De cervezas y mochilas

          En el jardín de la casa de Ana Laura nos dieron las diez de la noche. Era una intensa noche de verano cuando cansadas de mates aunque no de risas pedimos unas pizzas y cervezas, y nos sentamos alrededor de una amplia mesa bajo las estrellas.

             Uno nunca sabe si es el destino que guiña un ojo invisible o es el efecto del alcohol sin comida previa en el estómago, ya que las pizzas tardaron más de lo habitual.

            —Tendríamos que viajar —dijo Ana Laura, acomodándose de costado en una silla playera sobre el césped.

            —¿Adónde? —preguntó María.

            —Adonde sea —respondió Claudia levantando su vaso de cerveza.

           Brindamos por un viaje inexistente, riéndonos por reír, pero Ana Laura se levantó, apoyó su vaso en la mesa y desapareció hacia el interior de la casa de su madre. Éramos muy jóvenes, lo suficiente como para estar todavía rindiendo exámenes de universidad en carreras diferentes y disfrutando de la soltería, sin hijos. Bendita juventud que nos permite soñar y hacer realidad los sueños en fracciones de minutos, sin “peros” reales ni inventados, sin  miedos ni vergüenzas.

           Ana Laura apareció de nuevo desde el pasillo sonriendo y casi a carcajadas consigo misma. En sus manos traía un pliego de papel plastificado enorme y de colores.

        —A ver… —dijo, y movió botellas de cerveza abriendo el pliego que tenía estampado el mapamundi.

          —¿Ya estás en pedo? —dijo Verónica pegando un salto hacia la mesa.

          —Puede ser, pero no me digas que no es buena idea.

          María, Claudia y yo nos miramos, conteniendo asombro y sonrisas.

       —Bueno, yo propongo el Caribe —dijo Vero, ya bastante mareada, apoyando su dedito más cerca de Canadá que de Aruba. Indudablemente, la tercera botella de una Quilmes con la panza vacía estaba haciendo su efecto.

            Ana Laura largó una carcajada y nos miró:

—¿Ustedes no piensan venir?

          Pegamos un salto y nos abalanzamos sobre el mapa. Aunque no estábamos jugando al TEG, íbamos poniendo dedos arriba del mapa como si el mundo fuera nuestro; jamás pensamos que en realidad podía serlo.

          —Yo siempre quise conocer Europa —dijo Claudia y me miró, tal vez esperando que yo la bajara a tierra o por el contrario, le apoyara su moción. Pero se me adelantó María:

           —¿Tan lejos? ¿Ustedes hablan en serio?

           Nos miramos todas buscando sensatez en alguna, pero no la encontramos.

          El tipo del delivery tocó el timbre y fui yo a recibir las pizzas. Cuando llegué cargada al patio, ellas habían hecho lugar en la mesa, pero el mapa seguía allí abierto a un costado del mantel.

       —Poli, ¿a vos te pinta ir a Europa? —me preguntó Ana Laura. Yo me casaba en menos de un año; todo mi trabajo, mis ingresos, ya tenían un destino.

     —¿Cómo no me va a pintar? —dije—. Más vale que sí, pero ¿cómo vamos a pagar semejante viaje?

       María se encogió de hombros. Ninguna de ellas estaba en plan casamiento ni siquiera en sueños; estaba claro que no podía cagarles yo el delirio de una noche de verano, aunque fuera solo eso.

            —A ver, pongamos orden. Primero, comamos —dijo Claudia.

            Se nos fue una hora riendo y comiendo. Creí que olvidaríamos el tema, que había salido a flote con una idea al viento de Ana Laura, como quien dice: «yo debería ser presidente de esta nación». Aunque no lo parezca, no cualquiera puede. De la misma forma, nosotras no podíamos. Sin embargo, entre mordiscos y tragos, comenzamos a pensar en fechas, ya que todas estábamos con exámenes diferentes; lo que menos nos sobraba era tiempo. Ni dinero.

            En aquel entonces, San Google no era parte de la mesa; no existían los teléfonos móviles e Internet solo comenzaba a utilizarse para el correo electrónico frente a un armatoste hogareño. Nuestro conocimiento era consecuencia de los libros en papel, el mapa sobre la mesa era la ruta de los sueños. Era como una búsqueda del tesoro, en donde teníamos que hacer flechas inventando rutas, ganando espacios e imaginando los mejores caminos posibles.

            En esos tiempos, todo era cuestión de creatividad y sentido común; no teníamos datos concretos en una pantalla, y para saber algún precio había que asentar el traste con paciencia en una agencia de viajes. No había pantallas cotilleando viajes y experiencias ajenas, consejos ni tips para mochileros. Dada la circunstancia de estudiantes casi recibidas con trabajos iniciales y sin un peso de sobra, la idea era descabellada, pero Ana Laura era la mayor y sí se había recibido. Y llevaba casi cuatro botellas de cerveza encima. Se lo tomó en serio.

            Menos mal que siempre tenemos un amigo que nos descoloca de la rutina y que nos sopapea para soñar de a ratos… Lo más significativo es que han pasado 19 años  desde aquel viaje inolvidable (porque jamás hay dos iguales, ni volviendo a los mismos lugares) y las cinco seguimos soñando como aquella noche, mirando mapas y aventurándonos a vivir y a un ¿por qué no?

            Creo que inconscientemente ese viaje nos despertó el marulo y el corazón, más allá de los destinos elegidos. No fue solo aprender a viajar con simpleza y con lo justo, sino a compartir la incertidumbre que supone ser mujer con una mochila al hombro y no saber dónde pisarás mañana. Éramos cinco sin San Google, sin GPS, sin el euro ni una Europa unificada, sin cuentas bancarias abultadas y sin la sabiduría que solo te concede la experiencia de los años. Pero claro, no éramos las únicas. Así se vivía, así se sobrevivía y así se viajaba.

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            Llegamos a Londres seis meses después, con una pequeña mochila de mano cada una. Por suerte, una tenía un dentífrico y Ana Laura, su walkman. Ninguno de nuestros equipajes llegó con nosotras, ya que las cinco mochilas grandes habían quedado en Bruselas, donde jamás hicimos escala. Pasamos una noche y parte del día siguiente con lo puesto, hasta que en la tarde, un joven personal del aeropuerto nos trajo el equipaje al hotel donde nos estábamos hospedando. De todos los pasajeros que habían volado con nosotras ninguno había tenido problemas con su equipaje. Fuimos las únicas en esperar horas y hacer reclamos a varios números telefónicos en el aeropuerto de Heathrow. Así comenzó nuestra aventura durante un mes en Inglaterra, Francia, Suiza, Italia y España.

            Lo que primero fue trastorno se convirtió en costumbre: cambiar divisas de un país a otro era perder dinero, porque no teníamos forma de calcular cuánto gastaríamos en el próximo país. No podíamos averiguar precios ni saber con qué nos encontraríamos de antemano. De esta forma, íbamos permitiéndonos la incertidumbre (que hoy en día es casi un cuco y asusta), día a día, y de las libras pasamos a los francos, luego a los suizos, nos llenamos de liras para terminar con pesetas en los bolsillos. ¿Había acaso otra opción? Nada nos importó demasiado, salvo cuidarnos entre nosotras cuando quedábamos varadas en alguna estación de trenes perdida en las noches, donde solo el ruido de los motores lejanos cubrían las estrellas. Siempre hubo algún perro solitario o algún otro extranjero perdido como nosotras; era el juego de no saber en dónde estábamos ni hacia dónde iríamos al día siguiente. Vale aclarar que esto pasó en Italia más de una vez, en donde la gente tiene esa hermosa costumbre de dar indicaciones incorrectas, y de hablar a los gritos, claro. Recibimos muchos gritos y cada día fue un tanteo de caminos a seguir con intuición y buen atino. En el resto de los países que pisamos dejamos un poco más de carcajadas, encuentros y anécdotas imborrables. El terror de París en las noches y la luz de esa ciudad que jamás pierde su singularidad y su encanto. Hacer picnics en operativo «modo argento» en los jardines de una Universidad en Oxford, colarte sin vergüenza en Teatro de William como si estuvieras en la Bombonera y, una vez dentro, sentir que todo es un gran cuento y que Much ado about nothing y sus actores sí pueden ser reales. Recuerdo esas lágrimas de emoción resbalar por nuestras mejillas, y mirar al resto de la audiencia: jóvenes de colegios ingleses y adultos embelesados en las gradas superiores. Recuerdo al grupo de argentinos e italianos con quienes recorrimos el Ponte Vecchio en Florencia, y el calor asfixiante en las calles de Roma, que nos obligó a buscar paraderos con aire acondicionado con la excusa de no morir tan jóvenes. Recuerdo el día entero en el castillo de Versailles, y cómo nos recibieron con una dramatización de Luis XIV y su gran corte. Recuerdo Lucerna y su lago, cuando el cansancio nos superó en un barco y las cinco quedamos dormidas en la proa; los turistas tuvieron que surfear por encima de nosotras para tomar fotografías y filmar paisajes de ensueño. «Esto es igual a nuestra Patagonia», dijo Ana Laura, y apoyó la cabeza en el hombro de Claudia. Fuimos cayendo de a una, de hombro en hombro, intentando mantener los ojos abiertos, pero llevábamos dos días sin dormir. Pasé por Lucerna 17 años después, conduciendo una caravana con mi amiga-hermana, y al pasar por ese lago a mi derecha aminoré la marcha y no pude más que sonreír con complicidad ante el recuerdo.

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            Imposible olvidar la final del mundial en Francia, donde llegamos justo para festejar con ellos el triunfo. Y bueno, para qué negarlo: felices porque Brasil no había podido, y también nos tocó ver sus caras de amargura en el aeropuerto de San Pablo. «Total, igual nos vamos al infierno», dijo María, jurando que aprendería algo de francés nada más que para solidarizarse con ese mundial de fútbol.

             En un mes de vida pasan muchas cosas, creo que aun más cuando se es joven y se viaja a lugares desconocidos con amigos. A mí me quedó como recuerdo lo que luego me marcó camino, y elegir Barcelona como destino final fue nuestra frutilla al postre. Todavía nos quedaba tiempo, pero en la segunda tarde de playa, recuerdo que dije en voz alta: «Ahora, ¿hacia dónde seguimos?». Ellas preparaban el mate, yo miraba el mar sin mirarlas. «No sé ustedes, pero yo de acá no me muevo», agregué ante el silencio. Apenas lo dije me arrepentí; era obvio que no me iba a quedar sola, los destinos los elegíamos a consenso, pero como un eco mío fueron coincidiendo. «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». Y así pasamos casi nueve días entre ramblas, museos, arena, piedras, mercadillos, huellas de Gaudí y algún que otro susto y sorpresa. Llegó el momento de volver a casa, de cruzar el gran charco y seguir rindiendo exámenes, de recibir diplomas, de trabajar, de casarnos, de tener hijos algunas, de envolver este otro lado de la vida en un imborrable recuerdo.

 

              Con los años fui pasando por muchos de estos lugares en donde recordar ese viaje con ellas me confirmó que cualquier delirio o sueño, si es con amigos, se engrandece con el antes y el después. Porque yo siendo adulta pude sola, pero en ese entonces, sin ellas, sin esas cervezas, ese mapa y la ilusión de las demás, me hubiera perdido el después, aquello que modificó mi vida para siempre. Y somos tantos los que hemos vivido experiencias similares, que me parece un lujo estar entre ese montón de gente que puede mirar atrás y decir: «Gracias a ese viaje…», «gracias a esa experiencia…», «gracias a que viví lo que viví, hoy puedo…».

            El hoy puedo o me merezco es lo que diferencian un par de buenos recuerdos a que esos recuerdos nos hayan modificado el camino de nuestra existencia. Viajar podemos viajar muchos; no hace falta cruzar océanos para salir de la zona de confort. Hay mucho allí no más, a la vuelta de esa esquina que jamás te animas a mirar. Pero cuando aparte de fotos, videos, risas y anécdotas traes algo escondido que late adentro esperando salir, tu salida y el fin de ese viaje pueden ser el comienzo de algo desconocido, esperando que tan solo le des forma.

            Miro hacia atrás y me veo. LAS veo. Creo que las cinco, cada una a su manera y con nuestras obvias y sanas diferencias, esa noche en el patio de Ana Laura modificamos  elecciones, rumbos, decisiones, apertura y el presente que hoy tenemos.

            Es un placer haber coincidido en esta vida. Se hace camino al andar, y acá seguimos las cinco: andando.

 

24 de mayo de 2017. Mendoza, Argentina.

Hoy es viernes 1 de diciembre de 2017. Londres, Inglaterra. (NO es casualidad).

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1998. Gracias por leerme/nos.

 

-Poli Impelli-

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Recuérdame

Aquí estoy

En pleno desierto

Inconsciente

Rodeado de ruidos

De gentes y oportunidades

Que pasan

A través de mis sombras.

 

Te busco y no te veo

Excluí tu ser del mío

Ahora que extraño

El agua de tu boca

El abrazo de tu cuerpo

La calma de tus días

No te encuentro.

 

Sigo en el mismo

Sendero con sed

Buscando a tientas

Un destino

Buscando en otras vidas

Tu rostro junto al mío.

 

El dolor tapó mis ansias

Las heridas mi sangre ardiendo

Rasco vestigios de lo que fuimos

Y vuelve a saltar la cáscara

Duele.

Me duele tu mirada

En una foto tu debilidad

Escondida en tu santa valentía.

Me duele tenerte lejos

Cuando mi sábanas laten

En sumisión

Otro cuerpo que no es tuyo

Y aunque espero

Sé que no volverás

De día.

 

El desierto es seco y el sol quema

Alucino que puedo verte de cerca

Trayendo nubes de alivio y

Un poco de lluvia a mis venas

Te veo con tu pelo oscuro

Susurrando al viento

Tus ojos miel sonriendo

De encontrarme

Y esa sencillez de mujer noble

Y sabia que me dio frescura

y amor por la vida en aquellos días.

 

Tal vez ya sea muy tarde

Tal vez nunca regreses

Y esta cobardía tan terca y mía

Que sólo ve sequía y cansancio

No me deja

Caminar erguido

Salir de donde me encuentro

Y buscarte allí entre páramos de alivio.

 

No me olvides, por favor,

Sé que el tiempo es cruel

Y tú andarás en otros mares

Recuerda conmigo

Aquellos tiempos

Tal vez la vida me dé treguas

Quizá te encuentres a salvo.

 

Déjame perderte como no quise

Déjame encontrarte como espero

Fuera de este silencio eterno

Dentro de mi alma escamada

En melancolía y aroma a intentos.

 

Quédate ahí o más vete lejos.

Creceré sintiendo que te alejas

Buscaré tu luz

Allí donde me guíen las certezas.

 

-Poli Impelli-

 

Yolanda y su tesoro

Con su cabellera blanca y las suaves arrugas que dibujaban su rostro, a Yolanda y sus casi noventa años aún les quedaba vida, y con ella un baúl repleto de recuerdos.

Siempre viviendo en Rayén, había tenido un único hijo que a sus treinta y cinco años partió a otro mundo en un accidente automovilístico, dejándole a su madre el alma herida pero su cuerpo intacto. Tres años después, cuando el dolor todavía agitaba su ser, falleció su compañero de vida, quien no soportó el dolor de la gran pérdida y su corazón dejó de latir una noche, entre sueños y lágrimas.

Desde aquel día, Yolanda tuvo que aprender a vivir sola a la fuerza, con un collage de ochenta y siete años y en la misma casa donde antes se escuchaban otras voces. Su vida transcurría lenta frente a la pantalla de un viejo televisor gris, alguna que otra visita de amigos, y la presencia semanal de Natalia, una de sus nietas, quien la visitaba para almorzar o tomar unos mates cuando su tiempo se lo permitía.

Natalia tenía pocos recuerdos de su padre y su memoria jugaba al ajedrez con las vagas imágenes que las fotos en blanco y negro le mostraban, ella niña y su padre un hombre guapo y joven. Su mejor manera de armar rompecabezas con su vida consistía en escuchar con amor a su abuela. Había viajado por trabajo durante unos años y ya tenía varias experiencias acumuladas, que bien hubieran sido alimento de diálogo y risas con su padre. También guardaba un divorcio y varias disputas con su corazón de mujer. Tal vez me falta papá…, pensaba luego de cada desilusión, con algo de pesar pero decidida a no rendirse jamás. Después de otro año en Italia, Rayén le volvía a ofrecer el entorno para reencuentros familiares que le permitían seguir juntando piezas, amalgamar su pasado y encontrar en el presente los hilos de la vida que su padre le había dejado.

Aquel sábado de septiembre, todavía cansada de su semana laboral, Natalia pasó a saludar a su abuela. Con sus ricos mates sorbían siempre buenos recuerdos e historias, porque la memoria de Yolanda descansaba intacta. No había detalle que le quedara en un tintero, aunque sus movimientos fueran lentos y su voz de a ratos se apagara.

La vereda desgastada, de baldosas rotas y antiguas, le espejaba a Natalia una tenue imagen de su padre sosteniéndola de la mano a sus cinco años, tocando el timbre de esa misma casa para comer las pastas de un domingo en familia. Sonrió mirando ese suelo y esperó los pasos lentos de su abuela que ya llegaban a la puerta.

—Abuela, ¡soy yo!

Yolanda movía la cortina desde el interior, en un rincón de la ventana para saber quién la visitaba antes de abrir la puerta de entrada. Aunque todo permaneciera en su lugar, cuando Natalia era niña aquella casa no estaba cercada de rejas y abrir la puerta en cualquier horario no provocaba temor. Con la inseguridad a flor de piel, Yolanda estaba advertida por sus nietas y viejos del barrio: «No le abras la puerta a nadie sin antes preguntar. Está todo muy peligroso». Y ella lo repetía a viva voz para excusar su mirada escondida detrás de una cortina.

—Ah, queridaaaa, ¡sos vos!

La puerta se abrió de par en par y Yolanda abrió sus brazos para abrazar a su nieta.

—Qué linda visita, mi nena… —dijo y la abrazó con fuerza—. ¿Tomamos mates, o te quedas a almorzar?

—¡Hola, abu! Tomemos unos mates. Luego almuerzo con un compañero de trabajo.

Yolanda frenó sus pasos en la puerta de la cocina y la miró de costado, disimulando una sonrisa.

—¿Compañero, nada más?

—Compañero, abu, de trabajo. Nada más que eso. —Natalia sonrió ampliamente disimulando el hartazgo de las adivinanzas de la gente cada vez que se mostraba con un hombre.

—¿Cómo andás, abuela? ¿Fuiste al médico ayer?

—Sí, tu tía Silvia me quiso acompañar, pero yo todavía puedo ir sola. Y el doctor me dice que estoy bien, Ahhh, ¡si vieras lo buen mozo que es ese hombre!

—Ah, mirá vos… ¿Como el abuelo?

—Bueno, no tanto.

Rieron las dos, ya saboreando los primeros mates. Natalia quería siempre conocer más de su padre y nunca se agotaban sus preguntas.

—Mmm… Por eso papá era tan lindo, ¿verdad?

—Eh, eh, que yo también era guapa en mis años mozos. A propósito, ¿sabes quién murió, Naty?

Natalia abrió los ojos como platos y se acomodó en la silla, atenta.

—No, ni idea. Contame.

—El Perico.

—¿Eh? ¿Qué Perico? —Natalia aguantó su carcajada. Su abuela solía hablarle de gente que ella nunca había visto, pero la escuchaba con cariño e interés.

—Ay Naty, si te he contado… el de la esquina, la esquina de casa. ¡Perico! —dijo, señalando hacia la esquina oeste con su mano.

—¿Un vecino?

—Claro, el que siempre estuvo enamorado de mí…

—¿Qué? —Natalia rió y volvió a acomodarse como en un cine, esperando una nueva función. Su abuela no dejaba de sorprenderla en cada visita—. Esperá, abuela, me parece que me perdí algún capítulo. No sé de quién hablas… ¿Quién es Perico?

—A ver… Resulta que cuando yo era joven, tendría unos quince, dieciséis años, vivíamos en la chacra con mi familia y en el terreno de al lado vivía Perico con su familia. Él estaba de novio con una chica muy buena, pero siempre venía a casa con una excusa. Y mis hermanas me decían: «¿No ves que viene por vos, Yolanda?». Nunca les presté atención. Pero este hombre encontraba siempre una excusa para estar cerca de mí.

Natalia ya sonreía imaginando las chacras, la época. ¿De qué año hablaba? Su abuela tenía ochenta y siete y eso le parecía una eternidad.

—¿Y vos, abuela? ¿A vos te gustaba Perico, o ya estabas con el abuelo?

—Nooo, tu abuelo llegó un poquito después, pero a mí sí me gustaba el Perico, mucho.

—¿Y nunca le dijiste nada?

—Pero… ¿Cómo se te ocurre, Naty? No éramos como las mujeres de ahora, había que esperar, y para mí eso eran tonteras de mis hermanas. Él estaba de novio, y yo sabía que siempre era un picaflor, cualquiera le venía bien. No era feliz con su chica.

—Ahá. Abuela, eso sigue estando de moda —y levantó las cejas dándole un sorbo a otro mate.

—Qué pena, nena. ¿Tenés que irte? Yo entreteniéndote con pavadas del siglo pasado, ja.

—No, abu. De acá no me muevo hasta que me cuentes todo. —Sostuvo el mate en señal de “salud” y le sonrió de costado, intimando a seguir la historia.

Levantándose con lentitud a calentar el agua, Yolanda volvió a perderse en sus recuerdos, nostálgica.

—Yo nunca le presté mucha atención al Perico, ¿viste? Pero una vez en una fiesta, estaba sentada con una de mis hermanas mayores en un rincón del salón, y él se acercó y me invitó a bailar.

—¿Y su noviecita?

—No estaba, no la llevaba a todos lados, ¿no te digo? —dijo, guiñándole un ojo a su nieta, y se sirvió otro mate—. Entonces, bailamos un rato, bien, y charlando de todo un poco, miró mis manos y yo no tenía ni un anillo. En esa época no era un placer de muchas. Le conté que me gustaba uno que vendían en esta joyería que aún está en la calle San Martín, ¿la ubicás?

—Claro, tiene más años que Tutankamón.

—Esa misma.

—Y te regaló el anillo.

—Te estás adelantando, esperá un poco, querida. Bueno, al poco tiempo, una prima me presenta a tu abuelo. Y ya desde el primer día estuvimos juntos toda la vida. Bueno, hasta que murió, claro. —Hizo una pausa intentando recordar algo más. El sol de la primavera alumbraba su cabeza blanca, y Natalia sintió su corazón latir con fuerza pero se mantuvo en silencio—. Luego nos mudamos a esta casa, en el año `55, y acá me ves… ¿Y podés creer que Perico se mudó con toda su familia acá en la esquina?

—Mmm, ya veo. Creo que sí puedo imaginarlo, abuela.

—Y bueno. Yo sabía que él se había casado con su novia, esa de siempre. Pero cuando nos casamos con tu abuelo, él le dijo a mi hermana mayor que tenía algo para mí. Se la encontró después en el barrio donde ella vivía y él le dio un paquetito. Ella me lo trajo medio a escondidas.

—¡El anillo!

—Te lo muestro, esperame, nena.

Con chispa en sus ojos se levantó decidida hacia su habitación, mientras Natalia retenía un par de lágrimas. La mujer volvió sonriendo como una niña y abrió sus manos, mostrándole a su nieta lo que para ella era un tesoro.

—Abuela, es precioso…  —dijo con un hilo de voz.

—¿Viste? No lo usé nunca, porque tu abuelo le tenía unos celos tremendos al Perico. Para mí que olía algo. Cuando nos encontrábamos con Perico aquí por el barrio, parábamos a charlar y cuando nos despedíamos tu abuelo me decía por lo bajo: «Fanfarrón ese Perico».

—Celoso el abuelo, ¿eh?

—Y sí. Yo siempre me pregunté por qué Perico nunca me dijo nada. Yo sabía que él me quería mucho, pero siguió con esa chica a la que no amaba, y tuvo hijos y nietos, como yo. Cuando murió tu padre, y luego tu abuelo, las dos veces vino a saludarme, me ofreció lo que necesitara y lo sentí apenado por mí. Pero yo nunca quise preguntarle nada, porque ya creía que era cosa del pasado.

—¿Y no fue así?

—No lo sé… Porque cuando enfermó hace dos meses, estaba yo barriendo la vereda y pasó caminando una de sus nietas, creo que es la menor. Muy amorosa como siempre, me saludó y me contó que su abuelo estaba ya en cama. Yo me quedé helada, aunque caí en la cuenta que hacía rato no lo veía. Y ella me dijo: «Yolanda, pase a ver a mi abuelo; a él le hará muy bien verla a usted, se lo aseguro».

—Pero entonces, ¿la familia sabía?

—No, Naty, no lo creo. No al menos porque él lo hubiera dicho, de la misma forma que yo seguí mi vida y me guardé el secreto que ahora te cuento. Muchas veces, me pregunto cómo hubiera sido mi vida con él… —Miró hacia la ventana, pensativa. Natalia tragó saliva, respiró profundo—. Y bueno, nunca pasé a saludarlo. Murió la semana pasada.

—Mmm, qué pena, abuela… ¿Y su mujer?

—Siempre estuvo adentro, nunca paseaban juntos, y él decía que con ella se aburría, que ella estaba a sus órdenes, porque el Perico era bravo, ¿eh? Pero no lo acompañaba en todo, eso me pareció siempre. No la quería tanto como para toda la vida, Naty.

Natalia soltó el mate y tomó las manos de su abuela. La miró con ternura, sosteniendo su propia emoción.

—Abu, ¿qué sentís hoy?

  Yolanda apretó las manos de su nieta, abrazando el latir de su corazón avejentado.

—Siento que tal vez hay que escuchar más al corazón cuando uno es joven. No me arrepiento de nada, ni de tu abuelo, ni de tu padre, porque todo fue hermoso. Pero cada vez que el Perico pasaba cerca, yo sentía algo especial, no sé cómo definírtelo. Y sé que él también sentía lo mismo cuando yo andaba cerca. Y ahora murió, y yo no fui capaz de visitarlo. Quizás por respeto a su mujer y a su familia. Pero su nieta me lo dijo. Todo raro, ¿no?

  Una lágrima se rebeló y resbaló por la mejilla de Natalia.

—Uy, te hice llorar, querida. —Yolanda sonrió con tristeza.

—No, abuela, no estoy llorando. Se me metió un recuerdo en el ojo, nada más…

  Aún con las manos unidas, volaron segundos de silencio.

—Abuela, gracias por contarme esto de Perico. Me hubiera encantado conocerlo.

—Qué pena que no tengo una foto suya. No es que fuera más guapo que tu abuelo, no. Era distinto, más profundo, no sé…

—Ya… te entiendo. Ni hace falta que me cuentes más. Es una historia preciosa, lamento que haya partido, abu.

—¿Sabes qué, Naty? Siento como un agujerito en el alma. Como si hubiera partido alguien muy, muy querido.

—Porque lo era, abuela. Tal vez él fue tu alma gemela, como decimos hoy en día.

Yolanda sonrió con sus ojos humedos. Se levantó a buscar un pequeño pañuelo que tenía encima del microondas para limpiarse los ojos. Natalia se acercó y la envolvió en un abrazo cálido y reparador. Sintió que abrazaba a su padre y toda su historia de vida.

—Me voy, abuela. Paso luego, ¿te parece?

—Sí, mi vida. Cuando quieras, acá estaré haciendo nada, con mis recuerdos…

 Natalia salió decidida hacia la puerta. Se dieron un beso con fuerza y ella volvió a pisar las baldosas rotas de la vieja vereda, mientras su abuela la saludaba con su mano pequeña, sabia.

Natalia llegó a la esquina donde había vivido este tal Perico y, levantando la vista hacia una de las ventanas en un primer piso, rompió en llanto. Sus lágrimas cargaban pasado y presente. Debía volver a su casa para juntarse con Omar y terminar un informe para el lunes siguiente.

Suspirando, llegó a la esquina y dio vuelta a la manzana en dirección opuesta a su destino. Las palabras de su abuela, a quien tanto amaba, no sólo le habían revelado un tesoro que ella había guardado durante más de medio siglo y que en su soledad volvía a descubrirse, sino también lo que Natalia no quería aceptar en su joven corazón. Con otros pasos en mente, el informe laboral podía esperar un rato más. Lo que yo siento… esto que siento, no puede esperar ni un rato más, pensó decidida.

Caminó cinco cuadras hacia el norte, respirando profundo, dejando que las lágrimas limpiasen el recorrido. Dobló a la izquierda, y a 40 metros se detuvo frente a una casa de piedra blanca y un jardín sin flores, que ella conocía por demás. Se limpió la cara y tocó el timbre.

—¿Quién es? —Una voz de mujer preguntó del otro lado.

Volvió a respirar y sintió que su corazón languidecía. Estuvo a punto de creer, como su abuela, que no valía la pena. Lanzó una sonrisa triste al cielo y giró lentamente para dar la vuelta y volver por el mismo camino que la había empujado hacia allí. Pero oyó la puerta abrirse a medias, y Natalia acercó su mirada, reconociendo enseguida a aquella chica pálida, de cabello lacio y sonrisas vacías. Se acercó a ella y se enfrentó por fin con su miedo.

—Soy Natalia. ¿Está Gustavo?

Se miraron en silencio, y Natalia quedó inmóvil, esperando al destino. La mujer miró hacia abajo y sus ojos se desviaron hacia el interior de la casa, temiendo su respuesta indecisa.

Aquella chica de sonrisas vacías era la novia de Rubén, la mujer a quien él no amaba. Y ambas lo sabían.

-Poli Impelli-


GRACIAS a Marta Murúa y a Bianca Cecchini por sus constructivas opiniones.

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