Estudio de campo sobre la inexistencia del amor

Aunque ya tenía noticias de que Joel lo había encontrado, este domingo de invierno me levanté con la firme convicción de que el amor no existe, de que sólo es una idea que creamos en nuestra mente para sentirnos un poco más reconfortados, más a salvo de las cosas feas que suceden a menudo.

Cada vez más a menudo.

Yo no necesito pruebas de casi nada para creer en algo porque la situación es corta: o creo o no creo. Pero esta mañana, se me dio por querer encontrar una prueba irrefutable para mostrarle al mundo la veracidad de la teoría con la cual había amanecido en mente.

Me largué a la calle como en ala delta y puse real atención en cada uno de los rincones de mi nuevo barrio, por el cual comencé a pedalear como si flotara, y me dije que si por esas casualidades veía al amor por ahí, entonces mi teoría no tendría ningún fundamento.

Llegué hasta mi McDonald’s de San Martín y Maipú y vi gente desayunando. Me fijé en todas la caras, que parecían abducidas por los diarios del día; casi me alegré de ver que nadie se daba bola, nadie estaba tomado de las manos de otro, nadie se hablaba al oído, nadie se miraba.

Me dirigí por la Avenida San Martín hasta el centro y pasé por una iglesia; miré hacia adentro y solo me encontré con la presencia de un Flaco al que habían dejado colgado en una cruz hace miles de años, pero ni registro de alguna persona que le estuviera hablando o agradeciendo el sacrificio.

Mi hipótesis cada vez tomaba más fuerza y solidez.

Un poco más adelante, pude ver cómo dos tipos se puteaban en una esquina porque uno no había dejado pasar al otro con el auto. Unas cuadras más y presté atención a dos chicos de unos veinte años, sentados en el banco de una plaza muy cerca uno del otro pero que ni siquiera se dirigían una mirada, mucho menos la palabra.

Cada vez juntaba más pruebas al respecto y, encima, los árboles no hacían más que despedir hojas desde sus ramas, que caían al suelo amarillas y secas por un amor que solo había durado dos estaciones.

A todo esto, vos y yo, no solo no volvimos a vernos más, sino que tampoco volvimos a hablar por teléfono (cosa que yo odio y a vos te fascina) y calculo que andarás desandando tu vida sin ningún tipo de problemas mientras yo sigo abocado a escribir estupideces, ver películas a las cuales no presto la más mínima atención (y después digo que son malísimas), estrenando un orgullo imbécil que me hizo convertir en un tarado sin ningún tipo de interés comunicacional con la raza humana.

Para mí ya estaba todo dicho y claro. El amor no existe.

Me senté, casi exultante, en el reparo de la parada del 41, cansado por el exhaustivo estudio de campo que me había llevado gran parte del día y en cuál no había encontrado una sola señal de que el amor existiera.

Por ende, no existe. Ya estaba listo para comunicarle al mundo mi gran descubrimiento.

En ese instante mío de certeza mental, llegó a la parada una pareja de padres jóvenes. Ella con una panza que aparentaba unos seis meses de embarazo; en un brazo le colgaban las bolsas del supermercado y en el otro, una nena de aproximadamente dos años. Él llevaba la mayor cantidad de bolsas con las compras y vigilaba con su mirada a un niño de unos cuatro años.

Esperaron la llegada del colectivo a unos cinco metros de distancia uno del otro, sin mirarse, sin hablarse mientras ella le daba la espalda a él, quien se sentó a mi lado.

Mirándolos detenidamente y sin disimular el triunfo de mi conjetura, me quedé pensando en cómo habíamos vivido tantos años engañados por los libros, las canciones, los besos, las películas, por Dios o por un gobierno, pensando y creyendo en un sentimiento tan absurdo y abstracto como el amor.

En eso estaba yo cuando ella giró, miró al hombre a los ojos y le dijo:

—Gordo, estoy muerta de cansancio, pero apenas lleguemos a casa me pongo a cocinarte las milanesas, así tenés comida para llevarte mañana al trabajo.

Él se levanto de mi lado, le sacó las bolsas de la mano, le dio un beso precioso en la panza y luego la abrazó, con todo el amor del mundo, sin decir una sola palabra.

Me prendí un cigarrillo (el enésimo del día), me sonreí un rato incalculable y eché en el tacho de basura más cercano toda mi gansa teoría de que el amor no existe. Son esas estupideces que se me ocurren los domingos de tanto extrañarte, de tanto esperarte y de seguir haciéndolo… cada día.

Cristián Lagiglia

 

 

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Andando…

Se me ocurren tantas cosas para decir en un momento como este… Pero prefiero recordar todo lo que acumulé hasta el día que partí de la India, repleta de experiencias que nunca volverán a repetirse.

“¡La India! Un continente con un potencial de riqueza excepcional, donde aún existen zonas y estratos de una pobreza abrumadora. Un país de intensa espiritualidad y de violentísimos conflictos sociales, políticos y religiosos. Un país de santos como Gandhi, Aurobindo, Ramakrishna, Vivekananda, y de responsables políticos a veces odiosamente corrompidos. Un país que fabrica cohetes y satélites, pero en el que ocho habitantes de cada diez no se desplazan más que al paso de los bueyes que tiran las carretas. Una país de una belleza y de una variedad incomparables, y también de horribles visiones como los barrios de chabolas de Bombay o de Calcuta. Un país donde lo sublime se codea a menudo con lo peor, pero en el que lo uno y lo otro son siempre más vivos, más humanos, y en último término más atractivos que en cualquier otro lugar en el mundo.”
DOMINIQUE LAPIERRE.

Son muchas las personas que pasaron por mi vida en aquellos días, que tomaron, dejaron, acompañaron y dieron a mi vida un sentido que desconocía, y que la hace aún más bella.
Vuelvo a agradecer con amor infinito a mi amiga Valeria y a toda su familia. A los compañeros de viaje, a los que hospedaron, a los que me regalaron lágrimas, sonrisas, charlas, silencios, miradas, terror o alegría.
Gracias a mi familia por la intensa compañía a la distancia, y a quienes de una forma u otra hicieron posible que me sostuviera ante una inmensa soledad y vulnerabilidad constante, porque como dice Dominique, lo más sublime se codea con lo peor, y esto no se vive ni se siente en ningún otro lugar del mundo. A mi Alma Gemela, que con un constante amor y profundo silencio, me sostuvo en libertad.

Hoy que vuelvo a hacer mis maletas, tomo fuerza de experiencias pasadas, y no puedo evitar recordar la incertidumbre, el temor y la emoción que embargan cuando el futuro es incierto, y no sabemos muy bien ni a dónde vamos ni quienes subirán al tren de la vida. Sabemos lo que hay, pero desconocemos lo que nos espera.

Así me voy una vez más, y de tantos viajes, lugares y vivencias, elijo recordar la India. Será que allí uno se encuentra indefectiblemente con uno mismo, reflejado en el uso y abuso de todos los sentidos posibles.

Un poema que compartió mi amiga Valeria lo describe todo, con palabras simples, con lo que hoy no puedo decir, pero que me llena de ánimo y esperanza. Sea cual sea el resultado, nunca imaginamos cuánto la vida nos sorprende solamente por salir de nuestra zona cómoda y entregarnos a otro desafío. Y allá voy, con el recuerdo de la India.

Poema INDIA

Andando… Se hace camino al andar.

Gracias a quienes acompañan, animan, sostienen y dan Vida con presencia.

Y gracias a quienes me leen. Son mi motor silencioso y bienvenido.

– Poli Impelli –