La marca de Santiago

Santiago Calletti se fue sin aviso en Rayén, una fría tarde de Julio.

Hernán la llamó esa misma noche que Santiago cerró sus ojos. Una semana después, cuando él ya estaba de regreso en Córdoba, Naiara pidió un reemplazo en el instituto, compró un billete en autobús y partió a Córdoba, ciudad que conocía por haber pasado unas vacaciones con su familia diez años antes.

No bastaron más que cinco días para generar preguntas al universo porque ellos no tenían las respuestas.  A Naiara, a pesar de la lógica sensibilidad que supone semejante dolor, Hernán le pareció un muro. Ella no dejaba de pensar en Rosa y Francisco, con quienes no había podido hablar, ni por teléfono; simplemente no encontraría palabras.  ¿Por qué tan de golpe? ¿Qué había sucedido?  En el camino que supone la distancia, Naiara sintió que se había perdido muchos capítulos de una historia que ahora resultaba desconocida. ¿Esto suponía esa distancia? ¿De qué se estaba disfrazando? Naiara la imaginaba como una bruja desgraciada, que la había alejado de lo que tanto necesitaba y amaba.  Sin embargo, a ella en Santa Clara no le faltaba nada: una carrera, un buen trabajo, una bella ciudad, una familia sana, amigos que habían abierto el corazón y sus casas para permitirle entrar y pertenecer, un inolvidable viaje al viejo mundo, y Gabriel con su entorno cargado de aceptación.  ¿Qué había hecho esa bruja, entonces? Naiara percibía que su hechizo de injusticia aparecía en los correos, en los encuentros cibernéticos o en la voz de Laura o de Ariel en un teléfono. Naiara le hacía frente a la bruja sin temor, y como adolescente tardía seguía desafiándola en susurros. «No me vas a quitar lo que fue, es y será siempre parte de mi vida».  Cuando Hernán estaba a su lado, ese susurro se volvía un grito desgarrador, y un poco más claro cuando el dolor visitaba sus vidas.

Lo dejó hablar. Le permitió llorar en cada abrazo, y pasearon por la ciudad como si nunca la hubieran visto antes, variando los colores del paisaje según brotaran palabras, lágrimas o risas.  Encontraban, más de una y mil veces, los mil y un motivos para llorar, de risa, ahogando lágrimas sin poder respirar.

Hacía un tiempo que Hernán había comenzado una relación con Juliana; se lo había contado a Naiara en uno de sus últimos e-mails, sin darle demasiada trascendencia.  Ahora que Naiara había venido de visita, Juliana estaba en el pueblo de sus abuelos, a 40 km de la capital. Pero como Naiara ya predecía, Hernán le mostró una foto de su chica.

—¿Y vos acumulás fotos para hacer un book o algo por el estilo? —preguntó Naiara intentando no reír.

—No, sabes que me encanta sacar fotos, y tomarlas desprevenidas… ¿Te gusta Juliana?

—Claro, pero si de cada una que pasa por tu vida vas retratando sus pasos y sus curvas, podrías después publicar tu vida con fotos alusivas.  Cuando seas un viejo verde, por ejemplo.  —Escondió su risa atragantada. Hernán mordía su labio sonriendo.

—No me respondiste —dijo Hernán, intentando encontrar sus ojos miel.

—¡Pero… obvio! Es preciosa, hacen una hermosa pareja, Hernán.

Ella hablaba en serio. A Naiara no le parecía particularmente bella, no más que el recuerdo que tenía de Mariela o Analía. Sin embargo, el cabello moreno y lacio de Juliana le daba un aire de distinción, y tenía un cuerpo como los que le gustaban a él, ni tan soberbios ni tan austeros.  Era hermosa para Hernán. Bella pareja, pensó Naiara, y sonrió por dentro y por fuera.  En lo más hondo de sus deseos, traspasando la imagen que veía en Juliana, esperaba que ella pudiera acompañarlo como se merecía en ese momento, que entrara en el dolor de Hernán hasta el fondo, hasta donde una mujer de cabello moreno y lacio son capaces de llegar.

—Cuando me case, te aviso con tiempo; así como haces vos, por ejemplo… —dijo él, soltando a la vez una carcajada.

—¡Sos un pelotudo! Avisame para bajar unos kilos, nada más.

Hernán bajo la mirada y frenó sus pasos. Suspiró y se tocó el lunar antes de hablar.

—No sé cómo agradecerte este viaje, Nai. Sé que vamos… que voy a estar bien. Pero es duro… —Sus ojos volvieron a brillar, húmedos.

—Es que Córdoba me encanta. Si vivieras en San Martín, ¡ni mongo hubiera hecho semejante viaje!

Naiara lograba que Hernán soltara una carcajada, aunque fuera entre lágrimas.

—Te quiero, zapallo…  Y todavía no puedo creer que te vayas a casar.

—¿Muy marciano?

—¡No! Vos sos la marciana, Gabriel no lo es. —Hernán se limpió las mejillas.

—Linda esperanza, entonces… ¡Pobre Gabriel!

Y reían. Reían a pesar de las patadas que la tristeza lanzaba por dentro. La costumbre de siempre los volvió a despedir: abrazos, silencios y algún que otro deseo de esperanza.

—No puedo volver a Rayén, voy atrasado y tengo que rendir. Quisiera estar con ellos, quisiera poder dividirme, pero no puedo, Nai.  Tengo que terminar y llevar esto como mejor me salga. —Titubeó, como si sus palabras fueran pecado—. Acá me distraigo, llevo ya tiempo y me gusta… Para mí estar allá es peor; no sólo me da tristeza… creo que me sentiría a medias, sin terminar lo que decidí empezar.

—Hernán, igual seguirás yendo.  Y volverás a sentir.  No es solo la ausencia de Santiago, sino que ya nada será igual a lo que fue. —Imágenes confusas volaron por el cerebro de Naiara, imaginando su vida sin Fede o Marcos.  La angustia le apretó el hígado y sentió el peso del esfuerzo que hacía por decir algo coherente, por intentar terminar las ideas sin romper en llanto—. Y vos, por más que te quedes acá para terminar lo que empezaste, tampoco volverás a ser el mismo.  Vas a hacer fuerza, Hernán, pero no vas a poder. —Hizo una pausa y tragó saliva—. Si desde un tren en marcha te empujan desde un vagón, ¿cómo caes en tierra firme sin lastimarte? Te vas a dañar, aunque te levantes y hayas tenido la suerte de no morir, tenés que sanar esa herida en tu cuerpo.  El tren venía muy rápido y te empujaron de golpe; aún estás en el suelo, dolido.  Aunque estudies, salgas de joda, te diviertas con quien quieras, no serás ese mismo que venía cómodamente sentado en el vagón del tren, disfrutando del paisaje con música en sus oídos.

—No quiero, Nai, ¡no quiero! —y la abrazó con fuerza—. Pero gracias. —Suspiró—. Te quiero tanto…

Para Hernán, esos días fueron alivio. Para Naiara, un remezón que le cuestionó aún más su existencia y las posibilidades que la vida le podía mostrar de un día para otro y, a veces, sin aviso.

 

 

Naiara llegó a Santa Clara temprano, Gabriel la esperaba junto al andén número 8. El de siempre. Aunque tenía pensado ir a trabajar, ya tenía el permiso para ausentarse.  Cuando entraron con Gabriel a su casa, Marcos estaba sentado en el sofá del comedor escuchando el nuevo CD de Soda Stereo, y Federico y María Luz, preparando unos mates en la cocina.  Fede salió a la entrada para saludar a Naiara, y ella sintió que sus pies se paralizaban. Les sonrió a los dos pero no estaba allí. Los tenía ante sus ojos, sanos, vivos y bien cerca.  Conteniendo la catarata sabor a miel que amenazaba con abrir de golpe el grifo, le apretó la mano a Gabriel con tanta fuerza que él comprendió al instante lo que sentía y devolvió el apretón con empatía. Fueron solo segundos que a Naiara le frenaron los latidos del corazón, hasta que Marcos la trajo de vuelta al levantarse de un salto y darle un beso.

—¿Cómo está Hernán, hermanita? No quiero ni pensar…

Fede se arrimó a darle un abrazo, y María Luz se acercó por detrás con un mate que elevaba humo a bienvenida.

—Nai, debes estar cansada. ¿Unos matecitos? —dijo María Luz, con esa sonrisa que parecía pintada en su semblante habitual, tan permanente y presente como la columna vertebral.

«María Luz debe haber nacido con una sonrisa», pensaba siempre Naiara, ni siquiera sospechando que la vida sería tan irónica con ella también, arrebatándole lo mismo que a Hernán unos años más tarde.

María Luz abrazó a Naiara sin preguntar más. El humo del mate caliente las envolvió en confianza y Naiara le susurró al oído: «Cuidalo a Fede, Luz. Cuidalo siempre». Sintió que los brazos de su cuñada le apretaban las costillas, y María Luz, sin dejar de sonreír, suspiró profundo, quizás adelantando unas lágrimas, esas que dejaría caer diez años después.

 

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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

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Irónicamente feliz

Loca. LIBRE. Terca.

Diferente. Rebelde. Amorosa.

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Enferma. Sana. Amistosa.

Divertida. Obstinada. Silenciosa.

Egoísta. Miedosa. Valiente.

Selectiva. Despistada. Observadora.

Resolutiva. Atolondrada. Ansiosa.

Reflexiva. Pasional. Irreverente.

Asquerosamente positiva.
Excesivamente acuariana.
Irónicamente feliz.

 

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Poli Impelli

Nací y crecí en Neuquén, Patagonia Argentina.

Un diploma en letras negras dice sin hablar que soy Profesora en Lengua y Literatura Inglesa, pero la única verdad es que soy quien decido ser, y eso no viene con tinta enmarcada.

A veces juego con lo que ya sé, me meto donde no debo, pruebo y cometo errores (y si son muchos, mejor. Hoy en día hay combos muy interesantes…)

Un día que recordaré siempre, con cierto hastío a lo tan conocido tomé coraje e intenté desafiarme andando otros caminos, y así aprendí que para la vida no hay diplomas y que se aprende hasta el último suspiro. En ese estado de inconsciencia divina, hace años y muy lejos de casa, me pregunté qué más podía hacer para intentar equivocarme… Ya no recuerdo bien si fue por el exceso de sol, una cerveza tibia o el alien acuariano que llevo dentro, pero me bastó recordar que desde mi infancia camino garabateando paredes, papeles y pantallas.

Asomando la cabeza de a poquito, como quien teme a lo desconocido muy conocido, empecé a revolver mis garabatos para compartir, colaborar y participar en revistas, espacios creativos y literarios, en redes sociales y en publicaciones donde puedo aportar el valor agregado que me ha dejado ese gran papel escrito en tinta negra. Me encanta trabajar con otros escritores, corregir, editar y fundirnos en mil dudas, porque allí es donde más aprendo y en donde me encuentro a mí misma.

Desde entonces, mi espíritu viajero incansable y yo vamos acumulando observación con todos los sentidos, y de allí salen historias, relatos, reflexiones, cuentos o alguna escena más para dibujar imágenes en alguna poesía.

Como no sufro de miedo y a veces peco de atrevimiento congénito, hace más de dos años estoy escribiendo y trabajando en mi primera novela. Si ya padecía cierta locura en épocas remotas, esta se ha incrementado a niveles casi prohibidos. Hernán, Naiara, Laura, Sol, Carlos y varios más ya son parte de mi existencia diaria. Me gustaría pensar que aquella cerveza tibia tuvo razón, o que mi alien es mi mejor aliado en este camino (por las dudas, él también es personaje, y creo que aparecerá en los agradecimientos. No vaya a ser que se enfade…).

Mientras escribo y espero a que me encierren en algún manicomio decente, con toda confianza te invito a opinar, a decir lo que sientas, a que te guste o no lo que leas, a que seas parte de cada experiencia mía y, si me dejas, compartiré las tuyas.

Bienvenidos. Aquí estaré, porque tenerte cerca será un lujo.

Abrazos Infinitos.

Poli 🙂


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