Crónica de un adiós anunciado

Creo que sabía. Lo supo aquel día abúlico, cuando sus palabras eran más fuertes que sus ganas, y ese tiempo de ella era más sabio que los deseos olvidados.

Escribió en un papel ajado que encontró en el cajón de la mesa de luz, una noche de pocas estrellas, unos tragos de birra y algo de pocas ganas. Escribió lo que en ese entonces sonó a lamento o testamento, esa misma noche en que ella llegaba a un altar del brazo de su padre para unir su vida a la de otro hombre, y le pareció que lanzar el sabor amargo de aquellos tragos y las pocas estrellas sobre un papel amarillento le haría compañía:

Jamás supe si era una adiós tuyo o un adiós mío. No sabía ni por qué ni para qué, pero imaginaba que lo que era dejaría de ser.
Me resistía a soltar; no quería salir de ese lugar singular en donde yo me había encontrado a mí mismo, a tu lado. Mis deseos se escondían tras cada huella que yo mismo iba dejando y haciendo más y más mía. Mi sombra se volvió mi mejor compañera, y si quería compartir con alguien mis sueños y los de mi sombra, debía elegir sabiendo. Aún así, ni mi propia sombra me dejaba ver lo que luego sería una crónica. Algo que en el aire o desde afuera podría vislumbrarse, pero no dentro de mí ni de tu propia existencia.
Lo que estaba sucediendo entre tu sombra y la mía era la crónica de un adiós anunciado. Ni tuyo ni mío. Era el adiós de mi sombra, era mi Alma dividiéndose en dos para dejar un lugar recóndito en lo que sería parte de mí para siempre, y traerse consigo la otra parte tuya, donde quiera que yo fuera, donde quiera que eligiera ser.

Ese adiós a mi media Alma es lo que siguió doliendo. Es lo que hoy no puedo tragar, junto con este medio vaso de cerveza amarga.  Porque esa sombra que se fue con la tuya, pidiendo auxilio desde lejos, sigue llamando. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo bien adentro que siempre intentamos descifrar con el tiempo. Es esa mitad de cada uno que nos dice adiós,  que se despide con un pañuelo blanco, sin trazos ni rumbos, la que deja un pedazo de uno mismo grabado en la tela de ese pañuelo que despide, para siempre…

Compartió conmigo lo que había escrito esa noche y me emocioné con él, aunque él no tenía lágrimas. Le costó un tiempo encontrar la fuerza necesaria para traer de vuelta esa mitad que ella se había llevado, y de a poco creyó ir recuperando su sombra entera. Creyó que el tiempo curaba el vacío y las heridas, que sólo el tiempo era el responsable de devolverle lo que ella se había llevado de sí mismo. En ese entonces, mi poca sabiduría no me permitió ver que ella no era culpable de nada, y que sus palabras en aquel papel raído decían mucho más de lo que yo podía percibir.

Me enamoré. Me enamoré de su media sombra, de sus intentos, de su corazón sincero y de sus días conmigo. Me enamoré de lo que había quedado de sí mismo y de su esperanza repentina. Pero en esos tres años juntos, le prometí que jamás me llevaría nada que no me perteneciera, que no le permitiría dejarme a mí ninguna mitad suya, ni de su Alma, ni de su sombra entristecida. No quería jamás ser la protagonista de palabras en un papel que quedara en alguna mesa de luz, en una noche de pocas estrellas y con la sola compañía de una cerveza. Yo estaba ahí, presente, y si me estaba llevando algo quería saberlo, devolvérselo a tiempo para que sintiera la libertad que antes no había sentido. Sin embargo, su decisión fue a la par con la mía, y preparamos un casamiento a nuestra altura, con toda la emoción y el amor que habíamos construido. En esos tres años de armonía y convivencia, jamás supimos de ella y de su vida.

En casa, papá estaba expectante y emocionado con nuestra ansiedad contenida. Se sentía ilusionado con nuestro destino y sus nervios aumentaban a medida que se acercaba el día. Desconozco hoy su intuición de aquellos días, pero creo que jamás imaginó que no me acompañaría del brazo a ningún altar. No estaba en sus planes. Ni en los míos…

Encontré su carta el día anterior a nuestra boda, escrita con tinta azul, en un papel a rayas, impoluto:

Me enteré y me siento perdida… No me falta nada de lo que soñé, o tal vez soñaron, para mí. Pero no puedo dejar de escribir, junto a una copa de vino, sola y sin testigos, que hoy una parte de mí se siente ajena a esta casa, a esta vida, a este hombre que elegí para acompañar mis días. Quizás es el vino y estoy delirando, pero no puedo ―no quiero― permitirle a mi Alma que calle, que sigan pasando los años sin contarte que te has llevado una parte de mi misma, de mi sombra… algo que no sé describir y que con el tiempo intenté sostenerlo bajo el peso tu ausencia. Sé que es tarde y que no tengo derecho a reclamar lo que no me pertenece. Pero hay algo que duele, y tengo miedo que sea el adiós a esta media Alma mía. Creo que es eso lo que hoy me cuesta digerir junto con esta copa de vino. Es esa voz que no deja de susurrarme algo extraño, algo que recién ahora intento descifrar con el tiempo. Creí que el tiempo era el único responsable, y que mis decisiones me devolverían esa otra parte que supo decirte adiós, cuando ambos creímos que estaba anunciado.

Pero no me hagas caso… hay pocas estrellas en el cielo y este vino no tiene sabor a nada. Tal vez quien escribe es esa mitad mía, diciéndote adiós, pero para siempre. Quizás mi sombra sepa encontrarse a sí misma a partir de mañana; quizás no llegue siquiera a enviarte esta carta.

Yo lo había visto sufrir. Tres años antes, yo había leído un papel envejecido que ella jamás había recibido. Y tres años más tarde llegaba una respuesta a algo que ella nunca había leído. Desde un comienzo, yo había prometido no llevarme nada de su vida que no me perteneciera, no dejarme ni siquiera un poco de su Alma, porque ya había sentido junto a él ese adiós que tanto le había pesado. Después de algunas lágrimas, tomé el coraje suficiente. Aunque mi amor era inmenso y genuino, no iba a permitir que quedaran a medias, sin haberse respondido.

Le confesé mi imprudencia, porque el sobre no tenía remitente y siendo el día anterior a nuestra boda me sentí intimidada. No me hizo reproches; simplemente me miró con la misma tristeza y desgano que tenían sus ojos aquella noche de pocas estrellas, cuando me llamó para que le hiciera compañía. Leyó en silencio delante de mí, y aunque hizo fuerza frunciendo el ceño, las lágrimas que había guardado aquella noche de la birra comenzaron a fluir y a caer sobre el papel a rayas. Una tras otra, como esas que esconden algo que no todos podemos percibir. Lo miré con amor, con una profundidad en la cual jamás había reparado y recordé aquel papel amarillento. Comprendí lo que antes no había entendido.

Papá murió hace seis años, pero alcanzó a llevar del brazo a mi hermana menor a un altar. Fue el casamiento más precioso que tuvimos en la familia. Hoy tengo cincuenta y dos años, y cuando veo un altar desde la puerta de alguna iglesia sonrío. Sonrío por mi hermana y por papá. Y sonrío por Juan Pablo y por Eugenia. Llevan trece años juntos y tienen una niña sana y preciosa, que sonríe a la vida como su madre y mira con el color de los ojos de su padre.

Juan Pablo tiene la costumbre de enviarme cada tanto un whatsapp, para saber cómo estoy, qué hago de mi vida y supongo que para confirmar que no le guardo ningún rencor. Eugenia se acercó a mí unos meses después de aquella carta, pidiéndome una especie de perdón, porque según ella jamás imaginó que unas pocas palabras cambiarían la decisión de Juan Pablo y el rumbo de su propia vida. Recuerdo que mi respuesta fue un largo y sentido abrazo, y unas pocas palabras de agradecimiento por aquella carta del papel a rayas. No sé si alguna vez comprendió mi actitud, sólo sé que vive feliz.

¿Yo? Yo no espero ninguna carta a destiempo, ni pienso escribirle a nadie que se haya llevado una parte mi sombra a ningún altar o lugar diferente al mío, en ninguna noche de pocas o muchas estrellas, ni con birra ni con vino. Ya no hay nadie que me acompañe del brazo hacia un altar. Y si existen palabras, las deseo hoy mismo, ni tres ni diez años después, cuando me enamore de algún corazón sincero y de sus días conmigo. Y si escuchara alguna vez esa voz extraña que me recuerda que alguien se ha llevado una parte de mí, no buscaré ningún papel en ninguna mesa de luz. Dejaré mis palabras en mi boca y correré a buscarte, a decirte todo lo que ha quedado en mi sombra, antes que otra mujer sueñe y peque contigo. Dejaré de esperar a que el tiempo cure y sea el único responsable de tu destino y del mío. Le diré al tiempo que se haga a un lado porque yo le pertenezco y puedo hacerme cargo de lo que pienso, lo que siento y lo que digo. Le contaré que tengo una vela preparada para mi propio entierro, que yo la encenderé en cada adiós anunciado y me quedaré entera, sin sombras a medias ni pérdidas que se lleve el viento. No haré borradores ni listas negras ni rejuntes de palabras reprimidas, mas usaré mi cuerpo, que con los años se ha fortalecido y gritaré lo que hoy no escribo. Y al igual que Eugenia, no pretenderé nada que no me pertenezca, pero jamás dejaré un papel olvidado en un rincón, ni entraré a un altar con una parte de mí misma retenida en otra vida.

Cincuenta y dos años no es nada, pero es bastante para quien ya de sus miserias ha aprendido. La felicidad de Juan Pablo y Eugenia me recuerdan que siempre estamos a tiempo, que no sirven de nada los borradores que no se publican, las palabras que no se anuncian y los sentimientos que se callan. Papá murió sabiendo que Juan Pablo luego fue feliz, y que yo honro su vida y la mía sin papeles raídos, sin silencios escondidos y con palabras que puedan cambiar y engrandecer mi destino. Hoy estoy más cerca de papá que de mi cuna, y sigo sonriendo cuando veo a los Juan Pablos y a las Eugenias que deciden y dicen todo eso que el Alma intenta callar bajo el peso de las ausencias, desempolvando papeles en mesas de luz y contando en el cielo infinitas estrellas.

Existen muchos adioses anunciados, pero no existe una sola noche sin estrellas.

-Poli Impelli-

 

 

 

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30 comentarios en “Crónica de un adiós anunciado

  1. Me encanta tu forma de hacer sentir tantas emociones en el relato, me aprieta el pecho leerte, muy bello, emotivo.
    Por otro lado, una vez me sucedió algo similar pero nunca tan profundo, mi mejor amigo del colegio, la niña que él quería y yo… Hoy los tres con vidas independientes, y sigo siendo amiga de ambos… Cuando se quiere con sinceridad, la felicidad del otro es más importante. 🙂
    ¡Un abrazo y gracias por tus letras!

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    • Hola, Fabián!
      Gracias por pasar y leer. Últimamente estoy creciendo… hacia los costados. Puedo guardarlas por un tiempito (ya es casi primavera y mi alma pide auxilio…”¡Facturas, soltad a esa mujer!”), pero no sabes cuánto te agradezco. Por las facturas y por leerme. ¡Muchísimas gracias! 🙂
      Besos de vuelta y abrazos infinitos, de esos que acarician el alma.

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  2. Nos cruzamos a destiempo en el camino de la vida, nos decimos, ayy si te hubiera conocido en otro momento. Así es el compás, el ritmo que nos marcamos, como avanzamos, por prisa, sin dejar reposar el verdadero amor aparcado.
    Perdemos el tren y volver a engancharlo es difícil, solo con un poco de paciencia y como dices, saber leer una carta perdida.
    Las estrellas salen cada noche aunque a veces ni siquiera se las espera.
    Beso sin despedida

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  3. No sirven de nada los borradores que no se publican…
    Lo haz dicho a la medida mi querida “Poli”. Será por eso que en esta etapa de mi vida estoy escribiendo lo que siento y pienso, y aunque a veces por razones obvias (o no) no lo hago público por este medio, si me empeño en que llegue a quien me hace sentir, porque sino de nada sirve lo que se se siente y se escribe.
    Un gran abrazi

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    • Y… supongo que una mujer que se quiere a sí misma, no le valdría una boda sabiendo que su amado y otra mujer sienten sus “sombras” o Almas unidas, todavía ¿Qué felicidad le esperaba? Se me ocurre…
      Más bien pocos renuncian a sus planes y expectativas, que pocas veces tienen que ver con lo que realmente sienten. No es regla, pero sucede. Es lo que observo al menos.
      Gracias, María, por pasar y comentar.
      Abrazos de vuelta para ti.

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