Abrazo Infinito

Maldita vejiga

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Creo, estoy casi segura, que todavía era de noche. Me desperecé con los ojos aún cerrados, y con mi brazo izquierdo pegué en un cuerpo macizo. Al abrir los ojos me encontré con el ex novio de una amiga y me espanté. El tipo sonrió con algo de lo que yo considero malicia, pegué un salto y al querer bajar de la cama mis cuerdas vocales gritaron. El suelo era un colchón negro y rojo de patas peludas. Adonde mirara me miraban. Se movían con lentitud, pisándose entre ellas, subiendo por encima de sus cuerpos. No había espacio libre y a pesar de mi horror —¿dónde estaba?—, miré el techo y alcancé con mis brazos el cable largo de una lámpara antigua. Me zarandeé para tomar envión y alguien me ayudó, porque sentí el empuje en mi culo con fuerza. ¿El mismo hombre que había despertado conmigo en esa cama?

Caí de un golpe sobre un manto de arena fina y blanca que conozco. No me pareció extraño, y al levantar la vista me encontré con Mariana sonriendo. «Siempre llegás tarde, boluda», dijo tomándose el pelo con gracia hacia atrás. «¿Por qué estás desnuda?», me preguntó en una carcajada. La sensación de querer esconderme y no tener donde, mi risa nerviosa sin poder dar una explicación coherente y la única solución disponible: correr hacia el mar. No tengo idea cómo lucí corriendo… prefiero deshacerme del recuerdo, por una cuestión de salud emocional.

Cuando giré para mirar hacia la costa, la playa explotaba de gente. Era pleno verano; toda una muchedumbre parada de espaldas al paseo y mirando hacia el agua. Tengo muy claro que no soy la Coca Sarli, así que con espanto dirigí mi vista hacia atrás, hacia donde quise creer que todos miraban; algo estaba pasando.

El barco pirata asomaba su proa dando la vuelta por el castillo medieval, lento y silencioso, y a esa distancia podíamos divisar a su capitán (¿capitán?), vestido como un dandi; no tuve el placer de conocer a Sir Francis Drake, mucho menos a Henry Morgan —soy más jovencita—, pero este hombre no tenía pinta de pirata.

Cuando se acercó a unos metros de mi cuerpo gritó: «¿Quién quiere venir conmigo de paseo?»; le sonreí y me sonrió. «¿Qué carajo hacés acá?», me gritó con esa poca sutil delicadeza, asombro y desconcierto que yo ya conocía. Frunció su frente con intriga. «Había arañas», fue toda mi respuesta.

Parpadeé varias veces y me encontré con él entre redes, aroma a pescado y detrás una extensa barra repleta de botellas de cervezas, de todos los colores y tamaños posibles. No había otra bebida, sólo birras. No sé de dónde salió mi vestido blanco, pero recuerdo que me rozaba levemente las piernas y la seda me erizaba la piel.

El oleaje y la inmensidad del mar me parecieron perfectos, y el reflejo del sol provocaba ardor en las miradas. Yo reía alegre y tranquila junto a otras personas que por lo visto también habían decidido ir de paseo con el capitán. Allí estaba mi profesora de matemáticas de tercer año, mi seño de primer grado, Carolina, Claudia y Bianca (¿qué hacía Bianca allí sin su madre?). También vi a Verónica tapada hasta la cabeza, y entendí que como vive en Canadá para ella es natural andar así por la vida; no me pareció extraño, aunque el resto estuviéramos casi en pelotas. También pude ver a Ale, una ex compi mía del colegio, que reía a carcajadas con Andrea y con Mariana. Con el ADN que la caracteriza, Mariana se las había ingeniado para subir, pues la última vez que la había visto estaba de pie sobre la arena, mirando el barco y mi cuerpo desnudo desde lejos.

El supuesto capitán apareció con una espada en una mano y una mujer en la otra. La chica, pálida y sin gracia, con una mota de rulos desalineados sobre su cabeza, nos miraba sin expresión alguna. Parecía más su empleada que una compañera de aventuras. No le soltó la mano al tipo, e hizo una mueca de temor cuando su chico levantó la espada. «¿Qué hacés?», le pregunté, cortando el viento que rompía las velas negras y blancas. «Ya llegamos», me dijo. Mis ojos sólo veían agua; nosotros y el mar, la nada. Levantó levemente su espada hacia un costado y la seguí con mi mirada: me encontré con una isla entre brumas y contornos oscuros que parecía estar esperándonos, adormecida. Rocas negras, exorbitantes acantilados y arriba en sus peñascos una casa impecablemente blanca y moderna. «Ah, la conozco», susurré. «¡Es la casa de los Diez Negritos!». Sonreí con ansiedad y levanté mi voz: «Les aviso que nos van a matar a todos y de a uno. Nada de asesinatos en masa.» El capitán me miró enfurecido y resopló apuntándome con la espada: «Ahí está, la maestra ciruela, que sabe todo y no sabe nada. ¿Quién mierda te dijo algo así?» Conocía de sobra ese maltrato, y la chica insulsa a su lado sonrió con un gesto que a mi parecer rebosaba displicencia. «Leo», respondí yo, «y Agatha Christie no se equivoca». La chica lo miró de costado, esperando reacción, pero el capitán mordió sus labios y bajó su espada clavando la punta en la cubierta del barco. El resto seguía tomando cervezas y riendo, nadie prestó atención y parecían no haber oído; ni al capitán ni a mí.

Comenzamos a bajar por una escalerita de cuerdas, un joven señor nos iba recibiendo con gestos de amabilidad en su rostro y en su porte, tendiéndonos su mano desde una roca oscura. Recuerdo que estaba vestido con una camiseta polo verde y unos bermudas color caqui con grandes bolsillos delanteros. Lo reconocí cuando me tocó saltar a mí; resbalé y caí encima de él. «Poli, siempre tan delicada…», dijo, y sonrió con ternura. Era mi ex marido, pero tampoco me sorprendió. Más nerviosa me ponía el capitán, que apuraba a todos con el rostro agrio, con su espada amenazante en la mano derecha y dando indicaciones a la damisela que tenía a su lado: «subí la cuerda, querida»; «no pises ese costado, ahora no»; «deberías quedarte a mi lado, amor mío»; «cuando yo te diga, te movés, bonita mía». Por el rabillo del ojo observé la sumisión de la mujer; recuerdo sentir un asco monumental, al punto que Mariana se dio cuenta y su voz llegó a mi oído: «no vomites». El resto bajaba riendo a carcajadas con las botellas en mano. Verónica decía en voz alta: «tengo frío, tengo frío». Mi ex me guiñó un ojo y me hizo señas para que subiera por la escalera negra hacia la terraza iluminada de sol y pulcritud que se elevaba por encima de nosotros en forma majestuosa. Lo miré con miedo y pareció comprender; identifiqué su gesto como advertencia y entendí de inmediato. Me acuerdo que en ese momento pensé: menos mal que leo. Allí nos iban a matar, como en la canción de cuna, uno a uno, porque todos hemos cometido algún pecado, algún crimen que intentamos esconder hasta que alguien —o la vida— nos descubre.

Allí parada en un escalón, con el sol pegándome en la espalda y el arrullo del oleaje enfurecido contra las rocas, recordé cuando ayudé a Mariana a copiar unos “pocos datos” que nos faltaban para terminar un examen de Biología. La cara de Mirta, nuestra profesora en aquel entonces, apareció por la ventana contigua a la terraza con medio cuerpo afuera desde su cintura hasta su rostro, y me saludó con simpatía levantando una mano. Simulé una mueca de alegría y le respondí pretendiendo un saludo, mientras un fuerte temblor invadía mis piernas. Sentí un tirón en el pelo, empujándome hacia abajo; era Mariana, que ya estaba escapando e intentaba ayudarme.

No tengo idea cómo huyó Mariana ni adónde, porque yo aparecí sola, absolutamente sola, en el barrio donde crecí en mi infancia. Caminaba hacia mi casa y me daba vuelta con temor a encontrarme con el pirata capitán; no quería. El viento repentino me levantaba el vestido blanco y yo apretaba mis manos contra mis piernas. (Recuerdo mi pensamiento: Marilyn Monroe, y que yo de ella no tengo ni las uñas de los pies). Miré hacia adelante, andando contra el viento, y vi a mi tía salir por la puerta principal a recibirme; ella jamás había vivido en esa ciudad. Fruncí el ceño. ¿No había muerto hacía años? «¡Viniste! ¿Cómo estuvo el viaje?», dijo sonriendo. «¡Tía!», y corrí a abrazarla, tan fuerte que sentí su cuerpo estremecerse y más su alma. «Había arañas, muchas arañas», dije. Ella rió, alegre, sana, mejor que en el recuerdo que yo tenía de ella la última vez que la había visto. Detrás apareció mi primo con un mate en la mano, y junto a él otro hombre que me miró con brillo en los ojos, con una felicidad que me dio calma. Supongo que fue el agua del mate, que cayó en mi vestido y pegué un grito; sentí mi vientre hirviendo. El amigo de mi primo (o eso parecía ser), se adelantó y posó una mano sobre mi vestido mojado, me miró casi pidiendo permiso pero no titubeó. Sentí su mano cálida, firme y masculina y por debajo el calor que me había quemado. Me recuerdo llorando, y secándome las lágrimas con mi antebrazo, mientras él me sostenía con compasión y calma —como si la quemadura hubiese sido algo grave—, hasta que el dolor aminoró. La sensación de ardor repentino se convirtió en una especie de anestesia permanente. «¡Gracias!», dije. Y él retiró su mano, me acarició la mejilla con dos dedos, volvió a sonreír y desapareció de mi vista. No sé por dónde, pero cuando él giró yo me limpié una última lágrima que caía por mi barbilla y ahí lo reconocí. Era el padre de un hijo mío que nunca llegó a nacer.

Sin asombro ni sorpresa giré mi cuerpo para buscar a mi tía. Sin embargo, no volví a ver su rostro; en su lugar había una mujer tosca, que medía dos veces mi cuerpo y fumaba como una chimenea. Su cabellera me pareció un espanto, parecía la muñeca de mi infancia con la que hoy juega mi sobrino Clemente cuando viene de visita a lo de sus abuelos. La mujer me miró y arrugó su boca con una mueca de soberbia, y con una voz que trina y que yo bien conocía me dijo: «Ok. Let´s talk about Shakespeare. Why do you think Romeo and Juliet was the best love story ever?» Respiré y le devolví la mirada desafiante. Mi voz no temblaba: «Who the hell told you that I BELIEVE that play is the best love story?» Sentí que la adrenalina en mi cuerpo me había animado a responder. Jamás se enteraría que yo sí pienso, creo y sentencio que Romeo y Julieta es la mejor historia de amor de todos los tiempos, pero por lo visto estaba cansada de darle la razón a ese peregrino de Canterbury vestido de mujer. Antes de salir corriendo —esa era mi innata intención— le grité en castellano: «Yo también estoy escribiendo una historia como la de Shakespeare, pero bastante más estúpida, sin venenos y con el capitán de un barco pirata. ¿Lo entiende, Ms. Belmont?». La señora me escudriñó con fuego en sus ojos y dio una bocanada a su inmundo cigarrillo. El humo llegó a mis fosas nasales; por una extraña razón me resultó conocido, tosí y luego le sonreí. Sentí que triunfaba frente a ella, que necesitaba que viera algo más. La mujer largó el humo y me miró descolgando una sonrisa de costado; algo le había llamado la atención en mis palabras, ya no había maldad en su rostro. Giré y grité a mi tía: «¡Ya nos vamos a ver!». Su voz llegó desde lejos, como si estuviera en el patio o en alguna habitación: «¡Divertite, falta tiempo!». Y corriendo bajé por la calle Entre Ríos hasta llegar a Basavilbaso, donde Valeria me abría los brazos dando un salto de alegría: «¡Hija é puta! ¡Llegaste!».

Detrás de nosotras se erguía el Arco de Triunfo. Nos abrazamos apretándonos los huesos y al despegarnos las dos llorábamos. «Mirá, ¡mirá lo que hicieron!», me dijo, y al darme vuelta pude ver la orilla del mar, la playa bordeando el césped del Parque de la Ciudadela. Valeria era como un espejo: mi cara de asombro positivo la pude ver en su rostro. Con nostalgia le señalé el mar y dije: «Vale, amiga, ¡como en la época de Arnau! El mar llegaba hasta la catedral del mar…». Valeria sonrió con sus ojos húmedos y me volvió a abrazar. Con voz risueña me dijo al oído: «Pero… ¿por qué estás desnuda?»

Intenté darme la vuelta y seguir con la historia pero ya conozco mi cuerpo. No me quedó más opción que abrir los ojos, levantarme dormida y caminar como un zombi, puteando, hasta el baño. Hinchada como un michelin de tanto aguantar, la vejiga me explotaba. No sé si hay cosa que me ponga de más mal humor que tener que levantarme a mear orinar cuando estoy viviendo mi vida en sueños. Hay veces en que logro volver donde estaba, me fascina saber que puede ocurrir. Y ocurre. Otras veces, todo es negro y aparezco en alguna escena anterior, pero con otras personas, vestida (¡aleluya!) y avisando que ya había estado allí. Debe ser que bebo tanto líquido. Debería aminorar los litros diarios, porque soñar para mí es volver a ver, a sentir, a sorprenderme y a vivir… tanto e igual que cuando estoy despierta.

¡Maldita vejiga! Estaba a unos pocos pasos del mar y seguro Naty nos esperaba en la orilla. Tendré que volver a dormir… o volver a vivir, sin tantos líquidos.

-Poli Impelli-

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Autor: Poli Impelli

Palabras, voces, abrazos infinitos y yo...

53 pensamientos en “Maldita vejiga

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  2. Tremendo mi Poli, al final me sacaste la risa.
    Me impresiona como recuerdas bien paso a paso del sueño.
    A mi se me olvidan, hay sueños de los que no quiero despertar y cuando lo hago trato de acomodarme y nada.
    Te felicito por tu gran habilidad al describir cada detalle.

    Un abrazo grande para ti
    Me gustó leerte

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    • Yo también me reí, no creas que escribí seriamente este enchastre, Esperanza.
      No, no tengo tanta memoria, tal vez con los sueños un poco más, pero anoto todo. Y luego con el tiempo encuentro mis anotaciones (quizás años después) y vuelvo a recordar. Si ese sueño tiene mensajes, es hora de escribirlos dándole forma (y generalmente sucede).
      Gracias, por pasar, por comentar y por tus cálidas palabras. Siempre es un placer tenerte por aquí.
      Abrazo inmenso, feliz finde.

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  3. Casi me muero de risa con la mención a la Coca Sarli en medio de este relato… 😀

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  4. Yo no quiero soñar asi, por dios, que pesadilla. Abrazos y feliz martes.

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  5. Vertiginoso y Bello….Me encantó!!!!

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  6. Bravo, ¡me ha encantado! Jajaja qué maravillosa aventura combinando sueños, realidad, erotismo y humor. Me lo he pasado muy bien leyéndola y hasta he sentido envidia, hace mucho que no tengo un sueño tan emocionante. Un abrazo

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    • Gracias por leer y dejar tu comentario.
      Te doy una receta pequeña, tal vez te sirva. Cuando estés por dormir, pide ser “observador de tus sueños”. No te duermas sin pensar: “yo quiero saber; yo quiero verme; yo quiero ver lo que no he visto”. Te sorprenderás con las respuestas de tu mente; somos seres perfectos, el inconsciente hace caso. 😉
      Infinitas gracias. Va mi abrazo de vuelta.

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  7. Jajajajajaa me orine encima de la risa!
    Tan genial como turbio, me encantó!

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  8. Y entonces yo dije: estoy soñado al leer esto????……. y alguien que no era el capital del barco me respondió: “viste cuánto de realidad en este sueño de Poli?”. Respondí:es cierto! La mente en REM permite libertad, permite expresión , permite fiesta de sinceridad, deseo (de ese desde lo profundo)….y entonces mi querida Poli tu sueño me dice taaaanto!!!!!. Está muy claro !!!!!!!
    Animarse , solo animarse 😘😃

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    • Muchas gracias, querida Clau (quiero creer que sos “la Clau” que puede comprender mis sueños, jaja).
      Fue hace tanto tiempo, pero tomo notas. Y llega alguien más en otro sueño que te empuja, por alguna razón, a que digas en voz alta lo que esconden los sueños. Graciasssss!!!
      Abrazos de los míos. 😍❤

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  9. Me encanto!!!! Gracias por el hermoso paseo a la aventura de tu mundo! Reconocí a varios! Que bello sueño! Gracias por llevarnos cual peter pan al mundo de los sueños perdido

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    • Gracias, Vero!
      Creo que fue hace tres años, pero siendo escritora anoto todo. Llega un día en que otro sueño te recuerda cuánto has soñado, y alguien te susurra: “es hora de compartirlo” ;-).
      ¡Peter Pan! Amo a Peter Pan.
      Gracias por leer, pasar y comentar.
      Abrazos infinitos.

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  10. Me encantan tus sueños Poli!

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  11. Muy bueno. Has desarrollado el sueño muy bien, porque de alguna manera los sueños son algo así, una escena que luego cambia a otra, ocurren cosas sin mucho sentido, ocurren cosas sorprendentes, se entremezclan recuerdos, etc. Y me has hecho despertar de ello cuando tu vejiga ha dado la voz de alarma. Al menos piensa que no te orinaste encima, y pudiste ir al baño. Sí, a mi también me ha ocurrido, y es un fastidio, aunque también le encontré una ventaja y es que si tenía que madrugar me servía como de despertador. Por eso, toma más o menos líquidos, según sean tus necesidades, y espero que puedas llegar al punto que desees. Gracias por escribir algo expresado con tan buen humor. Por cierto, ¿realmente estabas desnuda o sólo era en el sueño?
    Un abrazo guapa.

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    • El día que comience a orinarme encima tendré que ahorrar para comprar pañales. Aquí cuestan una fortuna. 😉
      Sirve como despertador, eso es cierto, jaja.
      Gracias, Fran, por pasar, leer y dejar tu cálido comentario. Por cierto, en mi sueño parece que sí, pero yo no me veía, me lo hacían saber los demás. Es algo recurrente en muchos, y tiene un sentido relacionado al estado de vigilia 😉
      Muchas gracias. Va otro abrazo de vuelta para ti!

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  12. De un tiempo a esta parte vengo soñando poco.
    Será que paso el día entero soñando despierta y por la noche solo descanso.
    pd. algo repetitivo, jajaja, se me caen los dientes, y los voy escupiendo a puñados, jajaja

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  13. Joder que stress de sueño, me he tenido que tomar un relajante por que me he puesto de los nervios. 😉

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  14. ¡Vaya paseo onírico guapo! Me ha encantado. Lástima de vejiga.

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  15. Como jode despertar en medio de un sueño que estas disfrutando, pero la próstata es lo que tiene 😉

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