Abrazo Infinito


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Venezuela

Hipócrita confusión. Aristas abiertas. Labios sellados. Palabras dañinas. Promesas desleales. Creencias obstruidas.

El deseo de ser y no obtener permisos. La ilusión de querer hacer algo bien y no tener espacio. La necesidad de apoyo en vez de crítica. Las burbujas de calma que murmuran en el cauce del estrés. La sombra del árbol en verano. La cálida lana en invierno. La impotencia de la no ley. La terquedad de lo justo y la impunidad de lo injusto. El grito de la denuncia. La descarga en el whatsapp. El silencio que precede a la furia. El desconcierto de la soledad. La mirada de reojo ante lo inminente. La intuición que no miente. El temor de volver a empezar. El dolor por lo que revelan las raíces. El desapego por las ramas…

Lo que no ha sido dicho y volverá a nacer. Lo que fue silenciado y volverá a resurgir. Lo que ha sido robado y será devuelto. Lo que no se ha visto se habrá de ver. No es tu culpa, tal vez solo tu responsabilidad. No son tus pasos. No es tu camino. No es tu pérdida. No es tu cuerpo, no es tu ser. No eres tú. Son ellos. 

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Estudio de campo sobre la inexistencia del amor

Aunque ya tenía noticias de que Joel lo había encontrado, este domingo de invierno me levanté con la firme convicción de que el amor no existe, de que sólo es una idea que creamos en nuestra mente para sentirnos un poco más reconfortados, más a salvo de las cosas feas que suceden a menudo.

Cada vez más a menudo.

Yo no necesito pruebas de casi nada para creer en algo porque la situación es corta: o creo o no creo. Pero esta mañana, se me dio por querer encontrar una prueba irrefutable para mostrarle al mundo la veracidad de la teoría con la cual había amanecido en mente.

Me largué a la calle como en ala delta y puse real atención en cada uno de los rincones de mi nuevo barrio, por el cual comencé a pedalear como si flotara, y me dije que si por esas casualidades veía al amor por ahí, entonces mi teoría no tendría ningún fundamento.

Llegué hasta mi McDonald’s de San Martín y Maipú y vi gente desayunando. Me fijé en todas la caras, que parecían abducidas por los diarios del día; casi me alegré de ver que nadie se daba bola, nadie estaba tomado de las manos de otro, nadie se hablaba al oído, nadie se miraba.

Me dirigí por la Avenida San Martín hasta el centro y pasé por una iglesia; miré hacia adentro y solo me encontré con la presencia de un Flaco al que habían dejado colgado en una cruz hace miles de años, pero ni registro de alguna persona que le estuviera hablando o agradeciendo el sacrificio.

Mi hipótesis cada vez tomaba más fuerza y solidez.

Un poco más adelante, pude ver cómo dos tipos se puteaban en una esquina porque uno no había dejado pasar al otro con el auto. Unas cuadras más y presté atención a dos chicos de unos veinte años, sentados en el banco de una plaza muy cerca uno del otro pero que ni siquiera se dirigían una mirada, mucho menos la palabra.

Cada vez juntaba más pruebas al respecto y, encima, los árboles no hacían más que despedir hojas desde sus ramas, que caían al suelo amarillas y secas por un amor que solo había durado dos estaciones.

A todo esto, vos y yo, no solo no volvimos a vernos más, sino que tampoco volvimos a hablar por teléfono (cosa que yo odio y a vos te fascina) y calculo que andarás desandando tu vida sin ningún tipo de problemas mientras yo sigo abocado a escribir estupideces, ver películas a las cuales no presto la más mínima atención (y después digo que son malísimas), estrenando un orgullo imbécil que me hizo convertir en un tarado sin ningún tipo de interés comunicacional con la raza humana.

Para mí ya estaba todo dicho y claro. El amor no existe.

Me senté, casi exultante, en el reparo de la parada del 41, cansado por el exhaustivo estudio de campo que me había llevado gran parte del día y en cuál no había encontrado una sola señal de que el amor existiera.

Por ende, no existe. Ya estaba listo para comunicarle al mundo mi gran descubrimiento.

En ese instante mío de certeza mental, llegó a la parada una pareja de padres jóvenes. Ella con una panza que aparentaba unos seis meses de embarazo; en un brazo le colgaban las bolsas del supermercado y en el otro, una nena de aproximadamente dos años. Él llevaba la mayor cantidad de bolsas con las compras y vigilaba con su mirada a un niño de unos cuatro años.

Esperaron la llegada del colectivo a unos cinco metros de distancia uno del otro, sin mirarse, sin hablarse mientras ella le daba la espalda a él, quien se sentó a mi lado.

Mirándolos detenidamente y sin disimular el triunfo de mi conjetura, me quedé pensando en cómo habíamos vivido tantos años engañados por los libros, las canciones, los besos, las películas, por Dios o por un gobierno, pensando y creyendo en un sentimiento tan absurdo y abstracto como el amor.

En eso estaba yo cuando ella giró, miró al hombre a los ojos y le dijo:

—Gordo, estoy muerta de cansancio, pero apenas lleguemos a casa me pongo a cocinarte las milanesas, así tenés comida para llevarte mañana al trabajo.

Él se levanto de mi lado, le sacó las bolsas de la mano, le dio un beso precioso en la panza y luego la abrazó, con todo el amor del mundo, sin decir una sola palabra.

Me prendí un cigarrillo (el enésimo del día), me sonreí un rato incalculable y eché en el tacho de basura más cercano toda mi gansa teoría de que el amor no existe. Son esas estupideces que se me ocurren los domingos de tanto extrañarte, de tanto esperarte y de seguir haciéndolo… cada día.

Cristián Lagiglia

 

 

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Abrazo Infinito – Finales paralelos

Rayén. Verano. 15:30hs.

Hernán apagó el monitor, guardó papeles en un maletín y su teléfono celular en el bolsillo derecho de su pantalón.
—¿Te vas temprano? —preguntó Suárez algo sorprendido, observando la cara congestionada de Hernán.
—Sí, tengo que hacer trámites.
—¿Estás bien?
—Jamás estuve mejor. Que descanses, Gustavo. Nos vemos mañana.

 

El Torreón. Invierno. 20:30hs.

Laura leyó el último mensaje de Naiara y miró hacia el mar, con el teléfono apoyado en su pecho. Se sintió una imbécil y encendió un cigarrillo. Una lágrima asomó en su mejilla. Desde la reja que daba al comedor, Manuel, ya en pijamas, asomó su carita cansada.

—Manu, anda arriba que hace frío. Yo ya voy, hijo.

—Mami… ¿estás bien?

—Jamás estuve mejor. Ve a la cama, ya subo a rezar contigo. Te amo.

 

París. Invierno. 20:35hs.

Naiara estacionó la bicicleta que la había llevado por el último tramo desde el Sena. El aire ya estaba frío, pero había disfrutado una tarde en paz con la ciudad y algo contradictoria con ella misma. Hacía tanto tiempo que no admiraba todo a su alrededor pedaleando tan sola…

Envió el último mensaje mientras caminaba hacia el edificio. Levantó la mirada para cruzar la calle y el cartel luminoso de la boulangerie cerrada en la esquina le recordó su mañana y el rostro de ese hombre, esa sonrisa exquisita pidiéndole un lugar en la mesa. Sintió que el pecho se le encogía y se estremeció de frío; apuró el paso hacia la puerta principal. Una lágrima rebelde bajó lenta bordeando su nariz. Entró en el rellano antiguo y pasó rápido frente a Gaston.

—Bonne nuit —dijo ella sonriendo.

—Señorita Naiara… ¿está usted bien? —El encargado la miró con ternura en sus ojos.

—Sí, Gaston. Jamás estuve mejor —respondió al entrar con prisa en el ascensor.

 

Rayén. Verano. 15:30hs.

Carina entró como un huracán, atropellándose ante la mesa del comedor.

—Quiero un mate —sentenció con una sonrisa, mirando a Naiara con ansiedad.

Cuando Naiara se dirigió a la cocina, la mirada de la rubia se inclinó hacia dos objetos que descansaban, vaya a saber desde cuándo, al costado de la escalera principal.

—¡Ahhhhh! ¡Me mue-ro!

El grito asustó a Naiara, que llegó a zancadas con el termo de agua caliente en una mano.

—¡Ni se te ocurra! —dijo Naiara. Miró con la boca abierta a su amiga, que ya se había agachado, delicadamente,  a tomar prestado uno de los pocos objetos de valor que Hernán más apreciaba para sus noches de oscuridad y juergas clandestinas solitarias.

—Dejá eso ahí —dijo Naiara, tragando saliva y una carcajada al mismo tiempo.

—¡Son increíbles!

—Cari, no podés llevarte lo que no es tuyo. No seas cleptómana.

—¡¿Cleptómana?! —dijo la rubia, girando su cuerpo hacia la cocina—. Eso lo hace quien roba por impulso y sin consciencia; yo estoy en todos mis cabales, nena.

Como en su casa, Carina sabía muy bien el lugar en donde cualquier ser humano guarda la bolsa madre y reina de todas las bosas menores. De un tirón sacó una de plástico amarillo y colocó en su interior el par de sandalias.

—¿Qué hacés? —Naiara alcanzó la cocina sin pestañear.

—Nos vamos, ¡ahora!

El termo quedó en la mesa esperando algún mate, mientras Carina empujaba a Naiara hacia la gran avenida que bordeaba el barrio de Hernán. Habían pegado un portazo sin mirar atrás.

Carina alcanzó la esquina, agitada y sin aliento; sus clases de zumba la habían entrenado para las curvas y contracurvas que vestían las calles de Rayén. Sin embargo, esa tarde parecía huir despavorada. Levantó la bolsa amarilla y Naiara leyó en voz alta las letras grabadas en tinta negra:

—T O P S Y.

—Bueno, che, es lo primero que encontré. —Carina apoyó una mano en su corazón; con la otra sostuvo la bolsa en el aire—. ¿Y? ¿Adónde vamos esta noche? —Estaba decidida a estrenar su nueva adquisición espontánea.

Naiara frunció el ceño y pestañeó varias veces, apoyando sus manos en jarra sobre la cintura.

—Cari, me estoy preocupando. ¿Qué hacemos acá, corriendo con un par de sandalias ajenas? ¿Vos estás bien?

Carina sonrió satisfecha. Le guiñó un ojo, dejó caer la bolsa en el suelo y abrió los brazos en cruz como para arrebatarle a su amiga un abrazo.

—¡Jamás estuve mejor!

 

Santa Clara. Verano. 7:45hs, mismo día.

Mariela Alejandra salió a las 7, como todos los días, segura de que su día lunes no sería diferente al resto de los días de su vida. ¿Qué más podía sorprenderla?

Sin embargo, cuando entró en la clínica, el Jefe del Área de Terapia Intensiva y Unidad Coronaria la había hecho llamar para que se comunicara con él de inmediato, antes de ocupar su puesto laboral en el sector de métodos diagnósticos (tomografías y resonancias magnéticas).

Cecilia, la recepcionista de la entrada principal, interceptó a Mariela apenas la vio llegar.

—Mariela, buen día. Dice el Dr. Orlando que te comuniques con él cuanto antes.

—¿Orlando? —Mariela frunció el entrecejo y se mordió el labio. No era usual que el Dr. Orlando, exquisita mezcla de George Clooney con un ex novio de su juventud, lo cual ya era inhumano para cualquier corazón sensible, hiciera llamar a empleados que no pertenecieran al cuerpo médico o de enfermería a su servicio.

—Gracias, Cecilia.

Cuando Mariela llamó a Terapia por el interno, Jorge, de turno en la recepción del sector, también le pidió que se acercara apenas estuviera disponible. Sin dudar ni esperar más tiempo, la joven Mariela cruzó el pabellón central, moviendo su cuerpo esbelto y refinado al pasar de las miradas de pacientes, enfermeros y doctores que entraban y salían por puertas con destinos algo oscuros e infinitos.

El Dr. Orlando, avisado por Jorge, la esperaba en la sala de espera con el teléfono celular en sus manos. Mariela se acercó con lentitud escondiendo en los bolsillos sus uñas mordidas por el tiempo y la ansiedad y saludó tímidamente al médico, quien le sonrió con calidez y la llevó a un costado tomándole el antebrazo. Mariela creyó que moriría de un infarto —el tipo derretía hasta la morfina de pacientes terminales—, pero se contuvo suspirando profundo.

—Mariela, te mandé a llamar temprano, porque… bueno… tenemos una paciente que ingresó anoche, con signos visibles de sobredosis de alcohol y marihuana; por lo visto ha intentado suicidarse, pero estamos en fase de estudios y observación. —El Dr. Orlando no le estaba dando detalles y a Mariela se le aflojaron las piernas; un leve sudor corrió por sus manos, que limpió en sus caderas disimulando con una sonrisa forzada—. No te asustes —agregó el galeno observando la palidez de la empleada, a quien conocía con reserva y afecto por ser la hija de un destacado neurólogo en Santa Clara.

Mariela tragó saliva y lo miró esperando el final; quería hablar y no podía. Se le cruzaron sus hermanas y parientes varios por su mente y corazón, pero era imposible. Podían desvariar de vez en cuando, pero… ¿sobredosis? ¿Suicidio? Sintió su palidez y apoyó una mano contra la pared de azulejos fríos para sostener el mareo que subía desde sus rodillas hasta sus sienes.

—Doctor —dijo, con un hilo de voz—. ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Quién es esta persona? Me está asustando en serio…

—Es la Dra. Yolanda Gil Torres, y creímos conveniente avisarte temprano; no sabemos si saldrá con vida. Lo siento, Mariela…

Cuando el doctor apoyó su mano de adonis compasivo en el hombro Mariela, ella sintió que tocaba el cielo con la yema de sus dedos. Se llevó las manos a la cara, y con ellas tapó su emoción. Detrás de sus dedos finos y temblorosos su rostro volvía a tener color, y su cuerpo se enderezó sin pedir permiso. Sintió que Clooney le apretaba aún más la esquina de su hombro.

—Mariela, ¿estás bien? —dijo con empatía.

Ella destapó lentamente su cara; sus ojos celestes brillaban como jamás habían podido brillar en casi toda una vida.

—Doctor, jamás estuve mejor. —Mariela sonrió con alivio.

 

 

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On a flying rug

If we could touch what we lost once

If we could just spend the time

It swelled through our fingers…

We´d take a step aside

To see ourselves looking up

And breathing our secret heaven

Beneath their unexplored sky.

 

We´d only need one trip

Just one soul and path

To recognize ourselves again

Longing for the things we said

But shouldn’t have done.

 

Is it me or am I living as I never did before?

Maybe it was the past

With all that kindness

That struggled behind old darkness.

 

I can touch it, feel it and sing it

On my invisible rug smoothing the air

I fly away with them and your eyes

Cleared from the shadows I leave behind.

 

Do not wait for the perfect time to jump

It is us changing for good despite the time

Bring my new life home

I’ll be whispering happiness for us both.

 

-Poli Impelli-

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Dicha

El placer de ser inadecuada, de levantar mi voz sin miedo.

La paz de preferir ser feliz antes que tener razón, y ver tranquila desde afuera cómo se matan empuñando egos.

La dicha de no sentir vergüenza por hacerle honor a mis vicios y por comer sin cubiertos.

La sonrisa que cubre mi rostro por gemir hasta que te dan espasmos y te asustas, y te preguntas si aún estás vivo con esa cara de espanto.

El deleite de moverme sin ritmo, de vomitar palabras y lágrimas al mismo tiempo. La satisfacción de poder reírme a carcajadas en un velorio y de poder llorar en un orgasmo.

El regocijo de sentirme completa para no necesitar de otras mitades. El gusto de ser yo y de que me importe tan poco lo que pienses o digas.

El gozo de poder decir «NO» aunque luego tenga que pagar las consecuencias. El placer de haber querido tanto y tantas veces para darme cuenta de que en mi lista siempre voy primera.

La fortuna de poder decir: «yo pago esta vez» y no sentirme más ni menos por ello.

El deleite de no empeñarme en complacer convencionalismos ni tradiciones ni «comprar» lo que el resto ofrece.

La diversión de no ponerle límites a nada, de cagarme de risa de mis defectos y de mis miedos.

La bendición de poder cocinar en pelotas, rascarme el culo un domingo en la mañana sin ninguna responsabilidad ajena o propia sobre mis hombros, y de estar lista para mí misma cuando estés por aparecer de la nada.

La felicidad de poder pisar descalza esta tierra, de no tener que llevar tacos por haber nacido mujer ni andar incómoda en mi camino, y de poder expresar a gritos que yo sí sencilla antes que muerta.

La rara sensación bien entendida por ser esa mujer a la que tanto temen, pero que extrañan en silencios y llaman aunque pasen años, porque están agotados de tanto plástico y sumisión buena, bonita y barata.

El inmenso placer de ser la más puta o la más santa, la más prudente o la altitonante, la más agnóstica o la creyente, la más ilusa o la intuitiva, la más mujer y la más hombre al mismo tiempo, cuando soy solo yo decidiendo.

En fin. Una gran dicha que justo, justo a mí, me haya tocado ser tan YO.

– Poli Impelli –

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No hay FIN sin un GRACIAS

Después de tres años, en los cuales he sacrificado de mi tiempo y energía para con otros, creo que me merezco sentir gratitud. No solo por mi esfuerzo personal, sino por esos otros (la otredad de la que hablaba Cortázar, aquellos que no son yo ni caminan con mis zapatos), por los lugares y los momentos. Si el regalo son las manos que lo entregan, entonces, cada proyecto personal viene acompañado de esas manos que regalan, que han sido sostén, ánimo y aguante y seguirán siendo reflejo imborrable de lo que se esconde detrás de un proyecto literario.

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Si espero un libro para agradecer, pasará el tiempo y me iré vaciando de la gratitud que siento hoy mismo, cuando escribo la palabra FIN. Yo no tengo la vida comprada, sino que respiro cada día intentando disfrutar como si fuera el último. Para los agradecimientos no deberían existir esperas, aunque luego tengamos el tiempo necesario como para corregir mil veces esa última página; nunca se sabe.

Beatriz Gassull Forbes, por abrirme la cabeza y el corazón a fuerza de insistencia. «Hay historias que merecen ser contadas», me dijo hasta el cansancio. Y no me quedó más remedio que escucharla con apertura y hacerme cargo. Gracias por la cálida tortura.

A la India y su gente, que me permitieron revisar en pensamientos y emociones lo que ya tenía en mis manos y en papeles desordenados, pero que aún no estaba escrito. A Valeria, que me vio escribir cada mañana encerrada en una habitación pero observando Bombay con fascinación a través de ventanales que ella le prestó a mis ojos. Gracias.

A Barcelona, fuente inicial de inspiración que me dio plenitud y me regaló rincones en donde mis manos no daban abasto. Y con ella a mucha gente que aportó su cuota de optimismo; en especial, a mi primo Hernán, a Mariela y a Isabella, que me dieron lugar, paciencia, ánimo y respeto, y confiaron en que mis silencios y horas de escritura irían a parar a algún lugar, aunque no supieran dónde. La confianza en brindar apoyo y sostén más allá de las certezas no tiene precio ni devolución posible. A Eleonora Lanzillotta, que confió en mí para colaborar con su propio libro y proyecto en Crecer Criando (Crianza Inclusiva), y me animó a dar más pasos y a creer que lo que se quiere se logra. A Rodolfo Morales, que me brindó la posibilidad de un café cuando me faltaban lugares de lucha contra la desconfianza y las ganas de mandar todo a la mierda (literalmente). A Valeria Massei, por acompañarme a ser. A Alejandro Borgarello, que desde el día que me conoció por casualidad o causalidad no ha parado de preguntar y dar ánimo, cerca y a la distancia. A Damián, por darme un gran ejemplo con su historia de vida. Gracias.

A Peñíscola, por ser un paraíso en donde cualquier escritor desearía volcar palabras. Si no hubiera pasado por allí largo tiempo, no habría hoy manuscrito posible. En ella a Bettina, por ser la cálida voz uruguaya que siempre me dijo y me dice: «boluda, no veo la hora de leerte», y si lo que escribo resulta mediocre, ella me empuja hacia adelante para que cambie. Gracias.

A Mendoza, antes, durante y después. En ella a mi familia, para los cuales debo ser un marciano de Marte que no encaja en las reuniones, en los eventos, en la vida diaria. Mientras ellos desayunan, yo escribo. Mientras ellos preparan asados, yo escribo. Mientras ellos festejan cumpleaños, me dan el permiso tácito (y no les queda otra opción, pobres seres) de retirarme una hora a desaparecer por completo porque saben que para mí es un trabajo. Gracias.

A mis primas Mariana y Cocó, que me prestaron sus hogares para que yo me concentrara y pudiera avanzar en paz. No fui yo quien pidió asilo, sino ellas que me ofrecieron el espacio; yo a eso lo llamo reconocimiento: «te doy lo que te puedo ofrecer para colaborar con tu vida». A mis hermanos y a mis cuñadas, por haber hecho lo mismo. A Mariella, porque no deja de alentarme como si se le fuera la vida en ello.  Y a Milagros —que insiste en llamarse María Emilia—, por el mismo motivo. Gracias.

A mis incondicionales amigas desparramadas por el mundo pero con el mismo origen: mis «Mendoza no duerme». La cantidad de artículos, talleres, novedades literarias y confianza que me han sugerido en estos años la he atesorado y estrujado al máximo, con la gratitud que siento porque me dan palmadas y patadas en la espalda y en el traste para que diga lo que tengo que decir, caiga quien caiga. Las adoro por eso y tanto más. Gracias.

A Lorena y a Elira, que se han emocionado hasta las lágrimas desde que las conocí y hasta el día de la fecha,; me hacen sentir en la obligación de mejorar y hacer algo que valga la pena. Si no es por excelencia, al menos por el hecho de superarme a mí misma. Gracias.

A Claudia Lapira, porque confió siempre en un «sí» antes de que fuera realidad, antes de que yo misma supiera con consciencia lo que estaba por hacer, hace ya años. Gracias.

A Gustavo, a Daniel y a varios amigos hombres que me ayudaron con la parte masculina que necesitaba para crear un personaje complejo, aceptando responder a mis preguntas ridículas y hasta comprometidas, sonriendo con un «todo sea por vos». Qué sería yo —mujer— sin ustedes. Gracias. Al escritor Cristian Lagiglia, especialmente, por haberme regalado un libro que me cambió la manera de verme a mí misma y de resolver el desorden de mi creatividad que no tenía un destino ni clara consciencia. Por su confianza extrema en mis letras y su asesoría gratuita a cambio de cervezas y risas. Gracias.

A Neuquén. En ella a Karina, por su confianza trece años atrás, cuando me leía y me empujaba a que hiciera algo con eso que ella leía. A Valeria Fernández, que cuando éramos adolescentes me decía: «vos deberías escribir»; creo que me reí a carcajadas (ella nunca supo que yo ya escribía). Escuchar a los amigos cuando hablan o cuando callan es de sabios, pero yo lo aprendí solo con el tiempo y la experiencia. A Carina Hernando, que se ríe a la par de mis locuras y confía no solo en quien he aprendido a ser, sino en quien puedo llegar a convertirme. Con ellas, a todo un grupo de amigas y amigos que me impulsan a ser mejor, mandándome material en privado para que descubra, lea, aprenda y me supere. A los bellos escritores con quienes compartí la labor de escribir, corregir y editar un libro de cuentos, relatos y poemas de muchos escritores neuquinos y «extranjeros» que eligieron la Patagonia Argentina como casa e inspiración. Mi agradecimiento hacia ellos es infinito, por la confianza, por el apoyo, por el respeto a las letras y también a los intentos fallidos. A Priscilla por ser quien es, y encima, enseñarme los secretos que ella como escritora desparrama con humildad y sabiduría. A Mariale, porque de ella robé los nombres de los personajes principales sin que se enterara a tiempo. Yo vivía en Barcelona, ella en Neuquén; cuando supo, pegó un grito de alegría. Ellos también te agradecen haberse materializado.  Te debemos una, dos y mil, querida Mery. A Verónica Moni Argento, que me prestó una habitación, una computadora, una perra compañera y un rincón de su mesa para que yo tecleara hasta el cansancio o se me adormeciera la mano derecha con tal de avanzar y sacarle jugo al tiempo. El valor del tiempo… creo que las dos lo entendimos de la misma forma. Me ayudó en todo el proceso esos meses, aguantando mis horarios marcianos y mis silencios infinitos. Y a mucha gente que no menciono aquí pero que estuvo detrás un año entero, preguntando, ofreciendo, escuchando. Gracias.

A Santiago de Chile, por esos rincones hermosos que me acercaron al final. Yo soy bicho de ciudad, y a las ciudades las exprimo y de cada rincón me llevo algo que pasa a ser mío. Cuando escribo, queda en mí el recuerdo de las imágenes que me rodearon en cada párrafo. En Santiago, a Claudia y a Eduardo, que también me cedieron su espacio para que yo estuviera horas dándole forma a capítulos nuevos, tachando y elaborando sueños. No fue solo el espacio; fue un zamarrón que para suerte mía llegó sin terremotos, pero que interiormente me sacudió el corazón para llegar a un final con decisión y compromiso. Gracias. A María Pitufina, que me regaló el último cuaderno que utilicé para terminar un manuscrito. Gracias.

A Verónica Viglierchio, Valeria Arias, Natalia Lodi, Virginia Riccio y Luis Escudero, por haber sido fuente de luz, de claridad, de alas en mi camino. Influyeron de forma positiva y amorosa en cada paso que di entre papeles. Sin este tipo de gente, también se pueden escribir muchísimas cosas, pero con ellos detrás no existen los bloqueos ni las hojas en blanco. Ellos me ayudaron a mirarME, y ese es uno de los regalos más hermosos que puedo recibir como ser humano y como escritora. Gracias.

A Gastón, por guardarme un primer borrador en silencio, en un lugar secreto y con confianza. Y por mostrarme un lado de la vida que me permitió entenderme mejor y construir caminos nuevos que no imaginaba para mi vida. Gracias.

A Mariana Laura, porque cuatro días antes de que ella naciera yo ya la conocía, y me buscó para dictarme diálogos y me empujó a ser quien soy entre recreos y distancias; no pasa un solo día en que ella no «controle» si estoy siendo quien estoy destinada a ser, y me encargo de devolver lo mismo. Es un compromiso, y en ese compromiso hay amor. Para escribir con total libertad y sinceridad se necesita mucho amor. Gracias.

A Hugo y a Beba (mis padres). Primero, por darme esta vida y educación, y luego por permitirme rayar papeles cuando apenas pude ponerme en pie; por darme la libertad de escribir en las pinturas y empapelados de mi habitación apenas pedí permiso. Adolescente y sin consciencia, necesitaba mirar lo que escribía. Qué mejor que despertar con frases, poemas y delirios propios inundando mi espacio más íntimo, el lugar donde la vida ya me parecía feliz porque yo sí podía escribir en grande y con colores sobre mis paredes. Gracias.

Nobleza obliga: a todos los profesores que puteé y admiré en la Facultad de Filosofía y Letras. Siento, desde el fondo de mi alma y como nunca antes, que puedo decirles GRACIAS en mayúsculas, por haberme obligado a destripar mi cerebro y corazón para que leyera, analizara y me pasara noches en vela intentando descifrar a los grandes, a los «monstruos» de la literatura que en ese entonces no entendía; de ellos sigo aprendiendo. Gracias.

Dicho lo dicho, me retiro a descansar, porque ellos también me piden un descanso. Están tan agotados como yo, porque han sufrido lo suyo, han reído, han tropezado y han aprendido a la par mía que de las historias propias y ajenas se rescata lo mejor y lo peor para darle un sentido a la vida. Y aunque los leyera solo mi madre, ya habrá valido mi esfuerzo su existencia. Mi mayor agradecimiento a las personas que me sirvieron de inspiración constante, sin darse cuenta y sin saberlo, para que yo imaginara y creara sin descanso. Gracias.

Y a ustedes/vosotros, por estar ahí detrás y permitirme leer lo que hacen, y sonreír, reír a carcajadas o emocionarme con palabras ajenas, muchas de ellas, mejores que las mías. De todos aprendo. Gracias.

La palabra «fin» NO es el fin de una historia real, pero se asemeja a muchas historias reales que conozco; cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. 😉

Infinitas gracias a todos.

– Poli Impelli –

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Repitiéndome

Con el paso del tiempo no solo las arrugas reflejan el caminar de un calendario, sino este tema de repetirse y repetirse. No tengo Alzheimer —todavía—, creo que es solo una cuestión de actitud, como dice Fito. Me repito de nuevo, año tras año, porque sigo sintiendo y pensando lo mismo, acrecentado por la terquedad propia de la edad. Así somos «los viejos».

Me encantan los lunes, cuando mi cuerpo se pone en marcha esperado una semana más de incertidumbre.
Me encanta la gente con buena onda, con buena vibra, que fluyen con la vida y que cuando caen putean con ganas, sabiéndose humanos por lo que les pasa, con la humildad de los «Grandes».
Me encantan los hacedores, constructores, manufactureros, valientes, arquitectos de sus vidas, que no fabrican para testear si se caen las estructuras sino que aseguran firmemente los cimientos para forjar algo sólido, duradero, bello, en cualquier plano de sus vidas, sea como sea que elijan.
Me encantan las personas que intentan una sonrisa cuando saben que el clima está gris y adentro hay tormentas.
Me encanta la gente que invierte su tiempo con creatividad y con algo de desatino.
Me gusta la gente loca, que se permite desobedecer sus propios mandatos para rebelarse contra sí misma.
Me encanta la gente que tiene algo para decir, y lo dice en voz alta, sin espionajes ni mensajes ocultos, pero con respeto por quienes leen y escuchan.
Me encanta la diversidad. Si no fuera por ello… ¡qué aburrido sería este mundo!
Me fascina la admiración que me provoca observar los talentos ajenos, distintos a los míos, y que me muestren con su arte todo lo que yo no puedo ni podría hacer, simplemente porque conozco mis limitaciones. Y por supuesto, me encanta compartir los míos.
Me encanta tener mucha de esta gente en mi mundo y sentirme tan agradecida por ellos. Les sigo deseando mil sonrisas, unos cuántos tropiezos más (no vaya a ser que perdamos la costumbre), y que sigan en rebelión constante cuestionándose a sí mismos.
¡Ah! Me encantan mis livianos desayunos y me siento agradecida, porque hay un número incontable de gente en este mundo que no pueden siquiera darse el lujo.
Seguramente, siempre haya mucho que te haga vibrar, que te aleje de los miedos, y por lo cual sentirte agradecido/a.
Que te llegue el doble de lo que das. Observa muy bien lo que das; puede que ahí esté «tu suerte».

Feliz día para todos. 

– Poli Impelli –