Estudio de campo sobre la inexistencia del amor

Aunque ya tenía noticias de que Joel lo había encontrado, este domingo de invierno me levanté con la firme convicción de que el amor no existe, de que sólo es una idea que creamos en nuestra mente para sentirnos un poco más reconfortados, más a salvo de las cosas feas que suceden a menudo.

Cada vez más a menudo.

Yo no necesito pruebas de casi nada para creer en algo porque la situación es corta: o creo o no creo. Pero esta mañana, se me dio por querer encontrar una prueba irrefutable para mostrarle al mundo la veracidad de la teoría con la cual había amanecido en mente.

Me largué a la calle como en ala delta y puse real atención en cada uno de los rincones de mi nuevo barrio, por el cual comencé a pedalear como si flotara, y me dije que si por esas casualidades veía al amor por ahí, entonces mi teoría no tendría ningún fundamento.

Llegué hasta mi McDonald’s de San Martín y Maipú y vi gente desayunando. Me fijé en todas la caras, que parecían abducidas por los diarios del día; casi me alegré de ver que nadie se daba bola, nadie estaba tomado de las manos de otro, nadie se hablaba al oído, nadie se miraba.

Me dirigí por la Avenida San Martín hasta el centro y pasé por una iglesia; miré hacia adentro y solo me encontré con la presencia de un Flaco al que habían dejado colgado en una cruz hace miles de años, pero ni registro de alguna persona que le estuviera hablando o agradeciendo el sacrificio.

Mi hipótesis cada vez tomaba más fuerza y solidez.

Un poco más adelante, pude ver cómo dos tipos se puteaban en una esquina porque uno no había dejado pasar al otro con el auto. Unas cuadras más y presté atención a dos chicos de unos veinte años, sentados en el banco de una plaza muy cerca uno del otro pero que ni siquiera se dirigían una mirada, mucho menos la palabra.

Cada vez juntaba más pruebas al respecto y, encima, los árboles no hacían más que despedir hojas desde sus ramas, que caían al suelo amarillas y secas por un amor que solo había durado dos estaciones.

A todo esto, vos y yo, no solo no volvimos a vernos más, sino que tampoco volvimos a hablar por teléfono (cosa que yo odio y a vos te fascina) y calculo que andarás desandando tu vida sin ningún tipo de problemas mientras yo sigo abocado a escribir estupideces, ver películas a las cuales no presto la más mínima atención (y después digo que son malísimas), estrenando un orgullo imbécil que me hizo convertir en un tarado sin ningún tipo de interés comunicacional con la raza humana.

Para mí ya estaba todo dicho y claro. El amor no existe.

Me senté, casi exultante, en el reparo de la parada del 41, cansado por el exhaustivo estudio de campo que me había llevado gran parte del día y en cuál no había encontrado una sola señal de que el amor existiera.

Por ende, no existe. Ya estaba listo para comunicarle al mundo mi gran descubrimiento.

En ese instante mío de certeza mental, llegó a la parada una pareja de padres jóvenes. Ella con una panza que aparentaba unos seis meses de embarazo; en un brazo le colgaban las bolsas del supermercado y en el otro, una nena de aproximadamente dos años. Él llevaba la mayor cantidad de bolsas con las compras y vigilaba con su mirada a un niño de unos cuatro años.

Esperaron la llegada del colectivo a unos cinco metros de distancia uno del otro, sin mirarse, sin hablarse mientras ella le daba la espalda a él, quien se sentó a mi lado.

Mirándolos detenidamente y sin disimular el triunfo de mi conjetura, me quedé pensando en cómo habíamos vivido tantos años engañados por los libros, las canciones, los besos, las películas, por Dios o por un gobierno, pensando y creyendo en un sentimiento tan absurdo y abstracto como el amor.

En eso estaba yo cuando ella giró, miró al hombre a los ojos y le dijo:

—Gordo, estoy muerta de cansancio, pero apenas lleguemos a casa me pongo a cocinarte las milanesas, así tenés comida para llevarte mañana al trabajo.

Él se levanto de mi lado, le sacó las bolsas de la mano, le dio un beso precioso en la panza y luego la abrazó, con todo el amor del mundo, sin decir una sola palabra.

Me prendí un cigarrillo (el enésimo del día), me sonreí un rato incalculable y eché en el tacho de basura más cercano toda mi gansa teoría de que el amor no existe. Son esas estupideces que se me ocurren los domingos de tanto extrañarte, de tanto esperarte y de seguir haciéndolo… cada día.

Cristián Lagiglia

 

 

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Te molesto

Te molesto. Te molesto porque río cuando lloras y porque lloro cuando ríes. Te molesto porque puedo galopar tu mundo y el mío sin maquillaje, entrar descalza en una fiesta donde danzan los tacos y los brillos; te molesto porque yo sin brillo estoy brillando demasiado.

Te molesto. Te molestan mis silencios y que yo hable cuando los demás callan. Te molesta que yo diga y grite lo que el resto no se anima u omite. Te molestan mis aviones, mi equipaje, mis caminos y mis metros. Te molesta que sea fiel; a vos, a mis ideas y a mis sentimientos. Te molesta que no te dé lo que no tengo para darte y que no recibas lo que sí tengo y no te doy. Te molesta que no te necesite para comer, para dar vida y para vivir y morir en mil intentos. Te molesta que yo sea yo y no sienta culpa por ello; y te molesta recordar quién he sido, quién soy hoy y quién seré.

Te molesto. Te molesta mi locura, mi soledad y mi compañía, porque no hay molestia más grande que no encontrar lugar para tener cabida. Te molesta mi valentía, mi osadía y mi calma repentina. Te molesta que me asuma diferente y que sea libre, que lo sienta y que lo intente.

Te molesto. Te molesta que me distraiga demasiado de la pena sin alivio, y que no me distraiga tanto de lo que vale la pena y lo que amo. Te molesto porque yo amo con honestidad y con locura, y te molesta que yo no necesite lo que otras piden, porque te quedas vacío de entregas y no encuentras cómo retenerme. Te molesta que te quiera y quererme tanto, y te molesta que ningún tonto me pesque desprevenida para ofrecerme amarras a su cama y a su encanto.

Te molesto. Te molesta que no responda a lo que quieres escuchar porque tu costumbre es esa. Te molesta que sin cirugías, sin altura ni sumisión le pegue un soplo de goce a la vida. Te molesta que el calendario me guiñe un ojo y yo me le cague de risa. Te molesta que sea feliz, pero te molesta también que sufra lo que vos ya has sufrido.

Te molesto. Te molesta mi impertinencia de ver lo que tus ojos ciegan, y te molesta tu ceguera y los bastones rotos de quienes te rodean. Te molesta mi intrepidez de no querer y mi cobardía cuando me caigo, te molesta ofrecer tus alas cuando ambos sabemos que andas rengueando. Te molesta que me moleste tu presencia y te molesta que cada ausencia nos desgarre por dentro. Te molesta que reconozca una historia y le ponga palabras; te molesta tu negación y que yo la encuentre escondida en miedos detrás de tu espalda.

Te molesto. Te molesta mi otoño, mi verano, mi primavera y mi cálido invierno, porque a mí me abrigan las noches y me desnudan de día, mientras a vos te joden los mosquitos y también las tibias compañías.

Te molesto. Te molesto porque me conoces demasiado y lo que conoces te molesta. Te molesto porque te conozco como nadie y no me hago cargo ni lo expongo ni lo digo.

Te molesto. Te molesto tanto que ya me acostumbré a tu dulce molestia, y no me molesta que hoy me moleste tanto que resucites de a ratos… mientras yo brindo por ser quien soy, alzar mi voz, quedar sin vos y sin tu molestia en esta vida.

-Poli Impelli-

 

Ufff… ¿Otra vez Navidad?

Se va el año y comienzan los cierres, el apuro, el arbolito, los regalos, la preparación de las cenas, los postres, los viajes, las escapadas… y venga que todos corremos.  Me sigo preguntando adónde va la gente cuando corre. Diciembre: a veces suena a mala palabra, a esas prohibidas que nuestros padres nos hacían callar («Shhhh, eso no se dice»).

Recuerdo hace unos ocho años escribí una reflexión para Navidad que surgió de mi primera Nochebuena en completa soledad, en una ciudad maravillosa en el sur de España, donde sentí una felicidad extrema: sin correr, y sin todo lo que menciono arriba. El teléfono me unió a mis seres queridos, el poco tiempo que podía durar una llamada (no existía el whatsapp y mis mensajes de texto no llegaban a mi país).  Miro hacia atrás y creo estar segura que, desde esa Navidad, aprendí más de lo que creí que podría. Entendí que lo que me habían enseñado en mi infancia significaba más de lo que una religión me mostraba. Era un nacimiento para mí, como si otra vez mi mamá estuviera haciendo fuerza para que yo saliera al mundo. Se supone que eso festejo el día de mi cumpleaños. Pero en el día de Navidad somos todos festejando, todos brindando, en todas partes del mundo. Como si mi nacimiento fuera el nacimiento de todos al mismo tiempo. Ahí entendí la diferencia entre ese día y el de mi cumpleaños.

Desde entonces, la palabra Navidad y ese brindis con los nuestros se transformó en muchas navidades a lo largo del año. Y como es el único día en que estamos todos unidos, al mismo tiempo y celebrando exactamente lo mismo, lo siento importante. No por el calendario, no por una religión, no por el culto ni los ritos, sino por el sentido perpetuo de nacer año tras año.  Y cada cosa bella que vivo la siento como una Navidad, aunque no coincida en el calendario.

Hace muy poco tiempo, un grupo de íntimas amigas se unieron para ayudar a otra que está atravesando una grave enfermedad. Ese inmenso gesto de amor, sin titubeos, sin una mínima duda, me llenó los ojos de lágrimas y lo primero que pensé fue: «¡Qué bella Navidad!». Para nuestra amiga que padece un momento tan duro y especial, sin dudas fue un renacer en agradecimiento y en amor.  Eso es para mí la Navidad.

Los abrazos que he recibido a lo largo del año me han llenado de Vida. ¿No es eso acaso una Navidad? Escuchar las risas de mis sobrinos, repletos de felicidad y salud, me llena de Navidad. Las voces de mis padres, las carcajadas con Amigos (esos que saben reír, que se ríen de las mismas estupideces que me río yo) me recuerdan que podemos tener cada día una nueva Navidad. Salir del consultorio de un médico o profesional sonriendo por estar tan sana me recuerda que vivo en perpetua Navidad (para mí no es normal, sino un milagro, cada vez). Poder escribir lo que pienso, siento y vivo me llena de Navidad, cada vez que lo hago.

¿Adónde corre la gente cuando corre?

No corras. No te apures. No gastes más en esta época sólo porque es Navidad.  Cada día del año merece tu esfuerzo laboral, no sólo esta época de ilusiones renovadas. No te aflijas por lo que no tienes, piensa sólo en lo que sí tienes. No corras. No hay por qué ocultar tristezas ni desilusiones, pero vale la pena hacerles frente: muchas Navidades se nos pasan por las narices y no nos damos cuenta, esperando un 25 de Diciembre.

Soltar lo que no nos sirve es también parte de la Navidad.

Ser honestos con quiénes somos y no negociar nuestros principios y valores también es Navidad.

Nutrirse de lo bueno, de lo que cada historia de vida necesita, también es Navidad.

Respirar profundo reconociendo las propias miserias, también forma parte de la Navidad. La esperanza no se vende en paquetes de colores sólo en Diciembre. El amor no llega sólo por alcoholizarnos el 24, ni las familias cambian sus sistemas porque es fin de año. La alternativa entonces, es nacer cada día, y tener el coraje y la fortaleza para aceptar hasta lo que sugiere ser inaceptable”. En el sí a la Navidad, estaremos aceptando el nacimiento, la Vida. Y esas personas que hoy físicamente no están siguen naciendo; que no las puedas ver, no significa que no estén presentes. Fueron y son.

Si aún podes vivir y brindar… ¿adónde vas, corriendo?

Uffff… ¡Otra vez Navidad! Pero para mí es una dicha. Entonces, te cambio un regalo por un abrazo. Un recuerdo que te angustia por el momento presente. Un arbolito por una mirada a los ojos que te haga falta. Un «me ofendiste» por un «perdoname». Todo el dinero que estás por gastar por unas cuantas sonrisas y ese amor infinito que sólo tu corazón conoce. Todos podemos amar, y permitirnos ser amados. ¿Adónde vas, corriendo sin amor? Creo que para eso llega diciembre, para llenarnos de todo lo que ha faltado, y no es precisamente lo que te apura, ni lo que te aflige o te entristece.

Y lo que cada año escucho es que en esta época muchos se deprimen, se entristecen, se agobian. El gran poeta, filósofo, cantautor y escritor argentino Facundo Cabral decía: «No estás deprimido, estás distraído.»

«Distraído de la vida que te puebla, tienes corazón, cerebro, alma y espíritu… ¿entonces, cómo puedes sentirte pobre y desdichado? Distraído de la vida que te rodea, delfines, bosques, mares, montañas y ríos…

No perdiste a nadie, el que murió simplemente se nos adelantó porque para allá vamos todos, además lo mejor de él, el Amor, sigue en tu corazón…

No encuentras la felicidad, y es tan fácil; sólo debes escuchar a tu corazón antes que intervenga tu cabeza, que está condicionada por la memoria, que complica todo con cosas viejas, con órdenes del pasado, con prejuicios que enferman, que encadenan: la cabeza divide, es decir empobrece, la cabeza que no acepta que la vida es como es, no como debería ser…

Haz sólo lo que amas y serás feliz. Porque quien hace lo que ama está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente…

No estás deprimido, estás distraído…

Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo, ayuda a los viejos y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas; además, el servicio es una felicidad segura como gozar de la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medidas y te darán sin medidas. Ama hasta convertirte en lo amado, más aún, hasta convertirte en el mismísimo amor…

Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan a la vida. El bien se alimenta de sí mismo, el mal se destruye a sí mismo.  Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio.

No estás deprimido, estás distraído.

¿Qué quieres ser? ¿Qué quieres hacer ahora? Porque la vida es ahora mismo. Olvida lo que crees que eres y comienza ahora mismo, entonces convivirás con todos fácilmente; es tan grato vivir sin divisiones, bueno, malo, rico, pobre, negro, blanco, amigo, enemigo, compatriota, extranjero…

No perdiste la inocencia, sólo la ocultas por miedo a la burla de los que sólo pueden catalogar porque la perdieron…

Salomón o Borges en lugar del periódico, Mahler o Bach en lugar del televisor; amistades inteligentes y positivas en lugar de perdedores por indolencia e ignorantes desdichados por su propia decisión. De este modo recibirás la mejor energía, la esencial porque el crecimiento es natural de la vida…

No busques afuera, lo que no tienes adentro.

No puedes pedir amor, si no lo diste.

No puedes pedir justicia, si no fuiste justo.

No puedes buscar paz afuera, si no la tienes adentro.

Pero no hay apuro, tienes a la eternidad delante, además el trayecto suele ser más emocionante que la llegada, si es que se puede llegar a alguna parte; entonces lo sensato es recomenzar a cada instante…

No seas desagradecido. Piensa cuántas cosas tuvieron que conectarse desde lo más recóndito del universo para que fueras este quien eres, para que pudiera ser la ciudad donde vives…

Arriesga, la vida es cambio permanente, por eso siempre te da revancha, recuerda que el que no está dispuesto a perderlo todo, no está preparado para ganar nada…

Cuando dices no puedo, estás diciendo no quiero. Ya hay demasiados mártires; levántate y anda…

No te engañes, entonces nadie te engañará…

No estás deprimido por algo que pasó, sino distraído del todo que es ahora mismo.»

Ya llevo muchas Navidades este año, y siento un inmenso agradecimiento porque puedo decir, otra vez: ¡FELIZ NAVIDAD!

Que a cada uno le llegue su verdad, su luz y su valentía para seguir viviendo más Navidades.

Mi Abrazo Infinito para todos.

-Poli Impelli-

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Permítame contarle…

Hay gente que no espera ni sabe escuchar. Tal vez no se dan cuenta de que solo hablan como loros, sin hacer pausas ni respirar.

Hay gente que suele preguntar “¿Cuándo nos vemos?”, pero no mueve una fibra para que el cuándo suceda.

Hay gente que desconfía hasta de su propia sombra, y que lleva paraguas por si llueve hasta en pleno día de sol.

Hay gente que camina enferma, viviendo en un mundo enfermo, creyendo que si se quitan las máscaras y derriban sus muros quedarán en soledad.

Y hay gente que tiene mucho miedo a la soledad, que está mal emparejada porque no tienen el valor de romper el vicio y volver a comenzar.

Hay gente que se nutre de la violencia –física o verbal-, manipulando sentimientos ajenos y haciendo eco de ello con ruegos de disculpas y súplicas disfrazadas de perdón.

Hay gente que parecer ser amorosa, bondadosa, graciosa y de “buen palo” pero que sus miserias esconde bajo la alfombra, en lugares bien oscuros donde nadie pueda ver ni percibir las sombras.

Hay gente que mira sin mirar, que oye sin oír, y piensa sin sentir. Y hay otros que están vivos porque por obviedad biológica respiran.

Hay gente a quien estar bien ocupada le encanta pero porque eso es importante. Hay gente que procura ocuparse para no escucharse ni mirarse.

Hay padres que dicen ser padres porque esperaron nueve meses y trajeron su hijo al mundo, pero se olvidan de ser padres siendo amor y entrega hasta que no haya más por dar y queden mudos.

Hay gente que gobierna sin liderar y que milita sin pasión. Y hay algunos que aman el dinero y el poder más que a sí mismos, y si lo pierden se ahogan en la desdicha y el vacío.

Hay gente que pulula por las calles cual robots, con la espalda encorvada por el peso de la mediocridad y la monotonía. Y dicen los sabios que éstas pesan, sobre todo en la adultez y hasta el final de nuestros días.

Hay gente que mira desde una siniestra altura a quienes poco tienen, y solo en diarios, revistas y por casualidad escucharon lo que es el hambre, la indigencia y la desdicha.

Hay gente que no mueve un músculo de su cuerpo por saberse diferente, porque en masa y con sus éxitos se sienten suficientes.

Hay gente que hiere sin perdón, sin escrúpulos y con alevosía. Están llenos de dolor y escupen al cielo lo que luego él les devuelve, pero se quejan en tu cara de tanta desgracia y de las pérdidas recurrentes.

Hay gente que solo habla de enfermedades, de malas rachas y problemas, y que no se dan por enterados de sus causas ni por su responsabilidad se toman la molestia.

Hay gente que goza de poca empatía, y viviendo en mundos inventados encuentran la comodidad donde aplauden sus glorias, sus ganancias y alegrías.

Hay gente que manipula, que miente con descaro pero que dibujan y fingen su día a día.

Hay gente muy culta que no lee ni las etiquetas de la mercadería, y gente muy pero muy inteligente sin sabiduría.

Hay gente diplomada que se saben dignos de un lugar extravagante y elegido para mostrar un cuadro y alguna membrecía.

Hay gente emocionalmente analfabeta, que se viste con disfraces para no darse a conocer, porque estudiar ese alfabeto duele demasiado y eso pertenece al fuero de valientes, no al de la cobardía.

Pero déjeme contarle, desde las cortas experiencias vividas, que también hay gente que sí sabe de la escucha activa y que miran a los ojos cuando hablan y reciben para saber qué es lo que nos pasa, que respiran porque sienten el aire que inhalan, y que desconecta su celular, su televisor o su tableta para tener una charla profunda donde las lágrimas y las risas sean compartidas.

Déjeme contarle que hay gente que nos dice “te extraño, te quiero ver”, y mueven no solo su cuerpo sino también el alma para hacer que esto suceda.

Permítame decirle con certeza, que hay gente que confía, que sonríe al mojar bajo la lluvia su traje y no le importa andar tan despeinada por la vida.

También hay gente que vive con el corazón roto cada tanto, porque prefiere tirarse a una pileta con confianza y no vivir con cobardía.

Permítame contarle que hay gente que en vez de tenerle miedo a la soledad la desafían. Que en vez de estar fingiendo la grata y fácil compañía se enfrentan con sus sombras, se miran a un espejo, se escupen las verdades y toman decisiones saliendo al mundo con hombría, dejando espacios para encontrar un amor que los acompañe a expandirse, a elevarse, a sanar, que los sublime y enriquezca para ser auténticos con osadía.

Hay gente que se sabe humilde y reconoce sus sombras, saca sus miserias para pedir ayuda y desempolva la alfombra para crecer en su autoestima.

Déjeme contarle que también hay gente que se ha puesto de acuerdo en su pensar, sentir, decir y hacer, y que cuando actúan de esta forma dejan de estar ocupados en estar ocupados, y se liberan de sus propios vicios para ver lo que miran, para escuchar lo que oyen y para sentir lo que imaginan.

Permítame hacerle saber que hay muchos padres que antes de serlo lo decidieron con amor y sabiduría, eligiendo con su entrega la más noble tarea en esta vida, para dar lo mejor de sí mismos a sus crías.

Me tomo el atrevimiento de contarle que hay gente que gobierna desde la pasión con la intención de aportar algo a un mundo mejor, de dar lo que tienen para dar, desde los ideales de honestidad, equidad y justicia, pero que se encuentran acobardados por el entorno y por las fieras que menciono arriba. Existe gente que decide luchar por sus sueños e ideales, y que son líderes con entereza y de verdad, no de mentira. Para ellos el poder está al servicio, y no necesitan dinero que no vuelva como fruto del esfuerzo y de la valentía.

También le cuento que hay gente que la mediocridad detesta, y que a pesar de sentir el peso de la rutina la intentan desafiar a diario, modificando algo pequeño desde el lugar que ocupan, en el trabajo, en la ciudad y en su familia.

Déjeme decirle que hay gente que vivió o que vive el hambre en carne propia, o que viajó a lugares impensados para acompañar en la desgracia y sentir extrema empatía. Luego eligieron hacer mucho con ello a favor de aquellos que tanto desconocían.

Permítame contarle que hay gente que la discriminación desprecia, que rechaza la mirada desde arriba y la impotencia de observar desigualdad y que los que más tienen, todavía se rían.

Ya le cuento yo que hay mucha gente haciendo cosas grandes, elevadas y con personal desinterés por muchos otros que nacieron “desnudos” y en la nada. Y que mientras usted y yo estamos “en este mundo nuestro”, hay otros tantos que salen del suyo para ver qué hay más allá de su manada.

Déjeme proclamar a viva voz que hay gente que se asume diferente o que busca diferenciarse de las masas, porque así se saben vivos y consiguen perseguir sus sueños por mirar la vida con locura y no con tanta sensatez, y ese trastorno obsesivo y compulsivo de la perfección que anula toda posibilidad de dicha.

Permítame explicarle que existe gente que no habla de enfermedades ni de desgracias, que se alegran con los éxitos ajenos, que se expanden por hablar en positivo y que pueden disfrutar con las penas compartidas.

Y así le cuento que también hay gente que mientras aplaude sus glorias, logros y alegrías se abre al mundo a compartirlas para que quienes no lo han conseguido se contagien, y sientan que todo es más posible que suceda con el ejemplo de quien ya se ha transformado.  Es esta gente la que no se encierra en su éxito ni presume, sino que lo redirige en su entorno para expandirse y estar segura que de esa forma ayuda.

Permítame contarle que hay gente muy sincera, muy honesta y atrevida, que se animan a cantar verdades y a mostrarse tal cual son, sin escondites ni mentiras.

Déjeme decirle que hay gente que estudiar nunca ha podido, que no tiene un diploma colgando en su escritorio y sin embargo es digna de admirable sabiduría. Más nos vale escucharlos y tomar de ellos su maestría, que buscar trajes y corbatas con galardones y conservadoras historias de vida.

Déjeme ir cerrando el tema, contándole que hay gente que se ocupa en aprender, en conocer, y en curiosear ese abecedario, y así con mucho esfuerzo logra ser dueña y ama de su vida. Y con noble atrevimiento, esta gente vuela los disfraces a las bolsas de basura, desafiando sin armas la batalla que supone ser auténtico en un mundo como el nuestro, y pasándose del bando de cobardes al fuero de la valentía.

Y permítame decirle, por último, que este mundo es un pañuelo, donde nos encontramos todos y somos todos a la vez. Un lugar grande y pequeño al mismo tiempo, donde las mayores miserias se develan en las miradas, y las mejores virtudes también. Permítame confesarle que creo en mi consciencia que nadie es tan bueno ni tan malo. Que nadie está tan enfermo ni tan sano. Que nadie quiere lo peor para su prójimo, ni lo mejor si no se es merecedor, según las gafas con que se observe la vida.

Permítame contarle, que aunque este mundo esté lleno de injusticias, de mierda y porquería, también hay mucho chocolate, gente noble, un buen vino, justicia, esperanza y alegrías.

– Poli Impelli –

Dios… según Spinoza

BARUCH DE SPINOZA – Nacido en Amsterdam, el 24 de Noviembre de 1632, fallecido en La Haya, el 21 de Febrero de 1677.  Filósofo considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés René Descartes y el alemán Gottfried Leibniz.

Este filósofo debe haber sido, además de lúcido, muy arriesgado para escribir semejantes razones y pensamientos para la época en que vivió.  Al día de hoy, lamentablemente, es arriesgado ser consciente y vivir con/en la naturaleza de la Vida ( o de “Dios”).

Hace unos meses, en un tren fuera de mi país, charlaba con una de las pocas personas que conozco que viven firmemente sintiendo adentro lo que Spinoza sugiere (y con quien concuerdo plenamente), y decíamos que si pensáramos así, tal vez, quizás… habría más felicidad en este ciego mundo, menos divisiones, guerras y fanatismos, bastante más buen amor, comprensión y aceptación de quienes somos y para qué estamos aquí, viviendo.

Decía Spinoza:

“¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.  Quiero que trabajes, que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

Mi casa no son esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.  Mi casa está en las montañas, en los bosques, en los ríos, los lagos y las playas.  Ahí es donde vivo, y ahí es donde expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable. Yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.  El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría.  Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.

Deja ya de estar leyendo tanto libro religioso que nada tienen que ver conmigo.  Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito…¡No me encontrarás en ningún libro!

Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a MI cómo hacer MI trabajo?

Deja de tenerme tanto miedo.  Yo no te juzgo, ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo.  Yo soy puro Amor.

Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar.  Si Yo te hice…. Yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias, de libre albedrío. ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que Yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si Yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se portan mal, por el resto de la eternidad? ¿Qué clase de “Dios” puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que solo crean culpa en ti… AMA Y RESPETA A TUS SEMEJANTES, Y NO HAGAS LO QUE NO QUIERAS PARA TI.  Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso.  Esta vida es lo único que hay aquí y ahora, y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre. No hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.  Eres absolutamente LIBRE para crear en tu vida un cielo, o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo:  Vive como si no lo hubiera.  Vive como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.  Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal.  Te voy a preguntar: ¿TE GUSTÓ?… ¿TE DIVERTISTE?… ¿QUÉ FUE LO QUE MÁS DISFRUTASTE?… ¿QUÉ APRENDISTE?…

Deja de creer en mí: creer es suponer; adivinar; imaginar.  Yo no quiero que creas en mí, quiero que ME SIENTAS EN TI. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias tu perro, cuando te bañas en el mar…

Deja de alabarme ¿qué clase de Dios ególatra crees que soy? Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan.  ¿Te sientes agradecido? ¡DEMUÉSTRAMELO! Cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones con los demás, del mundo que te regalé…

¿Te sientes mirado, sobrecogido?  ¡EXPRESA TU ALEGRÍA!  Esa es la forma de alabarme.

Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado de mí.  Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo porque Yo te doy la vida en este mundo que está lleno de maravillas… ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

No busques afuera, no me encontrarás.

Búscame adentro… ahí estoy, latiendo en ti.”

Amor de Juventud

Recién llego, acomodo mi ropa, y siento a mi izquierda la vida pasar en calles arropadas de aroma a turismo y primavera alrededor un antiguo hotel de la ciudad condal. A mi derecha, me arrodillo a observar por la mirilla de un ventanal, y un amplio patio interno me devuelve un par de enredaderas y flores sin aroma. En mi curiosidad, la encuentro sin que me descubra: elegante con su vestido floreado y su melena gris, sostiene en sus manos un libro añejo de tapa naranja y amarilla, donde intuyo se esconden versos que alguna vez recibió de otras manos. Desde algún lugar que no alcanzo a ver, una puerta en planta baja se abre, y él avanza con lentitud hacia ella. La mira dejando su sombrero negro a un costado, tal vez esperando encontrar el pasado en esos ojos, perdidos durante tantos años en un geriátrico de mala muerte. Se acerca ansioso por regalarle un poco de vida y del amor que alguna vez le tuvo, cuando las cenizas de sus cabellos eran látigos morenos de brillo y éxtasis, cuando aún podía recordar su nombre y sentir su cuerpo vibrar junto al suyo.  Él extendió sus manos, le tomó el rostro, sostuvo su barbilla y le acercó su boca, envejecida por tantos cigarros y café ennegrecido que los bares del Barrio Gótico le habían permitido saborear.  Ella le devolvió la mirada sin asombro pero sonrió.  Sus ojos brillaron de golpe, quizá preparando alguna incipiente lágrima. Su boca respiró del letargo el Alzheimer, y yo, inescrupuloso y espía detrás de una puerta, pude oír su voz repleta de experiencia y juventud:

 —Amor, por fin. Has venido a verme…

– Poli Impelli –

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