Abrazo Infinito


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No hay FIN sin un GRACIAS

Después de tres años, en los cuales he sacrificado de mi tiempo y energía para con otros, creo que me merezco sentir gratitud. No solo por mi esfuerzo personal, sino por esos otros (la otredad de la que hablaba Cortázar, aquellos que no son yo ni caminan con mis zapatos), por los lugares y los momentos. Si el regalo son las manos que lo entregan, entonces, cada proyecto personal viene acompañado de esas manos que regalan, que han sido sostén, ánimo y aguante y seguirán siendo reflejo imborrable de lo que se esconde detrás de un proyecto literario.

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Si espero un libro para agradecer, pasará el tiempo y me iré vaciando de la gratitud que siento hoy mismo, cuando escribo la palabra FIN. Yo no tengo la vida comprada, sino que respiro cada día intentando disfrutar como si fuera el último. Para los agradecimientos no deberían existir esperas, aunque luego tengamos el tiempo necesario como para corregir mil veces esa última página; nunca se sabe.

Beatriz Gassull Forbes, por abrirme la cabeza y el corazón a fuerza de insistencia. «Hay historias que merecen ser contadas», me dijo hasta el cansancio. Y no me quedó más remedio que escucharla con apertura y hacerme cargo. Gracias por la cálida tortura.

A la India y su gente, que me permitieron revisar en pensamientos y emociones lo que ya tenía en mis manos y en papeles desordenados, pero que aún no estaba escrito. A Valeria, que me vio escribir cada mañana encerrada en una habitación pero observando Bombay con fascinación a través de ventanales que ella le prestó a mis ojos. Gracias.

A Barcelona, fuente inicial de inspiración que me dio plenitud y me regaló rincones en donde mis manos no daban abasto. Y con ella a mucha gente que aportó su cuota de optimismo; en especial, a mi primo Hernán, a Mariela y a Isabella, que me dieron lugar, paciencia, ánimo y respeto, y confiaron en que mis silencios y horas de escritura irían a parar a algún lugar, aunque no supieran dónde. La confianza en brindar apoyo y sostén más allá de las certezas no tiene precio ni devolución posible. A Eleonora Lanzillotta, que confió en mí para colaborar con su propio libro y proyecto en Crecer Criando (Crianza Inclusiva), y me animó a dar más pasos y a creer que lo que se quiere se logra. A Rodolfo Morales, que me brindó la posibilidad de un café cuando me faltaban lugares de lucha contra la desconfianza y las ganas de mandar todo a la mierda (literalmente). A Valeria Massei, por acompañarme a ser. A Alejandro Borgarello, que desde el día que me conoció por casualidad o causalidad no ha parado de preguntar y dar ánimo, cerca y a la distancia. A Damián, por darme un gran ejemplo con su historia de vida. Gracias.

A Peñíscola, por ser un paraíso en donde cualquier escritor desearía volcar palabras. Si no hubiera pasado por allí largo tiempo, no habría hoy manuscrito posible. En ella a Bettina, por ser la cálida voz uruguaya que siempre me dijo y me dice: «boluda, no veo la hora de leerte», y si lo que escribo resulta mediocre, ella me empuja hacia adelante para que cambie. Gracias.

A Mendoza, antes, durante y después. En ella a mi familia, para los cuales debo ser un marciano de Marte que no encaja en las reuniones, en los eventos, en la vida diaria. Mientras ellos desayunan, yo escribo. Mientras ellos preparan asados, yo escribo. Mientras ellos festejan cumpleaños, me dan el permiso tácito (y no les queda otra opción, pobres seres) de retirarme una hora a desaparecer por completo porque saben que para mí es un trabajo. Gracias.

A mis primas Mariana y Cocó, que me prestaron sus hogares para que yo me concentrara y pudiera avanzar en paz. No fui yo quien pidió asilo, sino ellas que me ofrecieron el espacio; yo a eso lo llamo reconocimiento: «te doy lo que te puedo ofrecer para colaborar con tu vida». A mis hermanos y a mis cuñadas, por haber hecho lo mismo. A Mariella, porque no deja de alentarme como si se le fuera la vida en ello.  Y a Milagros —que insiste en llamarse María Emilia—, por el mismo motivo. Gracias.

A mis incondicionales amigas desparramadas por el mundo pero con el mismo origen: mis «Mendoza no duerme». La cantidad de artículos, talleres, novedades literarias y confianza que me han sugerido en estos años la he atesorado y estrujado al máximo, con la gratitud que siento porque me dan palmadas y patadas en la espalda y en el traste para que diga lo que tengo que decir, caiga quien caiga. Las adoro por eso y tanto más. Gracias.

A Lorena y a Elira, que se han emocionado hasta las lágrimas desde que las conocí y hasta el día de la fecha,; me hacen sentir en la obligación de mejorar y hacer algo que valga la pena. Si no es por excelencia, al menos por el hecho de superarme a mí misma. Gracias.

A Claudia Lapira, porque confió siempre en un «sí» antes de que fuera realidad, antes de que yo misma supiera con consciencia lo que estaba por hacer, hace ya años. Gracias.

A Gustavo, a Daniel y a varios amigos hombres que me ayudaron con la parte masculina que necesitaba para crear un personaje complejo, aceptando responder a mis preguntas ridículas y hasta comprometidas, sonriendo con un «todo sea por vos». Qué sería yo —mujer— sin ustedes. Gracias. Al escritor Cristian Lagiglia, especialmente, por haberme regalado un libro que me cambió la manera de verme a mí misma y de resolver el desorden de mi creatividad que no tenía un destino ni clara consciencia. Por su confianza extrema en mis letras y su asesoría gratuita a cambio de cervezas y risas. Gracias.

A Neuquén. En ella a Karina, por su confianza trece años atrás, cuando me leía y me empujaba a que hiciera algo con eso que ella leía. A Valeria Fernández, que cuando éramos adolescentes me decía: «vos deberías escribir»; creo que me reí a carcajadas (ella nunca supo que yo ya escribía). Escuchar a los amigos cuando hablan o cuando callan es de sabios, pero yo lo aprendí solo con el tiempo y la experiencia. A Carina Hernando, que se ríe a la par de mis locuras y confía no solo en quien he aprendido a ser, sino en quien puedo llegar a convertirme. Con ellas, a todo un grupo de amigas y amigos que me impulsan a ser mejor, mandándome material en privado para que descubra, lea, aprenda y me supere. A los bellos escritores con quienes compartí la labor de escribir, corregir y editar un libro de cuentos, relatos y poemas de muchos escritores neuquinos y «extranjeros» que eligieron la Patagonia Argentina como casa e inspiración. Mi agradecimiento hacia ellos es infinito, por la confianza, por el apoyo, por el respeto a las letras y también a los intentos fallidos. A Priscilla por ser quien es, y encima, enseñarme los secretos que ella como escritora desparrama con humildad y sabiduría. A Mariale, porque de ella robé los nombres de los personajes principales sin que se enterara a tiempo. Yo vivía en Barcelona, ella en Neuquén; cuando supo, pegó un grito de alegría. Ellos también te agradecen haberse materializado.  Te debemos una, dos y mil, querida Mery. A Verónica Moni Argento, que me prestó una habitación, una computadora, una perra compañera y un rincón de su mesa para que yo tecleara hasta el cansancio o se me adormeciera la mano derecha con tal de avanzar y sacarle jugo al tiempo. El valor del tiempo… creo que las dos lo entendimos de la misma forma. Me ayudó en todo el proceso esos meses, aguantando mis horarios marcianos y mis silencios infinitos. Y a mucha gente que no menciono aquí pero que estuvo detrás un año entero, preguntando, ofreciendo, escuchando. Gracias.

A Santiago de Chile, por esos rincones hermosos que me acercaron al final. Yo soy bicho de ciudad, y a las ciudades las exprimo y de cada rincón me llevo algo que pasa a ser mío. Cuando escribo, queda en mí el recuerdo de las imágenes que me rodearon en cada párrafo. En Santiago, a Claudia y a Eduardo, que también me cedieron su espacio para que yo estuviera horas dándole forma a capítulos nuevos, tachando y elaborando sueños. No fue solo el espacio; fue un zamarrón que para suerte mía llegó sin terremotos, pero que interiormente me sacudió el corazón para llegar a un final con decisión y compromiso. Gracias. A María Pitufina, que me regaló el último cuaderno que utilicé para terminar un manuscrito. Gracias.

A Verónica Viglierchio, Valeria Arias, Natalia Lodi, Virginia Riccio y Luis Escudero, por haber sido fuente de luz, de claridad, de alas en mi camino. Influyeron de forma positiva y amorosa en cada paso que di entre papeles. Sin este tipo de gente, también se pueden escribir muchísimas cosas, pero con ellos detrás no existen los bloqueos ni las hojas en blanco. Ellos me ayudaron a mirarME, y ese es uno de los regalos más hermosos que puedo recibir como ser humano y como escritora. Gracias.

A Gastón, por guardarme un primer borrador en silencio, en un lugar secreto y con confianza. Y por mostrarme un lado de la vida que me permitió entenderme mejor y construir caminos nuevos que no imaginaba para mi vida. Gracias.

A Mariana Laura, porque cuatro días antes de que ella naciera yo ya la conocía, y me buscó para dictarme diálogos y me empujó a ser quien soy entre recreos y distancias; no pasa un solo día en que ella no «controle» si estoy siendo quien estoy destinada a ser, y me encargo de devolver lo mismo. Es un compromiso, y en ese compromiso hay amor. Para escribir con total libertad y sinceridad se necesita mucho amor. Gracias.

A Hugo y a Beba (mis padres). Primero, por darme esta vida y educación, y luego por permitirme rayar papeles cuando apenas pude ponerme en pie; por darme la libertad de escribir en las pinturas y empapelados de mi habitación apenas pedí permiso. Adolescente y sin consciencia, necesitaba mirar lo que escribía. Qué mejor que despertar con frases, poemas y delirios propios inundando mi espacio más íntimo, el lugar donde la vida ya me parecía feliz porque yo sí podía escribir en grande y con colores sobre mis paredes. Gracias.

Nobleza obliga: a todos los profesores que puteé y admiré en la Facultad de Filosofía y Letras. Siento, desde el fondo de mi alma y como nunca antes, que puedo decirles GRACIAS en mayúsculas, por haberme obligado a destripar mi cerebro y corazón para que leyera, analizara y me pasara noches en vela intentando descifrar a los grandes, a los «monstruos» de la literatura que en ese entonces no entendía; de ellos sigo aprendiendo. Gracias.

Dicho lo dicho, me retiro a descansar, porque ellos también me piden un descanso. Están tan agotados como yo, porque han sufrido lo suyo, han reído, han tropezado y han aprendido a la par mía que de las historias propias y ajenas se rescata lo mejor y lo peor para darle un sentido a la vida. Y aunque los leyera solo mi madre, ya habrá valido mi esfuerzo su existencia. Mi mayor agradecimiento a las personas que me sirvieron de inspiración constante, sin darse cuenta y sin saberlo, para que yo imaginara y creara sin descanso. Gracias.

Y a ustedes/vosotros, por estar ahí detrás y permitirme leer lo que hacen, y sonreír, reír a carcajadas o emocionarme con palabras ajenas, muchas de ellas, mejores que las mías. De todos aprendo. Gracias.

La palabra «fin» NO es el fin de una historia real, pero se asemeja a muchas historias reales que conozco; cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. 😉

Infinitas gracias a todos.

– Poli Impelli –

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Repitiéndome

Con el paso del tiempo no solo las arrugas reflejan el caminar de un calendario, sino este tema de repetirse y repetirse. No tengo Alzheimer —todavía—, creo que es solo una cuestión de actitud, como dice Fito. Me repito de nuevo, año tras año, porque sigo sintiendo y pensando lo mismo, acrecentado por la terquedad propia de la edad. Así somos «los viejos».

Me encantan los lunes, cuando mi cuerpo se pone en marcha esperado una semana más de incertidumbre.
Me encanta la gente con buena onda, con buena vibra, que fluyen con la vida y que cuando caen putean con ganas, sabiéndose humanos por lo que les pasa, con la humildad de los «Grandes».
Me encantan los hacedores, constructores, manufactureros, valientes, arquitectos de sus vidas, que no fabrican para testear si se caen las estructuras sino que aseguran firmemente los cimientos para forjar algo sólido, duradero, bello, en cualquier plano de sus vidas, sea como sea que elijan.
Me encantan las personas que intentan una sonrisa cuando saben que el clima está gris y adentro hay tormentas.
Me encanta la gente que invierte su tiempo con creatividad y con algo de desatino.
Me gusta la gente loca, que se permite desobedecer sus propios mandatos para rebelarse contra sí misma.
Me encanta la gente que tiene algo para decir, y lo dice en voz alta, sin espionajes ni mensajes ocultos, pero con respeto por quienes leen y escuchan.
Me encanta la diversidad. Si no fuera por ello… ¡qué aburrido sería este mundo!
Me fascina la admiración que me provoca observar los talentos ajenos, distintos a los míos, y que me muestren con su arte todo lo que yo no puedo ni podría hacer, simplemente porque conozco mis limitaciones. Y por supuesto, me encanta compartir los míos.
Me encanta tener mucha de esta gente en mi mundo y sentirme tan agradecida por ellos. Les sigo deseando mil sonrisas, unos cuántos tropiezos más (no vaya a ser que perdamos la costumbre), y que sigan en rebelión constante cuestionándose a sí mismos.
¡Ah! Me encantan mis livianos desayunos y me siento agradecida, porque hay un número incontable de gente en este mundo que no pueden siquiera darse el lujo.
Seguramente, siempre haya mucho que te haga vibrar, que te aleje de los miedos, y por lo cual sentirte agradecido/a.
Que te llegue el doble de lo que das. Observa muy bien lo que das; puede que ahí esté «tu suerte».

Feliz día para todos. 

– Poli Impelli –


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Detrás de lo que ves

Vas al cine, te encanta. Voy al cine, me encanta. Otros se sientan durante horas con su culo frente a Netflix; ven sus pelis preferidas y siguen sus series favoritas con pasión, esperando el momento indicado para no hacer nada más que disfrutar de lo que les encanta.

Y ves/vemos de todo: personajes que quisieras matar simplemente por pelotudos, por cobardes, porque deberían decir justo eso que estás esperando y ellos no dicen, o porque te dan náuseas. Ves mujeres de todo tipo y color, y ahí está «¡la muy puta!» que «le roba» el marido a la amiga. Ves a la valiente y decidida que dio su vida por una nación. Ves a la madre que pierde a un hijo y se te fruncen hasta las venas por donde corre la misma sangre de ella, tuya y mía.

Ves crímenes, guerras con escenografías tan precisas, tan reales… (¿De dónde habrán salido?); ves batallas y luchas desde la era de Pedro Picapiedra hasta nuestros días. Ves fantasmas, espíritus, vida en otros planetas, amenazas, muertos que hablan y caminan a tu lado, mientras tus niños ven dibujos o personajes animados de toda especie para reír y emocionarse. Ves la historia que te han contado sobre algún Mesías, Maestro, Iluminado y te emocionas, me emociono. Ves al machista de turno dándole masa sin escrúpulos a cuanta mina se le cruza (con o sin juguetes y cuartos oscuros). Ves a las chicas de colegios secundarios peleándose por el rubio universitario. Ves accidentes terrestres, aéreos, marítimos —y alguna historia de amor o de traición justo cuando el botecito se hunde, y a vos se te frunce el hipotálamo (regulador central de las funciones viscerales autónomas y endocrinas; perdón a los galenos que me lean). Ves a Romeo y Julieta en todas sus formas, con matices que incrustan la actualidad para que te sientas adentro con ellos y sufras, llores, te culpes, la culpes, lo culpes, te enamores y detestes, pero en definitiva, seguís mirando a Romeo y a Julieta, sin tantos venenos (¿o sí?).

Ves biografías de artistas, personajes ilustres y famosos, guerreros, pacifistas, científicos, sabios, asesinos disfrazados de presidentes y políticos. Ves el holocausto, pero ves también que la vida es bella.

Ves todo lo que quieras, lo que elijas, lo que te gusta y lo que no, porque en algún momento, tal vez también te aburres. Y necesitas evadirte, divertirte, sentarte con el traste en un sillón o en la sala mágica de un cine.

A mí hoy se me ocurre recordarte, por las dudas, y porque para mí es un día especial y porque tengo los ovarios inflamados al tamaño de un plato de esos que sirven en el Hilton de Dubái (jamás he estado, pero imagino) que detrás de TODO lo que ves en Netflix (todo es todo), de cada pantalla que te muestra Hollywood, de cada alfombra roja, de cada premio bien merecido y de todas las luces, sonidos, magia y fruncidas en tu… corazón, detrás de todo eso que ves, estuvo, hubo, hay y habrá un ESCRITOR. Detrás de lo que ves existe un guión, que fue escrito para poder interpretarlo. Detrás de lo que ves estuvieron, están y estarán los guionistas, cuentistas, novelistas, poetas, locos que no imaginaron ver a sus personajes moviéndose en otros rostros, mientras vos apoyás tu trasero en el sofá de tu casa. Otros sí, y por eso escriben, para ver luego en una pantalla lo que han escrito (un guionista es lo mínimo que espera).

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Si algún día vas al Hilton de Dubái (cosa que hacemos a diario, vamos), recuerda el tamaño de este plato.

Te gusta o no te gusta; te sumás o descartás; te parece maravilloso o el peor bodrio que podrías haber elegido. Y cambiás de serie, de película; elegís. Te levantás de tu butaca en el cine porque no aguantás más, o te quedás hasta el final, arrepentido por haber pagado una entrada (si es que todavía te das el gusto y el lujo de ir al cine… Ojalá nunca jamás de los jamases se pierda la costumbre —opinión personal).  Tal vez salís recordando esa frase que te hizo temblar la médula espinal y luego la compartís en las redes, o la dejas para masticar en casa, porque hay «alguien» que algo te ha querido decir… (Ricardo Darín merece todo mi respeto y mis aplausos; sin él yo no recordaría, pero quienes me están hablando son Eduardo Sacheri y Juan José; los que me dejan pensando son ellos, aunque yo para siempre recuerde la cara de Ricardo. Y vos pensás en Harry y recordás, sufrís y amás a Daniel Jacob Radcliffe —con todo el mérito personal que bien lleva encima—, pero quien te ha hecho emocionar, sufrir, amar y pegar gritos fue J. K. Rowling, al tiempo que con su culo pegado a una silla pasa horas, horas y horas imaginando cómo hacerte sentir lo que ella misma siente al escribir. Vos no tenés la más pálida idea —ni lo sabrás, ni lo sabremos— si Harry es el hijo que perdió, si es un vecinito de su infancia, si es un ex novio, si es una mezcla de todos ellos más algo que leyó en otro libro cuando tenía quince años, o si es el director de su escuela primaria. Te juro, te lo prometo, te lo afirmo con toda la ignorancia que tengo encima, que diga lo que ella diga a la prensa y a sus seguidores, vos y yo jamás lo sabremos).

Que te guste o no te guste, que ames o detestes, que te resulte meloso, aburrido, patético o por el contrario te desangre en lágrimas, te enamore, te deje soñando con los personajes por largo tiempo está encadenadamente unido a tus emociones personales, al momento que estás viviendo al elegir, a tu educación, a tu cultura, a tus valores y creencias, a tu curiosidad, a tus gustos y preferencias. Y lo sano y positivo es que todos seamos diferentes y que tengamos múltiples opciones para elegir. Hay ciudades, pueblos, países en los que no pueden elegir (nada). Hay gente que no puede leer (nada). Hay gente que no tiene un televisor, mucho menos una pantalla electrónica en donde leer las estupideces que yo escribo, en principio porque no pudieron aprender a leer, luego porque aunque sepan, no les ha sido concedida la dignidad y el derecho de poder tener lo que deseen (nada).

Pero a vos que sí podes leerme (te doy mi más sentido pésame), que en este momento tenés tus ojos pegados a una pantalla —y seguramente tenés Netflix— y que también podes pagarte una entrada al cine o a un teatro, cada vez que tengas tu pantalla adelante recodá que atrás de lo que ves hubo alguien ESCRIBIENDO, sudando, arreglando, tachando, cambiando, modificando, volviendo a reescribir, eligiendo y puteando. Sí, también. Porque un «sí» o un «no» te cambian una trama, un argumento, un monólogo o un diálogo (como en la vida; un «sí» o un «no» definen tu destino), porque hay que ver si al machista le pongo ojotas rosas rococó rosadas… ¿es una ironía on purpose, o van a cerrar el libro, van a cambiar de canal o van a levantarse de la butaca? Hay que ver cuál es la justificación de una guerra (porque siempre la hay, aunque siempre sea la más absurda —siempre; ahí no tenemos alternativas, pero hay que hacértelo creer, ¿sabías?), y hay que mostrarte que el malo no es malo porque le encanta ser malo, no. Hitler no nació siendo el Hitler que conocemos, y de bebé era igualito a tu hijo y a mi sobrino, así de inocente, sano, tierno, sabio. Hay una historia, hay oscuridad, hay pasado, hay crímenes emocionales para que un inocente llegue a ser un Hitler y esté convencidísimo de que lo que hizo, hace o hará es un «bien para la humanidad». No es cuestión de escribir y dale que va: «que tus ojos al leer —o los actores— luego se encarguen».  Para que estés esperando Juego de Tronos y te comas las uñas y tengas que ponerte una alarma para que no se te pase ni un minuto del capítulo que te emociona, y detrás de toda la parafernalia y las maravillosas actuaciones, escenografías, paisajes elegidos, efectos especiales y tanto de abracadabra, hubo un George R. R. Martin que se sentó con el culo en la silla a imaginar, a sentir, a emocionarse, a putear, a sacar lo peor de sí mismo (¿cómo, si no, llegar al peor villano o asesino?), lo mejor de sí mismo (¿cómo, si no, hacer que sientas empatía y llores con el personaje?), a mirar a todas las mujeres que pasaron y pasan por su vida para darle forma en esa heroína que a vos te eriza la piel, a mirar a su gente cercana para unir en cada pedacito de un solo personaje eso que a vos te hace pegar un grito. Leyó. Leyó muchísimo, se nutrió de «novelitas pedorras» y de los grandes clásicos de la literatura para plasmar algo de todo lo que leyó, ahí en tu pantalla. Sí, de lo que algunos llaman «novelita pedorra» también. Y no te subestimo, sé que ya lo sabías, pero tengo necesidad de recordártelo, recordámelo, recordárselos. Porque es hora de que aceptemos que todos tenemos un poco de Hitler, un poco de villanos, un poco de santos, un poco de amargos, un poco de románticos, un poco de guerreros, de sabios, de pelotudos, de cobardes, de valientes, de pedorros, de putas, de machos heridos, de machistas anestesiados, de sumisas sin remedio. Y todos, absolutamente todos (aunque no te conozca), estamos librando alguna batalla. Son las mismas que ves ahí, en Netflix. Lo mismo que ves en un teatro, con artistas de lujo que te hacen sudar lo que llevás dentro. Detrás de lo que ves, estamos nosotros: los escritores.

Mi humilde y sincero respeto a todos los medios que hacen posible mostrar un cuarto de lo que otros hacen por detrás de las luces, en silencio y con muy poco reconocimiento; solo a algunos se los mira.

Mi respeto a todos los que sudan con el culo en su silla; a mí, que tengo el tamaño de una hormiga en un mundo inmenso, que seamos «buenos o no» me es indistinto en tanto y en cuanto nos demos el lujo del tiempo necesario para aprender, y luego de elegir. Me importa que lo estés haciendo, y que tu laburo/curro/trabajo sea respetado. Primero por los que dicen amarte, luego por el que se emociona o te putea al leerte.

FELIZ DÍA MUNDIAL DE LIBRO.

Feliz Sant Jordi en la Cataluña que amo.

Felicidad para todos los que hoy entregan un libro por una rosa y viceversa.

 Feliz escritura, feliz lectura, feliz magia en tu pantalla.

Sigamos eligiendo, que para eso estamos, los que aún podemos…

– Poli Impelli –

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¿De qué hablas cuando hablas?

Son divertidas las conversaciones banales y simples, en donde cruzas risas, te pones al día y te relajas sin compromiso.
Pero si hay algo que me eriza la piel y el intelecto son aquellas en donde podemos mirarnos y hablar de la muerte, de la vida en otros planetas, de las mentiras que hemos dicho, de lo que no sabemos (porque no sabemos nada), de lo que has descubierto, de lo que he callado, de la vida en Júpiter o en Plutón, del sexo en todas sus formas y colores, de mi niñez y tu adolescencia, de mis defectos y los tuyos, del significado de las coincidencias, de la magia, de los proyectos personales, de lo que has tenido que perder para ser feliz, de lo que yo encuentro cuando te miro, de lo que extrañas cuando apoyas tu cabeza en la almohada, de lo que yo no extraño jamás.
Me quedaría horas contigo, días, meses y años a tu lado porque el mayor gusto es mío, de saber que no te asustas ni te espantas ni te alejas; no te sobresaltas por cuestionarme y cuestionarte la Vida.
Amo a la gente capaz de abrir el tiempo —su tiempo— para mezclar la vida con la muerte traspasando las palabras.

– Poli Impelli –

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Carpe Diem

El consultorio estaba situado en un piso alto desde el que se veían el mar reluciendo a lo lejos y la pendiente de la calle Muntaner punteada de tranvías que resbalaban hasta el Ensanche entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Sus salas estaban decoradas con gusto exquisito. Sus cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y paz. Sus estanterías estaban repletas de libros imponentes rezumando autoridad. Sus enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquél era un purgatorio para bolsillos pudientes.

—El doctor le verá ahora, señor Martín.

El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Ojos grises y penetrantes tras lentes montados al aire. Sonrisa cordial y afable, nunca frívola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a lidiar con la muerte, y cuanto más sonreía, más miedo daba. Por el modo en que me hizo pasar y tomar asiento tuve la impresión de que, aunque días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había aclarado de recientes avances científicos y médicos que permitían albergar esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por lo que a él concernía no había dudas.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa.

—Dígamelo usted.

Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador.

—Me dice la enfermera que es usted escritor, aunque veo aquí que al rellenar el cuestionario de ingreso puso que era mercenario.

—En mi caso no hay diferencia alguna.

—Creo que algunos de mis pacientes es lector suyo.

—Confío en que el daño neurológico causado no haya sido permanente.

El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese gracioso y adoptó un ademán más directo que daba a entender que los amables y banales prolegómenos de la conversación habían terminado.

—Señor Martín, veo que ha venido usted solo. ¿No tiene usted familia inmediata? ¿Esposa? ¿Hermanos? ¿Padres que vivan todavía?

—Eso suena un tanto fúnebre —aventuré.

—Señor Martín, no le voy a mentir. Los resultados de las primeras pruebas no son todo lo halagüeños que esperábamos.

Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada.

—Todo apunta a que tiene usted un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo de su cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió hacían temer y todo parece indicar que podría tratarse de un carcinoma.

Durante unos segundos fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa.

—¿Cuánto hace que lo tengo?

—Es imposible saberlo a ciencia cierta aunque me atrevería a suponer que el tumor lleva creciendo desde hace bastante tiempo, lo cual explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo.

Respiré profundamente, asintiendo. El doctor me observaba con aire paciente y benévolo, dejando que me tomase mi tiempo. Intenté empezar varias frases que no llegaron a aflorar a mis labios. Finalmente nuestras miradas se encontraron.

—Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá cuál es el tratamiento que tengo que seguir.

Vi que los ojos se le inundaban de desesperanza y que se daba entonces cuenta de que yo no había querido entender lo que me estaba diciendo. Asentí de nuevo, combatiendo la náusea que empezaba a escalarme la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo tendió. Lo apuré de un trago.

—No hay tratamiento —dije yo.

—Lo hay. Hay muchas cosas que podemos hacer para aliviar el dolor y para garantizarle a usted la máxima comodidad y tranquilidad…

—Pero voy a morir.

—Sí.

—Pronto.

—Posiblemente.

Sonreí para mí. Incluso las peores noticias son un alivio cuando no pasan de ser una confirmación de algo que uno ya sabía sin querer saberlo.

—Tengo veintiocho años —dije, sin saber muy bien por qué.

—Lo siento, señor Martín. Me gustaría poder darle otras noticias.

Sentí que finalmente había confesado una mentira o un pecado venial y que la losa del remordimiento se levantaba de un plumazo.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio a lo sumo.

Su tono daba a entender claramente que aquél era un pronóstico más que optimista.

—¿Y de ese año, o lo que sea, cuánto tiempo cree usted que puedo conservar mis facultades para trabajar y valerme por mí mismo?

—Es usted escritor y trabaja con su cerebro. Lamentablemente ahí es donde está localizado el problema y ahí es donde nos encontraremos con limitaciones.

—Limitaciones no es un término médico, doctor.

—Lo normal es que a medida que avance la enfermedad los síntomas que ha venido usted experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia y que, a partir de cierto momento, deba usted ingresar en un hospital para que podamos hacernos cargo de su cuidado.

—No podré escribir.

—No podrá ni pensar en escribir.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Nueve o diez meses. Tal vez más, tal vez menos. Lo siento mucho, señor Martín.

Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire.

—Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le estoy diciendo, pero es importante que tomemos medidas cuanto antes…

—No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.

-CARLOS RUIZ ZAFÓN- (El Juego del Ángel)


Nunca sabes cuánto tiempo te queda…

DISFRUTA.

Y ESCRIBE.

-Poli Impelli-


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Recuérdame

Aquí estoy

En pleno desierto

Inconsciente

Rodeado de ruidos

De gentes y oportunidades

Que pasan

A través de mis sombras.

 

Te busco y no te veo

Excluí tu ser del mío

Ahora que extraño

El agua de tu boca

El abrazo de tu cuerpo

La calma de tus días

No te encuentro.

 

Sigo en el mismo

Sendero con sed

Buscando a tientas

Un destino

Buscando en otras vidas

Tu rostro junto al mío.

 

El dolor tapó mis ansias

Las heridas mi sangre ardiendo

Rasco vestigios de lo que fuimos

Y vuelve a saltar la cáscara

Duele.

Me duele tu mirada

En una foto tu debilidad

Escondida en tu santa valentía.

Me duele tenerte lejos

Cuando mi sábanas laten

En sumisión

Otro cuerpo que no es tuyo

Y aunque espero

Sé que no volverás

De día.

 

El desierto es seco y el sol quema

Alucino que puedo verte de cerca

Trayendo nubes de alivio y

Un poco de lluvia a mis venas

Te veo con tu pelo oscuro

Susurrando al viento

Tus ojos miel sonriendo

De encontrarme

Y esa sencillez de mujer noble

Y sabia que me dio frescura

y amor por la vida en aquellos días.

 

Tal vez ya sea muy tarde

Tal vez nunca regreses

Y esta cobardía tan terca y mía

Que sólo ve sequía y cansancio

No me deja

Caminar erguido

Salir de donde me encuentro

Y buscarte allí entre páramos de alivio.

 

No me olvides, por favor,

Sé que el tiempo es cruel

Y tú andarás en otros mares

Recuerda conmigo

Aquellos tiempos

Tal vez la vida me dé treguas

Quizá te encuentres a salvo.

 

Déjame perderte como no quise

Déjame encontrarte como espero

Fuera de este silencio eterno

Dentro de mi alma escamada

En melancolía y aroma a intentos.

 

Quédate ahí o más vete lejos.

Creceré sintiendo que te alejas

Buscaré tu luz

Allí donde me guíen las certezas.

 

-Poli Impelli-

 


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Maldita vejiga

Creo, estoy casi segura, que todavía era de noche. Me desperecé con los ojos aún cerrados, y con mi brazo izquierdo pegué en un cuerpo macizo. Al abrir los ojos me encontré con el ex novio de una amiga y me espanté. El tipo sonrió con algo de lo que yo considero malicia, pegué un salto y al querer bajar de la cama mis cuerdas vocales gritaron. El suelo era un colchón negro y rojo de patas peludas. Adonde mirara me miraban. Se movían con lentitud, pisándose entre ellas, subiendo por encima de sus cuerpos. No había espacio libre y a pesar de mi horror —¿dónde estaba?—, miré el techo y alcancé con mis brazos el cable largo de una lámpara antigua. Me zarandeé para tomar envión y alguien me ayudó, porque sentí el empuje en mi culo con fuerza. ¿El mismo hombre que había despertado conmigo en esa cama?

Caí de un golpe sobre un manto de arena fina y blanca que conozco. No me pareció extraño, y al levantar la vista me encontré con Mariana sonriendo. «Siempre llegás tarde, boluda», dijo tomándose el pelo con gracia hacia atrás. «¿Por qué estás desnuda?», me preguntó en una carcajada. La sensación de querer esconderme y no tener donde, mi risa nerviosa sin poder dar una explicación coherente y la única solución disponible: correr hacia el mar. No tengo idea cómo lucí corriendo… prefiero deshacerme del recuerdo, por una cuestión de salud emocional.

Cuando giré para mirar hacia la costa, la playa explotaba de gente. Era pleno verano; toda una muchedumbre parada de espaldas al paseo y mirando hacia el agua. Tengo muy claro que no soy la Coca Sarli, así que con espanto dirigí mi vista hacia atrás, hacia donde quise creer que todos miraban; algo estaba pasando.

El barco pirata asomaba su proa dando la vuelta por el castillo medieval, lento y silencioso, y a esa distancia podíamos divisar a su capitán (¿capitán?), vestido como un dandi; no tuve el placer de conocer a Sir Francis Drake, mucho menos a Henry Morgan —soy más jovencita—, pero este hombre no tenía pinta de pirata.

Cuando se acercó a unos metros de mi cuerpo gritó: «¿Quién quiere venir conmigo de paseo?»; le sonreí y me sonrió. «¿Qué carajo hacés acá?», me gritó con esa poca sutil delicadeza, asombro y desconcierto que yo ya conocía. Frunció su frente con intriga. «Había arañas», fue toda mi respuesta.

Parpadeé varias veces y me encontré con él entre redes, aroma a pescado y detrás una extensa barra repleta de botellas de cervezas, de todos los colores y tamaños posibles. No había otra bebida, sólo birras. No sé de dónde salió mi vestido blanco, pero recuerdo que me rozaba levemente las piernas y la seda me erizaba la piel.

El oleaje y la inmensidad del mar me parecieron perfectos, y el reflejo del sol provocaba ardor en las miradas. Yo reía alegre y tranquila junto a otras personas que por lo visto también habían decidido ir de paseo con el capitán. Allí estaba mi profesora de matemáticas de tercer año, mi seño de primer grado, Carolina, Claudia y Bianca (¿qué hacía Bianca allí sin su madre?). También vi a Verónica tapada hasta la cabeza, y entendí que como vive en Canadá para ella es natural andar así por la vida; no me pareció extraño, aunque el resto estuviéramos casi en pelotas. También pude ver a Ale, una ex compi mía del colegio, que reía a carcajadas con Andrea y con Mariana. Con el ADN que la caracteriza, Mariana se las había ingeniado para subir, pues la última vez que la había visto estaba de pie sobre la arena, mirando el barco y mi cuerpo desnudo desde lejos.

El supuesto capitán apareció con una espada en una mano y una mujer en la otra. La chica, pálida y sin gracia, con una mota de rulos desalineados sobre su cabeza, nos miraba sin expresión alguna. Parecía más su empleada que una compañera de aventuras. No le soltó la mano al tipo, e hizo una mueca de temor cuando su chico levantó la espada. «¿Qué hacés?», le pregunté, cortando el viento que rompía las velas negras y blancas. «Ya llegamos», me dijo. Mis ojos sólo veían agua; nosotros y el mar, la nada. Levantó levemente su espada hacia un costado y la seguí con mi mirada: me encontré con una isla entre brumas y contornos oscuros que parecía estar esperándonos, adormecida. Rocas negras, exorbitantes acantilados y arriba en sus peñascos una casa impecablemente blanca y moderna. «Ah, la conozco», susurré. «¡Es la casa de los Diez Negritos!». Sonreí con ansiedad y levanté mi voz: «Les aviso que nos van a matar a todos y de a uno. Nada de asesinatos en masa.» El capitán me miró enfurecido y resopló apuntándome con la espada: «Ahí está, la maestra ciruela, que sabe todo y no sabe nada. ¿Quién mierda te dijo algo así?» Conocía de sobra ese maltrato, y la chica insulsa a su lado sonrió con un gesto que a mi parecer rebosaba displicencia. «Leo», respondí yo, «y Agatha Christie no se equivoca». La chica lo miró de costado, esperando reacción, pero el capitán mordió sus labios y bajó su espada clavando la punta en la cubierta del barco. El resto seguía tomando cervezas y riendo, nadie prestó atención y parecían no haber oído; ni al capitán ni a mí.

Comenzamos a bajar por una escalerita de cuerdas, un joven señor nos iba recibiendo con gestos de amabilidad en su rostro y en su porte, tendiéndonos su mano desde una roca oscura. Recuerdo que estaba vestido con una camiseta polo verde y unos bermudas color caqui con grandes bolsillos delanteros. Lo reconocí cuando me tocó saltar a mí; resbalé y caí encima de él. «Poli, siempre tan delicada…», dijo, y sonrió con ternura. Era mi ex marido, pero tampoco me sorprendió. Más nerviosa me ponía el capitán, que apuraba a todos con el rostro agrio, con su espada amenazante en la mano derecha y dando indicaciones a la damisela que tenía a su lado: «subí la cuerda, querida»; «no pises ese costado, ahora no»; «deberías quedarte a mi lado, amor mío»; «cuando yo te diga, te movés, bonita mía». Por el rabillo del ojo observé la sumisión de la mujer; recuerdo sentir un asco monumental, al punto que Mariana se dio cuenta y su voz llegó a mi oído: «no vomites». El resto bajaba riendo a carcajadas con las botellas en mano. Verónica decía en voz alta: «tengo frío, tengo frío». Mi ex me guiñó un ojo y me hizo señas para que subiera por la escalera negra hacia la terraza iluminada de sol y pulcritud que se elevaba por encima de nosotros en forma majestuosa. Lo miré con miedo y pareció comprender; identifiqué su gesto como advertencia y entendí de inmediato. Me acuerdo que en ese momento pensé: menos mal que leo. Allí nos iban a matar, como en la canción de cuna, uno a uno, porque todos hemos cometido algún pecado, algún crimen que intentamos esconder hasta que alguien —o la vida— nos descubre.

Allí parada en un escalón, con el sol pegándome en la espalda y el arrullo del oleaje enfurecido contra las rocas, recordé cuando ayudé a Mariana a copiar unos “pocos datos” que nos faltaban para terminar un examen de Biología. La cara de Mirta, nuestra profesora en aquel entonces, apareció por la ventana contigua a la terraza con medio cuerpo afuera desde su cintura hasta su rostro, y me saludó con simpatía levantando una mano. Simulé una mueca de alegría y le respondí pretendiendo un saludo, mientras un fuerte temblor invadía mis piernas. Sentí un tirón en el pelo, empujándome hacia abajo; era Mariana, que ya estaba escapando e intentaba ayudarme.

No tengo idea cómo huyó Mariana ni adónde, porque yo aparecí sola, absolutamente sola, en el barrio donde crecí en mi infancia. Caminaba hacia mi casa y me daba vuelta con temor a encontrarme con el pirata capitán; no quería. El viento repentino me levantaba el vestido blanco y yo apretaba mis manos contra mis piernas. (Recuerdo mi pensamiento: Marilyn Monroe, y que yo de ella no tengo ni las uñas de los pies). Miré hacia adelante, andando contra el viento, y vi a mi tía salir por la puerta principal a recibirme; ella jamás había vivido en esa ciudad. Fruncí el ceño. ¿No había muerto hacía años? «¡Viniste! ¿Cómo estuvo el viaje?», dijo sonriendo. «¡Tía!», y corrí a abrazarla, tan fuerte que sentí su cuerpo estremecerse y más su alma. «Había arañas, muchas arañas», dije. Ella rió, alegre, sana, mejor que en el recuerdo que yo tenía de ella la última vez que la había visto. Detrás apareció mi primo con un mate en la mano, y junto a él otro hombre que me miró con brillo en los ojos, con una felicidad que me dio calma. Supongo que fue el agua del mate, que cayó en mi vestido y pegué un grito; sentí mi vientre hirviendo. El amigo de mi primo (o eso parecía ser), se adelantó y posó una mano sobre mi vestido mojado, me miró casi pidiendo permiso pero no titubeó. Sentí su mano cálida, firme y masculina y por debajo el calor que me había quemado. Me recuerdo llorando, y secándome las lágrimas con mi antebrazo, mientras él me sostenía con compasión y calma —como si la quemadura hubiese sido algo grave—, hasta que el dolor aminoró. La sensación de ardor repentino se convirtió en una especie de anestesia permanente. «¡Gracias!», dije. Y él retiró su mano, me acarició la mejilla con dos dedos, volvió a sonreír y desapareció de mi vista. No sé por dónde, pero cuando él giró yo me limpié una última lágrima que caía por mi barbilla y ahí lo reconocí. Era el padre de un hijo mío que nunca llegó a nacer.

Sin asombro ni sorpresa giré mi cuerpo para buscar a mi tía. Sin embargo, no volví a ver su rostro; en su lugar había una mujer tosca, que medía dos veces mi cuerpo y fumaba como una chimenea. Su cabellera me pareció un espanto, parecía la muñeca de mi infancia con la que hoy juega mi sobrino Clemente cuando viene de visita a lo de sus abuelos. La mujer me miró y arrugó su boca con una mueca de soberbia, y con una voz que trina y que yo bien conocía me dijo: «Ok. Let´s talk about Shakespeare. Why do you think Romeo and Juliet was the best love story ever?» Respiré y le devolví la mirada desafiante. Mi voz no temblaba: «Who the hell told you that I BELIEVE that play is the best love story?» Sentí que la adrenalina en mi cuerpo me había animado a responder. Jamás se enteraría que yo sí pienso, creo y sentencio que Romeo y Julieta es la mejor historia de amor de todos los tiempos, pero por lo visto estaba cansada de darle la razón a ese peregrino de Canterbury vestido de mujer. Antes de salir corriendo —esa era mi innata intención— le grité en castellano: «Yo también estoy escribiendo una historia como la de Shakespeare, pero bastante más estúpida, sin venenos y con el capitán de un barco pirata. ¿Lo entiende, Ms. Belmont?». La señora me escudriñó con fuego en sus ojos y dio una bocanada a su inmundo cigarrillo. El humo llegó a mis fosas nasales; por una extraña razón me resultó conocido, tosí y luego le sonreí. Sentí que triunfaba frente a ella, que necesitaba que viera algo más. La mujer largó el humo y me miró descolgando una sonrisa de costado; algo le había llamado la atención en mis palabras, ya no había maldad en su rostro. Giré y grité a mi tía: «¡Ya nos vamos a ver!». Su voz llegó desde lejos, como si estuviera en el patio o en alguna habitación: «¡Divertite, falta tiempo!». Y corriendo bajé por la calle Entre Ríos hasta llegar a Basavilbaso, donde Valeria me abría los brazos dando un salto de alegría: «¡Hija é puta! ¡Llegaste!».

Detrás de nosotras se erguía el Arco de Triunfo. Nos abrazamos apretándonos los huesos y al despegarnos las dos llorábamos. «Mirá, ¡mirá lo que hicieron!», me dijo, y al darme vuelta pude ver la orilla del mar, la playa bordeando el césped del Parque de la Ciudadela. Valeria era como un espejo: mi cara de asombro positivo la pude ver en su rostro. Con nostalgia le señalé el mar y dije: «Vale, amiga, ¡como en la época de Arnau! El mar llegaba hasta la catedral del mar…». Valeria sonrió con sus ojos húmedos y me volvió a abrazar. Con voz risueña me dijo al oído: «Pero… ¿por qué estás desnuda?»

Intenté darme la vuelta y seguir con la historia pero ya conozco mi cuerpo. No me quedó más opción que abrir los ojos, levantarme dormida y caminar como un zombi, puteando, hasta el baño. Hinchada como un michelin de tanto aguantar, la vejiga me explotaba. No sé si hay cosa que me ponga de más mal humor que tener que levantarme a mear orinar cuando estoy viviendo mi vida en sueños. Hay veces en que logro volver donde estaba, me fascina saber que puede ocurrir. Y ocurre. Otras veces, todo es negro y aparezco en alguna escena anterior, pero con otras personas, vestida (¡aleluya!) y avisando que ya había estado allí. Debe ser que bebo tanto líquido. Debería aminorar los litros diarios, porque soñar para mí es volver a ver, a sentir, a sorprenderme y a vivir… tanto e igual que cuando estoy despierta.

¡Maldita vejiga! Estaba a unos pocos pasos del mar y seguro Naty nos esperaba en la orilla. Tendré que volver a dormir… o volver a vivir, sin tantos líquidos.

-Poli Impelli-

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