Recuérdame

Aquí estoy

En pleno desierto

Inconsciente

Rodeado de ruidos

De gentes y oportunidades

Que pasan

A través de mis sombras.

 

Te busco y no te veo

Excluí tu ser del mío

Ahora que extraño

El agua de tu boca

El abrazo de tu cuerpo

La calma de tus días

No te encuentro.

 

Sigo en el mismo

Sendero con sed

Buscando a tientas

Un destino

Buscando en otras vidas

Tu rostro junto al mío.

 

El dolor tapó mis ansias

Las heridas mi sangre ardiendo

Rasco vestigios de lo que fuimos

Y vuelve a saltar la cáscara

Duele.

Me duele tu mirada

En una foto tu debilidad

Escondida en tu santa valentía.

Me duele tenerte lejos

Cuando mi sábanas laten

En sumisión

Otro cuerpo que no es tuyo

Y aunque espero

Sé que no volverás

De día.

 

El desierto es seco y el sol quema

Alucino que puedo verte de cerca

Trayendo nubes de alivio y

Un poco de lluvia a mis venas

Te veo con tu pelo oscuro

Susurrando al viento

Tus ojos miel sonriendo

De encontrarme

Y esa sencillez de mujer noble

Y sabia que me dio frescura

y amor por la vida en aquellos días.

 

Tal vez ya sea muy tarde

Tal vez nunca regreses

Y esta cobardía tan terca y mía

Que sólo ve sequía y cansancio

No me deja

Caminar erguido

Salir de donde me encuentro

Y buscarte allí entre páramos de alivio.

 

No me olvides, por favor,

Sé que el tiempo es cruel

Y tú andarás en otros mares

Recuerda conmigo

Aquellos tiempos

Tal vez la vida me dé treguas

Quizá te encuentres a salvo.

 

Déjame perderte como no quise

Déjame encontrarte como espero

Fuera de este silencio eterno

Dentro de mi alma escamada

En melancolía y aroma a intentos.

 

Quédate ahí o más vete lejos.

Creceré sintiendo que te alejas

Buscaré tu luz

Allí donde me guíen las certezas.

 

-Poli Impelli-

 

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Permítame contarle…

Hay gente que no espera ni sabe escuchar. Tal vez no se dan cuenta de que solo hablan como loros, sin hacer pausas ni respirar.

Hay gente que suele preguntar “¿Cuándo nos vemos?”, pero no mueve una fibra para que el cuándo suceda.

Hay gente que desconfía hasta de su propia sombra, y que lleva paraguas por si llueve hasta en pleno día de sol.

Hay gente que camina enferma, viviendo en un mundo enfermo, creyendo que si se quitan las máscaras y derriban sus muros quedarán en soledad.

Y hay gente que tiene mucho miedo a la soledad, que está mal emparejada porque no tienen el valor de romper el vicio y volver a comenzar.

Hay gente que se nutre de la violencia –física o verbal-, manipulando sentimientos ajenos y haciendo eco de ello con ruegos de disculpas y súplicas disfrazadas de perdón.

Hay gente que parecer ser amorosa, bondadosa, graciosa y de “buen palo” pero que sus miserias esconde bajo la alfombra, en lugares bien oscuros donde nadie pueda ver ni percibir las sombras.

Hay gente que mira sin mirar, que oye sin oír, y piensa sin sentir. Y hay otros que están vivos porque por obviedad biológica respiran.

Hay gente a quien estar bien ocupada le encanta pero porque eso es importante. Hay gente que procura ocuparse para no escucharse ni mirarse.

Hay padres que dicen ser padres porque esperaron nueve meses y trajeron su hijo al mundo, pero se olvidan de ser padres siendo amor y entrega hasta que no haya más por dar y queden mudos.

Hay gente que gobierna sin liderar y que milita sin pasión. Y hay algunos que aman el dinero y el poder más que a sí mismos, y si lo pierden se ahogan en la desdicha y el vacío.

Hay gente que pulula por las calles cual robots, con la espalda encorvada por el peso de la mediocridad y la monotonía. Y dicen los sabios que éstas pesan, sobre todo en la adultez y hasta el final de nuestros días.

Hay gente que mira desde una siniestra altura a quienes poco tienen, y solo en diarios, revistas y por casualidad escucharon lo que es el hambre, la indigencia y la desdicha.

Hay gente que no mueve un músculo de su cuerpo por saberse diferente, porque en masa y con sus éxitos se sienten suficientes.

Hay gente que hiere sin perdón, sin escrúpulos y con alevosía. Están llenos de dolor y escupen al cielo lo que luego él les devuelve, pero se quejan en tu cara de tanta desgracia y de las pérdidas recurrentes.

Hay gente que solo habla de enfermedades, de malas rachas y problemas, y que no se dan por enterados de sus causas ni por su responsabilidad se toman la molestia.

Hay gente que goza de poca empatía, y viviendo en mundos inventados encuentran la comodidad donde aplauden sus glorias, sus ganancias y alegrías.

Hay gente que manipula, que miente con descaro pero que dibujan y fingen su día a día.

Hay gente muy culta que no lee ni las etiquetas de la mercadería, y gente muy pero muy inteligente sin sabiduría.

Hay gente diplomada que se saben dignos de un lugar extravagante y elegido para mostrar un cuadro y alguna membrecía.

Hay gente emocionalmente analfabeta, que se viste con disfraces para no darse a conocer, porque estudiar ese alfabeto duele demasiado y eso pertenece al fuero de valientes, no al de la cobardía.

Pero déjeme contarle, desde las cortas experiencias vividas, que también hay gente que sí sabe de la escucha activa y que miran a los ojos cuando hablan y reciben para saber qué es lo que nos pasa, que respiran porque sienten el aire que inhalan, y que desconecta su celular, su televisor o su tableta para tener una charla profunda donde las lágrimas y las risas sean compartidas.

Déjeme contarle que hay gente que nos dice “te extraño, te quiero ver”, y mueven no solo su cuerpo sino también el alma para hacer que esto suceda.

Permítame decirle con certeza, que hay gente que confía, que sonríe al mojar bajo la lluvia su traje y no le importa andar tan despeinada por la vida.

También hay gente que vive con el corazón roto cada tanto, porque prefiere tirarse a una pileta con confianza y no vivir con cobardía.

Permítame contarle que hay gente que en vez de tenerle miedo a la soledad la desafían. Que en vez de estar fingiendo la grata y fácil compañía se enfrentan con sus sombras, se miran a un espejo, se escupen las verdades y toman decisiones saliendo al mundo con hombría, dejando espacios para encontrar un amor que los acompañe a expandirse, a elevarse, a sanar, que los sublime y enriquezca para ser auténticos con osadía.

Hay gente que se sabe humilde y reconoce sus sombras, saca sus miserias para pedir ayuda y desempolva la alfombra para crecer en su autoestima.

Déjeme contarle que también hay gente que se ha puesto de acuerdo en su pensar, sentir, decir y hacer, y que cuando actúan de esta forma dejan de estar ocupados en estar ocupados, y se liberan de sus propios vicios para ver lo que miran, para escuchar lo que oyen y para sentir lo que imaginan.

Permítame hacerle saber que hay muchos padres que antes de serlo lo decidieron con amor y sabiduría, eligiendo con su entrega la más noble tarea en esta vida, para dar lo mejor de sí mismos a sus crías.

Me tomo el atrevimiento de contarle que hay gente que gobierna desde la pasión con la intención de aportar algo a un mundo mejor, de dar lo que tienen para dar, desde los ideales de honestidad, equidad y justicia, pero que se encuentran acobardados por el entorno y por las fieras que menciono arriba. Existe gente que decide luchar por sus sueños e ideales, y que son líderes con entereza y de verdad, no de mentira. Para ellos el poder está al servicio, y no necesitan dinero que no vuelva como fruto del esfuerzo y de la valentía.

También le cuento que hay gente que la mediocridad detesta, y que a pesar de sentir el peso de la rutina la intentan desafiar a diario, modificando algo pequeño desde el lugar que ocupan, en el trabajo, en la ciudad y en su familia.

Déjeme decirle que hay gente que vivió o que vive el hambre en carne propia, o que viajó a lugares impensados para acompañar en la desgracia y sentir extrema empatía. Luego eligieron hacer mucho con ello a favor de aquellos que tanto desconocían.

Permítame contarle que hay gente que la discriminación desprecia, que rechaza la mirada desde arriba y la impotencia de observar desigualdad y que los que más tienen, todavía se rían.

Ya le cuento yo que hay mucha gente haciendo cosas grandes, elevadas y con personal desinterés por muchos otros que nacieron “desnudos” y en la nada. Y que mientras usted y yo estamos “en este mundo nuestro”, hay otros tantos que salen del suyo para ver qué hay más allá de su manada.

Déjeme proclamar a viva voz que hay gente que se asume diferente o que busca diferenciarse de las masas, porque así se saben vivos y consiguen perseguir sus sueños por mirar la vida con locura y no con tanta sensatez, y ese trastorno obsesivo y compulsivo de la perfección que anula toda posibilidad de dicha.

Permítame explicarle que existe gente que no habla de enfermedades ni de desgracias, que se alegran con los éxitos ajenos, que se expanden por hablar en positivo y que pueden disfrutar con las penas compartidas.

Y así le cuento que también hay gente que mientras aplaude sus glorias, logros y alegrías se abre al mundo a compartirlas para que quienes no lo han conseguido se contagien, y sientan que todo es más posible que suceda con el ejemplo de quien ya se ha transformado.  Es esta gente la que no se encierra en su éxito ni presume, sino que lo redirige en su entorno para expandirse y estar segura que de esa forma ayuda.

Permítame contarle que hay gente muy sincera, muy honesta y atrevida, que se animan a cantar verdades y a mostrarse tal cual son, sin escondites ni mentiras.

Déjeme decirle que hay gente que estudiar nunca ha podido, que no tiene un diploma colgando en su escritorio y sin embargo es digna de admirable sabiduría. Más nos vale escucharlos y tomar de ellos su maestría, que buscar trajes y corbatas con galardones y conservadoras historias de vida.

Déjeme ir cerrando el tema, contándole que hay gente que se ocupa en aprender, en conocer, y en curiosear ese abecedario, y así con mucho esfuerzo logra ser dueña y ama de su vida. Y con noble atrevimiento, esta gente vuela los disfraces a las bolsas de basura, desafiando sin armas la batalla que supone ser auténtico en un mundo como el nuestro, y pasándose del bando de cobardes al fuero de la valentía.

Y permítame decirle, por último, que este mundo es un pañuelo, donde nos encontramos todos y somos todos a la vez. Un lugar grande y pequeño al mismo tiempo, donde las mayores miserias se develan en las miradas, y las mejores virtudes también. Permítame confesarle que creo en mi consciencia que nadie es tan bueno ni tan malo. Que nadie está tan enfermo ni tan sano. Que nadie quiere lo peor para su prójimo, ni lo mejor si no se es merecedor, según las gafas con que se observe la vida.

Permítame contarle, que aunque este mundo esté lleno de injusticias, de mierda y porquería, también hay mucho chocolate, gente noble, un buen vino, justicia, esperanza y alegrías.

– Poli Impelli –