Ángeles y Sofías

Le decían Sofi. Eran las dos cuarenta de la tarde cuando cerró sus párpados por última vez. Eso confirmó el informe policial.

—¡Mamá! Hoy me voy a lo de Sandra a la salida del cole.

—¿Vienen a casa?

—No, su mamá nos espera en su casa; tenemos que hacer un práctico de Biología.

—Bien, hablaré con Irma, a ver si las busca entonces…

Sofi titubeó, dando sorbos a su taza.

—¿Podemos volver caminando? Irma ya deja a Sandra volver sola. Dale, yo también quiero.

Sofía entornó sus ojos en súplica a su madre.

—Sabés muy bien que si es tarde, la respuesta es no. ¿A qué hora salen hoy? ¿No tienen gimnasia?

—No, Má. Gimnasia es mañana. Hoy salimos a las dos.

—Bueno, yo hablaré con Irma. Vamos, que se hace tarde.

Sofi sonrió dejando su taza de café con leche sobre la mesada de la cocina.

—Te quiero, Má.

—Y yo, hija. Vamos, vamos… Lucas, apagá las luces del pasillo, chiquitín.

Salieron apurando las mochilas hacia la camioneta estacionada en la entrada. Comenzaban a caer algunas gotas que el otoño traía escondidas, aunque el calor todavía no aflojaba su ritmo ni temprano en las mañanas.

 

Sandra era más menuda que Sofía, y logró escapar del forcejeo —varias manos que intentaron arrancarle el guardapolvo— gritando como si se le fuera la vida en ello. Tropezó con una madera gruesa y cayó al pastizal, pero sin esfuerzo y en un salto liviano siguió corriendo, volando, y con una rodilla ensangrentada continuó por el campo de trigo con su cara empapada en lágrimas y el corazón hecho un nudo; sintió que salía algo de sangre por su boca y la mantuvo abierta; llanto y grito ahogados. Hubo instantes, segundos en que no pudo coordinar sus cuerdas vocales con el ritmo de sus zancadas. No sabía adónde pisaba, pero no pudo mirar atrás… tenía que escapar, debía llegar para salvar a su amiga y compañera. Nunca supo muy bien de qué, hasta el día siguiente. Quiso mentirse a sí misma y simular que sabía.

 

 

—Son solo tres manzanas, Mónica. El tema es el descampado. Sandra ya sabe que hay horarios en que no tiene permiso —dijo Irma, caminando alrededor de la pequeña mesa en el living.

—Salen a las dos, ¿verdad?

—Sí, a esa hora no hay peligro. Igual dejámela hasta mañana. Yo las llevo y Carlos la deja en tu casa a la hora que me digas. Si tienen más tareas, no hay problema porque estaré acá; pueden quedarse.

—Gracias, Irma. Las veo juntas y me recuerda a mí…

—Y sí… están en la edad justa. Pero no te preocupes, en serio. Si las dejo es porque conozco el barrio, a esa hora no pasa nada.

—Bueno, dale. Sandra ya le habrá dicho a Sofi, entonces. Debe estar saltando en una patita, ja.

—Supongo. Yo ya estoy preparando la tarta para el almuerzo. Hoy Carlos viene a casa; las esperamos para comer los tres juntos.

 

 

Irma estaba levantando sus manos de la mesa, después de colocar la tarta humeante sobre una bandeja de madera. Su marido, Carlos, se estaba lavando las manos en la cocina, detrás de su mujer, contándole su mañana de oficina y algunos de sus disgustos rutinarios.

El grito los paralizó. Irma corrió a la puerta.

—¿Sandra? ¿Hija?

—Mamá… —Un hilo de voz y las rodillas al suelo en el umbral de la entrada.

—¡Sandra! Hija, ¿qué pasa? ¿Por qué llorás? ¿Tu mochila? ¿Dónde está Sofi? Sandra, contestame…

Irma levantó a su hija y la arrastró contra su cuerpo. A esa altura, Carlos había dado trancos hacia el jardín del frente. Al pasar rozó el pelo de su hija con una mano y sus pupilas se encontraron con las de su mujer, pero siguió su camino hacia la calle. Miró a sus costados; derecha, izquierda.

—¡Sofiiiiiiiiii! ¡Sofíaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Su gruesa y sonora voz retumbó en las calles, en los patios de las casas vecinas, en el cielo y en los oídos de Sandra, que escondió su cara en el pecho de su madre.

—Hija, mi amor, calmate y hablame. Decime algo, mi amor… —Irma tomó la cara de la niña, y con los ojos empapados continuó suplicando—: mirame, Sandra. ¿Dónde está Sofi? ¿Qué pasa?

Carlos comenzó a correr, desesperado, hacia un lado, luego en dirección opuesta. Unos minutos más tarde estaba en el umbral. Su mujer lo miró con esa intuición de madre, mezcla de sabiduría y miedo anestesiado. Su hija balbuceaba algo del todo, mientras ella asentía.

—Carlos, la policía. Llamá a la policía.

El hombre tomó acción de inmediato. El alboroto de sus gritos llamando a Sofía, a esa hora de reencuentros y almuerzos, provocó murmullos en las calles. Algunos vecinos ya salían de sus casas, con sus miradas en dirección al número 29 de la calle Collins.

 

 

Mónica sentó a Lucas junto a la mesa e intentó sacarle información de su mañana en el jardín de infantes.

—Hice tres dibujitos; uno es para Sofi.

Su madre sonrió con orgullo y le guiñó un ojo.

—Le va a encantar; otro más para colgar en su habitación.

—¿Y la reina? ¿No almuerza hoy en casa? —Juan Manuel se acercó a su mujer y le acarició la mejilla—. Ya me imagino… con su inseparable Sandra.

Mónica levantó los hombros y las cejas sonriendo:

—Se nos va escapando de a poco… la adolescencia. En fin, a veces nos olvidamos que somos extranjeros. Irma y su familia son un mismo idioma, y Sofi está tan feliz de haber encontrado a Sandra.

—Estás repitiendo mis palabras…

—Es la costumbre de amarte. —Era su respuesta favorita y jamás perdía la gracia. Sabía que Juan Manuel le estaba tirando un beso en el aire sin mirarla.

—A ver, campeón, que hoy usted será nuestra compañía absoluta —dijo Juan Manuel acercando la cabeza de su hijo hacia su pecho.

El teléfono móvil de Mónica sonó y vibró con más fuerza que de costumbre, o eso le pareció a ella, que se sobresaltó mirando en su dirección. El aparato iba dando saltitos al vibrar en un estante de la cocina, junto a dos juegos de llaves e impuestos a pagar. Ella llegó al teléfono justo para salvarlo de un rebote hacia el suelo. Sin embargo, cayó al cerámico y se convirtió en pedazos solo unos minutos después, al tiempo que la toalla de cocina que sostenía Mónica en su mano derecha se volvió un nudo, y el aire de su voz se cortó de un latigazo en la garganta.

—Sofía… —alcanzó a decir, antes que sus piernas se aflojaran y Juan Manuel pegara un salto de su silla para sostener a su mujer.

 

 

Dos años después, Sandra lleva una pequeña cicatriz en su rodilla. Los médicos la revisaron totalmente en varias ocasiones, porque la niña tardó casi un año en contar la historia completa de lo que alcanzó a sentir en su cuerpo esa tarde. Y lloró cada vez que los policías y detectives aparecían en el umbral de su casa. Sabía que no habían terminado, pero ella solo quería volver a ver a Sofía. Tenían una tarea de Biología por hacer… tenían que ir juntas por primera vez al recital de su banda favorita… tenían que lograr que David W. dejara de molestar a las otras niñas en los pasillos… tenían un plan imaginario que las haría volver a su país, y llegarían llenas de sueños y aventuras nuevas por contar. Tenían que… tantas cosas, que Sandra no soportaba las preguntas de rigor. ¿Hasta cuándo seguirían recordándole esa tarde?

Carlos y Juan Manuel exorcizaron sus demonios mirándose como nunca se habían mirado; Juan Manuel como si hubiera perdido él mismo una hija, Carlos como si hubiera encontrado a un hermano que desconocía, ambos lejos de su tierra.

Irma necesitó sanar su culpa e intentó alejarse de Mónica para no entorpecer su dolor; ya el suyo era demasiado indescriptible como para tener algún consuelo coherente hacia su amiga. Y cada vez que abrazaba a su hija sentía que las piernas le temblaban, que en algún lugar Sofía las miraba.

Mónica, con un pedazo de vida menos, se hizo cargo de la fuerza que solo un hijo inyecta en las venas y en el alma y rescató a Irma del infierno de la culpa. Se levantó de su letargo como el león que descansa un rato cuando ve que en la selva cada uno cumple bien su rol, y rugió con una fuerza desconocida hasta para ella misma. Corrió, gritó, lloró y colaboró con los policías, con cada vecino que aportaba su cuota de desatino o de empatía, con su marido y con Carlos, con la ingenuidad de su hijo, que seguía dibujando garabatos para su hermana cada día en el jardín. Al año siguiente, Lucas aprendió con precisión el abecedario. Sofía fue el primer nombre que trazó en un papel amarillo; aún no había aprendido la “s”, según su maestra de turno.

Mónica buscó a Irma en cada paso, y la sigue buscando como compañera de una batalla que parece no tener un final predecible.

Dos años… y seguimos buscando a Sofía.

 

Nota: «Eran exactamente las 9:52 del 10 de junio de 2013 cuando Ángeles Rawson ingresaba al edificio de Ravignani 2360, en la Ciudad de Buenos Aires, para volver a su casa tras la clase de gimnasia. Sin embargo, al departamento nunca llegó.»

Creo que este relato surgió unas pocas horas después de la noticia. En Argentina supimos que Ángeles apareció. Sin vida.

Por todas las Ángeles y las Sofías que seguimos buscando. #Niunamenos.

Poli Impelli

 

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De cambios… y en colores

Después de una gran mudanza, que me llevó a unos «poquitos» kilómetros y sumó algún que otro cambio (idioma, clima, diferencia horaria, costumbres, gente, desaprender lo aprendido, volver a aprender lo olvidado, en fin… eso que vivimos todos los días), decidí cambiar mi sitio virtual, también. No es que cambie mis abrazos infinitos; esos ya son sello mío y serán dados y recibidos con gusto y en toneladas. Solo cambia la casa, tal cual lo hago en mi vida, pero lo que llevo dentro es lo que me mueve, lo que me hace salir de mi zona de confort. Y como no podía con mi genio (y porque me gusta ser fiel a los cambios) es que incluyo mi escritura como partecita vital de mis transformaciones.

cambio

Ya quisiera tener esta habilidad para saltar de un lugar a otro…

Todo queda igual y en familia, pero ahora me encontrarás en www.poliimpelli.com

Adentro seguirás sintiendo abrazos, de los infinitos, y será un placer que los puedas compartir conmigo.

No he tenido mucho tiempo (esto de cruzar océanos tiene su encanto…). Sin embargo, algo pude hacer para darte la bienvenida, si es que quieres seguir a mi lado. Este lugar (www.abrazoinfinito.wordpress.com) dejará de existir de a poquito, cuando me vayan acompañando en mi nueva casa.

Aquí los invito desde hoy: Poli Impelli

Como siempre y una vez más, GRACIAS por leerme y por todo el cariño que llega desde tantas partes del mundo. Es caricia al alma, responsabilidad para mis letras, felicidad a mis manos y, de paso, un regalo que me permite devolver lo que tengo para dar.

Que reciban lo mejor de la vida (y un poquito más), y espero estén sonriendo como yo. Abrazos infinitos.

Poli Impelli

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El mundo en tus manos

Con el trabajo de mucha gente detrás, unidos por una causa en común, cien textos escritos por sesenta y cinco personas, de 12 nacionalidades y tres continentes.

A iluminar el mundo con letras.

Gracias por hacerlo posible.

 

Ya es hora…

Es hora de soltar anclas

de abrir alas

de aceptar el reto.

Es hora de olvidar lo que queda en el olvido,

de darle espacio a lo incierto,

de agradecer lo vivido.

Es hora de sondear el destino,

de aceptar la prueba y el error,

de dar la bienvenida

al incierto camino.

Es el momento ya repetido de sabernos fuertes en un basta por ahora, porque mis naves son de acero y tu corazón guía el navío.

Porque si nos permitimos lo incierto entonces vamos por buen camino. Porque si nos detenemos en la espera morimos en vida y se torna condena.

Ya es hora de soltar un GRACIAS con el corazón partido. Que nadie muere cuando hay vida, y que la vida es esto, ni más ni menos que encontrarle algún sentido. Que depende de uno amar hasta el cansancio y el amor también es huella en lo vivido, cuando el presente aprieta timoneando naves en un mar desconocido.

Que no aparezcan carteles anunciando cobardía, porque voy a elegir otro camino. Que si se pone oscura la noche siempre encuentre una vela en mis maletas, y que encuentre compañía en quien me quiera y que lo sienta.

Es hora ya de hacerle caso a esa intuición bien clara y tonta, que se pierde por momentos de su rumbo en el camino. Ella sabe y yo la escucho… que yo sorda aún no estoy, aunque a veces me demore en escuchar lo que recibo.

Venga, que tú y yo ya hemos tenido suficiente, está bien por el momento. Vuelvo a escucharte claramente, te sonrío y guiño un ojo; más me vale que sea ahora y no más tarde, cuando ya no queden fuerzas suficientes. Preparo equipaje y armo el circo; nunca sé con qué me encuentro. Despacito suelto anclas, miro el puerto. Hay de todo en esa orilla, incluso esas siluetas que no me han mirado ni elegido. Miro atrás y veo huellas en el sendero, invisibles para algunos, para otros grandes surcos de recuerdos.

Que no me pierda en el camino, y que si me pierdo vuelva a reír de mi despiste y de mi olvido. Que sepa ver a tiempo cuando no hay lugar para mi ser y mi navío. Que tengo a mano otra maleta de verdad y valentía, porque siempre es necesaria para abrir espacio en otras vidas.

Que no descanse más de lo necesario, porque si igual voy a morir prefiero estar despierta en la tormenta y disfrutarla, que andar dormida en la rutina, el aburrimiento o el hastío. Que al respirar mi corazón inunde de furia, esa necesaria que me empuja a saltar al vacío. Que la adrenalina no abandone jamás mi sangre, porque los saltos son grandes y estoy en soledad, muy cerca del precipicio. Nadie me empuja pero tampoco toma mi mano, nadie me detiene ni me espera al otro lado. ¿Qué más da, si el viento empuja las velas y mi corazón está ya preparado?

No hace falta tanta materia ni peso; yo sólo quiero una gran bolsa verde de esperanza, kilos rojos de amor y tres cajas amarillas de locura. Que repuestos no me falten, y si las reservas se agotan que siempre encuentre a alguien que le sobre y me los preste por un tiempo. Juro que no robo, y que devuelvo hasta el último céntimo.

Que así me vea algún pirata, tropezando con la bolsa y con mis cajas. Que se ría a carcajadas cuando sus naves se pierdan, pero que confíe en lo que ha logrado al levantar sus propias anclas. “Te cambio tu bolsa por una de mis cajas”, que hoy por ti y mañana por mí no serán un gran dilema.

Porque llegó el momento que tanto susurrabas; no podía oír, “tengo mucho por vivir, no me apures que voy lenta”. Tu respuesta llegó a tiempo: “pero entonces, no les mientas”. Y cómo no escuchar a la intuición y al corazón, si son ellos los que aguantan, empujan y abrazan en la espera.

Que sea hoy y no mañana.

Que mañana puede ya ser tarde, y luego te lamentas.

Eleven anclas, ya estoy lista. ¿A quién le hablo, si no hay nadie a la vista? Arremango abrigo, calzo botas, con un par es suficiente. Miro al cielo, celeste como mi bandera y limpio. Respiro sal, libertad y algo de atino. Giro mi vista bañada en nubes, y allí veo a mi Madre: siempre firme, siempre en puerta. Dando a luz de nuevo, como aquel primer día de febrero, diciéndome en sus ojos “ya no frenes, no tengas miedo. Que la muerte te encuentre bailando, cantando, haciendo, alzando tu voz, sintiendo amor del bueno y no durmiendo”.

Papá tiembla a su lado, disfrazado de hombre valiente, mientras el calcio de sus huesos se convierte en todo miedo. Con sonrisas saca fuerzas de la misma vida que me dio y me abraza diciendo: “cuando el viento intente tirar tus velas, nunca olvides tu calma. Respira profundo, que sea tu propio aire el que detenga la tormenta. Si me muero en tu ausencia no te detengas, mirá siempre hacia adelante que yo estaré esperando en la otra orilla. Y no olvides que cuando la noche oscura llegue será la hora más cercana al amanecer, no renuncies a ella…”

Suelto a mi viejo; el aire empuja una próspera salida. Dos hermanos sonríen a mi osadía, esconden lágrimas tal vez y como siempre, esquivando otra puta y esperada despedida. Elecciones, consecuencias de la vida.

No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

Que se vengan más tormentas, yo ya estoy navegando.

Que los golpes me den en lo justo, y que si no remonto con rapidez la vida me pille puteando.

Que no te arrepientas jamás de haberme amado y de no haber subido a mi navío, que la culpa es dañina y el daño es malo. Que no levantes desesperado tus manos gritando palabras al viento… ya zarpé hace rato, el aire ensordece y no te oigo; en el mar hay mucha brisa. No grites más… es tarde y siento frío.

Que las lágrimas valgan la pena, que sin ellas tampoco hay risas ni cantos.

Que sea hoy y no mañana. Se me hace tarde; la incertidumbre se viste de engaño y no sabe de esperas.

Que caiga cien veces más y me levante otras mil,

porque a esta altura

el cuerpo aún vibra

y mi sangre quema,

de amor explotan

los sueños que esperan;

el corazón renace,

las manos tiemblan.

Navego contra el viento

y mi alma…

vuela.

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No me extrañes; sigo siendo, sigo estando.

-Poli Impelli-

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Adelántate

Mantente presente.
El día, la hora, el momento en que menos lo esperes, todo (o al menos eso que tanto te preocupa) se acomodará. Y en ese momento te darás cuenta qué es lo que realmente vale para ti y qué no. Te importará mucho más lo que tú pienses de ti mismo que lo que tu entorno piensa de ti. Recordarás con una leve sonrisa el tiempo en que todo parecía perdido, cuando «todo era una gran desastre» y creías que no había salida ni remedio posible. Porque todo lo malo termina. Lo bueno, también. Por lo tanto, no te aferres a nada y vive más liviano, más suelto. Te vas a morir, de todos modos, y eso que te ha pasado tenía que suceder para que llegaras a ser la persona que eres hoy, y que puede comprobar con sus propias vivencias el hecho real y tangible de que todo pasa. Todo, si tú lo deseas.
Vas a sonreír. Sonreirás con gratitud. Adelántate a los hechos; aunque sea en soledad frente a un espejo: sonríe. 

-Poli Impelli-

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Cuidar amando

Es más fácil construir niños fuertes

que reparar adultos rotos.  

– Frederick Douglas –

 

Ser padres y no mirar bien a los hijos… no lo comprendo en absoluto. No me cierra desde mi visión de no-madre, pero en mi mirada de Mujer está mi niña. Y yo a esa niña sí la miro, sí la quiero, sí la acepto y sí la amo. Elija lo que ella elija y como ella quiera ser.

¿Por qué no sanamos nuestros tiempos pasados y dejamos de proyectar en los hijos lo que no pudimos ser, lograr o desear para nosotros mismos? ¿Qué esperamos de ellos? Un padre lo ha sido para DAR sin límites. Es el único amor incondicional que existe.

Qué pena… que desperdicio que se nos pase la vida, que ellos crezcan tan rápido y estemos tan ocupados, estresados, alterados al punto de no darnos el tiempo de mirar lo que ellos necesitan y piden a gritos, gritos que se traducen en un 4 cuando ansiosos esperamos un 10, en berrinches que tapan sonrisas y obediencia amorosa, en ansiedad de comidas chatarra en lugar de agradecimiento por lo que sí hay, en pantallas en vez de cuentos y canciones para irse a dormir. Los niños sueñan (igual que los adultos), pero pocas veces manifiestan cómo fluyen en esos sueños.

¿Qué sucedería con la sociedad entera si cuando decides ser Madre/Padre te comprometes ANTES con lo que estás buscando/programando/construyendo en comunidad? No somos seres aislados; somos un todo. El compromiso valdría la vida desde el amor genuino y el reconocimiento sincero de tus capacidades y habilidades emocionales como para mirar lo que le vas a dejar en este mundo, en tu barrio, en tu entorno, en la sociedad, a todos los que hoy no te ven. Porque vas a morir, y cuando no estés serán tus hijos los que quedarán como reflejo de lo que fuiste, diste y tomaste. Y si crees que es tarde, no te engañes. Siempre estás a tiempo para volver a mirarLOS y a mirarTE en ellos y con ellos.

Observa tu vida y pregúntate para qué llegaron… para qué les diste Vida. Si no fue egoísmo, ¿hay algo más?

Acompáñalos, no vaya a ser que te vayas antes de tiempo y tengan que solos remendar los huecos, tambalear por sus caminos intentando encontrarle algún sentido a su existencia. Claro que eso es parte de existir, de la esencia humana, pero con tu ayuda primaria les será mucho más fácil pisar firme en la vida cuando ya no estés a su lado. Aprovecha tu propia vida, porque no todos hemos venido a lo mismo, ni estamos acá por las mismas razones. Tal vez tu aprendizaje sea ese: el de mirarte con un poco más de perdón, de amor y de soltura a través de lo que ellos te muestran.

 ¿No te gusta lo que recibes, lo que ves en ellos? Te están mostrando lo peor y lo mejor de ti mismo/a. Te guste o no te guste, estés conforme o no, ellos son tu mejor laburo, tu mejor regalo a la Vida. Son el regalo que me dejas a mí, a tu entorno, a los futuros jefes, a los profesores, alumnos, pacientes, compañeros, amigos, parejas. Todo lo que les traiga la vida será el reflejo de quien eres tú, Papá, Mamá.

Que no se te pase el tiempo. El tic-tac del reloj es muy tirano; a veces suena y chilla, otras, no llegamos a escucharlo. Y pasa. Pasa el tiempo de reconciliarnos, de comprometernos. No te comprometes con ellos sino con contigo mismo/a primero, porque te has postulado al trabajo más amoroso y demandante que existe. Y nadie te entrevistó para elegirte; esa es tu tarea primaria. Tus hijos te han elegido antes de que pudieras darte cuenta. Nada se compara a esta tarea, ¿verdad? Entonces… ¿qué estás haciendo? Quiérete mucho para poder tomar una elección consciente desde el compromiso sincero, y no «para tener quién te acompañe en la vejez», o para «no quedarte solo/a en esta vida». Los hijos no estamos para sustituir, rellenar o sanar tus carencias, ni somos enfermeros que deban postergar sus propias vidas y sueños. Esa es tu misión. ¿Acaso no lo(s) elegiste? Míralos. Hazte cargo. Ámalos en su totalidad, aunque muchas veces no estés tan a gusto con lo que trajiste a este mundo. Todo tiene solución, todo puede tener un cierto remedio y se puede volver atrás para comenzar nuevamente; sin embargo, con un hijo no hay retorno. No se deshace. No te queda más remedio que elevarte, que madurar, que tropezar mil veces y si no te das cuenta lo importante que eres por el solo hecho de ser Padre/Madre, tranquilo/a: allí estarán tus hijos para recordártelo.

El mundo está repleto de padres que abandonan, que con guita arreglan desaciertos, que con ausencias han dejado corazones rotos y velados de sabiduría. Hay víctimas matando, violando, corrompiendo, mintiendo, discriminando solamente porque no tuvieron padres. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta que lo que nos pasa a todos comienza en casa, en el útero, en la mirada de Mamá, en la presencia de Papá?

Hoy ya todo avanza a pasos agigantados y con dinero podemos «comprar» bebés, alquilando vientres, engendrando en tubitos, y parece ser que las mujeres ya no necesitamos a los hombres para parir. Sea como sea que lo elijas o hayas elegido, tómate el laburo de mirarTE en un espejo, respirar profundo y serte honesto/a. Porque lo que hiciste o estás por hacer nos atañe a todos.

Que no se te pase el tiempo. No para engendrar, Mujer, sino para ser consciente. Ojalá tengas la fortuna de que tus hijos te sobrevivan (que mueras primero, como es ley de vida en el orden natural del amor) y que tus hijos —ya solos—  se hayan sentido mirados, aceptados en su totalidad, y que puedan ser hombres y mujeres honestos, gente de bien, empáticos con ellos mismos y con el mundo que les toca o les tocará. Luego ocupan cargos en empresas, clubes, escuelas, gobiernos, ámbitos de arte y cultura y aquí es donde se ve reflejado quiénes somos. Por favor, sé honesto/a. Y si da el tiempo, hazte cargo. Hay mucho por dar y recibir. Eres capaz de dar lo mejor que tengas para dar, y si no, apréndelo. Ya estás comprometido; no lo olvides.


Son estas «boludeces» que se me cruzan en imágenes y palabras cuando encuentro una fotografía mía de pequeña, cuando no tenía tantas palabras y no sabía qué querían de mí, ni cómo lo querían. Obedecía. Es lo que todos los padres desean…

Poli Impelli

Me miro y más me quiero por haber desobedecido, y porque lo que tengo para dar ya lo estaba y estoy dando a quienes saben recibir.

Son las palabras que me llegan cuando miro a la pendejita que fui y que amo con todo mi corazón de Mujer adulta y de Madre (aunque no lo sea con mi cuerpo en esta vida). Ser Madre/Padre de uno mismo también es un acto de amor bellísimo. Dicen que no se jura; peco y te lo juro.

Cuídate. Cuídalos. La sociedad te lo agradecerá siempre.

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Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como a la edad de seis años, abadoné una magnífica carrera de pintor. Estaba desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador tener que darles siempre y siempre explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry (en su Principito)

 

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Venezuela

Hipócrita confusión. Aristas abiertas. Labios sellados. Palabras dañinas. Promesas desleales. Creencias obstruidas.

El deseo de ser y no obtener permisos. La ilusión de querer hacer algo bien y no tener espacio. La necesidad de apoyo en vez de crítica. Las burbujas de calma que murmuran en el cauce del estrés. La sombra del árbol en verano. La cálida lana en invierno. La impotencia de la no ley. La terquedad de lo justo y la impunidad de lo injusto. El grito de la denuncia. La descarga en el whatsapp. El silencio que precede a la furia. El desconcierto de la soledad. La mirada de reojo ante lo inminente. La intuición que no miente. El temor de volver a empezar. El dolor por lo que revelan las raíces. El desapego por las ramas…

Lo que no ha sido dicho y volverá a nacer. Lo que fue silenciado y volverá a resurgir. Lo que ha sido robado y será devuelto. Lo que no se ha visto se habrá de ver. No es tu culpa, tal vez solo tu responsabilidad. No son tus pasos. No es tu camino. No es tu pérdida. No es tu cuerpo, no es tu ser. No eres tú. Son ellos. 

-Poli Impelli-

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