Relatos de bares

Llegaron hablando en voz baja.  Él acompañaba el andar de su hijo, sosteniendo su mano derecha sobre la cabecita morena del niño.  Ella caminaba detrás con sus brazos cruzados, mirándolos de costado.

Entraron al bar a las nueve de la noche, cuando aún la luna no se animaba a salir por completo y los últimos días de la primavera se desperezaban con rayos tímidos, no queriendo dar paso a la oscuridad todavía.

Encontraron un sitio alejado de la muchedumbre, en un rincón del servicio de restaurante nocturno: una mesa con espacio para cuatro con sillones de madera y cojines fijos. La luz era tenue pero acogedora. Ella, morena y guapa y de baja estatura, vestía ropa sencilla.  Se sentó sola a un lado de la mesa, y su marido, o amante, frente a ella, dándole paso al niño que se acurrucó contra la esquina en su lugar.  El camarero les tomó el pedido con amabilidad, y a los pocos minutos sirvió la orden, que ellos agradecieron con una mueca de complacencia.

Ellos se miraban de frente, pinchando de vez en cuando una papa frita y bebiendo sorbos de sus cervezas.  El silencio se podía oír hasta en el Glaciar Perito Moreno, aunque estaban a 1240 km de la gigantesca maravilla natural más austral de América.  Los pingüinos se preguntarían qué haría allí una pareja de extraños, que cada diez papas fritas se animaban a pronunciar una palabra.

Mientras lo que las bocas callaban flotaba en el silencio y el murmullo del lugar se imponía, el niño no probó bocado y se mantuvo lánguido con sus manos y su vista fija en el teléfono móvil de su padre.  Perdido en su chupete electrónico, no escuchaba ni el silencio de su compañía ni alzaba la vista cuando el camarero se acercaba a ofrecerles más bebidas.

En mi mundo de disfrute, sentada en otra mesa a un costado, ocupando cuatro lugares solo para mi ser y observando el mundo pasar a mis pies, me detuve en esta escena, mirándome en el niño, preguntándome si en realidad sentía más que yo aquel silencio, y si podía percibir que el único lugar posible en donde refugiar su angustia era aquel teléfono móvil repleto de juegos e imágenes furtivas que lo mantenían aislado de su triste soledad.

Transcurrieron casi cincuenta minutos y ya no quedaba comida en la mesa.

—¿Vamos? —dijo ella, en una orden más que pregunta.

Él se volvió hacia el niño.

—¿Vamos, Joaquín? No probaste bocado…

—Estoy ocupado —contestó el niño sin levantar la vista, sosteniendo con ambas manitos el teléfono y tecleando con hábiles dedos la pequeña pantalla.

Él pagó la cuenta y agradeció al camarero, quien luego de devolverles el cambio se dio la vuelta para encontrarse con mi sonrisa

—¿Todo en orden? ¿Desea algo más?

Sonreí agradecida.

—Estoy muy bien, aún tengo para rato. Mira, desearía quedarme más tiempo, si es que no cierran el local. Quisiera ver quién se sienta en esta mesa en unos minutos —dije, señalando la mesa vacía a mi lado.  El niño caminaba detrás de la pareja hacia la calle, anclado en su pequeño teléfono.

—No hay problema. Cerramos en dos horas, señorita.

—Gracias… No quisiera irme a dormir y terminar el día sin ver a una pareja feliz.  Tal vez exista un niño que cena junto a ellos, charlando y acurrucándose alegre junto a su padre, pidiéndoles más tiempo a ambos porque se siente contento de haber salido a pasear por la ciudad en una noche preciosa de primavera.

El camarero sostenía la bandeja con su brazo derecho, y al escuchar mi ilusión apoyó su brazo izquierdo sobre la pared, por encima de mi cabeza, sopesando de costado que no lo viera su jefe desde la barra del bar.

—¿Y usted siempre se sienta a observar desde algún rincón desapercibido, con tanta dedicación?

Solté una carcajada, y creo que mis mejillas se volvieron color tomate.

—Es algo imposible de evitar, ni que lo intente. Soy escritora.

El camarero sonrió encantado y decidió abandonar su puesto de trabajo —al menos momentáneamente— sentándose frente a mí como si fuera mi compañero de cena.

—Te van a despedir… —dije en voz baja, levantando las cejas y conteniendo la risa.

Levantó su hombro derecho, ladeando la cabeza mientras me miraba sonriendo.

—Creo que hoy no me importa.

Las risas provenientes de la mesa contigua nos hizo girar a los dos.  Dos parejas jóvenes y alegres ya estaban ocupando mi objeto de estudio, esperando que algún camarero dispuesto los atendiera.

Nos miramos y sonreímos.

—¿Vas a escribir sobre ellos también?

—Ahhh… Esa, esa será otra historia. ¿Me das tiempo? Dos parejas, sonrientes y felices, o eso vemos. ¿Me traerías otro café, por favor?

—A sus órdenes, madam —dijo sonriendo en una reverencia divertida—.  A ver qué sale de ahí…

«El sol había caído sobre el valle cuando salieron de rondas para ver qué encontraban. Se habían conocido en un grupo de teatro hacía poco tiempo. Jazmín y Pablo llevaban 3 años juntos, en un idilio del cual aún no despertaban. Romina y Germán recién se conocían…»

– Poli Impelli –

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