Abrazo Infinito


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Detrás de lo que ves

Vas al cine, te encanta. Voy al cine, me encanta. Otros se sientan durante horas con su culo frente a Netflix; ven sus pelis preferidas y siguen sus series favoritas con pasión, esperando el momento indicado para no hacer nada más que disfrutar de lo que les encanta.

Y ves/vemos de todo: personajes que quisieras matar simplemente por pelotudos, por cobardes, porque deberían decir justo eso que estás esperando y ellos no dicen, o porque te dan náuseas. Ves mujeres de todo tipo y color, y ahí está «¡la muy puta!» que «le roba» el marido a la amiga. Ves a la valiente y decidida que dio su vida por una nación. Ves a la madre que pierde a un hijo y se te fruncen hasta las venas por donde corre la misma sangre de ella, tuya y mía.

Ves crímenes, guerras con escenografías tan precisas, tan reales… (¿De dónde habrán salido?); ves batallas y luchas desde la era de Pedro Picapiedra hasta nuestros días. Ves fantasmas, espíritus, vida en otros planetas, amenazas, muertos que hablan y caminan a tu lado, mientras tus niños ven dibujos o personajes animados de toda especie para reír y emocionarse. Ves la historia que te han contado sobre algún Mesías, Maestro, Iluminado y te emocionas, me emociono. Ves al machista de turno dándole masa sin escrúpulos a cuanta mina se le cruza (con o sin juguetes y cuartos oscuros). Ves a las chicas de colegios secundarios peleándose por el rubio universitario. Ves accidentes terrestres, aéreos, marítimos —y alguna historia de amor o de traición justo cuando el botecito se hunde, y a vos se te frunce el hipotálamo (regulador central de las funciones viscerales autónomas y endocrinas; perdón a los galenos que me lean). Ves a Romeo y Julieta en todas sus formas, con matices que incrustan la actualidad para que te sientas adentro con ellos y sufras, llores, te culpes, la culpes, lo culpes, te enamores y detestes, pero en definitiva, seguís mirando a Romeo y a Julieta, sin tantos venenos (¿o sí?).

Ves biografías de artistas, personajes ilustres y famosos, guerreros, pacifistas, científicos, sabios, asesinos disfrazados de presidentes y políticos. Ves el holocausto, pero ves también que la vida es bella.

Ves todo lo que quieras, lo que elijas, lo que te gusta y lo que no, porque en algún momento, tal vez también te aburres. Y necesitas evadirte, divertirte, sentarte con el traste en un sillón o en la sala mágica de un cine.

A mí hoy se me ocurre recordarte, por las dudas, y porque para mí es un día especial y porque tengo los ovarios inflamados al tamaño de un plato de esos que sirven en el Hilton de Dubái (jamás he estado, pero imagino) que detrás de TODO lo que ves en Netflix (todo es todo), de cada pantalla que te muestra Hollywood, de cada alfombra roja, de cada premio bien merecido y de todas las luces, sonidos, magia y fruncidas en tu… corazón, detrás de todo eso que ves, estuvo, hubo, hay y habrá un ESCRITOR. Detrás de lo que ves existe un guión, que fue escrito para poder interpretarlo. Detrás de lo que ves estuvieron, están y estarán los guionistas, cuentistas, novelistas, poetas, locos que no imaginaron ver a sus personajes moviéndose en otros rostros, mientras vos apoyás tu trasero en el sofá de tu casa. Otros sí, y por eso escriben, para ver luego en una pantalla lo que han escrito (un guionista es lo mínimo que espera).

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Si algún día vas al Hilton de Dubái (cosa que hacemos a diario, vamos), recuerda el tamaño de este plato.

Te gusta o no te gusta; te sumás o descartás; te parece maravilloso o el peor bodrio que podrías haber elegido. Y cambiás de serie, de película; elegís. Te levantás de tu butaca en el cine porque no aguantás más, o te quedás hasta el final, arrepentido por haber pagado una entrada (si es que todavía te das el gusto y el lujo de ir al cine… Ojalá nunca jamás de los jamases se pierda la costumbre —opinión personal).  Tal vez salís recordando esa frase que te hizo temblar la médula espinal y luego la compartís en las redes, o la dejas para masticar en casa, porque hay «alguien» que algo te ha querido decir… (Ricardo Darín merece todo mi respeto y mis aplausos; sin él yo no recordaría, pero quienes me están hablando son Eduardo Sacheri y Juan José; los que me dejan pensando son ellos, aunque yo para siempre recuerde la cara de Ricardo. Y vos pensás en Harry y recordás, sufrís y amás a Daniel Jacob Radcliffe —con todo el mérito personal que bien lleva encima—, pero quien te ha hecho emocionar, sufrir, amar y pegar gritos fue J. K. Rowling, al tiempo que con su culo pegado a una silla pasa horas, horas y horas imaginando cómo hacerte sentir lo que ella misma siente al escribir. Vos no tenés la más pálida idea —ni lo sabrás, ni lo sabremos— si Harry es el hijo que perdió, si es un vecinito de su infancia, si es un ex novio, si es una mezcla de todos ellos más algo que leyó en otro libro cuando tenía quince años, o si es el director de su escuela primaria. Te juro, te lo prometo, te lo afirmo con toda la ignorancia que tengo encima, que diga lo que ella diga a la prensa y a sus seguidores, vos y yo jamás lo sabremos).

Que te guste o no te guste, que ames o detestes, que te resulte meloso, aburrido, patético o por el contrario te desangre en lágrimas, te enamore, te deje soñando con los personajes por largo tiempo está encadenadamente unido a tus emociones personales, al momento que estás viviendo al elegir, a tu educación, a tu cultura, a tus valores y creencias, a tu curiosidad, a tus gustos y preferencias. Y lo sano y positivo es que todos seamos diferentes y que tengamos múltiples opciones para elegir. Hay ciudades, pueblos, países en los que no pueden elegir (nada). Hay gente que no puede leer (nada). Hay gente que no tiene un televisor, mucho menos una pantalla electrónica en donde leer las estupideces que yo escribo, en principio porque no pudieron aprender a leer, luego porque aunque sepan, no les ha sido concedida la dignidad y el derecho de poder tener lo que deseen (nada).

Pero a vos que sí podes leerme (te doy mi más sentido pésame), que en este momento tenés tus ojos pegados a una pantalla —y seguramente tenés Netflix— y que también podes pagarte una entrada al cine o a un teatro, cada vez que tengas tu pantalla adelante recodá que atrás de lo que ves hubo alguien ESCRIBIENDO, sudando, arreglando, tachando, cambiando, modificando, volviendo a reescribir, eligiendo y puteando. Sí, también. Porque un «sí» o un «no» te cambian una trama, un argumento, un monólogo o un diálogo (como en la vida; un «sí» o un «no» definen tu destino), porque hay que ver si al machista le pongo ojotas rosas rococó rosadas… ¿es una ironía on purpose, o van a cerrar el libro, van a cambiar de canal o van a levantarse de la butaca? Hay que ver cuál es la justificación de una guerra (porque siempre la hay, aunque siempre sea la más absurda —siempre; ahí no tenemos alternativas, pero hay que hacértelo creer, ¿sabías?), y hay que mostrarte que el malo no es malo porque le encanta ser malo, no. Hitler no nació siendo el Hitler que conocemos, y de bebé era igualito a tu hijo y a mi sobrino, así de inocente, sano, tierno, sabio. Hay una historia, hay oscuridad, hay pasado, hay crímenes emocionales para que un inocente llegue a ser un Hitler y esté convencidísimo de que lo que hizo, hace o hará es un «bien para la humanidad». No es cuestión de escribir y dale que va: «que tus ojos al leer —o los actores— luego se encarguen».  Para que estés esperando Juego de Tronos y te comas las uñas y tengas que ponerte una alarma para que no se te pase ni un minuto del capítulo que te emociona, y detrás de toda la parafernalia y las maravillosas actuaciones, escenografías, paisajes elegidos, efectos especiales y tanto de abracadabra, hubo un George R. R. Martin que se sentó con el culo en la silla a imaginar, a sentir, a emocionarse, a putear, a sacar lo peor de sí mismo (¿cómo, si no, llegar al peor villano o asesino?), lo mejor de sí mismo (¿cómo, si no, hacer que sientas empatía y llores con el personaje?), a mirar a todas las mujeres que pasaron y pasan por su vida para darle forma en esa heroína que a vos te eriza la piel, a mirar a su gente cercana para unir en cada pedacito de un solo personaje eso que a vos te hace pegar un grito. Leyó. Leyó muchísimo, se nutrió de «novelitas pedorras» y de los grandes clásicos de la literatura para plasmar algo de todo lo que leyó, ahí en tu pantalla. Sí, de lo que algunos llaman «novelita pedorra» también. Y no te subestimo, sé que ya lo sabías, pero tengo necesidad de recordártelo, recordámelo, recordárselos. Porque es hora de que aceptemos que todos tenemos un poco de Hitler, un poco de villanos, un poco de santos, un poco de amargos, un poco de románticos, un poco de guerreros, de sabios, de pelotudos, de cobardes, de valientes, de pedorros, de putas, de machos heridos, de machistas anestesiados, de sumisas sin remedio. Y todos, absolutamente todos (aunque no te conozca), estamos librando alguna batalla. Son las mismas que ves ahí, en Netflix. Lo mismo que ves en un teatro, con artistas de lujo que te hacen sudar lo que llevás dentro. Detrás de lo que ves, estamos nosotros: los escritores.

Mi humilde y sincero respeto a todos los medios que hacen posible mostrar un cuarto de lo que otros hacen por detrás de las luces, en silencio y con muy poco reconocimiento; solo a algunos se los mira.

Mi respeto a todos los que sudan con el culo en su silla; a mí, que tengo el tamaño de una hormiga en un mundo inmenso, que seamos «buenos o no» me es indistinto en tanto y en cuanto nos demos el lujo del tiempo necesario para aprender, y luego de elegir. Me importa que lo estés haciendo, y que tu laburo/curro/trabajo sea respetado. Primero por los que dicen amarte, luego por el que se emociona o te putea al leerte.

FELIZ DÍA MUNDIAL DE LIBRO.

Feliz Sant Jordi en la Cataluña que amo.

Felicidad para todos los que hoy entregan un libro por una rosa y viceversa.

 Feliz escritura, feliz lectura, feliz magia en tu pantalla.

Sigamos eligiendo, que para eso estamos, los que aún podemos…

– Poli Impelli –

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¿De qué hablas cuando hablas?

Son divertidas las conversaciones banales y simples, en donde cruzas risas, te pones al día y te relajas sin compromiso.
Pero si hay algo que me eriza la piel y el intelecto son aquellas en donde podemos mirarnos y hablar de la muerte, de la vida en otros planetas, de las mentiras que hemos dicho, de lo que no sabemos (porque no sabemos nada), de lo que has descubierto, de lo que he callado, de la vida en Júpiter o en Plutón, del sexo en todas sus formas y colores, de mi niñez y tu adolescencia, de mis defectos y los tuyos, del significado de las coincidencias, de la magia, de los proyectos personales, de lo que has tenido que perder para ser feliz, de lo que yo encuentro cuando te miro, de lo que extrañas cuando apoyas tu cabeza en la almohada, de lo que yo no extraño jamás.
Me quedaría horas contigo, días, meses y años a tu lado porque el mayor gusto es mío, de saber que no te asustas ni te espantas ni te alejas; no te sobresaltas por cuestionarme y cuestionarte la Vida.
Amo a la gente capaz de abrir el tiempo —su tiempo— para mezclar la vida con la muerte traspasando las palabras.

– Poli Impelli –


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Carpe Diem

El consultorio estaba situado en un piso alto desde el que se veían el mar reluciendo a lo lejos y la pendiente de la calle Muntaner punteada de tranvías que resbalaban hasta el Ensanche entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Sus salas estaban decoradas con gusto exquisito. Sus cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y paz. Sus estanterías estaban repletas de libros imponentes rezumando autoridad. Sus enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquél era un purgatorio para bolsillos pudientes.

—El doctor le verá ahora, señor Martín.

El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Ojos grises y penetrantes tras lentes montados al aire. Sonrisa cordial y afable, nunca frívola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a lidiar con la muerte, y cuanto más sonreía, más miedo daba. Por el modo en que me hizo pasar y tomar asiento tuve la impresión de que, aunque días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había aclarado de recientes avances científicos y médicos que permitían albergar esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por lo que a él concernía no había dudas.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa.

—Dígamelo usted.

Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador.

—Me dice la enfermera que es usted escritor, aunque veo aquí que al rellenar el cuestionario de ingreso puso que era mercenario.

—En mi caso no hay diferencia alguna.

—Creo que algunos de mis pacientes es lector suyo.

—Confío en que el daño neurológico causado no haya sido permanente.

El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese gracioso y adoptó un ademán más directo que daba a entender que los amables y banales prolegómenos de la conversación habían terminado.

—Señor Martín, veo que ha venido usted solo. ¿No tiene usted familia inmediata? ¿Esposa? ¿Hermanos? ¿Padres que vivan todavía?

—Eso suena un tanto fúnebre —aventuré.

—Señor Martín, no le voy a mentir. Los resultados de las primeras pruebas no son todo lo halagüeños que esperábamos.

Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada.

—Todo apunta a que tiene usted un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo de su cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió hacían temer y todo parece indicar que podría tratarse de un carcinoma.

Durante unos segundos fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa.

—¿Cuánto hace que lo tengo?

—Es imposible saberlo a ciencia cierta aunque me atrevería a suponer que el tumor lleva creciendo desde hace bastante tiempo, lo cual explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo.

Respiré profundamente, asintiendo. El doctor me observaba con aire paciente y benévolo, dejando que me tomase mi tiempo. Intenté empezar varias frases que no llegaron a aflorar a mis labios. Finalmente nuestras miradas se encontraron.

—Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá cuál es el tratamiento que tengo que seguir.

Vi que los ojos se le inundaban de desesperanza y que se daba entonces cuenta de que yo no había querido entender lo que me estaba diciendo. Asentí de nuevo, combatiendo la náusea que empezaba a escalarme la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo tendió. Lo apuré de un trago.

—No hay tratamiento —dije yo.

—Lo hay. Hay muchas cosas que podemos hacer para aliviar el dolor y para garantizarle a usted la máxima comodidad y tranquilidad…

—Pero voy a morir.

—Sí.

—Pronto.

—Posiblemente.

Sonreí para mí. Incluso las peores noticias son un alivio cuando no pasan de ser una confirmación de algo que uno ya sabía sin querer saberlo.

—Tengo veintiocho años —dije, sin saber muy bien por qué.

—Lo siento, señor Martín. Me gustaría poder darle otras noticias.

Sentí que finalmente había confesado una mentira o un pecado venial y que la losa del remordimiento se levantaba de un plumazo.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio a lo sumo.

Su tono daba a entender claramente que aquél era un pronóstico más que optimista.

—¿Y de ese año, o lo que sea, cuánto tiempo cree usted que puedo conservar mis facultades para trabajar y valerme por mí mismo?

—Es usted escritor y trabaja con su cerebro. Lamentablemente ahí es donde está localizado el problema y ahí es donde nos encontraremos con limitaciones.

—Limitaciones no es un término médico, doctor.

—Lo normal es que a medida que avance la enfermedad los síntomas que ha venido usted experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia y que, a partir de cierto momento, deba usted ingresar en un hospital para que podamos hacernos cargo de su cuidado.

—No podré escribir.

—No podrá ni pensar en escribir.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Nueve o diez meses. Tal vez más, tal vez menos. Lo siento mucho, señor Martín.

Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire.

—Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le estoy diciendo, pero es importante que tomemos medidas cuanto antes…

—No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.

-CARLOS RUIZ ZAFÓN- (El Juego del Ángel)


Nunca sabes cuánto tiempo te queda…

DISFRUTA.

Y ESCRIBE.

-Poli Impelli-


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Recuérdame

Aquí estoy

En pleno desierto

Inconsciente

Rodeado de ruidos

De gentes y oportunidades

Que pasan

A través de mis sombras.

 

Te busco y no te veo

Excluí tu ser del mío

Ahora que extraño

El agua de tu boca

El abrazo de tu cuerpo

La calma de tus días

No te encuentro.

 

Sigo en el mismo

Sendero con sed

Buscando a tientas

Un destino

Buscando en otras vidas

Tu rostro junto al mío.

 

El dolor tapó mis ansias

Las heridas mi sangre ardiendo

Rasco vestigios de lo que fuimos

Y vuelve a saltar la cáscara

Duele.

Me duele tu mirada

En una foto tu debilidad

Escondida en tu santa valentía.

Me duele tenerte lejos

Cuando mi sábanas laten

En sumisión

Otro cuerpo que no es tuyo

Y aunque espero

Sé que no volverás

De día.

 

El desierto es seco y el sol quema

Alucino que puedo verte de cerca

Trayendo nubes de alivio y

Un poco de lluvia a mis venas

Te veo con tu pelo oscuro

Susurrando al viento

Tus ojos miel sonriendo

De encontrarme

Y esa sencillez de mujer noble

Y sabia que me dio frescura

y amor por la vida en aquellos días.

 

Tal vez ya sea muy tarde

Tal vez nunca regreses

Y esta cobardía tan terca y mía

Que sólo ve sequía y cansancio

No me deja

Caminar erguido

Salir de donde me encuentro

Y buscarte allí entre páramos de alivio.

 

No me olvides, por favor,

Sé que el tiempo es cruel

Y tú andarás en otros mares

Recuerda conmigo

Aquellos tiempos

Tal vez la vida me dé treguas

Quizá te encuentres a salvo.

 

Déjame perderte como no quise

Déjame encontrarte como espero

Fuera de este silencio eterno

Dentro de mi alma escamada

En melancolía y aroma a intentos.

 

Quédate ahí o más vete lejos.

Creceré sintiendo que te alejas

Buscaré tu luz

Allí donde me guíen las certezas.

 

-Poli Impelli-

 


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Maldita vejiga

Creo, estoy casi segura, que todavía era de noche. Me desperecé con los ojos aún cerrados, y con mi brazo izquierdo pegué en un cuerpo macizo. Al abrir los ojos me encontré con el ex novio de una amiga y me espanté. El tipo sonrió con algo de lo que yo considero malicia, pegué un salto y al querer bajar de la cama mis cuerdas vocales gritaron. El suelo era un colchón negro y rojo de patas peludas. Adonde mirara me miraban. Se movían con lentitud, pisándose entre ellas, subiendo por encima de sus cuerpos. No había espacio libre y a pesar de mi horror —¿dónde estaba?—, miré el techo y alcancé con mis brazos el cable largo de una lámpara antigua. Me zarandeé para tomar envión y alguien me ayudó, porque sentí el empuje en mi culo con fuerza. ¿El mismo hombre que había despertado conmigo en esa cama?

Caí de un golpe sobre un manto de arena fina y blanca que conozco. No me pareció extraño, y al levantar la vista me encontré con Mariana sonriendo. «Siempre llegás tarde, boluda», dijo tomándose el pelo con gracia hacia atrás. «¿Por qué estás desnuda?», me preguntó en una carcajada. La sensación de querer esconderme y no tener donde, mi risa nerviosa sin poder dar una explicación coherente y la única solución disponible: correr hacia el mar. No tengo idea cómo lucí corriendo… prefiero deshacerme del recuerdo, por una cuestión de salud emocional.

Cuando giré para mirar hacia la costa, la playa explotaba de gente. Era pleno verano; toda una muchedumbre parada de espaldas al paseo y mirando hacia el agua. Tengo muy claro que no soy la Coca Sarli, así que con espanto dirigí mi vista hacia atrás, hacia donde quise creer que todos miraban; algo estaba pasando.

El barco pirata asomaba su proa dando la vuelta por el castillo medieval, lento y silencioso, y a esa distancia podíamos divisar a su capitán (¿capitán?), vestido como un dandi; no tuve el placer de conocer a Sir Francis Drake, mucho menos a Henry Morgan —soy más jovencita—, pero este hombre no tenía pinta de pirata.

Cuando se acercó a unos metros de mi cuerpo gritó: «¿Quién quiere venir conmigo de paseo?»; le sonreí y me sonrió. «¿Qué carajo hacés acá?», me gritó con esa poca sutil delicadeza, asombro y desconcierto que yo ya conocía. Frunció su frente con intriga. «Había arañas», fue toda mi respuesta.

Parpadeé varias veces y me encontré con él entre redes, aroma a pescado y detrás una extensa barra repleta de botellas de cervezas, de todos los colores y tamaños posibles. No había otra bebida, sólo birras. No sé de dónde salió mi vestido blanco, pero recuerdo que me rozaba levemente las piernas y la seda me erizaba la piel.

El oleaje y la inmensidad del mar me parecieron perfectos, y el reflejo del sol provocaba ardor en las miradas. Yo reía alegre y tranquila junto a otras personas que por lo visto también habían decidido ir de paseo con el capitán. Allí estaba mi profesora de matemáticas de tercer año, mi seño de primer grado, Carolina, Claudia y Bianca (¿qué hacía Bianca allí sin su madre?). También vi a Verónica tapada hasta la cabeza, y entendí que como vive en Canadá para ella es natural andar así por la vida; no me pareció extraño, aunque el resto estuviéramos casi en pelotas. También pude ver a Ale, una ex compi mía del colegio, que reía a carcajadas con Andrea y con Mariana. Con el ADN que la caracteriza, Mariana se las había ingeniado para subir, pues la última vez que la había visto estaba de pie sobre la arena, mirando el barco y mi cuerpo desnudo desde lejos.

El supuesto capitán apareció con una espada en una mano y una mujer en la otra. La chica, pálida y sin gracia, con una mota de rulos desalineados sobre su cabeza, nos miraba sin expresión alguna. Parecía más su empleada que una compañera de aventuras. No le soltó la mano al tipo, e hizo una mueca de temor cuando su chico levantó la espada. «¿Qué hacés?», le pregunté, cortando el viento que rompía las velas negras y blancas. «Ya llegamos», me dijo. Mis ojos sólo veían agua; nosotros y el mar, la nada. Levantó levemente su espada hacia un costado y la seguí con mi mirada: me encontré con una isla entre brumas y contornos oscuros que parecía estar esperándonos, adormecida. Rocas negras, exorbitantes acantilados y arriba en sus peñascos una casa impecablemente blanca y moderna. «Ah, la conozco», susurré. «¡Es la casa de los Diez Negritos!». Sonreí con ansiedad y levanté mi voz: «Les aviso que nos van a matar a todos y de a uno. Nada de asesinatos en masa.» El capitán me miró enfurecido y resopló apuntándome con la espada: «Ahí está, la maestra ciruela, que sabe todo y no sabe nada. ¿Quién mierda te dijo algo así?» Conocía de sobra ese maltrato, y la chica insulsa a su lado sonrió con un gesto que a mi parecer rebosaba displicencia. «Leo», respondí yo, «y Agatha Christie no se equivoca». La chica lo miró de costado, esperando reacción, pero el capitán mordió sus labios y bajó su espada clavando la punta en la cubierta del barco. El resto seguía tomando cervezas y riendo, nadie prestó atención y parecían no haber oído; ni al capitán ni a mí.

Comenzamos a bajar por una escalerita de cuerdas, un joven señor nos iba recibiendo con gestos de amabilidad en su rostro y en su porte, tendiéndonos su mano desde una roca oscura. Recuerdo que estaba vestido con una camiseta polo verde y unos bermudas color caqui con grandes bolsillos delanteros. Lo reconocí cuando me tocó saltar a mí; resbalé y caí encima de él. «Poli, siempre tan delicada…», dijo, y sonrió con ternura. Era mi ex marido, pero tampoco me sorprendió. Más nerviosa me ponía el capitán, que apuraba a todos con el rostro agrio, con su espada amenazante en la mano derecha y dando indicaciones a la damisela que tenía a su lado: «subí la cuerda, querida»; «no pises ese costado, ahora no»; «deberías quedarte a mi lado, amor mío»; «cuando yo te diga, te movés, bonita mía». Por el rabillo del ojo observé la sumisión de la mujer; recuerdo sentir un asco monumental, al punto que Mariana se dio cuenta y su voz llegó a mi oído: «no vomites». El resto bajaba riendo a carcajadas con las botellas en mano. Verónica decía en voz alta: «tengo frío, tengo frío». Mi ex me guiñó un ojo y me hizo señas para que subiera por la escalera negra hacia la terraza iluminada de sol y pulcritud que se elevaba por encima de nosotros en forma majestuosa. Lo miré con miedo y pareció comprender; identifiqué su gesto como advertencia y entendí de inmediato. Me acuerdo que en ese momento pensé: menos mal que leo. Allí nos iban a matar, como en la canción de cuna, uno a uno, porque todos hemos cometido algún pecado, algún crimen que intentamos esconder hasta que alguien —o la vida— nos descubre.

Allí parada en un escalón, con el sol pegándome en la espalda y el arrullo del oleaje enfurecido contra las rocas, recordé cuando ayudé a Mariana a copiar unos “pocos datos” que nos faltaban para terminar un examen de Biología. La cara de Mirta, nuestra profesora en aquel entonces, apareció por la ventana contigua a la terraza con medio cuerpo afuera desde su cintura hasta su rostro, y me saludó con simpatía levantando una mano. Simulé una mueca de alegría y le respondí pretendiendo un saludo, mientras un fuerte temblor invadía mis piernas. Sentí un tirón en el pelo, empujándome hacia abajo; era Mariana, que ya estaba escapando e intentaba ayudarme.

No tengo idea cómo huyó Mariana ni adónde, porque yo aparecí sola, absolutamente sola, en el barrio donde crecí en mi infancia. Caminaba hacia mi casa y me daba vuelta con temor a encontrarme con el pirata capitán; no quería. El viento repentino me levantaba el vestido blanco y yo apretaba mis manos contra mis piernas. (Recuerdo mi pensamiento: Marilyn Monroe, y que yo de ella no tengo ni las uñas de los pies). Miré hacia adelante, andando contra el viento, y vi a mi tía salir por la puerta principal a recibirme; ella jamás había vivido en esa ciudad. Fruncí el ceño. ¿No había muerto hacía años? «¡Viniste! ¿Cómo estuvo el viaje?», dijo sonriendo. «¡Tía!», y corrí a abrazarla, tan fuerte que sentí su cuerpo estremecerse y más su alma. «Había arañas, muchas arañas», dije. Ella rió, alegre, sana, mejor que en el recuerdo que yo tenía de ella la última vez que la había visto. Detrás apareció mi primo con un mate en la mano, y junto a él otro hombre que me miró con brillo en los ojos, con una felicidad que me dio calma. Supongo que fue el agua del mate, que cayó en mi vestido y pegué un grito; sentí mi vientre hirviendo. El amigo de mi primo (o eso parecía ser), se adelantó y posó una mano sobre mi vestido mojado, me miró casi pidiendo permiso pero no titubeó. Sentí su mano cálida, firme y masculina y por debajo el calor que me había quemado. Me recuerdo llorando, y secándome las lágrimas con mi antebrazo, mientras él me sostenía con compasión y calma —como si la quemadura hubiese sido algo grave—, hasta que el dolor aminoró. La sensación de ardor repentino se convirtió en una especie de anestesia permanente. «¡Gracias!», dije. Y él retiró su mano, me acarició la mejilla con dos dedos, volvió a sonreír y desapareció de mi vista. No sé por dónde, pero cuando él giró yo me limpié una última lágrima que caía por mi barbilla y ahí lo reconocí. Era el padre de un hijo mío que nunca llegó a nacer.

Sin asombro ni sorpresa giré mi cuerpo para buscar a mi tía. Sin embargo, no volví a ver su rostro; en su lugar había una mujer tosca, que medía dos veces mi cuerpo y fumaba como una chimenea. Su cabellera me pareció un espanto, parecía la muñeca de mi infancia con la que hoy juega mi sobrino Clemente cuando viene de visita a lo de sus abuelos. La mujer me miró y arrugó su boca con una mueca de soberbia, y con una voz que trina y que yo bien conocía me dijo: «Ok. Let´s talk about Shakespeare. Why do you think Romeo and Juliet was the best love story ever?» Respiré y le devolví la mirada desafiante. Mi voz no temblaba: «Who the hell told you that I BELIEVE that play is the best love story?» Sentí que la adrenalina en mi cuerpo me había animado a responder. Jamás se enteraría que yo sí pienso, creo y sentencio que Romeo y Julieta es la mejor historia de amor de todos los tiempos, pero por lo visto estaba cansada de darle la razón a ese peregrino de Canterbury vestido de mujer. Antes de salir corriendo —esa era mi innata intención— le grité en castellano: «Yo también estoy escribiendo una historia como la de Shakespeare, pero bastante más estúpida, sin venenos y con el capitán de un barco pirata. ¿Lo entiende, Ms. Belmont?». La señora me escudriñó con fuego en sus ojos y dio una bocanada a su inmundo cigarrillo. El humo llegó a mis fosas nasales; por una extraña razón me resultó conocido, tosí y luego le sonreí. Sentí que triunfaba frente a ella, que necesitaba que viera algo más. La mujer largó el humo y me miró descolgando una sonrisa de costado; algo le había llamado la atención en mis palabras, ya no había maldad en su rostro. Giré y grité a mi tía: «¡Ya nos vamos a ver!». Su voz llegó desde lejos, como si estuviera en el patio o en alguna habitación: «¡Divertite, falta tiempo!». Y corriendo bajé por la calle Entre Ríos hasta llegar a Basavilbaso, donde Valeria me abría los brazos dando un salto de alegría: «¡Hija é puta! ¡Llegaste!».

Detrás de nosotras se erguía el Arco de Triunfo. Nos abrazamos apretándonos los huesos y al despegarnos las dos llorábamos. «Mirá, ¡mirá lo que hicieron!», me dijo, y al darme vuelta pude ver la orilla del mar, la playa bordeando el césped del Parque de la Ciudadela. Valeria era como un espejo: mi cara de asombro positivo la pude ver en su rostro. Con nostalgia le señalé el mar y dije: «Vale, amiga, ¡como en la época de Arnau! El mar llegaba hasta la catedral del mar…». Valeria sonrió con sus ojos húmedos y me volvió a abrazar. Con voz risueña me dijo al oído: «Pero… ¿por qué estás desnuda?»

Intenté darme la vuelta y seguir con la historia pero ya conozco mi cuerpo. No me quedó más opción que abrir los ojos, levantarme dormida y caminar como un zombi, puteando, hasta el baño. Hinchada como un michelin de tanto aguantar, la vejiga me explotaba. No sé si hay cosa que me ponga de más mal humor que tener que levantarme a mear orinar cuando estoy viviendo mi vida en sueños. Hay veces en que logro volver donde estaba, me fascina saber que puede ocurrir. Y ocurre. Otras veces, todo es negro y aparezco en alguna escena anterior, pero con otras personas, vestida (¡aleluya!) y avisando que ya había estado allí. Debe ser que bebo tanto líquido. Debería aminorar los litros diarios, porque soñar para mí es volver a ver, a sentir, a sorprenderme y a vivir… tanto e igual que cuando estoy despierta.

¡Maldita vejiga! Estaba a unos pocos pasos del mar y seguro Naty nos esperaba en la orilla. Tendré que volver a dormir… o volver a vivir, sin tantos líquidos.

-Poli Impelli-

Todo es posible

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Irónicamente feliz

Loca. LIBRE. Terca.

Diferente. Rebelde. Amorosa.

Altruista. Contradictoria. Optimista.

Enferma. Sana. Amistosa.

Divertida. Obstinada. Silenciosa.

Egoísta. Miedosa. Valiente.

Selectiva. Despistada. Observadora.

Resolutiva. Atolondrada. Ansiosa.

Reflexiva. Pasional. Irreverente.

Asquerosamente positiva.
Excesivamente acuariana.
Irónicamente feliz.

cumple-2017-a-i