Abrazo Infinito


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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

-Poli Impelli-

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PARIS JE T´AIME

Una tarde de otoño, viviendo en Barcelona, recibí un llamado de mi cuñada desde Argentina, quien apenas podía hablar, embobada por su propia emoción.  ¡Había ganado un viaje por llamar a un 0800!  Así de bizarro puede resultar el destino, a veces. Las posibilidades que la empresa anunciante le había ofrecido eran: Roma, París o El Cairo.

Luego de gritar, saltar, llorar y dejar salir nuestras emociones a flote decidimos consultar con el menor de la familia, que no conocía ninguno de los tres destinos y allá estaba conmigo en Barcelona.  Y si… por lo visto era la mejor opción, porque aún con un año de anterioridad a la fecha del viaje decidimos que París sería el escenario perfecto para juntar a los tres hermanos, que durante años no lográbamos unir caminos en un mismo sitio.

Llegó Septiembre del año siguiente, casi sin darnos cuenta. Como yo ya conocía París, tomé un avión temprano aquel día para llegar con anterioridad, ubicar nuestro nido y hacer los trámites necesarios con mi escaso y pobre francés, para esperar a mis dos hermanos y sus familias.  Al día de hoy recuerdo ese vuelo. París desde las alturas sin desperdicio, y esa mañana hermosa en que la ciudad luz me recibió con un sol brillante, un aire delicioso y las calles adornadas de todo lo que mis ojos no hubieran imaginado esta vez.  Contaba con cinco horas libres hasta el gran encuentro.  Mis cinco sentidos –seguro eran muchos más– me acompañaron más que otras veces aquella mañana de luz. Así intentara hoy con esfuerzo describir las sensaciones y experiencias en esas horas, creo que no sería suficiente.  Porque cinco horas son una rápida eternidad cuando se disfruta tanto la vida…

Mi hermano menor llegaría con su esposa desde otro destino de Francia, y nos encontraríamos en la puerta del hotel  en donde aterrizaría mi otro hermano con su familia.  Mi corazón explotaba de felicidad, creyendo que quizá me pellizcarían y despertaría de golpe, pensando que había sido uno de los sueños más hermosos de mi descanso nocturno.  Sin embargo, unos minutos después comprobé que estaba despierta.

Como no podía ser de otra manera, a una manzana del hotel en cuestión me tropecé con un señor perdido -y tengo esta bendita costumbre de creerme ciudadana de cada lugar que pisan mis pies, aunque no hable el idioma ni lleve mapas en mis bolsos- por lo tanto frené mi andar, para hablar un par de minutos con este hombre griego.  Luego de explicarle cómo llegar a Montmartre (¿cómo sabía yo? ¡O el pobre hombre llegó a la Bretaña caminando!), continué caminando los 30 metros que me separaban del hotel.  En cuanto pisé la puerta, apareció mi hermano menor doblando la esquina, con mi cuñada y sus dos pesadas mochilas al hombro.  Hacía sólo una semana que no nos veíamos, aunque para mí había pasado un siglo y medio. Abrazos y ansiedad de por medio, no alcanzamos ni a contarnos la semana de ausencias que ya vimos llegar una van blanca con cuatro caritas repletas de felicidad, y adelante un conductor que por lo visto ya venía cargado de anécdotas, y portaba la misma cara de feliz cumpleaños que los pasajeros en cuestión.

Hacía dos años que no veía a esta familia, y estaban igual de felices que cuando los dejé, sumando la emoción del cálido momento.

Lo que siguió en aquellos días, lo guardo como inmenso tesoro en mi corazón.  No solo por quienes empapelaron cada escena sino por el placer que reviví en cada paisaje, por la escenografía que despliega una de las ciudades más exquisitas del mundo, por los aromas, sabores, y colores; y porque en el corazón y en mi haber de viajera siento la gratitud de haber podido compartir -despierta- la ciudad deliciosa de luz en un encuentro único con mi hermosa familia.

Fuimos siete niños disfrutando y viviendo París.

Fueron días inolvidables porque ya no vuelven.

Fueron noches despiertos porque dormir no estaba en los planes.

Fueron sueños diferentes y silenciosos, concretándose juntos y con risas.

Y fue amar París, para aún hoy sentirla palpable y presente con cada recuerdo, intacto, brillante, ardiendo… esperando.

– Poli Impelli –