Abrazo Infinito


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Ya es hora…

Es hora de soltar anclas

de abrir alas

de aceptar el reto.

Es hora de olvidar lo que queda en el olvido,

de darle espacio a lo incierto,

de agradecer lo vivido.

Es hora de sondear el destino,

de aceptar la prueba y el error,

de dar la bienvenida

al incierto camino.

Es el momento ya repetido de sabernos fuertes en un basta por ahora, porque mis naves son de acero y tu corazón guía el navío.

Porque si nos permitimos lo incierto entonces vamos por buen camino. Porque si nos detenemos en la espera morimos en vida y se torna condena.

Ya es hora de soltar un GRACIAS con el corazón partido. Que nadie muere cuando hay vida, y que la vida es esto, ni más ni menos que encontrarle algún sentido. Que depende de uno amar hasta el cansancio y el amor también es huella en lo vivido, cuando el presente aprieta timoneando naves en un mar desconocido.

Que no aparezcan carteles anunciando cobardía, porque voy a elegir otro camino. Que si se pone oscura la noche siempre encuentre una vela en mis maletas, y que encuentre compañía en quien me quiera y que lo sienta.

Es hora ya de hacerle caso a esa intuición bien clara y tonta, que se pierde por momentos de su rumbo en el camino. Ella sabe y yo la escucho… que yo sorda aún no estoy, aunque a veces me demore en escuchar lo que recibo.

Venga, que tú y yo ya hemos tenido suficiente, está bien por el momento. Vuelvo a escucharte claramente, te sonrío y guiño un ojo; más me vale que sea ahora y no más tarde, cuando ya no queden fuerzas suficientes. Preparo equipaje y armo el circo; nunca sé con qué me encuentro. Despacito suelto anclas, miro el puerto. Hay de todo en esa orilla, incluso esas siluetas que no me han mirado ni elegido. Miro atrás y veo huellas en el sendero, invisibles para algunos, para otros grandes surcos de recuerdos.

Que no me pierda en el camino, y que si me pierdo vuelva a reír de mi despiste y de mi olvido. Que sepa ver a tiempo cuando no hay lugar para mi ser y mi navío. Que tengo a mano otra maleta de verdad y valentía, porque siempre es necesaria para abrir espacio en otras vidas.

Que no descanse más de lo necesario, porque si igual voy a morir prefiero estar despierta en la tormenta y disfrutarla, que andar dormida en la rutina, el aburrimiento o el hastío. Que al respirar mi corazón inunde de furia, esa necesaria que me empuja a saltar al vacío. Que la adrenalina no abandone jamás mi sangre, porque los saltos son grandes y estoy en soledad, muy cerca del precipicio. Nadie me empuja pero tampoco toma mi mano, nadie me detiene ni me espera al otro lado. ¿Qué más da, si el viento empuja las velas y mi corazón está ya preparado?

No hace falta tanta materia ni peso; yo sólo quiero una gran bolsa verde de esperanza, kilos rojos de amor y tres cajas amarillas de locura. Que repuestos no me falten, y si las reservas se agotan que siempre encuentre a alguien que le sobre y me los preste por un tiempo. Juro que no robo, y que devuelvo hasta el último céntimo.

Que así me vea algún pirata, tropezando con la bolsa y con mis cajas. Que se ría a carcajadas cuando sus naves se pierdan, pero que confíe en lo que ha logrado al levantar sus propias anclas. “Te cambio tu bolsa por una de mis cajas”, que hoy por ti y mañana por mí no serán un gran dilema.

Porque llegó el momento que tanto susurrabas; no podía oír, “tengo mucho por vivir, no me apures que voy lenta”. Tu respuesta llegó a tiempo: “pero entonces, no les mientas”. Y cómo no escuchar a la intuición y al corazón, si son ellos los que aguantan, empujan y abrazan en la espera.

Que sea hoy y no mañana.

Que mañana puede ya ser tarde, y luego te lamentas.

Eleven anclas, ya estoy lista. ¿A quién le hablo, si no hay nadie a la vista? Arremango abrigo, calzo botas, con un par es suficiente. Miro al cielo, celeste como mi bandera y limpio. Respiro sal, libertad y algo de atino. Giro mi vista bañada en nubes, y allí veo a mi Madre: siempre firme, siempre en puerta. Dando a luz de nuevo, como aquel primer día de febrero, diciéndome en sus ojos “ya no frenes, no tengas miedo. Que la muerte te encuentre bailando, cantando, haciendo, alzando tu voz, sintiendo amor del bueno y no durmiendo”.

Papá tiembla a su lado, disfrazado de hombre valiente, mientras el calcio de sus huesos se convierte en todo miedo. Con sonrisas saca fuerzas de la misma vida que me dio y me abraza diciendo: “cuando el viento intente tirar tus velas, nunca olvides tu calma. Respira profundo, que sea tu propio aire el que detenga la tormenta. Si me muero en tu ausencia no te detengas, mirá siempre hacia adelante que yo estaré esperando en la otra orilla. Y no olvides que cuando la noche oscura llegue será la hora más cercana al amanecer, no renuncies a ella…”

Suelto a mi viejo; el aire empuja una próspera salida. Dos hermanos sonríen a mi osadía, esconden lágrimas tal vez y como siempre, esquivando otra puta y esperada despedida. Elecciones, consecuencias de la vida.

No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

Que se vengan más tormentas, yo ya estoy navegando.

Que los golpes me den en lo justo, y que si no remonto con rapidez la vida me pille puteando.

Que no te arrepientas jamás de haberme amado y de no haber subido a mi navío, que la culpa es dañina y el daño es malo. Que no levantes desesperado tus manos gritando palabras al viento… ya zarpé hace rato, el aire ensordece y no te oigo; en el mar hay mucha brisa. No grites más… es tarde y siento frío.

Que las lágrimas valgan la pena, que sin ellas tampoco hay risas ni cantos.

Que sea hoy y no mañana. Se me hace tarde; la incertidumbre se viste de engaño y no sabe de esperas.

Que caiga cien veces más y me levante otras mil,

porque a esta altura

el cuerpo aún vibra

y mi sangre quema,

de amor explotan

los sueños que esperan;

el corazón renace,

las manos tiemblan.

Navego contra el viento

y mi alma…

vuela.

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No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

-Poli Impelli-

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Cuidar amando

Es más fácil construir niños fuertes

que reparar adultos rotos.  

– Frederick Douglas –

 

Ser padres y no mirar bien a los hijos… no lo comprendo en absoluto. No me cierra desde mi visión de no-madre, pero en mi mirada de Mujer está mi niña. Y yo a esa niña sí la miro, sí la quiero, sí la acepto y sí la amo. Elija lo que ella elija y como ella quiera ser.

¿Por qué no sanamos nuestros tiempos pasados y dejamos de proyectar en los hijos lo que no pudimos ser, lograr o desear para nosotros mismos? ¿Qué esperamos de ellos? Un padre lo ha sido para DAR sin límites. Es el único amor incondicional que existe.

Qué pena… que desperdicio que se nos pase la vida, que ellos crezcan tan rápido y estemos tan ocupados, estresados, alterados al punto de no darnos el tiempo de mirar lo que ellos necesitan y piden a gritos, gritos que se traducen en un 4 cuando ansiosos esperamos un 10, en berrinches que tapan sonrisas y obediencia amorosa, en ansiedad de comidas chatarra en lugar de agradecimiento por lo que sí hay, en pantallas en vez de cuentos y canciones para irse a dormir. Los niños sueñan (igual que los adultos), pero pocas veces manifiestan cómo fluyen en esos sueños.

¿Qué sucedería con la sociedad entera si cuando decides ser Madre/Padre te comprometes ANTES con lo que estás buscando/programando/construyendo en comunidad? No somos seres aislados; somos un todo. El compromiso valdría la vida desde el amor genuino y el reconocimiento sincero de tus capacidades y habilidades emocionales como para mirar lo que le vas a dejar en este mundo, en tu barrio, en tu entorno, en la sociedad, a todos los que hoy no te ven. Porque vas a morir, y cuando no estés serán tus hijos los que quedarán como reflejo de lo que fuiste, diste y tomaste. Y si crees que es tarde, no te engañes. Siempre estás a tiempo para volver a mirarLOS y a mirarTE en ellos y con ellos.

Observa tu vida y pregúntate para qué llegaron… para qué les diste Vida. Si no fue egoísmo, ¿hay algo más?

Acompáñalos, no vaya a ser que te vayas antes de tiempo y tengan que solos remendar los huecos, tambalear por sus caminos intentando encontrarle algún sentido a su existencia. Claro que eso es parte de existir, de la esencia humana, pero con tu ayuda primaria les será mucho más fácil pisar firme en la vida cuando ya no estés a su lado. Aprovecha tu propia vida, porque no todos hemos venido a lo mismo, ni estamos acá por las mismas razones. Tal vez tu aprendizaje sea ese: el de mirarte con un poco más de perdón, de amor y de soltura a través de lo que ellos te muestran.

 ¿No te gusta lo que recibes, lo que ves en ellos? Te están mostrando lo peor y lo mejor de ti mismo/a. Te guste o no te guste, estés conforme o no, ellos son tu mejor laburo, tu mejor regalo a la Vida. Son el regalo que me dejas a mí, a tu entorno, a los futuros jefes, a los profesores, alumnos, pacientes, compañeros, amigos, parejas. Todo lo que les traiga la vida será el reflejo de quien eres tú, Papá, Mamá.

Que no se te pase el tiempo. El tic-tac del reloj es muy tirano; a veces suena y chilla, otras, no llegamos a escucharlo. Y pasa. Pasa el tiempo de reconciliarnos, de comprometernos. No te comprometes con ellos sino con contigo mismo/a primero, porque te has postulado al trabajo más amoroso y demandante que existe. Y nadie te entrevistó para elegirte; esa es tu tarea primaria. Tus hijos te han elegido antes de que pudieras darte cuenta. Nada se compara a esta tarea, ¿verdad? Entonces… ¿qué estás haciendo? Quiérete mucho para poder tomar una elección consciente desde el compromiso sincero, y no «para tener quién te acompañe en la vejez», o para «no quedarte solo/a en esta vida». Los hijos no estamos para sustituir, rellenar o sanar tus carencias, ni somos enfermeros que deban postergar sus propias vidas y sueños. Esa es tu misión. ¿Acaso no lo(s) elegiste? Míralos. Hazte cargo. Ámalos en su totalidad, aunque muchas veces no estés tan a gusto con lo que trajiste a este mundo. Todo tiene solución, todo puede tener un cierto remedio y se puede volver atrás para comenzar nuevamente; sin embargo, con un hijo no hay retorno. No se deshace. No te queda más remedio que elevarte, que madurar, que tropezar mil veces y si no te das cuenta lo importante que eres por el solo hecho de ser Padre/Madre, tranquilo/a: allí estarán tus hijos para recordártelo.

El mundo está repleto de padres que abandonan, que con guita arreglan desaciertos, que con ausencias han dejado corazones rotos y velados de sabiduría. Hay víctimas matando, violando, corrompiendo, mintiendo, discriminando solamente porque no tuvieron padres. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que lo que nos pasa a todos comienza en casa, en el útero, en la mirada de Mamá, en la presencia de Papá?

Hoy ya todo avanza a pasos agigantados y con dinero podemos «comprar» bebés, alquilando vientres, engendrando en tubitos, y parece ser que las mujeres ya no necesitamos a los hombres para parir. Sea como sea que lo elijas o hayas elegido, tómate el laburo de mirarTE en un espejo, respirar profundo y serte honesto/a. Porque lo que hiciste o estás por hacer nos atañe a todos.

Que no se te pase el tiempo. No para engendrar, Mujer, sino para ser consciente. Ojalá tengas la fortuna de que tus hijos te sobrevivan (que mueras primero, como es ley de vida en el orden natural del amor) y que tus hijos —ya solos—  se hayan sentido mirados, aceptados en su totalidad, y que puedan ser hombres y mujeres honestos, gente de bien, empáticos con ellos mismos y con el mundo que les toca o les tocará. Luego ocupan cargos en empresas, clubes, escuelas, gobiernos, ámbitos de arte y cultura y aquí es donde se ve reflejado quiénes somos. Por favor, sé honesto/a. Y si da el tiempo, hazte cargo. Hay mucho por dar y recibir. Eres capaz de dar lo mejor que tengas para dar, y si no, apréndelo. Ya estás comprometido; no lo olvides.


Son estas «boludeces» que se me cruzan en imágenes y palabras cuando encuentro una fotografía mía de pequeña, cuando no tenía tantas palabras y no sabía qué querían de mí, ni cómo lo querían. Obedecía. Es lo que todos los padres desean…

Poli Impelli

Me miro y más me quiero por haber desobedecido, y porque lo que tengo para dar ya lo estaba y estoy dando a quienes saben recibir.

Son las palabras que me llegan cuando miro a la pendejita que fui y que amo con todo mi corazón de Mujer adulta y de Madre (aunque no lo sea con mi cuerpo en esta vida). Ser Madre/Padre de uno mismo también es un acto de amor bellísimo. Dicen que no se jura; peco y te lo juro.

Cuídate. Cuídalos. La sociedad te lo agradecerá siempre.

-Poli Impelli-

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como a la edad de seis años, abadoné una magnífica carrera de pintor. Estaba desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador tener que darles siempre y siempre explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry (en su Principito)

 

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Año viejo, año nuevo.

Este año ha sido extraordinario, aunque para mí ningún año deja de serlo. No puedo ser la misma después de todo lo bueno y lo malo; tiene que haber un cambio, tiene que haber otro camino…

Estuve viviendo en la ciudad donde nací y crecí, después de años de no haberla pisado. Pude tocar los árboles que planté con mis padres cuando tenía 7 años, pude recordar algunas cosas que ya tenía muy olvidadas, pude abrazar a gente que no veía hace siglos y que me aman. Pude conocer a otros tantos que ya son parte de mi vida y no tenía idea que existían. Ellos han engrandecido mi camino y mi paso por mi tierra. Pude comprobar que quien no quiere no cambia, no da un paso ni se espanta. Y que el que tiene huevos y ovarios ha llegado incluso más lejos de lo que yo he llegado con una mochila al hombro y un mapa.  Pude restaurar relaciones perdidas y olvidadas, de esas que son regalo y caricia al alma. Y pude decir basta a aquellas otras que no me aportaban nada. Pude recordar aquella esquina en donde mi mamá me trajo al mundo, sentarme un rato y venerarla. Pude tomar agua del río que me vio crecer, porque hierba mala no muere y no intoxico mi garganta.

Pude reír a carcajadas luego de llorar más despedidas. Descubrí otros cielos rojos, y confirmar que no en todos los lugares la tierra tiembla.

Este año estuve en cinco trabajos diferentes, dos de ellos duran hoy en día. Recibí tanto que supongo ha sido devolución de algo que habré dado en otros tiempos o en otra vida.

Este año murieron tres personas muy queridas. Este año mi papá encontró su cáncer y le da tregua para ver cuánto más le queda de vida. Este año me di cuenta que me extraño, que pasa el tiempo y que no soy de ningún sitio, y que en mi corazón tengo mucho más de lo que imagino. Me echo de menos y me alegro en el reencuentro.

Este año pude decir basta al maltrato y a la violencia pasiva disfrazada de caricias. Este año conocí la fortaleza que antes no tenía. Este año lloré por todos los que antes no había llorado. Junté agua y la enterré para que otro riegue alguna planta, y así mis lágrimas habrán valido la pena.

Este año viví en dos ciudades totalmente diferentes. En mi trabajo aprendí sobre las etnias y las guerras civiles en África, comprendí la labor de gente multimillonaria que se dedica a salvar vidas en las costas de Malta, y que hacen más que los gobiernos de turno por recibir y salvar vidas. Este año me animé a soltar definitivamente todo lo que le hacía daño a mi maestra, una enfermedad que es bien puta y no se va, ni con los años ni con médicos ni con paciencia. Entendí se me había unido como una garrapata a mis heridas de guerra, me la fui quitando de encima como “por arte de magia” aunque siga en mi consciencia; ya cada vez va doliendo menos y sé cómo defenderla. Ahora la quiero y somos una, ahora es parte de mi cuerpo y de mi alma.

Este año conquisté muchas voces nuevas. Me dejaron los momentos imborrables que no detienen ni la memoria ni el tiempo. Este año trabajé para escritores traduciendo, este año me enseñaron otros tantos lo que yo no sabía y ahora entiendo.

Este año me mudé tres veces, y entre las tres hubo gente que me dio mil manos, no cargando peso sino con ánimo y estando a mi lado. Este año fui mamá mil veces, este año fui hija otras tantas, fui más hermana que antes y más tía que el año pasado. Este año me tocó ser prima al por mayor y fue un placer descubrirme, porque crecí con ellos tan lejos, que ahora la vida me guiñó un ojo y me devolvió un poco de todo lo perdido en su momento. Este año perdí a un gran amigo y lloré días y días sin consuelo. Luego entendí que no había sido mi elección perderlo y así fui cerrando el duelo. Este año mi hermana de la vida casi pasa para el otro lado y sentí mucho miedo. Se me cerró el estómago, me temblaron las piernas y creo que mi corazón dejó de latir unos segundos hasta que comprendí que era posible, que puede suceder en cualquier momento. Después de las otras pérdidas, agradezco a la vida que me la haya devuelvo un rato, no sé por cuánto pero espero que sea por mucho tiempo.

Este año el cáncer y otras pestes arrasaron con gente que amo; fue un aprendizaje inmenso que me hayan permitido acompañarlos.

Este año perdí una muela, cuatro kilos y un poco más de pelo. Este año recuperé tres kilos de los cuatro que había perdido en poco tiempo. Este año me siento un poco más orgullosa de mis hermanos, aunque siempre lo hubiera estado, han hecho lo que han podido y cada vez les sale a cuenta cada sacrificio y cada adelanto.

Este año me han besado con tanta pasión que me han dado letra, me han cosido heridas viejas y me han recordado que así como soy, para la gente sana valgo la pena. Este año mi boca encontró lugares de miel y gloria, agradecida a la vida por tanto amor, tanta pasión, risas y sorpresas que no se pierden, no se olvidan, no se mueren.

Este año la luna se vio gigante y cerquita, y me sentí agradecida por la posibilidad y por mi vista. Este año murieron muchos grandes artistas; ellos quedan en mi memoria, en sus poemas, en su música, en su actuación, en sus escritos y en mi historia de vida.

Este año se firmaron acuerdos, se sellaron documentos, se llenaron los bolsillos más gobiernos, se cambiaron pautas y gobernantes, se declararon guerras y otras se abolieron. Este año el mundo estalló en rabia, aumentando los terremotos, inundaciones, pestes, hambre, huidas y malaria. Este año ha sido un remezón para quienes creen en el karma, este año ha sido dolor, mucho dolor, para quienes luchan por sobrevivir en la desigualdad y el desequilibrio que otros consumen en el Black Friday.

Este año se han desarrollado más investigaciones científicas, se han sumado esperados adelantos en medicina, en tecnología y en la sabiduría de la ciencia.

Este año contabilicé 42 atentados terroristas en el mundo, de los cuales conocemos unos pocos, según conveniencia de lo que se nos quiere contar o no, de lo que nos llega o de lo que se nos priva. Este año no alcancé a contar la cantidad de abusos, violaciones y llantos silenciosos, no porque no sea capaz, sino porque han sido incontables.

Este año hubo accidentes aéreos, terrestres y marítimos que a algunos nos estrujaron el corazón, pero llegó la solidaridad desmedida de quienes están atentos a lo que sucede más allá de su metro cuadrado de existencia.

Este año hubo avances, hubo premios, hubo celebraciones y hubo alegrías y festejos. El mundo es un eclipse constante, es un juego de equilibrio y desenredos paralelos.

Este año las mujeres han alzado su voz contra la violencia, este año se han animado a hablar aquellas que estaban calladas por el miedo, la cobardía y el temor de no saber qué habría detrás de sus intentos. Este año han muerto miles de mujeres maltratadas. Este año ha muerto el doble de niños en Burundi, en Siria y en Ruanda. Este año han muerto hombres que en trajes de bomberos, policías y voluntarios consumen pasión, tiempo y energía en salvar otras vidas.

Este año se han ganado copas, medallas, campeonatos y entrevistas, pero se han perdido en la misma proporción, depende en qué lado te pares y fijes la vista.

Este año hay casi 400 personas más que me leen, o al menos pululan en mi espacio de vez en cuando. No les conozco ni la cara ni los nombres a todos, pero no sé de qué forma agradecerles tanto.

Este año no sería capaz de sacar cuentas de las palabras que llevo escritas. Este año una novela me dio giros, contratiempos, algunas (varias) lágrimas y millones de risas. Este año mis personajes están rebeldes, ya no lucho contra la corriente. Ya aprendí que ellos tienen vida, que respiran, que aman y que crecen.

Este año me sentí sola, aunque estuviera rodeada de gente. Este año me sentí amada y contenida, aunque estuviera sola en una plaza mirando una fuente.

Este año pasó de todo un poco para cada uno que me lee. Este año no fue en vano, sea como sea que haya sido tu suerte.

Este año logré mi objetivo: no pasar ni un solo día sin reír a carcajadas, buscando yo sola el motivo. Me siento emocionada, ¡lo he logrado!, incluso ante el soberbio dolor, tristes noticias y pesares que no eran míos. Era el objetivo más difícil que podría haberme concedido: era un deseo, era un esfuerzo, era un gran desafío.  Fue tan simple como escribir: lo que parece temible se vuelve rutina, y de la rutina se pasa al hábito; del hábito a la inconsciencia de repetirlo y ni por asomo olvidar que lo que se quiere se puede, que lo que se nutre y se alimenta crece, que lo que incluyes de bueno disminuye aquello que acelera tu pulso en vano y te envenena.

Este año también ha sido un puto año de mierda, un año lleno de todo lo bueno y toda la porquería que el mundo derrama sin gloria y sin pena. Este año ha sido un año maravilloso para quienes tienen consciencia, se han descubierto a sí mismos viviendo la vida en vez de andar por las calles dando y dándole a la pena.

Me parece que nunca he querido vivir una vida ordinaria (sin el “extra” por delante). Este año confirmé que sorprenderme me parece un privilegio; este año no me ha faltado el asombro ni la sorpresa constante, por lo bueno y por lo malo que el mundo me muestra.

Ojalá que este año sea tan puto y tan maravilloso como el 2016 que despacito se aleja. Ojalá te caigan mil lluvias para que bailes empapado y un rayo te parta de amor, encuentres lo que ames y mates por él y por ella.

Ojalá que el próximo sol te ilumine la vida de estrellas, que el cielo se vista de fiesta cuando sonrías, que el suelo te envuelva en tiritas cuando caigas en pena. Ojalá que te llegue mi amor, estés donde estés; ojalá que me ayudes y te pueda devolver lo que das… ojalá que yo pueda darte para que no me devuelvas.

Feliz año nuevo de vida. Que te pille cantando, riendo, bailando, perdonando, follando y ¡salud! Estés donde estés, ya estamos brindando.

– Poli Impelli –

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Te apagas

Decae tu piel

respiras cansado

te pesan las sienes

de un cuerpo gastado.

 

Despacio aniquilan

las sombras tu aliento

te mueves con prisas

te acuestas muriendo.

 

No hablas, no pides…

escuchas y observas

murmullos que agotan

sonidos que dejas.

 

Aquí te despides

de a poco y sin prisa

allá te reciben

con tiempo y sonrisas.

 

Nos miras sintiendo

que ya no estás cerca

queremos quedarte

te alejas con pena.

 

Despacio aniquilan

las sombras tu aliento

te mueves con brisas

te apagas…

te apagas latiendo.

 

– Poli Impelli –


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Crónica de un adiós anunciado

Creo que sabía. Lo supo aquel día abúlico, cuando sus palabras eran más fuertes que sus ganas, y ese tiempo de ella era más sabio que los deseos olvidados.

Escribió en un papel ajado que encontró en el cajón de la mesa de luz, una noche de pocas estrellas, unos tragos de birra y algo de pocas ganas. Escribió lo que en ese entonces sonó a lamento o testamento, esa misma noche en que ella llegaba a un altar del brazo de su padre para unir su vida a la de otro hombre, y le pareció que lanzar el sabor amargo de aquellos tragos y las pocas estrellas sobre un papel amarillento le haría compañía:

Jamás supe si era una adiós tuyo o un adiós mío. No sabía ni por qué ni para qué, pero imaginaba que lo que era dejaría de ser.
Me resistía a soltar; no quería salir de ese lugar singular en donde yo me había encontrado a mí mismo, a tu lado. Mis deseos se escondían tras cada huella que yo mismo iba dejando y haciendo más y más mía. Mi sombra se volvió mi mejor compañera, y si quería compartir con alguien mis sueños y los de mi sombra, debía elegir sabiendo. Aún así, ni mi propia sombra me dejaba ver lo que luego sería una crónica. Algo que en el aire o desde afuera podría vislumbrarse, pero no dentro de mí ni de tu propia existencia.
Lo que estaba sucediendo entre tu sombra y la mía era la crónica de un adiós anunciado. Ni tuyo ni mío. Era el adiós de mi sombra, era mi Alma dividiéndose en dos para dejar un lugar recóndito en lo que sería parte de mí para siempre, y traerse consigo la otra parte tuya, donde quiera que yo fuera, donde quiera que eligiera ser.

Ese adiós a mi media Alma es lo que siguió doliendo. Es lo que hoy no puedo tragar, junto con este medio vaso de cerveza amarga.  Porque esa sombra que se fue con la tuya, pidiendo auxilio desde lejos, sigue llamando. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo bien adentro que siempre intentamos descifrar con el tiempo. Es esa mitad de cada uno que nos dice adiós,  que se despide con un pañuelo blanco, sin trazos ni rumbos, la que deja un pedazo de uno mismo grabado en la tela de ese pañuelo que despide, para siempre…

Compartió conmigo lo que había escrito esa noche y me emocioné con él, aunque él no tenía lágrimas. Le costó un tiempo encontrar la fuerza necesaria para traer de vuelta esa mitad que ella se había llevado, y de a poco creyó ir recuperando su sombra entera. Creyó que el tiempo curaba el vacío y las heridas, que sólo el tiempo era el responsable de devolverle lo que ella se había llevado de sí mismo. En ese entonces, mi poca sabiduría no me permitió ver que ella no era culpable de nada, y que sus palabras en aquel papel raído decían mucho más de lo que yo podía percibir.

Me enamoré. Me enamoré de su media sombra, de sus intentos, de su corazón sincero y de sus días conmigo. Me enamoré de lo que había quedado de sí mismo y de su esperanza repentina. Pero en esos tres años juntos, le prometí que jamás me llevaría nada que no me perteneciera, que no le permitiría dejarme a mí ninguna mitad suya, ni de su Alma, ni de su sombra entristecida. No quería jamás ser la protagonista de palabras en un papel que quedara en alguna mesa de luz, en una noche de pocas estrellas y con la sola compañía de una cerveza. Yo estaba ahí, presente, y si me estaba llevando algo quería saberlo, devolvérselo a tiempo para que sintiera la libertad que antes no había sentido. Sin embargo, su decisión fue a la par con la mía, y preparamos un casamiento a nuestra altura, con toda la emoción y el amor que habíamos construido. En esos tres años de armonía y convivencia, jamás supimos de ella y de su vida.

En casa, papá estaba expectante y emocionado con nuestra ansiedad contenida. Se sentía ilusionado con nuestro destino y sus nervios aumentaban a medida que se acercaba el día. Desconozco hoy su intuición de aquellos días, pero creo que jamás imaginó que no me acompañaría del brazo a ningún altar. No estaba en sus planes. Ni en los míos…

Encontré su carta el día anterior a nuestra boda, escrita con tinta azul, en un papel a rayas, impoluto:

Me enteré y me siento perdida… No me falta nada de lo que soñé, o tal vez soñaron, para mí. Pero no puedo dejar de escribir, junto a una copa de vino, sola y sin testigos, que hoy una parte de mí se siente ajena a esta casa, a esta vida, a este hombre que elegí para acompañar mis días. Quizás es el vino y estoy delirando, pero no puedo ―no quiero― permitirle a mi Alma que calle, que sigan pasando los años sin contarte que te has llevado una parte de mi misma, de mi sombra… algo que no sé describir y que con el tiempo intenté sostenerlo bajo el peso tu ausencia. Sé que es tarde y que no tengo derecho a reclamar lo que no me pertenece. Pero hay algo que duele, y tengo miedo que sea el adiós a esta media Alma mía. Creo que es eso lo que hoy me cuesta digerir junto con esta copa de vino. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo que recién ahora intento descifrar con el tiempo. Creí que el tiempo era el único responsable, y que mis decisiones me devolverían esa otra parte que supo decirte adiós, cuando ambos creímos que estaba anunciado.

Pero no me hagas caso… hay pocas estrellas en el cielo y este vino no tiene sabor a nada. Tal vez quien escribe es esa mitad mía, diciéndote adiós, pero para siempre. Quizás mi sombra sepa encontrarse a sí misma a partir de mañana; quizás no llegue siquiera a enviarte esta carta.

Yo lo había visto sufrir. Tres años antes, yo había leído un papel envejecido que ella jamás había recibido. Y tres años más tarde llegaba una respuesta a algo que ella nunca había leído. Desde un comienzo, yo había prometido no llevarme nada de su vida que no me perteneciera, no dejarme ni siquiera un poco de su Alma, porque ya había sentido junto a él ese adiós que tanto le había pesado. Después de algunas lágrimas, tomé el coraje suficiente. Aunque mi amor era inmenso y genuino, no iba a permitir que quedaran a medias, sin haberse respondido.

Le confesé mi imprudencia, porque el sobre no tenía remitente y siendo el día anterior a nuestra boda me sentí intimidada. No me hizo reproches; simplemente me miró con la misma tristeza y desgano que tenían sus ojos aquella noche de pocas estrellas, cuando me llamó para que le hiciera compañía. Leyó en silencio delante de mí, y aunque hizo fuerza frunciendo el ceño, las lágrimas que había guardado aquella noche de la birra comenzaron a fluir y a caer sobre el papel a rayas. Una tras otra, como esas que esconden algo que no todos podemos percibir. Lo miré con amor, con una profundidad en la cual jamás había reparado y recordé aquel papel amarillento. Comprendí lo que antes no había entendido.

Papá murió hace seis años, pero alcanzó a llevar del brazo a mi hermana menor a un altar. Fue el casamiento más precioso que tuvimos en la familia. Hoy tengo cincuenta y dos años, y cuando veo un altar desde la puerta de alguna iglesia sonrío. Sonrío por mi hermana y por papá. Y sonrío por Juan Pablo y por Eugenia. Llevan trece años juntos y tienen una niña sana y preciosa, que sonríe a la vida como su madre y mira con el color de los ojos de su padre.

Juan Pablo tiene la costumbre de enviarme cada tanto un whatsapp, para saber cómo estoy, qué hago de mi vida y supongo que para confirmar que no le guardo ningún rencor. Eugenia se acercó a mí unos meses después de aquella carta, pidiéndome una especie de perdón, porque según ella jamás imaginó que unas pocas palabras cambiarían la decisión de Juan Pablo y el rumbo de su propia vida. Recuerdo que mi respuesta fue un largo y sentido abrazo, y unas pocas palabras de agradecimiento por aquella carta del papel a rayas. No sé si alguna vez comprendió mi actitud, sólo sé que vive feliz.

¿Yo? Yo no espero ninguna carta a destiempo, ni pienso escribirle a nadie que se haya llevado una parte mi sombra a ningún altar o lugar diferente al mío, en ninguna noche de pocas o muchas estrellas, ni con birra ni con vino. Ya no hay nadie que me acompañe del brazo hacia un altar. Y si existen palabras, las deseo hoy mismo, ni tres ni diez años después, cuando me enamore de algún corazón sincero y de sus días conmigo. Y si escuchara alguna vez esa voz extraña que me recuerda que alguien se ha llevado una parte de mí, no buscaré ningún papel en ninguna mesa de luz. Dejaré mis palabras en mi boca y correré a buscarte, a decirte todo lo que ha quedado en mi sombra, antes que otra mujer sueñe y peque contigo. Dejaré de esperar a que el tiempo cure y sea el único responsable de tu destino y del mío. Le diré al tiempo que se haga a un lado porque yo le pertenezco y puedo hacerme cargo de lo que pienso, lo que siento y lo que digo. Le contaré que tengo una vela preparada para mi propio entierro, que yo la encenderé en cada adiós anunciado y me quedaré entera, sin sombras a medias ni pérdidas que se lleve el viento. No haré borradores ni listas negras ni rejuntes de palabras reprimidas, mas usaré mi cuerpo, que con los años se ha fortalecido y gritaré lo que hoy no escribo. Y al igual que Eugenia, no pretenderé nada que no me pertenezca, pero jamás dejaré un papel olvidado en un rincón, ni entraré a un altar con una parte de mí misma retenida en otra vida.

Cincuenta y dos años no es nada, pero es bastante para quien ya de sus miserias ha aprendido. La felicidad de Juan Pablo y Eugenia me recuerdan que siempre estamos a tiempo, que no sirven de nada los borradores que no se publican, las palabras que no se anuncian y los sentimientos que se callan. Papá murió sabiendo que Juan Pablo luego fue feliz, y que yo honro su vida y la mía sin papeles raídos, sin silencios escondidos y con palabras que puedan cambiar y engrandecer mi destino. Hoy estoy más cerca de papá que de mi cuna, y sigo sonriendo cuando veo a los Juan Pablos y a las Eugenias que deciden y dicen todo eso que el Alma intenta callar bajo el peso de las ausencias, desempolvando papeles en mesas de luz y contando en el cielo infinitas estrellas.

Existen muchos adioses anunciados, pero no existe una sola noche sin estrellas.

-Poli Impelli-

 

 

 


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De la ficción al manicomio

Hace tiempo que no aparezco por aquí. Y no es que haya olvidado escribir. Soy obstinada y eso no ha sucedido. Ni un solo día. Si no fuera por la presencia de estos personajes, seguramente estaría contando alguna que otra aventura o recordando con gratitud lo que he vivido para decidir qué más compartir.

Sin embargo, existe gente “robatiempo”, ese tiempo sagrado que uno tiene para ponerse en contacto con quienes nos leen. Diría que este mensaje apunta más a esas personas raritas, esos que dicen llamarse escritores.

Esta gente que me roba el tiempo es gente de ficción, que se empecina en quitarme horas de sueño (y de vigilia también), en meterme en líos sin que yo se los pida, en mantenerme en vela o distraída, sin poder escuchar con atención a aquellos otros de carne y hueso que me están contando un problema, llamando por medios reales, o simplemente regalando su valioso tiempo en vivo y en directo.

Es un tema escabroso. No tengo idea si la psiquiatría ha llegado a obtener resultados claves para la salud mental de quienes padecemos esta enfermedad. ¿Cómo puede uno contarle a una persona de carne y hueso que mientras él o ella me hablan, a mí me parece estar escuchando lo que dirá ese personaje ficticio, que sólo yo conozco, en la próxima escena? ¿Cómo puede uno poner orden a esa voz interna que no deja de hablar sin pedir permiso?

Tengo mucho para compartir. Sin embargo, ellos me consumen minutos, tiempo y energía. Aunque esté concentrada en lo que hoy me toca, aunque esté con gente, aunque no quiera, me parece escuchar lo que dicen, lo que piensan, lo que sienten, lo que callan, lo que disfrutan y lo que duelen. Entonces, son muchas las veces que no puedo frenar mi escena exterior y real para tomar un papel y escribir lo que me dicen; tengo que memorizar. Y esto no es como estudiar en la universidad, donde uno se encierra y nadie molesta. Luego uno rinde el examen y vuelve a casa feliz o desilusionado: “Aprobado / Desaprobado”. No, no funciona de la misma forma.

Amigo  X: -Entonces no sé qué hacer, porque intento olvidarla y no puedo. Pero bueno… a veces estoy mejor, a veces siento que me muero.

Yo: Es cuestión de tiempo… ―digo, porque más respuestas no tengo.

Y me quedo sin palabras. Porque todas ellas están en mi mente, y me parece escuchar a uno de mis personajes que me dicta lo que él diría, lo que está por hacer y cómo reaccionaría si fuera mi Amigo X.  Si llego a hablar en voz alta, mi querido Amigo X tomará cartas en el asunto y notificará a mi familia. Es grave, hay que internarla.  Y el problema no es que yo me niegue a estar encerrada con otros poco cuerdos, para nada. Es un placer compartir con gente diferente la vida. El problema sería que por más que me quiten los papeles donde escribo, ellos seguirían en mi mente, en mi corazón. Porque por momentos los amo, me río y lloro con ellos. Otras veces, los detesto. No me dejan interactuar en paz con mis seres queridos. No puedo hablar tranquila ni con mi mamá, porque cualquier cosa que ella me cuente, detrás está la voz de un personaje de mi novela dándole una respuesta o riéndose con ella. No soy yo. ¡Lo juro!

Ayer me llamó una gran amiga. La quiero tanto… Y tenía algo importante para contarme. La sentí cercana en su necesidad de sentirse acompañada y comprendida.

―¿Me estás escuchando o qué? ―me dijo ella, confundida.

A veces, me quedo muda. Y antes solía tener palabras.

Sigo leyendo a quienes más saben y el aprendizaje no termina. Y cuando uno escribe, habla menos. Antes tenía palabras para todo y todos. Ahora no las tengo. Comienzo a enmudecer, porque muchas veces, bien temprano en la mañana yo ya dije todo lo que tenía para decir. Lo escribí. Y me es suficiente. Pero a los demás no, y como decía, no tengo miedo a que se den cuenta y me internen. Le tengo respeto a lo que hay dentro, a lo que no se puede contar, porque no lo entenderían.

Yo espero de corazón, que algún escritor esté leyendo y sienta un poco de empatía. Sobre todo, aquellos que están inmersos en el género novela. En serio, me canso de que aparezcan cuando nadie los llama, cuando no son tan necesarios, cuando no tengo ganas de hablar de ellos ni de escribir lo que quieren que escriba de sus vidas y la mar en coche. ¡Joder!

(Perdón…)

Estoy por matar a un personaje. Puede que nadie quiera leer lo que escriba, y sinceramente, ya me da igual (si mi vieja sigue viva cuando llegue al final, ya tengo un lector seguro). El tema es que estoy por matarlo hace meses. Y no tengo palabras para detallar todo lo que hace para que yo no lo mate. ¿Hay necesidad? No me dejan ser, no me dejan en paz. Cuando vivía en Barcelona me reía de ellos. Debo estar pagando las consecuencias. Karma, le dicen. Búrlate de los demás y serás burlado (mandamiento recién salido del horno).

Otras veces, me voy por las ramas y elijo dejar a ciertos personajes a un lado, en un receso de descanso o vacaciones. ¿Será posible que los extrañe, y que necesite otra vez volver a alguno que ya se había bañado en bronceador frente a un mar cristalino, dispuesto a pasar unos días de relax sin mi presencia? Error. Si no me molestan ellos, vengo a molestarlos yo. Es una relación tóxica que espero tenga su fin. Y cuando tenga su fin, creo que voy a llorar como María Magdalena en esos días. No me va a quedar más remedio que aceptar el final. Y extrañarlos. Porque puede que alguien lea lo que a mí me consume tiempo, o puede que ni siquiera mi vieja se tome el trabajo. Pero puedo jurar por mi propia vida que ellos ya son parte de mí. Como cada persona que se cruzó en mi existencia en estos tantos años. Como cada experiencia que cuento en forma de poesía, relato o cuento. Como cada diálogo que recuerdo de algún viaje, como cada mensaje en el teléfono móvil, cada llamado o cada encuentro. Tienen la misma importancia, la misma trascendencia, la misma esencia y pertenencia. No son de carne y hueso, no. Ni lo vayas a creer, nunca. Son inventados, y sólo existen para mí y por mí. Pero los quiero de igual manera, y en este momento de mi vida, cuando escasean algunas cosas que necesito, son quienes me sostienen. Muchos (de carne y hueso) todavía me preguntan: ¿Qué es de tu vida? ¿Alguna novedad? Si yo respondiera iría derechito a un manicomio. Novedades tengo miles. Y como vivo en la incertidumbre la variable es una constante; si fuera precisa no me alcanzaría el tiempo para contarles. Como dice una gran amiga mía, el guionista de tu vida está fumado. No se equivoca, nunca se equivocó. Pero ¿cómo explicarlo con palabras? Mejor me llamo al silencio. Lo que tenía para contar ya lo he contado, ya está escrito.

 

Nota: si me encierran,  no me dejen sin papel y lápiz o bolígrafo, algo que me permita escribir. Es lo único que necesito. Y agua, mucha agua. El resto… el resto es sólo imaginación. Invento.

-Poli Impelli-

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El valioso tiempo de los maduros

He contado mis años y he descubierto que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que he vivido hasta ahora…

Me siento como aquel niño al que regalan una bolsa de golosinas: las primeras se las come feliz, pero, cuando se percata de que quedan pocas, comienza a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, en las que se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se conseguirá nada.

Ya no tengo tiempo para soportar personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan ‘egos’ inflados.

No tolero a los manipuladores ni a los ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces para apropiarse de sus puestos, sus talentos y sus éxitos.

Detesto, si soy testigo, los efectos que genera la lucha por un cargo importante.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos. Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… Con pocas golosinas en la bolsa…

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.

Que sepa reír de sus errores. Que no se vanaglorie con sus triunfos.

Que no se considere elegida antes de tiempo.

Que no eluda sus responsabilidades.

Que defienda la dignidad humana.

Y que desee únicamente caminar al lado de la verdad y de la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quien los duros golpes de la vida le hayan enseñado a crecer con toques suaves en el alma.

Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar ni tan solo una de las golosinas que me quedan.

Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Deseo que la tuya sea la misma, porque, de cualquier manera, también llegarás…

  • Mário Raul de Morais Andrade (Poeta, ensayista, novelista y musicólogo brasileño. 1893-1945)

GRACIAS María del Rosario Costa 🙂

-Poli Impelli-