Abrazo Infinito


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Detrás de lo que ves

Vas al cine, te encanta. Voy al cine, me encanta. Otros se sientan durante horas con su culo frente a Netflix; ven sus pelis preferidas y siguen sus series favoritas con pasión, esperando el momento indicado para no hacer nada más que disfrutar de lo que les encanta.

Y ves/vemos de todo: personajes que quisieras matar simplemente por pelotudos, por cobardes, porque deberían decir justo eso que estás esperando y ellos no dicen, o porque te dan náuseas. Ves mujeres de todo tipo y color, y ahí está «¡la muy puta!» que «le roba» el marido a la amiga. Ves a la valiente y decidida que dio su vida por una nación. Ves a la madre que pierde a un hijo y se te fruncen hasta las venas por donde corre la misma sangre de ella, tuya y mía.

Ves crímenes, guerras con escenografías tan precisas, tan reales… (¿De dónde habrán salido?); ves batallas y luchas desde la era de Pedro Picapiedra hasta nuestros días. Ves fantasmas, espíritus, vida en otros planetas, amenazas, muertos que hablan y caminan a tu lado, mientras tus niños ven dibujos o personajes animados de toda especie para reír y emocionarse. Ves la historia que te han contado sobre algún Mesías, Maestro, Iluminado y te emocionas, me emociono. Ves al machista de turno dándole masa sin escrúpulos a cuanta mina se le cruza (con o sin juguetes y cuartos oscuros). Ves a las chicas de colegios secundarios peleándose por el rubio universitario. Ves accidentes terrestres, aéreos, marítimos —y alguna historia de amor o de traición justo cuando el botecito se hunde, y a vos se te frunce el hipotálamo (regulador central de las funciones viscerales autónomas y endocrinas; perdón a los galenos que me lean). Ves a Romeo y Julieta en todas sus formas, con matices que incrustan la actualidad para que te sientas adentro con ellos y sufras, llores, te culpes, la culpes, lo culpes, te enamores y detestes, pero en definitiva, seguís mirando a Romeo y a Julieta, sin tantos venenos (¿o sí?).

Ves biografías de artistas, personajes ilustres y famosos, guerreros, pacifistas, científicos, sabios, asesinos disfrazados de presidentes y políticos. Ves el holocausto, pero ves también que la vida es bella.

Ves todo lo que quieras, lo que elijas, lo que te gusta y lo que no, porque en algún momento, tal vez también te aburres. Y necesitas evadirte, divertirte, sentarte con el traste en un sillón o en la sala mágica de un cine.

A mí hoy se me ocurre recordarte, por las dudas, y porque para mí es un día especial y porque tengo los ovarios inflamados al tamaño de un plato de esos que sirven en el Hilton de Dubái (jamás he estado, pero imagino) que detrás de TODO lo que ves en Netflix (todo es todo), de cada pantalla que te muestra Hollywood, de cada alfombra roja, de cada premio bien merecido y de todas las luces, sonidos, magia y fruncidas en tu… corazón, detrás de todo eso que ves, estuvo, hubo, hay y habrá un ESCRITOR. Detrás de lo que ves existe un guión, que fue escrito para poder interpretarlo. Detrás de lo que ves estuvieron, están y estarán los guionistas, cuentistas, novelistas, poetas, locos que no imaginaron ver a sus personajes moviéndose en otros rostros, mientras vos apoyás tu trasero en el sofá de tu casa. Otros sí, y por eso escriben, para ver luego en una pantalla lo que han escrito (un guionista es lo mínimo que espera).

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Si algún día vas al Hilton de Dubái (cosa que hacemos a diario, vamos), recuerda el tamaño de este plato.

Te gusta o no te gusta; te sumás o descartás; te parece maravilloso o el peor bodrio que podrías haber elegido. Y cambiás de serie, de película; elegís. Te levantás de tu butaca en el cine porque no aguantás más, o te quedás hasta el final, arrepentido por haber pagado una entrada (si es que todavía te das el gusto y el lujo de ir al cine… Ojalá nunca jamás de los jamases se pierda la costumbre —opinión personal).  Tal vez salís recordando esa frase que te hizo temblar la médula espinal y luego la compartís en las redes, o la dejas para masticar en casa, porque hay «alguien» que algo te ha querido decir… (Ricardo Darín merece todo mi respeto y mis aplausos; sin él yo no recordaría, pero quienes me están hablando son Eduardo Sacheri y Juan José; los que me dejan pensando son ellos, aunque yo para siempre recuerde la cara de Ricardo. Y vos pensás en Harry y recordás, sufrís y amás a Daniel Jacob Radcliffe —con todo el mérito personal que bien lleva encima—, pero quien te ha hecho emocionar, sufrir, amar y pegar gritos fue J. K. Rowling, al tiempo que con su culo pegado a una silla pasa horas, horas y horas imaginando cómo hacerte sentir lo que ella misma siente al escribir. Vos no tenés la más pálida idea —ni lo sabrás, ni lo sabremos— si Harry es el hijo que perdió, si es un vecinito de su infancia, si es un ex novio, si es una mezcla de todos ellos más algo que leyó en otro libro cuando tenía quince años, o si es el director de su escuela primaria. Te juro, te lo prometo, te lo afirmo con toda la ignorancia que tengo encima, que diga lo que ella diga a la prensa y a sus seguidores, vos y yo jamás lo sabremos).

Que te guste o no te guste, que ames o detestes, que te resulte meloso, aburrido, patético o por el contrario te desangre en lágrimas, te enamore, te deje soñando con los personajes por largo tiempo está encadenadamente unido a tus emociones personales, al momento que estás viviendo al elegir, a tu educación, a tu cultura, a tus valores y creencias, a tu curiosidad, a tus gustos y preferencias. Y lo sano y positivo es que todos seamos diferentes y que tengamos múltiples opciones para elegir. Hay ciudades, pueblos, países en los que no pueden elegir (nada). Hay gente que no puede leer (nada). Hay gente que no tiene un televisor, mucho menos una pantalla electrónica en donde leer las estupideces que yo escribo, en principio porque no pudieron aprender a leer, luego porque aunque sepan, no les ha sido concedida la dignidad y el derecho de poder tener lo que deseen (nada).

Pero a vos que sí podes leerme (te doy mi más sentido pésame), que en este momento tenés tus ojos pegados a una pantalla —y seguramente tenés Netflix— y que también podes pagarte una entrada al cine o a un teatro, cada vez que tengas tu pantalla adelante recodá que atrás de lo que ves hubo alguien ESCRIBIENDO, sudando, arreglando, tachando, cambiando, modificando, volviendo a reescribir, eligiendo y puteando. Sí, también. Porque un «sí» o un «no» te cambian una trama, un argumento, un monólogo o un diálogo (como en la vida; un «sí» o un «no» definen tu destino), porque hay que ver si al machista le pongo ojotas rosas rococó rosadas… ¿es una ironía on purpose, o van a cerrar el libro, van a cambiar de canal o van a levantarse de la butaca? Hay que ver cuál es la justificación de una guerra (porque siempre la hay, aunque siempre sea la más absurda —siempre; ahí no tenemos alternativas, pero hay que hacértelo creer, ¿sabías?), y hay que mostrarte que el malo no es malo porque le encanta ser malo, no. Hitler no nació siendo el Hitler que conocemos, y de bebé era igualito a tu hijo y a mi sobrino, así de inocente, sano, tierno, sabio. Hay una historia, hay oscuridad, hay pasado, hay crímenes emocionales para que un inocente llegue a ser un Hitler y esté convencidísimo de que lo que hizo, hace o hará es un «bien para la humanidad». No es cuestión de escribir y dale que va: «que tus ojos al leer —o los actores— luego se encarguen».  Para que estés esperando Juego de Tronos y te comas las uñas y tengas que ponerte una alarma para que no se te pase ni un minuto del capítulo que te emociona, y detrás de toda la parafernalia y las maravillosas actuaciones, escenografías, paisajes elegidos, efectos especiales y tanto de abracadabra, hubo un George R. R. Martin que se sentó con el culo en la silla a imaginar, a sentir, a emocionarse, a putear, a sacar lo peor de sí mismo (¿cómo, si no, llegar al peor villano o asesino?), lo mejor de sí mismo (¿cómo, si no, hacer que sientas empatía y llores con el personaje?), a mirar a todas las mujeres que pasaron y pasan por su vida para darle forma en esa heroína que a vos te eriza la piel, a mirar a su gente cercana para unir en cada pedacito de un solo personaje eso que a vos te hace pegar un grito. Leyó. Leyó muchísimo, se nutrió de «novelitas pedorras» y de los grandes clásicos de la literatura para plasmar algo de todo lo que leyó, ahí en tu pantalla. Sí, de lo que algunos llaman «novelita pedorra» también. Y no te subestimo, sé que ya lo sabías, pero tengo necesidad de recordártelo, recordámelo, recordárselos. Porque es hora de que aceptemos que todos tenemos un poco de Hitler, un poco de villanos, un poco de santos, un poco de amargos, un poco de románticos, un poco de guerreros, de sabios, de pelotudos, de cobardes, de valientes, de pedorros, de putas, de machos heridos, de machistas anestesiados, de sumisas sin remedio. Y todos, absolutamente todos (aunque no te conozca), estamos librando alguna batalla. Son las mismas que ves ahí, en Netflix. Lo mismo que ves en un teatro, con artistas de lujo que te hacen sudar lo que llevás dentro. Detrás de lo que ves, estamos nosotros: los escritores.

Mi humilde y sincero respeto a todos los medios que hacen posible mostrar un cuarto de lo que otros hacen por detrás de las luces, en silencio y con muy poco reconocimiento; solo a algunos se los mira.

Mi respeto a todos los que sudan con el culo en su silla; a mí, que tengo el tamaño de una hormiga en un mundo inmenso, que seamos «buenos o no» me es indistinto en tanto y en cuanto nos demos el lujo del tiempo necesario para aprender, y luego de elegir. Me importa que lo estés haciendo, y que tu laburo/curro/trabajo sea respetado. Primero por los que dicen amarte, luego por el que se emociona o te putea al leerte.

FELIZ DÍA MUNDIAL DE LIBRO.

Feliz Sant Jordi en la Cataluña que amo.

Felicidad para todos los que hoy entregan un libro por una rosa y viceversa.

 Feliz escritura, feliz lectura, feliz magia en tu pantalla.

Sigamos eligiendo, que para eso estamos, los que aún podemos…

– Poli Impelli –

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Año viejo, año nuevo.

Este año ha sido extraordinario, aunque para mí ningún año deja de serlo. No puedo ser la misma después de todo lo bueno y lo malo; tiene que haber un cambio, tiene que haber otro camino…

Estuve viviendo en la ciudad donde nací y crecí, después de años de no haberla pisado. Pude tocar los árboles que planté con mis padres cuando tenía 7 años, pude recordar algunas cosas que ya tenía muy olvidadas, pude abrazar a gente que no veía hace siglos y que me aman. Pude conocer a otros tantos que ya son parte de mi vida y no tenía idea que existían. Ellos han engrandecido mi camino y mi paso por mi tierra. Pude comprobar que quien no quiere no cambia, no da un paso ni se espanta. Y que el que tiene huevos y ovarios ha llegado incluso más lejos de lo que yo he llegado con una mochila al hombro y un mapa.  Pude restaurar relaciones perdidas y olvidadas, de esas que son regalo y caricia al alma. Y pude decir basta a aquellas otras que no me aportaban nada. Pude recordar aquella esquina en donde mi mamá me trajo al mundo, sentarme un rato y venerarla. Pude tomar agua del río que me vio crecer, porque hierba mala no muere y no intoxico mi garganta.

Pude reír a carcajadas luego de llorar más despedidas. Descubrí otros cielos rojos, y confirmar que no en todos los lugares la tierra tiembla.

Este año estuve en cinco trabajos diferentes, dos de ellos duran hoy en día. Recibí tanto que supongo ha sido devolución de algo que habré dado en otros tiempos o en otra vida.

Este año murieron tres personas muy queridas. Este año mi papá encontró su cáncer y le da tregua para ver cuánto más le queda de vida. Este año me di cuenta que me extraño, que pasa el tiempo y que no soy de ningún sitio, y que en mi corazón tengo mucho más de lo que imagino. Me echo de menos y me alegro en el reencuentro.

Este año pude decir basta al maltrato y a la violencia pasiva disfrazada de caricias. Este año conocí la fortaleza que antes no tenía. Este año lloré por todos los que antes no había llorado. Junté agua y la enterré para que otro riegue alguna planta, y así mis lágrimas habrán valido la pena.

Este año viví en dos ciudades totalmente diferentes. En mi trabajo aprendí sobre las etnias y las guerras civiles en África, comprendí la labor de gente multimillonaria que se dedica a salvar vidas en las costas de Malta, y que hacen más que los gobiernos de turno por recibir y salvar vidas. Este año me animé a soltar definitivamente todo lo que le hacía daño a mi maestra, una enfermedad que es bien puta y no se va, ni con los años ni con médicos ni con paciencia. Entendí se me había unido como una garrapata a mis heridas de guerra, me la fui quitando de encima como “por arte de magia” aunque siga en mi consciencia; ya cada vez va doliendo menos y sé cómo defenderla. Ahora la quiero y somos una, ahora es parte de mi cuerpo y de mi alma.

Este año conquisté muchas voces nuevas. Me dejaron los momentos imborrables que no detienen ni la memoria ni el tiempo. Este año trabajé para escritores traduciendo, este año me enseñaron otros tantos lo que yo no sabía y ahora entiendo.

Este año me mudé tres veces, y entre las tres hubo gente que me dio mil manos, no cargando peso sino con ánimo y estando a mi lado. Este año fui mamá mil veces, este año fui hija otras tantas, fui más hermana que antes y más tía que el año pasado. Este año me tocó ser prima al por mayor y fue un placer descubrirme, porque crecí con ellos tan lejos, que ahora la vida me guiñó un ojo y me devolvió un poco de todo lo perdido en su momento. Este año perdí a un gran amigo y lloré días y días sin consuelo. Luego entendí que no había sido mi elección perderlo y así fui cerrando el duelo. Este año mi hermana de la vida casi pasa para el otro lado y sentí mucho miedo. Se me cerró el estómago, me temblaron las piernas y creo que mi corazón dejó de latir unos segundos hasta que comprendí que era posible, que puede suceder en cualquier momento. Después de las otras pérdidas, agradezco a la vida que me la haya devuelvo un rato, no sé por cuánto pero espero que sea por mucho tiempo.

Este año el cáncer y otras pestes arrasaron con gente que amo; fue un aprendizaje inmenso que me hayan permitido acompañarlos.

Este año perdí una muela, cuatro kilos y un poco más de pelo. Este año recuperé tres kilos de los cuatro que había perdido en poco tiempo. Este año me siento un poco más orgullosa de mis hermanos, aunque siempre lo hubiera estado, han hecho lo que han podido y cada vez les sale a cuenta cada sacrificio y cada adelanto.

Este año me han besado con tanta pasión que me han dado letra, me han cosido heridas viejas y me han recordado que así como soy, para la gente sana valgo la pena. Este año mi boca encontró lugares de miel y gloria, agradecida a la vida por tanto amor, tanta pasión, risas y sorpresas que no se pierden, no se olvidan, no se mueren.

Este año la luna se vio gigante y cerquita, y me sentí agradecida por la posibilidad y por mi vista. Este año murieron muchos grandes artistas; ellos quedan en mi memoria, en sus poemas, en su música, en su actuación, en sus escritos y en mi historia de vida.

Este año se firmaron acuerdos, se sellaron documentos, se llenaron los bolsillos más gobiernos, se cambiaron pautas y gobernantes, se declararon guerras y otras se abolieron. Este año el mundo estalló en rabia, aumentando los terremotos, inundaciones, pestes, hambre, huidas y malaria. Este año ha sido un remezón para quienes creen en el karma, este año ha sido dolor, mucho dolor, para quienes luchan por sobrevivir en la desigualdad y el desequilibrio que otros consumen en el Black Friday.

Este año se han desarrollado más investigaciones científicas, se han sumado esperados adelantos en medicina, en tecnología y en la sabiduría de la ciencia.

Este año contabilicé 42 atentados terroristas en el mundo, de los cuales conocemos unos pocos, según conveniencia de lo que se nos quiere contar o no, de lo que nos llega o de lo que se nos priva. Este año no alcancé a contar la cantidad de abusos, violaciones y llantos silenciosos, no porque no sea capaz, sino porque han sido incontables.

Este año hubo accidentes aéreos, terrestres y marítimos que a algunos nos estrujaron el corazón, pero llegó la solidaridad desmedida de quienes están atentos a lo que sucede más allá de su metro cuadrado de existencia.

Este año hubo avances, hubo premios, hubo celebraciones y hubo alegrías y festejos. El mundo es un eclipse constante, es un juego de equilibrio y desenredos paralelos.

Este año las mujeres han alzado su voz contra la violencia, este año se han animado a hablar aquellas que estaban calladas por el miedo, la cobardía y el temor de no saber qué habría detrás de sus intentos. Este año han muerto miles de mujeres maltratadas. Este año ha muerto el doble de niños en Burundi, en Siria y en Ruanda. Este año han muerto hombres que en trajes de bomberos, policías y voluntarios consumen pasión, tiempo y energía en salvar otras vidas.

Este año se han ganado copas, medallas, campeonatos y entrevistas, pero se han perdido en la misma proporción, depende en qué lado te pares y fijes la vista.

Este año hay casi 400 personas más que me leen, o al menos pululan en mi espacio de vez en cuando. No les conozco ni la cara ni los nombres a todos, pero no sé de qué forma agradecerles tanto.

Este año no sería capaz de sacar cuentas de las palabras que llevo escritas. Este año una novela me dio giros, contratiempos, algunas (varias) lágrimas y millones de risas. Este año mis personajes están rebeldes, ya no lucho contra la corriente. Ya aprendí que ellos tienen vida, que respiran, que aman y que crecen.

Este año me sentí sola, aunque estuviera rodeada de gente. Este año me sentí amada y contenida, aunque estuviera sola en una plaza mirando una fuente.

Este año pasó de todo un poco para cada uno que me lee. Este año no fue en vano, sea como sea que haya sido tu suerte.

Este año logré mi objetivo: no pasar ni un solo día sin reír a carcajadas, buscando yo sola el motivo. Me siento emocionada, ¡lo he logrado!, incluso ante el soberbio dolor, tristes noticias y pesares que no eran míos. Era el objetivo más difícil que podría haberme concedido: era un deseo, era un esfuerzo, era un gran desafío.  Fue tan simple como escribir: lo que parece temible se vuelve rutina, y de la rutina se pasa al hábito; del hábito a la inconsciencia de repetirlo y ni por asomo olvidar que lo que se quiere se puede, que lo que se nutre y se alimenta crece, que lo que incluyes de bueno disminuye aquello que acelera tu pulso en vano y te envenena.

Este año también ha sido un puto año de mierda, un año lleno de todo lo bueno y toda la porquería que el mundo derrama sin gloria y sin pena. Este año ha sido un año maravilloso para quienes tienen consciencia, se han descubierto a sí mismos viviendo la vida en vez de andar por las calles dando y dándole a la pena.

Me parece que nunca he querido vivir una vida ordinaria (sin el “extra” por delante). Este año confirmé que sorprenderme me parece un privilegio; este año no me ha faltado el asombro ni la sorpresa constante, por lo bueno y por lo malo que el mundo me muestra.

Ojalá que este año sea tan puto y tan maravilloso como el 2016 que despacito se aleja. Ojalá te caigan mil lluvias para que bailes empapado y un rayo te parta de amor, encuentres lo que ames y mates por él y por ella.

Ojalá que el próximo sol te ilumine la vida de estrellas, que el cielo se vista de fiesta cuando sonrías, que el suelo te envuelva en tiritas cuando caigas en pena. Ojalá que te llegue mi amor, estés donde estés; ojalá que me ayudes y te pueda devolver lo que das… ojalá que yo pueda darte para que no me devuelvas.

Feliz año nuevo de vida. Que te pille cantando, riendo, bailando, perdonando, follando y ¡salud! Estés donde estés, ya estamos brindando.

– Poli Impelli –

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