El diario de Julián

Me conozco, sé que cuando algo me propongo no me doy treguas hasta conseguirlo. Sin embargo, esta vez no fue así, lo juro. No sé a quién, pero lo juro.

Salí de mi despacho con los cinco de siempre, solo iban a ser unas copas y volveríamos cada uno a su rutina de casa como de costumbre. Le avisé a Pati que estaría allí a las 9:00; siempre cenamos juntos y es un ritual que adoro, que adoramos, porque es un gusto que nos damos casi a diario. Si es ella quien sale y no está casa, la espero. Si salgo yo, me espera.

No sé en qué momento perdí la cuenta de la cantidad de cervezas que me llevé al estómago, y a la cabeza, ni tampoco cuándo apareció. No fui yo quien hizo propuestas (si tuviera hijos, juraría por ellos). Recuerdo a Fabián acercarse a mi oído para hacerme notar su presencia, sus ojos clavados en mí hasta ese margen en que me sentí incómodo. Tal vez, en algún momento quise levantarme y salir corriendo, pero mi hombría —y mis compañeros— no me lo permitieron. Es la mejor excusa que encuentro.

Saqué el teléfono del bolsillo de mi camisa y le mandé un mensaje a Pati: «Estoy en San Diego, creo que en media hora llego». Nunca hubo media hora, ni tampoco puedo —o no quiero— recordar si hubo un momento de lucidez cuando Gabriella, así se presentó anoche, me abrazó por detrás y me pidió que la acompañara a la terraza del bar. Me reí y en confusión empiné la última cerveza que tenía enfrente. También creí que era la última de la noche.

Recuerdo una de sus manos, delgadas y suaves, desabrochar un botón de mi camisa y acariciarme con complicidad, como si yo le hubiera dado permiso, allí delante de mis amigos. Creo que sentí vergüenza, asombro y algo de molestia, pero mi orgullo y el nivel de alcohol en sangre me ayudaron a apocar mis sentimientos. Me levanté bruscamente, a tal punto que la chica en cuestión dio un paso hacia atrás y me miró sonriendo, mezcla de confusión y esperanza. Es hermosa, pensé, pero quería estar con Patricia; unos minutos antes había mirado el reloj con ansiedad por llegar a casa.

Tampoco es su culpa; soy yo quien no supo quedarse sentado en esa maldita silla y dar por culo a cualquier burla de mis compañeros o a mi insensatez etílica. Podría haberle quitado sus manos de encima sin ser descortés, podría haberle preguntado qué quería o si se estaba equivocando de persona. Podría haber tomado mi chaqueta y haber salido de ese bar. Podría haber ido a la terraza, como lo hice, pero solo para cruzar unas palabras con ella y luego volver a la mesa a seguir planeando nuestra cena de fin de año con los chicos.

No. Me valía el alcohol como evasión, y este orgullo de mierda que nos hace sentir leones cuando la presa parece fácil y nos deja en el olvido lo que realmente vale la pena. A mi edad ya no hay excusas…

Me acorraló sin palabras y a pesar de la culpa interna, no me importó. No me importó una mierda el lapso maravilloso de unos cuantos años con mi mejor amor, con la mejor versión de algo que no soy pero me refleja. Años y años anduve rengueando, creyendo que alguna «podía ser», y en Patricia encontré todo: a mi mejor amiga, a mi mejor compañera, a la mujer más bella que la vida podía ponerme delante en una noche bien fría esperando los dos el mismo taxi, aburridos de haber tropezado los dos con tantas otras piedras.

Me releo y me sueno a tipo cursi, y lo siento otra vez… mi orgullo inmundo, y mis lágrimas que mojan el papel. Creo que no hay peor cosa que no recordar los errores, o lo que mi mente no quiere recordar, porque intuyo que la culpa me seguirá condenando.

Ayer no volví a casa, y hoy recordé lo que había olvidado con los años: Patricia había tropezado lo suficiente antes de conocerme, estaba segura de su amor y de sus decisiones. Patricia no me había buscado, me encontró como destino; a pesar de sus heridas se abrió a mí como solo una mujer valiente sabe hacerlo.

Hoy sí estoy de vuelta… huele el vacío y no me responde el teléfono. Me conoce tanto que sabe, sabe que no pasó nada grave, que si no volví anoche sin avisarle después de confirmar nuestra cena, es porque tomé una decisión que no la incluía, como yo solía hacer y ser antes de que ella apareciera en mi vida.

Escribo y leo de reojo el cartel que me dejó sobre la mesa junto a mi plato, también dejó mi cena servida. Te amé desde el primer día, taxi y noche fría. Te amo. Te amo como si ya te hubiera amado en otras vidas. Sé que amás… lamento que seas tan cobarde. Cuidate. Creo que una trompada o un portazo con un grito me hubieran dolido menos. Podría negar todo, podría torturar su teléfono con llamadas perdidas y mensajes, pero un lo siento o un te amo míos ya no tienen validez. No para Patricia, que conoce cada rincón de mis miedos, mis culpas, mis debilidades y mis aciertos, mi historia. Aunque niegue lo innegable, ella sabe.

Yo y esta estúpida costumbre masculina de no saber separar la mierda de la pomada. No estaba en mis planes, no lo quise, no tuve la menor intención o plan de hacer lo que hice y hoy no puedo esperar nada. Cuando recibí otro mensaje a las 10:00, no tuve los huevos para responder; ya era tarde…

Sé que perdí a Patricia, que ella no mira hacia atrás aunque esté llorando, aunque tenga que comenzar de nuevo. Soy yo el que empieza de cero, a volver a tropezar, a la rutina de Gabriellas que conocen mejor que nosotros nuestro propio ego y orgullo como para lograr con tanta facilidad lo que desean. Y yo creí que no tenía nada que no tengan otros, y en esa mesa éramos varios. Sí tengo algo que otros no tienen: cobardía y culpa, que se deben notar a kilómetros de distancia. Las dos supieron verme; Patricia con su amor transparente, Gabriella con su deseo y sexto sentido despiertos.

Esta mañana, antes de cerrar la puerta de su apartamento —y sintiéndome un miserable— escuché su voz aún dormida. «Chau, Hernán». Frené en seco con el picaporte en la mano, sin mirar atrás. «Julián. Me llamo Julián», y salí dejando atrás a una mujer desconocida, caminando con el peso del pasado, preguntándome qué habría sido de la noche de mi mujer más conocida.

No sé quién es Hernán, pero espero que no tenga a su lado a ninguna Patricia.

Julián.

 

Poli Impelli

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El diario de Gabriella

Ja, creen que no me doy cuenta. Estoy acostumbrada a observar desde adentro la pasarela en la vidriera. Claro que de vidriera no tiene nada; solo es un espejo. Van entrando totalmente dormidos, saludan al pasar a media lengua y con la almohada pegada en la oreja. Ya para el mediodía vamos despertando, pasan haciendo bromas y se instalan cual sesión de terapia. Por la tarde, ya se dirigen a mis tetas más que a mis ojos. Natural, pero a mí me divierten las mañanas. Tengo que llegar demasiado temprano a la recepción para que todo esté impecable, y si recuerdo la cama por la cual llegué a este trabajo, más me vale que me esmere.

Antes de tropezarse con la vieja alfombra que cubre el único escalón de la entrada —no sé por qué no cambian esa horrorosa alfombrita; guita es lo que sobra—, se detienen unos segundos en el espejo y se miran. El gran ventanal a ambos lados de la inmensa puerta giratoria es un espejo por fuera. Intento estar lista antes de que llegue el gerente, el único que entra erguido y derecho, y también el único que al llegar la tarde me sigue mirando a los ojos. El resto… se olvidan que estoy adentro, observando el espectáculo.

Bajan un poco la mirada y se tocan el pelo, se acomodan la corbata o el cuello de la camisa. Los más informales, con camisetas y pantalones de algodón o jeans, meten panza adentro. Aguanto la risa, porque si hay algo que conozco, son estómagos hinchados de cerveza. No sé si luego exhalan cuando alcanzan los pasillos, pero en los «buenos días» intentan un modelaje, digno para la tapa de Gente. Me cuesta creer que no se den cuenta que estoy mirando todo. TODO. Si se acomodan algo más, también. Y después dicen a boca suelta que solo nosotras nos miramos y arreglamos frente a un espejo. Cada día creo que alguno me va a sorprender y va a pasar de largo como hace el gerente. Pues no. Para mi deleite, tengo material de sobra para divertirme desde tempranito. Pero… para qué negarlo, si yo lo que más espero es esa hora exacta en que Hernán se mira de reojo y frena, con las dos manos se revuelve el pelo y frunce el ceño, tomándose la tarea muy en serio. A veces, se toca su lunar antes de encarar hacia la puerta. Sonrío al imaginar que viene haciendo lo mismo hace años, y que este edificio está más empapado de testosterona que de estrógeno. ¿Ante quién piensa mostrarse tan… hermoso? Podía pensar que es por mí, pero hubiera sido una estupidez. Hasta ayer, al menos.

Siempre me saludó con respeto, aunque tiene la costumbre de aparecer por recepción al mediodía con la excusa de preguntar el menú para el almuerzo (la mayoría llama desde su escritorio), y le permito que su mirada se desvíe de mis ojos hacia el lugar que elija, aunque aún sea mediodía. Desde que entré lo tengo en la mira, pero pocas veces me toca llevarle correspondencia. Está en un sector que todavía no entiendo qué significa. Le pregunté disimuladamente a Ana, la secretaria del gerente, y aunque me lo explicó dos veces, no lo entendí. Poco me importa. Me importa él, de la misma forma que me importa el resto. Sé para qué estoy y para qué soy buena. Cuando me olvido, no tengo más que recordar a Fabián con Romina (mi supuesta ex «mejor amiga») montada en sus piernas en el baño de aquel bar. Se suponía que me esperaba a mí, como había hecho siempre hasta aquella noche. A Romina la entiendo; Fabián es un bombón. Lo que no creo factible es que la insulsa noviecita de Hernán pueda llegar a entenderme a mí. ¿Qué más da? Mi jugada surtió efecto; mi pantalón de lino gris, también.

Sabía que caería en algún momento, solo era cuestión de tiempo. Como todos, más fáciles que la tabla del 2 (mi sobrino tiene 4 y ya la sabe de adelante hacia atrás). Cuando este va, yo fui y volví diez veces. La pálida cara de nada vive en un foco; averiguar fue fácil. La que no me cierra es esa tal Naiara… ¿quién carajo es? Pero no se la puedo mencionar, tengo que contenerme porque mi bocaza me puede destruir. Hernán es un caramelo, un bombón para desenvolver con lentitud y aprovecharlo entero. Y debe ser tan zorro como inocente. Su cara… hoy, cuando ya se iba y los teléfonos me torturaban… se dio cuenta solo. Se podía venir abajo la empresa pero hasta que no girara sus pies para pegar la vuelta hacia mí, yo no iba a atender ninguna llamada. Fue tan fácil como lo imaginé, no tuve más que enderezarme para que mi escote sobresaliera y fijar mi mirada en él, suplicando que se acercara otra vez. Lo hizo con la misma seguridad con que se mira en el panel espejado cada mañana, pero también con una pizca de timidez. Esconde algo, no sé qué es, y no es su… ¿novia? Es algo detrás de su mirada, como si pidiera consuelo. Su acercamiento no me pareció a mendigo, ni a galán de turno queriendo levantar a la recepcionista. Ya no soy tan «nueva» en esta empresa, él podría haberlo intentando antes. Hay algo más…

Sé cómo jugar, y me importa poco perder, porque en definitiva, siempre algo gano. Mi notita con mi dirección junto a un disimulado sobre vacío fue clara. A las 8. Shhhhh.

Son las 7:50 de la tarde. Hernán es puntual para todo, incluso para pedir su almuerzo. Es de lo más estructurado que he visto en esa empresa, aunque siempre lo haya observado de lejos. Haré mi mejor intento; quiero saber más, averiguar más. Este pibe esconde algo, y no saberlo me provoca la misma decepción que me generó Fabián. Llevo años ocupando el lugar de Romina; si ella pudo con mi Fabián, yo puedo con cualquiera.

7:55, suena el portero. Ja, ¡bingo! Y cree que no me doy cuenta.

Gabriella.

 

-Poli Impelli-

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El diario de Laura

Miércoles, 18 de Diciembre.

No lo vi venir, no me pude mirar…

Se fue de casa anoche; después de 15 años, dormí sola, acurrucada a mi almohada. La de él quedó en el mismo lugar, intacta. Tenía que mirar la sábana vacía hasta que el balanceo del llanto me dejara caer fundida. Creí que ya había llorado suficiente. Lloré al escuchar sus pasos alejarse por el camino de la entrada que construimos antes de que naciera Julián. Me desperté esta mañana con la cara enrojecida, desconocida, apenas pude abrir mis ojos… hinchados; me costó reconocerme. ¿Soy yo?

Preparé un café y aguanté el llanto un rato, hasta que Valentina y Julián salieron en el transporte hacia el colegio. Llamé a Rodríguez y con voz de velorio, entierro y purgatorio le dije: «No puedo ir a la oficina. Javier se fue de casa». Supongo que entendió mi balbuceo porque escuché un «lo siento». Me quedé muda, ya tenía otra caja de pañuelos descartables en el sofá, creo que me sintió moquear. «Laura, ¿necesitás algo?» ¿ALGO? Una explicación, hubiera querido gritarle, pero Rodríguez es tan parecido a Javier (o Javier a Rodríguez) que intenté separar los caminos. No me salió muy bien. Suspiré profundamente. «Un abrazo», dije, y dejé a mi jefe mudo por primera vez en ocho años. Lo logré. No quiero imaginar su cara de póker, ya sentado en ese escritorio rancio esperando a su mano derecha (o sea, yo) con esa frialdad con que se perfuma las células a diario, escuchando mi respuesta. Pobre Rodríquez… ¡Pobre yo, maldita sea!

Corté. Y lloré el doble que ayer, que anoche, que al abrir los ojos hoy y que ahora mismo. Sentí vergüenza, propia y ajena. ¿Cómo no me di cuenta? Este pueblo de mierda… Vivo en una nube de pedo, como me dice a veces Naiara.

Valentina me preguntó si estaba resfriada o me había picado una abeja. Le dije que tenía conjuntivitis. Claramente, no me parezco a su padre: no sé mentir. «¿Qué es conjuntivitis, mamá?». Es una enfermedad pasajera en los ojos, que explota cuando hay algo que no querés ver; en este caso, al pelotudo de padre que elegí para tu tierna e inocente vida. No, por supuesto que respiré y lancé una mentira a mi hija, y ahora me pregunto si esto será rutina, hasta cuándo tendré que dibujar la realidad para ellos… si esto recién comienza. Están acostumbrados a levantarse sin ver a su padre, porque Javier arranca a las seis de la mañana para llegar a tiempo a la fábrica. ¿Y esta noche? ¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Y el resto de sus vidas? ¿Y la mía, MI vida?

Nueve horas han pasado y todavía tengo lágrimas. ¿No se acaban? Por favor… ¿qué hice estos quince años con mi perra vida? No quiero mirar hacia atrás, no quiero. Pero lo imagino con ella y me es inevitable. ¿Adónde estaba yo? En la oficina. Cambiando pañales. Haciendo tareas, forrando cuadernos. Limpiando la casa, arreglando el jardín. Planchando uniformes, y sus camisas. Vamos, Laura, pensá. ¿Qué más? ¿De qué te perdiste, así le encontrás explicación a este dolor? Qué feo se siente… Javier no es tan imbécil; supo siempre que yo me daría cuenta. ¿Por qué no me ahorró tiempo? Habla tanto como el denso de Rodríguez, pero cuando tiene que hablar, calla. Y lo peor es que no tengo con quién compararlo…¡quince años a su lado! ¿Cómo serán otros? Solo puedo verlo a él, y su cara de ayer… Yo tendré la cara y el andar que me ayudan, pero me subestimó demasiado. Este pueblo es peor que Rayén; no se te puede escapar un pedo en el norte porque lo huelen en el sur. ¿Acaso no sabía que me iba a enterar? ¿Qué hago con los nenes, sola? ¿Sola? SO-LA. La re puta madre. Yo no sé estar sola, no puedo, no voy a poder con todo, no puedo sin Javier…

 

Jueves, 19 de Diciembre

Escribo para no matar a nadie. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o… Rodríguez me dice que me quede en casa. No pruebo bocado, ya vinieron Carmen y Gustavo, y mamá me llamó ayer al mediodía. Voy a tener que hablar, voy a tener que decirle la verdad y eso me denigra. Me enfurece. Me siento perdida, sola, sin rumbo. El castillo entero se me desarmó por una mal parida. O porque él… o quizás yo… Según Naiara, algún día voy a poder completar mis oraciones, mis ideas. Lloro. Estoy HARTA de llorar. Y tengo hambre. Hambre de saber, hambre de conocerla y mirarme en un espejo. Hambre de verdades, hambre de milanesas con papas fritas; las de mi mamá, las que preparaba cuando yo llegaba del colegio. Pero solo puedo oler sus comidas cuando escucho su voz en el teléfono. Tiene que saber, aunque yo de acá no me muevo. No puedo. Todavía tengo que llorar un poco más aunque no quiera, todavía tengo que volver a la oficina y soportar a Rodríguez, y las preguntas de mis hijos, y la ausencia en nuestra casa y también encontrármelo con ella. Quisiera desaparecer, o tener el tiempo suficiente para tirarme en una cama durante días, meses, ¿años? Sin cocina, sin tareas, sin cuentos por las noches, sin preguntas ni respuestas, sin mentiras… Anoche durmieron con Carmen, hoy ya tengo que traerlos a casa. Y sí, me tocará tragarme este insoportable llanto.

Quiero creer que todo esto una broma, que volverá a entrar por esta misma puerta como cada día, que le prepararé la mejor comida, que vendrá a buscar a nuestros hijos con sonrisas. Sueño. Sueño despierta porque si dejo de soñar, me muero. El dolor me aprieta el estómago, me tambaleo por la casa como un zombi, y Carmen llama cada una hora para repetirme que tengo que comer.

¡No quiero comer! Yo solo quiero a mi familia…

Laura

 

-Poli Impelli-

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El diario de Esteban

Encerrado, así me siento. Atrapado pero cómodo. Hoy, cuando vi una foto del pasado, sentí que antes podía. Fui feliz, con Daniela, quiero decir. Y ahora me revienta las tripas esta puntada en el estómago; supongo que se me deben iluminar los ojos cuando veo los suyos. Una foto, claro. Me enteré que está muy bien; cumplió sus sueños, su objetivo. Es médica clínica en uno de los mejores centros de medicina de California. A veces cuelga fotos públicas en Facebook. Y como un tarado ahí me encuentro, sentado en la silla que ya conoce mi culo más que yo mismo, en una oficina escondiendo mi cara detrás de un monitor más grande que la ventana que me oculta del otro mundo. En ese otro mundo caminan mi mujer y mis hijos. Tan lindos… tan grandes… ya pasaron los años de pañales, colegios, actos y berrinches. No puedo creer que mi hijo ya esté estudiando ingeniería. Le gusta; mejor que yo ha salido, siempre digo que es como su madre. ¿Y Antonella? Un solo año y chau, se me va… se va mi nena. Ella también es igual a su madre, o eso dicen, por dentro y por fuera. Buena, paciente, tranquila, estudiosa. Y ahora de novia con un pibe que me cayó bien desde el primer día; ¿será que los vi enamorados? Lleva un año y ella sigue igual, planeando con Joaquín su existencia.  Y él la mira y se derrite. Bueno, confieso en este papel donde solo yo me leo que al principio sentí un poco de celos. Muchos. Asquerosos, descomunales. Creo que tuve que controlarme para no pegarle una patada voladora cuando Anto me lo presentó y al soltarme su mano giró su cuerpo y encajó un beso a la boca de mi hija. Un beso que me recordó a mis labios besando a Daniela. En ese lapsus de consciencia descarté la patada y entendí que él era inofensivo, y que la patada fue para mí.

Dicen que uno en los hijos vuelca sus propios sueños, sobre todo los que no pudimos o logramos cumplir, que deseamos —tal vez inconscientemente— que vivan lo que nosotros no hemos podido, que se animen a enfrentar esos miedos que nosotros les traspasamos sin querer queriendo. Me veo en él, en mi futuro yerno. Veo sus ojos cuando observa a mi hija reír, cómo la toma de la mano y en voz alta y sin reparo cuenta sus planes de vida todavía adolescente. Parece que la tiene clara, al menos más que yo cuando tenía su edad, cuando no pude —o no supe— cuidar a Dani. Quizás estudió medicina para poder cuidarse a sí misma. Un tarado. Yo, claro. Pero me acomodé como pude a su ausencia conformándome con Caro. Y el embarazo nos agarró entre exámenes finales, algunos sábados de boliches y sin muchos planes. Al menos, yo no tenía planes.

Hoy lo escucho a Joaquín y siento, muy adentro mío, una especie de envidia. Dicen que nunca es sana. No solo tiene planes, sino que en sus planes está enamorado, la ama en serio. ¡A mi hija! Será un chico afortunado. Y no es que yo no lo haya sido, porque miro a mis costados y tengo todo; una casa que construí yo mismo y que Caro acomodó y decoró con gracia y buen gusto; otra casa más chica en el lago, con vista al lado sur de las montañas, donde solo siento paz, como ahora. Amo nuestras vacaciones y fines de semana en esta casa, aunque últimamente disfruto más de mi soledad. Desde que Pablo se fue a estudiar y Antonella pasa más tiempo con Joaquín y sus amigos que en casa, tuve que hacerme más amigo de la soledad. Me peleo con ella seguido; los hombres no vinimos para estar, ni para sentirnos solos. Recién ahora, creo que Carolina fue su disfraz, y siempre me pregunté qué sería de mí, de ella, de nosotros cuando los chicos crecieran y dejaran de ser niños. Un año más y Antonella estará lejos. Me quedo tranquilo por ella, pero comienzo a preguntarme por mí… Creo que jamás me lo había planteado como ahora, sobre todo cuando termino de correr y me relajo con una cerveza mirando la montaña más alta, cada fin de semana.

La miro a los ojos, intento encontrarla… Fue y es la mejor madre que podía darle a mis hijos, y todavía la siento bella, igual que cuando nos encontramos por primera vez en nuestro pub preferido. ¿Será la edad? No lo sé. Lo que sí sé es que no quiero imaginar nuestra casa sin Antonella. Las vacaciones que eran en familia ya no lo son, ya no hay risas ni ruidos. Ahora somos dos. Y miro hacia atrás y pienso… ¿alguna vez fuimos dos? Costumbres, hábitos, mi resignada forma de adaptarme a la realidad que conocí. Vi a mis padres hacer lo mismo, entre ellos y con nosotros, y Caro tuvo lo opuesto: padres separados desde que ella era una nena. Quería lo contrario; supongo que lo logró. Y me quiere… aunque a veces me pregunto si se esconde detrás de un monitor y siente esa extraña sensación y hormigueo en las venas que siento yo cuando veo a Daniela sonreír en fotos, en su vida. Y en esos momentos, quisiera destruir mis recuerdos… porque me siento un cobarde. Joaquín se llevará a mi hija y con su ausencia vendrá la mía. Mi comodidad me sentó muy bien todos estos años, mi adaptación tuvo siempre el nombre de Carolina. Y ahora, ya con mi insatisfacción acomodada, una puta red social me trae de vuelta esa mirada, esos ojos por los que creí, lloré y juré. Igual, no cambiaría jamás todos estos años, mucho menos la existencia de mis hijos. Solo creo que me cambiaría a mí mismo; me extirparía esta casa, esta vista que me envuelve, nuestra casa en la ciudad, las dos camionetas, cada viaje y todo lo que guardamos en un banco si tan solo pudiera sentir la fortuna de volver a… amar. Lo dije, sí. Amar.

¿Desde cuándo escribo tantas estupideces que nadie va a leer? Sí, estoy viejo. O pelotudo. O me siento solo. O me extraño… Me extraño con Daniela. Desde el lunes no miré más su muro, su sonrisa, sus ojos… Y juro que ella nunca verá el secreto de los míos.

Ahí llega Caro; siento el sonido de sus pasos cuando vuelve del almacén. Es lo primero que hace cuando llegamos al lago, y yo me quedo inmóvil por un rato, con mi vista en la montaña. Acá también existe la rutina. Y los secretos.

Esteban

 

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El diario de Emma

Papá parecía estar en blanco, pálido, cuando se acercó a nosotros. «Apaguen las luces y suban al otro piso de inmediato. La policía estará aquí pronto».

Mamá lo miró con esos ojos comprensivos que conocí el día de mi nacimiento, sabiendo lo que sucedería como si mi padre le hubiera contado un gran secreto antes de hablarnos. Él asintió con el mentón levemente, lo vi. Miré a mamá esperando su orden, y ella me tomó de la mano sin mirarme. «Vamos, cariño. Todo estará bien». Con la otra mano levantó una pequeña bolsa que Mr. Toyle había llenado con latas de conservas, y de un tirón empujó mi cuerpo, pequeño y últimamente más débil, y me llevó hasta las escaleras que conducían al altillo. Allí habíamos jugado con Thomas entre libros y cajas viejas. Había un viejo colchón con algunas telarañas, pero jamás nos intimidaron. Había sido nuestro mejor escondite en tiempos mejores.

Subimos con decisión y miré a papá por sobre mi hombro. Me sonrió y se acomodó su sombrero marrón guiñándome un ojo. Con su mano derecha, se llevó el índice a sus labios, haciendo ese mismo gesto que las enfermeras usan en los pasillos de los hospitales frente a niños y niñas como yo. Allí supe que estábamos en peligro. Silencio. Y a mí me gustaba cantar y hablar como hacíamos con Thomas cuando subíamos al altillo. Pero le hice caso a mi padre y asentí. Quise sonreír, pero mis músculos no respondieron a mi orden.

«Vamos, Emma», dijo mamá para que apurara mis pasos, y noté que su voz no era la misma de siempre. «Papá subirá detrás de nosotras».

Cuando abrimos la pequeña puerta del rincón, al lado de un gran armario vacío, esta chilló y mamá la empujó para acallar los fantasmas. Debajo sentí unos pasos cortos pero decididos; mi padre nos seguía. Mamá tuvo que agachar un poco su cuerpo para entrar y yo le seguí, agradecida por poder volver a mi rincón favorito. Allí me sentiría contenida, mucho más con papá y mamá a mi lado.

Cuando mi padre llegó al agujero principal, miró hacia abajo sobre los escalones de madera y suspiró. «Vamos, Oliver, entra y cierra ya la puerta», suplicó mamá. Detrás de esas débiles paredes, detrás de la presencia de mi padre y de mi ingenuidad, pude escuchar una celebración de disparos, gritos y estampidos. Sin embargo, no quise preguntar.

Cuando papá atravesó la vieja puerta y cerró los dos pestillos con fuerza, supe que allí estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? Levanté la mirada y mamá, que conocía mis preguntas antes de que las hubiera pronunciado, repitió el mismo gesto que había visto en mi padre unos minutos antes. Silencio. ¡Cuánto me costaba callar! ¿Por qué? ¿Qué habíamos hecho? Me senté como una niña buena en la esquina del colchón. Mamá comenzó a observar lo poco que había en el altillo y miró a su marido; una sombra de espanto recorrió su médula y destelló en sus ojos, pero papá no tenía muy preparada su respuesta. «Bajaré en cuanto pueda; les traeré abrigo y pediré a Toyle que busque en lo de nuestra vecina más comida para Emma». No aguanté más ese juego del silencio, que por lo visto recién empezaba. «No tengo hambre, papá. Estoy bien».

Ellos se miraron y sonrieron. Los ojos de mamá brillaron y creí que se echaría a llorar; pero en vez de eso sonrió y le pestañeó a mi padre con complicidad. Mi padre dejó caer el sombrero al suelo y una pequeña nube de polvo se levantó alrededor de su figura. Cuando miré hacia la única pequeña ventana a mi izquierda, pude ver el mismo polvo en el aire, como si Dios, o vaya a saber quién, hubiera dejado caer su gran sombrero en las calles.

Los tres, en silencio, escuchamos la última gran explosión de la noche, y los gritos ahogados que llegaron con dolor atravesando las paredes. Mi madre se apresuró a abrazarme, y supe entonces que en sus brazos no moriría. Tal vez, afuera había niños llorando sin los brazos de sus madres. Y me sentí pequeña pero inmensa. De a poquito, ahí adentro, comenzó a gustarme el silencio. Afuera, ya estábamos en guerra.

Emma

AI

 

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