Abrazo Infinito

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Año viejo, año nuevo.

Este año ha sido extraordinario, aunque para mí ningún año deja de serlo. No puedo ser la misma después de todo lo bueno y lo malo; tiene que haber un cambio, tiene que haber otro camino…

Estuve viviendo en la ciudad donde nací y crecí, después de años de no haberla pisado. Pude tocar los árboles que planté con mis padres cuando tenía 7 años, pude recordar algunas cosas que ya tenía muy olvidadas, pude abrazar a gente que no veía hace siglos y que me aman. Pude conocer a otros tantos que ya son parte de mi vida y no tenía idea que existían. Ellos han engrandecido mi camino y mi paso por mi tierra. Pude comprobar que quien no quiere no cambia, no da un paso ni se espanta. Y que el que tiene huevos y ovarios ha llegado incluso más lejos de lo que yo he llegado con una mochila al hombro y un mapa.  Pude restaurar relaciones perdidas y olvidadas, de esas que son regalo y caricia al alma. Y pude decir basta a aquellas otras que no me aportaban nada. Pude recordar aquella esquina en donde mi mamá me trajo al mundo, sentarme un rato y venerarla. Pude tomar agua del río que me vio crecer, porque hierba mala no muere y no intoxico mi garganta.

Pude reír a carcajadas luego de llorar más despedidas. Descubrí otros cielos rojos, y confirmar que no en todos los lugares la tierra tiembla.

Este año estuve en cinco trabajos diferentes, dos de ellos duran hoy en día. Recibí tanto que supongo ha sido devolución de algo que habré dado en otros tiempos o en otra vida.

Este año murieron tres personas muy queridas. Este año mi papá encontró su cáncer y le da tregua para ver cuánto más le queda de vida. Este año me di cuenta que me extraño, que pasa el tiempo y que no soy de ningún sitio, y que en mi corazón tengo mucho más de lo que imagino. Me echo de menos y me alegro en el reencuentro.

Este año pude decir basta al maltrato y a la violencia pasiva disfrazada de caricias. Este año conocí la fortaleza que antes no tenía. Este año lloré por todos los que antes no había llorado. Junté agua y la enterré para que otro riegue alguna planta, y así mis lágrimas habrán valido la pena.

Este año viví en dos ciudades totalmente diferentes. En mi trabajo aprendí sobre las etnias y las guerras civiles en África, comprendí la labor de gente multimillonaria que se dedica a salvar vidas en las costas de Malta, y que hacen más que los gobiernos de turno por recibir y salvar vidas. Este año me animé a soltar definitivamente todo lo que le hacía daño a mi maestra, una enfermedad que es bien puta y no se va, ni con los años ni con médicos ni con paciencia. Entendí se me había unido como una garrapata a mis heridas de guerra, me la fui quitando de encima como “por arte de magia” aunque siga en mi consciencia; ya cada vez va doliendo menos y sé cómo defenderla. Ahora la quiero y somos una, ahora es parte de mi cuerpo y de mi alma.

Este año conquisté muchas voces nuevas. Me dejaron los momentos imborrables que no detienen ni la memoria ni el tiempo. Este año trabajé para escritores traduciendo, este año me enseñaron otros tantos lo que yo no sabía y ahora entiendo.

Este año me mudé tres veces, y entre las tres hubo gente que me dio mil manos, no cargando peso sino con ánimo y estando a mi lado. Este año fui mamá mil veces, este año fui hija otras tantas, fui más hermana que antes y más tía que el año pasado. Este año me tocó ser prima al por mayor y fue un placer descubrirme, porque crecí con ellos tan lejos, que ahora la vida me guiñó un ojo y me devolvió un poco de todo lo perdido en su momento. Este año perdí a un gran amigo y lloré días y días sin consuelo. Luego entendí que no había sido mi elección perderlo y así fui cerrando el duelo. Este año mi hermana de la vida casi pasa para el otro lado y sentí mucho miedo. Se me cerró el estómago, me temblaron las piernas y creo que mi corazón dejó de latir unos segundos hasta que comprendí que era posible, que puede suceder en cualquier momento. Después de las otras pérdidas, agradezco a la vida que me la haya devuelvo un rato, no sé por cuánto pero espero que sea por mucho tiempo.

Este año el cáncer y otras pestes arrasaron con gente que amo; fue un aprendizaje inmenso que me hayan permitido acompañarlos.

Este año perdí una muela, cuatro kilos y un poco más de pelo. Este año recuperé tres kilos de los cuatro que había perdido en poco tiempo. Este año me siento un poco más orgullosa de mis hermanos, aunque siempre lo hubiera estado, han hecho lo que han podido y cada vez les sale a cuenta cada sacrificio y cada adelanto.

Este año me han besado con tanta pasión que me han dado letra, me han cosido heridas viejas y me han recordado que así como soy, para la gente sana valgo la pena. Este año mi boca encontró lugares de miel y gloria, agradecida a la vida por tanto amor, tanta pasión, risas y sorpresas que no se pierden, no se olvidan, no se mueren.

Este año la luna se vio gigante y cerquita, y me sentí agradecida por la posibilidad y por mi vista. Este año murieron muchos grandes artistas; ellos quedan en mi memoria, en sus poemas, en su música, en su actuación, en sus escritos y en mi historia de vida.

Este año se firmaron acuerdos, se sellaron documentos, se llenaron los bolsillos más gobiernos, se cambiaron pautas y gobernantes, se declararon guerras y otras se abolieron. Este año el mundo estalló en rabia, aumentando los terremotos, inundaciones, pestes, hambre, huidas y malaria. Este año ha sido un remezón para quienes creen en el karma, este año ha sido dolor, mucho dolor, para quienes luchan por sobrevivir en la desigualdad y el desequilibrio que otros consumen en el Black Friday.

Este año se han desarrollado más investigaciones científicas, se han sumado esperados adelantos en medicina, en tecnología y en la sabiduría de la ciencia.

Este año contabilicé 42 atentados terroristas en el mundo, de los cuales conocemos unos pocos, según conveniencia de lo que se nos quiere contar o no, de lo que nos llega o de lo que se nos priva. Este año no alcancé a contar la cantidad de abusos, violaciones y llantos silenciosos, no porque no sea capaz, sino porque han sido incontables.

Este año hubo accidentes aéreos, terrestres y marítimos que a algunos nos estrujaron el corazón, pero llegó la solidaridad desmedida de quienes están atentos a lo que sucede más allá de su metro cuadrado de existencia.

Este año hubo avances, hubo premios, hubo celebraciones y hubo alegrías y festejos. El mundo es un eclipse constante, es un juego de equilibrio y desenredos paralelos.

Este año las mujeres han alzado su voz contra la violencia, este año se han animado a hablar aquellas que estaban calladas por el miedo, la cobardía y el temor de no saber qué habría detrás de sus intentos. Este año han muerto miles de mujeres maltratadas. Este año ha muerto el doble de niños en Burundi, en Siria y en Ruanda. Este año han muerto hombres que en trajes de bomberos, policías y voluntarios consumen pasión, tiempo y energía en salvar otras vidas.

Este año se han ganado copas, medallas, campeonatos y entrevistas, pero se han perdido en la misma proporción, depende en qué lado te pares y fijes la vista.

Este año hay casi 400 personas más que me leen, o al menos pululan en mi espacio de vez en cuando. No les conozco ni la cara ni los nombres a todos, pero no sé de qué forma agradecerles tanto.

Este año no sería capaz de sacar cuentas de las palabras que llevo escritas. Este año una novela me dio giros, contratiempos, algunas (varias) lágrimas y millones de risas. Este año mis personajes están rebeldes, ya no lucho contra la corriente. Ya aprendí que ellos tienen vida, que respiran, que aman y que crecen.

Este año me sentí sola, aunque estuviera rodeada de gente. Este año me sentí amada y contenida, aunque estuviera sola en una plaza mirando una fuente.

Este año pasó de todo un poco para cada uno que me lee. Este año no fue en vano, sea como sea que haya sido tu suerte.

Este año logré mi objetivo: no pasar ni un solo día sin reír a carcajadas, buscando yo sola el motivo. Me siento emocionada, ¡lo he logrado!, incluso ante el soberbio dolor, tristes noticias y pesares que no eran míos. Era el objetivo más difícil que podría haberme concedido: era un deseo, era un esfuerzo, era un gran desafío.  Fue tan simple como escribir: lo que parece temible se vuelve rutina, y de la rutina se pasa al hábito; del hábito a la inconsciencia de repetirlo y ni por asomo olvidar que lo que se quiere se puede, que lo que se nutre y se alimenta crece, que lo que incluyes de bueno disminuye aquello que acelera tu pulso en vano y te envenena.

Este año también ha sido un puto año de mierda, un año lleno de todo lo bueno y toda la porquería que el mundo derrama sin gloria y sin pena. Este año ha sido un año maravilloso para quienes tienen consciencia, se han descubierto a sí mismos viviendo la vida en vez de andar por las calles dando y dándole a la pena.

Me parece que nunca he querido vivir una vida ordinaria (sin el “extra” por delante). Este año confirmé que sorprenderme me parece un privilegio; este año no me ha faltado el asombro ni la sorpresa constante, por lo bueno y por lo malo que el mundo me muestra.

Ojalá que este año sea tan puto y tan maravilloso como el 2016 que despacito se aleja. Ojalá te caigan mil lluvias para que bailes empapado y un rayo te parta de amor, encuentres lo que ames y mates por él y por ella.

Ojalá que el próximo sol te ilumine la vida de estrellas, que el cielo se vista de fiesta cuando sonrías, que el suelo te envuelva en tiritas cuando caigas en pena. Ojalá que te llegue mi amor, estés donde estés; ojalá que me ayudes y te pueda devolver lo que das… ojalá que yo pueda darte para que no me devuelvas.

Feliz año nuevo de vida. Que te pille cantando, riendo, bailando, perdonando, follando y ¡salud! Estés donde estés, ya estamos brindando.

– Poli Impelli –

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No te adaptes…

Gracias.

Gracias por las visitas. Gracias por los comentarios. Gracias por la presencia. Gracias por las sonrisas. Gracias por no estar de acuerdo. Gracias por darme palmadas de aliento. Gracias por los abrazos. Gracias por mostrarme almas a través de una pantalla. Gracias por la presencia; no me importa si son 10 o 400; no cuento números, cuento almas. Me importa la calidad de lo que recibo. Me importa que me dejes devolver y darte un poco de lo que tengo para dar. Eso me engrandece —así, con tan poca altura que me dio la naturaleza—, me siento más grande sólo por todo lo que recibo. Recibo más de lo que imaginan, y de quienes menos lo he esperado. Amo sorprenderme con la Vida.

Pienso, siento igual que el año pasado, y seguro estaré pensando lo mismo el próximo. No voy a repetirme. Les dejo nuevamente mi Abrazo Infinito, y que sientan GRATITUD. Es la  manera más amorosa de valorar y amar lo que somos.

¡Gracias!

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¿Qué sucede cuando lo dices?

¿Te da miedo decir que eres escritor? ¿Qué sucede cuando lo dices?

Familia, amigos, conocidos, desconocidos: todos tienen alguna reacción en particular que nos recuerda algo que ya expuso Danielle Campoamor.

Por supuesto, no eres Borges, no eres García Márquez ni Benedetti. No eres Cortázar, no eres Shakespeare, no eres Lord Byron ni Thoreau. No eres García Lorca ni Antonio Machado. De Alfonsina Storni puede que tengas las uñas de los pies (¿las conociste? yo no). ¿Tienes el cabello parecido a Octavio Paz? Bien, puede que te confundan. Puede que tengas un Frankestein en tu mente cual Mery Shelley, que bosteces como Alejandra Pizarnik o que ronques como Jane Austin (¡vaya que tienes suerte!).

Pero pretenden que lo seas. Imaginan que lo serás. Se preguntan qué intentas, por qué, para qué, y como nadie se conforma con “unas pocas preguntas”, también debes explicar por qué morirás de hambre. ¿Acaso no hay algo serio, digno y más importante que hacer?

La voz particular de Gabriella Campbell nos cuenta que no estamos solos en este mundo, que ser incomprendido y observado como un bicho raro o un E.T. (sin Eliot y su bicicleta) es casi normal, y que muchos pasamos por situaciones desagradables, absurdas, sorprendentes, a veces graciosas y hasta incluso ridículas.

Sin más que agregar, los dejo con Gabriella. (Si no te ríes con los artículos de Gabriella, ve a por alguien que te haga cosquillas. Tienes un problema. Serio).

Abrazo infinito para todos los escritores que tienen miedo de decir que lo son, que aún no se reconocen como tales, pero que dejan su sacrificio y amor en tiempo, energía, lágrimas y noches en vela. Y para aquellos que lo gritan a mil voces. (Si no has publicado, también lo eres/sos; para ti/vos también va mi abrazo).

-Poli Impelli-

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Te apagas

Decae tu piel

respiras cansado

te pesan las sienes

de un cuerpo gastado.

 

Despacio aniquilan

las sombras tu aliento

te mueves con prisas

te acuestas muriendo.

 

No hablas, no pides…

escuchas y observas

murmullos que agotan

sonidos que dejas.

 

Aquí te despides

de a poco y sin prisa

allá te reciben

con tiempo y sonrisas.

 

Nos miras sintiendo

que ya no estás cerca

queremos quedarte

te alejas con pena.

 

Despacio aniquilan

las sombras tu aliento

te mueves con brisas

te apagas…

te apagas latiendo.

 

– Poli Impelli –

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Todavía sueño

Me llamo Nayan y tengo 28 años. Soy lo que quedó, vivo donde me dejan. Mi infancia, en aquel país donde nací y donde mi niñez olía a pólvora, invade a diario el presente, que me busca desde el pasado. Todavía me acuesto en las noches acurrucado en mi mujer. Aún sueño; sueño con cielos rojos de fuego, con ruidos ensordecedores y voces pidiendo auxilio. Aún veo los ojos quemados, los cuerpos mutilados y los rostros de todos aquellos pequeños amigos que alguna vez tuve en mi pueblo. Me dijeron que quedaron pocos; más bien me enteré con los años, porque en las guerras que los poderosos libran, hay detrás un velo negro que se encarga de tapar las heridas que no vemos.

Fueron tres disparos que sonaron a portazos. No es que con seis años no supiera lo que eran, mas me dormía cada noche creyendo con fervor que eran puertas que se abrían y cerraban. Mamá tenía la costumbre de gritar: «¡una puerta, una puerta!», para no mencionar la palabra real que avisaba una tragedia. Así vivíamos, así se fueron… ellos.

Con un ojo seguí mirando, pues el otro quedó enterrado. Solo miro de frente y a ratos para un lado; y aunque me niego, me han dicho que es bueno recordar lo que sí tuve: una madre que se aferró a mi hermano menor hasta en el último suspiro, y un padre que corrió por ellos, pero al llegar no pudo dejarles solos y con ellos se marchó por siempre.

Trajes verdes, azules, blancos y rojos; ese es mi recuerdo. Bomberos, voluntarios, enfermeros, médicos, amigos. A ellos les pedíamos algo en súplicas, entre escombros y sonidos, entre gritos y gemidos, sobre la línea delgada que separa la vida y la muerte. Hoy miro y escucho todo desde lejos, pero sé que sigo estando ahí; yo sigo gritando adentro, gimiendo y pidiendo en algún lugar escondido de mi corazón que me liberen. Todavía sueño… sueño que los que vengan tras de mí, a ocupar las tierras baldías que dejamos, no tengan que ser rescatados o enterrados o dejados a su suerte… Es destino o suerte estar en el primer grupo; o quizás una lacra, quién sabe…

Sanar, yo sé bien que sanar es otra cosa; es algo que voy aprendiendo con los años, a lo  lejos desde cerca. Cerca porque no olvido de donde vengo, y lejos porque mi pueblo arrasado en escombros tiene otro nombre, abriga a otras gentes, pero la misma lucha late constante en su tierra, por no saber a quién pertenece.

Sueño. Sueño que viven en mí los que se fueron, sueño que aquellos que desde afuera encienden y apagan vidas con soberbia, alguna vez nos miran; sueño que esto en algún momento se termina. Sueño con cielos libres de humo y de explosiones, con campos verdes y niños con cuerpos debajo de sus pieles. Sueño con mi familia libre de sufrimiento, que no tienen que soñar todo lo que yo llevo tantos años soñando. Sueño, como alguna vez soñó John Lennon, a toda la gente viviendo en paz, sin implorar ningún otro sueño.

Un solo ojo me es suficiente para seguir viendo lo que otros no pueden ver con dos; será porque no saben lo que se siente cuando uno se acuesta mirando por una rendija el cielo, esperando con los ojos cerrados que el próximo estruendo no te arrebate lo que más amas y lo que está a tu lado. Cada noche miro a mi mujer y me parece un sueño, me siento bendecido al ver su rostro con este ojo tan fino, su paz y la certeza de que al lado suyo no habrá más humo ni puertas que se cierran.

Yo no sé si los sueños sirven de algo, pero sí sé que no quiero más portazos. Quiero puertas que se abran, quiero luces en las casas, quiero cielos bien celestes, quiero soles que iluminen las miradas.

¿Será mucho lo que pido cada noche que me acuesto? ¿O es que sueño con que nadie tenga que sentir lo que yo he sentido allí, tan lejos siendo un niño?

Por todos mis rincones llevo sus nombres grabados y a cuestas llevo su esperanza, sus temores, los deseos no cumplidos, lágrimas, llantos y sonrisas. Y cuando me vaya a buscarles, habré dejado tatuado el legado en la piel de quien conmigo viva y quiera seguir soñando, manteniendo con vida al pueblo que se ha marchado.

– Poli Impelli y Marguimargui –

TEXTO SOLIDARIO. Proyecto de Scripto.es para Médicos sin Fronteras.

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Mi ojo en tu mano

Te dibujo en mi mente… porque sueño que alguna vez te he conocido.

Lugares, tiempos, instantes en que soñé verte, porque esos sueños son los que me empujan y me llevan adonde imagino que puedo tocarte.  ¿Tocarte? Si formateo esas curvas de tu cara porque escribes… escribes y me empapas de la sabia que se esconde entre la sombra que desnudas con tu cuerpo y con palabras.

Releo espacios en blanco donde ubicas una coma, queriendo tomar aire en un descanso y no te dejo. No quiero que te frenes cuando gimes. Interrogo porque envidio; no tengo maldad oculta, la muestro entera y te persigo. No quiero tu alma callada ni vestida: la quiero desnuda, entera en blanco y negro y en colores, con cursivas, en A4 o en papeles que en algún lugar de Madrid aún me extrañan.

Te tengo agarrada porque tu mano me coge; eres tú quien me desvela en las noches y quien revienta mis entrañas. No me culpes de sentir tus bragas empapadas, porque eres tú quien me revela sus secretos y luego me dejas aquí, suspirando, pidiendo más a gritos cuando te marchas y me dejas sin calma. Sí. Tú cada vez más abierta, yo bebiendo tus anhelos. ¿Hasta cuándo harás que llegue hasta tu cuerpo para dejarme vacía y luego pedirme más en cada despedida? ¡Basta ya de dejarme aquí tan lejos, gimiendo entre jadeos y rogando que aparezcas para robarte comas, puntos suspensivos y otro verso!

Deja ya de adivinar antes de tiempo lo que leo, joder, que no puedo robarme un punto y coma porque tú mandas allí donde yo sólo miro y quiero y deseo y no puedo llegar a tiempo.  El océano es inmenso y tú tienes mi ojo en tu mano. Haces con él lo que deseas, y luego te marchas…

Tengo dos manos para tocarte, besarte y para escribir acariciando, pero tú tienes el néctar y las sábanas que desprenden mis ganas y mis ansias de ocupar tu cama, y de patearle el culo a esa maldita soledad que te abriga cuando te dejan a tientas, buscando amores que aman.

Mierda, deja tú de escribir lo que yo siento, porque no puedo esconderme en un teclado y mucho menos igualarte. No, no me culpes porque tu fortaleza se ensancha cuando el sexo nos acorrala y me acaricias la frente y yo tu ombligo. Deja tú de plasmar con palabras lo que yo quiero leer, lo que sangro y lo que el resto ni siquiera entiende.

Si me faltaba fuerza en el camino, me has dado alas para erguirme en un vuelo y soñar que también puedo encontrarte. No me mires a ese ojo que me queda sano ―pues el otro ya lo tienes en tu mano―, porque serás tan pesha de encontrar una lágrima detrás de mi sonrisa que te consuela en la distancia.  Ya lo sabes… antes de encontrarme tú ya sabes que yo lejos estoy pariendo; sangrando el dolor que suponen los reencuentros y los sitios que descubren quiénes somos y quiénes éramos. Pariendo. No es un niño, y bien sabes que prefiero un vestido suave de incógnita y mi feliz andar con celulitis antes que ser perfecta, delicada… muy Angelina aunque mal follada.  ¡No, que ni se diga! Tú ya sabes lo que siento antes que escriba, o antes que lea y te descubra entre las sábanas.

Qué putada, en cocteles de kilómetros prohibidos, que a las carcajadas te lea y me quede sin aire y sin aliento. Qué bendición este amor por las palabras que me permite sentirte y que me sientas, cuando las mareas son altas o bajas, cuando aquí es verano y tú te abrigas allá lejos… en invierno.

Quiero hostiarme unas mil veces para seguir aprendiendo; de tus versos que me empapan, de tus mayúsculas aprendo. Tus signos en gritos me estremecen y no hay espacios en blanco que me liberen de los orgasmos que en mi piel estallan. Me pillaste, me tienes… Volver al principio siempre, sí; esa es la clave.

En tu mano reposa mi ojo que todo lo observa y te lee entre líneas. En tu mano está mi debilidad, mi fortaleza, mi alegría y mi desdicha. ¿Cuántas veces es mejor ignorar y no entender lo que el otro tiembla, calla o agoniza? ¡Mierda! Estoy en un dilema. No sé si pedirte el ojo de vuelta o dejarme tocar… y que me quites el otro para el deleite que me provoca tenerte y que vuelvas a empezar, una vez más, hasta encontrarte y encontrarme.

No me dejes otra vez con esta ansiedad que me aplasta el pecho, no me pidas que no te bese en cada palabra que largas al viento. Que vuelvan todos al principio para entender con que te quedas y me quedo.  Que cada cual entienda que detrás de una oración, de un sujeto y un predicado se encuentra una vida, un alma y un cuerpo que abrazan, que follan, que huyen, que están sufriendo a gritos, que aman, que mueren de ira o que libran una batalla de amor con sus propias reglas, minúsculas y paréntesis, párrafos abiertos, orgasmos desmedidos, placer escondido, amor despiadado, ternura contenida y puntos finales sin principios.

-Poli Impelli-

Nota: esto es resultado de la infamia al descubierto, resultado de palabras que una pesha tira al viento.

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Un chai… ellos, yo.

Me desperté a las 6; poco dormí, sacando cuentas. Anoche, la cena a la luz de las velas que iluminan toda la costa no tuvo desperdicio. ¡Qué curva del destino habernos encontrado con Pía! Hablar español entre nosotras es un descanso para ambas, y reírnos de las estupideces que hablamos tiene también su encanto. Sobre todo aquí, estando tan lejos de casa, tan solos, todos…

Anoche, Yael ―de Israel― decía justamente que aunque andemos en patota, entre encuentros y desencuentros, la soledad viene adherida a cada uno, y somos como “muchas soledades” que se encuentran en el momento exacto. ¿Quién sabe cuál es el momento? No nosotros, precisamente.

Éramos cinco y nos reímos hasta las 3 de la madrugada. A unos pocos metros sentíamos las olas, más tranquilas que en el día.

Creo que no olvidaré más el día que nos conocimos con Pía. En Jaipur el clima aplastaba, y yo acababa de conocer a un norteamericano y a dos chicas de Israel, que estaban siendo “invadidas” (casi acosadas) por unos locales en la estación de trenes. No sé de dónde saco a veces tanta valentía ―y tanta cobardía otras tantas― como para hacer lo que hice, y en el medio de una muchedumbre intensa; pero Yael se unió a mí casi con desesperación y agradecimiento. A la media hora, éramos 5 esperando un tren que no sabíamos a qué hora llegaría, y nadie sabía decirnos tampoco.

Pía entró en la sala como un turista más, preguntando en inglés lo mismo: ¿a qué hora sale el próximo tren a Bombay? Como no tuvo contestación valedera en el único mostrador visible, le ofrecimos sentarse con nosotros. Entre charlas y risas, Jon ―también de Israel― le preguntó de dónde era.

―Vivo en Barcelona, pero soy de Chile.

Mi grito se debe haber escuchado hasta en Pakistán (no estábamos tan lejos, pero podría confirmar que se sintió por allí cerca). Pegué un salto de alegría. Ella rió también sorprendida, y me dijo en castellano: ―¿Eres también de Chile?

Por instinto de supervivencia, sin esperar respuesta se levantó y nos abrazamos en el medio de la sala. El resto miraba comprendiendo; no entendían nuestro idioma, pero no hacía falta. Hacía un rato se habían encontrado ellos, por azar del destino, hablando hebreo con alegría. Más de una vez todos nos entendemos sin palabras.

―No. Vivo también en Barcelona, pero soy de Argentina; en este caso es lo mismo ―le dije al oído.

Sentí sus manos apretar mi espalda, como si hubiéramos esperado ese momento. Ella llevaba dos meses y aún le quedaban otros cuatro más en el sur, en el punto más austral de la India. Yo llevaba mes y medio, y vaya a saber cuánto me queda todavía.

―Y vamos las dos a Bombay… ¡y hablamos español! ―dijo ella; acababa de decir algo tan obvio y con tanta emoción que rompimos a carcajadas. Era un descanso.

Las horas pasaron en un interminable tren a Bombay, otra noche de emociones inciertas en la gran ciudad, y luego otro reencuentro en donde el océano nos incita renovar aires y elecciones. Entre risas, lágrimas, miedos y secretos, descubrimos que nos conocíamos de otra vida, o de algún lugar remoto (¿otro planeta?), y que por alguna razón, aquel día ella perdió un tren y yo llegué demasiado temprano a uno que nunca había llegado.

Aquí viene Ayram. Ya me conoce desde hace unos días, y siempre trae mi desayuno sonriendo.

―Namasté, Madam.

Sabe que le tengo prohibido los picantes. Se ríe.

―Madam, aquí todo es picante ―me repite con su inglés estrafalario. Y yo río; río a carcajadas de mi ridículo pedido.

Otro día más con un sol que raja la tierra, y hoy me toca caminar hacia el sur. “Me toca”, claro, porque es lo que planeo, luego la vida se me ríe y planea lo suyo; y yo aprendo a aceptar. Pía debe estar haciendo yoga ya desde el primer rayo de sol, y yo nunca llego a tiempo: primero escribo. Se puede caer el mundo a pedazos, pero esta es mi primer “clase” en las mañanas. Ya llevo más de tres años, soy maestra y alumna en la misma clase, día tras día. Son las 6:30 y no puedo quejarme; aquí se escuchan cánticos de toda las religiones habidas y por haber durante toda la noche. He logrado aprender a dormir entre sonidos inentendibles para mí; me llevó su tiempo, pero somos animales de costumbre. Sabría que ocurriría si aceptaba que el silencio también se encuentra en los rezos y en los cánticos con fe. Aquí soy yo la extranjera, no puedo apagar los sonidos; más bien aceptarlos y acallarlos dentro, disfrutarlos. Bien, llevó su tiempo pero he aprendido.

Las arañas en mi habitación se han portado de lujo. Anoche les pedí que se quedaran quietitas en el techo y en las paredes, porque quería dormir tranquila. Apenas desperté con unos mantras lejanos, ellas seguían allí, estáticas y supongo que esperando que la loca del cuarto amarillo baje por su desayuno.

Aquí todas las cosas tienen colores. No sé bien cuántas habitaciones diferentes he pisado ni cuántas más me quedan, pero siento que los colores abrazan: techos azules, paredes amarillas, empapelados gastados con arabescos del siglo pasado (o del anterior), suelos arenosos naranjas, negros, violetas. Todo tiene color, como el rostro de Ayram y los de sus dos niños, que corren descalzos riendo por los alrededores de su casa (hostel-taberna). Los veo hermosos. Me pregunto si vivirán así toda la vida… Supongo que no olvidaré jamás sus caritas, sus pies que nunca llevan calzado y esas pieles desgastadas por el sol, por el clima y por la escasez de todo lo que necesitan y no tienen.

―Madam ―me interrumpe Ayram― ¿Podemos limpiar su habitación?

―Claro. ¡Muchas gracias! ―contesto, dando otro sorbo de intenso sabor en mi paladar a un exquisito chai.

Ya imagino… ellas seguirán allí. Esta gente no ve a mis compañeras de habitación, o ellas se escabullen inteligentemente cuando ellos entran. O son todos grandes amigos. Quien sabe… tal vez las arañas me miran como a un extraterrestre disfrutando mi compañía.

Ayer aprendí tanto que hoy no sé qué me espera. Esto es lo bueno, que aquí lo peor y lo mejor de uno mismo salta a la luz en cuestión de segundos. Inesperados. Si hay miedos, si hay fobias, si hay amor escondido, si hay vicios, si estamos reprimiendo algún otro, si estamos amando y no nos habíamos dado cuenta del detalle. Todo, absolutamente todo es posible que ocurra. Desnudez. La India es eso; es un gran espejo que te enfrenta a lo que sos, a lo que querés ser y a lo que no; a lo que crees que sos y no sos, y a lo que te falta ver. El occidente es perfecto para dejarnos ciegos, para reprimirnos, y así estamos… allí miramos sin mirar, mirando sin mirarNOS.

Ojalá hoy tenga miedo, miedo a algo que desconozco, porque ayer fue un día glorioso. Y me resulta enriquecedor (como pocas otras cosas) estar con gente que vive lo mismo, que siente lo mismo, que teme a lo mismo, que aprende lo mismo; y es un lujo poder compartirlo con los pies en la arena hasta las 3 de la madrugada.

¿De qué nos reiremos hoy? ¿Cómo habrán amanecido ellos? ¿Cuántas vacas descansarán a nuestro lado mientras meditamos mirando el atardecer? ¿Cuántos niños sin zapatos se acercarán a pedirnos una foto, como si fuéramos de otro planeta? ¿Y si acaso lo somos?

Suena mi teléfono móvil; es Pía. Le doy un último trago al chai, que ya está helado pero me encanta. Engullo un bocado de un queso tierno y esponjoso. A mi paladar le sabe picante, pero sonrío y cuento hasta tres antes de quejarme con Ayram. Me relamo los labios con placer, sabiendo que nada puede ser mejor que este desayuno. Y así es.

7:00 am. Dice Pía que ya conoció a tres extranjeros más, que me esperan para una rueda de yoga y anécdotas “en la playa de siempre”.

Intento pagar mi desayuno.

―Later, Madam ―dice Ayram, moviendo su cabecita verticalmente de lado a lado. Sonríe ampliamente y recuerdo a Ketut (claro que yo de Julia Roberts no tengo ni las pestañas). Se le ven sólo dos dientes. Son los dientes radiantes y vistosos de una vida especial, teñida de historias que desconozco, pero que se espejan en su mirada y en sus arrugas. Me los llevo, me llevo esos dos dientes que en mi memoria valdrán oro. Estoy segura que Ayram será parte de una historia, de algún cuento, de alguna novela que aún no nace.

Me duele el brazo; ya llevo demasiado. Pía me espera… ¿quién más, que no conozco todavía? Ayram me mira desde su lugar habitual, pero no soy la única que escribe. Me sonríe, levanta su mano y eleva su voz: ―Namasté, Madam. Que tenga un buen día.

¡Ala! A ver qué me depara hoy este enorme espejo.

Ya cierro mi cuaderno. GRACIAS. Mañana será otro día y tendré más vida.

Arambol (Goa, India). – Noviembre, 2013.

-Poli Impelli-