Estudio de campo sobre la inexistencia del amor

Aunque ya tenía noticias de que Joel lo había encontrado, este domingo de invierno me levanté con la firme convicción de que el amor no existe, de que sólo es una idea que creamos en nuestra mente para sentirnos un poco más reconfortados, más a salvo de las cosas feas que suceden a menudo.

Cada vez más a menudo.

Yo no necesito pruebas de casi nada para creer en algo porque la situación es corta: o creo o no creo. Pero esta mañana, se me dio por querer encontrar una prueba irrefutable para mostrarle al mundo la veracidad de la teoría con la cual había amanecido en mente.

Me largué a la calle como en ala delta y puse real atención en cada uno de los rincones de mi nuevo barrio, por el cual comencé a pedalear como si flotara, y me dije que si por esas casualidades veía al amor por ahí, entonces mi teoría no tendría ningún fundamento.

Llegué hasta mi McDonald’s de San Martín y Maipú y vi gente desayunando. Me fijé en todas la caras, que parecían abducidas por los diarios del día; casi me alegré de ver que nadie se daba bola, nadie estaba tomado de las manos de otro, nadie se hablaba al oído, nadie se miraba.

Me dirigí por la Avenida San Martín hasta el centro y pasé por una iglesia; miré hacia adentro y solo me encontré con la presencia de un Flaco al que habían dejado colgado en una cruz hace miles de años, pero ni registro de alguna persona que le estuviera hablando o agradeciendo el sacrificio.

Mi hipótesis cada vez tomaba más fuerza y solidez.

Un poco más adelante, pude ver cómo dos tipos se puteaban en una esquina porque uno no había dejado pasar al otro con el auto. Unas cuadras más y presté atención a dos chicos de unos veinte años, sentados en el banco de una plaza muy cerca uno del otro pero que ni siquiera se dirigían una mirada, mucho menos la palabra.

Cada vez juntaba más pruebas al respecto y, encima, los árboles no hacían más que despedir hojas desde sus ramas, que caían al suelo amarillas y secas por un amor que solo había durado dos estaciones.

A todo esto, vos y yo, no solo no volvimos a vernos más, sino que tampoco volvimos a hablar por teléfono (cosa que yo odio y a vos te fascina) y calculo que andarás desandando tu vida sin ningún tipo de problemas mientras yo sigo abocado a escribir estupideces, ver películas a las cuales no presto la más mínima atención (y después digo que son malísimas), estrenando un orgullo imbécil que me hizo convertir en un tarado sin ningún tipo de interés comunicacional con la raza humana.

Para mí ya estaba todo dicho y claro. El amor no existe.

Me senté, casi exultante, en el reparo de la parada del 41, cansado por el exhaustivo estudio de campo que me había llevado gran parte del día y en cuál no había encontrado una sola señal de que el amor existiera.

Por ende, no existe. Ya estaba listo para comunicarle al mundo mi gran descubrimiento.

En ese instante mío de certeza mental, llegó a la parada una pareja de padres jóvenes. Ella con una panza que aparentaba unos seis meses de embarazo; en un brazo le colgaban las bolsas del supermercado y en el otro, una nena de aproximadamente dos años. Él llevaba la mayor cantidad de bolsas con las compras y vigilaba con su mirada a un niño de unos cuatro años.

Esperaron la llegada del colectivo a unos cinco metros de distancia uno del otro, sin mirarse, sin hablarse mientras ella le daba la espalda a él, quien se sentó a mi lado.

Mirándolos detenidamente y sin disimular el triunfo de mi conjetura, me quedé pensando en cómo habíamos vivido tantos años engañados por los libros, las canciones, los besos, las películas, por Dios o por un gobierno, pensando y creyendo en un sentimiento tan absurdo y abstracto como el amor.

En eso estaba yo cuando ella giró, miró al hombre a los ojos y le dijo:

—Gordo, estoy muerta de cansancio, pero apenas lleguemos a casa me pongo a cocinarte las milanesas, así tenés comida para llevarte mañana al trabajo.

Él se levanto de mi lado, le sacó las bolsas de la mano, le dio un beso precioso en la panza y luego la abrazó, con todo el amor del mundo, sin decir una sola palabra.

Me prendí un cigarrillo (el enésimo del día), me sonreí un rato incalculable y eché en el tacho de basura más cercano toda mi gansa teoría de que el amor no existe. Son esas estupideces que se me ocurren los domingos de tanto extrañarte, de tanto esperarte y de seguir haciéndolo… cada día.

Cristián Lagiglia

 

 

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Maldita vejiga

Creo, estoy casi segura, que todavía era de noche. Me desperecé con los ojos aún cerrados, y con mi brazo izquierdo pegué en un cuerpo macizo. Al abrir los ojos me encontré con el ex novio de una amiga y me espanté. El tipo sonrió con algo de lo que yo considero malicia, pegué un salto y al querer bajar de la cama mis cuerdas vocales gritaron. El suelo era un colchón negro y rojo de patas peludas. Adonde mirara me miraban. Se movían con lentitud, pisándose entre ellas, subiendo por encima de sus cuerpos. No había espacio libre y a pesar de mi horror —¿dónde estaba?—, miré el techo y alcancé con mis brazos el cable largo de una lámpara antigua. Me zarandeé para tomar envión y alguien me ayudó, porque sentí el empuje en mi culo con fuerza. ¿El mismo hombre que había despertado conmigo en esa cama?

Caí de un golpe sobre un manto de arena fina y blanca que conozco. No me pareció extraño, y al levantar la vista me encontré con Mariana sonriendo. «Siempre llegás tarde, boluda», dijo tomándose el pelo con gracia hacia atrás. «¿Por qué estás desnuda?», me preguntó en una carcajada. La sensación de querer esconderme y no tener donde, mi risa nerviosa sin poder dar una explicación coherente y la única solución disponible: correr hacia el mar. No tengo idea cómo lucí corriendo… prefiero deshacerme del recuerdo, por una cuestión de salud emocional.

Cuando giré para mirar hacia la costa, la playa explotaba de gente. Era pleno verano; toda una muchedumbre parada de espaldas al paseo y mirando hacia el agua. Tengo muy claro que no soy la Coca Sarli, así que con espanto dirigí mi vista hacia atrás, hacia donde quise creer que todos miraban; algo estaba pasando.

El barco pirata asomaba su proa dando la vuelta por el castillo medieval, lento y silencioso, y a esa distancia podíamos divisar a su capitán (¿capitán?), vestido como un dandi; no tuve el placer de conocer a Sir Francis Drake, mucho menos a Henry Morgan —soy más jovencita—, pero este hombre no tenía pinta de pirata.

Cuando se acercó a unos metros de mi cuerpo gritó: «¿Quién quiere venir conmigo de paseo?»; le sonreí y me sonrió. «¿Qué carajo hacés acá?», me gritó con esa poca sutil delicadeza, asombro y desconcierto que yo ya conocía. Frunció su frente con intriga. «Había arañas», fue toda mi respuesta.

Parpadeé varias veces y me encontré con él entre redes, aroma a pescado y detrás una extensa barra repleta de botellas de cervezas, de todos los colores y tamaños posibles. No había otra bebida, sólo birras. No sé de dónde salió mi vestido blanco, pero recuerdo que me rozaba levemente las piernas y la seda me erizaba la piel.

El oleaje y la inmensidad del mar me parecieron perfectos, y el reflejo del sol provocaba ardor en las miradas. Yo reía alegre y tranquila junto a otras personas que por lo visto también habían decidido ir de paseo con el capitán. Allí estaba mi profesora de matemáticas de tercer año, mi seño de primer grado, Carolina, Claudia y Bianca (¿qué hacía Bianca allí sin su madre?). También vi a Verónica tapada hasta la cabeza, y entendí que como vive en Canadá para ella es natural andar así por la vida; no me pareció extraño, aunque el resto estuviéramos casi en pelotas. También pude ver a Ale, una ex compi mía del colegio, que reía a carcajadas con Andrea y con Mariana. Con el ADN que la caracteriza, Mariana se las había ingeniado para subir, pues la última vez que la había visto estaba de pie sobre la arena, mirando el barco y mi cuerpo desnudo desde lejos.

El supuesto capitán apareció con una espada en una mano y una mujer en la otra. La chica, pálida y sin gracia, con una mota de rulos desalineados sobre su cabeza, nos miraba sin expresión alguna. Parecía más su empleada que una compañera de aventuras. No le soltó la mano al tipo, e hizo una mueca de temor cuando su chico levantó la espada. «¿Qué hacés?», le pregunté, cortando el viento que rompía las velas negras y blancas. «Ya llegamos», me dijo. Mis ojos sólo veían agua; nosotros y el mar, la nada. Levantó levemente su espada hacia un costado y la seguí con mi mirada: me encontré con una isla entre brumas y contornos oscuros que parecía estar esperándonos, adormecida. Rocas negras, exorbitantes acantilados y arriba en sus peñascos una casa impecablemente blanca y moderna. «Ah, la conozco», susurré. «¡Es la casa de los Diez Negritos!». Sonreí con ansiedad y levanté mi voz: «Les aviso que nos van a matar a todos y de a uno. Nada de asesinatos en masa.» El capitán me miró enfurecido y resopló apuntándome con la espada: «Ahí está, la maestra ciruela, que sabe todo y no sabe nada. ¿Quién mierda te dijo algo así?» Conocía de sobra ese maltrato, y la chica insulsa a su lado sonrió con un gesto que a mi parecer rebosaba displicencia. «Leo», respondí yo, «y Agatha Christie no se equivoca». La chica lo miró de costado, esperando reacción, pero el capitán mordió sus labios y bajó su espada clavando la punta en la cubierta del barco. El resto seguía tomando cervezas y riendo, nadie prestó atención y parecían no haber oído; ni al capitán ni a mí.

Comenzamos a bajar por una escalerita de cuerdas, un joven señor nos iba recibiendo con gestos de amabilidad en su rostro y en su porte, tendiéndonos su mano desde una roca oscura. Recuerdo que estaba vestido con una camiseta polo verde y unos bermudas color caqui con grandes bolsillos delanteros. Lo reconocí cuando me tocó saltar a mí; resbalé y caí encima de él. «Poli, siempre tan delicada…», dijo, y sonrió con ternura. Era mi ex marido, pero tampoco me sorprendió. Más nerviosa me ponía el capitán, que apuraba a todos con el rostro agrio, con su espada amenazante en la mano derecha y dando indicaciones a la damisela que tenía a su lado: «subí la cuerda, querida»; «no pises ese costado, ahora no»; «deberías quedarte a mi lado, amor mío»; «cuando yo te diga, te movés, bonita mía». Por el rabillo del ojo observé la sumisión de la mujer; recuerdo sentir un asco monumental, al punto que Mariana se dio cuenta y su voz llegó a mi oído: «no vomites». El resto bajaba riendo a carcajadas con las botellas en mano. Verónica decía en voz alta: «tengo frío, tengo frío». Mi ex me guiñó un ojo y me hizo señas para que subiera por la escalera negra hacia la terraza iluminada de sol y pulcritud que se elevaba por encima de nosotros en forma majestuosa. Lo miré con miedo y pareció comprender; identifiqué su gesto como advertencia y entendí de inmediato. Me acuerdo que en ese momento pensé: menos mal que leo. Allí nos iban a matar, como en la canción de cuna, uno a uno, porque todos hemos cometido algún pecado, algún crimen que intentamos esconder hasta que alguien —o la vida— nos descubre.

Allí parada en un escalón, con el sol pegándome en la espalda y el arrullo del oleaje enfurecido contra las rocas, recordé cuando ayudé a Mariana a copiar unos “pocos datos” que nos faltaban para terminar un examen de Biología. La cara de Mirta, nuestra profesora en aquel entonces, apareció por la ventana contigua a la terraza con medio cuerpo afuera desde su cintura hasta su rostro, y me saludó con simpatía levantando una mano. Simulé una mueca de alegría y le respondí pretendiendo un saludo, mientras un fuerte temblor invadía mis piernas. Sentí un tirón en el pelo, empujándome hacia abajo; era Mariana, que ya estaba escapando e intentaba ayudarme.

No tengo idea cómo huyó Mariana ni adónde, porque yo aparecí sola, absolutamente sola, en el barrio donde crecí en mi infancia. Caminaba hacia mi casa y me daba vuelta con temor a encontrarme con el pirata capitán; no quería. El viento repentino me levantaba el vestido blanco y yo apretaba mis manos contra mis piernas. (Recuerdo mi pensamiento: Marilyn Monroe, y que yo de ella no tengo ni las uñas de los pies). Miré hacia adelante, andando contra el viento, y vi a mi tía salir por la puerta principal a recibirme; ella jamás había vivido en esa ciudad. Fruncí el ceño. ¿No había muerto hacía años? «¡Viniste! ¿Cómo estuvo el viaje?», dijo sonriendo. «¡Tía!», y corrí a abrazarla, tan fuerte que sentí su cuerpo estremecerse y más su alma. «Había arañas, muchas arañas», dije. Ella rió, alegre, sana, mejor que en el recuerdo que yo tenía de ella la última vez que la había visto. Detrás apareció mi primo con un mate en la mano, y junto a él otro hombre que me miró con brillo en los ojos, con una felicidad que me dio calma. Supongo que fue el agua del mate, que cayó en mi vestido y pegué un grito; sentí mi vientre hirviendo. El amigo de mi primo (o eso parecía ser), se adelantó y posó una mano sobre mi vestido mojado, me miró casi pidiendo permiso pero no titubeó. Sentí su mano cálida, firme y masculina y por debajo el calor que me había quemado. Me recuerdo llorando, y secándome las lágrimas con mi antebrazo, mientras él me sostenía con compasión y calma —como si la quemadura hubiese sido algo grave—, hasta que el dolor aminoró. La sensación de ardor repentino se convirtió en una especie de anestesia permanente. «¡Gracias!», dije. Y él retiró su mano, me acarició la mejilla con dos dedos, volvió a sonreír y desapareció de mi vista. No sé por dónde, pero cuando él giró yo me limpié una última lágrima que caía por mi barbilla y ahí lo reconocí. Era el padre de un hijo mío que nunca llegó a nacer.

Sin asombro ni sorpresa giré mi cuerpo para buscar a mi tía. Sin embargo, no volví a ver su rostro; en su lugar había una mujer tosca, que medía dos veces mi cuerpo y fumaba como una chimenea. Su cabellera me pareció un espanto, parecía la muñeca de mi infancia con la que hoy juega mi sobrino Clemente cuando viene de visita a lo de sus abuelos. La mujer me miró y arrugó su boca con una mueca de soberbia, y con una voz que trina y que yo bien conocía me dijo: «Ok. Let´s talk about Shakespeare. Why do you think Romeo and Juliet was the best love story ever?» Respiré y le devolví la mirada desafiante. Mi voz no temblaba: «Who the hell told you that I BELIEVE that play is the best love story?» Sentí que la adrenalina en mi cuerpo me había animado a responder. Jamás se enteraría que yo sí pienso, creo y sentencio que Romeo y Julieta es la mejor historia de amor de todos los tiempos, pero por lo visto estaba cansada de darle la razón a ese peregrino de Canterbury vestido de mujer. Antes de salir corriendo —esa era mi innata intención— le grité en castellano: «Yo también estoy escribiendo una historia como la de Shakespeare, pero bastante más estúpida, sin venenos y con el capitán de un barco pirata. ¿Lo entiende, Ms. Belmont?». La señora me escudriñó con fuego en sus ojos y dio una bocanada a su inmundo cigarrillo. El humo llegó a mis fosas nasales; por una extraña razón me resultó conocido, tosí y luego le sonreí. Sentí que triunfaba frente a ella, que necesitaba que viera algo más. La mujer largó el humo y me miró descolgando una sonrisa de costado; algo le había llamado la atención en mis palabras, ya no había maldad en su rostro. Giré y grité a mi tía: «¡Ya nos vamos a ver!». Su voz llegó desde lejos, como si estuviera en el patio o en alguna habitación: «¡Divertite, falta tiempo!». Y corriendo bajé por la calle Entre Ríos hasta llegar a Basavilbaso, donde Valeria me abría los brazos dando un salto de alegría: «¡Hija é puta! ¡Llegaste!».

Detrás de nosotras se erguía el Arco de Triunfo. Nos abrazamos apretándonos los huesos y al despegarnos las dos llorábamos. «Mirá, ¡mirá lo que hicieron!», me dijo, y al darme vuelta pude ver la orilla del mar, la playa bordeando el césped del Parque de la Ciudadela. Valeria era como un espejo: mi cara de asombro positivo la pude ver en su rostro. Con nostalgia le señalé el mar y dije: «Vale, amiga, ¡como en la época de Arnau! El mar llegaba hasta la catedral del mar…». Valeria sonrió con sus ojos húmedos y me volvió a abrazar. Con voz risueña me dijo al oído: «Pero… ¿por qué estás desnuda?»

Intenté darme la vuelta y seguir con la historia pero ya conozco mi cuerpo. No me quedó más opción que abrir los ojos, levantarme dormida y caminar como un zombi, puteando, hasta el baño. Hinchada como un michelin de tanto aguantar, la vejiga me explotaba. No sé si hay cosa que me ponga de más mal humor que tener que levantarme a mear orinar cuando estoy viviendo mi vida en sueños. Hay veces en que logro volver donde estaba, me fascina saber que puede ocurrir. Y ocurre. Otras veces, todo es negro y aparezco en alguna escena anterior, pero con otras personas, vestida (¡aleluya!) y avisando que ya había estado allí. Debe ser que bebo tanto líquido. Debería aminorar los litros diarios, porque soñar para mí es volver a ver, a sentir, a sorprenderme y a vivir… tanto e igual que cuando estoy despierta.

¡Maldita vejiga! Estaba a unos pocos pasos del mar y seguro Naty nos esperaba en la orilla. Tendré que volver a dormir… o volver a vivir, sin tantos líquidos.

-Poli Impelli-

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Todavía sueño

Me llamo Nayan y tengo 28 años. Soy lo que quedó, vivo donde me dejan. Mi infancia, en aquel país donde nací y donde mi niñez olía a pólvora, invade a diario el presente, que me busca desde el pasado. Todavía me acuesto en las noches acurrucado en mi mujer. Aún sueño; sueño con cielos rojos de fuego, con ruidos ensordecedores y voces pidiendo auxilio. Aún veo los ojos quemados, los cuerpos mutilados y los rostros de todos aquellos pequeños amigos que alguna vez tuve en mi pueblo. Me dijeron que quedaron pocos; más bien me enteré con los años, porque en las guerras que los poderosos libran hay detrás un velo negro que se encarga de tapar las heridas que no vemos.

Fueron tres disparos que sonaron a portazos. No es que con seis años no supiera lo que eran, mas me dormía cada noche creyendo con fervor que eran puertas que se abrían y cerraban. Mamá tenía la costumbre de gritar: «¡una puerta, una puerta!», para no mencionar la palabra real que avisaba una tragedia. Así vivíamos, así se fueron… ellos.

Con un ojo seguí mirando, pues el otro quedó enterrado. Solo miro de frente y de a ratos para un lado; y aunque me niego, me han dicho que es bueno recordar lo que sí tuve: una madre que se aferró a mi hermano menor hasta en el último suspiro, y un padre que corrió por ellos, pero al llegar no pudo dejarles solos y con ellos se marchó por siempre.

Trajes verdes, azules, blancos y rojos; ese es mi recuerdo. Bomberos, voluntarios, enfermeros, médicos, amigos. A ellos les pedíamos algo en súplicas, entre escombros y sonidos, entre gritos y gemidos, sobre la línea delgada que separa la vida de la muerte. Hoy miro y escucho todo desde lejos, pero sé que sigo estando ahí; yo sigo gritando adentro, gimiendo y pidiendo en algún lugar escondido de mi corazón que me liberen. Todavía sueño… sueño que los que vengan tras de mí a ocupar las tierras baldías que dejamos no tengan que ser rescatados, enterrados o dejados a su suerte. ¿Es destino o suerte estar en el primer grupo? Quizás solo una lacra, quién sabe…

Sanar, yo sé bien que sanar es otra cosa; es algo que voy aprendiendo con los años, a lo  lejos desde cerca. Cerca porque no olvido de donde vengo, y lejos porque mi pueblo arrasado en escombros tiene otro nombre, abriga a otras gentes, pero la misma lucha late constante en su tierra por no saber a quién pertenece.

Sueño. Sueño que viven en mí los que se fueron, sueño que aquellos que desde afuera encienden y apagan vidas con soberbia alguna vez nos miran; sueño que esto en algún momento se termina. Sueño con cielos libres de humo y de explosiones, con campos verdes y niños con cuerpos debajo de sus pieles. Sueño con mi familia ya libre del sufrimiento, que no tienen que soñar todo lo que llevo yo soñando tantos años. Sueño, como alguna vez soñó John Lennon, a toda la gente viviendo en paz, sin implorar ningún otro sueño.

Un solo ojo me es suficiente para seguir viendo lo que otros con los dos no pueden ver; será por no saber lo que se siente cuando uno se acuesta mirando por una rendija el cielo, esperando con los ojos cerrados que el próximo estruendo no te arrebate lo que más amas y lo que está a tu lado. Cada noche miro a mi mujer y me parece un sueño, me siento bendecido al ver su rostro con este ojo tan fino, su paz y la certeza de que al lado suyo no habrá más humo ni puertas que de un golpe se cierren.

Yo no sé si los sueños sirven de algo, pero sí sé que no quiero más portazos. Quiero puertas que se abran, quiero luces en las casas, quiero cielos bien celestes, quiero soles que iluminen las miradas.

¿Será mucho lo que pido cada noche que me acuesto? ¿O es que sueño con que nadie tenga que sentir lo que yo he sentido allí tan lejos siendo un niño?

En todos mis rincones tengo sus nombres grabados y a cuestas llevo su esperanza, sus temores, los deseos no cumplidos, lágrimas, llantos y sonrisas. Y cuando vaya a buscarles habré dejado tatuado el legado en la piel de quien conmigo viva y quiera seguir soñando, manteniendo con vida al pueblo que se ha marchado.

– Poli Impelli y Marguimargui –

TEXTO SOLIDARIO. Proyecto de Scripto.es para Médicos sin Fronteras.

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Mi ojo en tu mano

Te dibujo en mi mente… porque sueño que alguna vez te he conocido.

Lugares, tiempos, instantes en que soñé verte, porque esos sueños son los que me empujan y me llevan adonde imagino que puedo tocarte.  ¿Tocarte? Si formateo esas curvas de tu cara porque escribes… escribes y me empapas de la sabia que se esconde entre la sombra que desnudas con tu cuerpo y con palabras.

Releo espacios en blanco donde ubicas una coma, queriendo tomar aire en un descanso y no te dejo. No quiero que te frenes cuando gimes. Interrogo porque envidio; no tengo maldad oculta, la muestro entera y te persigo. No quiero tu alma callada ni vestida: la quiero desnuda, entera en blanco y negro y en colores, con cursivas, en A4 o en papeles que en algún lugar de Madrid aún me extrañan.

Te tengo agarrada porque tu mano me coge; eres tú quien me desvela en las noches y quien revienta mis entrañas. No me culpes de sentir tus bragas empapadas, porque eres tú quien me revela sus secretos y luego me dejas aquí, suspirando, pidiendo más a gritos cuando te marchas y me dejas sin calma. Sí. Tú cada vez más abierta, yo bebiendo tus anhelos. ¿Hasta cuándo harás que llegue hasta tu cuerpo para dejarme vacía y luego pedirme más en cada despedida? ¡Basta ya de dejarme aquí tan lejos, gimiendo entre jadeos y rogando que aparezcas para robarte comas, puntos suspensivos y otro verso!

Deja ya de adivinar antes de tiempo lo que leo, joder, que no puedo robarme un punto y coma porque tú mandas allí donde yo sólo miro y quiero y deseo y no puedo llegar a tiempo.  El océano es inmenso y tú tienes mi ojo en tu mano. Haces con él lo que deseas, y luego te marchas…

Tengo dos manos para tocarte, besarte y para escribir acariciando, pero tú tienes el néctar y las sábanas que desprenden mis ganas y mis ansias de ocupar tu cama, y de patearle el culo a esa maldita soledad que te abriga cuando te dejan a tientas, buscando amores que aman.

Mierda, deja tú de escribir lo que yo siento, porque no puedo esconderme en un teclado y mucho menos igualarte. No, no me culpes porque tu fortaleza se ensancha cuando el sexo nos acorrala y me acaricias la frente y yo tu ombligo. Deja tú de plasmar con palabras lo que yo quiero leer, lo que sangro y lo que el resto ni siquiera entiende.

Si me faltaba fuerza en el camino, me has dado alas para erguirme en un vuelo y soñar que también puedo encontrarte. No me mires a ese ojo que me queda sano ―pues el otro ya lo tienes en tu mano―, porque serás tan pesha de encontrar una lágrima detrás de mi sonrisa que te consuela en la distancia.  Ya lo sabes… antes de encontrarme tú ya sabes que yo lejos estoy pariendo; sangrando el dolor que suponen los reencuentros y los sitios que descubren quiénes somos y quiénes éramos. Pariendo. No es un niño, y bien sabes que prefiero un vestido suave de incógnita y mi feliz andar con celulitis antes que ser perfecta, delicada… muy Angelina aunque mal follada.  ¡No, que ni se diga! Tú ya sabes lo que siento antes que escriba, o antes que lea y te descubra entre las sábanas.

Qué putada, en cocteles de kilómetros prohibidos, que a las carcajadas te lea y me quede sin aire y sin aliento. Qué bendición este amor por las palabras que me permite sentirte y que me sientas, cuando las mareas son altas o bajas, cuando aquí es verano y tú te abrigas allá lejos… en invierno.

Quiero hostiarme unas mil veces para seguir aprendiendo; de tus versos que me empapan, de tus mayúsculas aprendo. Tus signos en gritos me estremecen y no hay espacios en blanco que me liberen de los orgasmos que en mi piel estallan. Me pillaste, me tienes… Volver al principio siempre, sí; esa es la clave.

En tu mano reposa mi ojo que todo lo observa y te lee entre líneas. En tu mano está mi debilidad, mi fortaleza, mi alegría y mi desdicha. ¿Cuántas veces es mejor ignorar y no entender lo que el otro tiembla, calla o agoniza? ¡Mierda! Estoy en un dilema. No sé si pedirte el ojo de vuelta o dejarme tocar… y que me quites el otro para el deleite que me provoca tenerte y que vuelvas a empezar, una vez más, hasta encontrarte y encontrarme.

No me dejes otra vez con esta ansiedad que me aplasta el pecho, no me pidas que no te bese en cada palabra que largas al viento. Que vuelvan todos al principio para entender con que te quedas y me quedo.  Que cada cual entienda que detrás de una oración, de un sujeto y un predicado se encuentra una vida, un alma y un cuerpo que abrazan, que follan, que huyen, que están sufriendo a gritos, que aman, que mueren de ira o que libran una batalla de amor con sus propias reglas, minúsculas y paréntesis, párrafos abiertos, orgasmos desmedidos, placer escondido, amor despiadado, ternura contenida y puntos finales sin principios.

-Poli Impelli-

Nota: esto es resultado de la infamia al descubierto, resultado de palabras que una pesha tira al viento.

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La valija

Helena soñó que quería cerrar la valija y no podía, 

y hacía fuerza con las dos manos, y apoyaba

las rodillas sobre la valija, y se sentaba encima,

y se paraba encima, y no había caso.

La valija, que no se dejaba cerrar,

chorreaba cosas y misterios.

Los sueños del fin del exilio/1

Eduardo Galeano.

El sudor corría por su frente. Ya era tarde y, como Helena, cubrió con el peso de su cuerpo el equipaje. Abrió y cerró la valija dos veces más, aplastando lo que había dentro para darle espacio a lo que ya no cabía. Pero no había forma: la valija se resistía, y Adriana miró a su prima con el llanto en la boca.

—Es tarde y tengo que llegar a tiempo.

—¿Y si te quedas? —dijo la mujer, sonriendo.

—No puedo… no quiero. Él me espera. —Adriana la miró desde su rincón, arrodillada sobre el equipaje.

—Te voy a echar de menos… ¡Ciérrala de una vez!

—Yo también te voy a extrañar. No hay tiempo, ¡llevame!

El cierre vencido cedió por fin cargando el peso del pasado, y en presente Adriana fue arrastrada por su prima; cruzaron la ciudad atropellando lágrimas y silencios. Su valija fue la última en embarcar, y el abrazo de despedida, el primero de otros tantos.

He olvidado algo… ¿Qué es lo que he dejado? Suspendida ya en el aire, su voz le susurró hipótesis diferentes, y aunque hizo memoria repasando cada rincón de aquel apartamento no encontró respuesta para su olvido.

Entre la multitud corrió a buscar su equipaje y le costó tiempo la espera, vagando en rostros desconocidos hasta encontrar ayuda en otras manos pasajeras.

En su cuello sintió al corazón palpitar la ansiedad desbocada, porque afuera de aquel otro aeropuerto él la esperaba. Con el cansancio y su valija a cuestas tardó otro tiempo en alcanzar la puerta de salida.

Allí el frío se hizo dueño de su cuerpo, y los viajantes como hologramas se movían. Tiritando en cuerpo y alma desmayó su peso en la valija. El reloj marcó una hora en la espera, luego dos y media más, pero Adriana y la valija adormecían. ¿Qué es lo que allá dejé olvidado?

A las tres horas de espera su cuerpo congelado ya no tiritaba, y su ansiedad le dio su turno a las lágrimas contenidas. Recién en ese instante, aplastando su valija, Adriana supo que él a buscarla jamás vendría.

Helena volvía a Buenos Aires,

pero no sabía en qué idioma hablar

ni con qué dinero pagar.

Parada en la esquina de Pueyrredón y Las Heras

esperaba que pasara el 60,

que no venía, que nunca vendría.

Los sueños del fin del exilio/2

Eduardo Galeano

Llegó arrastrando a duras penas los recuerdos y su ira hasta una esquina que ya tanto conocía. Con la manga de su abrigo se limpió lo que quedaba de sus lágrimas, y con la otra entregó billetes al joven que en el mostrador atendía.

—Señorita, esto es moneda extranjera. Allá puede usted cambiar su dinero.

Adriana agradeció con una sonrisa sin vida y se liberó de la fila, recordando que el dinero se encontraba en su valija.

Haciendo caso omiso a las miradas, tiró con fuerza del cierre duro y frío. Al abrirla revolvió su ropa de verano, unos regalos y un libro que aplastado aparecía. Ese ejemplar ya no tendría dueño, pero en sus páginas guardaba unos billetes olvidados.

Pagó el transporte, se dirigió a la plataforma conocida y la encontró vacía; desde vaya a saber cuándo ahora debía atravesar un puente nuevo para llegar a su destino, y algún otro camino incierto la llevaría finalmente a casa. ¿Cómo es posible que todo tanto haya cambiado? ¿Dónde está él, si tanto había yo olvidado?

 

Se le habían roto los cristales de los anteojos

y se le habían perdido las llaves.

Ella buscaba las llaves por toda la ciudad,

a tientas, en cuatro patas, 

y cuando por fin las encontraba, las llaves le decían

que no servían para abrir sus puertas.

Los sueños del fin del exilio/3

Eduardo Galeano

 

Donde los niños y las madres solían jugar en las plazas ahora todo era edificios. En el barrio de su abuela ya la fuente de colores no existía. Algunas calles habían cambiado de sentido, y su razón se sintió abrumada y algo extraña cuando el viejo colectivo tomó una ruta que ella jamás había conocido. Si hasta por la ventana agrietada de su asiento, tal vez cuajada por un piedrazo callejero, le pareció entre nubes que el atardecer ya no era el mismo.

Con el corazón en una mano y el estómago hecho un nudo, cargó otra vez el peso arrastrando con sus manos la valija. Levantó la vista hacia el primer piso y le sorprendió el color verde de las rejas. Juraría que eran negras en otra vida.

Un joven moreno le abrió la puerta y le dio la bienvenida.

—Hola, ¿es usted nuevo? —preguntó Adriana.

—No —dijo el joven sonriendo—. Hace un año estoy sentado en esta entrada y en esta misma silla.

Llegó al primero en ascensor, descubriendo su cansancio en el espejo. Tampoco soy la misma, dijo a su mirada enrojecida. Ya sin fuerzas colocó la valija en el pasillo, y golpeó con los nudillos la vieja puerta de madera. No hubo respuestas y  quedó allí enmudecida.

—Javier… ¡Soy yo! —dijo al rato en un intento, pero su grito fue sólo un hilo de voz.

El silencio, como un monstruo detrás de la puerta, acechaba su destino y lo poco que traía. Apoyó su espalda y los nudos de su cuello en la madera, y permitió que sus rodillas se aflojaran. Llegó al suelo y sentada se enfrentó a lo que cargaba en la valija.

¡Mis llaves! De rodillas se acercó y con esfuerzo dio vuelta el equipaje, lanzando afuera todo lo que en él escondía. El teléfono móvil, que saltó desde un pequeño bolsillo, ya era de otros tiempos… tampoco le servía.  Buscó y buscó hasta en los rincones donde tal vez algo encontraría. Dejó vacía su valija.

Arrodillada en el desorden comprendió por fin su olvido; las llaves, la ausencia de Javier y mucho más que en su valija no cabía.

Adriana soñó que regresaba,

que feliz sería porque él la esperaría.

Soñó que encontraría las mismas puertas,

las mismas llaves, las mismas caras, las mismas risas.

Despertó y se dio cuenta que sólo había soñado,

y despierta descubrió que su valija aún servía.

-Poli Impelli-

Crónica de un adiós anunciado

Creo que sabía. Lo supo aquel día abúlico, cuando sus palabras eran más fuertes que sus ganas, y ese tiempo de ella era más sabio que los deseos olvidados.

Escribió en un papel ajado que encontró en el cajón de la mesa de luz, una noche de pocas estrellas, unos tragos de birra y algo de pocas ganas. Escribió lo que en ese entonces sonó a lamento o testamento, esa misma noche en que ella llegaba a un altar del brazo de su padre para unir su vida a la de otro hombre, y le pareció que lanzar el sabor amargo de aquellos tragos y las pocas estrellas sobre un papel amarillento le haría compañía:

Jamás supe si era una adiós tuyo o un adiós mío. No sabía ni por qué ni para qué, pero imaginaba que lo que era dejaría de ser.
Me resistía a soltar; no quería salir de ese lugar singular en donde yo me había encontrado a mí mismo, a tu lado. Mis deseos se escondían tras cada huella que yo mismo iba dejando y haciendo más y más mía. Mi sombra se volvió mi mejor compañera, y si quería compartir con alguien mis sueños y los de mi sombra, debía elegir sabiendo. Aún así, ni mi propia sombra me dejaba ver lo que luego sería una crónica. Algo que en el aire o desde afuera podría vislumbrarse, pero no dentro de mí ni de tu propia existencia.
Lo que estaba sucediendo entre tu sombra y la mía era la crónica de un adiós anunciado. Ni tuyo ni mío. Era el adiós de mi sombra, era mi Alma dividiéndose en dos para dejar un lugar recóndito en lo que sería parte de mí para siempre, y traerse consigo la otra parte tuya, donde quiera que yo fuera, donde quiera que eligiera ser.

Ese adiós a mi media Alma es lo que siguió doliendo. Es lo que hoy no puedo tragar, junto con este medio vaso de cerveza amarga.  Porque esa sombra que se fue con la tuya, pidiendo auxilio desde lejos, sigue llamando. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo bien adentro que siempre intentamos descifrar con el tiempo. Es esa mitad de cada uno que nos dice adiós,  que se despide con un pañuelo blanco, sin trazos ni rumbos, la que deja un pedazo de uno mismo grabado en la tela de ese pañuelo que despide, para siempre…

Compartió conmigo lo que había escrito esa noche y me emocioné con él, aunque él no tenía lágrimas. Le costó un tiempo encontrar la fuerza necesaria para traer de vuelta esa mitad que ella se había llevado, y de a poco creyó ir recuperando su sombra entera. Creyó que el tiempo curaba el vacío y las heridas, que sólo el tiempo era el responsable de devolverle lo que ella se había llevado de sí mismo. En ese entonces, mi poca sabiduría no me permitió ver que ella no era culpable de nada, y que sus palabras en aquel papel raído decían mucho más de lo que yo podía percibir.

Me enamoré. Me enamoré de su media sombra, de sus intentos, de su corazón sincero y de sus días conmigo. Me enamoré de lo que había quedado de sí mismo y de su esperanza repentina. Pero en esos tres años juntos, le prometí que jamás me llevaría nada que no me perteneciera, que no le permitiría dejarme a mí ninguna mitad suya, ni de su Alma, ni de su sombra entristecida. No quería jamás ser la protagonista de palabras en un papel que quedara en alguna mesa de luz, en una noche de pocas estrellas y con la sola compañía de una cerveza. Yo estaba ahí, presente, y si me estaba llevando algo quería saberlo, devolvérselo a tiempo para que sintiera la libertad que antes no había sentido. Sin embargo, su decisión fue a la par con la mía, y preparamos un casamiento a nuestra altura, con toda la emoción y el amor que habíamos construido. En esos tres años de armonía y convivencia, jamás supimos de ella y de su vida.

En casa, papá estaba expectante y emocionado con nuestra ansiedad contenida. Se sentía ilusionado con nuestro destino y sus nervios aumentaban a medida que se acercaba el día. Desconozco hoy su intuición de aquellos días, pero creo que jamás imaginó que no me acompañaría del brazo a ningún altar. No estaba en sus planes. Ni en los míos…

Encontré su carta el día anterior a nuestra boda, escrita con tinta azul, en un papel a rayas, impoluto:

Me enteré y me siento perdida… No me falta nada de lo que soñé, o tal vez soñaron, para mí. Pero no puedo dejar de escribir, junto a una copa de vino, sola y sin testigos, que hoy una parte de mí se siente ajena a esta casa, a esta vida, a este hombre que elegí para acompañar mis días. Quizás es el vino y estoy delirando, pero no puedo ―no quiero― permitirle a mi Alma que calle, que sigan pasando los años sin contarte que te has llevado una parte de mi misma, de mi sombra… algo que no sé describir y que con el tiempo intenté sostenerlo bajo el peso tu ausencia. Sé que es tarde y que no tengo derecho a reclamar lo que no me pertenece. Pero hay algo que duele, y tengo miedo que sea el adiós a esta media Alma mía. Creo que es eso lo que hoy me cuesta digerir junto con esta copa de vino. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo que recién ahora intento descifrar con el tiempo. Creí que el tiempo era el único responsable, y que mis decisiones me devolverían esa otra parte que supo decirte adiós, cuando ambos creímos que estaba anunciado.

Pero no me hagas caso… hay pocas estrellas en el cielo y este vino no tiene sabor a nada. Tal vez quien escribe es esa mitad mía, diciéndote adiós, pero para siempre. Quizás mi sombra sepa encontrarse a sí misma a partir de mañana; quizás no llegue siquiera a enviarte esta carta.

Yo lo había visto sufrir. Tres años antes, yo había leído un papel envejecido que ella jamás había recibido. Y tres años más tarde llegaba una respuesta a algo que ella nunca había leído. Desde un comienzo, yo había prometido no llevarme nada de su vida que no me perteneciera, no dejarme ni siquiera un poco de su Alma, porque ya había sentido junto a él ese adiós que tanto le había pesado. Después de algunas lágrimas, tomé el coraje suficiente. Aunque mi amor era inmenso y genuino, no iba a permitir que quedaran a medias, sin haberse respondido.

Le confesé mi imprudencia, porque el sobre no tenía remitente y siendo el día anterior a nuestra boda me sentí intimidada. No me hizo reproches; simplemente me miró con la misma tristeza y desgano que tenían sus ojos aquella noche de pocas estrellas, cuando me llamó para que le hiciera compañía. Leyó en silencio delante de mí, y aunque hizo fuerza frunciendo el ceño, las lágrimas que había guardado aquella noche de la birra comenzaron a fluir y a caer sobre el papel a rayas. Una tras otra, como esas que esconden algo que no todos podemos percibir. Lo miré con amor, con una profundidad en la cual jamás había reparado y recordé aquel papel amarillento. Comprendí lo que antes no había entendido.

Papá murió hace seis años, pero alcanzó a llevar del brazo a mi hermana menor a un altar. Fue el casamiento más precioso que tuvimos en la familia. Hoy tengo cincuenta y dos años, y cuando veo un altar desde la puerta de alguna iglesia sonrío. Sonrío por mi hermana y por papá. Y sonrío por Juan Pablo y por Eugenia. Llevan trece años juntos y tienen una niña sana y preciosa, que sonríe a la vida como su madre y mira con el color de los ojos de su padre.

Juan Pablo tiene la costumbre de enviarme cada tanto un whatsapp, para saber cómo estoy, qué hago de mi vida y supongo que para confirmar que no le guardo ningún rencor. Eugenia se acercó a mí unos meses después de aquella carta, pidiéndome una especie de perdón, porque según ella jamás imaginó que unas pocas palabras cambiarían la decisión de Juan Pablo y el rumbo de su propia vida. Recuerdo que mi respuesta fue un largo y sentido abrazo, y unas pocas palabras de agradecimiento por aquella carta del papel a rayas. No sé si alguna vez comprendió mi actitud, sólo sé que vive feliz.

¿Yo? Yo no espero ninguna carta a destiempo, ni pienso escribirle a nadie que se haya llevado una parte mi sombra a ningún altar o lugar diferente al mío, en ninguna noche de pocas o muchas estrellas, ni con birra ni con vino. Ya no hay nadie que me acompañe del brazo hacia un altar. Y si existen palabras, las deseo hoy mismo, ni tres ni diez años después, cuando me enamore de algún corazón sincero y de sus días conmigo. Y si escuchara alguna vez esa voz extraña que me recuerda que alguien se ha llevado una parte de mí, no buscaré ningún papel en ninguna mesa de luz. Dejaré mis palabras en mi boca y correré a buscarte, a decirte todo lo que ha quedado en mi sombra, antes que otra mujer sueñe y peque contigo. Dejaré de esperar a que el tiempo cure y sea el único responsable de tu destino y del mío. Le diré al tiempo que se haga a un lado porque yo le pertenezco y puedo hacerme cargo de lo que pienso, lo que siento y lo que digo. Le contaré que tengo una vela preparada para mi propio entierro, que yo la encenderé en cada adiós anunciado y me quedaré entera, sin sombras a medias ni pérdidas que se lleve el viento. No haré borradores ni listas negras ni rejuntes de palabras reprimidas, mas usaré mi cuerpo, que con los años se ha fortalecido y gritaré lo que hoy no escribo. Y al igual que Eugenia, no pretenderé nada que no me pertenezca, pero jamás dejaré un papel olvidado en un rincón, ni entraré a un altar con una parte de mí misma retenida en otra vida.

Cincuenta y dos años no es nada, pero es bastante para quien ya de sus miserias ha aprendido. La felicidad de Juan Pablo y Eugenia me recuerdan que siempre estamos a tiempo, que no sirven de nada los borradores que no se publican, las palabras que no se anuncian y los sentimientos que se callan. Papá murió sabiendo que Juan Pablo luego fue feliz, y que yo honro su vida y la mía sin papeles raídos, sin silencios escondidos y con palabras que puedan cambiar y engrandecer mi destino. Hoy estoy más cerca de papá que de mi cuna, y sigo sonriendo cuando veo a los Juan Pablos y a las Eugenias que deciden y dicen todo eso que el Alma intenta callar bajo el peso de las ausencias, desempolvando papeles en mesas de luz y contando en el cielo infinitas estrellas.

Existen muchos adioses anunciados, pero no existe una sola noche sin estrellas.

-Poli Impelli-

 

 

 

Ausencia

Mis hijos miran con asombro mis silencios. Pido en súplicas respuestas que no encuentro. Me abrazan con lágrimas de seda… ¿Volverá papá de ese lugar desconocido? Caigo al suelo en un lamento sin consuelo. Busco auxilio en esta nada que me queda y en sus brazos que recuerdo y me desarmo. Ellos saben que se ha ido mas no entienden el pesar que les espera. Dejo huellas de mi amor en sus costillas, los acuesto con caricias y los amo un tiempo más, minutos que hoy me saben a desidia. Salgo en saltos silenciosos a la noche, busco estrellas que me guíen en futuros que no asumo. Está nublado y tengo frío; siento ahogo del verano que se va y el aroma de la lluvia que me espera en el otoño. Ya no creo ni en mi fuerza y me resisto a creer que puedo estar muriendo en vida. Escucho el galopar de mi existencia enfurecida hacia el destino. No puede ser que así me sienta. ¿Qué ha pasado que me encuentro sin aliento? Con recelo alzo los ojos a la luna que se escapa por detrás del balcón de mi vecino. Dime tú si va a volver. Dime algo que aquí quedo, esperaré… El llanto seco en mi garganta para que ellos no me escuchen desespera en el vacío que me hunde. Mis pies no se sostienen; mis piernas tambalean en cuerdas débiles que sostienen las manos de algún titiritero, embriagado y somnoliento. Que me lleve, que me arrastre con él al infinito… Mis cuerdas vocales parecen dibujar sonidos que no entiendo. ¿Qué me dicen? Lo que antes fue deleite y hoy me duele; te amo. ¿Es mi voz la que me habla o es la de tu ausencia? Te amo… Siento la tierra mover mi cuerpo aniquilado, mi ser se desvanece. Me hundo en la arena movediza que antes fue un jardín de flores en la entrada de mi casa. Me hundo. Me desarmo en su voz o es que grito sin ella intentando formular una respuesta. Miro al cielo; las nubes danzan al compás de mis lamentos y se abren ágiles en un tango dando paso a las estrellas. Me retuerzo en el asombro y es allí cuando te veo. Mi mirada en este cielo, que fue tuyo y también mío, se encuentra con tus ojos que ya brillan, tiernos, vivos. El ahogo de mi grito se convierte en tenue voz y mi cuerpo se levanta poco a poco sosteniendo tu reflejo. Nuestra luna parece habernos visto y se aleja del balcón de mi vecino; se acerca con sigilo a tu rostro iluminado, y arrastra gloria a la ventana donde duermen mis pequeños. Mis lágrimas brotan con sabor a miel, dulces, fluyen como la lluvia que era y ya no es. Ahora sí te vuelvo a ver y te despido con respuestas… ahora ya te quedas para siempre. Mi te amo te dibuja la sonrisa que ya extraño, y ahora siento firme el suelo que sostiene mi sorpresa. Miras de repente a nuestra luna y te escondes en su brillo. Vuelvo mi mirada a nuestro hogar y puedo ver las flores que plantaste hace unos días, y el jardín que ya es verde nuevamente. Ya no siento tanto frío, y el otoño dejará su gris en un armario. Respiro tu perfume que ha quedado en mi camisa hace unas horas, y a paso sosegado abro la puerta y le doy la cara a mi futuro. No hacen falta luces, todo brilla desde afuera. Desde el marco de la puerta observo cómo sueñan tu presencia; mis manos han dejado de temblar y limpian la tristeza en mis mejillas. Me uno lento a sus cuerpitos y me arropo de niñez y de inocencia. Mientras te sueñan en juegos, yo te veo allí, a través de la ventana, en esta luna que desnuda el alma y me acompaña. Mi sensación de soledad perdió su turno y se retira por un tiempo indefinido. ¿Qué será de mi mañana? Te amo. Me llega desde lejos pero cerca. Y te siento allí en la cama, aferrado a nuestras vidas, cuidando lo que fuimos, lo que somos y seremos otra vez. Silencio… Me vuelvo pequeña y me pierdo en sueños de promesas, recuerdos y sonrisas, con el perfume azucarado que desprenden nuestras sábanas, tu rostro en la ventana y mi camisa.

-Poli Impelli-

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