De cervezas y mochilas

          En el jardín de la casa de Ana Laura nos dieron las diez de la noche. Era una intensa noche de verano cuando cansadas de mates aunque no de risas pedimos unas pizzas y cervezas, y nos sentamos alrededor de una amplia mesa bajo las estrellas.

             Uno nunca sabe si es el destino que guiña un ojo invisible o es el efecto del alcohol sin comida previa en el estómago, ya que las pizzas tardaron más de lo habitual.

            —Tendríamos que viajar —dijo Ana Laura, acomodándose de costado en una silla playera sobre el césped.

            —¿Adónde? —preguntó María.

            —Adonde sea —respondió Claudia levantando su vaso de cerveza.

           Brindamos por un viaje inexistente, riéndonos por reír, pero Ana Laura se levantó, apoyó su vaso en la mesa y desapareció hacia el interior de la casa de su madre. Éramos muy jóvenes, lo suficiente como para estar todavía rindiendo exámenes de universidad en carreras diferentes y disfrutando de la soltería, sin hijos. Bendita juventud que nos permite soñar y hacer realidad los sueños en fracciones de minutos, sin “peros” reales ni inventados, sin  miedos ni vergüenzas.

           Ana Laura apareció de nuevo desde el pasillo sonriendo y casi a carcajadas consigo misma. En sus manos traía un pliego de papel plastificado enorme y de colores.

        —A ver… —dijo, y movió botellas de cerveza abriendo el pliego que tenía estampado el mapamundi.

          —¿Ya estás en pedo? —dijo Verónica pegando un salto hacia la mesa.

          —Puede ser, pero no me digas que no es buena idea.

          María, Claudia y yo nos miramos, conteniendo asombro y sonrisas.

       —Bueno, yo propongo el Caribe —dijo Vero, ya bastante mareada, apoyando su dedito más cerca de Canadá que de Aruba. Indudablemente, la tercera botella de una Quilmes con la panza vacía estaba haciendo su efecto.

            Ana Laura largó una carcajada y nos miró:

—¿Ustedes no piensan venir?

          Pegamos un salto y nos abalanzamos sobre el mapa. Aunque no estábamos jugando al TEG, íbamos poniendo dedos arriba del mapa como si el mundo fuera nuestro; jamás pensamos que en realidad podía serlo.

          —Yo siempre quise conocer Europa —dijo Claudia y me miró, tal vez esperando que yo la bajara a tierra o por el contrario, le apoyara su moción. Pero se me adelantó María:

           —¿Tan lejos? ¿Ustedes hablan en serio?

           Nos miramos todas buscando sensatez en alguna, pero no la encontramos.

          El tipo del delivery tocó el timbre y fui yo a recibir las pizzas. Cuando llegué cargada al patio, ellas habían hecho lugar en la mesa, pero el mapa seguía allí abierto a un costado del mantel.

       —Poli, ¿a vos te pinta ir a Europa? —me preguntó Ana Laura. Yo me casaba en menos de un año; todo mi trabajo, mis ingresos, ya tenían un destino.

     —¿Cómo no me va a pintar? —dije—. Más vale que sí, pero ¿cómo vamos a pagar semejante viaje?

       María se encogió de hombros. Ninguna de ellas estaba en plan casamiento ni siquiera en sueños; estaba claro que no podía cagarles yo el delirio de una noche de verano, aunque fuera solo eso.

            —A ver, pongamos orden. Primero, comamos —dijo Claudia.

            Se nos fue una hora riendo y comiendo. Creí que olvidaríamos el tema, que había salido a flote con una idea al viento de Ana Laura, como quien dice: «yo debería ser presidente de esta nación». Aunque no lo parezca, no cualquiera puede. De la misma forma, nosotras no podíamos. Sin embargo, entre mordiscos y tragos, comenzamos a pensar en fechas, ya que todas estábamos con exámenes diferentes; lo que menos nos sobraba era tiempo. Ni dinero.

            En aquel entonces, San Google no era parte de la mesa; no existían los teléfonos móviles e Internet solo comenzaba a utilizarse para el correo electrónico frente a un armatoste hogareño. Nuestro conocimiento era consecuencia de los libros en papel, el mapa sobre la mesa era la ruta de los sueños. Era como una búsqueda del tesoro, en donde teníamos que hacer flechas inventando rutas, ganando espacios e imaginando los mejores caminos posibles.

            En esos tiempos, todo era cuestión de creatividad y sentido común; no teníamos datos concretos en una pantalla, y para saber algún precio había que asentar el traste con paciencia en una agencia de viajes. No había pantallas cotilleando viajes y experiencias ajenas, consejos ni tips para mochileros. Dada la circunstancia de estudiantes casi recibidas con trabajos iniciales y sin un peso de sobra, la idea era descabellada, pero Ana Laura era la mayor y sí se había recibido. Y llevaba casi cuatro botellas de cerveza encima. Se lo tomó en serio.

            Menos mal que siempre tenemos un amigo que nos descoloca de la rutina y que nos sopapea para soñar de a ratos… Lo más significativo es que han pasado 19 años  desde aquel viaje inolvidable (porque jamás hay dos iguales, ni volviendo a los mismos lugares) y las cinco seguimos soñando como aquella noche, mirando mapas y aventurándonos a vivir y a un ¿por qué no?

            Creo que inconscientemente ese viaje nos despertó el marulo y el corazón, más allá de los destinos elegidos. No fue solo aprender a viajar con simpleza y con lo justo, sino a compartir la incertidumbre que supone ser mujer con una mochila al hombro y no saber dónde pisarás mañana. Éramos cinco sin San Google, sin GPS, sin el euro ni una Europa unificada, sin cuentas bancarias abultadas y sin la sabiduría que solo te concede la experiencia de los años. Pero claro, no éramos las únicas. Así se vivía, así se sobrevivía y así se viajaba.

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            Llegamos a Londres seis meses después, con una pequeña mochila de mano cada una. Por suerte, una tenía un dentífrico y Ana Laura, su walkman. Ninguno de nuestros equipajes llegó con nosotras, ya que las cinco mochilas grandes habían quedado en Bruselas, donde jamás hicimos escala. Pasamos una noche y parte del día siguiente con lo puesto, hasta que en la tarde, un joven personal del aeropuerto nos trajo el equipaje al hotel donde nos estábamos hospedando. De todos los pasajeros que habían volado con nosotras ninguno había tenido problemas con su equipaje. Fuimos las únicas en esperar horas y hacer reclamos a varios números telefónicos en el aeropuerto de Heathrow. Así comenzó nuestra aventura durante un mes en Inglaterra, Francia, Suiza, Italia y España.

            Lo que primero fue trastorno se convirtió en costumbre: cambiar divisas de un país a otro era perder dinero, porque no teníamos forma de calcular cuánto gastaríamos en el próximo país. No podíamos averiguar precios ni saber con qué nos encontraríamos de antemano. De esta forma, íbamos permitiéndonos la incertidumbre (que hoy en día es casi un cuco y asusta), día a día, y de las libras pasamos a los francos, luego a los suizos, nos llenamos de liras para terminar con pesetas en los bolsillos. ¿Había acaso otra opción? Nada nos importó demasiado, salvo cuidarnos entre nosotras cuando quedábamos varadas en alguna estación de trenes perdida en las noches, donde solo el ruido de los motores lejanos cubrían las estrellas. Siempre hubo algún perro solitario o algún otro extranjero perdido como nosotras; era el juego de no saber en dónde estábamos ni hacia dónde iríamos al día siguiente. Vale aclarar que esto pasó en Italia más de una vez, en donde la gente tiene esa hermosa costumbre de dar indicaciones incorrectas, y de hablar a los gritos, claro. Recibimos muchos gritos y cada día fue un tanteo de caminos a seguir con intuición y buen atino. En el resto de los países que pisamos dejamos un poco más de carcajadas, encuentros y anécdotas imborrables. El terror de París en las noches y la luz de esa ciudad que jamás pierde su singularidad y su encanto. Hacer picnics en operativo «modo argento» en los jardines de una Universidad en Oxford, colarte sin vergüenza en Teatro de William como si estuvieras en la Bombonera y, una vez dentro, sentir que todo es un gran cuento y que Much ado about nothing y sus actores sí pueden ser reales. Recuerdo esas lágrimas de emoción resbalar por nuestras mejillas, y mirar al resto de la audiencia: jóvenes de colegios ingleses y adultos embelesados en las gradas superiores. Recuerdo al grupo de argentinos e italianos con quienes recorrimos el Ponte Vecchio en Florencia, y el calor asfixiante en las calles de Roma, que nos obligó a buscar paraderos con aire acondicionado con la excusa de no morir tan jóvenes. Recuerdo el día entero en el castillo de Versailles, y cómo nos recibieron con una dramatización de Luis XIV y su gran corte. Recuerdo Lucerna y su lago, cuando el cansancio nos superó en un barco y las cinco quedamos dormidas en la proa; los turistas tuvieron que surfear por encima de nosotras para tomar fotografías y filmar paisajes de ensueño. «Esto es igual a nuestra Patagonia», dijo Ana Laura, y apoyó la cabeza en el hombro de Claudia. Fuimos cayendo de a una, de hombro en hombro, intentando mantener los ojos abiertos, pero llevábamos dos días sin dormir. Pasé por Lucerna 17 años después, conduciendo una caravana con mi amiga-hermana, y al pasar por ese lago a mi derecha aminoré la marcha y no pude más que sonreír con complicidad ante el recuerdo.

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            Imposible olvidar la final del mundial en Francia, donde llegamos justo para festejar con ellos el triunfo. Y bueno, para qué negarlo: felices porque Brasil no había podido, y también nos tocó ver sus caras de amargura en el aeropuerto de San Pablo. «Total, igual nos vamos al infierno», dijo María, jurando que aprendería algo de francés nada más que para solidarizarse con ese mundial de fútbol.

             En un mes de vida pasan muchas cosas, creo que aun más cuando se es joven y se viaja a lugares desconocidos con amigos. A mí me quedó como recuerdo lo que luego me marcó camino, y elegir Barcelona como destino final fue nuestra frutilla al postre. Todavía nos quedaba tiempo, pero en la segunda tarde de playa, recuerdo que dije en voz alta: «Ahora, ¿hacia dónde seguimos?». Ellas preparaban el mate, yo miraba el mar sin mirarlas. «No sé ustedes, pero yo de acá no me muevo», agregué ante el silencio. Apenas lo dije me arrepentí; era obvio que no me iba a quedar sola, los destinos los elegíamos a consenso, pero como un eco mío fueron coincidiendo. «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». Y así pasamos casi nueve días entre ramblas, museos, arena, piedras, mercadillos, huellas de Gaudí y algún que otro susto y sorpresa. Llegó el momento de volver a casa, de cruzar el gran charco y seguir rindiendo exámenes, de recibir diplomas, de trabajar, de casarnos, de tener hijos algunas, de envolver este otro lado de la vida en un imborrable recuerdo.

 

              Con los años fui pasando por muchos de estos lugares en donde recordar ese viaje con ellas me confirmó que cualquier delirio o sueño, si es con amigos, se engrandece con el antes y el después. Porque yo siendo adulta pude sola, pero en ese entonces, sin ellas, sin esas cervezas, ese mapa y la ilusión de las demás, me hubiera perdido el después, aquello que modificó mi vida para siempre. Y somos tantos los que hemos vivido experiencias similares, que me parece un lujo estar entre ese montón de gente que puede mirar atrás y decir: «Gracias a ese viaje…», «gracias a esa experiencia…», «gracias a que viví lo que viví, hoy puedo…».

            El hoy puedo o me merezco es lo que diferencian un par de buenos recuerdos a que esos recuerdos nos hayan modificado el camino de nuestra existencia. Viajar podemos viajar muchos; no hace falta cruzar océanos para salir de la zona de confort. Hay mucho allí no más, a la vuelta de esa esquina que jamás te animas a mirar. Pero cuando aparte de fotos, videos, risas y anécdotas traes algo escondido que late adentro esperando salir, tu salida y el fin de ese viaje pueden ser el comienzo de algo desconocido, esperando que tan solo le des forma.

            Miro hacia atrás y me veo. LAS veo. Creo que las cinco, cada una a su manera y con nuestras obvias y sanas diferencias, esa noche en el patio de Ana Laura modificamos  elecciones, rumbos, decisiones, apertura y el presente que hoy tenemos.

            Es un placer haber coincidido en esta vida. Se hace camino al andar, y acá seguimos las cinco: andando.

 

24 de mayo de 2017. Mendoza, Argentina.

Hoy es viernes 1 de diciembre de 2017. Londres, Inglaterra. (NO es casualidad).

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1998. Gracias por leerme/nos.

 

-Poli Impelli-

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21 comentarios en “De cervezas y mochilas

  1. Que maravilla de texto y de experiencia, es lógico que os haya marcado, fuisteis valientes y decididas aunque al comienzo de la historia la cerveza os impulsara jajaja. Estas experiencias son las que marcan, las que delimitan un antes y un después, las que uno no sabe que hubiera sido de él, si no se hubiera decidido a salir de la zona de confort y dar el salto y en vuestro caso lo hicisteis y en la mejor compañía posible. Veo que vives en Londres, para mi Gran Bretaña es especial. Fui de jovencito a aprender inglés quince días y me quedé en una granja del suroeste tres meses para disgusto de mi madre. Y regresé de nuevo y hasta me enamoré de una inglesa, cosas de la edad supongo. Y como describes en tu texto, cuando regreso, me invade un manto de nostalgia con una sonrisa similar a la que tú y tus amigas mostráis en esas fotos tan entrañables. Me ha encantado tu historia y me ha removido buenos recuerdos. Gracias por ello. Un abrazo.

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    • Gracias, Carlos, por tomarte el tiempo y dejar tu cálido comentario.
      Coincido en que las experiencias de juventud luego nos marcan un camino, a veces se ve claramente, otras es cuasi “subliminal”, jaja.
      No sé qué tiene esta tierra, la belleza está a la vista, pero algo más esconde, y atrae hasta que se pueda exprimir por completo. Yo me iré de aquí pero siempre sentiré esa nostalgia que deja lo bien vivido. ;-).
      Gracias a vos por pasar, muy buenos recuerdos los tuyos! Abrazo de vuelta.

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    • Gracias, querida Luna. Así es. Hoy todas vivimos “afuera” y hemos viajado a destinos tan distintos como desiguales. La que organizó el viaje es la única que quedó en nuestra ciudad, pero carga a su familia y viaja año tras año. Y si nos juntamos, saltan los recuerdos.
      Gracias por pasar y dejar tu comentario. ¡Abrazos!

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  2. Pingback: De mochilas y cervezas – Poli Impelli

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