Ausencia


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Ausencia

Mis hijos miran con asombro mis silencios. Pido en súplicas respuestas que no encuentro. Me abrazan con lágrimas de seda… ¿Volverá papá de ese lugar desconocido? Caigo al suelo en un lamento sin consuelo. Busco auxilio en esta nada que me queda y en sus brazos que recuerdo y me desarmo. Ellos saben que se ha ido mas no entienden el pesar que les espera. Dejo huellas de mi amor en sus costillas, los acuesto con caricias y los amo un tiempo más, minutos que hoy me saben a desidia. Salgo en saltos silenciosos a la noche, busco estrellas que me guíen en futuros que no asumo. Está nublado y tengo frío; siento ahogo del verano que se va y el aroma de la lluvia que me espera en el otoño. Ya no creo ni en mi fuerza y me resisto a creer que puedo estar muriendo en vida. Escucho el galopar de mi existencia enfurecida hacia el destino. No puede ser que así me sienta. ¿Qué ha pasado que me encuentro sin aliento? Con recelo alzo los ojos a la luna que se escapa por detrás del balcón de mi vecino. Dime tú si va a volver. Dime algo que aquí quedo, esperaré… El llanto seco en mi garganta para que ellos no me escuchen desespera en el vacío que me hunde. Mis pies no se sostienen; mis piernas tambalean en cuerdas débiles que sostienen las manos de algún titiritero, embriagado y somnoliento. Que me lleve, que me arrastre con él al infinito… Mis cuerdas vocales parecen dibujar sonidos que no entiendo. ¿Qué me dicen? Lo que antes fue deleite y hoy me duele; te amo. ¿Es mi voz la que me habla o es la de tu ausencia? Te amo… Siento la tierra mover mi cuerpo aniquilado, mi ser se desvanece. Me hundo en la arena movediza que antes fue un jardín de flores en la entrada de mi casa. Me hundo. Me desarmo en su voz o es que grito sin ella intentando formular una respuesta. Miro al cielo; las nubes danzan al compás de mis lamentos y se abren ágiles en un tango dando paso a las estrellas. Me retuerzo en el asombro y es allí cuando te veo. Mi mirada en este cielo, que fue tuyo y también mío, se encuentra con tus ojos que ya brillan, tiernos, vivos. El ahogo de mi grito se convierte en tenue voz y mi cuerpo se levanta poco a poco sosteniendo tu reflejo. Nuestra luna parece habernos visto y se aleja del balcón de mi vecino; se acerca con sigilo a tu rostro iluminado, y arrastra gloria a la ventana donde duermen mis pequeños. Mis lágrimas brotan con sabor a miel, dulces, fluyen como la lluvia que era y ya no es. Ahora sí te vuelvo a ver y te despido con respuestas… ahora ya te quedas para siempre. Mi te amo te dibuja la sonrisa que ya extraño, y ahora siento firme el suelo que sostiene mi sorpresa. Miras de repente a nuestra luna y te escondes en su brillo. Vuelvo mi mirada a nuestro hogar y puedo ver las flores que plantaste hace unos días, y el jardín que ya es verde nuevamente. Ya no siento tanto frío, y el otoño dejará su gris en un armario. Respiro tu perfume que ha quedado en mi camisa hace unas horas, y a paso sosegado abro la puerta y le doy la cara a mi futuro. No hacen falta luces, todo brilla desde afuera. Desde el marco de la puerta observo cómo sueñan tu presencia; mis manos han dejado de temblar y limpian la tristeza en mis mejillas. Me uno lento a sus cuerpitos y me arropo de niñez y de inocencia. Mientras te sueñan en juegos, yo te veo allí, a través de la ventana, en esta luna que desnuda el alma y me acompaña. Mi sensación de soledad perdió su turno y se retira por un tiempo indefinido. ¿Qué será de mi mañana? Te amo. Me llega desde lejos pero cerca. Y te siento allí en la cama, aferrado a nuestras vidas, cuidando lo que fuimos, lo que somos y seremos otra vez. Silencio… Me vuelvo pequeña y me pierdo en sueños de promesas, recuerdos y sonrisas, con el perfume azucarado que desprenden nuestras sábanas, tu rostro en la ventana y mi camisa.

-Poli Impelli-

 

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La India

El sabor de sus aromas y el canto alegre de sus colores se entremezclan con la abrumadora pobreza que se vive en el suelo y en su cielo.

Un país con exquisita espiritualidad que aún mantiene sus conflictos sociales, políticos y religiosos, pero que en su gente muestra su bondad, su simpleza y su presente.
La belleza y variedad de la India se besan día a día con lo peor de su existencia, en una realidad que en cualquier otra tierra sabe a poco. Ambos extremos, en su humanidad completa, son más atractivos que en cualquier otro lugar del mundo.

Tomé prestado todo lo que mis sentidos digirieron como único y distinto, eso que no encontraré en ningún otro paisaje de esta Tierra.

Lo que su gente transmite y puede regalarte no es palpable; es un regalo para algunos pocos, aquellos que pueden ver, conocer y amar aquello que es invisible a los ojos.

 

Poli Impelli

 

Benedetti


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Todavía

No lo creo todavía

estás llegando a mi lado

y la noche es un puñado

de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo

tu rostro tu paso largo

tus manos y sin embargo

todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto

que ver contigo y conmigo

que por cábala lo digo

y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza

y las cosas más triviales

se vuelven fundamentales

porque estás llegando a casa

sin embargo todavía

dudo de esta buena suerte

porque el cielo de tenerte

me parece fantasía

pero venís y es seguro

y venís con tu mirada

y por eso tu llegada

hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido

mis culpas y mis fracasos

en cambio sé que en tus brazos

el mundo tiene sentido

y si beso la osadía

y el misterio de tus labios

no habrá dudas ni resabios

te querré más todavía.

 

MARIO BENEDETTI – Canciones del más acá 

 

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Si nosotras entendiéramos…

Jess Browne (argentina de nacimiento aunque ciudadana del mundo) dice que a los hombres les resulta muy difícil comprender lo que nunca nadie les enseñó. Coincido con ella, pero sólo agregaría que todos -hombres y mujeres- llegamos a la vida a través de una mujer (¡Eureka! no he descubierto nada nuevo ni estoy agregando misticismo cuántico a lo que Jess señala). Se dice, también, que detrás de un buen hombre siempre hay una gran mujer. Vaya si es verdad, aunque no todos los hombres han tenido una GRAN MAMÁ MUJER para crecer sintiéndose libres emocionalmente y poder confiar en la vida, en quienes son; y es esa presencia o ausencia de Mamá lo que los define durante todo el recorrido de su existencia adulta. (Sí, Mamá con mayúsculas).

Estoy convencida de que el primer compromiso es nuestro. El primer llamado de atención es para nosotras. Gobernamos el mundo de las emociones, somos las reinas del llanto, de la desdicha y del inconformismo, o de la armonía, la paciencia y la felicidad. Y es en nuestros úteros donde comienza LA VIDA. La de todos. De aquí venimos, de aquí mamamos, de aquí aprendemos, de aquí recibimos. De nosotras.

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Decía Jess: “Si las mujeres entendiéramos…

  • Que ellos también tienen miedos, pero sin tanto permiso para mostrarlos.
  • Que no es tan divertido invitar a comer a una mujer que no come.
  • Que hay emoción en el ruido de un motor o en el grito de un gol.
  • Que ellos valoran mucho más el exceso de sonrisas que tres kilos menos.
  • Lo abrumador de ser el sostén económico de una familia.
  • Lo que es tener que ser valiente, poderoso y exitoso a toda hora.
  • Lo molestas que son las comparaciones con “el marido/novio de”.
  • Lo poco que les importa cómo estamos vestidas.
  • Lo felices que los hace desvestirnos.
  • La necesidad que tienen de un abrazo que no siempre saben pedir.
  • Lo difícil que es comprender lo que nunca les han enseñado.
  • Las lágrimas que no se animan a llorar.
  • Que sus chistes muchas veces intentan ser tiernos.
  • El poder que tenemos sobre ellos.
  • Que ellos también pasan noches sin dormir.
  • Que necesitan silencio como nosotras charla.
  • Que no andan por la vida pensando en cómo lastimarnos.
  • Que son más débiles de lo que su altura y músculos dirían.
  • Que sacar lo mejor o peor de ellos está en nuestras manos.
  • Que piensan y razonan diferente.
  • Que sienten muy parecido.
  • Que demuestran sentimientos como pueden o como aprendieron.

Si las mujeres entendiésemos todo esto, si lográsemos mirar más allá de algunos olvidos, si nos diéramos cuenta de que no hay todos o ninguno, si pudiésemos sentir que para ellos la mejor demostración de amor es habernos elegido, si las mujeres bajáramos un poquito la guardia, los reproches y tantos reclamos, si pudiéramos incrementar las sonrisas, los brindis y la picardía y si los dejáramos hacer sin tanto mandato ni expectativa, comprenderíamos que somos lo que le da sentido a sus vidas. Como mujeres, novias, madres, hijas, hermanas o amigas.

Al final del día, donde se acaban las bromas, donde no hay público ni formas, donde sólo queda un hombre y sus latidos, ahí estamos nosotras, la que cada uno eligió o está por elegir.”

Palabras de Jess.

Y amén para mí.

Como Mujer hija, hermana, novia, esposa, amante y amiga, GRACIAS a todos los hombres que me siguen enseñando. Es un inmenso placer que mi aprendizaje no termine, porque siempre me siguen sorprendiendo. A mis emociones las gobierno yo, pero sin ustedes andaría renga y manca por mi vida de mujer.

No existe un “Día del Hombre”, ¿verdad? Hoy es ese día para mí. Y sepan disculpar; sigo aprendiendo… ¡INFINITAS GRACIAS!

-Poli Impelli-

 

 

 

 

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Certezas

Amo el canto del gorrión cada mañana,

y las risas de los niños que me llaman.

Amo el timbre que me anuncia tu llegada

y mi sonrisa despertando en madrugada.

Amo mi despiste que no aprende

y esta fuerza que guerrea la pereza.

Amo obviar las dudas de los otros,

y la adhesión cabal a mis certezas.

Amo la lluvia que hoy no veo

y este sol andino que me quema.

Amo tu sonrisa en la pantalla,

tus abrazos en las tardes

y tus silencios de calma.

Amo el mate de mi Vieja,

los detalles del Pelado y el abrazo

de mi hermano cuando llega.

Amo la mirada que se pierde entre nosotros

sobre una botella de Terma.

Amo también esa ausencia viva

y el aroma que desprende aquella tarta;

me recuerda a juegos y a escondidas,

a mi abuela, aquella tarta y su mirada.

Amo el sonido del mar cuando sos vos,

aunque detesto el teléfono que suena,

hasta que atiendo y suenan risas

de otros sitios, de otros tiempos, de otras vidas.

Amo el Limay y la Cordillera

el Mediterráneo y su transparencia.

Amo el agua cristalina y tu cerveza,

amo aquello que sí fue y también lo que no queda.

Amo ese cordón umbilical que me une

con mi Madre Patria y con mi sangre tana,

porque amo no olvidar de dónde vengo,

mis raíces y mis alas.

Amo París, Londres, Venecia y Barcelona,

pero también amo Jujuy, Mendoza,

Buenos Aires, Córdoba, Neuquén y La Rioja.

Amo la India, Finlandia y Vietnam, tanto como

amo a mis vecinos Chile, Brasil y Uruguay.

Amo el clima cuando llueve,

cuando hay sol o cuando nieva.

Pero la sangre de mi cuore tiembla

porque puedo disfrutar las estaciones,

pero tal vez otro a causa del clima muera.

Amo amar lo que no tengo,

lo que me falta porque así me lo enseñaron;

sin esperas ni agonías,

porque lo que amo llega siempre

y así me sorprende la vida.

Amo mi cuerpo sabio,

cuando le fallo me avisa

que mi ignorancia se subleva.

Oigo mi voz que le responde:

no te enojes, yo te escucho.

Me agradece con salud

y con ausencia de recetas.

¿Por qué es tan injusta la vida?

gritan muchos a mi lado;

y yo amo esa voz que me dice:

quizá no es tan injusta,

tal vez algo estemos pagando.

Amo la valentía que implica ser Mujer,

aunque nadie nace sabiendo.

Amo a los hombres valientes

y pido por los cobardes que agonizan;

que les llegue también su momento

porque sin ellos nos faltan sonrisas.

Amo las carcajadas de mi prima,

simplemente porque no olvido.

Así como amo tu ser permanente conmigo

aunque estés en la otra punta,

aunque allá sea verano

y yo aquí me arrope de abrigo.

Amo el recuerdo de esa maestra

que me enseñó el abecedario,

y cuando paso por la puerta de mi escuela

es lo único que agradezco y extraño.

Amo la sal y el azúcar,

el vinagre y la mermelada

tanto como el roce de esas sábanas,

las caricias de tus manos

y esos besos que reparan.

Amo a Tato, a Cerati y a Eduardo Galeano

a tantos más que me erizaron de emoción,

no por quienes fueron ni son

sino por el talento que me entregaron.

Amo el reencuentro con cada amigo perdido

y con aquel que llevo en el Alma.

Amo el recuerdo de tu dolor,

porque en él encontré

mi propia tormenta y mi calma.

Amo las caminatas en soledad con mi sombra

porque es allí cuando me veo y te veo;

afortunada yo por mi vista y mis ojos,

ellos son mi motor y mi mantra.

Amo el mechón de mi pelo negro

que se refleja en la pantalla dormida,

pero más amo tu carita de cuatro años

que mira desde el sofá y me pregunta:

¿te molesta si escribís mientras yo canto?

Amo el cuadro de Rembrandt,

la voz de Alfonsín volviendo a la democracia

y la sonrisa blanca de Evita.

Amo al que luchó por mí en las Malvinas,

aunque no lo conozca, aunque él no me sepa viva.

Amo a aquel que se enfurece con la injusticia

más allá de su bandera y su apología,

pero admiro más a quien usa como herramienta la paz,

y no la violencia verbal ni escrita.

Amo la luna nueva lamiendo el Aconcagua

la cuarto creciente durmiendo sobre la barda,

la luna llena cayendo sobre el castillo

y la menguante ardiendo en la Costa Brava.

 

Amo la foto que me acompaña

en los dos pasaportes que llevo.

Amo la incertidumbre tramposa

que se fía de mi astucia

mientras la miro de reojo

intentando atajar sus intentos.

 

Amo el canto suave de ese gorrión por las mañanas,

aunque creo que ya lo dije.

Amo mi Alma sin feriados ni descansos

y esta pluma fiel que no se vende,

no se cansa, no enmudece y es sencilla.

Amo estas dos manos cuando escriben,

el sonido del teclado que no cesa,

el papel, cualquiera sea, que sostiene

algún talento, mis intentos,

tanto lastre, mucho estudio

y una Faber transparente que no pesa.

Amo escribirte y que me leas,

y la sonrisa que no veo pero entregas.

Amo esa lágrima escondida detrás de tu pantalla,

pero más amo que te animes a vivir,

y que ames, por fin, tus dudas y tus certezas.

 

-Poli Impelli-

Si comienza uno con certezas, terminará con dudas;

mas si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas.  

– Francis Bacon – 

 

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Diagnóstico tardío

Hace unos años que guardaba este escrito en mis cajas de cuadernos y papeles, y escuchando a una gran amiga me acordé de él (como si fuera de otro, y no mío). Pienso, no sé por qué razón, que es hora de publicarlo. Quizá porque escuchando a mi amiga, me di cuenta que tal vez no sufro esta enfermedad con la intensidad de otros tiempos, o porque cuando vuelve de a ratos y sin previo aviso en vez de sufrirla la disfruto.  Algo debo haber aprendido…

Y vaya uno a saber por qué mezclamos historias personales con héroes que nos marcan para siempre.

He de confesar un diagnóstico tardío…


He de confesar que sufro un mal que también es de muchos, aunque no sé si todos se hacen cargo de haberlo padecido. En estado de consciencia pura —producto de la paz bien adquirida y no de sustancias prohibidas o botellas vacías— sé, positivamente, que padezco una especie de pelotudez crónica, que no es heredada. Lejos están mis padres de haberla sufrido o sufrirla actualmente, y mis hermanos jamás han mostrado hasta ahora un mínimo síntoma de tal afección. En todo caso, ellos habrán sabido sortearla con madurez sin que yo me diera cuenta. (Lo mío es algo así como ser el único diabético en la familia, y disculpas por la comparación. Me refiero a la soledad de padecerla, no al diagnóstico en concreto, obviamente). Y como cualquier “problemita” crónico, o si aún no lo es, hay que estar atento, ya que puede provocar daños colaterales irreversibles si no se toma consciencia a tiempo.

En este lapsus de epifanía compulsiva, he caído en la cuenta de todo lo que permití que me robaran, a causa de esta inmensa pelotudez. Me quitaron tiempo y lágrimas, esperanza y algunos sueños, deseos y palabras. Me enmudecieron por demanda (vaya dolor para alguien que vive y sangra de y con las palabras), y me ignoraron cuando decidí que, por fin, tenía que hacerme cargo de mi enfermedad y cambiar caminos varias veces para intentar explicarme. No es que otro ser haya sido culpable, sino que mi enfermedad sumó al hecho de dejarme robar. Dicen que la responsabilidad no es siempre del cerdo… ¿quién le da de comer?

Después de un cuarto de siglo de extrema confianza, de cuidados intensivos y de una despiadada mal interpretación de los hechos, caigo en la cuenta que mi pelotudez ha sido también consecuencia de mi ignorancia y no sólo por la enfermedad; pero el saldo de la huella que ha dejado ha sido a mi favor. Yo creía y confiaba, porque para este mal no hay medicamentos que surtan efectos deseados. Es sólo cuestión de consciencia, que lógicamente yo no tenía.

Y cuando recuerdo aquel tiempo en que se llevaron todo, también en el recordar resuena lo más gratificante de ese saldo: quedé yo, entera, repleta de cicatrices que ya no sangran, marcada de pies a cabeza, pero aún así, al día de la fecha no pienso en cirugías.

Cuando amás (que no es lo mismo que “estar enamorado”), sea por simple curiosidad o por ese amor que te arrastra a lo desconocido, empezás a seguir lo que él/ella sigue, a escuchar lo que escucha, a ver lo que ve, a sentir lo que siente. Y eso, en algunos casos, tiene efectos secundarios. Podés leer el prospecto (composición, características y modos de empleo) pero no siempre los laboratorios se encargan de ser tan específicos. Creo que no les conviene. Entonces, hay que probar, de lo contrario ni te enterás si hará tan bien o tan mal. A mí me gusta más leer los beneficios del producto, por eso me animo a probar.

Si tenés la “mala suerte” de pertenecer a este grupo de idiotas que sufren este mal cuasi crónico, como yo, comprenderás que puede ser peligroso. En mi caso, vale aclarar que el padecimiento era mutuo; no era yo la única pelotuda en cuestión, por lo tanto al no haber diferencias, ahí no había ni un sólo cuerdo tomando consciencia. Un ciego mirando a otro ciego. Ni los abrazos eran suficientes… Había que VER. Y contra viento y marea (así como suelo navegar tan seguido) tuve que hacerme cargo de mi ceguera.

Ocurrió un día de esos, en los que estás mirando algún OVNI en el cielo, de estos que pasan todos los días y nadie ve porque Don Nadie anda muy ocupado. Algo tocó mi hombro. No sé bien qué fue pero sentí un gran golpe; mi cuerpo entero quedó temblando. Adentro sentí que me desarmaba en mil pedazos; me dolía hasta la sangre que no veo fluir pero sé que me mantiene con vida. Esa sangre, de pies a cabeza, también dolía. Desperté y  vi. Me vi. Y desde ese mismo día la pelotudez comenzó a ser un poquito menos frecuente. Había momentos de espasmos, de desesperación… porque comencé a darme cuenta cuándo y en qué circunstancias volvía a aparecer. Sin embargo, aquel golpe me marcó tanto que ese único recuerdo me ayudaba a tomar consciencia otra vez. Yo sabía que no había ingerido ni fumado nada extraño. Era totalmente yo, libre y liviana.

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Mi familia a veces pregunta si me encuentro mejor, y algunos amigos, de esos pocos que se animan y que están atentos a los OVNIS como yo, también desean saber si aún me duele la sangre. No digo que esté totalmente curada, claro que no. Pero al menos, puedo observar con claridad que me dejaron seca. De muchas cosas, menos de mí misma.

Carlos Ruiz Zafón

También hay que ser sincero y honesto: me reí mucho en aquellos años, y sé con certeza que las risas no se roban. Que cuando dos personas se ríen juntas establecen un vínculo repleto de linda serotonina, que es sana para el alma y para el entorno que los envuelve. Entonces, yo enferma y vos aún más, te llevaste todo, menos aquellas risas.

Y si hay que agradecer (nobleza obliga), como tu palabra para mí era sagrada, he de hacerlo recordando que trajiste a mi realidad a alguien que conocía sólo de nombre, como si fuera uno más en alguna guía telefónica, y a quien jamás le había prestado atención, hasta el día que salió de tus labios. Porque eso hacemos cuando amamos…

Te llevaste todo menos mis risas, y me dejaste a Eduardo Galeano.

El diagnóstico y la terapéutica

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera los reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irreversible necesidad de decir estupideces. 

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

 – Eduardo Galeano. El libro de los abrazos –

Y así fue que mis lágrimas lloraron, el día que Galeano cerró sus ojos por última vez. Estoy casi segura que los abrió nuevamente en un soplo, y que en algún lugar sigue escribiendo lo que ya nació sabiendo. Recordé que de tu boca lo conocí, y me hice más fuerte sabiendo que los artistas nunca mueren. Tal vez, aproveché su partida para llorarte también. Tal vez…

Y comprendí que nos pueden robar cualquier cosa en esta vida, menos las risas, el amor y las palabras.

-Poli Impelli-

PRISCILLA


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Un té con Priscilla Ferrari

Priscilla Ferrari nació con los pies en Neuquén (Argentina) y los ojos en el otro mundo. Con un fuerte interés en la vida tras la muerte, muy temprano comenzó a recorrer un camino espiritual heterogéneo, abriéndose paso entre los espíritus y rompiendo la barrera de miedo y prejuicios que separan una realidad de la otra.

Lentamente, esas experiencias fueron traspasando su ser hasta llegar a la base de la expresión de su vida: la escritura. Combinado su amor por la fantasía con su consciencia real del más allá, comenzó a crear una narrativa tradicional pero propia; una que lleva no solamente a viajar por un mágico mundo externo, sino también por aquel que late dentro de cada uno. 

La palabra perfecta es uno de sus libros, publicados por Editorial Dunken, en Buenos Aires, 2015.

Para quienes leyeron Kiel – La palabra perfecta y dejaron sus comentarios positivos, para quienes aún no conocen a esta autora, dejo aquí una entrevista personal y con ella el inmenso placer que me genera el intercambio de palabras con quienes más saben, y en este caso, con quien tiene la valentía de escribir en un idioma que no es para todos… el de la vida y también el de la muerte.

Poli Impelli: ¿Cuándo comenzaste a escribir?

Priscilla Ferrari: Recuerdo que cuando estaba en séptimo grado en la primaria, me quedaba en los recreos adentro, escribiendo, y los maestros me decían: “salí a tomar aire”, pero yo respondía: “es el único rato que tengo para escribir”. Me quería quedar escribiendo.

¿Te acuerdas qué escribías?

Me acuerdo de una historia sobre un chico que era príncipe; eran tres reinos que estaban en guerra, uno de los reinos era de dragones y habían secuestrado al príncipe, entonces había sido criado entre dragones, aunque él seguía siendo una persona.

¿Recuerdas de dónde sacabas ese tipo de historias? ¿Era algo relacionado a lo que estudiabas en la escuela en ese momento o sólo tu imaginación?

Se me ocurrían historias porque iba combinando personajes que me gustaban de alguna serie que veía, y tengo historias anteriores a esa del príncipe con los dragones; esa historia sigue estando, pero ya los dragones no son los mismos y varias cosas han cambiado, pero la historia base sigue existiendo. Tenía otra historia antes de esta, de lo que llamamos fanfic: esto de tomar personajes de historias existentes y escribir algo nuevo con esos mismos personajes. Empecé así, y ahí tenía 9, 10 años.  Luego, varios después, releí esos escritos y me reía de las incoherencias y el pobre desarrollo de los personajes.

Bueno, ese es el proceso, nos pasa a la mayoría. Más aún cuando uno lee lo que ha escrito a otra edad, ¿no? El tema es que comenzaste de chica y tienes el recuerdo de esas historias…

Sí, las recuerdo y siguen existiendo. Yo empecé a leer y a escribir antes de entrar en primer grado, entonces garabateaba cosas y preguntaba a mis padres qué había escrito; quería aprender preguntando. Ellos me escribían letras y yo copiaba y copiaba todo lo que me daban. Tenía una necesidad tremenda de escribir, tal vez inconscientemente sabía que estaba muy destinada a esto.

¿La escritura está unida, de alguna manera, a tu profesión, a lo que has estudiado luego?

Sí, quizá de formas que uno nunca intuiría. A mí el counseling (consultoría psicológica) me ayudó mucho a entender la mente humana, sirviéndome así para saber cómo funcionan la maduración de los personajes, la superación de sus traumas, y esto es crucial para el desarrollo de los personajes y para mantener la coherencia. Aunque esto es algo que venía perfeccionando porque es mi punto fuerte desde hace mucho tiempo, mi carrera profesional me dio herramientas para escribir ciertos libros de temáticas más complejas. Con las buenas críticas que he recibido por mi libro La Palabra Perfecta, decidí que no quiero escribir fantasía “porque la historia es interesante”, sino algo que también tenga un mensaje de fondo, un tema extra. En Revolución Reign (otro de mis libros) está el tema de la familia y la guerra; en La Palabra Perfecta el tema de la muerte, del perdón, y ahora en la nueva historia que estoy trabajando también está presente el tema del amor, de la aceptación.

Sí, son los temas humanos que manifestamos todos, de distintas formas, a través de diferentes géneros…

Quiero enfocarme en eso, teniendo en cuenta que los personajes sean reales y transmitan algo que es real para todos.

Y los escritores debemos saber cómo son nuestros personajes, su funcionamiento psicológico, mental, emocional, etc. Es la mejor manera de describir a los personajes, cuando sabemos cómo funcionamos nosotros primero para poder crearlos a ellos.

Exactamente. A los personajes de mis obras siempre les hago muchas pruebas para desarrollarlos en detalle. La idea es darles vida y carácter, al punto de que puedan discutirse si intentas forzarlos a hacer algo que naturalmente no harían. Es lo que los hace reales y permite a los lectores sentir que, independientemente del mundo fantástico del que provengan, no son tan diferentes a ellos.

¿Cuál fue tu primera obra?

Publicada, La Palabra Perfecta. Revolución Reign la empecé a escribir antes, hace cuatro años, mientras que, aunque empecé a armar La Palabra Perfecta hace cinco, esta la escribí el año pasado (2015).

¿Cómo nació este libro pequeño, La Palabra Perfecta?

Desde chica me atrajo el tema de la muerte a nivel filosófico y espiritual. Solía meditar e “irme” al lugar que describo en la introducción de La Palabra Perfecta: todo negro, césped y cielo incluidos, con esas flores blancas. Disfrutaba mucho la paz que me provocaba y entendía la quietud y el silencio como la muerte. Nunca fue un tema que me asustara y todavía me sorprenden las expresiones de rechazo o terror que veo cuando se menciona la muerte, siendo que para mí siempre representó algo tan positivo.

¿Por qué el título de tu libro? ¿De dónde surge “La Palabra Perfecta”?

Estuve cinco años pensando en este libro sin lograr la estructura. Sabía qué quería contar, pero no lograba el cómo. Me sentaba a pensar y me encontraba con Aléxandros, uno de los que más habla, también con Yehuda, y tenían tantas cosas interesantes para decir sobre la guerra, sobre la muerte, sobre el proceso de dejar atrás una vida… Siempre quise escribir un libro sobre todo esto. Inicialmente, había pensado en un personaje para mí que les hiciera entrevistas para que ellos pudieran hablar sobre estos temas, pero no me convencía. Es algo tan delicado que no sabía cómo enfrentarlo, porque también me significó a mí morir muchas veces en el proceso de escribir este libro. Entonces, a principio del 2015, me senté a leer unos artículos en internet, y leí en algún lugar “La Palabra Perfecta” y me dije: ése es el nombre de mi libro. De repente, la historia se armó sola frente a mí y supe que los tenía que dejar hablar a ellos, sin nadie más comandándolos ni interrumpiéndolos. La introducción de El Rey de los Muertos y la Muerte fue simplemente para encender una chispa de debate interno en ellos, luego los dejé volar.

Yo como lectora, interpreté que La Palabra Perfecta es la palabra de cada cuervo que nos cuenta su experiencia con cada alma, sus palabras “perfectas” son los mensajes que hay detrás, eso que nos deja cada historia tuya. ¿Es eso lo que has querido transmitir con el título?

Sí. Si yo hacía las entrevistas iba a añadir palabras mías, en cambio estas son palabras exclusivas de ellos. Sí ocurrió algo que fue bastante definitorio para el libro: cuando estaba pensando el final de La Palabra Perfecta, en el que Disantea renuncia, medité en ese lugar negro y busqué hablar con el Rey. Le pregunté qué opinaba del título para este libro. Me dijo que le gustaba y, cuando le pregunté cuál era para él la palabra perfecta, me respondió: “renuncio”. Para él, significa que el cuervo ya hizo su proceso de sanación y está preparado para seguir adelante. Todos ellos están en ese trabajo tratando de aprender o expiar algo, por lo que el terminar con ese proceso que puede llevar milenios es algo que el Rey considera una victoria de la vida en la muerte misma. Es por eso que esta es la última palabra del libro, la que cierra el ciclo y da pie a que se vuelva a abrir, en este caso con una nueva encarnación de Disantea.

¿Esto está relacionado con lo que llamamos karma?

Exacto. El concepto de karma (porque sé que hay muchos malentendidos) es que todo lo que uno hace, dice y piensa se conserva en forma de energía como registro de lo que hemos aprendido y debemos aprender. No es un sistema de recompensa/castigo, sino de evolución espiritual.

Ahora comprendo mejor el final…

(Risas) Muchos me han dicho que el título del libro no da a entender la temática del libro, que no va a vender bien por eso, pero no me importa porque tiene un significado muy profundo. Además, este tipo de libros llega a quien lo tiene que leer, no es un libro para cualquiera ni a todos les va a llegar de igual forma. No quise hacer algo “marketinero”, ya hay muchos de esos. Este libro es para quienes lo tengan que leer y llegará a quien lo necesite.

Retomando lo que has dicho anteriormente, en cuanto a los personajes, ¿recomiendas a todos los escritores tener esa relación profunda con los personajes que creamos?

Totalmente. Para mí es una parte vital del proceso el que puedas tener una conversación con él, con una voz y opinión que no sean las tuyas, porque es lo que indica que el personaje está bien plantado en su historia. Puedes estar totalmente en desacuerdo con él, pero él va a estar seguro en su postura a pesar de ti.

¿Qué sucede con los antagonistas? ¿Podemos tener con ellos también una relación profunda y de diálogo?

Sí. Una parte muy celebrada del curso que imparto es sobre villanos. Son los personajes más difíciles de crear porque solemos hacerlos planos. Es decir, nos limitamos a crear a alguien medio loco que quiere conquistar el mundo; cuando en realidad el villano debería ser el personaje más complejo de todos. Salvar al mundo es algo que casi todos haríamos si tuviéramos que, pero querer conquistar el mundo requiere una motivación mucho mayor, un carácter fuerte y una historia muy firme. Si para conquistar el mundo necesito primero adueñarme de 50 empresas o ser presidente de un país, por ejemplo, no cualquiera puede ser villano. Salir de situaciones difíciles requiere de un carácter sólido, una determinación concreta y una fijación sobre su meta, y eso hay que reflejarlo en la historia. Si el villano no cuenta con esta motivación, caemos en el villano de cartón de los comics que es cruel “porque es cruel” y que desea conquistar el mundo “porque está frustrado ya que nadie lo valora”.

 Todos tenemos una motivación detrás, también nuestros personajes…

No hay personas malas porque sí; todos los villanos piensan que están haciendo lo correcto desde su perspectiva y su mirada, incluso sintiéndose víctimas (“es que nadie me comprende”). No existe la maldad absoluta en los villanos; el objeto de su motivación es real para ellos. Aunque sus actos no se justifiquen, debemos entenderlos en su totalidad para poder transmitir su complejidad en nuestra historia.


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Gracias por leernos.

-Poli Impelli y Priscilla Ferrari –

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