El diario de Gabriella

Ja, creen que no me doy cuenta. Estoy acostumbrada a observar desde adentro la pasarela en la vidriera. Claro que de vidriera no tiene nada; solo es un espejo. Van entrando totalmente dormidos, saludan al pasar a media lengua y con la almohada pegada en la oreja. Ya para el mediodía vamos despertando, pasan haciendo bromas y se instalan cual sesión de terapia. Por la tarde, ya se dirigen a mis tetas más que a mis ojos. Natural, pero a mí me divierten las mañanas. Tengo que llegar demasiado temprano a la recepción para que todo esté impecable, y si recuerdo la cama por la cual llegué a este trabajo, más me vale que me esmere.

Antes de tropezarse con la vieja alfombra que cubre el único escalón de la entrada —no sé por qué no cambian esa horrorosa alfombrita; guita es lo que sobra—, se detienen unos segundos en el espejo y se miran. El gran ventanal a ambos lados de la inmensa puerta giratoria es un espejo por fuera. Intento estar lista antes de que llegue el gerente, el único que entra erguido y derecho, y también el único que al llegar la tarde me sigue mirando a los ojos. El resto… se olvidan que estoy adentro, observando el espectáculo.

Bajan un poco la mirada y se tocan el pelo, se acomodan la corbata o el cuello de la camisa. Los más informales, con camisetas y pantalones de algodón o jeans, meten panza adentro. Aguanto la risa, porque si hay algo que conozco, son estómagos hinchados de cerveza. No sé si luego exhalan cuando alcanzan los pasillos, pero en los «buenos días» intentan un modelaje, digno para la tapa de Gente. Me cuesta creer que no se den cuenta que estoy mirando todo. TODO. Si se acomodan algo más, también. Y después dicen a boca suelta que solo nosotras nos miramos y arreglamos frente a un espejo. Cada día creo que alguno me va a sorprender y va a pasar de largo como hace el gerente. Pues no. Para mi deleite, tengo material de sobra para divertirme desde tempranito. Pero… para qué negarlo, si yo lo que más espero es esa hora exacta en que Hernán se mira de reojo y frena, con las dos manos se revuelve el pelo y frunce el ceño, tomándose la tarea muy en serio. A veces, se toca su lunar antes de encarar hacia la puerta. Sonrío al imaginar que viene haciendo lo mismo hace años, y que este edificio está más empapado de testosterona que de estrógeno. ¿Ante quién piensa mostrarse tan… hermoso? Podía pensar que es por mí, pero hubiera sido una estupidez. Hasta ayer, al menos.

Siempre me saludó con respeto, aunque tiene la costumbre de aparecer por recepción al mediodía con la excusa de preguntar el menú para el almuerzo (la mayoría llama desde su escritorio), y le permito que su mirada se desvíe de mis ojos hacia el lugar que elija, aunque aún sea mediodía. Desde que entré lo tengo en la mira, pero pocas veces me toca llevarle correspondencia. Está en un sector que todavía no entiendo qué significa. Le pregunté disimuladamente a Ana, la secretaria del gerente, y aunque me lo explicó dos veces, no lo entendí. Poco me importa. Me importa él, de la misma forma que me importa el resto. Sé para qué estoy y para qué soy buena. Cuando me olvido, no tengo más que recordar a Fabián con Romina (mi supuesta ex «mejor amiga») montada en sus piernas en el baño de aquel bar. Se suponía que me esperaba a mí, como había hecho siempre hasta aquella noche. A Romina la entiendo; Fabián es un bombón. Lo que no creo factible es que la insulsa noviecita de Hernán pueda llegar a entenderme a mí. ¿Qué más da? Mi jugada surtió efecto; mi pantalón de lino gris, también.

Sabía que caería en algún momento, solo era cuestión de tiempo. Como todos, más fáciles que la tabla del 2 (mi sobrino tiene 4 y ya la sabe de adelante hacia atrás). Cuando este va, yo fui y volví diez veces. La pálida cara de nada vive en un foco; averiguar fue fácil. La que no me cierra es esa tal Naiara… ¿quién carajo es? Pero no se la puedo mencionar, tengo que contenerme porque mi bocaza me puede destruir. Hernán es un caramelo, un bombón para desenvolver con lentitud y aprovecharlo entero. Y debe ser tan zorro como inocente. Su cara… hoy, cuando ya se iba y los teléfonos me torturaban… se dio cuenta solo. Se podía venir abajo la empresa pero hasta que no girara sus pies para pegar la vuelta hacia mí, yo no iba a atender ninguna llamada. Fue tan fácil como lo imaginé, no tuve más que enderezarme para que mi escote sobresaliera y fijar mi mirada en él, suplicando que se acercara otra vez. Lo hizo con la misma seguridad con que se mira en el panel espejado cada mañana, pero también con una pizca de timidez. Esconde algo, no sé qué es, y no es su… ¿novia? Es algo detrás de su mirada, como si pidiera consuelo. Su acercamiento no me pareció a mendigo, ni a galán de turno queriendo levantar a la recepcionista. Ya no soy tan «nueva» en esta empresa, él podría haberlo intentando antes. Hay algo más…

Sé cómo jugar, y me importa poco perder, porque en definitiva, siempre algo gano. Mi notita con mi dirección junto a un disimulado sobre vacío fue clara. A las 8. Shhhhh.

Son las 7:50 de la tarde. Hernán es puntual para todo, incluso para pedir su almuerzo. Es de lo más estructurado que he visto en esa empresa, aunque siempre lo haya observado de lejos. Haré mi mejor intento; quiero saber más, averiguar más. Este pibe esconde algo, y no saberlo me provoca la misma decepción que me generó Fabián. Llevo años ocupando el lugar de Romina; si ella pudo con mi Fabián, yo puedo con cualquiera.

7:55, suena el portero. Ja, ¡bingo! Y cree que no me doy cuenta.

Gabriella.

 

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El diario de Laura

Miércoles, 18 de Diciembre.

No lo vi venir, no me pude mirar…

Se fue de casa anoche; después de 15 años, dormí sola, acurrucada a mi almohada. La de él quedó en el mismo lugar, intacta. Tenía que mirar la sábana vacía hasta que el balanceo del llanto me dejara caer fundida. Creí que ya había llorado suficiente. Lloré al escuchar sus pasos alejarse por el camino de la entrada que construimos antes de que naciera Julián. Me desperté esta mañana con la cara enrojecida, desconocida, apenas pude abrir mis ojos… hinchados; me costó reconocerme. ¿Soy yo?

Preparé un café y aguanté el llanto un rato, hasta que Valentina y Julián salieron en el transporte hacia el colegio. Llamé a Rodríguez y con voz de velorio, entierro y purgatorio le dije: «No puedo ir a la oficina. Javier se fue de casa». Supongo que entendió mi balbuceo porque escuché un «lo siento». Me quedé muda, ya tenía otra caja de pañuelos descartables en el sofá, creo que me sintió moquear. «Laura, ¿necesitás algo?» ¿ALGO? Una explicación, hubiera querido gritarle, pero Rodríguez es tan parecido a Javier (o Javier a Rodríguez) que intenté separar los caminos. No me salió muy bien. Suspiré profundamente. «Un abrazo», dije, y dejé a mi jefe mudo por primera vez en ocho años. Lo logré. No quiero imaginar su cara de póker, ya sentado en ese escritorio rancio esperando a su mano derecha (o sea, yo) con esa frialdad con que se perfuma las células a diario, escuchando mi respuesta. Pobre Rodríquez… ¡Pobre yo, maldita sea!

Corté. Y lloré el doble que ayer, que anoche, que al abrir los ojos hoy y que ahora mismo. Sentí vergüenza, propia y ajena. ¿Cómo no me di cuenta? Este pueblo de mierda… Vivo en una nube de pedo, como me dice a veces Naiara.

Valentina me preguntó si estaba resfriada o me había picado una abeja. Le dije que tenía conjuntivitis. Claramente, no me parezco a su padre: no sé mentir. «¿Qué es conjuntivitis, mamá?». Es una enfermedad pasajera en los ojos, que explota cuando hay algo que no querés ver; en este caso, al pelotudo de padre que elegí para tu tierna e inocente vida. No, por supuesto que respiré y lancé una mentira a mi hija, y ahora me pregunto si esto será rutina, hasta cuándo tendré que dibujar la realidad para ellos… si esto recién comienza. Están acostumbrados a levantarse sin ver a su padre, porque Javier arranca a las seis de la mañana para llegar a tiempo a la fábrica. ¿Y esta noche? ¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Y el resto de sus vidas? ¿Y la mía, MI vida?

Nueve horas han pasado y todavía tengo lágrimas. ¿No se acaban? Por favor… ¿qué hice estos quince años con mi perra vida? No quiero mirar hacia atrás, no quiero. Pero lo imagino con ella y me es inevitable. ¿Adónde estaba yo? En la oficina. Cambiando pañales. Haciendo tareas, forrando cuadernos. Limpiando la casa, arreglando el jardín. Planchando uniformes, y sus camisas. Vamos, Laura, pensá. ¿Qué más? ¿De qué te perdiste, así le encontrás explicación a este dolor? Qué feo se siente… Javier no es tan imbécil; supo siempre que yo me daría cuenta. ¿Por qué no me ahorró tiempo? Habla tanto como el denso de Rodríguez, pero cuando tiene que hablar, calla. Y lo peor es que no tengo con quién compararlo…¡quince años a su lado! ¿Cómo serán otros? Solo puedo verlo a él, y su cara de ayer… Yo tendré la cara y el andar que me ayudan, pero me subestimó demasiado. Este pueblo es peor que Rayén; no se te puede escapar un pedo en el norte porque lo huelen en el sur. ¿Acaso no sabía que me iba a enterar? ¿Qué hago con los nenes, sola? ¿Sola? SO-LA. La re puta madre. Yo no sé estar sola, no puedo, no voy a poder con todo, no puedo sin Javier…

 

Jueves, 19 de Diciembre

Escribo para no matar a nadie. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o… Rodríguez me dice que me quede en casa. No pruebo bocado, ya vinieron Carmen y Gustavo, y mamá me llamó ayer al mediodía. Voy a tener que hablar, voy a tener que decirle la verdad y eso me denigra. Me enfurece. Me siento perdida, sola, sin rumbo. El castillo entero se me desarmó por una mal parida. O porque él… o quizás yo… Según Naiara, algún día voy a poder completar mis oraciones, mis ideas. Lloro. Estoy HARTA de llorar. Y tengo hambre. Hambre de saber, hambre de conocerla y mirarme en un espejo. Hambre de verdades, hambre de milanesas con papas fritas; las de mi mamá, las que preparaba cuando yo llegaba del colegio. Pero solo puedo oler sus comidas cuando escucho su voz en el teléfono. Tiene que saber, aunque yo de acá no me muevo. No puedo. Todavía tengo que llorar un poco más aunque no quiera, todavía tengo que volver a la oficina y soportar a Rodríguez, y las preguntas de mis hijos, y la ausencia en nuestra casa y también encontrármelo con ella. Quisiera desaparecer, o tener el tiempo suficiente para tirarme en una cama durante días, meses, ¿años? Sin cocina, sin tareas, sin cuentos por las noches, sin preguntas ni respuestas, sin mentiras… Anoche durmieron con Carmen, hoy ya tengo que traerlos a casa. Y sí, me tocará tragarme este insoportable llanto.

Quiero creer que todo esto una broma, que volverá a entrar por esta misma puerta como cada día, que le prepararé la mejor comida, que vendrá a buscar a nuestros hijos con sonrisas. Sueño. Sueño despierta porque si dejo de soñar, me muero. El dolor me aprieta el estómago, me tambaleo por la casa como un zombi, y Carmen llama cada una hora para repetirme que tengo que comer.

¡No quiero comer! Yo solo quiero a mi familia…

Laura

 

-Poli Impelli-

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Escribir sobre nada – Isaac Belmar –

Flaubert aspiraba a la creación de una gran novela que no tratara absolutamente de nada, que se sostuviera por la mera fuerza del estilo. De hecho, la «queja» de algunos lectores hoy hacia lo que a veces se denomina como «novela literaria» (no entiendo muy bien el concepto, pero lo voy a usar por la pereza de escribir en las horas de otoño antes de que amanezca) «no va de nada» y, por tanto, a algunos se les hace pesada y/o aburrida.

Que para eso ya está la vida y uno se quiere evadir donde los héroes y los dioses.

Curiosamente, algunos géneros, como la comedia televisiva han recurrido a series que van sobre nada en particular. Seinfeld fue probablemente la pionera y Friends la revisitación de historias que iban sobre pequeñas cosas y ninguna en general. La vida y lo que contiene, sin grandes aspavientos, sucesos o conspiraciones.

Eso también lo comparten algunas de las obras literarias más grandes. En realidad, no tratan sobre mucho, no hay grandes catástrofes, guerras, espías, amores que hagan estallar guerras o dramas más allá del que nosostros, personajes cualquiera, vayamos a experimentar. Ejemplos que me vienen así de pronto: El extranjerode Camus, o Lolita, en las que sus argumentos son casi anecdóticos, exentos de monstruos, leyendas y sucesos espectaculares. Podrían ser la vida que ocurre en la finca de al lado.

Personalmente creo que hay un enorme mérito en escribir historias que no van sobre nada, pero sin embargo no dejas de leer y conectan contigo, sin necesidad de desnudar a alguien ni inventar asesinos en serie que de todas formas nadie se cree.

El verdadero maestro puede hacer una cosa y la otra, pero sobre todo no necesita de grandes trucos y mecanismos argumentales para atraer la atención, ese maestro podría escribir el listín telefónico y lo leerías.

Creo que cuando uno es capaz de escribir una buena historia de nada, ha conseguido mucho. Su escritura es tan buena que es capaz de hacer interesante lo cotidiano, no sólo por un estilo virtuoso, sino porque lo que importa muchas veces son las entrelíneas, lo que corre por debajo, lo que nos hace humanos y conecta, de manera que, de algún modo, nos mueve.

Era niño y no recuerdo el director de cine antiguo que lo dijo, pero escuché que había que mostrar cada cierto tiempo un hombro desnudo, algo de violencia, recursos para que la atención del espectador no se desvíe. Si uno va a al cine últimamente, los grandes blockbusters están llevando esa fórmula al extremo. Todo explota, todo es brillante y se mueve sin parar, no sea que cojas el móvil.

Y al final, los móviles brillan igualmente en la oscuridad y nada importa.

Sales y te olvidas, otro fuego de artificio más que brilla un instante y queda luego en nada, porque en realidad no es nada. Soy valenciano, he visto muchas Fallas, sé de lo que hablo, color por fuera y hueco por dentro cuando rascas.

Eso se ha trasladado en cierto modo a la escritura. Se alega que hoy el lector ha cambiado, que vivimos de 140 caracteres y hay que adaptarse, que más allá de eso no hay atención y no habrá lectores. Se habla de trucos, se habla de enganchar, se habla de competir con otros medios de entretenimiento como si eso fuera lo importante… Capas de pintura que no sirven de mucho puestas sobre algo sin sustancia.

El mérito para mí está en lo otro.

No creo que haya que ser ni un esnob ni Flaubert, aspirando a escribir algo sobre absolutamente nada, pero pienso que una buena medida de una buena escritura está en ser capaz de contar esas historias que «no van sobre nada» (cuando la cuestión es que van sobre lo importante y está ahí, detrás y entre las líneas) y ser capaz de conectar con alguien.

Isaac Belmar, en su Hoja en Blanco

El diario de Esteban

Encerrado, así me siento. Atrapado pero cómodo. Hoy, cuando vi una foto del pasado, sentí que antes podía. Fui feliz, con Daniela, quiero decir. Y ahora me revienta las tripas esta puntada en el estómago; supongo que se me deben iluminar los ojos cuando veo los suyos. Una foto, claro. Me enteré que está muy bien; cumplió sus sueños, su objetivo. Es médica clínica en uno de los mejores centros de medicina de California. A veces cuelga fotos públicas en Facebook. Y como un tarado ahí me encuentro, sentado en la silla que ya conoce mi culo más que yo mismo, en una oficina escondiendo mi cara detrás de un monitor más grande que la ventana que me oculta del otro mundo. En ese otro mundo caminan mi mujer y mis hijos. Tan lindos… tan grandes… ya pasaron los años de pañales, colegios, actos y berrinches. No puedo creer que mi hijo ya esté estudiando ingeniería. Le gusta; mejor que yo ha salido, siempre digo que es como su madre. ¿Y Antonella? Un solo año y chau, se me va… se va mi nena. Ella también es igual a su madre, o eso dicen, por dentro y por fuera. Buena, paciente, tranquila, estudiosa. Y ahora de novia con un pibe que me cayó bien desde el primer día; ¿será que los vi enamorados? Lleva un año y ella sigue igual, planeando con Joaquín su existencia.  Y él la mira y se derrite. Bueno, confieso en este papel donde solo yo me leo que al principio sentí un poco de celos. Muchos. Asquerosos, descomunales. Creo que tuve que controlarme para no pegarle una patada voladora cuando Anto me lo presentó y al soltarme su mano giró su cuerpo y encajó un beso a la boca de mi hija. Un beso que me recordó a mis labios besando a Daniela. En ese lapsus de consciencia descarté la patada y entendí que él era inofensivo, y que la patada fue para mí.

Dicen que uno en los hijos vuelca sus propios sueños, sobre todo los que no pudimos o logramos cumplir, que deseamos —tal vez inconscientemente— que vivan lo que nosotros no hemos podido, que se animen a enfrentar esos miedos que nosotros les traspasamos sin querer queriendo. Me veo en él, en mi futuro yerno. Veo sus ojos cuando observa a mi hija reír, cómo la toma de la mano y en voz alta y sin reparo cuenta sus planes de vida todavía adolescente. Parece que la tiene clara, al menos más que yo cuando tenía su edad, cuando no pude —o no supe— cuidar a Dani. Quizás estudió medicina para poder cuidarse a sí misma. Un tarado. Yo, claro. Pero me acomodé como pude a su ausencia conformándome con Caro. Y el embarazo nos agarró entre exámenes finales, algunos sábados de boliches y sin muchos planes. Al menos, yo no tenía planes.

Hoy lo escucho a Joaquín y siento, muy adentro mío, una especie de envidia. Dicen que nunca es sana. No solo tiene planes, sino que en sus planes está enamorado, la ama en serio. ¡A mi hija! Será un chico afortunado. Y no es que yo no lo haya sido, porque miro a mis costados y tengo todo; una casa que construí yo mismo y que Caro acomodó y decoró con gracia y buen gusto; otra casa más chica en el lago, con vista al lado sur de las montañas, donde solo siento paz, como ahora. Amo nuestras vacaciones y fines de semana en esta casa, aunque últimamente disfruto más de mi soledad. Desde que Pablo se fue a estudiar y Antonella pasa más tiempo con Joaquín y sus amigos que en casa, tuve que hacerme más amigo de la soledad. Me peleo con ella seguido; los hombres no vinimos para estar, ni para sentirnos solos. Recién ahora, creo que Carolina fue su disfraz, y siempre me pregunté qué sería de mí, de ella, de nosotros cuando los chicos crecieran y dejaran de ser niños. Un año más y Antonella estará lejos. Me quedo tranquilo por ella, pero comienzo a preguntarme por mí… Creo que jamás me lo había planteado como ahora, sobre todo cuando termino de correr y me relajo con una cerveza mirando la montaña más alta, cada fin de semana.

La miro a los ojos, intento encontrarla… Fue y es la mejor madre que podía darle a mis hijos, y todavía la siento bella, igual que cuando nos encontramos por primera vez en nuestro pub preferido. ¿Será la edad? No lo sé. Lo que sí sé es que no quiero imaginar nuestra casa sin Antonella. Las vacaciones que eran en familia ya no lo son, ya no hay risas ni ruidos. Ahora somos dos. Y miro hacia atrás y pienso… ¿alguna vez fuimos dos? Costumbres, hábitos, mi resignada forma de adaptarme a la realidad que conocí. Vi a mis padres hacer lo mismo, entre ellos y con nosotros, y Caro tuvo lo opuesto: padres separados desde que ella era una nena. Quería lo contrario; supongo que lo logró. Y me quiere… aunque a veces me pregunto si se esconde detrás de un monitor y siente esa extraña sensación y hormigueo en las venas que siento yo cuando veo a Daniela sonreír en fotos, en su vida. Y en esos momentos, quisiera destruir mis recuerdos… porque me siento un cobarde. Joaquín se llevará a mi hija y con su ausencia vendrá la mía. Mi comodidad me sentó muy bien todos estos años, mi adaptación tuvo siempre el nombre de Carolina. Y ahora, ya con mi insatisfacción acomodada, una puta red social me trae de vuelta esa mirada, esos ojos por los que creí, lloré y juré. Igual, no cambiaría jamás todos estos años, mucho menos la existencia de mis hijos. Solo creo que me cambiaría a mí mismo; me extirparía esta casa, esta vista que me envuelve, nuestra casa en la ciudad, las dos camionetas, cada viaje y todo lo que guardamos en un banco si tan solo pudiera sentir la fortuna de volver a… amar. Lo dije, sí. Amar.

¿Desde cuándo escribo tantas estupideces que nadie va a leer? Sí, estoy viejo. O pelotudo. O me siento solo. O me extraño… Me extraño con Daniela. Desde el lunes no miré más su muro, su sonrisa, sus ojos… Y juro que ella nunca verá el secreto de los míos.

Ahí llega Caro; siento el sonido de sus pasos cuando vuelve del almacén. Es lo primero que hace cuando llegamos al lago, y yo me quedo inmóvil por un rato, con mi vista en la montaña. Acá también existe la rutina. Y los secretos.

Esteban

 

-Poli Impelli-

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Balloons to your heaven

I look up to remember

over the whiteness of the snow

or with the birds whispering their songs,

in a thousand ways te extraño,

before recognizing myself within

those paths that let us flow together.

 

Your laughter echoes my ears

like the chords that bring me memories

with the shared smoke,

and every tear we kept

before going to bed laughing.

 

I love you, tanto… I seem to hear you

among the clouds.

Yo más…  I answer as I did the last time

I hugged you and you allowed yourself

you to cry for my departure.

 

Now it’s me who cries for yours,

devoting strength to my heart not to forget

every fold of your face,

every ripple of your wind and

every word that came a través de tus miradas.

 

Do not cry for me… You whisper in the air,

and my smile nods in the shadows,

the whims of fate, my selfish pain.

Longing for you to be here,

Waiting for you to come back.

But then I sigh… Being thankful

de que aun estés con vida.

 

I’ll find you somewhere

and maybe we’ll hug each other again

to drown in laughter, unable to speak

until you tell me again:

“Enough; we have to talk seriously.”

And time will start slowing down,

because time waits for souls

to meet each other otra vez.

 

I miss you, though I always missed you from afar.

I had to learn it and you too had

Te extraño, in a different way,

With words of comfort,

another skin covering my pain.

 

I do not want to be irreverent, pero qué mala

costumbre that of life to hit us where it hurts the most.

I repeat your words and laugh,

imagining your whisper: “Do not listen to me,

I did not mean to talk seriously. “

 

When someone lives spreading light,

it leaves the threads of hope at every step.

Today your light sigue brillando.

It’s not a dream that burns me inside; it is your hands,

surfing again over my face, like that last one hug

we had and many others.

 

I´ll learn with time to free 

balloons of thousand colours

through the air,

to the sky,

towards your heaven.

 

Gracias, since it was a pleasure coincidir en esta vida.

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El diario de Emma

Papá parecía estar en blanco, pálido, cuando se acercó a nosotros. «Apaguen las luces y suban al otro piso de inmediato. La policía estará aquí pronto».

Mamá lo miró con esos ojos comprensivos que conocí el día de mi nacimiento, sabiendo lo que sucedería como si mi padre le hubiera contado un gran secreto antes de hablarnos. Él asintió con el mentón levemente, lo vi. Miré a mamá esperando su orden, y ella me tomó de la mano sin mirarme. «Vamos, cariño. Todo estará bien». Con la otra mano levantó una pequeña bolsa que Mr. Toyle había llenado con latas de conservas, y de un tirón empujó mi cuerpo, pequeño y últimamente más débil, y me llevó hasta las escaleras que conducían al altillo. Allí habíamos jugado con Thomas entre libros y cajas viejas. Había un viejo colchón con algunas telarañas, pero jamás nos intimidaron. Había sido nuestro mejor escondite en tiempos mejores.

Subimos con decisión y miré a papá por sobre mi hombro. Me sonrió y se acomodó su sombrero marrón guiñándome un ojo. Con su mano derecha, se llevó el índice a sus labios, haciendo ese mismo gesto que las enfermeras usan en los pasillos de los hospitales frente a niños y niñas como yo. Allí supe que estábamos en peligro. Silencio. Y a mí me gustaba cantar y hablar como hacíamos con Thomas cuando subíamos al altillo. Pero le hice caso a mi padre y asentí. Quise sonreír, pero mis músculos no respondieron a mi orden.

«Vamos, Emma», dijo mamá para que apurara mis pasos, y noté que su voz no era la misma de siempre. «Papá subirá detrás de nosotras».

Cuando abrimos la pequeña puerta del rincón, al lado de un gran armario vacío, esta chilló y mamá la empujó para acallar los fantasmas. Debajo sentí unos pasos cortos pero decididos; mi padre nos seguía. Mamá tuvo que agachar un poco su cuerpo para entrar y yo le seguí, agradecida por poder volver a mi rincón favorito. Allí me sentiría contenida, mucho más con papá y mamá a mi lado.

Cuando mi padre llegó al agujero principal, miró hacia abajo sobre los escalones de madera y suspiró. «Vamos, Oliver, entra y cierra ya la puerta», suplicó mamá. Detrás de esas débiles paredes, detrás de la presencia de mi padre y de mi ingenuidad, pude escuchar una celebración de disparos, gritos y estampidos. Sin embargo, no quise preguntar.

Cuando papá atravesó la vieja puerta y cerró los dos pestillos con fuerza, supe que allí estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? Levanté la mirada y mamá, que conocía mis preguntas antes de que las hubiera pronunciado, repitió el mismo gesto que había visto en mi padre unos minutos antes. Silencio. ¡Cuánto me costaba callar! ¿Por qué? ¿Qué habíamos hecho? Me senté como una niña buena en la esquina del colchón. Mamá comenzó a observar lo poco que había en el altillo y miró a su marido; una sombra de espanto recorrió su médula y destelló en sus ojos, pero papá no tenía muy preparada su respuesta. «Bajaré en cuanto pueda; les traeré abrigo y pediré a Toyle que busque en lo de nuestra vecina más comida para Emma». No aguanté más ese juego del silencio, que por lo visto recién empezaba. «No tengo hambre, papá. Estoy bien».

Ellos se miraron y sonrieron. Los ojos de mamá brillaron y creí que se echaría a llorar; pero en vez de eso sonrió y le pestañeó a mi padre con complicidad. Mi padre dejó caer el sombrero al suelo y una pequeña nube de polvo se levantó alrededor de su figura. Cuando miré hacia la única pequeña ventana a mi izquierda, pude ver el mismo polvo en el aire, como si Dios, o vaya a saber quién, hubiera dejado caer su gran sombrero en las calles.

Los tres, en silencio, escuchamos la última gran explosión de la noche, y los gritos ahogados que llegaron con dolor atravesando las paredes. Mi madre se apresuró a abrazarme, y supe entonces que en sus brazos no moriría. Tal vez, afuera había niños llorando sin los brazos de sus madres. Y me sentí pequeña pero inmensa. De a poquito, ahí adentro, comenzó a gustarme el silencio. Afuera, ya estábamos en guerra.

Emma

AI

 

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De cervezas y mochilas

          En el jardín de la casa de Ana Laura nos dieron las diez de la noche. Era una intensa noche de verano cuando cansadas de mates aunque no de risas pedimos unas pizzas y cervezas, y nos sentamos alrededor de una amplia mesa bajo las estrellas.

             Uno nunca sabe si es el destino que guiña un ojo invisible o es el efecto del alcohol sin comida previa en el estómago, ya que las pizzas tardaron más de lo habitual.

            —Tendríamos que viajar —dijo Ana Laura, acomodándose de costado en una silla playera sobre el césped.

            —¿Adónde? —preguntó María.

            —Adonde sea —respondió Claudia levantando su vaso de cerveza.

           Brindamos por un viaje inexistente, riéndonos por reír, pero Ana Laura se levantó, apoyó su vaso en la mesa y desapareció hacia el interior de la casa de su madre. Éramos muy jóvenes, lo suficiente como para estar todavía rindiendo exámenes de universidad en carreras diferentes y disfrutando de la soltería, sin hijos. Bendita juventud que nos permite soñar y hacer realidad los sueños en fracciones de minutos, sin “peros” reales ni inventados, sin  miedos ni vergüenzas.

           Ana Laura apareció de nuevo desde el pasillo sonriendo y casi a carcajadas consigo misma. En sus manos traía un pliego de papel plastificado enorme y de colores.

        —A ver… —dijo, y movió botellas de cerveza abriendo el pliego que tenía estampado el mapamundi.

          —¿Ya estás en pedo? —dijo Verónica pegando un salto hacia la mesa.

          —Puede ser, pero no me digas que no es buena idea.

          María, Claudia y yo nos miramos, conteniendo asombro y sonrisas.

       —Bueno, yo propongo el Caribe —dijo Vero, ya bastante mareada, apoyando su dedito más cerca de Canadá que de Aruba. Indudablemente, la tercera botella de una Quilmes con la panza vacía estaba haciendo su efecto.

            Ana Laura largó una carcajada y nos miró:

—¿Ustedes no piensan venir?

          Pegamos un salto y nos abalanzamos sobre el mapa. Aunque no estábamos jugando al TEG, íbamos poniendo dedos arriba del mapa como si el mundo fuera nuestro; jamás pensamos que en realidad podía serlo.

          —Yo siempre quise conocer Europa —dijo Claudia y me miró, tal vez esperando que yo la bajara a tierra o por el contrario, le apoyara su moción. Pero se me adelantó María:

           —¿Tan lejos? ¿Ustedes hablan en serio?

           Nos miramos todas buscando sensatez en alguna, pero no la encontramos.

          El tipo del delivery tocó el timbre y fui yo a recibir las pizzas. Cuando llegué cargada al patio, ellas habían hecho lugar en la mesa, pero el mapa seguía allí abierto a un costado del mantel.

       —Poli, ¿a vos te pinta ir a Europa? —me preguntó Ana Laura. Yo me casaba en menos de un año; todo mi trabajo, mis ingresos, ya tenían un destino.

     —¿Cómo no me va a pintar? —dije—. Más vale que sí, pero ¿cómo vamos a pagar semejante viaje?

       María se encogió de hombros. Ninguna de ellas estaba en plan casamiento ni siquiera en sueños; estaba claro que no podía cagarles yo el delirio de una noche de verano, aunque fuera solo eso.

            —A ver, pongamos orden. Primero, comamos —dijo Claudia.

            Se nos fue una hora riendo y comiendo. Creí que olvidaríamos el tema, que había salido a flote con una idea al viento de Ana Laura, como quien dice: «yo debería ser presidente de esta nación». Aunque no lo parezca, no cualquiera puede. De la misma forma, nosotras no podíamos. Sin embargo, entre mordiscos y tragos, comenzamos a pensar en fechas, ya que todas estábamos con exámenes diferentes; lo que menos nos sobraba era tiempo. Ni dinero.

            En aquel entonces, San Google no era parte de la mesa; no existían los teléfonos móviles e Internet solo comenzaba a utilizarse para el correo electrónico frente a un armatoste hogareño. Nuestro conocimiento era consecuencia de los libros en papel, el mapa sobre la mesa era la ruta de los sueños. Era como una búsqueda del tesoro, en donde teníamos que hacer flechas inventando rutas, ganando espacios e imaginando los mejores caminos posibles.

            En esos tiempos, todo era cuestión de creatividad y sentido común; no teníamos datos concretos en una pantalla, y para saber algún precio había que asentar el traste con paciencia en una agencia de viajes. No había pantallas cotilleando viajes y experiencias ajenas, consejos ni tips para mochileros. Dada la circunstancia de estudiantes casi recibidas con trabajos iniciales y sin un peso de sobra, la idea era descabellada, pero Ana Laura era la mayor y sí se había recibido. Y llevaba casi cuatro botellas de cerveza encima. Se lo tomó en serio.

            Menos mal que siempre tenemos un amigo que nos descoloca de la rutina y que nos sopapea para soñar de a ratos… Lo más significativo es que han pasado 19 años  desde aquel viaje inolvidable (porque jamás hay dos iguales, ni volviendo a los mismos lugares) y las cinco seguimos soñando como aquella noche, mirando mapas y aventurándonos a vivir y a un ¿por qué no?

            Creo que inconscientemente ese viaje nos despertó el marulo y el corazón, más allá de los destinos elegidos. No fue solo aprender a viajar con simpleza y con lo justo, sino a compartir la incertidumbre que supone ser mujer con una mochila al hombro y no saber dónde pisarás mañana. Éramos cinco sin San Google, sin GPS, sin el euro ni una Europa unificada, sin cuentas bancarias abultadas y sin la sabiduría que solo te concede la experiencia de los años. Pero claro, no éramos las únicas. Así se vivía, así se sobrevivía y así se viajaba.

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            Llegamos a Londres seis meses después, con una pequeña mochila de mano cada una. Por suerte, una tenía un dentífrico y Ana Laura, su walkman. Ninguno de nuestros equipajes llegó con nosotras, ya que las cinco mochilas grandes habían quedado en Bruselas, donde jamás hicimos escala. Pasamos una noche y parte del día siguiente con lo puesto, hasta que en la tarde, un joven personal del aeropuerto nos trajo el equipaje al hotel donde nos estábamos hospedando. De todos los pasajeros que habían volado con nosotras ninguno había tenido problemas con su equipaje. Fuimos las únicas en esperar horas y hacer reclamos a varios números telefónicos en el aeropuerto de Heathrow. Así comenzó nuestra aventura durante un mes en Inglaterra, Francia, Suiza, Italia y España.

            Lo que primero fue trastorno se convirtió en costumbre: cambiar divisas de un país a otro era perder dinero, porque no teníamos forma de calcular cuánto gastaríamos en el próximo país. No podíamos averiguar precios ni saber con qué nos encontraríamos de antemano. De esta forma, íbamos permitiéndonos la incertidumbre (que hoy en día es casi un cuco y asusta), día a día, y de las libras pasamos a los francos, luego a los suizos, nos llenamos de liras para terminar con pesetas en los bolsillos. ¿Había acaso otra opción? Nada nos importó demasiado, salvo cuidarnos entre nosotras cuando quedábamos varadas en alguna estación de trenes perdida en las noches, donde solo el ruido de los motores lejanos cubrían las estrellas. Siempre hubo algún perro solitario o algún otro extranjero perdido como nosotras; era el juego de no saber en dónde estábamos ni hacia dónde iríamos al día siguiente. Vale aclarar que esto pasó en Italia más de una vez, en donde la gente tiene esa hermosa costumbre de dar indicaciones incorrectas, y de hablar a los gritos, claro. Recibimos muchos gritos y cada día fue un tanteo de caminos a seguir con intuición y buen atino. En el resto de los países que pisamos dejamos un poco más de carcajadas, encuentros y anécdotas imborrables. El terror de París en las noches y la luz de esa ciudad que jamás pierde su singularidad y su encanto. Hacer picnics en operativo «modo argento» en los jardines de una Universidad en Oxford, colarte sin vergüenza en Teatro de William como si estuvieras en la Bombonera y, una vez dentro, sentir que todo es un gran cuento y que Much ado about nothing y sus actores sí pueden ser reales. Recuerdo esas lágrimas de emoción resbalar por nuestras mejillas, y mirar al resto de la audiencia: jóvenes de colegios ingleses y adultos embelesados en las gradas superiores. Recuerdo al grupo de argentinos e italianos con quienes recorrimos el Ponte Vecchio en Florencia, y el calor asfixiante en las calles de Roma, que nos obligó a buscar paraderos con aire acondicionado con la excusa de no morir tan jóvenes. Recuerdo el día entero en el castillo de Versailles, y cómo nos recibieron con una dramatización de Luis XIV y su gran corte. Recuerdo Lucerna y su lago, cuando el cansancio nos superó en un barco y las cinco quedamos dormidas en la proa; los turistas tuvieron que surfear por encima de nosotras para tomar fotografías y filmar paisajes de ensueño. «Esto es igual a nuestra Patagonia», dijo Ana Laura, y apoyó la cabeza en el hombro de Claudia. Fuimos cayendo de a una, de hombro en hombro, intentando mantener los ojos abiertos, pero llevábamos dos días sin dormir. Pasé por Lucerna 17 años después, conduciendo una caravana con mi amiga-hermana, y al pasar por ese lago a mi derecha aminoré la marcha y no pude más que sonreír con complicidad ante el recuerdo.

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            Imposible olvidar la final del mundial en Francia, donde llegamos justo para festejar con ellos el triunfo. Y bueno, para qué negarlo: felices porque Brasil no había podido, y también nos tocó ver sus caras de amargura en el aeropuerto de San Pablo. «Total, igual nos vamos al infierno», dijo María, jurando que aprendería algo de francés nada más que para solidarizarse con ese mundial de fútbol.

             En un mes de vida pasan muchas cosas, creo que aun más cuando se es joven y se viaja a lugares desconocidos con amigos. A mí me quedó como recuerdo lo que luego me marcó camino, y elegir Barcelona como destino final fue nuestra frutilla al postre. Todavía nos quedaba tiempo, pero en la segunda tarde de playa, recuerdo que dije en voz alta: «Ahora, ¿hacia dónde seguimos?». Ellas preparaban el mate, yo miraba el mar sin mirarlas. «No sé ustedes, pero yo de acá no me muevo», agregué ante el silencio. Apenas lo dije me arrepentí; era obvio que no me iba a quedar sola, los destinos los elegíamos a consenso, pero como un eco mío fueron coincidiendo. «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». «Yo tampoco». Y así pasamos casi nueve días entre ramblas, museos, arena, piedras, mercadillos, huellas de Gaudí y algún que otro susto y sorpresa. Llegó el momento de volver a casa, de cruzar el gran charco y seguir rindiendo exámenes, de recibir diplomas, de trabajar, de casarnos, de tener hijos algunas, de envolver este otro lado de la vida en un imborrable recuerdo.

 

              Con los años fui pasando por muchos de estos lugares en donde recordar ese viaje con ellas me confirmó que cualquier delirio o sueño, si es con amigos, se engrandece con el antes y el después. Porque yo siendo adulta pude sola, pero en ese entonces, sin ellas, sin esas cervezas, ese mapa y la ilusión de las demás, me hubiera perdido el después, aquello que modificó mi vida para siempre. Y somos tantos los que hemos vivido experiencias similares, que me parece un lujo estar entre ese montón de gente que puede mirar atrás y decir: «Gracias a ese viaje…», «gracias a esa experiencia…», «gracias a que viví lo que viví, hoy puedo…».

            El hoy puedo o me merezco es lo que diferencian un par de buenos recuerdos a que esos recuerdos nos hayan modificado el camino de nuestra existencia. Viajar podemos viajar muchos; no hace falta cruzar océanos para salir de la zona de confort. Hay mucho allí no más, a la vuelta de esa esquina que jamás te animas a mirar. Pero cuando aparte de fotos, videos, risas y anécdotas traes algo escondido que late adentro esperando salir, tu salida y el fin de ese viaje pueden ser el comienzo de algo desconocido, esperando que tan solo le des forma.

            Miro hacia atrás y me veo. LAS veo. Creo que las cinco, cada una a su manera y con nuestras obvias y sanas diferencias, esa noche en el patio de Ana Laura modificamos  elecciones, rumbos, decisiones, apertura y el presente que hoy tenemos.

            Es un placer haber coincidido en esta vida. Se hace camino al andar, y acá seguimos las cinco: andando.

 

24 de mayo de 2017. Mendoza, Argentina.

Hoy es viernes 1 de diciembre de 2017. Londres, Inglaterra. (NO es casualidad).

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1998. Gracias por leerme/nos.

 

-Poli Impelli-

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