De cambios… y en colores

Después de una gran mudanza, que me llevó a unos «poquitos» kilómetros y sumó algún que otro cambio (idioma, clima, diferencia horaria, costumbres, gente, desaprender lo aprendido, volver a aprender lo olvidado, en fin… eso que vivimos todos los días), decidí cambiar mi sitio virtual, también. No es que cambie mis abrazos infinitos; esos ya son sello mío y serán dados y recibidos con gusto y en toneladas. Solo cambia la casa, tal cual lo hago en mi vida, pero lo que llevo dentro es lo que me mueve, lo que me hace salir de mi zona de confort. Y como no podía con mi genio (y porque me gusta ser fiel a los cambios) es que incluyo mi escritura como partecita vital de mis transformaciones.

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Ya quisiera tener esta habilidad para saltar de un lugar a otro…

Todo queda igual y en familia, pero ahora me encontrarás en www.poliimpelli.com

Adentro seguirás sintiendo abrazos, de los infinitos, y será un placer que los puedas compartir conmigo.

No he tenido mucho tiempo (esto de cruzar océanos tiene su encanto…). Sin embargo, algo pude hacer para darte la bienvenida, si es que quieres seguir a mi lado. Este lugar (www.abrazoinfinito.wordpress.com) dejará de existir de a poquito, cuando me vayan acompañando en mi nueva casa.

Aquí los invito desde hoy: Poli Impelli

Como siempre y una vez más, GRACIAS por leerme y por todo el cariño que llega desde tantas partes del mundo. Es caricia al alma, responsabilidad para mis letras, felicidad a mis manos y, de paso, un regalo que me permite devolver lo que tengo para dar.

Que reciban lo mejor de la vida (y un poquito más), y espero estén sonriendo como yo. Abrazos infinitos.

Poli Impelli

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Adelántate

Mantente presente.
El día, la hora, el momento en que menos lo esperes, todo (o al menos eso que tanto te preocupa) se acomodará. Y en ese momento te darás cuenta qué es lo que realmente vale para ti y qué no. Te importará mucho más lo que tú pienses de ti mismo que lo que tu entorno piensa de ti. Recordarás con una leve sonrisa el tiempo en que todo parecía perdido, cuando «todo era una gran desastre» y creías que no había salida ni remedio posible. Porque todo lo malo termina. Lo bueno, también. Por lo tanto, no te aferres a nada y vive más liviano, más suelto. Te vas a morir, de todos modos, y eso que te ha pasado tenía que suceder para que llegaras a ser la persona que eres hoy, y que puede comprobar con sus propias vivencias el hecho real y tangible de que todo pasa. Todo, si tú lo deseas.
Vas a sonreír. Sonreirás con gratitud. Adelántate a los hechos; aunque sea en soledad frente a un espejo: sonríe. 

-Poli Impelli-

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Comparte si deseas, pero respeta mis derechos de autor. ¡Gracias!

 

Dicha

El placer de ser inadecuada, de levantar mi voz sin miedo.

La paz de preferir ser feliz antes que tener razón, y ver tranquila desde afuera cómo se matan empuñando egos.

La dicha de no sentir vergüenza por hacerle honor a mis vicios y por comer sin cubiertos.

La sonrisa que cubre mi rostro por gemir hasta que te dan espasmos y te asustas, y te preguntas si aún estás vivo con esa cara de espanto.

El deleite de moverme sin ritmo, de vomitar palabras y lágrimas al mismo tiempo. La satisfacción de poder reírme a carcajadas en un velorio y de poder llorar en un orgasmo.

El regocijo de sentirme completa para no necesitar de otras mitades. El gusto de ser yo y de que me importe tan poco lo que pienses o digas.

El gozo de poder decir «NO» aunque luego tenga que pagar las consecuencias. El placer de haber querido tanto y tantas veces para darme cuenta de que en mi lista siempre voy primera.

La fortuna de poder decir: «yo pago esta vez» y no sentirme más ni menos por ello.

El deleite de no empeñarme en complacer convencionalismos ni tradiciones ni «comprar» lo que el resto ofrece.

La diversión de no ponerle límites a nada, de cagarme de risa de mis defectos y de mis miedos.

La bendición de poder cocinar en pelotas, rascarme el culo un domingo en la mañana sin ninguna responsabilidad ajena o propia sobre mis hombros, y de estar lista para mí misma cuando estés por aparecer de la nada.

La felicidad de poder pisar descalza esta tierra, de no tener que llevar tacos por haber nacido mujer ni andar incómoda en mi camino, y de poder expresar a gritos que yo sí sencilla antes que muerta.

La rara sensación bien entendida por ser esa mujer a la que tanto temen, pero que extrañan en silencios y llaman aunque pasen años, porque están agotados de tanto plástico y sumisión buena, bonita y barata.

El inmenso placer de ser la más puta o la más santa, la más prudente o la altitonante, la más agnóstica o la creyente, la más ilusa o la intuitiva, la más mujer y la más hombre al mismo tiempo, cuando soy solo yo decidiendo.

En fin. Una gran dicha que justo, justo a mí, me haya tocado ser tan YO.

– Poli Impelli –

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No hay FIN sin un GRACIAS

Después de tres años, en los cuales he sacrificado de mi tiempo y energía para con otros, creo que me merezco sentir gratitud. No solo por mi esfuerzo personal, sino por esos otros (la otredad de la que hablaba Cortázar, aquellos que no son yo ni caminan con mis zapatos), por los lugares y los momentos. Si el regalo son las manos que lo entregan, entonces, cada proyecto personal viene acompañado de esas manos que regalan, que han sido sostén, ánimo y aguante y seguirán siendo reflejo imborrable de lo que se esconde detrás de un proyecto literario.

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Si espero un libro para agradecer, pasará el tiempo y me iré vaciando de la gratitud que siento hoy mismo, cuando escribo la palabra FIN. Yo no tengo la vida comprada, sino que respiro cada día intentando disfrutar como si fuera el último. Para los agradecimientos no deberían existir esperas, aunque luego tengamos el tiempo necesario como para corregir mil veces esa última página; nunca se sabe.

Beatriz Gassull Forbes, por abrirme la cabeza y el corazón a fuerza de insistencia. «Hay historias que merecen ser contadas», me dijo hasta el cansancio. Y no me quedó más remedio que escucharla con apertura y hacerme cargo. Gracias por la cálida tortura.

A la India y su gente, que me permitieron revisar en pensamientos y emociones lo que ya tenía en mis manos y en papeles desordenados, pero que aún no estaba escrito. A Valeria, que me vio escribir cada mañana encerrada en una habitación pero observando Bombay con fascinación a través de ventanales que ella le prestó a mis ojos. Gracias.

A Barcelona, fuente inicial de inspiración que me dio plenitud y me regaló rincones en donde mis manos no daban abasto. Y con ella a mucha gente que aportó su cuota de optimismo; en especial, a mi primo Hernán, a Mariela y a Isabella, que me dieron lugar, paciencia, ánimo y respeto, y confiaron en que mis silencios y horas de escritura irían a parar a algún lugar, aunque no supieran dónde. La confianza en brindar apoyo y sostén más allá de las certezas no tiene precio ni devolución posible. A Eleonora Lanzillotta, que confió en mí para colaborar con su propio libro y proyecto en Crecer Criando (Crianza Inclusiva), y me animó a dar más pasos y a creer que lo que se quiere se logra. A Rodolfo Morales, que me brindó la posibilidad de un café cuando me faltaban lugares de lucha contra la desconfianza y las ganas de mandar todo a la mierda (literalmente). A Valeria Massei, por acompañarme a ser. A Alejandro Borgarello, que desde el día que me conoció por casualidad o causalidad no ha parado de preguntar y dar ánimo, cerca y a la distancia. A Damián, por darme un gran ejemplo con su historia de vida. Gracias.

A Peñíscola, por ser un paraíso en donde cualquier escritor desearía volcar palabras. Si no hubiera pasado por allí largo tiempo, no habría hoy manuscrito posible. En ella a Bettina, por ser la cálida voz uruguaya que siempre me dijo y me dice: «boluda, no veo la hora de leerte», y si lo que escribo resulta mediocre, ella me empuja hacia adelante para que cambie. Gracias.

A Mendoza, antes, durante y después. En ella a mi familia, para los cuales debo ser un marciano de Marte que no encaja en las reuniones, en los eventos, en la vida diaria. Mientras ellos desayunan, yo escribo. Mientras ellos preparan asados, yo escribo. Mientras ellos festejan cumpleaños, me dan el permiso tácito (y no les queda otra opción, pobres seres) de retirarme una hora a desaparecer por completo porque saben que para mí es un trabajo. Gracias.

A mis primas Mariana y Cocó, que me prestaron sus hogares para que yo me concentrara y pudiera avanzar en paz. No fui yo quien pidió asilo, sino ellas que me ofrecieron el espacio; yo a eso lo llamo reconocimiento: «te doy lo que te puedo ofrecer para colaborar con tu vida». A mis hermanos y a mis cuñadas, por haber hecho lo mismo. A Mariella, porque no deja de alentarme como si se le fuera la vida en ello.  Y a Milagros —que insiste en llamarse María Emilia—, por el mismo motivo. Gracias.

A mis incondicionales amigas desparramadas por el mundo pero con el mismo origen: mis «Mendoza no duerme». La cantidad de artículos, talleres, novedades literarias y confianza que me han sugerido en estos años la he atesorado y estrujado al máximo, con la gratitud que siento porque me dan palmadas y patadas en la espalda y en el traste para que diga lo que tengo que decir, caiga quien caiga. Las adoro por eso y tanto más. Gracias.

A Lorena y a Elira, que se han emocionado hasta las lágrimas desde que las conocí y hasta el día de la fecha,; me hacen sentir en la obligación de mejorar y hacer algo que valga la pena. Si no es por excelencia, al menos por el hecho de superarme a mí misma. Gracias.

A Claudia Lapira, porque confió siempre en un «sí» antes de que fuera realidad, antes de que yo misma supiera con consciencia lo que estaba por hacer, hace ya años. Gracias.

A Gustavo, a Daniel y a varios amigos hombres que me ayudaron con la parte masculina que necesitaba para crear un personaje complejo, aceptando responder a mis preguntas ridículas y hasta comprometidas, sonriendo con un «todo sea por vos». Qué sería yo —mujer— sin ustedes. Gracias. Al escritor Cristian Lagiglia, especialmente, por haberme regalado un libro que me cambió la manera de verme a mí misma y de resolver el desorden de mi creatividad que no tenía un destino ni clara consciencia. Por su confianza extrema en mis letras y su asesoría gratuita a cambio de cervezas y risas. Gracias.

A Neuquén. En ella a Karina, por su confianza trece años atrás, cuando me leía y me empujaba a que hiciera algo con eso que ella leía. A Valeria Fernández, que cuando éramos adolescentes me decía: «vos deberías escribir»; creo que me reí a carcajadas (ella nunca supo que yo ya escribía). Escuchar a los amigos cuando hablan o cuando callan es de sabios, pero yo lo aprendí solo con el tiempo y la experiencia. A Carina Hernando, que se ríe a la par de mis locuras y confía no solo en quien he aprendido a ser, sino en quien puedo llegar a convertirme. Con ellas, a todo un grupo de amigas y amigos que me impulsan a ser mejor, mandándome material en privado para que descubra, lea, aprenda y me supere. A los bellos escritores con quienes compartí la labor de escribir, corregir y editar un libro de cuentos, relatos y poemas de muchos escritores neuquinos y «extranjeros» que eligieron la Patagonia Argentina como casa e inspiración. Mi agradecimiento hacia ellos es infinito, por la confianza, por el apoyo, por el respeto a las letras y también a los intentos fallidos. A Priscilla por ser quien es, y encima, enseñarme los secretos que ella como escritora desparrama con humildad y sabiduría. A Mariale, porque de ella robé los nombres de los personajes principales sin que se enterara a tiempo. Yo vivía en Barcelona, ella en Neuquén; cuando supo, pegó un grito de alegría. Ellos también te agradecen haberse materializado.  Te debemos una, dos y mil, querida Mery. A Verónica Moni Argento, que me prestó una habitación, una computadora, una perra compañera y un rincón de su mesa para que yo tecleara hasta el cansancio o se me adormeciera la mano derecha con tal de avanzar y sacarle jugo al tiempo. El valor del tiempo… creo que las dos lo entendimos de la misma forma. Me ayudó en todo el proceso esos meses, aguantando mis horarios marcianos y mis silencios infinitos. Y a mucha gente que no menciono aquí pero que estuvo detrás un año entero, preguntando, ofreciendo, escuchando. Gracias.

A Santiago de Chile, por esos rincones hermosos que me acercaron al final. Yo soy bicho de ciudad, y a las ciudades las exprimo y de cada rincón me llevo algo que pasa a ser mío. Cuando escribo, queda en mí el recuerdo de las imágenes que me rodearon en cada párrafo. En Santiago, a Claudia y a Eduardo, que también me cedieron su espacio para que yo estuviera horas dándole forma a capítulos nuevos, tachando y elaborando sueños. No fue solo el espacio; fue un zamarrón que para suerte mía llegó sin terremotos, pero que interiormente me sacudió el corazón para llegar a un final con decisión y compromiso. Gracias. A María Pitufina, que me regaló el último cuaderno que utilicé para terminar un manuscrito. Gracias.

A Verónica Viglierchio, Valeria Arias, Natalia Lodi, Virginia Riccio y Luis Escudero, por haber sido fuente de luz, de claridad, de alas en mi camino. Influyeron de forma positiva y amorosa en cada paso que di entre papeles. Sin este tipo de gente, también se pueden escribir muchísimas cosas, pero con ellos detrás no existen los bloqueos ni las hojas en blanco. Ellos me ayudaron a mirarME, y ese es uno de los regalos más hermosos que puedo recibir como ser humano y como escritora. Gracias.

A Gastón, por guardarme un primer borrador en silencio, en un lugar secreto y con confianza. Y por mostrarme un lado de la vida que me permitió entenderme mejor y construir caminos nuevos que no imaginaba para mi vida. Gracias.

A Mariana Laura, porque cuatro días antes de que ella naciera yo ya la conocía, y me buscó para dictarme diálogos y me empujó a ser quien soy entre recreos y distancias; no pasa un solo día en que ella no «controle» si estoy siendo quien estoy destinada a ser, y me encargo de devolver lo mismo. Es un compromiso, y en ese compromiso hay amor. Para escribir con total libertad y sinceridad se necesita mucho amor. Gracias.

A Hugo y a Beba (mis padres). Primero, por darme esta vida y educación, y luego por permitirme rayar papeles cuando apenas pude ponerme en pie; por darme la libertad de escribir en las pinturas y empapelados de mi habitación apenas pedí permiso. Adolescente y sin consciencia, necesitaba mirar lo que escribía. Qué mejor que despertar con frases, poemas y delirios propios inundando mi espacio más íntimo, el lugar donde la vida ya me parecía feliz porque yo sí podía escribir en grande y con colores sobre mis paredes. Gracias.

Nobleza obliga: a todos los profesores que puteé y admiré en la Facultad de Filosofía y Letras. Siento, desde el fondo de mi alma y como nunca antes, que puedo decirles GRACIAS en mayúsculas, por haberme obligado a destripar mi cerebro y corazón para que leyera, analizara y me pasara noches en vela intentando descifrar a los grandes, a los «monstruos» de la literatura que en ese entonces no entendía; de ellos sigo aprendiendo. Gracias.

Dicho lo dicho, me retiro a descansar, porque ellos también me piden un descanso. Están tan agotados como yo, porque han sufrido lo suyo, han reído, han tropezado y han aprendido a la par mía que de las historias propias y ajenas se rescata lo mejor y lo peor para darle un sentido a la vida. Y aunque los leyera solo mi madre, ya habrá valido mi esfuerzo su existencia. Mi mayor agradecimiento a las personas que me sirvieron de inspiración constante, sin darse cuenta y sin saberlo, para que yo imaginara y creara sin descanso. Gracias.

Y a ustedes/vosotros, por estar ahí detrás y permitirme leer lo que hacen, y sonreír, reír a carcajadas o emocionarme con palabras ajenas, muchas de ellas, mejores que las mías. De todos aprendo. Gracias.

La palabra «fin» NO es el fin de una historia real, pero se asemeja a muchas historias reales que conozco; cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. 😉

Infinitas gracias a todos.

– Poli Impelli –

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Repitiéndome

Con el paso del tiempo no solo las arrugas reflejan el caminar de un calendario, sino este tema de repetirse y repetirse. No tengo Alzheimer —todavía—, creo que es solo una cuestión de actitud, como dice Fito. Me repito de nuevo, año tras año, porque sigo sintiendo y pensando lo mismo, acrecentado por la terquedad propia de la edad. Así somos «los viejos».

Me encantan los lunes, cuando mi cuerpo se pone en marcha esperado una semana más de incertidumbre.
Me encanta la gente con buena onda, con buena vibra, que fluyen con la vida y que cuando caen putean con ganas, sabiéndose humanos por lo que les pasa, con la humildad de los «Grandes».
Me encantan los hacedores, constructores, manufactureros, valientes, arquitectos de sus vidas, que no fabrican para testear si se caen las estructuras sino que aseguran firmemente los cimientos para forjar algo sólido, duradero, bello, en cualquier plano de sus vidas, sea como sea que elijan.
Me encantan las personas que intentan una sonrisa cuando saben que el clima está gris y adentro hay tormentas.
Me encanta la gente que invierte su tiempo con creatividad y con algo de desatino.
Me gusta la gente loca, que se permite desobedecer sus propios mandatos para rebelarse contra sí misma.
Me encanta la gente que tiene algo para decir, y lo dice en voz alta, sin espionajes ni mensajes ocultos, pero con respeto por quienes leen y escuchan.
Me encanta la diversidad. Si no fuera por ello… ¡qué aburrido sería este mundo!
Me fascina la admiración que me provoca observar los talentos ajenos, distintos a los míos, y que me muestren con su arte todo lo que yo no puedo ni podría hacer, simplemente porque conozco mis limitaciones. Y por supuesto, me encanta compartir los míos.
Me encanta tener mucha de esta gente en mi mundo y sentirme tan agradecida por ellos. Les sigo deseando mil sonrisas, unos cuántos tropiezos más (no vaya a ser que perdamos la costumbre), y que sigan en rebelión constante cuestionándose a sí mismos.
¡Ah! Me encantan mis livianos desayunos y me siento agradecida, porque hay un número incontable de gente en este mundo que no pueden siquiera darse el lujo.
Seguramente, siempre haya mucho que te haga vibrar, que te aleje de los miedos, y por lo cual sentirte agradecido/a.
Que te llegue el doble de lo que das. Observa muy bien lo que das; puede que ahí esté «tu suerte».

Feliz día para todos. 

– Poli Impelli –

¿De qué hablas cuando hablas?

Son divertidas las conversaciones banales y simples, en donde cruzas risas, te pones al día y te relajas sin compromiso.
Pero si hay algo que me eriza la piel y el intelecto son aquellas en donde podemos mirarnos y hablar de la muerte, de la vida en otros planetas, de las mentiras que hemos dicho, de lo que no sabemos (porque no sabemos nada), de lo que has descubierto, de lo que he callado, de la vida en Júpiter o en Plutón, del sexo en todas sus formas y colores, de mi niñez y tu adolescencia, de mis defectos y los tuyos, del significado de las coincidencias, de la magia, de los proyectos personales, de lo que has tenido que perder para ser feliz, de lo que yo encuentro cuando te miro, de lo que extrañas cuando apoyas tu cabeza en la almohada, de lo que yo no extraño jamás.
Me quedaría horas contigo, días, meses y años a tu lado porque el mayor gusto es mío, de saber que no te asustas ni te espantas ni te alejas; no te sobresaltas por cuestionarme y cuestionarte la Vida.
Amo a la gente capaz de abrir el tiempo —su tiempo— para mezclar la vida con la muerte traspasando las palabras.

– Poli Impelli –

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Irónicamente feliz

Loca. LIBRE. Terca.

Diferente. Rebelde. Amorosa.

Altruista. Contradictoria. Optimista.

Enferma. Sana. Amistosa.

Divertida. Obstinada. Silenciosa.

Egoísta. Miedosa. Valiente.

Selectiva. Despistada. Observadora.

Resolutiva. Atolondrada. Ansiosa.

Reflexiva. Pasional. Irreverente.

Asquerosamente positiva.
Excesivamente acuariana.
Irónicamente feliz.

 

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