Abrazo Infinito

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Un chai… ellos, yo.

Me desperté a las 6; poco dormí, sacando cuentas. Anoche, la cena a la luz de las velas que iluminan toda la costa no tuvo desperdicio. ¡Qué curva del destino habernos encontrado con Pía! Hablar español entre nosotras es un descanso para ambas, y reírnos de las estupideces que hablamos tiene también su encanto. Sobre todo aquí, estando tan lejos de casa, tan solos, todos…

Anoche, Yael ―de Israel― decía justamente que aunque andemos en patota, entre encuentros y desencuentros, la soledad viene adherida a cada uno, y somos como “muchas soledades” que se encuentran en el momento exacto. ¿Quién sabe cuál es el momento? No nosotros, precisamente.

Éramos cinco y nos reímos hasta las 3 de la madrugada. A unos pocos metros sentíamos las olas, más tranquilas que en el día.

Creo que no olvidaré más el día que nos conocimos con Pía. En Jaipur el clima aplastaba, y yo acababa de conocer a un norteamericano y a dos chicas de Israel, que estaban siendo “invadidas” (casi acosadas) por unos locales en la estación de trenes. No sé de dónde saco a veces tanta valentía ―y tanta cobardía otras tantas― como para hacer lo que hice, y en el medio de una muchedumbre intensa; pero Yael se unió a mí casi con desesperación y agradecimiento. A la media hora, éramos 5 esperando un tren que no sabíamos a qué hora llegaría, y nadie sabía decirnos tampoco.

Pía entró en la sala como un turista más, preguntando en inglés lo mismo: ¿a qué hora sale el próximo tren a Bombay? Como no tuvo contestación valedera en el único mostrador visible, le ofrecimos sentarse con nosotros. Entre charlas y risas, Jon ―también de Israel― le preguntó de dónde era.

―Vivo en Barcelona, pero soy de Chile.

Mi grito se debe haber escuchado hasta en Pakistán (no estábamos tan lejos, pero podría confirmar que se sintió por allí cerca). Pegué un salto de alegría. Ella rió también sorprendida, y me dijo en castellano: ―¿Eres también de Chile?

Por instinto de supervivencia, sin esperar respuesta se levantó y nos abrazamos en el medio de la sala. El resto miraba comprendiendo; no entendían nuestro idioma, pero no hacía falta. Hacía un rato se habían encontrado ellos, por azar del destino, hablando hebreo con alegría. Más de una vez todos nos entendemos sin palabras.

―No. Vivo también en Barcelona, pero soy de Argentina; en este caso es lo mismo ―le dije al oído.

Sentí sus manos apretar mi espalda, como si hubiéramos esperado ese momento. Ella llevaba dos meses y aún le quedaban otros cuatro más en el sur, en el punto más austral de la India. Yo llevaba mes y medio, y vaya a saber cuánto me queda todavía.

―Y vamos las dos a Bombay… ¡y hablamos español! ―dijo ella; acababa de decir algo tan obvio y con tanta emoción que rompimos a carcajadas. Era un descanso.

Las horas pasaron en un interminable tren a Bombay, otra noche de emociones inciertas en la gran ciudad, y luego otro reencuentro en donde el océano nos incita renovar aires y elecciones. Entre risas, lágrimas, miedos y secretos, descubrimos que nos conocíamos de otra vida, o de algún lugar remoto (¿otro planeta?), y que por alguna razón, aquel día ella perdió un tren y yo llegué demasiado temprano a uno que nunca había llegado.

Aquí viene Ayram. Ya me conoce desde hace unos días, y siempre trae mi desayuno sonriendo.

―Namasté, Madam.

Sabe que le tengo prohibido los picantes. Se ríe.

―Madam, aquí todo es picante ―me repite con su inglés estrafalario. Y yo río; río a carcajadas de mi ridículo pedido.

Otro día más con un sol que raja la tierra, y hoy me toca caminar hacia el sur. “Me toca”, claro, porque es lo que planeo, luego la vida se me ríe y planea lo suyo; y yo aprendo a aceptar. Pía debe estar haciendo yoga ya desde el primer rayo de sol, y yo nunca llego a tiempo: primero escribo. Se puede caer el mundo a pedazos, pero esta es mi primer “clase” en las mañanas. Ya llevo más de tres años, soy maestra y alumna en la misma clase, día tras día. Son las 6:30 y no puedo quejarme; aquí se escuchan cánticos de toda las religiones habidas y por haber durante toda la noche. He logrado aprender a dormir entre sonidos inentendibles para mí; me llevó su tiempo, pero somos animales de costumbre. Sabría que ocurriría si aceptaba que el silencio también se encuentra en los rezos y en los cánticos con fe. Aquí soy yo la extranjera, no puedo apagar los sonidos; más bien aceptarlos y acallarlos dentro, disfrutarlos. Bien, llevó su tiempo pero he aprendido.

Las arañas en mi habitación se han portado de lujo. Anoche les pedí que se quedaran quietitas en el techo y en las paredes, porque quería dormir tranquila. Apenas desperté con unos mantras lejanos, ellas seguían allí, estáticas y supongo que esperando que la loca del cuarto amarillo baje por su desayuno.

Aquí todas las cosas tienen colores. No sé bien cuántas habitaciones diferentes he pisado ni cuántas más me quedan, pero siento que los colores abrazan: techos azules, paredes amarillas, empapelados gastados con arabescos del siglo pasado (o del anterior), suelos arenosos naranjas, negros, violetas. Todo tiene color, como el rostro de Ayram y los de sus dos niños, que corren descalzos riendo por los alrededores de su casa (hostel-taberna). Los veo hermosos. Me pregunto si vivirán así toda la vida… Supongo que no olvidaré jamás sus caritas, sus pies que nunca llevan calzado y esas pieles desgastadas por el sol, por el clima y por la escasez de todo lo que necesitan y no tienen.

―Madam ―me interrumpe Ayram― ¿Podemos limpiar su habitación?

―Claro. ¡Muchas gracias! ―contesto, dando otro sorbo de intenso sabor en mi paladar a un exquisito chai.

Ya imagino… ellas seguirán allí. Esta gente no ve a mis compañeras de habitación, o ellas se escabullen inteligentemente cuando ellos entran. O son todos grandes amigos. Quien sabe… tal vez las arañas me miran como a un extraterrestre disfrutando mi compañía.

Ayer aprendí tanto que hoy no sé qué me espera. Esto es lo bueno, que aquí lo peor y lo mejor de uno mismo salta a la luz en cuestión de segundos. Inesperados. Si hay miedos, si hay fobias, si hay amor escondido, si hay vicios, si estamos reprimiendo algún otro, si estamos amando y no nos habíamos dado cuenta del detalle. Todo, absolutamente todo es posible que ocurra. Desnudez. La India es eso; es un gran espejo que te enfrenta a lo que sos, a lo que querés ser y a lo que no; a lo que crees que sos y no sos, y a lo que te falta ver. El occidente es perfecto para dejarnos ciegos, para reprimirnos, y así estamos… allí miramos sin mirar, mirando sin mirarNOS.

Ojalá hoy tenga miedo, miedo a algo que desconozco, porque ayer fue un día glorioso. Y me resulta enriquecedor (como pocas otras cosas) estar con gente que vive lo mismo, que siente lo mismo, que teme a lo mismo, que aprende lo mismo; y es un lujo poder compartirlo con los pies en la arena hasta las 3 de la madrugada.

¿De qué nos reiremos hoy? ¿Cómo habrán amanecido ellos? ¿Cuántas vacas descansarán a nuestro lado mientras meditamos mirando el atardecer? ¿Cuántos niños sin zapatos se acercarán a pedirnos una foto, como si fuéramos de otro planeta? ¿Y si acaso lo somos?

Suena mi teléfono móvil; es Pía. Le doy un último trago al chai, que ya está helado pero me encanta. Engullo un bocado de un queso tierno y esponjoso. A mi paladar le sabe picante, pero sonrío y cuento hasta tres antes de quejarme con Ayram. Me relamo los labios con placer, sabiendo que nada puede ser mejor que este desayuno. Y así es.

7:00 am. Dice Pía que ya conoció a tres extranjeros más, que me esperan para una rueda de yoga y anécdotas “en la playa de siempre”.

Intento pagar mi desayuno.

―Later, Madam ―dice Ayram, moviendo su cabecita verticalmente de lado a lado. Sonríe ampliamente y recuerdo a Ketut (claro que yo de Julia Roberts no tengo ni las pestañas). Se le ven sólo dos dientes. Son los dientes radiantes y vistosos de una vida especial, teñida de historias que desconozco, pero que se espejan en su mirada y en sus arrugas. Me los llevo, me llevo esos dos dientes que en mi memoria valdrán oro. Estoy segura que Ayram será parte de una historia, de algún cuento, de alguna novela que aún no nace.

Me duele el brazo; ya llevo demasiado. Pía me espera… ¿quién más, que no conozco todavía? Ayram me mira desde su lugar habitual, pero no soy la única que escribe. Me sonríe, levanta su mano y eleva su voz: ―Namasté, Madam. Que tenga un buen día.

¡Ala! A ver qué me depara hoy este enorme espejo.

Ya cierro mi cuaderno. GRACIAS. Mañana será otro día y tendré más vida.

Arambol (Goa, India). – Noviembre, 2013.

-Poli Impelli-

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Narrador entrometido

Ay…, amigos míos… si pudieran verlos, si pudieran explorar en las pasiones, deseos y razones de Naiara y Hernán, para comprender los porqués de sus sentires y caminos, ¡tan diversos como unidos!

Naiara se dejó vencer y se arropó en el aroma de un café colombiano, cargado de un sabor intenso y exquisito. El café llegó a su boca algo caliente, apenas rozando su paladar para escalar en su garganta entre unos besos, palabras y caricias. Y ella… ella saboreó cada gotita y cada trago, y sabiendo que era poco lo querido se deleitó con la sorpresa de cambiar tanta cerveza por un sabor desconocido. Él le desnudó hasta la sombra, ella le ofreció abrigo.

Hernán llegó a las 8, tan puntual que le dio miedo; mordió sus labios casi al punto de dudar de su elección y de su intento. ¿Qué más necesitaba? Era el sabor que le entregaba una manzana tan prohibida, el alcance, tierra fértil y siembra fácil, pero de instintos que él aún desconocía. Ella abrió el portón de su escondite casi arrebatando el aire, en desnudez casi desnuda, se abalanzó a sus labios y le arrancó hasta el lunar oscuro donde descansaban sus miserias. Él no tuvo tiempo de sentir ni de pensar en el sabor que le esperaba; de un golpe seco cerró la puerta, en tiempo escaso, el mismo que le llevó amarrar las piernas de ella en su regazo. No hubo pausas ni palabras, no hubo aromas ni sonrisas. Faltos de cama y de caricias, sobraron embestidas, gemidos y silencios.

Ay…, amigos míos… ¿Quién entiende a aquellos locos, que se jactan de tener y están vacíos?

Naiara con la luna de Colombia durmió en calma, aunque sintió gemir a Hernán en sus suspiros. Hernán, en aquel sur tan frío y rancio, hubiera deseado amor del bueno, las sonrisas de Naiara, un aroma que dejara hasta en sus venas buena vida y un puñado de esperanza ante el destino tan tardío.

Ay…, amigos míos… ¡qué vueltas raras tiene a veces la vida! El egoísmo de mirar la punta del ombligo, destruir las chances de fluir sabiendo ser, y adormecer amores que danzan en silencios sin sonido.

(Extracto de un narrador entrometido. 2014. Abrazo Infinito)

-Poli Impelli-

 

 

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Escritores: ayudemos a ayudar (MSF)

Desde el blog de Lola (hermosa ella por haberme elegido) me llega una invitación para participar en Textos Solidarios. Este es un interesante proyecto, del cual dejo información a continuación.

Textos solidarios es un proyecto que pretende reunir escritos de naturaleza solidaria para formar con ellos un libro, publicarlo y donar todos los ingresos a Médicos sin Fronteras.

Este mensaje no es un premio: es algo mejor. Si te han mencionado en una invitación se debe a que alguien cree en tu valía como escritor y como persona, y piensa que podrías querer colaborar en un proyecto de este tipo, escribiendo un cuento, relato o poesía para nuestro libro o contribuyendo a su difusión. No, esto no es una cadena de nominaciones.  Tienes toda la información aquí.

Si te gusta la idea de nuestro proyecto, la primera y mejor forma de colaborar es copiar esta invitación en tu blog, respetando la imagen destacada y este bloque de texto, y contestar a las preguntas del cuestionario, que incluyen citar a quien te ha invitado e invitar a tu vez a otros diez escritores, incluyendo los enlaces a sus blogs, para lograr que este mensaje tenga la mayor repercusión en nuestro pequeño mundo de creadores.

Para colaborar con nosotros puedes visitar nuestra página scripto.es o enviarnos un correo a info@scripto.es. Te agradeceríamos, además, que enviaras a ese correo un enlace a tu entrada con la invitación: nos importa mucho conocer vuestras opiniones.

Cuestionario:

  1. ¿Cómo crees que los escritores podemos contribuir a mejorar el mundo?
  2. ¿Cuáles crees que son los problemas más graves de la humanidad en nuestros tiempos?
  3. ¿Qué piensas del trabajo de las organizaciones no gubernamentales atendiendo a las víctimas de los conflictos y las grandes catástrofes humanitarias?
  4. ¿Estarías dispuest@ a colaborar de alguna forma en este o en un proyecto similar?
  5. ¿Quién te ha citado en su invitación? ¿Por qué crees que lo ha hecho?
  6. ¿Te importaría invitar a tu vez a otras diez personas?

Respuestas:

1- Los escritores tenemos la fortuna de poder expresarnos y recrear o dirigir la atención de un lector sin otra distracción, siendo el silencio uno de los requisitos para que las palabras lleguen a la mente y al corazón. Lo que decimos o expresamos puede influir positiva o negativamente en quien lee, permitiendo explorar sentimientos y emociones en el lector, donde podemos vernos reflejados, o donde sentimos la necesidad de contradecir, de sentir ALGO que nos provoque una emoción y/o reacción. Cuando el arte de la escritura se divulga en forma positiva, el alcance y el valor es inmenso. Para estudiar cualquier disciplina necesitamos de los libros; la información y la educación nos llegan, inicialmente, a través de los libros. Creo que más que poder contribuir, deberíamos apuntar a cambiar, enriquecer y nutrir la vida de quien lee.

2- Sería una lista inmensa, pero me quedo con el que considero origen y fruto del mayor problema actual: falta/ausencia de consciencia y de compromiso individual.

3- y 4- Desde hace años colaboro con algunas organizaciones no gubernamentales, de la forma en que me sea posible, porque sé que hay muchas maneras de hacerlo. Desde mi profesión puedo estar colaborando en cualquier parte del mundo. Considero que hoy, con el alcance de Internet, no hay excusas; muchas de estas organizaciones son quienes sostienen, empujan, alzan la voz y ponen el cuerpo y el alma para acudir en situaciones donde uno no puede llegar. Hace tiempo lo hago y seguiré en ello. He tenido la oportunidad de poner el cuerpo también, y sé cómo se trabaja. Y si es con proyectos en donde pueda colaborar con lo que amo hacer, más honrada me siento. Considero que es un ida y vuelta: me están ayudando a mí también; el corazón se ensancha cuando uno puede dar y recibir al mismo tiempo.

5- Me ha citado Lola, y supongo que lo ha hecho por su observación a mis relatos o reflexiones en mi espacio; porque consideró que encantada diré que sí, una y mil veces sin dudarlo.

6- Las invito, por supuesto, sin ningún compromiso y con total libertad de decidir si desean participar en este proyecto solidario:

Marina

Juan Antonio

Carmen

Julia

Luis

Fabián

Julie

María

María Jesús

Mel

Y cualquiera que desee colaborar con sus letras será bienvenido en este intento.

Infinitas gracias.

-Poli Impelli-

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Te molesto

Te molesto. Te molesto porque río cuando lloras y porque lloro cuando ríes. Te molesto porque puedo galopar tu mundo y el mío sin maquillaje, entrar descalza en una fiesta donde danzan los tacos y los brillos; te molesto porque yo sin brillo estoy brillando demasiado.

Te molesto. Te molestan mis silencios y que yo hable cuando los demás callan. Te molesta que yo diga y grite lo que el resto no se anima u omite. Te molestan mis aviones, mi equipaje, mis caminos y mis metros. Te molesta que sea fiel; a vos, a mis ideas y a mis sentimientos. Te molesta que no te dé lo que no tengo para darte y que no recibas lo que sí tengo y no te doy. Te molesta que no te necesite para comer, para dar vida y para vivir y morir en mil intentos. Te molesta que yo sea yo y no sienta culpa por ello; y te molesta recordar quién he sido, quién soy hoy y quién seré.

Te molesto. Te molesta mi locura, mi soledad y mi compañía, porque no hay molestia más grande que no encontrar lugar para tener cabida. Te molesta mi valentía, mi osadía y mi calma repentina. Te molesta que me asuma diferente y que sea libre, que lo sienta y que lo intente.

Te molesto. Te molesta que me distraiga demasiado de la pena sin alivio, y que no me distraiga tanto de lo que vale la pena y lo que amo. Te molesto porque yo amo con honestidad y con locura, y te molesta que yo no necesite lo que otras piden, porque te quedas vacío de entregas y no encuentras cómo retenerme. Te molesta que te quiera y quererme tanto, y te molesta que ningún tonto me pesque desprevenida para ofrecerme amarras a su cama y a su encanto.

Te molesto. Te molesta que no responda a lo que quieres escuchar porque tu costumbre es esa. Te molesta que sin cirugías, sin altura ni sumisión le pegue un soplo de goce a la vida. Te molesta que el calendario me guiñe un ojo y yo me le cague de risa. Te molesta que sea feliz, pero te molesta también que sufra lo que vos ya has sufrido.

Te molesto. Te molesta mi impertinencia de ver lo que tus ojos ciegan, y te molesta tu ceguera y los bastones rotos de quienes te rodean. Te molesta mi intrepidez de no querer y mi cobardía cuando me caigo, te molesta ofrecer tus alas cuando ambos sabemos que andas rengueando. Te molesta que me moleste tu presencia y te molesta que cada ausencia nos desgarre por dentro. Te molesta que reconozca una historia y le ponga palabras; te molesta tu negación y que yo la encuentre escondida en miedos detrás de tu espalda.

Te molesto. Te molesta mi otoño, mi verano, mi primavera y mi cálido invierno, porque a mí me abrigan las noches y me desnudan de día, mientras a vos te joden los mosquitos y también las tibias compañías.

Te molesto. Te molesto porque me conoces demasiado y lo que conoces te molesta. Te molesto porque te conozco como nadie y no me hago cargo ni lo expongo ni lo digo.

Te molesto. Te molesto tanto que ya me acostumbré a tu dulce molestia, y no me molesta que hoy me moleste tanto que resucites de a ratos… mientras yo brindo por ser quien soy, alzar mi voz, quedar sin vos y sin tu molestia en esta vida.

-Poli Impelli-

 

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Recuerdo del olvido

Ya eran las 7, el sol comenzaba a caer sobre el mar, y él apuraba nervioso su último tramo. Estacionó en el camino aledaño de arena, a unos metros de la casa que tanto había disfrutado un largo tiempo atrás. El sendero por el que solían llegar habitualmente había cambiado de sentido, aunque no le fue difícil reconocer aquel pinar que cubría la zona. Hacía más de un año que no visitaba ese sitio acogedor en el mar; se sintió conmovido. Apenas apagó el motor, le dio un beso a su mujer y bajó de la camioneta. Los niños, sentados detrás, tomaron sus mochilas, abrieron las puertas traseras y salieron corriendo hacia el camino angosto que llevaba a la entrada de la casa de piedras blancas y tejas azules.

Él sonrió ante el entusiasmo de sus hijos, y a paso lento se dirigió a la puerta. Alcanzó a observar el pequeño jardín al costado del sendero, que ahora se veía descuidado; donde antes había flores, ahora las macetas estaban vacías. Tantos años cuidando de esta casa en la playa… parecía haber perdido vida, al menos en su exterior.

La puerta se abrió al rato y detrás apareció ella, los niños se abalanzaron sobre sus brazos. Delgada, con su cabello rubio en una coleta suelta y sus ojos castaños, llevaba un vestido primaveral ajustado al cuerpo. Abrazó a sus pequeños con sonrisas, y ellos desaparecieron corriendo hacia el interior de la casa. Levantó su mirada hacia él, que observaba apoyado en una de las columnas que sostenían el arco de la entrada.

—¿Querés pasar? —Lucía ya no sonreía.

—No, gracias. Me esperan.

—¿No tiene patitas? No me molesta que pase… —Desde allí veía la sombra adentro de la camioneta.

—Te molesto yo, en realidad —dijo él, frunciendo sus labios.

—Nunca me molestaste.

Él levantó la vista, Lucía se apoyó en el marco de la puerta y cruzó sus brazos, mirándolo a los ojos.

—Nunca me lo dijiste —dijo él.

Detrás de Lucía aparecieron los niños corriendo y riendo. El niño, de seis años y cabello oscuro como su padre, perseguía a su hermana, que le doblaba la edad, y tironeaba de su vestido levantando su falda.

—¡Eh! Calma, calma… —dijo Lucía.

Cuando la niña pasó por detrás de su madre, vio que su padre seguía allí; miró de reojo y, para sacar a su hermano del medio, pasó corriendo entre sus padres hacia el sendero y se dirigió a la camioneta estacionada. El pequeño la siguió apurando su trote, gritando y riendo, intentando abalanzarse sobre su vestido otra vez. Adentro de la camioneta, la mujer menuda y morena descansaba con su cabeza en el respaldo del asiento, aguantando el tiempo, preguntándose si siempre sería igual, esperando como un paquete escondido, sin sorpresas visibles. Sintió a los niños acercarse y levantó su cabeza hacia la ventanilla.

—Me elegiste como padre, ¿te acordás? —dijo él, volviendo la mirada hacia Lucía.

—Ahá… no sé cómo pude… —Suspiró con cansancio, volvió a cruzarse de brazos, inquieta.

Él apenas sonrió. “Yo sí sé lo que hice. Eras hermosa, por dentro y por fuera. Seguís siendo hermosa.” Su mirada seguía a sus hijos, que corrían alrededor de la camioneta, saltando para alcanzar a las gaviotas que iban y venían desde el mar hasta los pinos.

—¿Qué te causa gracia? —dijo ella, observando la expresión risueña de su ex marido.

—Nada. —Volvió a mirarla—. Catorce años y aún no sabés por qué soy el padre de tus hijos…

Ella abrió la boca para decir algo, y sus ojos se cerraron en parpadeos con sorpresa. Descruzó sus brazos e irguió sus hombros para avanzar un paso, pero él ya había dado la vuelta y bajaba el sendero despacio. A unos metros de distancia, él se detuvo de golpe y volteó la cabeza hacia ella.

—Ya hicieron sus tareas. Si no te molesta, revisá sus cuadernos. Nunca fui bueno para eso.

¿Para eso, nomás?

—Sí, ya sé… y para muchas cosas más; no te fui suficiente. Antes que levantes la voz, te recuerdo que te quise… —Al decir esto, volvió la mirada hacia la playa.

El rostro de Lucía se suavizó y el ceño fruncido desapareció de su piel. Dio un paso lento hacia el comienzo del sendero, sus hombros se relajaron. Detrás del padre de sus hijos, lejos pero cerca, la mujer que había esperado en el auto corría y reía a carcajadas con sus niños. La soledad de Lucía estrujó sus venas, y aunque sintió su bronca contenida, intentó moderar su voz al llegar más cerca de él.

—Yo también te quise mucho. —El aire del mar suavizó aún más su voz, y su pelo bailó al ritmo del viento en la cola de caballo. Él tragó saliva, tomó aire y respondió:

—Desde que Lucas nació, jamás volví a escuchar que me quisieras… Los cuadernos están en la mochila de Malena. Buen fin de semana. —Giró mirando hacia la playa y bajó el sendero, alcanzando a los niños en un abrazo para despedirse. La mujer morena se acercó a su cara, apoyando una mano en su pecho.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

—Te amo… —dijo ella, y sonrió, con su boca y con sus ojos. Él la miró con alivio y le tocó la mejilla con suavidad.

Lucía, parada en el sendero mirando la escena y esperando a sus hijos, pudo leer los labios de aquella mujer, y se encontró a sí misma, catorce años atrás, en la orilla de otra playa, desierta y sin pinos junto a ese mismo hombre. Se sorprendió con su recuerdo, olvidado en el tiempo y en sus muchas escasas miserias. Su olvido le provocó una leve sonrisa, una pequeña lágrima de nostalgia…, y el recuerdo le trajo alivio.

Observando a los cuatro en la distancia que los separaba, su corazón se serenó respirando el aire del mar. Los niños se acercaron a la casa riendo a voces, y en un gesto impensado, Lucía levantó su mano derecha hacia la camioneta, saludando a su ex marido y a la mujer que hoy acompañaba sus días.

—Mamá, hace mucho que no estás así… —dijo Malena tomándola de la mano. El corazón de Lucía dio un brinco. Le apretó la mano a su hija con cariño y acercó sus labios para besarle la punta de la nariz—.  Te amo, y me alegra que estén de vuelta. ¿Preparamos la comida?

Llegaron casi corriendo a la entrada y de la mano. Lucas ya había alcanzado la vieja radio y, al escuchar la música, madre e hija entraron a la cocina bailando y dando vueltas sobre sus vestidos. Fueron desplegaron ollas y vaciando lo que había en la heladera para cocinar juntos; Lucas anudó a su cintura un delantal de su madre, simulando ser un chef experto. Pasaron diez minutos y los tres seguían tarareando, riendo y preparando la mesa para cenar.

El golpe seco en la puerta lateral de la cocina los sobresaltó. Atardecía y Lucía se asustó. En un movimiento instintivo, alejó a sus hijos de la puerta y se acercó inquieta hacia el visor vidriado.

—¿Quién es? —dijo con voz firme y segura.

—Germán. ¿Me abrís?

Lucía miró a sus hijos con asombro.

—¡Papá! —gritó Lucas, levantando sus manos hacia el techo en señal de alegría.

Lucía abrió la puerta con decisión pero en cámara lenta. Al lado de Germán, la mujer morena, pequeña y de facciones delicadas, sonreía con timidez. Por el rabillo del ojo, Lucía vio cómo él le rozaba la mano. Ella los miró a ambos, respiró profundo, puso sus brazos en jarra sobre su cintura y dijo:

—Sólo hay quesos, algo de vino… —apuró sus palabras—  y puedo preparar una tarta de fiambres.

Germán mostró una sonrisa de sosiego; la tarta de fiambres era su comida preferida en las tardes de verano. Tomó la mano de su mujer y pasaron adentro cuando Lucía les hizo lugar, abriendo de par en par la puerta.

—Muchas gracias —dijo con suavidad la joven morena mirado a Lucía, quien le devolvió una media sonrisa. Germán levantó a Lucas en brazos y lo alzó en el aire, al tiempo que la niña reía en un abrazo de la mujer morena. Él dejó a su hijo sobre una silla y se acercó despacio a la espalda de Lucía. Cerró los ojos y, con un poco de temor, le susurró al oído:

—Hoy te quiero un poco más, Lucía. Gracias…

De inmediato ella sintió humedad en sus ojos y levantó la mirada hacia la playa, a través de la ventana de la cocina. Apoyada en la mesada blanca, de espaldas a sus hijos y a la mujer de Germán, respondió sin mirarlo: —Ya recordé por qué sos el padre del mis hijos. Ella me trajo del olvido.  —Suspiró—. La tarta… ¿jamón crudo o cantimpalo?

-Poli Impelli-

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Reto de abrazos infinitos

La amorosa Marina me retó a tres días de frases. ¿Cómo que “quién es Marina“? Marina, Marina Monzón, una mujer que desde su profesión no se conforma con saber lo que sabe y aprende para sí misma, sino que decide compartir todo su camino de aprendizaje constante con quienes quieran leerla y tomar lo que tiene para dar.

Marina es de esas mujeres ejemplo, de esas que, como yo y tantas más, alguna vez la han cagado en grande para tener que aprender a vivir desde el Alma, que han sufrido caídas para conocer el inmenso poder que poseemos para aportar algo a este mundo; pequeño o grande, pero es nuestro. Y nada mejor que compartir lo que tenemos para dar. Esa es Marina, la que cuida con cuidado la salud del alma, de la mente y del cuerpo, y te habla de relaciones humanas de una forma simple y práctica, con música, poemas o experiencias de vida. Por si te gusta la gente con Alma y sonrisas, aquí te dejo sus palabras: Cuidar con Cuidado. Marina Monzón

Pero como no puedo con mi Alien acuariano, tengo que romper alguna regla. Voy a ir al grano, porque son tantas las grandes palabras ajenas aprendidas, tantos los maestros de la ciencia, del arte, de la salud, de la educación, de la medicina y del espacio cibernético que enseñan y comparten, que me parece sensato también aportar algo pequeño pero que sea propio, sólo por haber aprendido. Si ya pasaste, no desperdicies tu valioso tiempo; pero si no has podido, te dejo aquí, con un apretón de costillas, mi REJUNTE DE ABRAZOS INFINITOS.

Gracias, Marina🙂

Abrazos infinitos, y CARPE DIEM

-Poli Impelli-

 

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Deseo en rojo

Despacio, despacio…

Me buscas comiendo

en tus verdes mi miel

de verano,

yo huelo a jazmines

tú a dulces salados.

Acerco tu cuello

a mis uñas moradas

te clavo mis ganas

me envuelves la espalda.

Arrancas el velo

que cubre mi todo

tu dedo recorre

hacia el norte el sendero,

enarco mi grito

ahogo el placer

que tu oído me nombra.

Retuerces mis ansias

de amarte despacio

mas yo quiero el fin

no apures mis pasos.

La mano que libre

me deja el espacio

se clava en tu pecho

y araña en el centro.

Levantas la vista

hacia el cielo en auxilio,

te arranco la sangre

te dejo vacío.

Te vengas con furia

me buscas a tientas

levanto mi todo,

escapo del rojo

que hierve tu centro.

Me encuentras huyendo

enredas mi pelo

bañado de aliento,

con sangre me ganas

con prisas me rindo.

Aún late en mi mano

devuelvo a su hueco,

ya gimes apenas

el dolor va pasando,

se cierran heridas

te beso y relamo.

La miel de verano

que cubre mi pecho

acaricia tu dorso

en rojo y repleto.

Tu dedo que baja

mi médula lento

arrastra el camino

de vuelta a su inicio.

Me siento culpable

ante un crimen perfecto,

me dices que amas

lo que arranco y devuelvo.

Despacio, despacio…

Apenas te escucho

ya es todo silencio,

apenas me abrazas

respiras, te siento.

 

-Poli Impelli-