El diario de Esteban

Encerrado, así me siento. Atrapado pero cómodo. Hoy, cuando vi una foto del pasado, sentí que antes podía. Fui feliz, con Daniela, quiero decir. Y ahora me revienta las tripas esta puntada en el estómago; supongo que se me deben iluminar los ojos cuando veo los suyos. Una foto, claro. Me enteré que está muy bien; cumplió sus sueños, su objetivo. Es médica clínica en uno de los mejores centros de medicina de California. A veces cuelga fotos públicas en Facebook. Y como un tarado ahí me encuentro, sentado en la silla que ya conoce mi culo más que yo mismo, en una oficina escondiendo mi cara detrás de un monitor más grande que la ventana que me oculta del otro mundo. En ese otro mundo caminan mi mujer y mis hijos. Tan lindos… tan grandes… ya pasaron los años de pañales, colegios, actos y berrinches. No puedo creer que mi hijo ya esté estudiando ingeniería. Le gusta; mejor que yo ha salido, siempre digo que es como su madre. ¿Y Antonella? Un solo año y chau, se me va… se va mi nena. Ella también es igual a su madre, o eso dicen, por dentro y por fuera. Buena, paciente, tranquila, estudiosa. Y ahora de novia con un pibe que me cayó bien desde el primer día; ¿será que los vi enamorados? Lleva un año y ella sigue igual, planeando con Joaquín su existencia.  Y él la mira y se derrite. Bueno, confieso en este papel donde solo yo me leo que al principio sentí un poco de celos. Muchos. Asquerosos, descomunales. Creo que tuve que controlarme para no pegarle una patada voladora cuando Anto me lo presentó y al soltarme su mano giró su cuerpo y encajó un beso a la boca de mi hija. Un beso que me recordó a mis labios besando a Daniela. En ese lapsus de consciencia descarté la patada y entendí que él era inofensivo, y que la patada fue para mí.

Dicen que uno en los hijos vuelca sus propios sueños, sobre todo los que no pudimos o logramos cumplir, que deseamos —tal vez inconscientemente— que vivan lo que nosotros no hemos podido, que se animen a enfrentar esos miedos que nosotros les traspasamos sin querer queriendo. Me veo en él, en mi futuro yerno. Veo sus ojos cuando observa a mi hija reír, cómo la toma de la mano y en voz alta y sin reparo cuenta sus planes de vida todavía adolescente. Parece que la tiene clara, al menos más que yo cuando tenía su edad, cuando no pude —o no supe— cuidar a Dani. Quizás estudió medicina para poder cuidarse a sí misma. Un tarado. Yo, claro. Pero me acomodé como pude a su ausencia conformándome con Caro. Y el embarazo nos agarró entre exámenes finales, algunos sábados de boliches y sin muchos planes. Al menos, yo no tenía planes.

Hoy lo escucho a Joaquín y siento, muy adentro mío, una especie de envidia. Dicen que nunca es sana. No solo tiene planes, sino que en sus planes está enamorado, la ama en serio. ¡A mi hija! Será un chico afortunado. Y no es que yo no lo haya sido, porque miro a mis costados y tengo todo; una casa que construí yo mismo y que Caro acomodó y decoró con gracia y buen gusto; otra casa más chica en el lago, con vista al lado sur de las montañas, donde solo siento paz, como ahora. Amo nuestras vacaciones y fines de semana en esta casa, aunque últimamente disfruto más de mi soledad. Desde que Pablo se fue a estudiar y Antonella pasa más tiempo con Joaquín y sus amigos que en casa, tuve que hacerme más amigo de la soledad. Me peleo con ella seguido; los hombres no vinimos para estar, ni para sentirnos solos. Recién ahora, creo que Carolina fue su disfraz, y siempre me pregunté qué sería de mí, de ella, de nosotros cuando los chicos crecieran y dejaran de ser niños. Un año más y Antonella estará lejos. Me quedo tranquilo por ella, pero comienzo a preguntarme por mí… Creo que jamás me lo había planteado como ahora, sobre todo cuando termino de correr y me relajo con una cerveza mirando la montaña más alta, cada fin de semana.

La miro a los ojos, intento encontrarla… Fue y es la mejor madre que podía darle a mis hijos, y todavía la siento bella, igual que cuando nos encontramos por primera vez en nuestro pub preferido. ¿Será la edad? No lo sé. Lo que sí sé es que no quiero imaginar nuestra casa sin Antonella. Las vacaciones que eran en familia ya no lo son, ya no hay risas ni ruidos. Ahora somos dos. Y miro hacia atrás y pienso… ¿alguna vez fuimos dos? Costumbres, hábitos, mi resignada forma de adaptarme a la realidad que conocí. Vi a mis padres hacer lo mismo, entre ellos y con nosotros, y Caro tuvo lo opuesto: padres separados desde que ella era una nena. Quería lo contrario; supongo que lo logró. Y me quiere… aunque a veces me pregunto si se esconde detrás de un monitor y siente esa extraña sensación y hormigueo en las venas que siento yo cuando veo a Daniela sonreír en fotos, en su vida. Y en esos momentos, quisiera destruir mis recuerdos… porque me siento un cobarde. Joaquín se llevará a mi hija y con su ausencia vendrá la mía. Mi comodidad me sentó muy bien todos estos años, mi adaptación tuvo siempre el nombre de Carolina. Y ahora, ya con mi insatisfacción acomodada, una puta red social me trae de vuelta esa mirada, esos ojos por los que creí, lloré y juré. Igual, no cambiaría jamás todos estos años, mucho menos la existencia de mis hijos. Solo creo que me cambiaría a mí mismo; me extirparía esta casa, esta vista que me envuelve, nuestra casa en la ciudad, las dos camionetas, cada viaje y todo lo que guardamos en un banco si tan solo pudiera sentir la fortuna de volver a… amar. Lo dije, sí. Amar.

¿Desde cuándo escribo tantas estupideces que nadie va a leer? Sí, estoy viejo. O pelotudo. O me siento solo. O me extraño… Me extraño con Daniela. Desde el lunes no miré más su muro, su sonrisa, sus ojos… Y juro que ella nunca verá el secreto de los míos.

Ahí llega Caro; siento el sonido de sus pasos cuando vuelve del almacén. Es lo primero que hace cuando llegamos al lago, y yo me quedo inmóvil por un rato, con mi vista en la montaña. Acá también existe la rutina. Y los secretos.

Esteban

 

-Poli Impelli-

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Cuidar amando

Es más fácil construir niños fuertes

que reparar adultos rotos.  

– Frederick Douglas –

 

Ser padres y no mirar bien a los hijos… no lo comprendo en absoluto. No me cierra desde mi visión de no-madre, pero en mi mirada de Mujer está mi niña. Y yo a esa niña sí la miro, sí la quiero, sí la acepto y sí la amo. Elija lo que ella elija y como ella quiera ser.

¿Por qué no sanamos nuestros tiempos pasados y dejamos de proyectar en los hijos lo que no pudimos ser, lograr o desear para nosotros mismos? ¿Qué esperamos de ellos? Un padre lo ha sido para DAR sin límites. Es el único amor incondicional que existe.

Qué pena… que desperdicio que se nos pase la vida, que ellos crezcan tan rápido y estemos tan ocupados, estresados, alterados al punto de no darnos el tiempo de mirar lo que ellos necesitan y piden a gritos, gritos que se traducen en un 4 cuando ansiosos esperamos un 10, en berrinches que tapan sonrisas y obediencia amorosa, en ansiedad de comidas chatarra en lugar de agradecimiento por lo que sí hay, en pantallas en vez de cuentos y canciones para irse a dormir. Los niños sueñan (igual que los adultos), pero pocas veces manifiestan cómo fluyen en esos sueños.

¿Qué sucedería con la sociedad entera si cuando decides ser Madre/Padre te comprometes ANTES con lo que estás buscando/programando/construyendo en comunidad? No somos seres aislados; somos un todo. El compromiso valdría la vida desde el amor genuino y el reconocimiento sincero de tus capacidades y habilidades emocionales como para mirar lo que le vas a dejar en este mundo, en tu barrio, en tu entorno, en la sociedad, a todos los que hoy no te ven. Porque vas a morir, y cuando no estés serán tus hijos los que quedarán como reflejo de lo que fuiste, diste y tomaste. Y si crees que es tarde, no te engañes. Siempre estás a tiempo para volver a mirarLOS y a mirarTE en ellos y con ellos.

Observa tu vida y pregúntate para qué llegaron… para qué les diste Vida. Si no fue egoísmo, ¿hay algo más?

Acompáñalos, no vaya a ser que te vayas antes de tiempo y tengan que solos remendar los huecos, tambalear por sus caminos intentando encontrarle algún sentido a su existencia. Claro que eso es parte de existir, de la esencia humana, pero con tu ayuda primaria les será mucho más fácil pisar firme en la vida cuando ya no estés a su lado. Aprovecha tu propia vida, porque no todos hemos venido a lo mismo, ni estamos acá por las mismas razones. Tal vez tu aprendizaje sea ese: el de mirarte con un poco más de perdón, de amor y de soltura a través de lo que ellos te muestran.

 ¿No te gusta lo que recibes, lo que ves en ellos? Te están mostrando lo peor y lo mejor de ti mismo/a. Te guste o no te guste, estés conforme o no, ellos son tu mejor laburo, tu mejor regalo a la Vida. Son el regalo que me dejas a mí, a tu entorno, a los futuros jefes, a los profesores, alumnos, pacientes, compañeros, amigos, parejas. Todo lo que les traiga la vida será el reflejo de quien eres tú, Papá, Mamá.

Que no se te pase el tiempo. El tic-tac del reloj es muy tirano; a veces suena y chilla, otras, no llegamos a escucharlo. Y pasa. Pasa el tiempo de reconciliarnos, de comprometernos. No te comprometes con ellos sino con contigo mismo/a primero, porque te has postulado al trabajo más amoroso y demandante que existe. Y nadie te entrevistó para elegirte; esa es tu tarea primaria. Tus hijos te han elegido antes de que pudieras darte cuenta. Nada se compara a esta tarea, ¿verdad? Entonces… ¿qué estás haciendo? Quiérete mucho para poder tomar una elección consciente desde el compromiso sincero, y no «para tener quién te acompañe en la vejez», o para «no quedarte solo/a en esta vida». Los hijos no estamos para sustituir, rellenar o sanar tus carencias, ni somos enfermeros que deban postergar sus propias vidas y sueños. Esa es tu misión. ¿Acaso no lo(s) elegiste? Míralos. Hazte cargo. Ámalos en su totalidad, aunque muchas veces no estés tan a gusto con lo que trajiste a este mundo. Todo tiene solución, todo puede tener un cierto remedio y se puede volver atrás para comenzar nuevamente; sin embargo, con un hijo no hay retorno. No se deshace. No te queda más remedio que elevarte, que madurar, que tropezar mil veces y si no te das cuenta lo importante que eres por el solo hecho de ser Padre/Madre, tranquilo/a: allí estarán tus hijos para recordártelo.

El mundo está repleto de padres que abandonan, que con guita arreglan desaciertos, que con ausencias han dejado corazones rotos y velados de sabiduría. Hay víctimas matando, violando, corrompiendo, mintiendo, discriminando solamente porque no tuvieron padres. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que lo que nos pasa a todos comienza en casa, en el útero, en la mirada de Mamá, en la presencia de Papá?

Hoy ya todo avanza a pasos agigantados y con dinero podemos «comprar» bebés, alquilando vientres, engendrando en tubitos, y parece ser que las mujeres ya no necesitamos a los hombres para parir. Sea como sea que lo elijas o hayas elegido, tómate el laburo de mirarTE en un espejo, respirar profundo y serte honesto/a. Porque lo que hiciste o estás por hacer nos atañe a todos.

Que no se te pase el tiempo. No para engendrar, Mujer, sino para ser consciente. Ojalá tengas la fortuna de que tus hijos te sobrevivan (que mueras primero, como es ley de vida en el orden natural del amor) y que tus hijos —ya solos—  se hayan sentido mirados, aceptados en su totalidad, y que puedan ser hombres y mujeres honestos, gente de bien, empáticos con ellos mismos y con el mundo que les toca o les tocará. Luego ocupan cargos en empresas, clubes, escuelas, gobiernos, ámbitos de arte y cultura y aquí es donde se ve reflejado quiénes somos. Por favor, sé honesto/a. Y si da el tiempo, hazte cargo. Hay mucho por dar y recibir. Eres capaz de dar lo mejor que tengas para dar, y si no, apréndelo. Ya estás comprometido; no lo olvides.


Son estas «boludeces» que se me cruzan en imágenes y palabras cuando encuentro una fotografía mía de pequeña, cuando no tenía tantas palabras y no sabía qué querían de mí, ni cómo lo querían. Obedecía. Es lo que todos los padres desean…

Poli Impelli

Me miro y más me quiero por haber desobedecido, y porque lo que tengo para dar ya lo estaba y estoy dando a quienes saben recibir.

Son las palabras que me llegan cuando miro a la pendejita que fui y que amo con todo mi corazón de Mujer adulta y de Madre (aunque no lo sea con mi cuerpo en esta vida). Ser Madre/Padre de uno mismo también es un acto de amor bellísimo. Dicen que no se jura; peco y te lo juro.

Cuídate. Cuídalos. La sociedad te lo agradecerá siempre.

-Poli Impelli-

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como a la edad de seis años, abadoné una magnífica carrera de pintor. Estaba desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador tener que darles siempre y siempre explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry (en su Principito)

 

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Recuerdo del olvido

Ya eran las 7, el sol comenzaba a caer sobre el mar, y él apuraba nervioso su último tramo. Estacionó en el camino aledaño de arena, a unos metros de la casa que tanto había disfrutado un largo tiempo atrás. El sendero por el que solían llegar habitualmente había cambiado de sentido, aunque no le fue difícil reconocer aquel pinar que cubría la zona. Hacía más de un año que no visitaba ese sitio acogedor en el mar; se sintió conmovido. Apenas apagó el motor, le dio un beso a su mujer y bajó de la camioneta. Los niños, sentados detrás, tomaron sus mochilas, abrieron las puertas traseras y salieron corriendo hacia el camino angosto que llevaba a la entrada de la casa de piedras blancas y tejas azules.

Él sonrió ante el entusiasmo de sus hijos, y a paso lento se dirigió a la puerta. Alcanzó a observar el pequeño jardín al costado del sendero, que ahora se veía descuidado; donde antes había flores, ahora las macetas estaban vacías. Tantos años cuidando de esta casa en la playa… parecía haber perdido vida, al menos en su exterior.

La puerta se abrió al rato y detrás apareció ella, los niños se abalanzaron sobre sus brazos. Delgada, con su cabello rubio en una coleta suelta y sus ojos castaños, llevaba un vestido primaveral ajustado al cuerpo. Abrazó a sus pequeños con sonrisas, y ellos desaparecieron corriendo hacia el interior de la casa. Levantó su mirada hacia él, que observaba apoyado en una de las columnas que sostenían el arco de la entrada.

—¿Querés pasar? —Lucía ya no sonreía.

—No, gracias. Me esperan.

—¿No tiene patitas? No me molesta que pase… —Desde allí veía la sombra adentro de la camioneta.

—Te molesto yo, en realidad —dijo él, frunciendo sus labios.

—Nunca me molestaste.

Él levantó la vista, Lucía se apoyó en el marco de la puerta y cruzó sus brazos, mirándolo a los ojos.

—Nunca me lo dijiste —dijo él.

Detrás de Lucía aparecieron los niños corriendo y riendo. El niño, de seis años y cabello oscuro como su padre, perseguía a su hermana, que le doblaba la edad, y tironeaba de su vestido levantando su falda.

—¡Eh! Calma, calma… —dijo Lucía.

Cuando la niña pasó por detrás de su madre, vio que su padre seguía allí; miró de reojo y, para sacar a su hermano del medio, pasó corriendo entre sus padres hacia el sendero y se dirigió a la camioneta estacionada. El pequeño la siguió apurando su trote, gritando y riendo, intentando abalanzarse sobre su vestido otra vez. Adentro de la camioneta, la mujer menuda y morena descansaba con su cabeza en el respaldo del asiento, aguantando el tiempo, preguntándose si siempre sería igual, esperando como un paquete escondido, sin sorpresas visibles. Sintió a los niños acercarse y levantó su cabeza hacia la ventanilla.

—Me elegiste como padre, ¿te acordás? —dijo él, volviendo la mirada hacia Lucía.

—Ahá… no sé cómo pude… —Suspiró con cansancio, volvió a cruzarse de brazos, inquieta.

Él apenas sonrió. “Yo sí sé lo que hice. Eras hermosa, por dentro y por fuera. Seguís siendo hermosa.” Su mirada seguía a sus hijos, que corrían alrededor de la camioneta, saltando para alcanzar a las gaviotas que iban y venían desde el mar hasta los pinos.

—¿Qué te causa gracia? —dijo ella, observando la expresión risueña de su ex marido.

—Nada. —Volvió a mirarla—. Catorce años y aún no sabés por qué soy el padre de tus hijos…

Ella abrió la boca para decir algo, y sus ojos se cerraron en parpadeos con sorpresa. Descruzó sus brazos e irguió sus hombros para avanzar un paso, pero él ya había dado la vuelta y bajaba el sendero despacio. A unos metros de distancia, él se detuvo de golpe y volteó la cabeza hacia ella.

—Ya hicieron sus tareas. Si no te molesta, revisá sus cuadernos. Nunca fui bueno para eso.

¿Para eso, nomás?

—Sí, ya sé… y para muchas cosas más; no te fui suficiente. Antes que levantes la voz, te recuerdo que te quise… —Al decir esto, volvió la mirada hacia la playa.

El rostro de Lucía se suavizó y el ceño fruncido desapareció de su piel. Dio un paso lento hacia el comienzo del sendero, sus hombros se relajaron. Detrás del padre de sus hijos, lejos pero cerca, la mujer que había esperado en el auto corría y reía a carcajadas con sus niños. La soledad de Lucía estrujó sus venas, y aunque sintió su bronca contenida, intentó moderar su voz al llegar más cerca de él.

—Yo también te quise mucho. —El aire del mar suavizó aún más su voz, y su pelo bailó al ritmo del viento en la cola de caballo. Él tragó saliva, tomó aire y respondió:

—Desde que Lucas nació, jamás volví a escuchar que me quisieras… Los cuadernos están en la mochila de Malena. Buen fin de semana. —Giró mirando hacia la playa y bajó el sendero, alcanzando a los niños en un abrazo para despedirse. La mujer morena se acercó a su cara, apoyando una mano en su pecho.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

—Te amo… —dijo ella, y sonrió, con su boca y con sus ojos. Él la miró con alivio y le tocó la mejilla con suavidad.

Lucía, parada en el sendero mirando la escena y esperando a sus hijos, pudo leer los labios de aquella mujer, y se encontró a sí misma, catorce años atrás, en la orilla de otra playa, desierta y sin pinos junto a ese mismo hombre. Se sorprendió con su recuerdo, olvidado en el tiempo y en sus muchas escasas miserias. Su olvido le provocó una leve sonrisa, una pequeña lágrima de nostalgia…, y el recuerdo le trajo alivio.

Observando a los cuatro en la distancia que los separaba, su corazón se serenó respirando el aire del mar. Los niños se acercaron a la casa riendo a voces, y en un gesto impensado, Lucía levantó su mano derecha hacia la camioneta, saludando a su ex marido y a la mujer que hoy acompañaba sus días.

—Mamá, hace mucho que no estás así… —dijo Malena tomándola de la mano. El corazón de Lucía dio un brinco. Le apretó la mano a su hija con cariño y acercó sus labios para besarle la punta de la nariz—.  Te amo, y me alegra que estén de vuelta. ¿Preparamos la comida?

Llegaron casi corriendo a la entrada y de la mano. Lucas ya había alcanzado la vieja radio y, al escuchar la música, madre e hija entraron a la cocina bailando y dando vueltas sobre sus vestidos. Fueron desplegaron ollas y vaciando lo que había en la heladera para cocinar juntos; Lucas anudó a su cintura un delantal de su madre, simulando ser un chef experto. Pasaron diez minutos y los tres seguían tarareando, riendo y preparando la mesa para cenar.

El golpe seco en la puerta lateral de la cocina los sobresaltó. Atardecía y Lucía se asustó. En un movimiento instintivo, alejó a sus hijos de la puerta y se acercó inquieta hacia el visor vidriado.

—¿Quién es? —dijo con voz firme y segura.

—Germán. ¿Me abrís?

Lucía miró a sus hijos con asombro.

—¡Papá! —gritó Lucas, levantando sus manos hacia el techo en señal de alegría.

Lucía abrió la puerta con decisión pero en cámara lenta. Al lado de Germán, la mujer morena, pequeña y de facciones delicadas, sonreía con timidez. Por el rabillo del ojo, Lucía vio cómo él le rozaba la mano. Ella los miró a ambos, respiró profundo, puso sus brazos en jarra sobre su cintura y dijo:

—Sólo hay quesos, algo de vino… —apuró sus palabras—  y puedo preparar una tarta de fiambres.

Germán mostró una sonrisa de sosiego; la tarta de fiambres era su comida preferida en las tardes de verano. Tomó la mano de su mujer y pasaron adentro cuando Lucía les hizo lugar, abriendo de par en par la puerta.

—Muchas gracias —dijo con suavidad la joven morena mirado a Lucía, quien le devolvió una media sonrisa. Germán levantó a Lucas en brazos y lo alzó en el aire, al tiempo que la niña reía en un abrazo de la mujer morena. Él dejó a su hijo sobre una silla y se acercó despacio a la espalda de Lucía. Cerró los ojos y, con un poco de temor, le susurró al oído:

—Hoy te quiero un poco más, Lucía. Gracias…

De inmediato ella sintió humedad en sus ojos y levantó la mirada hacia la playa, a través de la ventana de la cocina. Apoyada en la mesada blanca, de espaldas a sus hijos y a la mujer de Germán, respondió sin mirarlo: —Ya recordé por qué sos el padre del mis hijos. Ella me trajo del olvido.  —Suspiró—. La tarta… ¿jamón crudo o cantimpalo?

-Poli Impelli-

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