sin romper en llanto—. Y vos, por más que te quedes acá para terminar lo que empezaste, tampoco volverás a ser el mismo.  Vas a hacer fuerza, Hernán, pero no vas a poder. —Hizo una pausa y tragó saliva—. Si desde un tren en marcha te empujan desde un vagón, ¿cómo caes en tierra firme sin lastimarte? Te vas a dañar, aunque te levantes y hayas tenido la suerte de no morir, tenés que sanar esa herida en tu cuerpo.  El tren venía muy rápido y te empujaron de golpe; aún estás en el suelo, dolido.  Aunque estudies, salgas de joda, te diviertas con quien quieras, no serás ese mismo que venía cómodamente sentado en el vagón del tren, disfrutando del paisaje con música en sus oídos.

—No quiero, Nai, ¡no quiero! —y la abrazó con fuerza—. Pero gracias. —Suspiró—. Te quiero tanto…

Para Hernán, esos días fueron alivio. Para Naiara, un remezón que le cuestionó aún más su existencia y las posibilidades que la vida le podía mostrar de un día para otro y, a veces, sin aviso.

 

 

Naiara llegó a Santa Clara temprano, Gabriel la esperaba junto al andén número 8. El de siempre. Aunque tenía pensado ir a trabajar, ya tenía el permiso para ausentarse.  Cuando entraron con Gabriel a su casa, Marcos estaba sentado en el sofá del comedor escuchando el nuevo CD de Soda Stereo, y Federico y María Luz, preparando unos mates en la cocina.  Fede salió a la entrada para saludar a Naiara, y ella sintió que sus pies se paralizaban. Les sonrió a los dos pero no estaba allí. Los tenía ante sus ojos, sanos, vivos y bien cerca.  Conteniendo la catarata sabor a miel que amenazaba con abrir de golpe el grifo, le apretó la mano a Gabriel con tanta fuerza que él comprendió al instante lo que sentía y devolvió el apretón con empatía. Fueron solo segundos que a Naiara le frenaron los latidos del corazón, hasta que Marcos la trajo de vuelta al levantarse de un salto y darle un beso.

—¿Cómo está Hernán, hermanita? No quiero ni pensar…

Fede se arrimó a darle un abrazo, y María Luz se acercó por detrás con un mate que elevaba humo a bienvenida.

—Nai, debes estar cansada. ¿Unos matecitos? —dijo María Luz, con esa sonrisa que parecía pintada en su semblante habitual, tan permanente y presente como la columna vertebral.

«María Luz debe haber nacido con una sonrisa», pensaba siempre Naiara, ni siquiera sospechando que la vida sería tan irónica con ella también, arrebatándole lo mismo que a Hernán unos años más tarde.

María Luz abrazó a Naiara sin preguntar más. El humo del mate caliente las envolvió en confianza y Naiara le susurró al oído: «Cuidalo a Fede, Luz. Cuidalo siempre». Sintió que los brazos de su cuñada le apretaban las costillas, y María Luz, sin dejar de sonreír, suspiró profundo, quizás adelantando unas lágrimas, esas que dejaría caer diez años después.

 

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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

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No hay FIN sin un GRACIAS

Después de tres años, en los cuales he sacrificado de mi tiempo y energía para con otros, creo que me merezco sentir gratitud. No solo por mi esfuerzo personal, sino por esos otros (la otredad de la que hablaba Cortázar, aquellos que no son yo ni caminan con mis zapatos), por los lugares y los momentos. Si el regalo son las manos que lo entregan, entonces, cada proyecto personal viene acompañado de esas manos que regalan, que han sido sostén, ánimo y aguante y seguirán siendo reflejo imborrable de lo que se esconde detrás de un proyecto literario.

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Si espero un libro para agradecer, pasará el tiempo y me iré vaciando de la gratitud que siento hoy mismo, cuando escribo la palabra FIN. Yo no tengo la vida comprada, sino que respiro cada día intentando disfrutar como si fuera el último. Para los agradecimientos no deberían existir esperas, aunque luego tengamos el tiempo necesario como para corregir mil veces esa última página; nunca se sabe.

Beatriz Gassull Forbes, por abrirme la cabeza y el corazón a fuerza de insistencia. «Hay historias que merecen ser contadas», me dijo hasta el cansancio. Y no me quedó más remedio que escucharla con apertura y hacerme cargo. Gracias por la cálida tortura.

A la India y su gente, que me permitieron revisar en pensamientos y emociones lo que ya tenía en mis manos y en papeles desordenados, pero que aún no estaba escrito. A Valeria, que me vio escribir cada mañana encerrada en una habitación pero observando Bombay con fascinación a través de ventanales que ella le prestó a mis ojos. Gracias.

A Barcelona, fuente inicial de inspiración que me dio plenitud y me regaló rincones en donde mis manos no daban abasto. Y con ella a mucha gente que aportó su cuota de optimismo; en especial, a mi primo Hernán, a Mariela y a Isabella, que me dieron lugar, paciencia, ánimo y respeto, y confiaron en que mis silencios y horas de escritura irían a parar a algún lugar, aunque no supieran dónde. La confianza en brindar apoyo y sostén más allá de las certezas no tiene precio ni devolución posible. A Eleonora Lanzillotta, que confió en mí para colaborar con su propio libro y proyecto en Crecer Criando (Crianza Inclusiva), y me animó a dar más pasos y a creer que lo que se quiere se logra. A Rodolfo Morales, que me brindó la posibilidad de un café cuando me faltaban lugares de lucha contra la desconfianza y las ganas de mandar todo a la mierda (literalmente). A Valeria Massei, por acompañarme a ser. A Alejandro Borgarello, que desde el día que me conoció por casualidad o causalidad no ha parado de preguntar y dar ánimo, cerca y a la distancia. A Damián, por darme un gran ejemplo con su historia de vida. Gracias.

A Peñíscola, por ser un paraíso en donde cualquier escritor desearía volcar palabras. Si no hubiera pasado por allí largo tiempo, no habría hoy manuscrito posible. En ella a Bettina, por ser la cálida voz uruguaya que siempre me dijo y me dice: «boluda, no veo la hora de leerte», y si lo que escribo resulta mediocre, ella me empuja hacia adelante para que cambie. Gracias.

A Mendoza, antes, durante y después. En ella a mi familia, para los cuales debo ser un marciano de Marte que no encaja en las reuniones, en los eventos, en la vida diaria. Mientras ellos desayunan, yo escribo. Mientras ellos preparan asados, yo escribo. Mientras ellos festejan cumpleaños, me dan el permiso tácito (y no les queda otra opción, pobres seres) de retirarme una hora a desaparecer por completo porque saben que para mí es un trabajo. Gracias.

A mis primas Mariana y Cocó, que me prestaron sus hogares para que yo me concentrara y pudiera avanzar en paz. No fui yo quien pidió asilo, sino ellas que me ofrecieron el espacio; yo a eso lo llamo reconocimiento: «te doy lo que te puedo ofrecer para colaborar con tu vida». A mis hermanos y a mis cuñadas, por haber hecho lo mismo. A Mariella, porque no deja de alentarme como si se le fuera la vida en ello.  Y a Milagros —que insiste en llamarse María Emilia—, por el mismo motivo. Gracias.

A mis incondicionales amigas desparramadas por el mundo pero con el mismo origen: mis «Mendoza no duerme». La cantidad de artículos, talleres, novedades literarias y confianza que me han sugerido en estos años la he atesorado y estrujado al máximo, con la gratitud que siento porque me dan palmadas y patadas en la espalda y en el traste para que diga lo que tengo que decir, caiga quien caiga. Las adoro por eso y tanto más. Gracias.

A Lorena y a Elira, que se han emocionado hasta las lágrimas desde que las conocí y hasta el día de la fecha,; me hacen sentir en la obligación de mejorar y hacer algo que valga la pena. Si no es por excelencia, al menos por el hecho de superarme a mí misma. Gracias.

A Claudia Lapira, porque confió siempre en un «sí» antes de que fuera realidad, antes de que yo misma supiera con consciencia lo que estaba por hacer, hace ya años. Gracias.

A Gustavo, a Daniel y a varios amigos hombres que me ayudaron con la parte masculina que necesitaba para crear un personaje complejo, aceptando responder a mis preguntas ridículas y hasta comprometidas, sonriendo con un «todo sea por vos». Qué sería yo —mujer— sin ustedes. Gracias. Al escritor Cristian Lagiglia, especialmente, por haberme regalado un libro que me cambió la manera de verme a mí misma y de resolver el desorden de mi creatividad que no tenía un destino ni clara consciencia. Por su confianza extrema en mis letras y su asesoría gratuita a cambio de cervezas y risas. Gracias.

A Neuquén. En ella a Karina, por su confianza trece años atrás, cuando me leía y me empujaba a que hiciera algo con eso que ella leía. A Valeria Fernández, que cuando éramos adolescentes me decía: «vos deberías escribir»; creo que me reí a carcajadas (ella nunca supo que yo ya escribía). Escuchar a los amigos cuando hablan o cuando callan es de sabios, pero yo lo aprendí solo con el tiempo y la experiencia. A Carina Hernando, que se ríe a la par de mis locuras y confía no solo en quien he aprendido a ser, sino en quien puedo llegar a convertirme. Con ellas, a todo un grupo de amigas y amigos que me impulsan a ser mejor, mandándome material en privado para que descubra, lea, aprenda y me supere. A los bellos escritores con quienes compartí la labor de escribir, corregir y editar un libro de cuentos, relatos y poemas de muchos escritores neuquinos y «extranjeros» que eligieron la Patagonia Argentina como casa e inspiración. Mi agradecimiento hacia ellos es infinito, por la confianza, por el apoyo, por el respeto a las letras y también a los intentos fallidos. A Priscilla por ser quien es, y encima, enseñarme los secretos que ella como escritora desparrama con humildad y sabiduría. A Mariale, porque de ella robé los nombres de los personajes principales sin que se enterara a tiempo. Yo vivía en Barcelona, ella en Neuquén; cuando supo, pegó un grito de alegría. Ellos también te agradecen haberse materializado.  Te debemos una, dos y mil, querida Mery. A Verónica Moni Argento, que me prestó una habitación, una computadora, una perra compañera y un rincón de su mesa para que yo tecleara hasta el cansancio o se me adormeciera la mano derecha con tal de avanzar y sacarle jugo al tiempo. El valor del tiempo… creo que las dos lo entendimos de la misma forma. Me ayudó en todo el proceso esos meses, aguantando mis horarios marcianos y mis silencios infinitos. Y a mucha gente que no menciono aquí pero que estuvo detrás un año entero, preguntando, ofreciendo, escuchando. Gracias.

A Santiago de Chile, por esos rincones hermosos que me acercaron al final. Yo soy bicho de ciudad, y a las ciudades las exprimo y de cada rincón me llevo algo que pasa a ser mío. Cuando escribo, queda en mí el recuerdo de las imágenes que me rodearon en cada párrafo. En Santiago, a Claudia y a Eduardo, que también me cedieron su espacio para que yo estuviera horas dándole forma a capítulos nuevos, tachando y elaborando sueños. No fue solo el espacio; fue un zamarrón que para suerte mía llegó sin terremotos, pero que interiormente me sacudió el corazón para llegar a un final con decisión y compromiso. Gracias. A María Pitufina, que me regaló el último cuaderno que utilicé para terminar un manuscrito. Gracias.

A Verónica Viglierchio, Valeria Arias, Natalia Lodi, Virginia Riccio y Luis Escudero, por haber sido fuente de luz, de claridad, de alas en mi camino. Influyeron de forma positiva y amorosa en cada paso que di entre papeles. Sin este tipo de gente, también se pueden escribir muchísimas cosas, pero con ellos detrás no existen los bloqueos ni las hojas en blanco. Ellos me ayudaron a mirarME, y ese es uno de los regalos más hermosos que puedo recibir como ser humano y como escritora. Gracias.

A Gastón, por guardarme un primer borrador en silencio, en un lugar secreto y con confianza. Y por mostrarme un lado de la vida que me permitió entenderme mejor y construir caminos nuevos que no imaginaba para mi vida. Gracias.

A Mariana Laura, porque cuatro días antes de que ella naciera yo ya la conocía, y me buscó para dictarme diálogos y me empujó a ser quien soy entre recreos y distancias; no pasa un solo día en que ella no «controle» si estoy siendo quien estoy destinada a ser, y me encargo de devolver lo mismo. Es un compromiso, y en ese compromiso hay amor. Para escribir con total libertad y sinceridad se necesita mucho amor. Gracias.

A Hugo y a Beba (mis padres). Primero, por darme esta vida y educación, y luego por permitirme rayar papeles cuando apenas pude ponerme en pie; por darme la libertad de escribir en las pinturas y empapelados de mi habitación apenas pedí permiso. Adolescente y sin consciencia, necesitaba mirar lo que escribía. Qué mejor que despertar con frases, poemas y delirios propios inundando mi espacio más íntimo, el lugar donde la vida ya me parecía feliz porque yo sí podía escribir en grande y con colores sobre mis paredes. Gracias.

Nobleza obliga: a todos los profesores que puteé y admiré en la Facultad de Filosofía y Letras. Siento, desde el fondo de mi alma y como nunca antes, que puedo decirles GRACIAS en mayúsculas, por haberme obligado a destripar mi cerebro y corazón para que leyera, analizara y me pasara noches en vela intentando descifrar a los grandes, a los «monstruos» de la literatura que en ese entonces no entendía; de ellos sigo aprendiendo. Gracias.

Dicho lo dicho, me retiro a descansar, porque ellos también me piden un descanso. Están tan agotados como yo, porque han sufrido lo suyo, han reído, han tropezado y han aprendido a la par mía que de las historias propias y ajenas se rescata lo mejor y lo peor para darle un sentido a la vida. Y aunque los leyera solo mi madre, ya habrá valido mi esfuerzo su existencia. Mi mayor agradecimiento a las personas que me sirvieron de inspiración constante, sin darse cuenta y sin saberlo, para que yo imaginara y creara sin descanso. Gracias.

Y a ustedes/vosotros, por estar ahí detrás y permitirme leer lo que hacen, y sonreír, reír a carcajadas o emocionarme con palabras ajenas, muchas de ellas, mejores que las mías. De todos aprendo. Gracias.

La palabra «fin» NO es el fin de una historia real, pero se asemeja a muchas historias reales que conozco; cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. 😉

Infinitas gracias a todos.

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Carpe Diem

El consultorio estaba situado en un piso alto desde el que se veían el mar reluciendo a lo lejos y la pendiente de la calle Muntaner punteada de tranvías que resbalaban hasta el Ensanche entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Sus salas estaban decoradas con gusto exquisito. Sus cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y paz. Sus estanterías estaban repletas de libros imponentes rezumando autoridad. Sus enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquél era un purgatorio para bolsillos pudientes.

—El doctor le verá ahora, señor Martín.

El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Ojos grises y penetrantes tras lentes montados al aire. Sonrisa cordial y afable, nunca frívola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a lidiar con la muerte, y cuanto más sonreía, más miedo daba. Por el modo en que me hizo pasar y tomar asiento tuve la impresión de que, aunque días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había aclarado de recientes avances científicos y médicos que permitían albergar esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por lo que a él concernía no había dudas.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa.

—Dígamelo usted.

Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador.

—Me dice la enfermera que es usted escritor, aunque veo aquí que al rellenar el cuestionario de ingreso puso que era mercenario.

—En mi caso no hay diferencia alguna.

—Creo que algunos de mis pacientes es lector suyo.

—Confío en que el daño neurológico causado no haya sido permanente.

El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese gracioso y adoptó un ademán más directo que daba a entender que los amables y banales prolegómenos de la conversación habían terminado.

—Señor Martín, veo que ha venido usted solo. ¿No tiene usted familia inmediata? ¿Esposa? ¿Hermanos? ¿Padres que vivan todavía?

—Eso suena un tanto fúnebre —aventuré.

—Señor Martín, no le voy a mentir. Los resultados de las primeras pruebas no son todo lo halagüeños que esperábamos.

Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada.

—Todo apunta a que tiene usted un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo de su cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió hacían temer y todo parece indicar que podría tratarse de un carcinoma.

Durante unos segundos fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa.

—¿Cuánto hace que lo tengo?

—Es imposible saberlo a ciencia cierta aunque me atrevería a suponer que el tumor lleva creciendo desde hace bastante tiempo, lo cual explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo.

Respiré profundamente, asintiendo. El doctor me observaba con aire paciente y benévolo, dejando que me tomase mi tiempo. Intenté empezar varias frases que no llegaron a aflorar a mis labios. Finalmente nuestras miradas se encontraron.

—Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá cuál es el tratamiento que tengo que seguir.

Vi que los ojos se le inundaban de desesperanza y que se daba entonces cuenta de que yo no había querido entender lo que me estaba diciendo. Asentí de nuevo, combatiendo la náusea que empezaba a escalarme la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo tendió. Lo apuré de un trago.

—No hay tratamiento —dije yo.

—Lo hay. Hay muchas cosas que podemos hacer para aliviar el dolor y para garantizarle a usted la máxima comodidad y tranquilidad…

—Pero voy a morir.

—Sí.

—Pronto.

—Posiblemente.

Sonreí para mí. Incluso las peores noticias son un alivio cuando no pasan de ser una confirmación de algo que uno ya sabía sin querer saberlo.

—Tengo veintiocho años —dije, sin saber muy bien por qué.

—Lo siento, señor Martín. Me gustaría poder darle otras noticias.

Sentí que finalmente había confesado una mentira o un pecado venial y que la losa del remordimiento se levantaba de un plumazo.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio a lo sumo.

Su tono daba a entender claramente que aquél era un pronóstico más que optimista.

—¿Y de ese año, o lo que sea, cuánto tiempo cree usted que puedo conservar mis facultades para trabajar y valerme por mí mismo?

—Es usted escritor y trabaja con su cerebro. Lamentablemente ahí es donde está localizado el problema y ahí es donde nos encontraremos con limitaciones.

—Limitaciones no es un término médico, doctor.

—Lo normal es que a medida que avance la enfermedad los síntomas que ha venido usted experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia y que, a partir de cierto momento, deba usted ingresar en un hospital para que podamos hacernos cargo de su cuidado.

—No podré escribir.

—No podrá ni pensar en escribir.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Nueve o diez meses. Tal vez más, tal vez menos. Lo siento mucho, señor Martín.

Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire.

—Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le estoy diciendo, pero es importante que tomemos medidas cuanto antes…

—No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.

-CARLOS RUIZ ZAFÓN- (El Juego del Ángel)


Nunca sabes cuánto tiempo te queda…

DISFRUTA.

Y ESCRIBE.

-Poli Impelli-

Narrador entrometido

Ay…, amigos míos… si pudieran verlos, si pudieran explorar en las pasiones, deseos y razones de Naiara y Hernán, para comprender los porqués de sus sentires y caminos, ¡tan diversos como unidos!

Naiara se dejó vencer y se arropó en el aroma de un café colombiano, cargado de un sabor intenso y exquisito. El café llegó a su boca algo caliente, apenas rozando su paladar para escalar en su garganta entre unos besos, palabras y caricias. Y ella… ella saboreó cada gotita y cada trago, y sabiendo que era poco lo querido se deleitó con la sorpresa de cambiar tanta cerveza por un sabor desconocido. Él le desnudó hasta la sombra, ella le ofreció abrigo.

Hernán llegó a las 8, tan puntual que le dio miedo; mordió sus labios casi al punto de dudar de su elección y de su intento. ¿Qué más necesitaba? Era el sabor que le entregaba una manzana tan prohibida, el alcance, tierra fértil y siembra fácil, pero de instintos que él aún desconocía. Ella abrió el portón de su escondite casi arrebatando el aire, en desnudez casi desnuda, se abalanzó a sus labios y le arrancó hasta el lunar oscuro donde descansaban sus miserias. Él no tuvo tiempo de sentir ni de pensar en el sabor que le esperaba; de un golpe seco cerró la puerta, en tiempo escaso, el mismo que le llevó amarrar las piernas de ella en su regazo. No hubo pausas ni palabras, no hubo aromas ni sonrisas. Faltos de cama y de caricias, sobraron embestidas, gemidos y silencios.

Ay…, amigos míos… ¿Quién entiende a aquellos locos, que se jactan de tener y están vacíos?

Naiara con la luna de Colombia durmió en calma, aunque sintió gemir a Hernán en sus suspiros. Hernán, en aquel sur tan frío y rancio, hubiera deseado amor del bueno, las sonrisas de Naiara, un aroma que dejara hasta en sus venas buena vida y un puñado de esperanza ante el destino tan tardío.

Ay…, amigos míos… ¡qué vueltas raras tiene a veces la vida! El egoísmo de mirar la punta del ombligo, destruir las chances de fluir sabiendo ser, y adormecer amores que danzan en silencios sin sonido.

(Extracto de un narrador entrometido. 2014. Abrazo Infinito)

-Poli Impelli-

 

 

La mente secreta (Ray Bradbury)

          […] La deliberación es enemiga de todo arte, sea la actuación, la escritura, la pintura o la propia vida, que es el arte más grande.

He aquí, pues, mi teoría. Los escritores andamos en lo siguiente:

Construimos tensiones que apuntan a la risa, luego damos permiso y la risa surge.

Construimos tensiones que apuntan a la pena y al fin decidimos llorar con la esperanza de que el público rompa en lágrimas.

Construimos las extrañas tensiones del amor, donde tantas de las otras tensiones se combinan para ser modificadas y trascendidas, y permitimos que fructifiquen en la mente del público.

Construimos tensiones, en especial hoy en día, que apuntan a la repulsión y luego, si somos buenos, talentosos, observadores, permitimos que el público sienta náuseas.

Cada tensión busca su fin, descarga y relajación propios y adecuados. Se concluye que, estética y prácticamente, toda tensión ha de ser liberada alguna vez. Sin esto cualquier arte queda incompleto, a medio camino de su objetivo. Y en la vida real, como sabemos, el fracaso de aflojar una tensión particular puede llevar a la locura.

Hay excepciones evidentes, novelas u obras que terminan en el apogeo de la tensión; pero la descarga está implícita. Se pide al público que salga al mundo y haga estallar una idea. El acto final pasa del creador al lector–espectador, cuya tarea es agotar las risas, las lágrimas, la violencia, la sexualidad o la repulsión. Desconocer esto es desconocer la esencia de la creatividad, que es, en el fondo, la esencia del hombre.

[…]

No me cuentes chistes sin objeto. Me reiré de tu rechazo a permitirme reír.

No me acumules tensión que apunta a las lágrimas y me niegues después que me queje.

Iré a buscar mejores muros de lamentos.

No me cierres los puños y me escondas después el blanco. Podría pegarte yo a ti.

Sobre todo, no me provoques náuseas a menos que me muestres el camino a la cubierta del barco. Porque, haz el favor de entender, que si me envenenas tengo que sentir náuseas.

Mucha gente, me parece a mí, que escribe la película del asco, la novela del asco, la obra del asco, ha olvidado que el veneno destruye la mente tanto como destruye la carne. La mayoría de los frascos de veneno llevan recetas de eméticos impresas en sus etiquetas. Por indolencia, ignorancia o incapacidad, los nuevos Borgias intelectuales nos meten bolas de pelo en la garganta y nos niegan la convulsión que podría hacernos bien. Han olvidado, si alguna vez lo tuvieron, el antiguo saber de que sólo pasando por un verdadero malestar es posible recuperar la salud. Hasta las bestias saben cuándo es el momento del vómito. Enseñadme pues a sentir náuseas, en el momento y lugar justos, para que pueda volver a los campos, y con los perros sabios y sonrientes, estar instruido y poder masticar dulce hierba».

Ray D. Bradbury (Illinois, 1920 – Los Ángeles, 2012). Ensayo: La mente secreta (1965). Extraído de sus ensayos en Zen en el arte de escribir.

«Mucha gente escucha voces cuando no hay nadie allí. A algunos de ellos se les llama “locos”, y son encerrados en habitaciones en donde miran fijo las paredes durante todo el día. A otros se los llama “escritores”, y suelen hacer más o menos lo mismo».

2014-08-18-raybradburyquotes5

El amor es fácil, y a mí me encanta escribir. Uno no puede resistirse al amor. Uno tiene una idea, alguien dice algo, y uno se enamora. 

 

– Poli Impelli –

Tú y vos

―Me gusta cuando me hablas de . Te acercas más a mí… ―le dijo Gustavo al oído en un susurro.

Naiara recordó las palabras de Hernán: Qué bronca siento cuando usas términos de allá, no siempre te entiendo…

La línea delgada del horizonte que divide mente y corazón la empujaba a elegir palabras para expresar amor en un mismo idioma, para poder acercar su voz a cada persona diferente. Aunque en verdad ella conocía el poder de las palabras, a veces lo olvidaba. Un y un vos acercaban o alejaban, según las circunstancias.

– Poli Impelli –