Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

-Poli Impelli-

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Permítame contarle…

Hay gente que no espera ni sabe escuchar. Tal vez no se dan cuenta de que solo hablan como loros, sin hacer pausas ni respirar.

Hay gente que suele preguntar “¿Cuándo nos vemos?”, pero no mueve una fibra para que el cuándo suceda.

Hay gente que desconfía hasta de su propia sombra, y que lleva paraguas por si llueve hasta en pleno día de sol.

Hay gente que camina enferma, viviendo en un mundo enfermo, creyendo que si se quitan las máscaras y derriban sus muros quedarán en soledad.

Y hay gente que tiene mucho miedo a la soledad, que está mal emparejada porque no tienen el valor de romper el vicio y volver a comenzar.

Hay gente que se nutre de la violencia –física o verbal-, manipulando sentimientos ajenos y haciendo eco de ello con ruegos de disculpas y súplicas disfrazadas de perdón.

Hay gente que parecer ser amorosa, bondadosa, graciosa y de “buen palo” pero que sus miserias esconde bajo la alfombra, en lugares bien oscuros donde nadie pueda ver ni percibir las sombras.

Hay gente que mira sin mirar, que oye sin oír, y piensa sin sentir. Y hay otros que están vivos porque por obviedad biológica respiran.

Hay gente a quien estar bien ocupada le encanta pero porque eso es importante. Hay gente que procura ocuparse para no escucharse ni mirarse.

Hay padres que dicen ser padres porque esperaron nueve meses y trajeron su hijo al mundo, pero se olvidan de ser padres siendo amor y entrega hasta que no haya más por dar y queden mudos.

Hay gente que gobierna sin liderar y que milita sin pasión. Y hay algunos que aman el dinero y el poder más que a sí mismos, y si lo pierden se ahogan en la desdicha y el vacío.

Hay gente que pulula por las calles cual robots, con la espalda encorvada por el peso de la mediocridad y la monotonía. Y dicen los sabios que éstas pesan, sobre todo en la adultez y hasta el final de nuestros días.

Hay gente que mira desde una siniestra altura a quienes poco tienen, y solo en diarios, revistas y por casualidad escucharon lo que es el hambre, la indigencia y la desdicha.

Hay gente que no mueve un músculo de su cuerpo por saberse diferente, porque en masa y con sus éxitos se sienten suficientes.

Hay gente que hiere sin perdón, sin escrúpulos y con alevosía. Están llenos de dolor y escupen al cielo lo que luego él les devuelve, pero se quejan en tu cara de tanta desgracia y de las pérdidas recurrentes.

Hay gente que solo habla de enfermedades, de malas rachas y problemas, y que no se dan por enterados de sus causas ni por su responsabilidad se toman la molestia.

Hay gente que goza de poca empatía, y viviendo en mundos inventados encuentran la comodidad donde aplauden sus glorias, sus ganancias y alegrías.

Hay gente que manipula, que miente con descaro pero que dibujan y fingen su día a día.

Hay gente muy culta que no lee ni las etiquetas de la mercadería, y gente muy pero muy inteligente sin sabiduría.

Hay gente diplomada que se saben dignos de un lugar extravagante y elegido para mostrar un cuadro y alguna membrecía.

Hay gente emocionalmente analfabeta, que se viste con disfraces para no darse a conocer, porque estudiar ese alfabeto duele demasiado y eso pertenece al fuero de valientes, no al de la cobardía.

Pero déjeme contarle, desde las cortas experiencias vividas, que también hay gente que sí sabe de la escucha activa y que miran a los ojos cuando hablan y reciben para saber qué es lo que nos pasa, que respiran porque sienten el aire que inhalan, y que desconecta su celular, su televisor o su tableta para tener una charla profunda donde las lágrimas y las risas sean compartidas.

Déjeme contarle que hay gente que nos dice “te extraño, te quiero ver”, y mueven no solo su cuerpo sino también el alma para hacer que esto suceda.

Permítame decirle con certeza, que hay gente que confía, que sonríe al mojar bajo la lluvia su traje y no le importa andar tan despeinada por la vida.

También hay gente que vive con el corazón roto cada tanto, porque prefiere tirarse a una pileta con confianza y no vivir con cobardía.

Permítame contarle que hay gente que en vez de tenerle miedo a la soledad la desafían. Que en vez de estar fingiendo la grata y fácil compañía se enfrentan con sus sombras, se miran a un espejo, se escupen las verdades y toman decisiones saliendo al mundo con hombría, dejando espacios para encontrar un amor que los acompañe a expandirse, a elevarse, a sanar, que los sublime y enriquezca para ser auténticos con osadía.

Hay gente que se sabe humilde y reconoce sus sombras, saca sus miserias para pedir ayuda y desempolva la alfombra para crecer en su autoestima.

Déjeme contarle que también hay gente que se ha puesto de acuerdo en su pensar, sentir, decir y hacer, y que cuando actúan de esta forma dejan de estar ocupados en estar ocupados, y se liberan de sus propios vicios para ver lo que miran, para escuchar lo que oyen y para sentir lo que imaginan.

Permítame hacerle saber que hay muchos padres que antes de serlo lo decidieron con amor y sabiduría, eligiendo con su entrega la más noble tarea en esta vida, para dar lo mejor de sí mismos a sus crías.

Me tomo el atrevimiento de contarle que hay gente que gobierna desde la pasión con la intención de aportar algo a un mundo mejor, de dar lo que tienen para dar, desde los ideales de honestidad, equidad y justicia, pero que se encuentran acobardados por el entorno y por las fieras que menciono arriba. Existe gente que decide luchar por sus sueños e ideales, y que son líderes con entereza y de verdad, no de mentira. Para ellos el poder está al servicio, y no necesitan dinero que no vuelva como fruto del esfuerzo y de la valentía.

También le cuento que hay gente que la mediocridad detesta, y que a pesar de sentir el peso de la rutina la intentan desafiar a diario, modificando algo pequeño desde el lugar que ocupan, en el trabajo, en la ciudad y en su familia.

Déjeme decirle que hay gente que vivió o que vive el hambre en carne propia, o que viajó a lugares impensados para acompañar en la desgracia y sentir extrema empatía. Luego eligieron hacer mucho con ello a favor de aquellos que tanto desconocían.

Permítame contarle que hay gente que la discriminación desprecia, que rechaza la mirada desde arriba y la impotencia de observar desigualdad y que los que más tienen, todavía se rían.

Ya le cuento yo que hay mucha gente haciendo cosas grandes, elevadas y con personal desinterés por muchos otros que nacieron “desnudos” y en la nada. Y que mientras usted y yo estamos “en este mundo nuestro”, hay otros tantos que salen del suyo para ver qué hay más allá de su manada.

Déjeme proclamar a viva voz que hay gente que se asume diferente o que busca diferenciarse de las masas, porque así se saben vivos y consiguen perseguir sus sueños por mirar la vida con locura y no con tanta sensatez, y ese trastorno obsesivo y compulsivo de la perfección que anula toda posibilidad de dicha.

Permítame explicarle que existe gente que no habla de enfermedades ni de desgracias, que se alegran con los éxitos ajenos, que se expanden por hablar en positivo y que pueden disfrutar con las penas compartidas.

Y así le cuento que también hay gente que mientras aplaude sus glorias, logros y alegrías se abre al mundo a compartirlas para que quienes no lo han conseguido se contagien, y sientan que todo es más posible que suceda con el ejemplo de quien ya se ha transformado.  Es esta gente la que no se encierra en su éxito ni presume, sino que lo redirige en su entorno para expandirse y estar segura que de esa forma ayuda.

Permítame contarle que hay gente muy sincera, muy honesta y atrevida, que se animan a cantar verdades y a mostrarse tal cual son, sin escondites ni mentiras.

Déjeme decirle que hay gente que estudiar nunca ha podido, que no tiene un diploma colgando en su escritorio y sin embargo es digna de admirable sabiduría. Más nos vale escucharlos y tomar de ellos su maestría, que buscar trajes y corbatas con galardones y conservadoras historias de vida.

Déjeme ir cerrando el tema, contándole que hay gente que se ocupa en aprender, en conocer, y en curiosear ese abecedario, y así con mucho esfuerzo logra ser dueña y ama de su vida. Y con noble atrevimiento, esta gente vuela los disfraces a las bolsas de basura, desafiando sin armas la batalla que supone ser auténtico en un mundo como el nuestro, y pasándose del bando de cobardes al fuero de la valentía.

Y permítame decirle, por último, que este mundo es un pañuelo, donde nos encontramos todos y somos todos a la vez. Un lugar grande y pequeño al mismo tiempo, donde las mayores miserias se develan en las miradas, y las mejores virtudes también. Permítame confesarle que creo en mi consciencia que nadie es tan bueno ni tan malo. Que nadie está tan enfermo ni tan sano. Que nadie quiere lo peor para su prójimo, ni lo mejor si no se es merecedor, según las gafas con que se observe la vida.

Permítame contarle, que aunque este mundo esté lleno de injusticias, de mierda y porquería, también hay mucho chocolate, gente noble, un buen vino, justicia, esperanza y alegrías.

– Poli Impelli –

No llores, no estoy ahí

Aunque ya somos amigas, la Parca ha querido visitarme más de una vez.  Cuando se asoma lo hace para darme algún susto, para avisarme que puede aparecer cuando menos lo imagino o lo espero, aún sabiendo yo que como buena amiga, puede llamar o pasar cuando quiera a tomar unos mates –casi siempre elige el teléfono-, a contarme qué hay de nuevo en ese otro lado de la existencia que hoy veo. Como a todos, tal vez.

Sin embargo, no voy a negar que observo en algunos, con indiscutida certeza, que nunca han recibido ni por asomo su tierna visita, o su anuncio sin aviso. Como algunos otros amigos, me toma el pelo cuando le viene en ganas, trayendo un indicio de que puede desfilar en mi cara pronto; debe de ser para que me apure en vivir más tiempo del que mi mente inocente conserva en su cuenta regresiva. Igual, siempre digo que soy afortunada. Gracias a su imperativa tempestad que huele a daño y a sufrimiento, soy de las que viven un día lunes como si fuera viernes, de las que recuerda una fecha importante para la gente que lo es en mi vida. Pertenezco al grupo de locos que despiertan agradeciendo la fortuna de respirar un día más, y que le guiñan un ojo al destino cada noche agradeciendo la bendición –o el desastre– de las 24 hs que un reloj eligió para dar paso a otro día, en mi caso antes o después de apagar la luz, según me gane o no el cansancio. Otras tantas veces, me dediqué a tomarle yo el pelo a Ella, gritándole que me daba igual, que viniera cuando pudiera y tuviera tiempo, porque el mío estaba agotado.  Me creía valiente por enfrentarla, corajuda por llamarla y olvidar que es Ella quien manda, y no yo con mis caprichos de poca valentía. Cuando solíamos hablar por teléfono –en la época en que el whatsapp no existía y la conexión solía ser inestable-  siempre le discutía lo mismo: mi opinión es que los seres humanos reaccionamos con emociones diferentes cuando Ella toma el brazo de quienes amamos, y cuando nos viene a chistar por encima del hombro.  A mí, a vos. Ella insistía en que igual se encargaba de desentrañar algo escondido en quienes la miran de lejos, o en quienes la tienen más cerca.  Y yo le preguntaba:

−¿Y se siente lo mismo? Ese dolor, esa aguja afilada y punzante en la boca del estómago, eso que llamamos miedo… ¿Es el mismo? ¿Se siente igual?

La muy cabrona nunca me dio respuestas precisas.  Tengo un amigo que hace lo mismo, se escapa por la tangente cuando las preguntas son muy directas. Entonces ya sabía cómo encararla (en definitiva, ambos son amigos). Y mis preguntas son de temer, lo sé.  Ella me decía:

¿No te acordás cuando me llevé a Pablo? ¿No recordás cuando busqué a tu tía Marga? ¿Y a tu compañero de trabajo? ¿Qué sentiste cuando llegaste a tomar unos mates con él como todas las mañanas y encontraste ese lugar vacío?

−Te recontra puteé, cada vez. Eso es lo que recuerdo.  Te maldije y lloré como una estúpida exigiendo una explicación coherente.  ¿Acaso no es esa la reacción normal de cualquier ser humano? ¡Te estoy pidiendo respuestas, no que me llenes de preguntas!

−………

−¿Hola? ¿Holaaaa?

Telefónica le informa que el servicio ha sido interrumpido por problemas técnicos. Le pedimos por favor volver a intentarlo más tarde. Muchas gracias. Siempre lo mismo. Me preguntaba si en España, Lady Telefónica sería tan inoportuna como aquí.  Luego con los años –sin siquiera sospechar que llegaría más cerca– comprobé que es una sola. Telefónica le informa…  No había manera de tener un buen diálogo. Yo con tanta humanidad, y ella con tantas evasivas. Pasaba el tiempo y me cansé de Telefónica y sus anuncios, así que mientras vivía, me dediqué a ser su amiga, esperando el próximo zarpazo sin aviso. Inesperadamente y para mi asombro, recibí un llamado –inoportuno como siempre- a las 3:45am de un martes, cuando todavía faltaban 3 horas 15 minutos para que sonara la alarma de mi despertador.  Era Ella, con voz clara y solemne.

Perdón si tardé mucho tiempo. No tengo todas las respuestas a tus preguntas, solo puedo ofrecerte una ayuda: necesito que estés, ayudes y acompañes a quienes amas, en el momento exacto y preciso, cuando llegue mi turno de buscar a los seres queridos de algunas personas que ni siquiera me llaman para preguntar por qué llego, para qué estoy ni cuáles son las diferencias. Si no fueras tan invasiva y testaruda, no te estaría llamando… Faltan 15 minutos. El puñal en tu estómago, en este preciso momento, no tiene nada que ver con lo que la persona que te necesita sentirá. ¿Eso contesta alguna de tus preguntas?  Nos vemos… Para vos, falta tiempo.

Dormida como estaba no alcancé ni a respirar, mucho menos a contestar.  Me senté en la cama y miré el reloj.  Se me salía el corazón de su sitio, sentía la sangre trotar por mis venas como caballos salvajes. Marqué yo el número del cual me había llamado: Telefónica le informa que en este momento no es posible realizar su llamada.  Muchas gracias.  “¡¡¡Será posible!!! La puta madre que lo parió…”. Los quince minutos se convirtieron en un siglo.  Sonó mi teléfono celular y escuché la voz de quien más me necesitaba. Una voz clara pero cansada, quebrada, desgastada de angustia.  Y comenzaron a llegar algunas respuestas a mis mil preguntas; y dejé en paz a mi amiga otro tiempo, para que hiciera a su gusto y gana mientras yo me dedicaba a saber, a conocer, a descifrar qué había detrás de un Alma que pierde, que llama a la Parca seguido para intentar irse con quien ama. Pasó un año y medio más de aprendizaje hasta que volví a recibir un llamado.

¿Tenés alguna respuesta ahora? Habrás visto que puede ser peor, solo depende del grado de amistad que tengan conmigo.  Te toca… ¿estás despierta?

−No me cortes… por favor. Estoy lista, y prefiero estar de tu lado. Si siempre vas a ganar, lo que menos quiero es desafiarte.  Solo soy curiosa, no quiero ofenderte.

Mientras vivas cada día como si fuese el último, siempre serás mi amiga. ¿Preparada? Ya diré yo en qué resulta tu aventura.

Entré al quirófano un jueves soleado y límpido, un día precioso para hacer cualquier cosa en este mundo, menos entrar a un quirófano, claro. Decidí no tener comunicaciones telefónicas esos dos meses anteriores, por una cuestión llamada miedo –inherente y no descartable, reciclable para usos posteriores-, y para no gastar más de la cuenta.  Temía que Ella siguiera en contacto conmigo por el resto de mi vida útil en este mundo, consecuencia de mi soberbia desmedida y mi inoportuna curiosidad que no me permite callar cuando hay que hacer silencio. Ya veo lo que pasa cuando nadie pregunta: no se enteran.  Y yo, con esta maldita costumbre, queriendo saberlo todo, hasta los porqués que no tienen respuestas.

−Hola Paola, soy el anestesista. Ya te habrá explicado tu médico que la anestesia es total, por lo tanto existen posibilidades de …., y de …., y de….  Debes firmar este consentimiento en forma legible y clara. Por favor, no olvides la fecha y tu DNI debajo.

El señor en cuestión era guapo y amable, y me tendió la hoja como si fuera un profesor universitario: −¿Lista para el examen?

Sonreí con aceptación, total ya estaba desnuda debajo de una bata y con un aspecto más parecido al de Mónica Argento que a lo que el espejo me mostraba cada día. ¿Qué más podía perder? ¿La vida? Pffff… Firmé y me ayudaron a recostarme en una camilla muy fría.  Me llenaron de cables, tubos y aparatos que nunca descifré para qué servían.  No podía hablar porque me habían puesto una máscara que olía a goma sobre mi boca.  ¡Y yo que quería saberlo todo! “¿Cómo no pregunté antes de estar en bolas?  Seguro habrá una próxima vez…”  Y ahí estaba yo, llamándola con mis pensamientos.  “Uno piensa que no, pero sí puede ser pelotudo más de una vez. Falta que llame ahora al fijo del hospital, para avisarme que le di chances…” Cuatro horas después desperté sonriendo en una cálida habitación, y me pareció ver a Jorge Rial en una pequeña pantalla frente a mí. “¿Jorge Rial? ¿Dónde carajo estoy?”.  Al voltear lentamente a la izquierda vi a una señora sonriendo, leyendo una revista como en una sala de espera. Tomó mi mano con paz y me di cuenta que yo ya estaba en este mundo: era mi mamá. A mi derecha estaba mi amo, el oncólogo que había decidido dejarme en posición horizontal un par de horas para extraer de mi cuerpo “algo que no era bueno”. Lo miré de reojo, me miró de reojo.  Largó una carcajada, yo largué la mía.  Se agachó a mi mejilla y me dio un beso que duró otro siglo (como los quince minutos de aquel martes, de aquella madrugada).

−¿Vamos a quimio?  −le dije desplegando una sonrisa más grande que la del guasón.

−Ahora no, parece que no hace falta.

Volvió a sonreír, besó a mi madre con afecto, me tapó los pies con una manta, y me dijo:

−Tengo que seguir operando. Has sido una hermosa paciente. Te veo pronto, gracias por tu ayuda.

“¿MI ayuda?”.  Necesitaba hablar con la Parca, preguntarle de qué forma había yo ayudado a este hombre, si gracias a él yo estaba viva. Mi teléfono celular no dejaba de sonar desde que volví a tener consciencia. Era la misma persona que me había llamado a las 4am aquella lejana madrugada, quien me devolvía ahora la energía y la fuerza que yo había regalado para ella en todo ese largo tiempo. Me recuperé para seguir viviendo, aún con más emoción y claridad de la que había tenido hasta aquel día soleado de septiembre.

Con el paso del tiempo, fui comprendiendo algunas diferencias, y que por alguna razón, yo seguía viviendo y “zafando” de la amiga que llamaba de vez en cuando para recordarme que era mi turno, o que tenía otro encargo.  Creí que había sido suficiente para un alma como la mía, sensible y obstinada. Siempre digo que cuando uno repite en voz alta: “ya está, por fin ya aprendí”, viene el siguiente cascotazo para ponernos en vereda. Fue un tiempo en donde me ganó el cansancio, donde mis palabras ya no llegaban a un recipiente con fondo.  Todo mi apoyo estaba vacío de solidez, y tomé coraje para llamar a la Parca, respirando profundo y esperando que Telefónica me diera una chance.

−Tengo una duda…

−¿Como siempre o con algún ingrediente nuevo?

−Hoy es un buen día, no me lo fastidies… Ya tuve suficiente, ¿verdad? No me refiero a mí, me refiero a los demás.

No comprendo.

−Dame más a mí, y no asustes a quienes no te comprenden todavía, a quienes se quieren ir con vos porque aquí no encuentran sentido, a quienes ya no sé cómo ayudar… por favor. ¿Podés elegir? ¿En qué basas tus elecciones?

No elijo al azar. Nunca. Lo que me gustaría que entiendas, es que…

Telefónica le informa, que el servicio ha sido interrumpido por problemas técnicos. Le pedimos por favor, volver a intentarlo más tarde. Muchas gracias.

No. No hay manera.  ¡Jodido monopolio! Deberíamos tener derecho a elegir las empresas a las cuales pagamos nuestros servicios. Inoperancia total. No se puede creer. ¿Qué es lo que debería entender? Y mi maldita costumbre…”

Miré el teléfono con incredulidad, con los ojos como platos esperando el llamado de vuelta. ¿Qué le costaba devolver el llamado? Tal vez, ella tuviera los mismos problemas que yo para intentar comunicarse. Mi empatía no era suficiente. “¿A dónde van los que pasan para el otro lado con Ella? ¿Por qué yo quedé de este lado? Me tienen harta, Telefónica y sus caprichos”. Claro estaba que yo no veía los míos.

No pasó mucho tiempo.  Era un frío sábado de abril, cuando entré corriendo agitada por las escaleras del Hospital San Martín, intentando dar con la ubicación de un hombre que había dejado huella en mi vida.  Era el papá de Cecilia, una hermana de la vida que veía cada tanto, cuando su rutina le permitía cruzar la frontera desde Uruguay. Casi sin aire llegué al tercer piso.  Me habían indicado la habitación 230. No estaba permitido pasar, pero me zambullí entre un par de enfermeras hasta dar con la habitación en cuestión.  Me asomé entre la penumbra de las luces tenues del pasillo, ya era de noche afuera.  La habitación estaba vacía. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, se me aflojaron las piernas, esperando la esperanza de alguna certeza que fuera bienvenida. De inmediato, llamé a Juan Manuel, el hermano de Cecilia, para que me confirmara si lo habían cambiado de habitación.

−Hola Poli… No Poli, papá murió hace quince minutos, recién lo bajan. Estoy en casa pero mamá está abajo, con el resto de mi familia.

−¿¿¿Qué??? Juanma, lo siento tanto… −Me senté en un escalón para contener las lágrimas, como si el culo sirviera de apoyo emocional en momentos de angustia. −¿Y Cecilia?

−No logro comunicarme con ella, pero sé que viene en camino. No sabe nada, cree que papá está internado, nada más…

Me sentí inválida, de palabras. Y una estúpida por no haber llegado media hora antes. Y volví a putear a Telefónica, porque no me permitió escuchar lo que debía yo saber para seguir sosteniendo a quienes se enfrentaban con la Parca.

Cecilia venía en camino.  No sabía que no vería más a su padre. ¿Quién le diría la verdad? Me permití llorar un rato, enojada otra vez, pero no con Ella. Decidí que mi enfado era con Telefónica. Porque si tan solo hubiera sabido…

Bajé lentamente las escaleras, esperando que la adrenalina frenara para no destartalarme en el primer descanso.  Al final de un largo y tedioso pasillo que salía a un fresco patio repleto de coches y señores vestidos de blanco, encontré a la familia de Ceci en silencio, tal vez preguntándose más que yo adónde había ido a parar aquel alma. Probablemente, no era yo la única que tenía mil preguntas sin resolver, y había llegado el momento de que ellos también quisieran respuestas.  Los señores de blanco fueron cordiales y expeditivos. Habían hecho todo lo posible por vencer a la Parca.  Recordé lo poco que había podido obtener en nuestra última charla: “No elijo al azar. Nunca.”

Cecilia llegó muy tarde, cuando ya su gente había salido del hospital a descansar, a permitirse que la sangre les volviera a correr por las arterias para recuperar la fuerza y juntar los escombros de los miedos, que habían mitigado una esperanza miserable un día entero. Porque todo puede ser peor. Todo hasta que amamos en silencio la vida que intenta mil veces mutilarnos y arrastrarnos hacia el fondo, donde Ella sella un contrato con el tiempo y el espacio. Este contrato había sido firmado unas horas antes, y Cecilia venía corriendo en busca de aliento, en búsqueda y súplica de una vida. Desistí de quedarme sola allí en la oscuridad y caminé con mi tristeza hasta la gran puerta principal de hierro y madera oscura.  No la vi entrar, no sentí ni sus pasos. Levanté la vista y allí estaba sonriendo, alargando sus brazos para abrazar la tristeza en mí que ella desconocía.  Como pude, devolví el afecto y la sonrisa, con alegría de verla que sabía yo se desvanecería en cuanto la maldita verdad apareciera.

−¡Viniste, amiga! Intuía que te acercarías a vernos; lamento haber demorado tanto, el avión tuvo un desperfecto, me quería morir… ¿Dónde está mamá?

“¿Morir, Ceci? ¿Dijiste morir?”

−Qué alegría verte… Tu mamá fue a descansar, es tarde, es madrugada, Ceci.

−¿A descansar? Pero… ¿han dejado solo a papá?

Sentí esa puntada asquerosa en la boca del estómago; esa sí era la misma que cuando la Parca me chillaba por encima de mi hombro. Hasta que pude contestar, giré mi cuerpo para entrar al hospital nuevamente, intentando esconder mi mirada, que así de cuestionadora como es, también es verdadera.

−Es tarde Ceci, tu familia necesitaba descansar.

−Necesito ir al baño… ¿Vos ya te ibas a casa, o me acompañás a ver a papá?

La dejé que caminara delante de mí para que no viera mis lágrimas haciendo fuerza para no salir, para no explotar aún, para no delatar lo que no me correspondía decir. “¿Justo en ese momento tenía que llegar Cecilia? ¿Qué hubiera sido de ella si llegaba y no encontraba a nadie, ni siquiera a su padre? ¿Por qué quedé yo ahí y no su familia?”.  Otra vez hubiera querido llamarla, pero ya tenía claro que en Telefónica no se puede confiar; no lo intentaría otra vez ni escondida en el pabellón de maternidad, porque terminaría puteando y sin respuestas, una vez más.  Y Cecilia apuraba la marcha con serenidad en su semblante y sin mirar hacia atrás.

−Yo me quedo con vos, un rato más −le contesté.

Entramos al aseo de mujeres y me planté frente al espejo, mirándome a mí misma de reojo. Apoyé mi espalda en el frío azulejo verde que empapela el hospital, mientras Ceci me contaba los pormenores de su viaje encerrada en un baño. Mi pelo me tapaba las mejillas, y mis manos aprovechaban a limpiar velozmente mis lágrimas.  Cecilia no quería ver lo evidente, tal vez no quería ni mirarme. Salió del baño aún hablando y por fin, me clavó su mirada cristalina y agotada.  Se la sostuve mientras ella hablaba, cada vez más lento, más pausado.

−Y en el aeropuerto, encontré justo un taxi… No logré hablar con mamá… Menos mal que estás acá…

Y sin dejar de mirarme, abrió el grifo para enjuagarse las manos.  Me quedé muda, sola con mi mirada, con lo que adentro escondían mis pupilas.  Ella se lavó las manos, bajó su cabeza y miró el mármol helado de la bacha apoyando lentamente sus manos, sosteniendo su sorpresa.

Detrás estaba yo, sin palabras, sin mentiras y sin respuestas. Sentí temor a su reacción y muy despacito volví a afirmarme con mi espalda en la pared de azulejos desgastados. Nunca bajé mi mirada, porque no tenía nada que esconder.  Se acercó despacio y cayó arrodillada al suelo frente a mí, me agarró las manos y rompió en llanto.  Un llanto desgarrador que no me permitió sostenerla en pie.

−Nooooooooo, no puede ser, no, no, no. Poli, decime que no, que no estamos las dos solas acá.  Mi papá… decime que papá no se fue. Decime que es mentira, nooooo… ¡No puede ser! Por favor, Poli, decime algo, decime algo…

Gritaba sin consuelo.  Vi de golpe a una niña pequeña pidiendo auxilio en su inocencia. Vi mi llanto callado de alguna tristeza que no quise gritar alguna vez.  Vi todas las bocas de los estómagos juntos, lanzando armas blancas para punzar y cruzar las fronteras a través de las columnas vertebrales. Vi a Cecilia como nunca antes la había visto en tantos años de amistad.  La vi a toda ella, entera, vulnerable, humana, transparente, humilde, íntegra y sincera.  Y seguía gritando, apretando mis manos con fuerza, pidiéndome a gritos que mi mirada no fuera tan real como la que ella veía.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que su furia y su sorpresa suavizaron, y la dejé llorar, putear, descreer, volver a creer, mirarme y volver a bajar la mirada, apretarme las manos y soltarme para taparse su pálido rostro, acurrucada como un recién nacido en el piso de un frío y casi oscuro sanitario de un hostil hospital.

Despacito, sollozando como un niño y con la angustia apretada en su cuerpo entero, fue levantándose despacio y la fui acompañando de a poco, con el susurro de la Parca detrás de mi oreja, pidiéndome a gritos –ahora sí levantaba su voz sin teléfonos– que no la dejara caer al suelo otra vez, que le contara que ella aún tenía un largo contrato con el tiempo y el espacio, que sólo a su padre le había vencido el cuerpo. Que no se ocupara de buscarlo en la habitación del pabellón ni en otro sitio, porque ella cuidaría de él mejor que nadie, mejor que cualquier guardián de cualquier cielo.  Me parecía sentir tan clara su voz, tan cercana a mí mientras guiaba a Cecilia hacia el pasillo, arrastrando su cuerpo débil en un abrazo eterno… “¿Y se lo tengo que decir yo? ¿Otra vez, me toca a mí avisarle a alguien que aún tiene su tiempo? ¿Qué siente ella?”

Me preguntaste demasiado… Te estoy dando respuestas.

Desde el lado oeste del corredor, escuché el murmullo de dos enfermeros que buscaban a una chica vestida de rojo y negro, que había estado con la familia del difunto de la habitación 230 una hora antes, cerca del pabellón 9.  Ya casi no había gente en los pasillos.  Los murmullos sonaban a gritos.  Apoyé a Cecilia contra la pared y le hice seña a uno de los enfermeros.

−Soy yo… soy amiga de la familia. ¿Ha pasado algo? Ella es la hija −dije, mirando a Cecilia que volvía a llorar tranquila, todavía perdida en la pérdida.

−Señora, necesitamos que alguien de la familia firme unos papeles, en el pabellón número 9, por favor.

−¡Y yo necesito ir a la morgue! −Cecilia pegó un grito, sosteniendo su bronca y con una energía que no supe de dónde había surgido.

−Nadie puede entrar a la morgue en este momento, y …

−Me importa poco quién puede entrar y quién no. Murió mi papá. ¿Lo entiende usted? ¡Murió mi papá!

Rompió en llanto y la sostuve con mis brazos. El enfermero se unió al otro y salieron por el pasillo contiguo, creo yo que huyendo de todos, de Cecilia y de su dolor.

−Decime que es mentira, Poli, decime que papá está arriba en la habitación… por favor decime que no es verdad.

La sostuve frente a mí y tomé unas bocanadas de aire como para cantar una obra entera de Pavarotti sin aplausos ni descansos.

−¡No! No, amiga. Mirame a los ojos, aún no he pronunciado palabra. Tu mamá se fue porque no tenía nada más que hacer en el hospital. Estuvo todo el tiempo al lado de tu padre, sin moverse de su lado como siempre, hasta el final.  Yo estaba saliendo hacia mi casa porque había quedado sola aquí, y llegaste justo vos al hospital.  Me ha tocado a mí estar acá, Ceci. Tu papá se fue hace ya un rato, unas pocas horas.  Yo tampoco alcancé a verlo, no llegué amiga. Pero vos estás acá, estás viva, acá conmigo. ¿Querés ir a tu casa? ¿Qué querés hacer? Lo que sientas hacer, yo te acompaño; no te voy a dejar sola, pero por favor, no me pidas que te mienta.  Tu papá ya se fue…

Volvió a llorar, pero esta vez, me abrazó tan fuerte que sentí mis costillas quebrarse de amor y de consuelo. Creo que yo necesitaba tanto como ella que alguien me sostuviera un rato… No lo sé. Nunca lo supe.

−Solo quiero ir a la morgue. Quiero verlo. Te creo amiga, te creo… Gracias por estar, gracias por esperarme, gracias por dejarme llorar. −Hablaba y lloraba a la vez, mientras me dejaba ella llorar a mí, en silencio y con aplomo−. Menos mal que estabas vos. ¿Seguro no querés ir vos a descansar? Yo solo quiero ver a papá.  No llegué antes, no pude… Maldita la hora de ese puto avión, Poli… ¿Comiste? ¿Vos estuviste sola acá todo el tiempo?  Acompañame a la morgue y vamos a casa, y te hago algo de comer, ¿te parece?

La empatía se contagia, como la rubéola o el sarampión. Lo que faltaba para mi asombro era sentir a Cecilia consolándome a mí; de repente su visión, en un abrazo cambió por completo. Es probable que al abrazarme sintiera mi temor, mi amor profundo y mi llanto ahogado para hacerme fuerte y estable en el anuncio.  Eso dicen, que el lenguaje del amor y la cura para la depresión y la angustia está escondido en los sanos abrazos.

Pasamos el momento de la morgue sin éxito, la madrugada en vela y unos sandwiches de miga simple que habían quedado en la heladera del día anterior, vestigios del poco tiempo de idas y vueltas al hospital. Las lágrimas se convirtieron en palabras, las palabras en alivio, el alivio en sintonía, la sintonía en confidencia, la confidencia en risas.

Llegó la hora de un velorio y no podíamos dejar de reír.  Llegó el momento de ver a Miguel envuelto en un ridículo satén blanco que no le pegaba con su carácter ni con su espejo.

−Amiga, se nota que no conocen a los muertos, ¿has visto? −Cecilia me escuchaba y explotaba en carcajadas−. Atendeme el detalle… Creo que tu papá nunca hubiera querido semejante pilcha.  Ayudame que le sacamos esto de encima cuanto antes.  Mirá su sonrisa… no te la pierdas.  Así se fue, no le caguemos la velada.

Intentando que nadie nos viera le quitamos de la orilla la horrible puntilla bordada en la tela que tapaba su hermosa cara y su semblante satisfecho de haber partido con profunda paz y armonía. Tapaba su cuerpo esbelto y cuidado, y sus pies envueltos en un bello par de zapatos de nobuck marrón.

−Poli, por favor… No puedo parar de reír. ¿Qué estamos haciendo?

−Velando a un muerto amiga. Un muerto que no murió, que se quedó en tu vida y en tu corazón para siempre. ¿Lo ves?

−No está ahí, ¿verdad?

−No está ahí. Y nunca estaremos ahí. Por ese mismo motivo puedo reírme de esta espantosa tela que cubre su cuerpo, porque sé que tu papá está cagándose de risa conmigo, ¿qué crees? ¿Acaso, no era él así? Si fuera yo la que estuviera en este cajón, tu viejo estaría cagándose de risa de mí, no nos mintamos−. Cecilia tuvo que agachar su cara detrás del cajón para que no la vieran reír, sosteniendo sus manos en la orilla mientras yo le hablaba por encima del cuerpo inerte, sin el más mínimo simulacro de tensión.

En ese instante, en donde las dos reímos con los ojos rojos de haber llorado unas tantas horas antes, en ese momento en donde la tristeza corta el aire pero derrite distancias, en esas fracciones de segundos donde pudimos sentir que Miguel no se había ido y que reía con nosotros del circo que lo disfrazaba, supe que la Parca también sonreía conmigo sentada en un rincón del salón, observando mi andar y mis movimientos en cámara lenta.  Y tomé consciencia de que yo había comprendido por qué era mi amiga; y de por qué yo podía reír, por qué yo tenía que acompañar, por qué me había sucedido, me estaba sucediendo y me sucedería mil veces más.  Supe que ya no necesitaría nunca más de Telefónica para intermediar con Ella, porque no tenía más preguntas para exigir respuestas, y no había respuesta que no llegara si estaba decidida a vivir día por día, sabiendo que Ella algún día me esperaba. Y así fue como hicimos un tácito trato.  Modifiqué mi maldita costumbre –al menos con Ella–, para dejarla en paz y hacer de su ritmo una rutina tranquila; mientras, yo estoy despierta y atenta por si me susurra a mí al hombro, o por si llega la hora estipulada de recibir otra llamada en la madrugada de un martes, o a una amiga que llega de viaje con la esperanza en sus manos, o a otro que le tiemblan las piernas y el hígado esperando el trasplante, o a quien le carcome la intriga con esa maldita enfermedad que no empieza ni termina.

Menos mal que las cosas pasan, y que la gente anima.  Menos mal que la Parca espera y que es mi amiga. Ahora, me causa gracia la ironía de la vida. Y que a esta altura nuestra comunicación sea íntima y osada, profunda y genuina. Desgraciada para mí será siempre, pero la quiero tanto como a la vida.  La ironía, decía, es que ahora existe el whatsapp, pero Ella ya no se comunica.

 A los tantos que me han dado lugar y me permiten estar y ser parte de su tristeza, de su angustia apretada, de sus miedos, de sus temblores internos, de sus osadías, de sus puteadas y de sus vidas.

Con agradecimiento especial y amor infinito a mi amiga y hermana Cecilia:

 

No vayas a mi tumba y llores

Pues no estoy ahí.

Yo no duermo.

Soy un millar de vientos que soplan

El brillo de un diamante en la nieve

La luz del sol sobre el grano maduro

La suave lluvia de verano.

En el silencio delicado del amanecer

Soy un ave rápida en vuelo.

No vayas a mi tumba y llores,

No estoy ahí.

Yo no morí.

 

Poema de un Indio Americano, Anónimo.

 

– Poli Impelli –