Abrazo Infinito

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Rejunte de abrazos infinitos

A veces, me pierdo entre lo que leo y lo que escribo. Y lo lanzo al viento para que otro tome lo que yo puedo compartir. Se acumulan pensamientos, palabras, imágenes y suspiros que no sé dónde guardar, y mi página de escritor en Facebook (Abrazo Infinito – Poli Impelli) pide auxilio. Si tienes otro espacio, ¿por qué me inundas con tus porquerías solo a mí?. Me parece escuchar su voz, lejana y agotada…

También creo escuchar un lamento de advertencia de WordPress: “¿Y yo por qué? ¿Con qué necesidad?”. Y bueno… es lo trae y tiene la primavera; necesidad de revolver lo que ha dejado el invierno, de sacudir la escarcha y aligerar el paso, de florecer lo que permanece dormido y de rejuntar millones de abrazos infinitos…

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Poli Impelli

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Crónica de un adiós anunciado

Creo que sabía. Lo supo aquel día abúlico, cuando sus palabras eran más fuertes que sus ganas, y ese tiempo de ella era más sabio que los deseos olvidados.

Escribió en un papel ajado que encontró en el cajón de la mesa de luz, una noche de pocas estrellas, unos tragos de birra y algo de pocas ganas. Escribió lo que en ese entonces sonó a lamento o testamento, esa misma noche en que ella llegaba a un altar del brazo de su padre para unir su vida a la de otro hombre, y le pareció que lanzar el sabor amargo de aquellos tragos y las pocas estrellas sobre un papel amarillento le haría compañía:

Jamás supe si era una adiós tuyo o un adiós mío. No sabía ni por qué ni para qué, pero imaginaba que lo que era dejaría de ser.
Me resistía a soltar; no quería salir de ese lugar singular en donde yo me había encontrado a mí mismo, a tu lado. Mis deseos se escondían tras cada huella que yo mismo iba dejando y haciendo más y más mía. Mi sombra se volvió mi mejor compañera, y si quería compartir con alguien mis sueños y los de mi sombra, debía elegir sabiendo. Aún así, ni mi propia sombra me dejaba ver lo que luego sería una crónica. Algo que en el aire o desde afuera podría vislumbrarse, pero no dentro de mí ni de tu propia existencia.
Lo que estaba sucediendo entre tu sombra y la mía era la crónica de un adiós anunciado. Ni tuyo ni mío. Era el adiós de mi sombra, era mi Alma dividiéndose en dos para dejar un lugar recóndito en lo que sería parte de mí para siempre, y traerse consigo la otra parte tuya, donde quiera que yo fuera, donde quiera que eligiera ser.

Ese adiós a mi media Alma es lo que siguió doliendo. Es lo que hoy no puedo tragar, junto con este medio vaso de cerveza amarga.  Porque esa sombra que se fue con la tuya, pidiendo auxilio desde lejos, sigue llamando. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo bien adentro que siempre intentamos descifrar con el tiempo. Es esa mitad de cada uno que nos dice adiós,  que se despide con un pañuelo blanco, sin trazos ni rumbos, la que deja un pedazo de uno mismo grabado en la tela de ese pañuelo que despide, para siempre…

Compartió conmigo lo que había escrito esa noche y me emocioné con él, aunque él no tenía lágrimas. Le costó un tiempo encontrar la fuerza necesaria para traer de vuelta esa mitad que ella se había llevado, y de a poco creyó ir recuperando su sombra entera. Creyó que el tiempo curaba el vacío y las heridas, que sólo el tiempo era el responsable de devolverle lo que ella se había llevado de sí mismo. En ese entonces, mi poca sabiduría no me permitió ver que ella no era culpable de nada, y que sus palabras en aquel papel raído decían mucho más de lo que yo podía percibir.

Me enamoré. Me enamoré de su media sombra, de sus intentos, de su corazón sincero y de sus días conmigo. Me enamoré de lo que había quedado de sí mismo y de su esperanza repentina. Pero en esos tres años juntos, le prometí que jamás me llevaría nada que no me perteneciera, que no le permitiría dejarme a mí ninguna mitad suya, ni de su Alma, ni de su sombra entristecida. No quería jamás ser la protagonista de palabras en un papel que quedara en alguna mesa de luz, en una noche de pocas estrellas y con la sola compañía de una cerveza. Yo estaba ahí, presente, y si me estaba llevando algo quería saberlo, devolvérselo a tiempo para que sintiera la libertad que antes no había sentido. Sin embargo, su decisión fue a la par con la mía, y preparamos un casamiento a nuestra altura, con toda la emoción y el amor que habíamos construido. En esos tres años de armonía y convivencia, jamás supimos de ella y de su vida.

En casa, papá estaba expectante y emocionado con nuestra ansiedad contenida. Se sentía ilusionado con nuestro destino y sus nervios aumentaban a medida que se acercaba el día. Desconozco hoy su intuición de aquellos días, pero creo que jamás imaginó que no me acompañaría del brazo a ningún altar. No estaba en sus planes. Ni en los míos…

Encontré su carta el día anterior a nuestra boda, escrita con tinta azul, en un papel a rayas, impoluto:

Me enteré y me siento perdida… No me falta nada de lo que soñé, o tal vez soñaron, para mí. Pero no puedo dejar de escribir, junto a una copa de vino, sola y sin testigos, que hoy una parte de mí se siente ajena a esta casa, a esta vida, a este hombre que elegí para acompañar mis días. Quizás es el vino y estoy delirando, pero no puedo ―no quiero― permitirle a mi Alma que calle, que sigan pasando los años sin contarte que te has llevado una parte de mi misma, de mi sombra… algo que no sé describir y que con el tiempo intenté sostenerlo bajo el peso tu ausencia. Sé que es tarde y que no tengo derecho a reclamar lo que no me pertenece. Pero hay algo que duele, y tengo miedo que sea el adiós a esta media Alma mía. Creo que es eso lo que hoy me cuesta digerir junto con esta copa de vino. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo que recién ahora intento descifrar con el tiempo. Creí que el tiempo era el único responsable, y que mis decisiones me devolverían esa otra parte que supo decirte adiós, cuando ambos creímos que estaba anunciado.

Pero no me hagas caso… hay pocas estrellas en el cielo y este vino no tiene sabor a nada. Tal vez quien escribe es esa mitad mía, diciéndote adiós, pero para siempre. Quizás mi sombra sepa encontrarse a sí misma a partir de mañana; quizás no llegue siquiera a enviarte esta carta.

Yo lo había visto sufrir. Tres años antes, yo había leído un papel envejecido que ella jamás había recibido. Y tres años más tarde llegaba una respuesta a algo que ella nunca había leído. Desde un comienzo, yo había prometido no llevarme nada de su vida que no me perteneciera, no dejarme ni siquiera un poco de su Alma, porque ya había sentido junto a él ese adiós que tanto le había pesado. Después de algunas lágrimas, tomé el coraje suficiente. Aunque mi amor era inmenso y genuino, no iba a permitir que quedaran a medias, sin haberse respondido.

Le confesé mi imprudencia, porque el sobre no tenía remitente y siendo el día anterior a nuestra boda me sentí intimidada. No me hizo reproches; simplemente me miró con la misma tristeza y desgano que tenían sus ojos aquella noche de pocas estrellas, cuando me llamó para que le hiciera compañía. Leyó en silencio delante de mí, y aunque hizo fuerza frunciendo el ceño, las lágrimas que había guardado aquella noche de la birra comenzaron a fluir y a caer sobre el papel a rayas. Una tras otra, como esas que esconden algo que no todos podemos percibir. Lo miré con amor, con una profundidad en la cual jamás había reparado y recordé aquel papel amarillento. Comprendí lo que antes no había entendido.

Papá murió hace seis años, pero alcanzó a llevar del brazo a mi hermana menor a un altar. Fue el casamiento más precioso que tuvimos en la familia. Hoy tengo cincuenta y dos años, y cuando veo un altar desde la puerta de alguna iglesia sonrío. Sonrío por mi hermana y por papá. Y sonrío por Juan Pablo y por Eugenia. Llevan trece años juntos y tienen una niña sana y preciosa, que sonríe a la vida como su madre y mira con el color de los ojos de su padre.

Juan Pablo tiene la costumbre de enviarme cada tanto un whatsapp, para saber cómo estoy, qué hago de mi vida y supongo que para confirmar que no le guardo ningún rencor. Eugenia se acercó a mí unos meses después de aquella carta, pidiéndome una especie de perdón, porque según ella jamás imaginó que unas pocas palabras cambiarían la decisión de Juan Pablo y el rumbo de su propia vida. Recuerdo que mi respuesta fue un largo y sentido abrazo, y unas pocas palabras de agradecimiento por aquella carta del papel a rayas. No sé si alguna vez comprendió mi actitud, sólo sé que vive feliz.

¿Yo? Yo no espero ninguna carta a destiempo, ni pienso escribirle a nadie que se haya llevado una parte mi sombra a ningún altar o lugar diferente al mío, en ninguna noche de pocas o muchas estrellas, ni con birra ni con vino. Ya no hay nadie que me acompañe del brazo hacia un altar. Y si existen palabras, las deseo hoy mismo, ni tres ni diez años después, cuando me enamore de algún corazón sincero y de sus días conmigo. Y si escuchara alguna vez esa voz extraña que me recuerda que alguien se ha llevado una parte de mí, no buscaré ningún papel en ninguna mesa de luz. Dejaré mis palabras en mi boca y correré a buscarte, a decirte todo lo que ha quedado en mi sombra, antes que otra mujer sueñe y peque contigo. Dejaré de esperar a que el tiempo cure y sea el único responsable de tu destino y del mío. Le diré al tiempo que se haga a un lado porque yo le pertenezco y puedo hacerme cargo de lo que pienso, lo que siento y lo que digo. Le contaré que tengo una vela preparada para mi propio entierro, que yo la encenderé en cada adiós anunciado y me quedaré entera, sin sombras a medias ni pérdidas que se lleve el viento. No haré borradores ni listas negras ni rejuntes de palabras reprimidas, mas usaré mi cuerpo, que con los años se ha fortalecido y gritaré lo que hoy no escribo. Y al igual que Eugenia, no pretenderé nada que no me pertenezca, pero jamás dejaré un papel olvidado en un rincón, ni entraré a un altar con una parte de mí misma retenida en otra vida.

Cincuenta y dos años no es nada, pero es bastante para quien ya de sus miserias ha aprendido. La felicidad de Juan Pablo y Eugenia me recuerdan que siempre estamos a tiempo, que no sirven de nada los borradores que no se publican, las palabras que no se anuncian y los sentimientos que se callan. Papá murió sabiendo que Juan Pablo luego fue feliz, y que yo honro su vida y la mía sin papeles raídos, sin silencios escondidos y con las palabras que puedan cambian y engrandecer mi destino. Hoy estoy más cerca de papá que de mi cuna, y sigo sonriendo cuando veo a los Juan Pablos y a las Eugenias que deciden y dicen todo eso que el Alma intenta callar bajo el peso de las ausencias, desempolvando papeles en mesas de luz y contando en el cielo infinitas estrellas.

Existen muchos adioses anunciados, pero no existe ni una sola noche sin estrellas.

-Poli Impelli-

 

 

 

Ausencia


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Ausencia

Mis hijos miran con asombro mis silencios. Pido en súplicas respuestas que no encuentro. Me abrazan con lágrimas de seda… ¿Volverá papá de ese lugar desconocido? Caigo al suelo en un lamento sin consuelo. Busco auxilio en esta nada que me queda y en sus brazos que recuerdo y me desarmo. Ellos saben que se ha ido mas no entienden el pesar que les espera. Dejo huellas de mi amor en sus costillas, los acuesto con caricias y los amo un tiempo más, minutos que hoy me saben a desidia. Salgo en saltos silenciosos a la noche, busco estrellas que me guíen en futuros que no asumo. Está nublado y tengo frío; siento ahogo del verano que se va y el aroma de la lluvia que me espera en el otoño. Ya no creo ni en mi fuerza y me resisto a creer que puedo estar muriendo en vida. Escucho el galopar de mi existencia enfurecida hacia el destino. No puede ser que así me sienta. ¿Qué ha pasado que me encuentro sin aliento? Con recelo alzo los ojos a la luna que se escapa por detrás del balcón de mi vecino. Dime tú si va a volver. Dime algo que aquí quedo, esperaré… El llanto seco en mi garganta para que ellos no me escuchen desespera en el vacío que me hunde. Mis pies no se sostienen; mis piernas tambalean en cuerdas débiles que sostienen las manos de algún titiritero, embriagado y somnoliento. Que me lleve, que me arrastre con él al infinito… Mis cuerdas vocales parecen dibujar sonidos que no entiendo. ¿Qué me dicen? Lo que antes fue deleite y hoy me duele; te amo. ¿Es mi voz la que me habla o es la de tu ausencia? Te amo… Siento la tierra mover mi cuerpo aniquilado, mi ser se desvanece. Me hundo en la arena movediza que antes fue un jardín de flores en la entrada de mi casa. Me hundo. Me desarmo en su voz o es que grito sin ella intentando formular una respuesta. Miro al cielo; las nubes danzan al compás de mis lamentos y se abren ágiles en un tango dando paso a las estrellas. Me retuerzo en el asombro y es allí cuando te veo. Mi mirada en este cielo, que fue tuyo y también mío, se encuentra con tus ojos que ya brillan, tiernos, vivos. El ahogo de mi grito se convierte en tenue voz y mi cuerpo se levanta poco a poco sosteniendo tu reflejo. Nuestra luna parece habernos visto y se aleja del balcón de mi vecino; se acerca con sigilo a tu rostro iluminado, y arrastra gloria a la ventana donde duermen mis pequeños. Mis lágrimas brotan con sabor a miel, dulces, fluyen como la lluvia que era y ya no es. Ahora sí te vuelvo a ver y te despido con respuestas… ahora ya te quedas para siempre. Mi te amo te dibuja la sonrisa que ya extraño, y ahora siento firme el suelo que sostiene mi sorpresa. Miras de repente a nuestra luna y te escondes en su brillo. Vuelvo mi mirada a nuestro hogar y puedo ver las flores que plantaste hace unos días, y el jardín que ya es verde nuevamente. Ya no siento tanto frío, y el otoño dejará su gris en un armario. Respiro tu perfume que ha quedado en mi camisa hace unas horas, y a paso sosegado abro la puerta y le doy la cara a mi futuro. No hacen falta luces, todo brilla desde afuera. Desde el marco de la puerta observo cómo sueñan tu presencia; mis manos han dejado de temblar y limpian la tristeza en mis mejillas. Me uno lento a sus cuerpitos y me arropo de niñez y de inocencia. Mientras te sueñan en juegos, yo te veo allí, a través de la ventana, en esta luna que desnuda el alma y me acompaña. Mi sensación de soledad perdió su turno y se retira por un tiempo indefinido. ¿Qué será de mi mañana? Te amo. Me llega desde lejos pero cerca. Y te siento allí en la cama, aferrado a nuestras vidas, cuidando lo que fuimos, lo que somos y seremos otra vez. Silencio… Me vuelvo pequeña y me pierdo en sueños de promesas, recuerdos y sonrisas, con el perfume azucarado que desprenden nuestras sábanas, tu rostro en la ventana y mi camisa.

-Poli Impelli-

 

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La India

El sabor de sus aromas y el canto alegre de sus colores se entremezclan con la abrumadora pobreza que se vive en el suelo y en su cielo.

Un país con exquisita espiritualidad que aún mantiene sus conflictos sociales, políticos y religiosos, pero que en su gente muestra su bondad, su simpleza y su presente.
La belleza y variedad de la India se besan día a día con lo peor de su existencia, en una realidad que en cualquier otra tierra sabe a poco. Ambos extremos, en su humanidad completa, son más atractivos que en cualquier otro lugar del mundo.

Tomé prestado todo lo que mis sentidos digirieron como único y distinto, eso que no encontraré en ningún otro paisaje de esta Tierra.

Lo que su gente transmite y puede regalarte no es palpable; es un regalo para algunos pocos, aquellos que pueden ver, conocer y amar aquello que es invisible a los ojos.

 

Poli Impelli

 

Benedetti


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Todavía

No lo creo todavía

estás llegando a mi lado

y la noche es un puñado

de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo

tu rostro tu paso largo

tus manos y sin embargo

todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto

que ver contigo y conmigo

que por cábala lo digo

y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza

y las cosas más triviales

se vuelven fundamentales

porque estás llegando a casa

sin embargo todavía

dudo de esta buena suerte

porque el cielo de tenerte

me parece fantasía

pero venís y es seguro

y venís con tu mirada

y por eso tu llegada

hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido

mis culpas y mis fracasos

en cambio sé que en tus brazos

el mundo tiene sentido

y si beso la osadía

y el misterio de tus labios

no habrá dudas ni resabios

te querré más todavía.

 

MARIO BENEDETTI – Canciones del más acá 

 

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Si nosotras entendiéramos…

Jess Browne (argentina de nacimiento aunque ciudadana del mundo) dice que a los hombres les resulta muy difícil comprender lo que nunca nadie les enseñó. Coincido con ella, pero sólo agregaría que todos -hombres y mujeres- llegamos a la vida a través de una mujer (¡Eureka! no he descubierto nada nuevo ni estoy agregando misticismo cuántico a lo que Jess señala). Se dice, también, que detrás de un buen hombre siempre hay una gran mujer. Vaya si es verdad, aunque no todos los hombres han tenido una GRAN MAMÁ MUJER para crecer sintiéndose libres emocionalmente y poder confiar en la vida, en quienes son; y es esa presencia o ausencia de Mamá lo que los define durante todo el recorrido de su existencia adulta. (Sí, Mamá con mayúsculas).

Estoy convencida de que el primer compromiso es nuestro. El primer llamado de atención es para nosotras. Gobernamos el mundo de las emociones, somos las reinas del llanto, de la desdicha y del inconformismo, o de la armonía, la paciencia y la felicidad. Y es en nuestros úteros donde comienza LA VIDA. La de todos. De aquí venimos, de aquí mamamos, de aquí aprendemos, de aquí recibimos. De nosotras.

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Decía Jess: “Si las mujeres entendiéramos…

  • Que ellos también tienen miedos, pero sin tanto permiso para mostrarlos.
  • Que no es tan divertido invitar a comer a una mujer que no come.
  • Que hay emoción en el ruido de un motor o en el grito de un gol.
  • Que ellos valoran mucho más el exceso de sonrisas que tres kilos menos.
  • Lo abrumador de ser el sostén económico de una familia.
  • Lo que es tener que ser valiente, poderoso y exitoso a toda hora.
  • Lo molestas que son las comparaciones con “el marido/novio de”.
  • Lo poco que les importa cómo estamos vestidas.
  • Lo felices que los hace desvestirnos.
  • La necesidad que tienen de un abrazo que no siempre saben pedir.
  • Lo difícil que es comprender lo que nunca les han enseñado.
  • Las lágrimas que no se animan a llorar.
  • Que sus chistes muchas veces intentan ser tiernos.
  • El poder que tenemos sobre ellos.
  • Que ellos también pasan noches sin dormir.
  • Que necesitan silencio como nosotras charla.
  • Que no andan por la vida pensando en cómo lastimarnos.
  • Que son más débiles de lo que su altura y músculos dirían.
  • Que sacar lo mejor o peor de ellos está en nuestras manos.
  • Que piensan y razonan diferente.
  • Que sienten muy parecido.
  • Que demuestran sentimientos como pueden o como aprendieron.

Si las mujeres entendiésemos todo esto, si lográsemos mirar más allá de algunos olvidos, si nos diéramos cuenta de que no hay todos o ninguno, si pudiésemos sentir que para ellos la mejor demostración de amor es habernos elegido, si las mujeres bajáramos un poquito la guardia, los reproches y tantos reclamos, si pudiéramos incrementar las sonrisas, los brindis y la picardía y si los dejáramos hacer sin tanto mandato ni expectativa, comprenderíamos que somos lo que le da sentido a sus vidas. Como mujeres, novias, madres, hijas, hermanas o amigas.

Al final del día, donde se acaban las bromas, donde no hay público ni formas, donde sólo queda un hombre y sus latidos, ahí estamos nosotras, la que cada uno eligió o está por elegir.”

Palabras de Jess.

Y amén para mí.

Como Mujer hija, hermana, novia, esposa, amante y amiga, GRACIAS a todos los hombres que me siguen enseñando. Es un inmenso placer que mi aprendizaje no termine, porque siempre me siguen sorprendiendo. A mis emociones las gobierno yo, pero sin ustedes andaría renga y manca por mi vida de mujer.

No existe un “Día del Hombre”, ¿verdad? Hoy es ese día para mí. Y sepan disculpar; sigo aprendiendo… ¡INFINITAS GRACIAS!

-Poli Impelli-

 

 

 

 

corazon7


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Certezas

Amo el canto del gorrión cada mañana,

y las risas de los niños que me llaman.

Amo el timbre que me anuncia tu llegada

y mi sonrisa despertando en madrugada.

Amo mi despiste que no aprende

y esta fuerza que guerrea la pereza.

Amo obviar las dudas de los otros,

y la adhesión cabal a mis certezas.

Amo la lluvia que hoy no veo

y este sol andino que me quema.

Amo tu sonrisa en la pantalla,

tus abrazos en las tardes

y tus silencios de calma.

Amo el mate de mi Vieja,

los detalles del Pelado y el abrazo

de mi hermano cuando llega.

Amo la mirada que se pierde entre nosotros

sobre una botella de Terma.

Amo también esa ausencia viva

y el aroma que desprende aquella tarta;

me recuerda a juegos y a escondidas,

a mi abuela, aquella tarta y su mirada.

Amo el sonido del mar cuando sos vos,

aunque detesto el teléfono que suena,

hasta que atiendo y suenan risas

de otros sitios, de otros tiempos, de otras vidas.

Amo el Limay y la Cordillera

el Mediterráneo y su transparencia.

Amo el agua cristalina y tu cerveza,

amo aquello que sí fue y también lo que no queda.

Amo ese cordón umbilical que me une

con mi Madre Patria y con mi sangre tana,

porque amo no olvidar de dónde vengo,

mis raíces y mis alas.

Amo París, Londres, Venecia y Barcelona,

pero también amo Jujuy, Mendoza,

Buenos Aires, Córdoba, Neuquén y La Rioja.

Amo la India, Finlandia y Vietnam, tanto como

amo a mis vecinos Chile, Brasil y Uruguay.

Amo el clima cuando llueve,

cuando hay sol o cuando nieva.

Pero la sangre de mi cuore tiembla

porque puedo disfrutar las estaciones,

pero tal vez otro a causa del clima muera.

Amo amar lo que no tengo,

lo que me falta porque así me lo enseñaron;

sin esperas ni agonías,

porque lo que amo llega siempre

y así me sorprende la vida.

Amo mi cuerpo sabio,

cuando le fallo me avisa

que mi ignorancia se subleva.

Oigo mi voz que le responde:

no te enojes, yo te escucho.

Me agradece con salud

y con ausencia de recetas.

¿Por qué es tan injusta la vida?

gritan muchos a mi lado;

y yo amo esa voz que me dice:

quizá no es tan injusta,

tal vez algo estemos pagando.

Amo la valentía que implica ser Mujer,

aunque nadie nace sabiendo.

Amo a los hombres valientes

y pido por los cobardes que agonizan;

que les llegue también su momento

porque sin ellos nos faltan sonrisas.

Amo las carcajadas de mi prima,

simplemente porque no olvido.

Así como amo tu ser permanente conmigo

aunque estés en la otra punta,

aunque allá sea verano

y yo aquí me arrope de abrigo.

Amo el recuerdo de esa maestra

que me enseñó el abecedario,

y cuando paso por la puerta de mi escuela

es lo único que agradezco y extraño.

Amo la sal y el azúcar,

el vinagre y la mermelada

tanto como el roce de esas sábanas,

las caricias de tus manos

y esos besos que reparan.

Amo a Tato, a Cerati y a Eduardo Galeano

a tantos más que me erizaron de emoción,

no por quienes fueron ni son

sino por el talento que me entregaron.

Amo el reencuentro con cada amigo perdido

y con aquel que llevo en el Alma.

Amo el recuerdo de tu dolor,

porque en él encontré

mi propia tormenta y mi calma.

Amo las caminatas en soledad con mi sombra

porque es allí cuando me veo y te veo;

afortunada yo por mi vista y mis ojos,

ellos son mi motor y mi mantra.

Amo el mechón de mi pelo negro

que se refleja en la pantalla dormida,

pero más amo tu carita de cuatro años

que mira desde el sofá y me pregunta:

¿te molesta si escribís mientras yo canto?

Amo el cuadro de Rembrandt,

la voz de Alfonsín volviendo a la democracia

y la sonrisa blanca de Evita.

Amo al que luchó por mí en las Malvinas,

aunque no lo conozca, aunque él no me sepa viva.

Amo a aquel que se enfurece con la injusticia

más allá de su bandera y su apología,

pero admiro más a quien usa como herramienta la paz,

y no la violencia verbal ni escrita.

Amo la luna nueva lamiendo el Aconcagua

la cuarto creciente durmiendo sobre la barda,

la luna llena cayendo sobre el castillo

y la menguante ardiendo en la Costa Brava.

 

Amo la foto que me acompaña

en los dos pasaportes que llevo.

Amo la incertidumbre tramposa

que se fía de mi astucia

mientras la miro de reojo

intentando atajar sus intentos.

 

Amo el canto suave de ese gorrión por las mañanas,

aunque creo que ya lo dije.

Amo mi Alma sin feriados ni descansos

y esta pluma fiel que no se vende,

no se cansa, no enmudece y es sencilla.

Amo estas dos manos cuando escriben,

el sonido del teclado que no cesa,

el papel, cualquiera sea, que sostiene

algún talento, mis intentos,

tanto lastre, mucho estudio

y una Faber transparente que no pesa.

Amo escribirte y que me leas,

y la sonrisa que no veo pero entregas.

Amo esa lágrima escondida detrás de tu pantalla,

pero más amo que te animes a vivir,

y que ames, por fin, tus dudas y tus certezas.

 

-Poli Impelli-

Si comienza uno con certezas, terminará con dudas;

mas si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas.  

– Francis Bacon –