Abrazo Infinito


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Adelántate

Mantente presente.
El día, la hora, el momento en que menos lo esperes, todo (o al menos eso que tanto te preocupa) se acomodará. Y en ese momento te darás cuenta qué es lo que realmente vale para ti y qué no. Te importará mucho más lo que tú pienses de ti mismo que lo que tu entorno piensa de ti. Recordarás con una leve sonrisa el tiempo en que todo parecía perdido, cuando «todo era una gran desastre» y creías que no había salida ni remedio posible. Porque todo lo malo termina. Lo bueno, también. Por lo tanto, no te aferres a nada y vive más liviano, más suelto. Te vas a morir, de todos modos, y eso que te ha pasado tenía que suceder para que llegaras a ser la persona que eres hoy, y que puede comprobar con sus propias vivencias el hecho real y tangible de que todo pasa. Todo, si tú lo deseas.
Vas a sonreír. Sonreirás con gratitud. Adelántate a los hechos; aunque sea en soledad frente a un espejo: sonríe. 

-Poli Impelli-

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Tienes un e-mail

De: Juan Pedro Montes

Para: Elizabeth Agüero

Asunto: ¿Serás vos?

¡Hola! Me atrevo a escribirte sin estar seguro si sos quien creo que sos, pero aquí voy.

¿Beth? La bella morocha que me quitó el aliento hace años, en una escuela secundaria de nuestro barrio en Las Candelas. Me dieron tu dirección de correo electrónico, y acá estoy…

¡Cuánto nos ha cambiado la vida! ¿Te acuerdas cuando un bolígrafo de pluma era el único instrumento para cartearnos? Aún te recuerdo, Beth, con tu piel blanca y esos ojos pardos que explotaban de juventud… Me enteré con el tiempo que te casaste –años han pasado, ¿un siglo?–, y que tenés tres hijos grandes. Yo también me casé, pero mi Berta falleció hace cinco años; ya sabes… el cáncer se empecina en llevarse a la gente de un plumazo. Mi Berta no fue la excepción. Tengo a mi hijo Gonzalo, ya un eminente doctor, que se fue a vivir a Boston hace unos años. Tengo dos nietas preciosas, con quienes me comunico a duras penas. Le digo siempre a Gonzalo y a mi nuera que les hablen en español, ¡su abuelo las necesita!  Mi hija Roberta tiene 33, estudió economía y vive cerca de casa. También me regaló un nieto, 5 añitos cumplió el mes pasado. Es un diablillo que adoro, y ¡ese sí que habla criollo como nosotros!

Bueno, no quiero molestarte. Espero me hayan dado el email correcto, y no estar incomodando tu vida.  Y espero con todo mi corazón que seas vos, Beth.  Tu mirada quedó en mis pupilas, para siempre…

Un gran abrazo de un viejo que aún respira.

Con afecto, Juan Pedro.

Con el pelo cano y sus manos enguantadas con arrugas que sólo trae la experiencia y la sabiduría, Elizabeth leyó cada línea con su espalda recostada en una silla, en el escritorio que su hijo le había acomodado para que se distrajera de a ratos. Sus nietos le habían enseñado, con mucha paciencia, a usar las nuevas herramientas que este siglo estaba derramando sin escrúpulos ni vergüenza.

-Mi hijito, ¿para qué quiero yo tener ese “feisbu” a esta altura de mi vida?

-Abuela, ponele onda. Yo te anoto todo. No es difícil, ya verás que podrás conectarte con gente de tu pasado, y podrás leer cosas bonitas también. Ya sabés que siempre se puede elegir, lo que no te gusta lo descartás.

-¿Y con quién voy a usar el correo electrónico?

-Con nosotros, con tu sobrina que está lejos, y con quien aparezca de a poco. Ya pediremos contacto a tu gente. Lo podes usar cuando quieras, mandar fotos, y si no te gusta no lo usas. Pero al menos, probá.

-Ufff, ustedes y estas cosas raras… Pensar que nací sin luz ni televisor.

-¡Abuela!

Elizabeth dio un sorbo a su té de menta, releyendo la pantalla una y otra vez, hasta que supo de memoria cada renglón.  Sus ojos seguían siendo los mismos que describía este señor, ahora surcados con líneas que el tiempo ingrato había escarbado. Sus labios medio abiertos, sorprendidos y mudos, esbozaban una tímida sonrisa ante la sorpresa de su asombro. Sintió su estómago retorcerse un poco, como en aquellos años, en que la gente solía decir que a veces había mariposas revoloteando dentro. Cerró sus párpados y recordó el perfume de Juan Pedro, el aroma que destilaba ese uniforme por los pasillos de la escuela N° 28, y que ella inhalaba parada en la puerta de su aula, creyendo que él nunca repararía en su interés por él.  Sabía que la miraba, que ella algo le provocaba, pero en aquellos tiempos de represión y de angustias patrióticas, era más conveniente permanecer mudos que gritar lo que el corazón sabía. Persiguiendo su aroma lo vio egresar de quinto año, altivo y buen mozo, preparado para el Liceo Militar y dejando detrás una estela de jovencitas inquietas, tal vez añorando el mismo perfume que ella ahora todavía recordaba.

Alguna vez, alguna vecina chismosa –de esas que siempre danzan con la escoba en la vereda esperando clavar el anzuelo– le había comentado que aquel Juan Pedro de su colegio se había casado joven y se había mudado a la Capital, nomás llegar Juan Domingo Perón al gobierno. Eso fue lo único que supo de aquel perfume. Hasta ahora.

De: Elizabeth Agüero

Para: Juan Pedro Montes

Asunto: Re: Soy yo

       Querido Juan Pedro,

       ¡Qué grata sorpresa me has dado! Por supuesto que te recuerdo y que tu aparición repentina me llena de alegría y melancolía también. No me incomodas en absoluto; me emocionas y puedo sentir mis lágrimas atragantadas… Gracias por los halagos y tus recuerdos. Me encantaría ver una foto de tus nietos. ¿Sabes adjuntarlas? Yo aprendí hace poquito. Te mando una imagen de nuestra juventud, a ver si recuerdas a este grupo de gente jovencita y buena moza. Mi nieto mayor me escaneó algunas para que tenga de recuerdo. No me preguntes qué es “escanear”, solo sé que ese blanco y negro de nuestra infancia ahora lo veo en una computadora.

        Yo estoy bien, con un corazón viejo pero que aún late. Mis dos hijas mujeres, las mayores, ya están casadas y de ellas tengo 2 nietos hombres, uno de cada una, y un hijo menor que tuvo 3 pequeños. ¡El más prolífero! Un nene y dos nenas, que son mi luz. Son cinco pimpollos que iluminan mis días, mis horas… una bendición de la vida. Todos sanos y felices, mis hijos, yernos, nuera y nietos. Pero todo ha costado mucho Juan Pedro… Yo no soy viuda. Desde el escritorio donde me encuentro escucho los ronquidos ensordecedores del padre de mis hijos. No sé por qué me casé con este hombre, ni por qué sigo acá todavía, en esta casa. Una vieja como uno… ¿Qué más pudo haber hecho, no?

        Gracias por aparecer así, de manera tan impredecible, como la vida.

        Me dejás sonriendo.

Un cálido abrazo,

Beth.

 

Revisó el cuadernito con las anotaciones de su nieto:

Adjuntar” —-> se abre un cuadro sobre la pantalla y elegís la carpeta que dice “Imágenes”. Haces click en la foto elegida y luego abajo presionas “Aceptar”. La foto aparecerá adjunta en tu email. El cuadradito desaparecerá solo. No presiones nada más, Abu. Te amo. Valentín.

“Mi solcito, ¡qué paciencia! Para ellos es tan fácil…”

Sonrió con orgullo a la pantalla, ganando la victoria al ver la palabra Adjunto y el pequeño clip que indicaba su éxito. Le dio enviar y suspiró con emoción.

Abrió su Facebook, no necesitaba ya mirar sus machetes. Buscó a Juan Pedro Montes, y cuando acertó reconociendo su foto de perfil le pidió amistad. Parecía una adolescente, colapsada por una hemorragia de esperanza repentina. Abrió la imagen y comprobó que su sonrisa era la misma, y que los años no le habían castigado su gracia. Aún conservaba su pelo castaño y solo algunas pocas canas. Sus ojos miel la llevaron nuevamente a los pasillos anchos y fríos de la escuela. Casi inconscientemente, perdida en sus recuerdos, acercó su cara al monitor cerrando sus ojos, inspirando profundo, esperando oler aquel perfume inolvidable.

Los ronquidos se levantaron demandando una merienda y la realidad le aplastó los sueños. Sin rendirse, cada media hora y con alguna excusa, volvía al escritorio y revisaba su correo, mientras las mariposas revoloteaban en su estómago, en su corazón y en la sangre septuagenaria que aún latía en su cuerpo.

Cuando el padre de sus hijos volvió a la cama –lugar que frecuentaba más seguido que el baño– se preparó un té de menta, se peinó y se arropó con su mejor batón para trasladarse al escritorio. Su reflejo en la pantalla le recordó que Juan Pedro no la vería. “Citas eran las de antes…”, se decía moviendo la cabeza de lado a lado, confiándose a sí misma la realidad de que nada en estos tiempos reemplazaría la emoción que provocaba mirarse a los ojos.

En Facebook, Juan Pedro había aceptado su invitación. Ella tenía una foto con sus cinco nietos en su perfil. Él le había dado “me gusta” y había comentado: “Una flor de abuela para tantos bellos nietos”. Ella le dio “me gusta” a su comentario, con un regocijo que no sentía hacía años. Abrió su correo electrónico y pegó un salto al encontrar una respuesta.

De: Juan Pedro Montes 

Para: Elizabeth Agüero 

Asunto: Re: Re: Yo, otra vez

Mi querida Beth… La alegría inmensa ha sido mía al recibir tu cálida y pronta respuesta. Ahora, solo en este salón, siento mis lágrimas en las mejillas, y no es mi soledad lo que duele, sino la tuya. ¿Cómo es que no te siento feliz, mi querida Beth?

Vi tu foto en Facebook con tus nietos, ¡tan bellos y radiantes! Y tú… intacta, con esa luz inmensa que ocultas detrás de ese escritorio. Perdona, no quiero ser impertinente, pero yo, que te recuerdo saltando llena de vida por las escalinatas de la escuela, quiero mantener ese recuerdo, de tu juventud llena de gozo e ilusiones. ¡Cuánto tiempo ha pasado, querida Beth! Quiero que sepas, que como buen hombre, criado para ser fuerte y no llorar, solo derramé lágrimas como un crío cuando mis padres murieron. Con la partida de Berta apreté las sienes y mis testículos para que mis hijos y nietos no me vean caer. Y hoy… hoy que te vuelvo a encontrar y a escribir, vuelvo a llorar. Vuelvo a sentirme vivo. ¿Será por eso que uno llora con el alma y se despoja? No, mejor no me hagas caso, Beth. Mis 75 años me han vuelto más enclenque y liviano. ¿Seré el único, Beth? ¿Tú lloras como yo? ¿Qué te hace llorar, o reír? ¿Qué o quién te mantiene con vida, mi hermosa Beth? Cuéntame cuando quieras.  Si no estoy siendo inoportuno, aquí estaré…

Con amor, Juan Pedro.

 

Elizabeth terminaba ya un paquete de pañuelos descartables, limpiándose las lágrimas y el agua que caía de su respingada nariz. Lloraba a moco tendido, no sabía si por agradecimiento a la vida que le quedaba, o por haberse equivocado tanto en su pasado. No lo sabía, pero no se moriría sin saberlo.

De: Elizabeth Agüero 

Para: Juan Pedro Montes

Asunto: Re: Re: Re: GRACIAS, con todo mi corazón…

      Mi querido Juan Pedro,

      ¿Qué si lloro? Llevo media hora llorando, y no sé si es la vejez, el té de menta que está muy cargado, o tu pincelada de realidad que me ha bajado a tierra. ¡Qué bien te expresás, mi querido! Tu llanto en esta pantalla fría te acerca a mí, porque yo también lloro al leerte y escribirte.

       Mis mayores alegrías fueron mis tres hijos, y luego mis cinco nietos. Todo lo que tenga que ver con ellos me trae alegría y satisfacción. El resto han sido trampas, Juan Pedro. Trampas de la vida, o de mí misma. ¡Qué ignorantes somos cuando nos engañamos a nosotros mismos, vendiéndonos comodidad por felicidad! ¿Es que acaso confundí los sustantivos? ¿De cuántos verbos me he perdido, Juan Pedro? Y ahora que la vida se nos escapa, ahora que miramos hacia atrás repasando la historia, ¿qué es lo que ha valido? Llora, mi querido, los hombres que aman también lloran, los que duelen y luchan sus treguas en esta vida. Los hombres que no se animan son como mi marido. Me engañó toda la vida, querido Juan Pedro, pero yo, con mis veinte y pico en flor no veía, o no quería ver lo que ya a esa altura sucedía.  Él quería hijos, y una mujer que pudiera acompañarlo, más muda que santa, creo yo. Aquí estoy, Juan Pedro. Más sola que tú, aún así en compañía.

       Perdona si me aflojo, son los años que me pesan. Que descanses, mi querido, y gracias por estar acá, aún en vida.

Un abrazo lleno de amor,

Beth.

 

Apagó el monitor y se retiró a la habitación donde dormía. Hacía años, su gato a los pies de la cama era su única compañía. Y ambos eran cómplices de cada ronquido que llegaba desde la habitación principal. Elizabeth apretaba el corazón con sus manos, permitiendo que sus lágrimas fluyeran. “No puedo verlo, pero gracias por esta alegría”. Se santiguó tanteando un rosario que guardaba bajo su almohada.

A la mañana siguiente, cuando el señor de los ronquidos lúgubres se marchó vaya a saber donde, Elizabeth se sentó en su pequeño sofá de mimbre a mirar los pájaros que visitaban diariamente su jardín de flores. El sol resplandecía con calidez. Valentín, su nieto mayor, apareció por la entrada lateral de la casa, sonriendo con su cuerpo entero.

-¡Abu Bety! ¿Estás bien?

-¡Querido mío! Claro que sí.

Se abalanzó sobre su nieto estirando las manos.

-¿Y? ¿Has usado el correo? Me olvido de preguntarte, abuela. Veo que apareces más seguido en Facebook, ¡eso está muy bien!

Elizabeth sonrió nerviosa, creyendo ya que su nieto pertenecía a la Interpol con sus conocimientos “tan avanzados” en tecnología. Tal vez descubriría que su corazón estallaba en llamas.

-Mi lindo Valentín. Me divierto de a ratos y me has enseñado muy bien. El correo también lo uso –Le guiñó el ojo con una mueca de orgullo.

-Ah, buenoooo, muy bien abuela. En cualquier momento te instalo el whatsapp en tu teléfono.

-¿El quéee? Noooo, querido. No sé de qué hablas, pero ya con lo que has hecho me has dado un poco de vida.

-¿De qué hablas vos, abuela?

-Nada, mi vida. Que ya has hecho mucho. Más de lo que imaginas…

Se le quebró la voz y sus ojos se llenaron de lágrimas.  Su nieto se arrodilló y la miró a los ojos, con todo el amor que sentía y del que era capaz.

Elizabeth, a mí no me mientas. ¿Dónde está el abuelo?

-No lo sé, mi vida. Ha salido temprano…

– Como siempre.

Valentín le secaba las lágrimas con sus dedos adolescentes. Ella se mantuvo en silencio. Miraba el jardín.

-¿Por qué llorás, abuela? Es siempre lo mismo, ¿verdad?

Respiró profundo, antes de contestar, bajito.

-Ya estoy grande, Valentín. A esta edad, la vida siempre es lo mismo…

Abuela, estás equivocada. Lamento decirte, y con diecisiete años recién cumplidos, que la vida no tiene edad, y que lo único que nos diferencia es la experiencia que vos tenés, abu, y que yo aún no vivo. Tu corazón todavía late como el mío. ¿Acaso hay algo que yo pueda sentir y que vos no puedas?  –Valentín agachó su cuerpo, esbozando una sonrisa de complicidad, acercando su cara a la de su abuela, que ya sonreía emocionada ante la madurez de ese hombrecito inquieto y sabio.

-Shhhh, no le digas a nadie. Pero buscate un amante.

-¿Qué pavadas decís? ¡Valentín!

 -Un amante abuela. No podemos vivir sin amar, sin pasión. Amante puede ser una actividad, un hobby, una amistad, una tarea diaria, una canción que te acompañe. Algo que te estruje el corazón y te quiebre el alma de emoción. ¿Te maté, eh? Ja, esto me lo enseñó mi profe de Ética Ciudadana. Yo amo a Antonella, pero ella pasará, hoy no lo sé… Mi verdadero amante es el rugby, abuela. Hoy este deporte es mi amante. -Hizo una pausa y continuó-: No le digamos a nadie, pero por favor, buscate un amante.

Elizabeth se encendió con una sonrisa transparente, acarició la cara de su nieto con ternura.

Gracias, mi cielo. Gracias por recordarme que para amar siempre hay tiempo.

Valentín le besó la frente en cámara lenta, luego se dirigió al escritorio y encendió la computadora. Elizabeth lo siguió con la mirada, tiesa en el sofá de mimbre; temiendo ser descubierta entró en pánico. Cerró sus ojos y volvió a sentir lágrimas apretando sus pupilas. Oía a su nieto teclear con una velocidad de la cual ella era incapaz. Abrió los ojos lentamente cuando el sonido del teclado enmudeció. Giró su cabeza hacia el escritorio: su nieto miraba fijo la pantalla; sonreía.

¡Abuelaaaaa! -dijo con ternura y emoción. Levantó su vista para alcanzar los ojos de ella–. Abuela de mi alma, tenés un email…

-Poli Impelli-


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De viajes y “extraños”…

Hace un tiempo escribí sobre las sensaciones que sentimos al viajar y cómo la gente que pasa por nuestro camino modifica, de alguna manera, nuestra existencia.

Ahora que estoy en mi ciudad “adoptada”, en el medio de la Cordillera de los Andes y compartiendo tiempo con gente amiga que regala calidez y hospitalidad, mirando la profundidad de las montañas y el límpido cielo de Mendoza (Argentina), se me vienen a la memoria todos los cielos que me acompañaron en cada viaje, y esa gente que con sus palabras dejó huellas imborrables.


Londres, Inglaterra. 2010

―¿Qué comes? ― preguntó en un inglés duro pero claro.

―¡Hola! Una ensalada fresca.

―Hace calor, no muy típico aquí ―respondió ella sin mirarme.

―Ahá, así es. Me han tocado unos días preciosos, cielo claro y sol cada día.

Después de pasar una bella mañana en Notting Hill, también charlando con un escocés y una irlandesa, llegué a la ciudad y decidí comprar una ensalada para cruzar a mirar los pájaros, cisnes, flores, árboles y el verde impecable del Hyde Park; un momento para descansar y seguir con otro tour por la tarde. Aunque ya era mi tercera vez en Londres, siempre hay algo nuevo para descubrir, más aún cuando uno está enamorado del lugar que visita.

El calor era soportable, pero no parecía Londres. ¡Tuve suerte!

Se sentó a mi lado con un bolso marrón entre sus manos. Su hiyab era de color negro oscuro y dejaba al desnudo unos ojos preciosos color miel. Su sonrisa también descubierta me contó que estaba disfrutando su día.

―¿De dónde eres? ―Giró su cara para mirarme a los ojos.

―Vengo de España. Vivo en Barcelona, pero soy argentina.

―¡Oh! ¿Cerca de Brasil?

―Jaja, claro, más al sur, donde termina América.

―¿Messi?

―Claro, claro. ¿Lo preguntas por Barcelona o por Argentina? ―Reí con ganas. La coincidencia no pasaba por alto para mí.

―Por Argentina… ¿Madarona? ―preguntó con duda.

―Ahhh, ¡Maradona! Sí, sí, también.

Bue… por el fútbol nos conocen”, pensé entre agradecida y decepcionada a la vez.

―¿Y tú? ¿De dónde vienes?

―De Turquía, pero vivo aquí…

―Wow, ¿con tu familia?

―No, me escapé como pude…

Bajó su vista y cruzó los dedos sobre su regazo, por encima de su diminuto bolso.

―¿Pero andas sola, acaso?

―¿Acaso, tú no?

Su respuesta me llenó de sorpresa y le sonreí afirmando.

―Tienes razón. Pero yo no me escapé, ni de Barcelona ni de mi país…

Se me acercó y miró a sus costados, como si tuviera que contarme un secreto o confesarme un pecado.  Me clavé en sus ojos miel, atenta, todavía preguntándome cómo soportaba el calor bajo esa túnica negra, mientras yo andaba liviana con mi cuerpo al aire bajo el frescor de los árboles frondosos.

―Estoy saliendo con un chico aquí… ¡y es inglés!

Me pareció que su sonrisa debajo de esa túnica revelaba pura felicidad. Remarcó la nacionalidad del muchacho en cuestión como si hubiera ganado un trofeo. Dejé mi ensalada a un costado y sonreí con ella. Le tomé ambas manos y le dije en un susurro: ―Entonces… ya no estás sola.

Reímos con complicidad. Sin decir nada más se levantó, hizo un gesto de reverencia y agradecimiento para despedirse y siguió su camino bajo el brillo del sol de agosto.

Quedé sola ―o eso creía– hasta que divisé frente a mí, jugando como niños, a dos ardillas que saltaban y corrían; frenaban y se miraban desafiantes. Me miraban fijo un rato y volvían a su juego interminable.  Se me nubló la vista de emoción pensando en ella, a quien ni siquiera le pregunté su nombre; en la desgracia de su desarraigo y su actual alegría.  Volví a mi ensalada observando mi entorno.  Creí ver a las ardillas sonreírme también.

¿Quién, en definitiva, está totalmente solo?

Arambol Beach, Goa. India. 2013

―Te doy estas dos pulseras a 500 rupias.

―¿Por qué estás vendiendo aquí? ¿Qué edad tienes?

―Voy a la escuela, pero como mis padres no saben escribir ni leer, a mí me da vergüenza, así que voy a la escuela, y no falto nunca. Quiero ser doctora. Luego salgo a vender. Y tengo catorce.

―¡Wow! ¡Muy bien! ¿Cómo te llamas?

―Shaila, ¿y tú?

―Paola, pero me dicen Poli.

―Po-li… ―repitió marcando las sílabas con su típico acento indio.

―¿Y vendes, entonces, para ayudar a tu familia?

―Sí, todos salimos a vender, pero después de la escuela. Yo a la escuela voy siempre. ―Hizo una breve pausa―. Mis padres ya tienen esposo para mí, pero a mí no me gusta tanto…

Yo tomaba sol mientras él caía lento sobre el Mar Arábigo. Ella se había sentado junto a mí para ofrecerme su mercancía. Pasaba de un tema a otro con ganas de charlar. Era hermosa. De cabello oscuro, largo y lacio, ojos marrones, sonrisa transparente y rasgos finos.  Me pareció una muñequita perfecta. Su sari lleno de vívidos colores la hacían aún más bella. Sabía de su cultura. No me sorprendió su comentario, pero sí su necesidad de mencionarlo, de repente, a una extraña como yo…

―¿Le puedes decir a tus padres que el chico no te gusta? ―pregunté.

―No, eligen ellos, no yo. A mí me gusta otro hombre, pero nadie sabe, sólo tú…

El corazón se me estrujó como una esponja. Ahí estaba yo, con mi mentalidad tan acuariana, abanderada de la libre elección, haciendo uso y abuso de mi posibilidad de elegir día a día lo que deseo, intentando mantener el coraje para no titubear… Shaila me bajó a la tierra de un hondazo. Literalmente.

―Bueno… ¿Sabes qué, Shaila? Yo tampoco estoy eligiendo bien, creo…

―¿Tus padres no te lo permiten?

Sonreí y tragué saliva.

―Claro que sí.

―Así como puedes estar tomando sol, delante de otros hombres… ¿verdad?

―Claro.

―Tienes suerte…

―Oye, Shaila. Te puedo contar otras cosas para las cuales en mi país, o en Barcelona, la suerte no existe. Nosotros podemos elegir mucho que tú no puedes, ¿verdad?  Pero cuando seas doctora, tal vez puedas viajar y conocer otras culturas, muy diferentes a la tuya. ¿No te parece?

Sonrió esperanzada.

―Sí… quiero viajar, así como tú. ¿Por qué no estás eligiendo bien, entonces? ¿No estás con el hombre que te gusta mucho?

―No, no puedo estar con él, pero mis padres sí me lo permiten. ―Miré hacia el mar, pensando en todo lo que me han permitido mis padres en la vida, y me sentí inmensamente agradecida con ellos―. Lo que decíamos de la suerte, tal vez, no sé si…

―Tengo una foto del chico que mis padres han elegido para mí. ¿Lo quieres ver? ―me interrumpió con ansiedad.

―¡Por supuesto!

De un pequeño bolso en donde llevaba sus artesanías para vender, desenvolvió un papelito blanco y me acercó una pequeña foto tipo carné.

―¡Pero este chico es guapísimo, Shaila!

―¿Tú crees? ―Sonreía mirando la foto, intentando convencerse.

―Claro que sí. ―Y realmente lo creí. Con los rasgos propios de la India, ese hombre me parecía interesante, y en la foto sonreía con luz―. Hacen linda pareja, Shaila. ¿Quién sabe si luego te va bien con él, y terminas queriéndolo mucho?

―Gracias… puede ser. ¿Me compras las pulseras?

―Ok, una se la guardaré a mi mejor amiga.

―¿En Argentina?

―No, en España.

Se levantó sonriendo, bella. Guardó las 500 rupias, y antes de irse se tapó con su mano la cara para cubrir el resplandor del atardecer sobre el mar, y me miró desde arriba. Yo seguía sentada en el mismo lugar, con la cámara fotográfica en mano, dispuesta a retratar los últimos rayos de sol.

―Poli… quizás a ti también te va bien. Tu sí puedes elegir. Gracias. ―Levantó su mano para despedirse y siguió su camino por la costa.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y así me quedé.  Con la ternura y palabras de una mujer tangible, joven y llena de esperanza, futura doctora y esposa de un hombre que no sabe si amará.

Aún recuerdo a Shaila más de una vez… ¿Se habrá casado? ¿Será feliz? ¿Seguirá hoy con el mismo deseo de estudiar medicina? ¿Tendremos suerte?

Bolonia, Italia. 2007

De un tren a otro llegué a Bolonia, para hacer tiempo hasta mi destino final. Los imperdibles pueblos, ciudades y paisajes italianos me asombraron por su gente efusiva, por sus colores y aromas. Desde lejos veía la Basílica de San Petronio. Me senté en una plaza adornada por una fuente que burbujeaba agua color blanco y rojo, bandera del Comune di Bologna. Aunque en esa zona el frío suele ser intenso en febrero, creo que no se siente tanto cuando se disfruta observando.

Con mi cámara a cuestas disparé hacia todos los rincones posibles. Entre ellos, divisé a una niña de tez oscura, que miraba seriamente un ramillete de flores cerca de la fuente.  Me acerqué despacio, y como guiada por un impulso le pregunté su nombre en inglés. Me respondió en francés. Como no hablo francés, seguí preguntando.

―Spanish? ¿Hablas español?

―Oh, no. You French?

―No, I´m sorry.

Pero cuando me lo propongo soy bien terca, haciendo honor a mis raíces italianas.  No sé por qué deseaba hablar con ella.  Me senté a su lado, y entre señas y un poquito de su inglés, pudimos entendernos.

―Soy de Tunisia, llegamos hace un mes ―dijo.

―¿Con tu familia?

―Sí, mamá vende flores.

Me señaló  a su madre, apostada en una esquina de la plaza. La veía de lejos, me pareció menudita y sonriente.

―¿Tú, de España?

―Sí, pero estoy aquí de paseo. Vengo a hacer un trámite, para poder trabajar. ―Dudé si  comprendió―. ¿Cuántos años tienes?

―Diez, pero pronto once.

Le pregunté cuándo era su cumpleaños, pero quizá no entendió para dar una respuesta.

―¿Hablas siempre con extraños? ―preguntó sonriendo.

―Casi siempre, pero luego dejan de serlo, como tú.

―Tú mi amiga, yo Amani ―y  señaló su corazón.

En ese instante entendí por qué “algo” me llevó hasta ella. Yo andaba con un mapa, perdida subiendo y bajando trenes, aferrada a mi instinto, intentando sentirme segura ante lo desconocido. En ese entonces, todavía conocía bastante la palabra miedo. Me arrodillé frente a ella y la observé con ternura, casi para despedirme y seguir mi camino.

Volvió a sonreír. Cortó una rosa roja, la acercó a su corazón, y en francés, muy lentamente como para que yo pudiera comprender, me dijo:

―Vivimos un año en Francia y ahora debo aprender italiano. Tú tienes que viajar y conocer mi país, hablar francés y así hablar conmigo. Mi inglés es muy malo, poquito…

Estiró su mano pequeña y tomó mi mano derecha, colocó la rosa y cerró mis dedos.

―Llévame contigo. Yo te llevaré aquí… ―dijo, ahora en inglés y señalando su corazón.

―Gracias Amani. Aquí te llevaré. Ve con tu madre, yo tengo que subir a otro tren…

Me levanté sonriendo, con los ojos inundados de lágrimas y agradecí ese momento que hoy me llevo a la tumba, masticando el afecto de gente que uno nunca más vuelve a ver, pero que modifica minutos, paisajes y el corazón cada vez que uno evoca con el recuerdo.


Dicen que recordar es volver a pasar por el corazón. Disfruto entonces de los gratos recuerdos que cada persona deja en la memoria y en el alma.  No tengo idea cómo entendí francés, de esa voz cálida y pequeña. Y hoy vuelvo a preguntarme qué será de la vida de Amani, donde estará con sus 20 años, y cuántas rosas más habrá regalado para moldear con ternura la existencia de las personas que se cruzan en su camino.

Así es como uno aprende y vuelve a dar lo que recibe, de todos los “extraños” que dejan de serlo, y que se mueven despacito para hacer hueco y ubicarse en el corazón, algunas veces con más fuerza y atino que quienes nos tienen cerca, todo el tiempo.

Encontrarse con gente que se anima a lo desconocido, a salir de su zona de confort para hablar, regalar su tiempo, ofrecer su pequeñez y permitirle a uno hacer lo mismo en sólo minutos crea lazos perennes, que no necesitan de internet ni de ninguna otra conexión para dejar huellas y ser parte de un presente infinito.

En el Hyde Park, aquella joven me recordó que aún en el peor desarraigo no estamos solos. En las playas de Goa, Shaila me hizo ver en un espejo, para recordarme que yo sí puedo elegir, y que en mi caso, no vale nada estar con quien no me ame ni me permita amar. Ella no puede elegir; yo sí.  En el norte de Italia, Amani y su sonrisa africana me regalaron amistad para tomar coraje y terminar mi recorrido, logrando en pocos días lo que sería el comienzo del resto de mi vida. Viajando.

Son incontables las historias y los encuentros, pero en este paisaje tan mío, de montañas y cielo celeste como mi bandera, elegí estos tres recuerdos para compartir. Puede que en cualquier momento mi corazón se decida por otros misterios. Y aquí estaré compartiendo, porque lo que es de uno es de todos, más cuando de aprendizaje y amor se trata.

Gracias por leerme.

¡Buen viaje en tu Vida!

– Poli Impelli –


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Recuerda… Mahatma Gandhi

Recuerda…

Que siempre existen tres enfoques en cada historia:  mi verdad, tu verdad y LA Verdad.

Que toma mucho tiempo llegar a ser la persona que deseas Ser.

Que es más fácil reaccionar que pensar.

Que no podemos forzar a una persona a amarnos, sólo podemos ser alguien que ama. El resto depende de los demás.

Que dos personas pueden observar la misma cosa, y ver algo totalmente diferente.

Que podemos escribir o hablar de nuestros sentimientos, para aliviar mucho dolor.

Que existen personas que me quieren mucho, pero no saben expresarlo.

Que a veces las personas que menos esperamos, son las primeras en apoyarnos en los momentos más difíciles.

Que la madurez tiene que ver más con la experiencia que hemos vivido, y no tanto con los años que hemos cumplido.

Que hay dos días de la semana por los que no debemos de preocuparnos: ayer y mañana.

Que aunque quiera mucho a la gente, algunas personas no me devolverán ese amor.

Que puedo hacer algo por impulso y arrepentirme el resto de mi vida.

Que si no controlo mi actitud, mi actitud me controlará a mí.

Que es más importante que me perdone a mí mismo a que otros me perdonen.

Que la violencia atrae más violencia.

Que es difícil ser positivo cuando estoy cansado.

Que es mucho mejor expresar mis sentimientos, que guardarlos dentro de mí.

Que al final de la vida me doy cuenta que las únicas cosas que valieron son:

Dios, mi familia, un grupo muy selecto de amigos y las experiencias que me dieron crecimiento personal.

“Si alguna vez no te dan una sonrisa esperada, se generoso y da la tuya, porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como aquel que no sabe sonreír”

SE GENEROSO SIN RECORDAR, Y RECIBE SIN OLVIDAR.