Abrazo Infinito


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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

-Poli Impelli-

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Unos mates con Cortázar

Si de grandes se trata…

Alfredo Barnechea García (1952) es un escritor, periodista y político peruano. Como periodista, en el Perú se ha desempeñado como columnista en el semanario Caretas y ha sido publicado en más de cuarenta periódicos de América Latina y en El País de España. En la década de 1980, destacó como conductor del programa televisivo “Contacto Directo” de América Televisión, en el que entrevistó a destacadas figuras del mundo literario y la política.

        Leyendo uno de sus libros (Peregrinos de la lengua. Confesiones de los grandes autores latinoamericanos), sus incisivas preguntas y su respeto ante cada figura, en este caso del mundo literario, me generaron la inquietud de compartir esas maravillosas entrevistas. Son demasiado largas, ricas y extensas como para transcribirlas; sólo dejo aquí extractos de ellas.  Me quedo con lo que más me interesó, y porque como sabemos, podemos no estar de acuerdo pero de los grandes siempre se aprende.

 

Como decía, unos mates con Cortázar…

 Alfredo Barnechea (AB): Ha nacido en Bélgica, casi accidentalmente, el 14. En el año 23, en Banfield, prendido de las solapas de su tío, ha escuchado fascinado la pelea entre Dempsey y Firpo, el toro salvaje. Ha estado en Buenos Aires, ha sido maestro de escuela de provincias, en el 32 pretendió irse a Europa, de pavo en un barco, pero no lo logró; se quedó 20 años más en Argentina y cuando se fue de verdad, en el 51, ya era demasiado tarde para librarse de Buenos Aires, de Gardel, de la nostalgia de los días primeros. En 1963 publicó Rayuela, una cima de la novela latinoamericana. Después de tantos años, ¿cómo percibe Cortázar su país?

Julio Cortázar (JC): Lo percibo como uno de los países latinoamericanos. La respuesta puede parecer obvia, pero mirándola bien no lo es. He estado alejado físicamente, sí, pero no en lo que de veras cuenta; pienso que diez libros son una prueba que acaso no podrían aportar mucho de los que andan reprochando a diestra y siniestra el famoso exilio. Buenos Aires me asfixió y fue París precisamente lo que me permitió que yo redescubriera una visión distinta de mi país y de Latinoamérica. París ―Europa mejor― me abrió un horizonte total, planetario, que yo no tenía desde Buenos Aires. No estoy dando una receta, hablo sólo por mí, pero sé que sin París no hubiera escrito lo que he escrito. Si me hubiera quedado allá, en el pago, mi madurez de escritor se hubiera manifestado de otro modo, seguramente más satisfactoria para los historiadores de la literatura, pero menos provocadora, agresiva para quienes leen mis libros por razones vitales. Y claro,  yo estoy con ellos. No sólo no me quedé, sino que no he vuelto, y sigo creyendo que París es el sitio perfecto para alguien como yo, para mis gustos, para lo que escriba todavía.

AB: Veinte años en que Julio Cortázar ha vivido en Francia, escribiendo en una lengua y hablando otra. ¿Cómo ha salvado ese problema?

JC: Bueno, tuve suerte, pues luego de ganarme la vida pintorescamente en París, aprobé un examen en la Unesco como traductor free-lance. La traducción exige no perder de vista la lengua madre, y si a eso se suma mi propia tarea de escritor (y de lector omnívoro), los años pasaron sin que mi lengua sufriera. A veces me autopesco con un galicismo, pero eso ocurre tanto en la Argentina como en Francia y, bueno, después de todo, eso nunca ha sido tan terrible.

AB: Minucioso, insólito, lúdico, bromista, con una cultura multilateral, casi ecléctica, laberíntico. Muchos creen que éste es el verdadero Julio Cortázar. ¿Está de acuerdo con esa imagen?

JC: Oye, sí, te acepto los epítetos, y agrego otros que no son contradictorios sino complementarios: soy profundamente serio, exigente hasta la náusea conmigo mismo, inconsciente (los temas me vienen de regiones incontroladas por mi inteligencia, apenas mediocre), paradójico (para luchar contra los monobloques ideológicos y culturales), enamorado del rumor del mundo, ciego a los elogios, perdido en una vigilante abstracción de cronopio incurable.

AB: Hemos oído decir que escribió Rayuela de un tirón…

JC: Más que de corrido, Rayuela fue escrita a saltos, pues empezó en lo que luego fue la segunda parte, y ésta quedó en suspenso hasta que terminé la primera; paralelamente se fueron agregando los capítulos «teóricos», los recortes de prensa y las citas de sabios y de locos.

AB: ¿Le sucedió lo mismo con sus otros escritos? ¿La preparación es muy larga? ¿Cómo surge en usted la necesidad de escribir?

JC: Me cuesta mucho empezar a escribir. Mucho, porque la preparación de un cuento o de una novela corre subterránea dentro y a su manera; pero cuando arranco de veras me parezco a Fangio, viejo, y no paro hasta que el texto mismo me para la bandera.

AB: Usted tenía treinta y cinco años cuando publicó Los Reyes. Era una llegada algo tardía, pues sólo un poemario (publicado con seudónimo) lo secundaba. ¿Pero desde cuándo escribe?

JC: Escribo desde los quince años, pero sólo a los treinta me animé a publicar un libro de poemas, firmado con seudónimo. He escrito siempre poemas. Adolescente, creí, como tantos, que mi sensación de extrañamiento anunciaba al poeta, y escribí los poemas que se escribían entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa, a esa altura de la vida. Pero no había para más. Me sorprendí por eso cuando, un día en La Habana, Gianni Toti me dijo que de todo lo que había escrito, lo que más le gustaba eran mis poemas. Cuando escribí Los Reyes ya era dueño de una técnica, que era hija del rigor. Siguieron los cuentos de Bestiario, sobre los que ya no tuve ninguna duda. Pero el noviciado había sido largo y duro. Había que tenerse mucha fe, y a la vez había que apoyarse en una permanente desconfianza en sí mismo. En el terreno práctico, esto debía traducirse en no publicar prematuramente, pecado cotidiano en nuestros países.

AB: ¿Eso sería lo que le diría a un escritor joven que le pide consejos?

JC: Sí, si el consejo es de ese tipo. Si, más bien, quiere saber cómo se escribe, haría lo del maestro zen: le rompería una silla en la cabeza. Pero la otra recomendación, sí. Fue lo que me pasó a mí. Tiré miles de páginas antes de publicar por primera vez, porque si bien respondían a mis impulsos más hondos, algo en mí era capaz de juzgarlas y saber que no merecían la imprenta. Jamás me alegraré lo bastante de haber sido tan duro para conmigo mismo.

AB: Para muchos escribir es un acto de exorcismo En su caso, ¿algún cuento o novela ha cumplido esa función?

JC: Una buena parte de mis cuentos han nacido de estados neuróticos, obsesiones, fobias, pesadillas. Nunca se me ocurrió ir al psicoanalista; mis tormentas personales las fui resolviendo a mi manera, es decir, con mi máquina de escribir y ese sentido del humor que me reprochan las personas serias. Entonces, más que un cuento o una novela, es el escribir mismo mi acto de exorcismo.

Y claro, debía acá preguntarle lo de siempre, que por qué, para qué escribe, pero ya ha dicho en otra parte que:

JC: Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camino se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas del mundo. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo para no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme… Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por este paraje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me separaba de mis amigos, y que a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad. La única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego no era fácil; pero pronto descubrí los gatos en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros, donde la encontraba de lleno. Pienso en Jarry en un lento comercio a base de humor, de ironía, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano a un plano que a falta de mejores nombres seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.

AB: Una vez abandonada la máquina de escribir, ¿necesita librarse de la materia que desarrolla, o más bien continúa dándole vueltas en la cabeza?

JC: Bueno, yo paso días y aún semanas sin escribir, cuando estoy trabajando en un libro. Ahora no me doy vacaciones. Vivo como habitado por lo imaginario, que se superpone a lo que me rodea, lo modifica y lo desplaza. Es un sentimiento a la vez maravilloso e inquietante, un período en el que se acumulan las coincidencias, y los encuentros, como si el libro y la realidad exterior se invadieran mutuamente hasta el día ―siempre triste para mí― del punto final.

AB: Para terminar, discúlpeme una pregunta algo solemne: ¿cuáles han sido los grandes momentos del siglo XX que a vivido?

JC: Si no supiera a qué apunta su pregunta, temería que esa solemnidad se viera menoscabada con mi respuesta. Los grandes momentos del siglo XX son de dominio público: la revolución rusa, la derrota del nazismo, la victoria de Vietnam o la revolución cubana. Ahora, los que me han marcado a mí, los que cuentan para mí: la primera radio a galena en mi infancia, el vuelo de Lindbergh, la pelea Firpo-Dempsey, la lectura de La condición humana, la foto de Mussolini colgado por los pies y, ya que estamos en lo luctuoso, la tardía pero reconfortante muerte de Harry Truman y de Lyndon Johnson.

Theodor W. Adorno (no el de Frankfurt, sino su homónimo) está aquí, junto a la máquina de escribir, la mirada alarmantemente felina y agresiva, y bueno, hay que despedirse de estas páginas huyendo, como Macedonio, del final de los escritos. Además se oyen voces, escuchemos:

Pero ya ―dice Polanco.

―Acabala ché ―termina Calac.

Lima, 1972


Nota : Los mates me encantaron (no muy fuertes, la yerba suave y el agua a punto). Es serio, cierto, pero me sentí más distendida que con Don Borges. Será que a la mayoría de sus respuestas para Alfredo yo asentí sonriendo. Antes lo miraba desde afuera. Hoy comprendo.

Gracias a Carlos José Ferrari y a Beatriz Josefina de Ilzarbe, quienes a través de su hija (María Julieta Ferrari) y del tiempo me entregaron este añejo tesoro en mis manos.

-Poli Impelli-


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El Poder del Silencio

    Entró en el local cuando ya no veía un alma. La luna en cuarto creciente rociaba su luz en la angosta avenida y solo unos pocos transeúntes pisaban el asfalto frío y desolado. Entró buscando un refugio para su soledad. Abrió la puerta de madera vieja, gastada pero imponente. Sabía que en este antro encontraría hombres y mujeres solos, que tragan la desdicha en sorbos, o que buscan compañía en noches de histeria.

   Esa noche salió de la pensión sin decidir adónde iría y así llego a “La Escondida”, sin mapas. Adentro, solo un camarero terminaba de limpiar copas y pasar un trapo a la barra ocre donde noche tras noche descansaba la multitud. Las mesas, vacías a esa hora de la madrugada, brillaban listas para el día siguiente. Miró hacia atrás, buscando un anuncio en la puerta que ya había traspasado, y divisó el nombre “La Escondida” escrito con negro en uno de los vidrios pequeños que cortaban la madera de la puerta de entrada.

―Buenas… ¿llego tarde o aún se puede pedir un trago?

―Llega tarde, ya ve. ―El camarero estaba de espalda ensimismado en su tarea, y le respondió con un dejo de soberbia en sus labios.

-Ok, disculpe, no sabía el horario de cierre.

―¿Qué le sirvo? ―Lo miró de reojo mientras colocaba unas copas en un estante de vidrio, suavizando su tono.

    Antes de responder al camarero, sintió una presencia de lejos, y miró a su derecha. Nadie. Miró a su izquierda: una joven de cabello castaño leía un libro casi en penumbras, en un rincón junto a la última pared visible perpendicular al frente del local. Una vela tenue la acompañaba en la mesa, y un vaso oscuro hacía de tambor a su mano derecha, que no dejaba de tararear sobre el vidrio.

    El camarero, sin esperar respuesta se acercó a él con seguridad y le dijo:

―Ni lo intente. Está siempre sola, y nadie se le acerca.

―¿Quién es?

―No lo sé, pero viene todas las noches, y pide siempre el mismo trago. Solo lee. Pero ya nadie le habla. ¿Qué va a tomar? No me falta mucho para ir a dormir, ¿sabe?

―Lo mismo que toma ella.

    El camarero lanzó una carcajada agachándose a buscar una botella pequeña que no tenía etiqueta.

―Como usted diga, caballero. Y no me ensucie las mesas.

    Agarró el vaso que le sirvió el camarero y acercó su nariz respingada. Olía amargo, con un dejo  a hierbas.

    Lentamente, caminó junto a la barra y se acercó a la única mesa ocupada. Carraspeó, sin saber bien cómo apuntarse a la escena de la mujer y su libro. La joven no se movió de su pose. De sus uñas sonaban notas musicales en el vaso y sus ojos no escapaban de su libro elegido.

   Él se agachó con suavidad y apareció de frente, posando una mano en la silla, casi pidiéndole permiso para sentarse. Ahora veía su belleza, que de lejos solo había imaginado en la penumbra. Ella levantó la vista, lo miró con desgano y siguió leyendo. Su mano izquierda dejó de retumbar en su vaso, y ella la recogió para tomar el libro con firmeza.

―Perdona, ¿puedo sentarme?

   Ella no lo miró, y no abrió sus labios.  Él lentamente movió la silla y tomó asiento. Acomodó su vaso en la mesa, preguntándose qué trago era aquel que tomaban ambos.

    El camarero reía con sorna de lejos, mirándolos de reojo, moviendo la cabeza de lado a lado mientras pasaba el trapo por los rincones ya desgastados de la rutina.

―¿No piensas hablarme? ―volvió a preguntar él.

    Ella no levantaba la vista. Sus ojos no pestañaban, solo seguían cada renglón del libro y su mano derecha solo se movía persiguiendo las letras para pasar página.

―¿Sabes qué? ―comenzó susurrando―. Estamos solos en este bar, sólo vine a despejarme un rato. Me siento aquí para hablar contigo, para compartir un trago, y tú ni caso. ¿Tan interesante está ese libro?

    Bajó un poco su cabeza frente a ella para poder ver la tapa y contratapa del libro, para saber quién la tenía tan obsesionada sin permitirle una conversación normal. ¿Por qué nadie le hablaba y siempre leía sola, según le había contado el camarero?

El Poder del Silencio. Cuando las palabras sobran” –  Natalie Holdmant.

    Levantó su cabeza y miró al techo.

―Ahhh, ya entiendo. Te entrenas para no hablar, ¿verdad? Qué aburrido debe ser… Creí que venía a un bar a encontrar gente. Pero veo que algunos están peor que yo. ―La miraba riendo, y creyó que con un poco de sarcasmo le llamaría su atención―. Ya me había dicho aquel hombre, el camarero: nadie se te acerca. Siendo tan hermosa y joven, ¿no sientes pena de ti misma? ¿Y qué es lo que estamos tomando? Sabe a mierda, ¿sabes? Creí que tú me dirías el nombre de este trago, y si lo pedí fue para acompañarte… Oye, ¿podrías mirarme al menos?

    Ella dio vuelta otra página y sonrió a la lectura. Él abría los ojos como platos, subiendo la temperatura en su monólogo, buscando alterar la presencia de la mujer. El bar seguía desolado, y el camarero ya se había puesto su chaqueta.

―Eres una maleducada, muy bella para nada ―resopló levantándose bruscamente de la mesa. El balanceo tiró su vaso. El líquido, espeso, cayó contra la pared y se desparramó por la mesa hacia el suelo. Ella ahogó un grito que él no supo interpretar, un gemido desde el estómago, y algo asustada, lo miró con los ojos bien abiertos, arrinconándose con su libro en el pecho.

―¿Y ahora encima te asustas? Vete a la mierda.

   Ella le leyó los labios. De su libro sacó un papel escrito en letras rojas, como estaba acostumbrada hacer todas las noches.

No te puedo escuchar. Si no te hablo es porque tú no entenderás mi idioma. Leer es lo que me lleva a otro mundo, un mundo que también habla mi idioma. No te asustes. Soy igual a todas, pero mi mesa no está en venta. No estoy para ti si te acercas como el resto. Y escucharme a mí es buscar mis ojos sin hablarme, porque no puedo comunicarme de otra forma. No te escucho, te siento. El trago que tomas, si has hecho lo mismo que todos, no tiene nombre. Es una mezcla de hierbas a pedido. Ah… Vete a la mierda, también.

    Mientras él leía consternado, ella cerró su libro, tomó su chaqueta y su bolso y cuando él levantó la mirada buscando alguna palabra coherente, ella pasó por delante y a toda prisa salió del local pegando un portazo.

―Amigo, ¿qué le dije? Esa mujer está loca, como tantas otras que vienen a mostrarse para nada. Es usted terco y obstinado. Vaya a otro bar, que la noche recién empieza. Yo estoy cansado, ya es mi hora.

    Observó al camarero, que mientras le hablaba apagaba las luces y se dirigía hacia la puerta.

―¿Y qué? ¿Se va a quedar usted a dormir en mi bar? Apure conmigo.

    Sin respuesta, siguió al camarero (¿o era el dueño del bar?) en cámara lenta. Salió a la noche helada. Sintió las llaves en la cerradura de la puerta y los pasos del camarero alejándose por la calle lateral y pequeña que giraba en la ochava. Miró a sus costados, a ambos lados de la calle, buscándola. La luna todavía alumbraba los adoquines y los comercios cerrados. Todo era silencio. El mismo silencio que gritaba en aquel libro enmudecido.

-Poli Impelli-