El diario de Laura

Miércoles, 18 de Diciembre.

No lo vi venir, no me pude mirar…

Se fue de casa anoche; después de 15 años, dormí sola, acurrucada a mi almohada. La de él quedó en el mismo lugar, intacta. Tenía que mirar la sábana vacía hasta que el balanceo del llanto me dejara caer fundida. Creí que ya había llorado suficiente. Lloré al escuchar sus pasos alejarse por el camino de la entrada que construimos antes de que naciera Julián. Me desperté esta mañana con la cara enrojecida, desconocida, apenas pude abrir mis ojos… hinchados; me costó reconocerme. ¿Soy yo?

Preparé un café y aguanté el llanto un rato, hasta que Valentina y Julián salieron en el transporte hacia el colegio. Llamé a Rodríguez y con voz de velorio, entierro y purgatorio le dije: «No puedo ir a la oficina. Javier se fue de casa». Supongo que entendió mi balbuceo porque escuché un «lo siento». Me quedé muda, ya tenía otra caja de pañuelos descartables en el sofá, creo que me sintió moquear. «Laura, ¿necesitás algo?» ¿ALGO? Una explicación, hubiera querido gritarle, pero Rodríguez es tan parecido a Javier (o Javier a Rodríguez) que intenté separar los caminos. No me salió muy bien. Suspiré profundamente. «Un abrazo», dije, y dejé a mi jefe mudo por primera vez en ocho años. Lo logré. No quiero imaginar su cara de póker, ya sentado en ese escritorio rancio esperando a su mano derecha (o sea, yo) con esa frialdad con que se perfuma las células a diario, escuchando mi respuesta. Pobre Rodríquez… ¡Pobre yo, maldita sea!

Corté. Y lloré el doble que ayer, que anoche, que al abrir los ojos hoy y que ahora mismo. Sentí vergüenza, propia y ajena. ¿Cómo no me di cuenta? Este pueblo de mierda… Vivo en una nube de pedo, como me dice a veces Naiara.

Valentina me preguntó si estaba resfriada o me había picado una abeja. Le dije que tenía conjuntivitis. Claramente, no me parezco a su padre: no sé mentir. «¿Qué es conjuntivitis, mamá?». Es una enfermedad pasajera en los ojos, que explota cuando hay algo que no querés ver; en este caso, al pelotudo de padre que elegí para tu tierna e inocente vida. No, por supuesto que respiré y lancé una mentira a mi hija, y ahora me pregunto si esto será rutina, hasta cuándo tendré que dibujar la realidad para ellos… si esto recién comienza. Están acostumbrados a levantarse sin ver a su padre, porque Javier arranca a las seis de la mañana para llegar a tiempo a la fábrica. ¿Y esta noche? ¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Y el resto de sus vidas? ¿Y la mía, MI vida?

Nueve horas han pasado y todavía tengo lágrimas. ¿No se acaban? Por favor… ¿qué hice estos quince años con mi perra vida? No quiero mirar hacia atrás, no quiero. Pero lo imagino con ella y me es inevitable. ¿Adónde estaba yo? En la oficina. Cambiando pañales. Haciendo tareas, forrando cuadernos. Limpiando la casa, arreglando el jardín. Planchando uniformes, y sus camisas. Vamos, Laura, pensá. ¿Qué más? ¿De qué te perdiste, así le encontrás explicación a este dolor? Qué feo se siente… Javier no es tan imbécil; supo siempre que yo me daría cuenta. ¿Por qué no me ahorró tiempo? Habla tanto como el denso de Rodríguez, pero cuando tiene que hablar, calla. Y lo peor es que no tengo con quién compararlo…¡quince años a su lado! ¿Cómo serán otros? Solo puedo verlo a él, y su cara de ayer… Yo tendré la cara y el andar que me ayudan, pero me subestimó demasiado. Este pueblo es peor que Rayén; no se te puede escapar un pedo en el norte porque lo huelen en el sur. ¿Acaso no sabía que me iba a enterar? ¿Qué hago con los nenes, sola? ¿Sola? SO-LA. La re puta madre. Yo no sé estar sola, no puedo, no voy a poder con todo, no puedo sin Javier…

 

Jueves, 19 de Diciembre

Escribo para no matar a nadie. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o… Rodríguez me dice que me quede en casa. No pruebo bocado, ya vinieron Carmen y Gustavo, y mamá me llamó ayer al mediodía. Voy a tener que hablar, voy a tener que decirle la verdad y eso me denigra. Me enfurece. Me siento perdida, sola, sin rumbo. El castillo entero se me desarmó por una mal parida. O porque él… o quizás yo… Según Naiara, algún día voy a poder completar mis oraciones, mis ideas. Lloro. Estoy HARTA de llorar. Y tengo hambre. Hambre de saber, hambre de conocerla y mirarme en un espejo. Hambre de verdades, hambre de milanesas con papas fritas; las de mi mamá, las que preparaba cuando yo llegaba del colegio. Pero solo puedo oler sus comidas cuando escucho su voz en el teléfono. Tiene que saber, aunque yo de acá no me muevo. No puedo. Todavía tengo que llorar un poco más aunque no quiera, todavía tengo que volver a la oficina y soportar a Rodríguez, y las preguntas de mis hijos, y la ausencia en nuestra casa y también encontrármelo con ella. Quisiera desaparecer, o tener el tiempo suficiente para tirarme en una cama durante días, meses, ¿años? Sin cocina, sin tareas, sin cuentos por las noches, sin preguntas ni respuestas, sin mentiras… Anoche durmieron con Carmen, hoy ya tengo que traerlos a casa. Y sí, me tocará tragarme este insoportable llanto.

Quiero creer que todo esto una broma, que volverá a entrar por esta misma puerta como cada día, que le prepararé la mejor comida, que vendrá a buscar a nuestros hijos con sonrisas. Sueño. Sueño despierta porque si dejo de soñar, me muero. El dolor me aprieta el estómago, me tambaleo por la casa como un zombi, y Carmen llama cada una hora para repetirme que tengo que comer.

¡No quiero comer! Yo solo quiero a mi familia…

Laura

 

-Poli Impelli-

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18 comentarios en “El diario de Laura

  1. No es lo mismo dejar que ser dejado. El que se queda aún no tiene expectativas, ni deseos, ni sueños. El que se va ya lleva tiempo construyéndolos. Quiero pensar que es doloroso en ambas partes, pero no comparable.
    Pocket te sales 💋💋💋❤️❤️❤️

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  2. Pingback: El diario de Laura – Poli Impelli

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