El diario de Jamie

Me llamo James Taylor, mi gente me dice Jamie desde que soy pequeño, desde el gran incendio. Supongo que Jamie me ha protegido del adulto que iba ser. Soy una especie de bicho raro en una ciudad que no duerme ni descansa, sobre todo de la delincuencia escondida que trae una urbe tan cosmopolita y llena de luz. Una paradoja, porque la verdad de los crímenes se esconde en las oscuridades más profundas.

Tengo un don extraño: puedo correr a velocidades imposibles para un ser humano común y corriente, puedo lanzarme o caer desde lugares altísimos como nuestros grandes rascacielos y tengo una visión biónica que me permite observar profundamente, y en cuestión de segundos saber qué esconde el cerebro de otra persona. Ando por la vida vestido de Jamie civil y nadie me reconoce como un hombre «especial», a excepción del Alcalde de Nueva York, que sabe dónde encontrarme para ayudarlos contra el crimen.

Hoy ya puedo sentirme vivo otra vez, incluso en la inmensa oscuridad.

Pertenezco a uno de los secretos mejores guardados de la Gran Manzana y de todo el país. El presidente actual (incluidos los anteriores desde mis 10 años en adelante) y el Pentágono conocen y aprueban mi existencia. Lo que no sabe ninguno, ni siquiera el Alcalde ni la Policía de Nueva York, es que tengo una mayúscula y arraigada fobia a la oscuridad.

Cuando era niño y mis padres vivían, la gente me consideraba algo especial por mi increíble visión y por ganar siempre en las carreras del colegio. Los maestros de los primeros grados decían a mis padres que yo era distinto, pero ni ellos ni yo hicimos gran eco de aquellas palabras. Más allá de esto, también sufría de dolores intensos en las articulaciones cuando iba creciendo, sobre todo en las noches, sin saber nosotros que aquello se estaba transformando en un don único y diferente al resto en mi entorno. Ni mis padres y ni mi hermana menor igualaron mi destino.

Papá y mamá murieron una noche de primavera en nuestra acogedora casa de Lake George, un espacio de encanto junto al lago que frecuentábamos durante nuestras vacaciones y que mi padre había heredado de mi amado abuelo Charlie. Tan cerca de la gran ciudad, ahí nos sentíamos a salvo del ruido y del estrés de la City.

Esa noche de primavera, mientras dormíamos, una gran tormenta azotó la zona, pero mi hermana y yo nos despertamos tosiendo por el humo del fuego que se propagó en pocas horas a través los bosques; había caído un rayo en el campo vecino. En la oscuridad pude ver cómo el fuego llegó a nuestra casa. Mis padres, que dormían en una habitación del segundo piso junto a un ático, nunca despertaron y murieron quemados delante de nuestros ojos.

Salvé a mi hermana gracias a mi velocidad, la arranqué de sus sábanas en pleno desastre, gritando a mis padres para que corrieran conmigo, y la arrastré en mi espalda sin saber en dónde terminaríamos. Esperamos afuera mientras escuchábamos la madera crujir, hasta que el fuego alcanzó el segundo piso. Mi hermana lloraba sin consuelo, yo todavía lloro cuando llegan las noches y oscurecen el cielo.

Esta imagen me persiguió durante años, y hoy en día mis mejores logros ocurren cuando puedo salvar a la gente de un incendio. Mi hermana, Ellen, pertenece a las fuerzas de seguridad de la Policía de Nueva York, por eso trabajamos juntos en la mayoría de los casos. Creo que su decisión de valentía para entrar en la Policía proviene también de nuestra vivencia siendo niños. Cuando intentamos hablar del tema, los dos sabemos cómo esquivarnos el uno al otro. Somos expertos en esconder y resolver a nuestra forma, ya no nos molestamos. Estamos al servicio de quienes necesitan nuestra ayuda.

Aquella noche fatídica, una familia de vecinos que logró sobrevivir a su propio tormento se hizo cargo de nosotros. Ellos son los únicos que conocen mi condición, y mi hermana, por supuesto.

Esa noche que logramos salir de allí, con esa imagen en nuestras cabezas y mi velocidad que dejó sorprendido a todo el entorno que se enteró de nuestra desgracia (porque no fuimos los únicos en la zona y salió en los medios impresos el día siguiente) me di cuenta que había algo especial en mí, que tenía algo que los demás no tenían. La pareja que nos adaptó fue quien confirmó mi salud y mi don. Guardamos el secreto como algo privado y único para beneficio de quienes pudieran necesitarnos.

La semana pasada tuve la desgracia y la fortuna de entrar en una zona de fuego. Eran las 10 de la noche y cuando el Alcalde se comunicó conmigo, deseé no estar vivo. No sabía si podría enfrentar la situación, pero no tuve más opciones. Antes, estos incidentes habían sido de día, ahora tocaba enfrentar la oscuridad. Con todos mis recuerdos y mis miedos de que mi don no pudiera ser de utilidad, me enfrenté a lo que más había temido y pedido que no me tocara: un gran incendio. Entrada la noche, en una casa de arquitectura victoriana en City Island, un matrimonio y dos niños pudieron sobrevivir gracias a mi presencia.

Cuando el secretario del Alcalde llamó, yo estaba hablando por el teléfono fijo con mi hermana y al ver su nombre en el móvil, le avisé de inmediato para que estuviera atenta. Una vez tomé los datos, me cambié de ropa a mis trapos oscuros cuando toca de noche, y mi hermana volvió a llamar pero al móvil. La puse al tanto en segundos y ella supo que no sería un hecho más.

—Matrimonio, dos niños varones, lado este City Island, incendio premeditado, bomberos en camino. Única zona afectada, Ellen.

—Ya estoy al tanto, me acaban de avisar el Inspector Clark. Jamie… —Ellen suspiró profundo.

—Sí… ya sé. ¿Qué hay de ti?

—Respiro profundo, como cada noche donde hay llamas. Te quiero, hermano.

—Y yo. Llegaré antes que tú y tu cuadrilla —dije, y sonó a sarcasmo.

—¿No digas? Corre, Forest, corre.

La situación era caótica. Los bomberos tardaron en llegar a la zona por un festival de pescadores que esa noche estaban cerrando las calles y preparando el área para habilitar escenarios en las calles, anchos tablones de madera que empeoraban las probabilidades de que el fuego no se expandiera. Sin dudas, la policía tendría que investigar la situación: una sola familia, dos de la mañana y nadie alrededor a esa hora; única casa afectada y con llamas que arañaban las vigas externas arrasando las ventanas del segundo piso.

Mis ojos captaron a los niños dentro, llorando bajo unas sábanas en una de las camas. El matrimonio estaba en un pequeño baño que no tenía construcción de madera en la planta baja. No podrían haber buscado a los niños, ya que la única escalera se iba destruyendo con grandes estruendos escalón por escalón. Intenté concentrar mi visión y pasar la información a la policía mientras los bomberos llegaban a grito pelado estirando las gigantes víboras de agua. Yo tenía que entrar, debía atravesar las llamas.

Cerré los ojos para ver algo más, pero el humo intenso, o mis lágrimas a punto de estallar, no me dejaban llegar más lejos de lo que ya había visto. Busqué a mi hermana entre tanto humo y gente, me costó encontrarla, vaya ironía. Estaba junto a uno de los vehículos policiales, con una radio en la mano y tosiendo, mirándome de reojo. En ese instante giré mi cuero y me enfrenté a ella. A esa distancia, pude ver sus ojos húmedos y llenos de pesar. Si me acercaba a ella, la familia moriría en la espera. Leí sus labios cuando bajó la radio de su boca: «Tú puedes, ve ya». Asentí y me limpié la cara con ambas manos, respiré humo y cenizas, apreté mis párpados y recordé mi fuerza para sostener a Ellen aquella noche, las llamas iguales a las que tenía enfrente, su llanto ahogado y la tristeza no perecedera de no haber podido salvar a nuestros padres. Los niños… los niños adentro eran mi hermana y yo pidiendo auxilio.

Miré al Comisario que esperaba que moviera un pie tras otro o que traspasara las llamas, sentí los ojos de todos puestos en mí. Estaba acostumbrado, pero no comprendían que esto era especial, esa luz penetrante del fuego asediando la oscuridad me paralizaba y no sabía si sería capaz. Sentí el grito de mi hermana detrás de mí: «¡Ahora, Jamie, ahora!». No alcancé a girarme que sentimos un estruendo frente a nuestras narices. La puerta principal se deshacía en pedazos, y los gritos de la planta baja me impulsaron. En solo tres saltos atravesé los escombros, el fuego y el salón hasta llegar al baño, sostuve a ambos adultos en mis brazos y volé hacia afuera. Los lancé en una zona verde más alejada del tumulto y sin mirarlos atravesé a toda la gente, el agua de las mangueras, la zona de guerra y pegué un salto de dos metros hasta la habitación de los pequeños.

Un niño de unos 6 años y otro de 9 o 10 se abrazaban y tosían, tosían mucho… ya estaban sin aire. El recuerdo, la sensación de volver a sentir el humo en la garganta, la incertidumbre de no saber hacia dónde ir y el grito desgarrador llamando a papá y mamá, me desgarró adentro. El niño pequeño, con la voz ronca, no cesaba de llamar a sus padres.

Destapé la sábana de un tirón y se asustaron al verme. Los levanté de los brazos y los acomodé a mi cintura. «No se asusten, ya estamos a salvo», dije, pero delante de nosotros la fachada de esa habitación cayó de una sola pieza y nos empapó de lleno el agua que lanzaba uno de los camiones de bomberos. Los niños gritaron y escondieron sus caras en mi pecho. En ese momento sentí mis lágrimas, no eran del agua salvadora del exterior, era mi corazón en llamas, era yo solo con mi hermana, sin bomberos, sin policía, sin mis padres…

Tosí, escupí y abracé con fuerza a los niños, dejé de sentir por unos instantes y pude ver la oscuridad detrás de la nada, a lo lejos, en el bosque donde el fuego no había llegado ni llegaría. El cielo estaba cubierto de estrellas, ajenas al caos de nuestro momento. Cerré las lágrimas en mis párpados y salté al vacío, con la elasticidad y la ausencia de esfuerzo que me había regalado la vida. Caímos al lado de un camión de la Policía y de allí en solo tres pasos llegué al mismo descampado donde estaba la pareja, llorando y siendo atendidos por paramédicos, rodeados de bomberos, sirenas y policías, entre ellos mi hermana.

Los niños abrazaron a sus padres entre llantos y suspiros, los padres los acurrucaron en sus brazos cubiertos de mantas. Los paramédicos observaron posibles quemaduras, limpiaron sus caritas, mientras los bomberos seguían intentando apagar el fuego. Sentimos un gran golpe de maderas y hierros, la parte trasera de la casa cayó al patio y árboles del jardín, allí pudieron cubrir el fuego con facilidad. La madre miró la casa y sus lágrimas se ahogaron en un suspiro. El padre la abrazó y le susurró al oído: «es lo de menos, cariño, estamos todos vivos y a salvo», y besó su frente.

Ellen, que no se movía de la escena familiar, escuchó tanto como yo al hombre y me clavó sus ojos verdes. Hice fuerza para sostener mi mirada en la pareja pero no pude esquivar a mi hermana, y al volver la vista me encontré con sus lágrimas. Caminé tres pasos y la abracé, se hundió en mi pecho y allí quedamos un largo rato, en la oscuridad como aquel día, sintiendo que parte de nuestra historia se hilaba en las vivencias que hoy teníamos por delante, y que habíamos hecho algo por esos niños  como nadie había hecho por nosotros veinte años atrás.

La pareja nos observó entre el humo y se acercó a agradecernos con un llanto que abarcaba mucho más que el terror de la escena que teníamos detrás. La casa podía desparecer que a ellos ya no les importaba; tenían a sus hijos con ellos y solo un par de quemaduras en los brazos y piernas, superficiales, nada que necesitara cuidados intensivos. Los abrazamos y en esa calidez de la supervivencia abrazamos a nuestros padres.

Desde la semana pasada salgo a caminar por las noches cuando no estoy trabajando, me pierdo en callejuelas que nunca había pisado, me encuentro a mí mismo en las sombras de la ciudad que nunca duerme, pero que no siempre deja ver su luz en rincones que yo bien conozco y a los que no quería abrazar. Por las noches me acuesto sin encender luces, y en vez de soñar con el fuego nos sueño vivos.

                                                                                                                                              Jamie

Poli Impelli

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Excelente entrada con exquisita narrativa! Poli, has estado no de 10, sino de mil. Un cuento corto con todos los condimentos, como para que pienses en una novela. Ya tienes el personaje central, su historia y el don que posee. Que esperas? Un cálido saludo.

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    1. Poli Impelli dice:

      Muchas gracias por tus palabras 🙂
      Estoy por publicar una tercer novela (sin haber pubicado las dos primeras), y en esa trama está mi cabeza. Pero gracias por tu aliento, tal vez Jamie sea un personaje público pronto ;-). Un cálido saludo de vuelta.

      Le gusta a 1 persona

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