La amabilidad de los extraños

Seguro te ha sucedido… encontrarte con esa persona que jamás en la vida has visto pero que te da una mano inesperada, te cuenta algo que toca tu fibra más íntima en la fila de un banco, te da un dato que te cambia la existencia o solamente sientes gratitud por haberte cruzado con esa persona. Y viceversa aunque no te enteres. Extraños que pasan a ser íntimos. Extraños que te dejan pensando. Extraños que te cambian el día. Extraños que te aportan soluciones que nadie en tu entorno era capaz de ver. Extraños que te dejan su cara grabada en la memoria para siempre.

En mi caso, por la vida que he elegido, tengo la fortuna de cruzarme con extraños en muchos lugares a los que me han llevado mis pies y corazón. Y es uno de los motivos por los que más placer siento en mi elección.

Gracias a mis viajes y mudanzas, algunos extraños han dejado de serlo y otros solo han sido eso, personas que por algún motivo se cruzan en un camino, en el transporte diario o casual, en la calle, en un momento de solidaridad en concreto o incluso en el barrio donde uno se instala.

Puedo afirmar que no recuerdo a algún extraño que no haya sido amable o generoso, como tampoco algún susto que me haya llevado a cambiar mi hábito de hablar con gente que desconozco. Cuando he pasado situaciones peligrosas, no ha sido por acercarme a hablar con alguien. Principalmente, porque tiendo a confiar.

Recuerdo a mi madre pidiéndome por favor que no confíe tanto, que sea más prudente a la hora de hablar con gente desconocida. Creo que jamás le hice mucho caso, ya que con la madurez también llegó un atino de intuición: a esta altura de la vida, suelo reconocer a la gente y darme cuenta en solo minutos si debo desconfiar o hacerme a un lado, o si esa persona me dejará algo bueno, algo que no olvidaré y yo a ella. Incluso si me estoy por equivocar, no me puedo engañar. El famoso “lo sabía” suele darme patadas luego.

Me cuesta elegir momentos concretos. Es tanta la cantidad de gente, que intentaré hacer memoria, detallando lugares e instantes que me hayan dejado ese toque de amabilidad y buen sentir. Sin orden, lo que aflore en mis recuerdos.

Peñíscola: creo que había ido al hospital de Vinarós a vacunarme para viajar a la India. En un bus de regreso a casa de mi amiga, un señor nada sobrio se sentó a mi lado. Tenía un cuadro de locura que lo llevaba a gritar en voz alta, pero esta vez me eligió a mí de destinataria.

Mientras todos se daban vuelta a mirarme con algo de vergüenza, yo le seguí la corriente. No me dio miedo, más bien me hacía reír. Al escuchar mi tono de voz suave, él comenzó a hablar normalmente. Supongo que necesitaba atención, y solo en ese pensamiento sentí empatía. ¿Qué sucedería si todos gritáramos para que nos escuchen? El hombre tuvo suerte y yo también. Cuando me tocó bajar, él me dio su mano y me dijo: «ha sido un placer, que tenga usted un bonito día». Sonreí con ternura. En su locura personal (no recuerdo estar yo mejor que él tampoco), el hombre había encontrado a alguien que lo escuche.

Mendoza: caminaba por la peatonal y una señora vendía hilos y agujas. Su imagen me recordó a mi abuela, al futuro de mi mamá y me ganó la empatía. Me acerqué a saludarla y quiso venderme un paquete, le di dinero pero no se lo acepté. Yo no necesitaba agujas, ni hilos ni elásticos y se lo expliqué. Yo quería saber qué hacía allí, bajo ese calor infernal y a esa edad, sola sobreviviendo en una zona donde la superficialidad diaria cobra protagoniso. Sus hijos la habían abandonado cuando conoció al hombre que tan feliz la hizo pero que había muerto unos meses atrás. Bajó la cabeza con vergüenza. Así de cabrones podemos ser, dije, y ella levantó su mirada. Me tomó las manos y me agradeció con lágrimas en los ojos. ¿Cuánto hacía que alguien no se ponía en su lugar, aunque sea un instante, de paso, un rato? Esa amabilidad de una mujer extraña y vulnerable me llenó el corazón.

Mi rato se convirtió en una hora de tiempo que jamás olvidaré. Aquí estoy, recordando su rostro y sus manos como si hubiera sido ayer.

Arambol Beach, Goa. India: una niña india vendiendo sus joyas se acercó a nosotros y nos contó su historia. Nos quiso regalar pulseras que vendía y no se lo permitimos, para que no perdiera dinero. La dulzura y amabilidad de esa pequeña nos hizo la tarde, nos dejó con ganas de más. En vez de invadirnos para vender, lo usual allí, quiso contarnos sus raíces y sus deseos incumplidos por haber nacido allí y estar condenada por ser mujer. Quizo saber de dónde veníamos nosotros y cuáles eran nuestras historias. Fue un momento de escucha activa compartida, tan rica e inolvidable, que desde esa fecha no soporto escuchar a un niño quejarse de lo que no tiene o le falta cuando en realidad tiene todo. Dejé de escuchar a padres lamentando “la falta de…”. Oigo por cortesía pero no escucho. Incluso en una pandemia.

La calidad de las conversaciones con gente que con una sola historia de vida regala años de sabiduría se convierte en mi memoria un punto de referencia, algo que pocas veces he encontrado tan cerca. Y claro que no hace falta viajar. Hace falta salir del cubo y vivir sin tanto miedo y prejuicio a lo difrente.

Salónica: recién llegada, no sabía en dónde estaba ni adónde iría. Era de noche. El barrio en donde estaba ubicado el hotel asignado para mí no era el mejor, y no tenía idea en dónde podía comprar algo para comer.

Subí por una calle oscura, según Google había un supermercado cerca. Una chica joven me vio y se acercó a preguntarme qué buscaba. Le dije que estaba buscando comida y se ofreció a acompañarme. Resultó que el lugar que yo había localizado no era tan cerca. Su destino era en otra dirección, pero me dijo que no me dejaría ir sola, y que tuviera cuidado al regresar a mi hotel.

Vale aclarar aquí que los griegos tienen la hermosa costumbre de acompañar, señalar, ayudar y colaborar en forma constante con quienes no son locales. Un lugar que disfruté gracias a esta cordialidad e incluso a esa amabilidad de intentar hablar en inglés solamente para dar una mano. Sitio para volver solo por esta razón, sin dudas.

Neuquén: estaba sentada a orillas de un brazo del río, concentrada en mi lectura bajo el sol, con los pies sumergidos en el agua transparente. No había mucha gente, diría que estaba casi sola. Un señor estacionó su auto en la zona permitida, bajó sus cosas y se ubicó a varios metros de distancia. Lo vi cuando instaló su silla y luego se metió al agua a refrescarse.

No sé el tiempo que pasó, cuando leo me puede caer el cometa Halley encima que no lo registraría, pero en un momento sentí su presencia a mi lado. Antes de asustarme o pensar lo peor, cerré el libro y me levanté para estar de frente. De inmediato me dijo: «solo me quedo acá hasta que pasen aquellos», y señaló a cuatro hombres jóvenes que venían con botellas de vino en la mano y se acercaban caminando por detrás de nuestros autos estacionados detrás.

Miré de reojo, la escena no era la mejor. Uno de ellos comenzó a escupir y a gritar insultos al aire, otros dos nos miraron y el que restaba se había parado a orinar en la rueda trasera de mi auto. Jamás los hubiera visto si no fuera por este hombre, que se acercó por precaución porque me vio sola, perdida en mi lectura. Tal vez no hubiera pasado nada grave, o quizá sí. Al rato, cuando el hombre volvió a su lugar, levantó sus cosas y se acercó unos metros a mi lugar, a una distancia prudente. Le sonreí y él me levantó el pulgar. Gratitud.

Brighton: subí a un tren desde Londres, feliz por el día que me iba a regalar. En solo media hora estaría en otro mar por conocer, en esa puntita que mis ojos solo registraban en un mapa.

Pasé el día entero descubriendo más belleza: en aromas, colores, calles, gente y delicias por probar.  A las 5 de la tarde, cuando ya había disfrutado del mar y faltaban dos horas para mi tren de regreso a Londres, me senté en un bar a escribir un capítulo de una novela. Una hora después de mi café con leche y un pudding delicioso, me dirigí a la calle que me llevaría a la estación. Decidí sacarle más fotos al muelle y crucé hacia el mar. Raro en mí, no estuve atenta al cielo.

Al mejor estilo inglés, se enfureció de golpe y el sol se coló un tren más rápido que el que me llevaría a casa. Un manto de nubes negras (ni blancas ni grises) se desparramó en segundos y el agua cayó como si hubieran abierto un grifo sin aviso. Divina yo, que me había dejado el paraguas en el tren de ida, creí que podría zafar si esto ocurría.

Corrí como pude buscando un lugar para resguardarme, pero me fue imposible llegar a tiempo. El agua y el viento comenzaron a arrastrarme y caí en la arena, en una orilla de hormigón que en verano es delicia de adolescentes. La visibilidad era tan escasa que creí que estaba sola. En efecto, la gente normal no corre en dirección al mar cuando esto sucede, sino más bien hacia el lado opuesto: la ciudad. Así que teniendo en cuenta que nadie estaría allí, decidí sentarme y dejar que la lluvia me enterrara un rato. Nada grave, allí te puedes empapar en segundos y un rato después pasa todo como en una peli de ficción. Para mi asombro, se alargaba el tiempo y perdería mi tren.

No sé cómo me vieron. Una pareja de hombres había aparcado en la orilla del asfalto, a unos metros sobre mi cabeza. Si uno de ellos no me hubiera gritado, jamás los hubiera visto. Bajaron los dos del coche y corrieron con un paraguas y una chaqueta para auxiliarme. Yo parecía un perrito mojado sin dueño, ellos rescatistas de un comando especial. Pasamos una hora después riendo los tres recordando la escena. Obvio que perdí el tren, pero como no podía ser de otra forma, ellos iban hacia Londres. Describir quiénes eran, cómo se habían conocido, por qué estaban en Brighton ese día y todo lo que compartimos camino a Londres daría para otra entrada.

Solo quiero quedarme con esto: bendita lluvia, bendita mi soledad, benditos los instantes en que todo parece incierto y yo confío. Sé positivamente que la lluvia pasa, que todo sucede, que me voy a cruzar con alguien más, que yo me cruzaré con otro/s para dejar algo que desconozco.

Barcelona: una mujer se me acercó esperando en una fila. Había escuchado mi acento mientras hablaba yo por teléfono. Me enteré luego que ella recién regresaba de mi país, había estado de vacaciones con su marido. Estaba tan encantada con lo que había vivido, que sintió la necesidad de darme sus datos, por las dudas que yo necesitara algo estando en su país. Terminamos riendo y compartiendo un momento de espera, mientras ella sonreía alabando a mi país y yo al suyo.

A la hora de mi turno, me dejó el lugar alegando nada… solo por amabilidad y porque la espera no era usual en la ciudad, algo que había saltado en nuestra conversación. Era mayor que yo por lo tanto me negué. Sin embargo, logro empujarme entre risas hacia el mostrador. “Te toca a vos, che”, dijo, y no pude evitar aceptar su empatía.

Cada vez que me cruzo con toda esta gente me recuerdo que yo soy un poco igual. Esta amabilidad de los extraños es la misma que debo provocar yo cuando dejo el lugar en la fila de un supermercado, cuando le abro la puerta del edificio o de un local a alguien, cuando ayudo a alguien a cruzar una calle, cuando saludo con sonrisas a los choferes de los buses y  trenes, cuando dejo lugar a otro para que pase delante de mí.

Creo que somos estos gestos, que nuestra esencia está en estos pequeños actos diarios que generan buena energía. Me encanta encontrarme con gente amable y cordial, que no le temen a una sonrisa, a un saludo de buenos días o buenas noches, que no las apura el tiempo como para dejar pasar un lugar, que no pelean por lo que no les corresponde sino que tienden a mirar al otro con empatía.

Suelo encontrarme con mucha gente de este estilo, y los ejemplos que he dado son solo unos pocos de la cantidad innumerable de personas que se han cruzado en mi camino, en mi país y viviendo en el extranjero. Gracias a ellos, he tomado prestados a los personajes en historias, cuentos, relatos y poemas, muchas veces sin ser consciente de que esas actitudes luego las volcamos como signos de grandeza en el arte y por gratitud.

Lo que yo siento al reflejarme en ellos es una gran posibilidad, en un mundo que nos hastía por momentos, porque nos alegramos el día mutuamente, porque es hermoso compartir instantes con gente extraña que luego no la veremos más en la vida. Somos como fantasmas o ángeles, nos tocamos, nos rozamos un ratito para decirnos algo, para entregarnos u ofrecer algo de vibra positiva y nos alejamos. Desaparecemos pero algo quedó allí. Somos toda energía, por lo tanto estar en contacto con este tipo de gente por unos instantes tiene ese toque de magia que resulta de la confianza.

Siempre pienso en los consejos de mi mamá, pero muchas veces agradezco no haberlos seguido al pie de letra. Y en todo caso, ella es igual. Habla con quien se le pone enfrente… ella es quien más se cruza con este tipo de ángeles o fantasmas, y crecí mirándola a ella. Y papá era igual también: se deleitaba en el cruce y amabilidad que le provocan los extraños. Tal vez (no lo sé), estamos destinados a tener estos grandes encuentros. A mí me llenan el alma y corazón, y luego paso ratos, meses, años pensando en ellos… ¿me recordarán ellos en mí?

Ojalá todos tuviéramos la capacidad de apertura para hablar, percibir, entregar y recibir esta amabilidad de y hacia los extraños. Creo sin ninguna duda que estos gestos cotidianos son los que me hacen sentir y percibir que, a pesar de todo y pase lo que pase, siempre hay gente buena en este mundo.

Marzo, 2020.

Poli Impelli

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Nati Aranda dice:

    Qué bonito…

    Yo también tengo tengo tendencia a terminar hablando con extraños y la mayoría de veces me he llevado algo positivo de ellos.

    Hoy he leído muchos mensajes de odio y de poca empatía, por lo que estaba algo harta y triste, perdiendo la fe en la gente… ha sido curativo leerte.

    Muchas gracias.

    Le gusta a 1 persona

    1. Poli Impelli dice:

      Natiii, qué honor tenerte por aquí.
      Muchas gracias por pasar y dejar tu comentario.
      Y más me alegra que haya curado un poquito esta “onda negativa” que pulula en las redes y en la vida. Sí hay gente buena, sí existe la empatía, sí estamos… Sonamos con menos ruido, no salimos en las news, no tenemos espacio hoy en día, pero somos y estamos :).
      Abrazo grande, nos vemos en Slack (si dejo de procrastinar y aparezco, claro)

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